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Semana 47: Día 326: Yaboty en imágenes

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Por suerte la organización de Salvaje solo subió una pequeña selección de fotos de lo que fue Yaboty. Y digo “suerte” porque puedo subir las mías antes.

No son la gran cosa, realmente no se puede correr y ser fotógrafo a la vez. Mi foto favorita, por supuesto, es la de mis heridas de guerra. No me animé a ponerme en cueros para mostrar todos los raspones que tengo en las piernas y en la otra mano. Se completaría la escena si subiese una imagen mía caminando como un Playmobil en el día de hoy, pero no quiero pasarme de víctima. Sinceramente solo siento un poco agotados los cuádriceps. La ampolla de la planta del pie izquierdo desapareció, así como el entumecimiento de los gemelos. Los cortes en las palmas ya no me impiden aplaudir, como en la entrega de premios.

Me parece increíble haber estado al rayo del sol, en esa agonía de kilómetros y kilómetros, racionando el empalagoso Powerade porque no sabía cuánto faltaba para el próximo puesto de hidratación, transpirado, cansado y mojado, y ahora estoy sentado en mi silla, escuchando los truenos de fondo, con la panza llena después de haberme comido dos milanesas de soja con acelga y una ración de ensalada primavera con choclo. Aquella epopeya de Yaboty empieza a parecer lejana, pero estas fotos movidas y borrosas me transportan de nuevo a la aventura, que empezó a las 3 de la mañana, esperando para tomar el micro que nos iba a llevar a la largada, y culminó a las 14:45, cuando crucé la meta. Aunque, claro, hay quienes dirían que esta experiencia comenzó mucho antes, y que se queda tan grabada en la memoria que nunca va a terminar…

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Semana 44: Día 305: Una semana de gimnasio

Bueno, ayer me fue imposible actualizar el blog, así que hoy salen dos posts en el transcurso del día.

A continuación comparto dos fotos que me saqué, una el día en que empecé a ir al gimnasio, otra una semana después.

Foto del día 24-07-2013 a la(s) 11:16 Foto del día 31-07-2013 a la(s) 11:23

¿Ven la diferencia? ¿No? Yo tampoco.

Después de mirarlas detenidamente por 5 horas, noté que hay unas venas más marcadas en el pliegue del codo (¿se llama así?). No esperaba que haya un cambio, pero sí hay una verdadera diferencia, y tiene que ver con que ya me siento más cómodo con los ejercicios, ni tengo dolores en los días posteriores. Si me sacara la foto en el momento del entrenamiento, todo hinchado por las repeticiones y la sangre que infla los músculos, sería hacer trampa (porque el efecto no resiste más allá de cuando me ducho en el vestuario).

Vamos por más…

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Semana 37: Día 255: Los 21 km de la Mizuno Half Marathon

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Como comentaba en posts previos, en un arranque de improvisación decidí inscribirme en la media maratón que se corría en Vicente López. Uno generalmente se prepara para este tipo de carreras, averigua quién la organiza, o cuál va a ser el recorrido. Yo me anoté porque la corrían dos amigos míos de los Puma Runners. Nada más que por eso.

Al momento de la inscripción estaba viviendo en Caballito, en el departamento de mi hermano y Seba, su pareja. Me trataban muy bien, me daban comida vegana, y no me obligaban a pasear al perro (tamaño caballo). No me podía quejar. Pero bueno, un poco me quejaba. No está bueno instalarse indefinidamente en el hogar de una pareja, porque por más que te prometen que no molestás, uno siente que está todo el tiempo en el medio. Tampoco tenía un lugar fijo para trabajar, y le buscábamos la vuelta para que yo estuviese cómodo y mi hermano pudiese atender a sus pacientes. Mi prima Vero me insistió en que me instale por unos días en su departamento de Recoleta, y con la media maratón encima, me pareció que era más prudente salir desde este barrio que desde Caballito.

