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Semana 46: Día 316: Temiendo Yaboty

Miedo. Hay que abrazar el miedo. Empaparse de él, aprender a exorcizarlo. Quitarle poder.

Temo mucho por mi participación de los 90 km de Yaboty. No es que haya duda de que la corra. Eso está fuera de discusión. Pero no sé cómo me va a ir, tengo una gran incertidumbre, y no me refiero solo a la carrera.

Como ya comenté en posts anteriores, esta ultramaratón fue una de mis experiencias favoritas, hace dos años, cuando la corrí en equipo con Vicky y eran 100 km en el verano. Ahora es en el último mes del invierno, unos pocos kilómetros menos. Y el gran cambio desde que decidí correrla es que voy a ir solo. Pero solo en serio, no conozco a nadie de los que va a correrla. Voy a tomar un micro en el que voy a estar 16 horas rodeado de gente que no conozco, voy a dormir en un hostel compartiendo habitación con extraños y voy a participar de una charla técnica sin cuchichear por lo bajo con mis amigos. Me da un poco de pánico esa situación, porque como cualquier persona que vive conectada a internet 18 horas por día, soy una persona a la que le cuesta mucho socializar.

Pero estoy intentando revertir esa tendencia. Originalmente iba a participar de Yaboty y me iba a concentrar en eso. Es el motivo por el que no iba a ser de la partida en la Adventure Race Tandil. Entonces me separé, me pegó esa cuestión de querer reconectarme con mis compañeros de grupo, y decidí ir con ellos. Terminé haciendo una carrera de aventura dos semanas antes de un trail de aventura. Creo que es obvio que no voy a buscar hacer marca ni llegar al podio. Todo esto tuvo su precio, aunque me fue espectacularmente bien en Pinamar, terminé muy fatigado y no llego a Yaboty en las mejores condiciones físicas. Tengo un dolor en el costado de la rodilla derecha, que aparece cuando corro y desaparece apenas me detengo (fatiga, seguramente). Tampoco he hecho fondos largos últimamente, así que no sé qué esperar. Por eso tengo un poco de ansiedad por correrla, como si llegara a un examen sabiendo muy bien ciertos temas y con la única estrategia de guitarrear si me preguntan por los otros.

Quizá lo que más me pese sea esa cuestión de participar de una prueba tan dura sin ningún conocido con quien compartirlo. Seguramente conozca gente en el viaje, y ya tengo la promesa de conocer a Jorge, quien me escribió al blog hace poco y que también va a participar de los 90 km de Yaboty. Generalmente las carreras son oportunidades de conocer lugares nuevos, expandir los horizontes físicos y mentales, y afianzar relaciones. Nunca fui solo ni tampoco se me cruzó por la cabeza hacerlo. El running es una actividad bastante solitaria porque es difícil encontrar a una persona que tenga exactamente tu ritmo y con la que, además, tengas una charla amena. Sin embargo, en los Puma Runners, siempre nos las ingeniamos para hacer que cada carrera sea un viaje de egresados, en donde compartamos comidas, salidas y las “sobremesas” post carreras. Ahora me toca improvisar, arreglármela por las mías. Voy por la competencia, no por la vacación.

Como dije varias veces, el miedo me paralizó siempre, y ahora decidí convertirlo en un motor. Podría haber cancelado mi inscripción y pedir que me computen ese dinero a otra carrera… Pero, ¿para qué? ¿Para seguir consintiéndome en cada una de mis mañas? Creo que si te enfrentas a las cosas que te dan pánico, te podés llevar la grata sorpresa de que le empezaste a quitar poder…

Semana 32: Día 219: Noche de pesadilla

Anoche tuve una pesadilla, muy a tono con mi situación actual.

Como ya comenté ayer, pude volver a entrenar. La pierna anda bastante bien, algunos dolores, pero no en la lesión en el tibial. Pude hacer progresiones, sentadillas, y hoy a la mañana me duele todo, obviamente, porque perdí entrenamiento. “La grasa se gana rápido y se pierde lento, el músculo se gana lento y se pierde rápido”. O algo así.

