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Semana 45: Día 315: Flor de relos

2013-08-09 19.59.36

“Solo, solo unos pocos elegidos pertenecen en verdad al gran mundo… Solo unos pocos elegidos en el mundo lucen la hora exacta en su muñeca”.

“¿Te compraste un Suunto Ambit Silver? Te pasaste, macho”. (disculpas a Les Luthiers)

Había llegado al país hace unos días, pero solo pude echarle mano hoy. Fue amor a primera vista. Yo necesitaba un reloj con GPS que me durase para las ultramaratones (como, por ejemplo, la inminente Yaboty), y el reloj necesitaba posarse en una muñeca que hiciera quedar a su dueño como un alfeñique.

Aprovechando que mi amigo Matías viajaba a los Estados Unidos por trabajo, lo compré y se lo mandé a su hotel. Como es medio paranoico con el tema de la aduana, tiró el manual (que, según él, era una especie de guía telefónica) así que, como ven en la foto, tiene cualquier hora y fecha, ni idea de cómo cambiarlo. Igual lo estoy cargando para estrenarlo mañana. También hice una gran jugada con este viaje y compré un cable cargador para el Garmin Forerunner 405 que tenía, inutilizado por no poder cargarle la batería. Acá vendían ese mismo cable en Mercadolibre por $300 y en eBay lo conseguí por u$s 20 (conviértanlo a la cotización que les plazca, dólar real, blue, soja o tarjeta, pero es más barato que lo que te piden acá).

El Suunto es enorme, o estoy muy flaco porque en mi muñeca me recordó cuando era chico y jugaba a vestir los zapatos de mi papá. Pero el tamaño seguramente tenga que ver con su batería, que dura 15 horas en modalidad running y 50 en hiking (tiene que ver con el ping que envía al satélite, es algo muy técnico como para que nosotros los científicos de la NASA nos pongamos a explicar). Pero no solo eso, además de GPS y navegación, tiene brújula, barómetro, termómetro (para la temperatura ambiente, no sean tan fantasiosos) y monitor cardíaco. Solo para reloj, la batería dura 30 días. Además dice que es resistente al agua, a una profundidad de 100 metros, pero ni loco lo pruebo.

Estos días estuve corriendo con un Garmin Forerunner 305 prestado, que como todas las cosas viejas, grandotas y feas anda fantástico. Pero aunque estaba enamorado de mi reloj anterior y que este que me dieron también funcionaba de perillas, estoy experimentando grandes distancias, y la batería nunca me alcanzaba. En la Ultra Buenos Aires usé tres relojes distintos, en los trails de montaña como Patagonia Run o La Misión elegía en qué momento activar el GPS (generalmente al principio) para después meterme en una incógnita… todos sabemos que cuando preguntamos a los banderilleros cuánto falta para el próximo puesto de asistencia, te mienten descaradamente… Tienen buenas intenciones, quieren que no te desmoralices, pero cuando te dicen que llegás a la cima en 20 minutos y tardás 2 horas, realmente empezás a decir el clásico “qué hago acá”. En cambio, si de antemano sé que faltan 10 km y en el medio hay una montaña, me puedo preparar mentalmente para sufrir.

Vamos a ver cómo me va con este flor de relos. Con que llegue a usarlo en las 36 horas de la Spartathlon 2014 voy a ser más que feliz…

Semana 40: Día 274: Mi próximo reloj

Lo vi de lejos hace poco, en la muñeca de una compañera de entrenamiento. Era poco discreto, parecía desproporcionado en esa chica. Pero era un reloj con GPS con un display enorme.

A simple vista, era poco atractivo. Parecía que uno se iría ladeando hacia el lado en que vestiría semejante mastodonte. ¿Cuál era el sentido de hacer un reloj TAN grande? ¿Qué podíamos obtener de esta monstruosidad?

Cincuenta horas seguidas de GPS. Lo voy a poner en números. 50. Fifty. Mi Garmin me duraba ocho horas con suerte. Y como nunca tengo suerte, eran cinco. Estaba perfecto para maratones, para las Adventure Race, pero cuando quería ir a una prueba más compleja como Patagonia Run o la Ultra Buenos Aires, me quedaba cortísimo. Cuando iba a entrenar fondos de más de 40 km me tenía que llevar dos relojes, uno prestado. En los 100 km de Marcos Paz usé tres.