La largada era a las 7 y media de la mañana. Si salía desde lo de mi hermano iba a tener que levantarme a las 4. Mudado e instalado en lo de mi prima, terminé yéndome a dormir a la 1:30. Con todo el dolor del mundo madrugué, me cambié y salí a encontrarme con Pablo, un amigo que corría y me alcanzaba a la meta. Lloviznaba, lo que parecía un mal pronóstico para la carrera.

Como decía antes, me mandé sin saber absolutamente nada. Solo que el organizador era TMX, lo cual para mí es una buena referencia. Sin embargo hubo un detalle que me pareció poco feliz, y fue que el chip se entregaba de 6 a 7 AM, previo a la salida (que, recordemos, era 7:30). Desconozco si hubo algún problema, pero yo estaba como cortando clavos, porque no sabía si íbamos a hacer a tiempo. A la hora de la salida todavía era de noche, pero por suerte la llovizna desapareció como por arte de magia.

Largamos 7:40, un brevísimo retraso que quizá tuvo la colaboración de esta extraña logística de los chips. Salimos Pablo, Lean, Germán y yo, cada uno a su ritmo. Yo estaba con poco sueño e improvisando, y sinceramente no tenía ganas de hacer marca. Fui a estar con mis amigos, impulsado por su presencia. Tenía ganas de acompañarlos, estar ahí como apoyo moral o para dar consejos. Quería disfrutar del paisaje y no estar todo el recorrido tensionado, sufriendo el esfuerzo físico desmedido. Es algo que también quise hacer en las Fiestas Mayas. Creo que no tengo que demostrarme nada. No quiero ser el más rápido, y la meta espera a todos, desde el primero al último. Como un buen libro que lo dosificamos porque no lo queremos terminar, yo también quería disfrutar un poco más de cada carrera.

Me apegué a Lean, un Puma Runner de la nueva generación, quien tiene un muy buen ritmo pero vive siempre relegándose para acompañar a alguien. Esta vez decidí que iba a ser él quien estuviese acompañado. Salimos desde el costado del río, y dimos una larga vuelta que nos hizo cruzar por el costado de la largada. No lo sabíamos en ese entonces (yo, al menos, que caí de paracaidista), pero esto de hacer círculos y pasar por el mismo punto más de una vez fue la característica de esta media maratón, y el punto que yo más le critico. 21 kilómetros es una distancia suficiente para unir Provincia con Capital. Permite hacer a pie cosas tan raras como salir desde la cancha de Boca y llegar a la de River, o hacer un ida y vuelta desde Colegiales hasta Olivos. Pero lo que fue una ventaja para los fotógrafos que no tuvieron que salir a perseguirnos porque les pasamos por al lado cuatro veces, para los corredores se volvió un poco tedioso.

A ver, la organización fue un reloj. Todo funcionó perfecto, la hidratación, las indicaciones, el puesto de frutas. Todo bárbaro. Pero el recorrido era muy monótono. Pasamos por calles de asfalto, estacionamientos… y repetíamos tramos, que hacíamos de ida y después de vuelta. En ciertos puntos, sobre todo cerca del final, parecía que girábamos en cada esquina, zigzagueando constantemente. Al principio pensé que era yo el quisquilloso que se quejaba, pero me fui dando cuenta de que no era el único.

La carrera no tuvo sobresaltos. En un momento lloviznó, lo cual prometía hacerlo más interesante, pero enseguida paró. Mientras corríamos no se sentía el frío (todo lo contrario), así que agradecí haber tenido el instinto de dejar las calzas en la mochila. Después de cruzar la mitad del circuito en una hora exacto, le dije a Lean que nuestro objetivo podía ser que la segunda mitad fuese más rápida. Aventuré “1:58:00″ como meta. También le prometí que no lo iba a presionar, cosa que no pude cumplir.