Anoche soñé que estaba de vacaciones en alguna localidad costera. Podría arriesgar que era Pinamar. Estaba con mi grupo de entrenamiento, los Puma Runners, y teníamos una reunión de negocios. Yo había perdido por completo mi habilidad para correr. La pierna izquierda la tengo afeitada, y eso provocó algún comentario socarrón y algunas risas en el entreno. En el sueño estaba igual, salvo que el pie izquierdo tenía un agujero sobre el empeine, y de adentro salían cables y chips conectados a lo largo de la pierna (anoche, antes de acostarme, vi el programa de los 80’s en NatGeo y mostraban cómo se construyeron las primeras PCs… el cablerío era similar al interno de un gabinete de computadora). La pierna derecha estaba mejor, pero también tenía algunos slots y chips conectados.

No caminaba con dificultad, de hecho agradezco que en los sueños no se siente dolor, pero la imagen era espeluznante. De hecho al pie izquierdo le salía humo del agujero. Antes de ir a la reunión, en un ataque de frustración, me arranqué todos los chips. Estaba realmente harto de estar así, y hasta me preguntaba si no hubiese sido mejor amputar la pierna.

La cita de negocios era con una médica que había hecho negocios con mi ex-socio (una larga historia), así que yo le tenía algo de resentimiento. Hacía muchos años que no la veía, y ella era quien me había operado la pierna. Eso alimentaba más mi bronca. Cuando la reunión estaba finalizando no pude más. Me puse de pie y comencé a insultarla, me di media vuelta y me fui, para sorpresa de todos los presentes. Afuera buscaba la combi que me había traído, pero no la podía encontrar. Era una sensación conocida: frustración, frustración y frustración. Lo peor fue darme cuenta de que me había olvidado la campera, y la humillación de tener que volver a entrar a ese lugar para buscarla.

Lo curioso fue que después me di cuenta que esta mujer de la reunión no era la que me había operado. Yo la había confundido con otra doctora de ojos violeta (¿cómo confundir a alguien con semejante característica?). Habiendo pasado tantos años, lo que más quería era que me hicieran alguna actualización. Con el avance tecnológico que nos rodea, seguro podían ponerme algo menos monstruoso y más efectivo. Ante la duda de quedar mal ante mi súplica de que me hagan un upgrade, volví a conectar todos los chips que rodeaban mis piernas.

Después el perro y el gato empezaron a saltar encima de la cama y me despertaron. Confieso que sentí cierto alivio de que todo haya sido un sueño.

Obviamente el tema de la lesión es algo que me angustia, más allá de que me siento muy cerca de recuperarme del todo. Creo que también se me manifestó mi miedo a encontrarme ante una situación que me impida correr, además de la vergüenza (reprimida) de andar con una pierna afeitada y la otra muy peluda. También estaba el contexto del grupo, en un lugar habitual como es Pinamar. Este año no voy a poder correr la Adventure Race, porque decidí priorizar la ultramaratón de Yaboty, que si no me equivoco es una fecha muy cercana. Pero también me sigue resonando ese mal trago que fue la edición en Tandil, con tanta violencia y tanta bronca. Se me mezcló con mi conflicto irreconciliable con mi ex-socio (quien me estafó) y todas esas cosas no dichas. Además tenía la humillante situación de tener que volver después de dar un portazo.

Los sueños son muy simbólicos, pero parte del “jugo” que se le puede exprimir está en qué palabras usamos para contarlo. Y en mi relato está muy presente la “frustración”, ante no poder hacer uso de mis piernas, ante no saber cómo resolver mis conflictos, y ante cómo me relaciono yo con los demás. También, por alguna extraña razón, es muy difícil recordar los sueños si no los contamos apenas nos despertamos. De hecho ya se está empezando a hacer borroso y difuso. Pero es algo bueno, porque la imagen de mis piernas deformadas y emparchadas por una precaria tecnología médica, es algo que no tengo mucho interés en recordar.

Semana 31: Día 215: Plantillas nuevas

2013-05-03 20.04.57

Señoras y señores, mis plantillas nuevas. Las veo distintas a las anteriores, que tenían una oliva más pronunciada y el talón no tan levantado. Los colores difieren también. ¿Habrá tenido en cuenta el especialista mi periostitis? ¿Será una señal de la evolución de mi pisada? ¿Por qué no se lo pregunté antes de irme del consultorio? Enigmas sin resolver…

A veces las cosas salen mal, o al menos bastante diferente a como uno lo tiene planeado. No existe la suerte, todo es casualidad (y causalidad), y uno tiene que rebuscárselas y aprender a resolver los conflictos que se presentan. A pesar de que creo que Dios juega a los dados con el universo, hoy una amiga me presentó algunos de los 83 mandamientos, según Alejandro Jodorowski, y uno en particular me marcó. Es el número 69 (escucho a algún tonto riéndose por lo bajo), y dice así: “Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal, considéralo tu maestro”, y me cayó en un momento justo. Yo considero que mi periostitis es una enseñanza, del nivel que intentaba alcanzar y las cosas que hice (y no hice) para llegar hasta ahí. Sin lugar a dudas contribuí a esa dolencia con una mala amortiguación en mi calzado, y justamente hoy fui a buscar mis plantillas nuevas.