Tener cincuenta horas continuas midiendo la distancia me permitiría hacer La Misión y saber en qué punto estoy. Podría entrenar fondos larguísimos sin estar a ciegas. ¡Podría hacer la Espartatlón y medirla desde Atenas hasta Esparta!

El tema, claro, es que ya tenía un reloj, y cambiarlo me parecía una picardía. Por suerte, lo acabo de perder. Tantos problemas me dio cuando el perro se comió el cable del cargador (terminé haciendo contacto entre los pedazos de cables para poder cargarlo, como hacen los ladrones de autos en las películas), pero igual lo conservaba. A veces se volvía loco, se apagaba solo, se congelaba… y no lo podía cambiar. Un día, después de correr unos 9 km, se desvaneció. No sé dónde está, revisé todas mis cosas, abajo de los muebles, y nada. Quizá los Garmin son tan avanzados que cuando dejan de funcionar del todo se evaporizan.

La cuestión es que ahora no me quedará otra que pasarme a este horroroso modelo de Suunto, tan poco discreto… pero tan útil.

Falta para mi cumpleaños, así que cuando regrese de Brasil, me lo tendré que comprar…

Semana 15: Día 99: Mi reloj, amigo inseparable

Hace más de un año, una amiga que viajaba a Estados Unidos se ofreció a traerme algo de allá. Y por “se ofreció” me refiero a que apenas me enteré de que iba a estar en Miami la obligué a que me traiga un reloj Garmin con GPS, algo que me iba a venir muy bien en el entrenamiento.

Este adminículo se volvió un elemento obligatorio en mis entrenamientos. Si bien tenía algunos cálculos caprichosos como la cantidad de calorías que había quemado, había hechos inequívocos como mis pulsaciones, el tiempo que había estado corriendo (si me acordaba de pausarlo cuando frenaba y de arrancarlo después), y la conexión con satélites que me indicaba la distancia recorrida. Luego aprendí que también me podía indicar la velocidad, y la magia aumentó cuando Vicky me demostró que guardaba todo el trayecto y se podía bajar a una web para que lo reflejara en un mapa. Simplemente magia.

Uno creería que lo que más cuidaría sería un reloj así. Pero varias veces me lo olvidé en casa, teniendo que realizar la humillante tarea de pedir uno prestado (por el bendito “Cuentakilómetros” que pueden ver aquí al costado. A veces, solo a veces, lo usaba para saber la hora. Cierta vez tomamos el tren en la estación de Belgrano a las 19:14. Me llamó la atención que era temprano, pero mucho mejor, íbamos a llegar a Acassuso mucho antes de las 20 hs. El pánico se apoderó de mí cuando llegamos a destino y el Garmin seguía indicando las 19:14. Ningún botón funcionaba, simplemente el tiempo se había detenido (o el reloj se había averiado).

Caí presa del pánico, hasta que un compañero de los Puma Runners, de esos expertos y con años de entrenamiento, me mostró cómo resetearlo. En otra ocasión, después de volver de una carrera (posiblemente la última Adventure Race Pinamar), mi reloj se había esfumado en el aire. No aparecía por ningún lado. Soy bastante distraído, así que podía estar en cualquier parte. Angustiado, intenté la única esperanza, que era preguntarle a quien me había traído en auto desde la carrera si lo había visto en su auto. Era una chance de una en un millón… y resultó ser. El alma me volvió al cuerpo.

Y llegamos al presente, cuando guardé mi Garmin en la mochila después del entrenamiento, y al llegar a casa noté que se había apagado. Lo primero que intenté fue resetearlo, pero no pasaba nada. Simplemente estaba muerto. Las siguientes veces corrí con el reloj de Vicky, que tiene unas líneas rosas muy masculinas en la malla. Empecé a ver en Mercado Libre cómo reemplazarlo, pero los precios eran exorbitantes, mucho más de lo que había pagado al comprarlo por internet en Miami. Vicky coqueteó con la idea de regalármelo para Navidad. Yo llamé al servicio técnico de Garmin en Argentina y una grabación me pidió que mandara un correo electrónico. Envié el bendito mail y jamás me respondieron. Lo di por perdido.