El entusiasmo hacía que caltando pocos kilómetros, instintivamente aceleráramos. Íbamos cómodos, tratando de banar de 5 minutos el kilómetro. Sobre el final, y faltando a mi promesa, empecé a presionar a Lean para que acelerara. Le pedí una progresión. El pobre, con la lengua afuera, ponía su mejor cara y con mucha enteresa y caballerosidad me ignoraba por completo. Por reflejo, estando a pocos metros de la meta empecé a acelerar, pero vi que Lean mantenía un ritmo constante. No quise cruzar solo, así que me resistí al sprint final y cruzamos codo a codo. El reloj nos indicaba que habíamos cruzado en 1:55:19, mucho mejor de lo que esperaba.

Por supuesto, al frenar y enfriarme, empecé a temblar como una hoja al viento y a sufrir el espantoso clima. Tuvimos una tregua y en todo el recorrido el tiempo estuvo bastante benévolo, pero cuando la gran mayoría habíamos terminado, empezó a llover con insistencia. Por suerte estábamos desayunando, refugiados en una estación de servicio, compartiendo anécdotas de la carrera que todos acabábamos de terminar.

Dejo algunas instantáneas de carrera, pero esta vez desde afuera: suelo sacar yo las fotos, pero ahora temí por la lluvia y dejé la cámara bien guardada…

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Semana 35: Día 241: La llegada de las Fiestas Mayas 2013

En esta carrera multitudinaria que se corrió ayer, me preocupaba la foto de la llegada. Porque somos tantos, que era muy probable que nos tapemos entre todos. En la San Silvestre, por ejemplo, no se ve mi llegada porque una cámara en una grúa tapa mi momento triunfal.

Por suerte, en las Fiestas Mayas, una cámara elevada (y sin grúas al frente), captó el instante en que cruzamos la meta con Nico. Fue un momento muy emocionante, porque le venía gritando que podía, y juntos cruzamos en un maravilloso sprint. Después podríamos haberle puesto la música de “Carrozas de Fuego” mientras nos fundíamos en un afectuoso abrazo. Los corredores sabrán entender la emoción que se siente estando ahí, en la meta.

Nos encuentran a la izquierda de la pantalla.

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Semana 50: Día 344: La entrega de kits en los 21K de Buenos Aires 2012

Hoy nos acercamos al Centro Municipal de Exposiciones, en esta especie de “Expo Maratón” donde, además de retirar tu kit, se concentran muchos puestos y stands de marcas afines a los corredores. Recorriendo esos oscuros y calurosos pasillos me di cuenta de una cosa: había en el ambiente un clima de mucho, mucho entusiasmo.

Tengo varias convenciones encima, desde exposiciones de cómics hasta la Feria del Libro. Estoy acostumbrado a estar bajo techo de chapa, caminar por alfombra, solo iluminado por luz artificial, codearse con promotoras, regatear precios, buscar ofertas y frotar los pies al caminar sobre la alfombra, para darle una descarga de estática a alguna víctima inocente. Y la buena onda se respira. A pesar de que hubo problemas con los talles de remeras (las de chicas eran minúsculas y pronto tuvieron que empezar a darles cortes de hombres) todos parecían muy contentos de haberse inscripto. Nos enorgullecemos con Vicky de haber concenvido a Dora, una compañera de entrenamiento, para que se anote en la media maratón y debute en los 21 km de calle.

Aprovechamos y compramos algunas cosas, como geles y una tibialera para un amigo. Nos sacamos fotos con los maniquíes súper esbeltos (demasiado controversiales para este blog) y charlamos con otros corredores y promotores. La excusa de juntarse bajo este techo era ir a buscar tu remera y estamparla (Vicky y yo somos “MambaNegra Team”), pero aunque muchos le rehuyen al shopping y esa compulsión por vender, suelen encontrarse muy buenas ofertas, sobre todo por compras en efectivo (en su mayoría del 20%, y en algunos productos hasta el 40%). Lamentablemente no pude conseguir los lentes que estaba buscando para La Misión, así que intentaré comprarlos en España. Pero sí aprovechamos y sacamos algunas fotos para el Facebook de LionX, que pueden visitar en este instante (hoy y mañana). Una de esas fotos me dejó pensando… es una cita, según el cartel, de Berthold Bretch, dramaturgo alemán: “Si quiere ganar, corra 100 metros. Si quiere experimentar la vida, corra maratones”. Esa cita, según mi recuerdo, es del prestigioso campeón olímpico y revolucionario maratonista, Emil Zatopek. ¿Alguien habrá hecho mal el copy paste de internet, o el que está mal soy yo? La internet me da la razón a mí, pero ¿quién confía en la internet?