Mi intención es contabilizar, en cuenta regresiva, mil kilómetros, y ahí cambiarlas. Sé que Giroldi me dijo que las cambie cada 800, pero si tiré más de 3 mil sin darme cuenta, creo que puedo estirarme hasta esa distancia.

La adquisición de estas nuevas plantillas también coincide con el permiso de mi kinesióloga de volver a entrenar. Finalmente me dijo que sí (esta vez en serio), que puedo correr. El tibial casi no me duele, sí siento que me tira cuando bajo mucho el pie, pero en pilates no tuve dolor, así que evidentemente es el momento de retomar.

Dudo que mañana corra mucho, y seguro me sienta raro. Las plantillas hay que ablandarlas, incluso recomiendan no estrenarlas en una carrera. Mi próximo desafío es la maratón de Rosario, una competencia que hace unos meses hubiese considerado pan comido, pero que ahora encaro desde una lesión, más de dos semanas parado y todavía lejos de mi 100%. Pero, fiel a la jerga corredora, iré paso a paso. Ya creo que empecé bien yendo a rehabilitación y haciendo caso a todo. Ahora con las plantillas… mañana zapatillas nuevas, pasado la maratón… y en algún momento de 2014, la Espartatlón…

Semana 31: Día 215: Volviendo (de a poco)

Hoy fui a mi sexta sesión de kinesiología. Quise pagar el bono de $3 con un billete de 100 y me dijeron “mañana me lo traés”. Claro, yo me había ido al Banelco, donde me van a matar con los costos de extracción porque mi tarjeta es de Link, para caer con plata, ante la vergonzosa situación de haberme dejado todo el dinero en casa. Y fue al ñudo, porque no me aceptaron el billete tan grande.

Siempre me olvido algo, cuando no es la credencial donde ellos anotan las sesiones, es la credencial de la obra social. Pero bueno, a pesar de todos estos contratiempos mínimos, sigo yendo y avanzando.

Es increíble lo que se me está curando la periostitis. Ya no tengo más hinchado el tibial, puedo caminar sin sentir ningún dolor, y hasta puedo mover el pie sin ver las estrellas. Me toco y tampoco me duele.

Así y todo, la kinesióloga me dijo que no podía correr. Y hoy lo rectificó. Fue algo así como “No vayas a entrenar hasta que yo te diga, ¿de acuerdo?”. Y yo estoy siguiendo todo tal como me lo dicen. Me conectó a esta máquina de tortura, que transmitía impulsos eléctricos en mi gemelo y en el empeine. Al principio era agradable. Hasta le hice la observación de que era demasiado poco lo que sentía. Pero estuve conectado 30 minutos, y al final sentía que me quemaba, como si me estuviesen electrocutando de a un voltio por vez.

Nuevamente no me apretujó ni me movió el pie como si fuese el volante de los autitos chocadores. Simplemente me recordó “No corras esta semana. Seguramente la próxima puedas”. Tímidamente le pregunté “¿Pilates puedo hacer?”, y me respondió “Eso sí”.

No perdí el tiempo, y hoy mismo volví a mis clases, no sin temor de que algo me hiciera doler el tibial. Pero ninguno de los ejercicios me molestó. Sí siento el pie como que tira cuando lo doblo para abajo. Pilates, al ser ejercicios anaeróbicos, son controlados, y no tiene movimientos bruscos o explosivos. No se usa para rehabilitación, pero fortalecer los músculos ayuda en cualquier caso de lesión. No sentí molestia alguna, así que me siento por buen camino. Además necesitaba mi descarga diaria. Extraño horrores correr y seguir explorando mis límites. Ahora, al menos, puedo volver a ejercitarme, y algo es algo.