Marcelo, coequiper del grupo de entrenamiento, me dijo que a él le pasó exactamente lo mismo una vez. Decidió dejar su reloj desconectado tres días y después ponerlo a cargar. “Hacelo, vas a ver que ahí engancha”. Me pareció una teoría absurda, que no tenía asidero. Pero ya no me quedaban opciones, así que lo hice. Y al tercer día, el reloj resucitó de entre los muertos. No podía creer, cómo esa maniobra le había dado nuevamente vida.

Hoy, el GPS me acompañó en un entrenamiento durísimo, de casi 19 km, con cuestas y ejercicios de musculación intercalados (más un clima pesado y caluroso). El Garmin, hasta ahora, sigue funcionando. No sé qué le pasó, ni cómo lo arreglé. Pero ha vuelto a funcionar, y de nuevo me está permitiendo medirme, saber cuánto llevo recorrido y cuándo puedo apurarme. Espero que sea la última vez que me abandone…

Semana 49: Día 338: Invirtiendo en un GPS

Hace pocos días, una amiga me trajo de afuera un reloj con GPS. Ayer lo estrené en el entrenamiento. Y ya me pregunto, ¿cómo hice para correr todo este tiempo sin él?

Estos tiempos consumistas nos hacen encontrar ciertos atisbos de felicidad en las cosas materiales. Afortunadamente soy pobre, y con esfuerzo y paciencia, puedo ir ahorrando unos pesos para poder ingresar en el mundo capitalista. Hace unos meses fueron los muñecos de He-Man (hasta los “difíciles”, como Man-at-arms). Ahora, después de cobrar un trabajo adeudado de mucho tiempo, fue un reloj con GPS y monitor cardíaco.

Confieso que el tema de medir mis pulsaciones no me obsesiona, y que elegí esa función un poco por capricho. Pero hace tiempo quería aunque sea un cronómetro para poder medir mis tiempos y empezar a medir más concretamente cómo son mis ritmos.

Hace unos años regalé mi reloj digital. Harto de tener que atarme el tiempo a la muñeca, me di cuenta de que en todos lados podía ver la hora. En el subte, el tren, el microondas, la videocasetera (bueno, fue hace mucho), incluso en los tickets del supermercado y los boletos del colectivo. Cuando empecé a entrenar por mi cuenta, dando vueltas por las calles de Banfield, mi papá tuvo el hermoso gesto de regalarme un reloj con cronómetro. Yo me creía muy vivo y mantuve mi renuncia a engancharme la hora a mi cuerpo, así que lo guardé en un cajón, y nunca más supe de él.

Cuando empecé a entrenar en serio volví a Banfield a buscarlo, pero nunca volví a dar con él. Con esto de las carreras, controlar los tiempos empezó a ser importante para mí. En estas competencias suele haber un cronómetro, pero está en la llegada. ¿Cómo sabemos, por la mitad, cómo venimos?

FInalmente llegó el bendito reloj del norte, y cuando aprendí a configurarlo (no fue tan fácil) descubrí que no sólo puedo controlar qué tiempo estoy haciendo, sino la distancia, y a qué ritmo voy (en minutos por kilómetro). Para un obsesivo como yo se abrió la puerta a un nuevo mundo. Por ejemplo, medí la vuelta Hipódromo de San Isidro, y me dio 5,11 km. Rodearlo me tomó 23 minutos 30 segundos, a un ritmo promedio de 4:30 el kilómetro. En las progresiones bajé a 4:12.

El reloj es un poco pesado, pero compensa esa comodidad de tener control del tiempo (cuando consiga control del espacio, dominaré por fin el continuum). Se carga conectándolo al USB, y debe tener miles de otras funciones (como la del monitor cardíaco) que todavía no aprendí. Me gusta más investigarlo haciendo prueba y error. Como dice mi padre, “cuando todo falla, lea las instrucciones”.

Mañana, viernes por la tarde, parto rumbo a Pinamar con los Puma Runners. Vamos a hacer la previa allá, preparándonos para la Merrell del domingo. Entonces voy a poder usar mi reloj para medir mi ritmo, y ver si puedo bajar de mi penosa marca de 3 horas 30 minutos del año pasado. Al menos ahora voy a saber mi tiempo antes de llegar a la meta.