Tenemos muchas ganas de correr mañana. Aunque hoy tuvimos entrenamiento (muy tranquilo, aunque en mi caso “negocié” un fondo de 9 km), mientras íbamos al Expo Maratón y cuando volvíamos, veíamos a otros atletas corriendo por Figueroa Alcorta o por Libertador… y nos dio mucha envidia. No hacía mucho calor, pero el cielo estaba despejado y hacía un sol hermoso. Aparentemente, mañana va a estar un poco fresco durante la largada, pero qué ganas dan de que haga un día como el de hoy al mediodía… Veremos con qué nos sorprende el clima en esta nueva edición de la Media Maratón de la Ciudad de Buenos Aires…

A continuación, algunas fotos de la velada. Pueden ver más en la página de LionX.

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Semana 45: Día 303: LionX en Adventure Race Pinamar 2012

Como ya deslicé en algunos comentarios la semana pasada, estamos comenzando un proyecto nuevo llamado LionX. Seguramente a alguno les suene, porque se trata de un grupo de corredores que ya lleva más de 15 años dedicado a la preparación física. Es como una suerte de círculo virtuoso: empecé corriendo aquí y ahora estoy colaborando en relanzarlo como algo mucho más allá de un running team.

Con LionX vamos a buscar hacer lo que más nos divierte, que es ir a las carreras, participar, sacar fotos y reseñarlas. Nuestra idea, ahora que empezamos, es poder dar tips para todos los corredores, y que se convierta en un referente de información para toda la comunidad. No saben lo complicado que es llevar adelante un proyecto así, es mucho más ambicioso que este blog y todas las metas que me puse en estos dos años. Pero me entusiasma mucho y me llena de orgullo. Estamos puliendo la web, pero no quisimos dejar de compartir la gloriosa experiencia de ese fin de semana en Pinamar, donde el mal tiempo se tomó un respiro y nos dejó correr con una temperatura muy agradable. Ya van 4 años en que participo de esta carrera, y en cada oportunidad el sol se asomó y nos ayudó a disfrutar del recorrido.

A los visitantes de este blog (casuales y habituales) les gustan las fotos, así que a las que subí ayer (en su mayoría tomadas con mi celu), le agregamos muchas más al reciente Facebook de LionX. Cada persona que se suscriba dándole un “Me gusta” se gana una cena conmigo en un restaurante a su elección, pagamos a medias. Realmente, el día en que Semana 52 termine (que será en un año más), toda mi presencia en la web se va a resumir en LionX. Mientras tanto me espera un año de doble compromiso cibernético. Gajes del oficio.

Los espero diariamente en el Facebook de LionX (muy pronto con su propia web), al igual que en Semana 52. Como al principio de cada carrera, siento las mariposas en el estómago y la adrenalina subiendo.

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Hay dos versiones para esta historia. Una, la que pueden ver en las fotos. Un recorte hecho con una cámara, que captura un instante, eso que capta la lente cuando pasa frente a ella. La otra es una que está en mi cabeza, y que jamás voy a poder compartir. Es el enfoque del corredor, la mirada que baja constantemente al piso para ver en dónde te estás apoyando. Es recorrer a ambos lados con la vista y darte cuenta si estás solo o acompañado, si el que te pasa tan fresco está haciendo postas o si es un individual, es incandilarte con el sol, buscar la arena firme o el pasto del bosque donde hay más tracción. Es mirar el reloj para calcular cuánto te va a tomar llegar a la largada y entrentenerte mentalmente con esas inútiles cuentas. Todo eso es imposible de compartir, es eso que te queda adentro y que se transforma en experiencia. Para eso no hay fotos, mis amigos, así que pido miles de disculpas.