Si no puedo correr, creo que podría empezar a fortalecer mis abdominales, algo que voy a necesitar para los meses venideros…

Semana 31: Día 213: 163 km en un mes

Durante abril corrí 163 km. Es una distancia que no es despreciable, aunque se trató de dos carreras solas, separadas por seis días. No entrené la semana previa a la Ultra Buenos Aires, y quedé bastante roto después de la Patagonia Run como para sumar kilómetros.

Cuando me diagnosticaron (errónemente) una tendinitis, me di cuenta de que el cuentakilómetros se iba a detener, quién sabría por cuánto tiempo. Después de que confirmé que en realidad se trataba de una periostitis, supe por experiencia de otros que iba a tener entre uno y tres meses de rehabilitación. Me hubiese gustado volver a correr durante este mes, antes de que se venga el frío, pero le quise hacer caso a la kinesióloga, y ella dijo que todavía no podía hacerlo.

Así que abril quedó en 163 km, una marca caprichosa, porque me fue imposible tomarla con certeza. Era tanto el tiempo corriendo que la batería de mi reloj no iba a aguantar. De hecho, la Ultra Buenos Aires la hice con tres Garmin distintos, y nos fuimos turnando con Vicky para medir ciertos tramos importantes en la Patagonia Run. Nos divertimos mucho, y la incertidumbre de las distancias se convirtió en un condimento más de ese ultra trail de montaña. Pero supongo que para dedicarse a las ultramaratones hay que pasar a relojes que duren más de cinco horas.

La Feria del Libro se ha convertido en la excusa para no tener que entrenar, aunque en verdad no puedo. Tampoco me dejan hacer pilates, así que ahí ando, sin la posibilidad de descargar energía y mantener mi estado físico. Sé que en breve voy a volver, pero por ahora es solo un deseo y no es la realidad.

La maratón de Rosario sigue ahí, esperándome. El camino que recorra de acá hasta esa fecha, dentro de dos meses, será el que determine si la haré corriendo o si solo iré a hacer turismo…

Semana 31: Día 2012: Días de Feria

Bueno, como era de esperarse, la Feria del Libro me consumió absolutamente mi tiempo. El sábado tuvimos la maratónica jornada hasta la 1 de la mañana y el domingo, aunque fue un día normal, fue otra paliza que me dejó sin energías. Tanto que hoy lunes tuve que hacer un gran esfuerzo motivacional para poder sentarme en la computadora a ponerme a trabajar.

Es irónico que las cosas que más me agoten sean las que menos requieren un esfuerzo “físico”. Estar parado o sentado es algo que me quema más que estar corriendo o haciendo ejercicio. De hecho hasta tengo más necesidad de comer ahora que estoy parado, a la espera de que se recupere mi tibial. Obviamente es ansiedad, pero me doy cuenta que mi única actividad es levantarme a la cocina a ver qué puedo picotear.

Hoy la kinesióloga me dijo que todavía no podía entrenar… algo que me sorprendió, porque el jueves me dijo que el fin de semana iba a poder volver. Aunque le comenté que todavía siento algunos dolores, siento que me estoy recuperando muchísimo. Antes no podía ni caminar, y ahora solo me duele cuendo doblo mucho el pie hacia abajo. Pero a pesar de todo y de que se desdice a ella misma, ahora tengo que seguir en el banco, esperando mi turno. Obviamente eso me golpeó anímicamente, pero no me queda otra que armarme de paciencia y seguir las instrucciones de una especialista. Sé que voy a correr pronto, pero no saber cuándo es lo que me mata.

La Feria es un evento agotador, aunque encuentro mucha satisfacción estando ahí. Tuve que interrumpir muchas cosas que me gustan, como actualizar diariamente el blog (había retomado el ritmo con una asistencia casi perfecta), o seguir con mis clases online de narrativa. Pero como dije, vuelvo absolutamente desgastado, tanto que ayer me quedé dormido en la cama, vestido, ante las inútiles insistencias de Vicky de que me desvista y me meta adentro de las sábanas. Dice que le dije que todavía no me podía dormir, que primero tenía que actualizar el blog. Y ahí me tienen. Me enternezco a veces.