Se fue otra Adventure Race, diferente a todas, aunque con los mismos condimentos. En mi caso, si la vuelvo a correr, será en compañía de Vicky. Creo que me va a ser muy difícil mejorar mi tiempo de ese año, y es algo que ya no me quita el sueño. Casi diría que puedo colgar mis botines arenosos que será con la frente en alto y feliz. En 2011 llegué en la posición 170, y esos 7 minutos de menos de 2012 me ayudaron a llegar en el puesto 88. La próxima vez que ponga mis pies en Pinamar quisiera tomármelo con más calma, disfrutar un poquito más del paisaje y no pensar en si bajo mi marca o si puedo vencer al reloj. Me gustaría compartirlo con la persona que amo y vivir una carrera en equipo, compartiendo con alguien más esa historia que solo mis ojos pueden ver, y que quedan adentro de uno para siempre.

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Semana 39: Día 260: La Maratón de Rosario (detrás de escena)

Correr una maratón no es fácil. Dudo que siquiera le resultara sencillo a aquel animal que llegó en poco más de dos horas. Lo vimos pasar, en sentido contrario, cuando iban dos horas y cuarto de carrera. Iba solito, muy tranquilo, pero seguro la sufrió tanto como el que llegó último.

Vicky corrió sus primeros 42 km de calle. Era algo que la tenía ansiosa, con nervios. Nos preparamos lo mejor que pudimos, con una dieta rica en hidratos, sin fibra. Descansamos lo que nos fue posible, no nos exigimos tanto en los días previos, y nos armamos de los artilugios de los corredores, como geles, analgésicos y otros accesorios como tibialeras. Sin duda, la vedette de esta maratón fue el baticinturón.

Este es el nombre cariñoso que le dimos a ese cinto que trae caramañolas y algún compartimento para guardar cosas. Vicky lo compró en Buenos Aires, y yo lo dudé hasta el final, adquiriéndolo finalmente a minutos de retirar el kit de la carrera y firmar el deslinde de responsabilidad. Esta era mi cuarta maratón, y en otras utilicé una mochila hidratadora. Solo en Grecia, con un asistente en auto, me animé a correr sin nada encima.

El baticinturón siempre me resultó aparatoso, y hasta me burlaba de quienes lo usaban. Imagino que ahora yo seré motivo de burlas en susurros, con mis cuatro botellitas que llevo como si fuese Rambo con sus granadas. Pero me di cuenta de lo cómodo que es no llevar peso en la espalda. Además me vi obligado a economizar. La mochila permite llevar muchas cosas, como un abrigo liviano, ropa, analgésicos (en pastilla y en pomada), vaselina, agua para toda la carrera y el celular. Todo eso juntito. El baticinturón es agua y no mucho más.

Nos ayudó que hiciera un clima espectacular. No necesitaba cargar con abrigo por las dudas. El sol pegaba fuerte, muy agradable, así que me saqué el pañuelo de la cabeza e improvisé poniéndomelo en la muñeca. Así me pude secar la transpiración con una tela suave, algo que nunca había hecho y que resultó muy cómodo.

Por otro lado, como tenía un solo bolsillo en el cinturón para guardar algo, prioricé el celular, tanto para emergencias como para twittear y sacar fotos. La vendedora me sugirió una muy buena idea para los geles: echarlos en una de las caramañolas, completarla con agua e ir dosificándolo de ahí. ¡Genial! Nada de abrir paquetitos mientras corría. De hecho, ya venían casi diluídos, lo que los hizo mucho más tolerables a la hora de tomarlos.