Más allá de la Feria y el desgaste que conlleva, no quiere decir que uno tenga que alimentarse mal o interrumpir sus rutinas. A veces es inevitable picar algo no tan sano, pero ya que voy a estar todo el día de casa (y lejos de esas cosas que normalmente picotearía) me preparo todo lo que vaya a necesitar: frutas, agua, una merienda… el viernes a la noche cocinamos con Vicky empanadas de tofu marinado en salsa al curry (una delicia), así que tuve almuerzo y cena asegurado, y el domingo me llevé un tupper con arroz, salchichas de soja y perejil. También me compré Quinoa inflada para picotear (¿o creen que picoteo comida chatarra?) y galletas de arroz. El miércoles (feriado) es otro día de paliza, así que mañana martes me voy a preparar las cosas que voy a llevar. Es dificilísimo comer sano ahí adentro, y es más barato y menos complicado llevarme las cosas desde casa.

Me sorprende que mucha gente considere un incordio tener que preparar la comida del día antes de salir, meterla en bolsas o en un tupper y después guardar todo adentro de la mochila. ¿No es eso mejor que comprar lo “menos peor” que ofrezcan los stans de comida o conformarse con golosinas o snacks grasosos? Los esfuerzos son mínimos y los beneficios muy grandes…

Semana 30: Día 207: Desgarrando mi pierna

2013-04-23 09.17.11

La kinesióloga me lo dijo el viernes pasado, en nuestra primera cita. “Voy a tener que desgarrarte la pierna”. No tengo buena memoria, después transcribo las cosas y me olvido ciertos términos técnicos, o temo contar mal las cosas. Por eso ni lo mencioné. Como es de otro país, supuse que se refería a otra cosa, o que yo estaba recordando lo que me había dicho en forma incorrecta.

Hoy volví al centro kinesiológico con un sobreturno. El día de ayer había ido, con mi pierna afeitada, y por falta de luz no me pudieron tratar. Llegué con la idea de que tarden un montón por todos los pacientes que iban a venir a recuperar su sesión, y resultó que pasé de una. Creo que la kinesióloga, al ver que le había hecho caso afeitándome, decidió tratarme más afectuosamente. Además le dije que había dejado el diclofenac (y que eso había hecho que volviese el dolor), por lo cual también me felicitó. Necesitaba que no se enmascarase el dolor para cuando me desgarrase. De nuevo esa palabra.

Le pregunté cuánto tiempo necesitaban estas lesiones para curarse. Un estimativo. General. No un pronóstico. Ella se reía. Me dijo que no podía saberse, que variaba de persona a persona, dependiendo de su estado y contextura física. Primero tenía que hacerme un estudio y meter mano para saberlo en mi caso. Había algunos que solo requerían un día, otros mucho más. ¿Podría yo ser de la clase más privilegiada?

Me conectó a la misma máquina anterior (la de la electroanalgesia), solo que esta vez seleccionó otra función. En mi tobillo sentí una breve vibración. Subió el dial. De pronto sentí como si tuviese pegado dos brasas al rojo vivo. Los conectores en mi gemelo no estaban funcionando. “¿Sientes esto?”, me preguntó. La verdad era que no sentía nada. Subió el dial. Inmediatamente solté un grito entre dientes, sentía que me cortaban la pierna en dos con un serrucho. Bajó el dial. “¿Ahora?”. Solo sentía un cosquilleo en el tobillo. “¿Y ahora?”. Grito de dolor. Así estuvimos haciendo un ping pong de dolores hasta que llegó a un punto en que todo me dolía por igual. Pero me lo aguantaba.

Pasaron unos quince minutos así, en los que saqué fotos para subir al blog. Pero el empapelado no ayuda, parece que estoy en un hotel de mala muerte, y no le hace justicia al centro kinesiológico.

La doctora de acento indescifrable para mí pero que decidí decirle “cubana” volvió y apagó la máquina. Sacó unas cremas y me empezó a masajear la pierna, desde la rodilla hasta los dedos. Iba, recorría y apretaba. En un momento me clavó el pulgar por la cara externa de la pierna izquierda y empezó como a acomodar cosas. Sentí un dolor terrible… pero estaba lejos del tibial hinchado. Algo hizo “clac” adentro mío.

“Ahí está, ¿has visto? Te he acomodado el tendón rotuliano que lo tenías fuera de lugar”. No entendía nada. La rodilla no me dolía… hasta que ella metió mano. Repitió la operación… solo que esta vez casi no hubo dolor. Siguió recorriendo, apretando y exprimiendo. Yo iba soltando algún que otro grito, y a veces me reía, no sé si de nervios o de masoquista. Probablemente toda esta operación de apretar, frotar y tironear era para lo que ella necesitaba que yo tuviese la pierna afeitada.

Me preguntó si dolía menos. La verdad era que sí. “Listo, ya está. Ya te desgarré todo”, me dijo (y se sintió como que me destrozaba la pierna con sus manos). Y lo que siguió me sorprendió enormemente: “No era tan grave, no llegó a ser un trauma. Hoy no corras, creo que podrías hacer actividad física el fin de semana”. No lo podía creer. ¿Realmente eso era todo? ¿Meter los dedos, acomodar y ya? Al parecer sí. Con el correr de las horas, todos esos dolores que sentí el día anterior se atenuaron muchísimo. No podría decir que desaparecieron, pero bajaron en intensidad. La doctora me aclaró que ahora mis músculos estaban “en cero”, y que era muy pronto para que corriese, pero con las dos sesiones que me quedan esta semana ya iba a poder volver a entrenar.

¿Será cierto? ¿Podré estar este sábado corriendo?

Semana 29: Día 203: Periostitis

Hasta ayer no sabía qué significaba la Periostitis. Si ustedes tampoco lo saben, dejo que Mr. Wikipedia lo explique por mí (remarco en negrita lo que me parece más importante):

La periostitis es la inflamación del periostio, la capa más superficial del hueso (como la “piel” del hueso). El lugar de mayor afectación suele ser la cara anterointerna de la tibia, principalmente en el tercio inferior, aunque puede extenderse más arriba, casi hasta la rodilla. Esta lesión es típica de los corredores, principalmente de fondo. Se debe a las vibraciones que recibe el periostio por el impacto continuo de los pies contra el suelo en este deporte. Los factores que predisponen a sufrirla son: aumentos bruscos del volumen o intensidad de entrenamiento, mala amortiguación en el calzado, correr por superficies duras, pronación excesiva de la pisada.

Hay diferentes métodos de recuperación, entre los que se encuentran: el reposo, la aplicación de hielo local, la corrección de la pisada con prótesis plantares, vendajes o mallas de sujección para limitar las vibraciones, antinflamatorios y el refuerzo de la musculatura del tibial anterior.

Hoy fui a mi primera sesión de kinesionlogía. Elegí un centro que estaba cerca de casa, para poder ir caminando. No tenía referencia ni recomendación de nadie. Me atendió una profesional con acento cubano, lo cual para mí le da otro aval. Me preguntó qué me estaba pasando y le conté de mi cita con el traumatólogo de guardia, que me recomendó vendarme el pie, y tomar diclofenac. La kinesióloga empezó a negar con la cabeza. Estaba completamente en desacuerdo con enmascarar los síntomas, porque nada de eso me iba a curar. Con lo único que estuvo de acuerdo fue con la parte más complicada: reposo deportivo.

La cubana (que quizá sea venezolana y demuestre que yo soy un ignorante) era medio sargento, y me dijo que no podía correr ni hacer pilates hasta que ella me lo dijese. Tampoco estuvo de acuerdo con el diagnóstico del traumatólogo: yo no tenía una tendinitis del tibial anterior, sino una periostitis. Lo definió como un esguince, producto de un sobreesfuerzo. Me dijo que ella había sido gimnasta y que ahora que había tenido que dejarlo, se dedicaba a correr para mantenerse en forma. Además había tratado a muchos atletas de alto rendimiento, y esta dolencia era muy común.

Me conectó a un aparato que me hizo vibrar la pierna izquierda, como si corriese una electricidad de bajo voltaje desde el isquiotibial hasta la punta de los dedos. Esto a su vez me provocaba espasmos y una constante contracción de los músculos, y desconozco si esa fue la intención, pero durante 30 minutos me quedé ahí, enchufado. Cuando terminamos y me despachó para irme a mi casa, le pregunté qué era esa máquina. No me dijo lo que yo quería saber (su nombre), pero sí me aclaró que era analgésica y desinflamatoria. Sinceramente, cuando bajé de la camilla me sentí muy bien.

Algo que me aclaró la cubana y que me resultó muy interesante, fue su recomendación de hacer un tratamiento de Vitamina B12. Aparantemente sirve para que el músculo no se fatigue, y hay que tomar ciertas dosis cada seis meses por el tiempo en que uno haga actividad física de alto rendimiento (o sea, para toda la vida). Voy a indagar un poco más sobre esto, pero puede ser un dato interesante.