Probablemente en otra carrera sus limitaciones me compliquen. Pero si el clima lo permite, lo mejor es economizar en peso. No necesité nada más, y el celular (alias la cámara) estaba muy a mano, en un bolsillo que (a diferencia de la mochila) no dejaba que se humedezca por la transpiración.

El gran punto negativo del baticinturón fue al cruzar la meta. Cuando nos dieron la medalla, nos hidratamos, comimos, festejamos y todo eso, me lo saqué y me di cuenta de lo molesto que es cuando no lo llevas puesto. No te lo podés colgar de un hombro, ni envolverte una muñeca. Ni siquiera es cómodo de guardar en una mochila. Pero sus ventajas sobrepasaron estas incomodidades.

No sé qué se vería desde afuera. Un salame con cinturón de astronauta, filmando con su celular en lugar de mirar dónde corría. Pero en nuestro mundo interno, Vicky y yo estábamos disfrutando de una hermosa maratón, que registramos para la posteridad. Fue la carrera de ella, pero igual para mí no fue fácil. Sufrí, me emocioné, y aunque no corrí contra mi reloj mental, sé que hice un esfuerzo tremendo. Pero no estaba absorto de toda esta grandiosa maratón. La estaba viviendo, y ahora me encuentro constantemente volviendo a mirar  la llegada en ese videito. Puedo experimentar otra vez esa emoción, esa alegría, y el orgullo de ver a mi chica cruzando la meta.

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Semana 39: Día 259: Nace una nueva maratonista en Rosario

Como dije alguna vez, la maratón de Rosario giró en torno a Vicky. Era su primera experiencia en esta gloriosa carrera de calle, y acompañé en todo lo que pude. Si fui a un ritmo más lento que el mío no quiere decir que no la haya sufrido. Me duele todo, pero estoy feliz de haber superado esta prueba, y más todavía de haberlo vivido codo a codo con Vicky, una verdadera luchadora.

Es raro intentar describir lo que uno vive ne una maratón. Difícilmente alcance para describirse con palabras. Todo ese sufrimiento, los dolores… y de fondo una felicidad de estar lográndolo, de poder conquistar el deseo de cruzar la meta. Ella lo vivió por primera vez y, sin chistar, se comprometió a poner en escrito sus pensamientos. Aquí va, el relato de una nueva maratonista:

El año pasado tuve el sueño de correr la Maratón de Rosario, pero no estaba entrenada y pensaba que no iba a llegar físicamente a recorrer los 42 Km. Con un año de delay, el domingo finalmente corrí la distancia que te consagra como maratonista.

Después de haber participado en ultramaratones uno debería pensar que esto era solo un paseo por el parque (a walk in the park) pero no lo fue. La idea de correr sin parar 42 km me intimidaba, especialmente sobre asfalto. No había podido entrenar mucho las semanas previas porque estuve resfriada, y sumado al frío que estuvo haciendo, me daba fiaca salir de casa después del trabajo. Además me tenía preocupada un dolor en los tibiales (anteriores y posteriores) que venían molestando desde hacía rato.

En esta maratón innové en dos cosas (aunque aconsejan no experimentar en una carrera). Por un lado, probé los parches de diclofenac en los tibiales, recomendación que me hizo una compañera de Puma Runners. Por el otro, estrené el baticinturón, ya que no quería correr con el peso del hidratador en la espalda. ¡Debo decir que esas dos cosas me salvaron la vida!

La salida fue emocionante, nos sacamos la foto grupal, nos dimos las manos, nos deseamos buena carrera y arrancamos. El día perfilaba precioso, nada de frío y el cielo diáfano. El solcito, el “poncho de los pobres”, nos daba calorcito por el camino. La temperatura era ideal. Nada pudo haber fallado. Fue perfecto en todo sentido.

Iba muy bien y muy contenta, sin dolores, los tibiales no se sentían, el oxigeno bien. En realidad, no podía creer que fuera tan bien. Después de la carrera, Martín me confesó que íbamos a 5:30 el kilómetro, pero no me lo quería decir en su momento porque no me quería presionar.