Por ahora tengo que armarme de paciencia y, por sobre todo, hacer caso. Porque me quiero recuperar lo antes posible. De hecho, voy a verla tres veces por semana, y la sesión de este lunes coincide con una invitación que me hicieron para una privada de prensa de Iron Man 3… Dudé unos segundos, pero prioricé la rehabilitación por sobre esta película que muero por ver. Como para que vean mi nivel de compromiso.

Me gustaría, además, llegar a correr la Maratón de Rosario, el 30 de junio. ¿Llegaré?

Semana 29: Día 201: Una empanada en lugar de pie

A pesar de que he sufrido lesiones que me impidieron correr, nunca me acostumbré. Quizá porque empecé a hacer deporte de grande (antes lo odiaba), no acumulé traumas en mi cuerpo ni en mis articulaciones. Suerte o no, las cosas se dieron así.

Hace varios años tuve una contractura de rodilla (así como lo leen), que hacía que correr fuese muy doloroso, en especial en terrenos irregulares. Exceptuando cuando entrenaba en asfalto, jamás estaba sobre una superficie lisa. Subir o bajar un cordón activaba los impulsos nerviosos y me hacía ver las estrellas. Con paciencia y sin dejar de entrenar (con una rodillera), el dolor fue cediendo hasta desaparecer. En esos días añoraba correr sin problemas, y me preguntaba cuándo sería el día en que pudiese hacerlo normalmente. Sabía que, eventualmente, iba a poder hacerlo. Mi duda era cuándo…

La siguiente lesión que me dejó fuera de la actividad física por un tiempo fue una osteocondritis, producto de un golpe contra un amigo mientras jugaba a la pelota (este hecho marcó mi retiro indeclinable de las canchas). El dolor, dicen, es comparable con el de una fractura, y según tengo entendido se trata de la separación del músculo y el hueso. Desconozco si es algo que deja secuelas por siempre, pero me costó mucho recuperarme. Mi papá me prestó una faja de neoprene que me ayudaba bastante. Volver a correr fue más sencillo que regresar al gimnasio. Casi cualquier movimiento dolía. Recuerdo estar con mis amigos cenando en Carlitos por mi cumpleaños, y no me podía reir porque me mataba en las costillas.

Como decía, quizá deja secuelas porque volví a sufrir una osteocondritis en otra costilla, mientras levantaba pesas. Tuve una ventaja, sin embargo: esta era una lesión conocida, así que sabía qué me funcionaba. Volví a la faja, dejé el gimnasio por un tiempo, y me armé de paciencia. En aquellos días, dejar de entrenar me golpeó bastante anímicamente.

Y llegamos al día de hoy, en el que hice demasiados esfuerzos en poco tiempo. Ya los 100 km de la Ultra Buenos Aires me dejaron un poco resentido en el tibial, y la Patagonia Run, con sus ascensos y descencos en la Cordillera de los Andes le pusieron el broche de oro a una lesión de aquellas. El tibial izquierdo, que en las bajadas de la montaña ardía en llamas, ahora está hinchado. Ayer por la noche, mi pie parecía una empanada, y mi pierna un matambre. Al día de hoy la hinchazón no bajó demasiado, pero el dolor cedió. Ahora no me molesta al tocarme, sí cuando estiro el pie hacia abajo. El traumatólogo que me revisó me hizo ver las estrellas, apretando y retorciendo para todos lados. Él me recomendó diclofenac, vendaje y reposo deportivo por dos semanas. Me vendé y fue un horror. ¿Vieron cuando se envuelven un hilo bien apretado por un dedo, hasta que queda colorado e hinchado, como la caricatura de Michelin? Exactamente así quedé yo. De hecho me saqué la venda y la pierna seguía igual, toda deformada.

No dejé de hacerle caso al médico. En lugar de vendarme, Vicky me prestó sus tibialeras, que también comprimen pero evitan el “efecto matambre”. Supongo que eso mezclado con las drogas hace que duela mucho menos. Por la mañana es el peor momento de dolor, porque duermo sin venda, con el pie elevado. Pero con el correr del día voy mejorando.

Es difícil imaginarme volver a correr con la libertad de antes. Pero esta vez no me quiero desesperar. Sé que me queda una rehabilitación por delante, así que intentaré hacer caso a todo lo que me digan para recuperarme lo más rápido posible. Tendré que fortalecerme, acostumbrarme al volumen de trabajo, y no volver a repetir ultramaratones tan exigentes en tan poco tiempo. Porque tengo que llegar a correr 246 km, y no morir en el intento…

Semana 15: Día 100: Sufrimiento y humildad

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El otro día discutía con Vicky sobre el libro “Nacidos para Correr”, de Christopher McDougall. Si bien no terminé de leerlo (me quedan 160 páginas), descubrí que me resultan más interesantes las historias de los tipos comunes que se convierten en ultramaratonistas, que la de los súpercorredores que un día descubren por obra de la casualidad que son semidioses con el don de la velocidad. A todos nos fascinan las anécdotas del tipo que sale segundo en su primera ultramaratón de 100 kilómetros, pero ¿nos motiva eso a seguir sus pasos?

Creo que esos atletas de elite piensan y se mueven a un nivel incomprensible para el resto de los mortales. Nosotros sufrimos constantemente y eso, de alguna manera, nos hace apreciar la humildad desde otro lugar. No vivimos intentando ser los mejores, sino queriendo superarnos a nosotros mismos. Entendemos al gordito que quiere entrenar y al lesionado que busca volver lentamente, porque estuvimos ahí. No arrancamos adelante de todo, sino que la remamos desde el fondo.

Por eso me resulta mucho más jugoso conocer la historia que McDougall comparte de sí mismo, desde que los doctores le prohibieron bajo ningún concepto correr hasta que se lanzó a las barrancas del Cobre a hacer una ultramaratón. Y también me resulta apasionante la vida de Micah True, alias Caballo Blanco

- Decidí que iba a encontrar el mejor lugar del mundo para correr, y así fue- me dijo mientras caminábamos de vuelta al hotel esa noche-. La primera vez que lo vi me quedé boquiabierto. Me excité tanto que no podía esperar a salir a correr. Estaba tan sobrecogido que no sabía por dónde empezar. Pero es un terreno salvaje este. Así que tuve que esperar un poco.

No tenía otra opción. La razón por la que hacía de asistente en Leadville en lugar de competir, era que sus rodillas habían empezado a traicionarlo tras cumplir cuarenta años.

- Solía tener problemas de lesiones, sobre todo en los tendones del tobillo- me dijo Micah.

A lo largo de los años, había probado todos los remedios posibles- vendas, masajes, zapatillas más caras que ofrecían un mejor apoyo- pero nada había ayudado demasiado. Cuando llegó a las barrancas, decidió dejar la lógica a un lado y confiar en que los tarahumaras sabían lo que hacían. No se iba a tomar el tiempo de comprender sus secretos; sencillamente iba a afrontarlo tirándose a la piscina y esperando que todo fuera bien.

Se deshizo de sus zapatillas para correr y empezó a llevar únicamente sandalias. Empezó a comer pinole para el desayuno (después de aprender cómo cocinarlo, de manera similar a la avena con agua y miel) y a llevarlo seco en su riñonera en sus paseos por las barrancas. Tuvo algunas caídas duras y en alguna ocasión por poco no consiguió regresar a su choza andando, pero apretó los dientes, se lavó las heridas en el agua helada del río y se tomó el accidente como una inversión.

- El sufrimiento te hace humilde. Vale la pena saber cómo recibir una paliza- me dijo Caballo-.Yo aprendí rápidamente que más te vale respetar a la Sierra Madre, porque si no, te masticará y escupirá.

Para su tercer año, Caballo recorría caminos invisibles para los no tarahumaras. Con mariposas en la barriga, se lanzaba cuesta abajo por el borde de caminos empedrados que eran más largos, empinados y serpenteantes que cualquier pista de esquí nivel diamante negro. Bajaba corriendo pendientes durante millas, casi fuera de control, confiando en sus reflejos afilados por las barrancas, pero aun así temiendo que en cualquier momento se le quebrara un cartílago de la rodilla, se le desgarrara un tendón o le quemara ferozmente la rotura del tendón de Aquiles.

Pero nunca ocurrió. No se lesionó nunca más. Después de unos años en las barrancas, Caballo se había hecho más fuerte, estaba más sano y corría más rápido que nunca en su vida.