En los primeros kilómetros atravesamos un túnel, todos levantando las manos, aplaudiendo y gritando enérgicamente. Le dije a Martín “cuando volvamos a pasar por acá, en el kilometro 23, van a pasar todos calladitos”. Antes de dar la vuelta y tomar por el Boulevar Oroño, un Dj que pasaba unos sets de Guetta (con todo el poder) me motivó a levantar el ritmo.

Todo lindo, hermoso, color de rosa, divino, hasta que divisé, en el kilómetro 17,5, una autopista con una breve pendiente. No me agradó mucho. De ahí en más sentí como si corriera con el freno de mano puesto. Atravesamos nuevamente el túnel, esta vez todos más distanciados y en silencio. Había un artista tocando en el bandoneón una música que me recordaba a esas películas donde los barcos iban trasladando inmigrantes. En el kilómetro 21 desaceleré y el Pacer de 4 horas (con toda la troupe) me pasó. Otra vez cruzamos al Dj con música bien arriba y me llenó de energía, pero en el kilómetro 25 me rebasó el pacer de 4 horas 10 minutos, y ahí nos quedamos. Había una pendiente imperceptible pero que se imponía.

Nos cruzamos en sentido opuesto con el puntero, el podio iba a 2 horas 12 minutos. Venía tranquilo, yo mientras trataba de sacarme el freno de mano… pero no hubo caso.

Dimos la vuelta en los 30 kilómetros esperando el muro, pero haciendo un recuento me pareció atravesar varios muritos, o quizá mi verdadero muro fue a los 21 kilómetos. Y allí estaba, pensaba en todas las carreras que había sufrido verdadero dolor físico y esto no era tan diferente. Pero en la cabeza seguía la idea de no parar, bajaba el ritmo, cuando podía aceleraba un poquito y comía una gomita (creo que me ayudó el gel Expresso Love). En el kilómetro 32 sentí que me prendía fuego y tuve que sacarme la remera. A partir de ahí me sentí muy bien, entumecida pero feliz. El tren superior estaba como si recién hubiera arrancado, pero mis piernas pedían clemencia. Pensaba en Pilates y los ejercicios de elongación, e intentaba abrir la zancada.

Divisamos otra autopista, ¡¡otra subida!! ¡¡Pero a quién se le ocurre!!

En el kilómetro 38 nos dieron banana, pero ya a esa altura no podía comer más nada. Cruzamos al Dj por tercera vez, y en esa oportunidad estaba pasando una canción que me gusta tanto que me llenó de motivación y me ayudó a acelerar. Con el solcito de frente volvimos a entrar al casco urbano de Rosario, donde la gente en la vereda nos gritaba y alentaba. Una hermosa pendiente abajo nos ayudó a recuperar. El aliento de la gente me motivó, entonces sabía que ya faltaban metros y me puse la remera: no quería entrar en esas condiciones, las chicas debemos cuidar nuestra presencia ante todo. Entré al embudo, con la música de fondo y los gritos de la gente logré hacer algo que jamás pude en otras carreras: un sprint final. Con una sonrisa en la cara crucé la meta. Martín me abrazó y allí, emocionadísima, me di cuenta que me había estado filmando desde que me puse la remera.

Imagen de previsualización de YouTube

Pedimos Powerade y unas frutas, y fuimos a alongar y a esperar a nuestros compañeros (que los habíamos cruzado a lo largo de toda la carrera). Leandro ya había llegado cuando nos encontramos con Paco y los cuatro nos quedamos esperando a Vanesa. Cuando la vimos venir, y salimos de la valla a alentarla. Otra Puma Runner cruzaba la meta.

Fue una jornada muy emocionante. Pasé desde la felicidad al dolor y de vuelta a la felicidad. Destaco la camaradería de los compañeros de carrera y de Martín, que siempre me motivó… aunque hubo veces en que me enojé porque sentía que yo no podía, pero él jamás perdió su fe en mi, y por eso nunca dejaba de decirme “¡vamos, vos podés!”. Y sí, es la cabeza la que decide si podés o no cumplir con tu sueño.

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Semana 29: Día 199: Los 100 km de Patagonia Run 2012

¿Y si mi vida dependiese de correr? Si tuviese que esforzarme durante horas y horas por mi integridad o la de otros, como hizo Filípides hace 2500 años… ¿hubiese podido? ¿Algo hubiese cambiado?

No, no me planteaba ninguna de estas cosas mientras corría alguno de los 100 km de la Patagonia Run. Más bien pensaba en el clásico “¿Qué #@%&* hago acá?”. Yo fui a correr a San Martín de los Andes, ilusionado con probarme en una ultramaratón y ver cómo vengo respecto a mi entrenamiento para la Espartatlón, en septiembre. Pero tuve poco de “run” y mucho de “trail”, “climb”, “fall” y “pain”.

Con Vicky veníamos planificando este viaje desde enero. Pagamos la inscripición y contratamos un plan de traslado y alojamiento de la organización que era imposible superar. El viaje de ida fue largo, 22 horas, pero la pasamos muy bien. Cada persona es un mundo, pero en general los corredores encontramos elementos en común y nos identificamos mutuamente. Por eso, en el micro, ya empezamos a hacer amigos y a compartir consejos. “¿Qué vas a comer durante la cerra?”. “¿Llevás algo de abrigo?”. “¿Cuántas horas creés que vas a ponerle?”.

Como teníamos en mente dar nuestro mejor desempeño, desde el fin de semana anterior veníamos con una dieta que contenía muchos hidratos de carbono y poco (al principio) y nada (al final) de fibras. Nos hidratamos, intentamos cansarnos poco, pero aprovechamos el bellísimo paisaje de San Martín de los Andes y caminamos, paseamos en barco, e hicimos un picnic en la costa del lago. Un pedacito de felicidad que compensó el padecimiento del día después.

Como los 100 km que corría yo empezaban a las 2 de la mañana, en lugar de arrancar el sábado, para mí era como que todo comenzaba el viernes a la noche. Vicky hacía 63, y su largada estaba pautada para las 8:30. Cené arroz con lentejas y huevo, saborizados con un poco de mostaza, cerca de las 7 de la tarde. Dormí unas tres horas, y a la medianoche desayuné chocolatada con algo de pan que habíamos comprado por la tarde. Desayuno de campeones. Tenía todo preparado en el bolso: bastante hidratación, comida de marcha, y alguna muda de ropa. Me preocupaban las medias, porque se suponía que nos íbamos a mojar los pies.

Estaba abrigado, pero ligero: Una gorra windstopper, que me regaló Vicky (demostraría ser mi MAYOR aliado contra el frío), un pañuelo, un cuello de polar, una remera de manga larga (encima la casaca de la carrera), un buzito semi-impermeable y rompeviento, un par de calzas largas (otro regalo de Vicky), encima pantalones cortos (donde abroché el número dorsal), el doble par de medias (finas abajo y normales encima) y las zapatillas de trail que prometí jubilar en este evento. Debería haberlas tirado allá, pero por nostalgia las traje, y ahora están ventilándose en el balcón.

Caminamos junto con otros corredores al centro, desde donde salía el micro que nos iba a alcanzar hasta la meta. Hacía frío, se sentía, pero la ropa parecía que me iba a ayudar a soportarlo. Faltaba el factor de entrada en calor, pero era cuestión de arrancar. El nerviosismo se sentía en todos. Seríamos unos 160 corredores que intentábamos hacer los 100 km, distancia debut para esa competencia. Me sentí un privilegiado por haber podido dormir, porque parece que fui el único. Los de 84 arrancaban a las 4, y las siguientes distancias se iban repartiendo a lo largo de la mañana, siempre saliendo desde un cuartel militar. No soy bueno con los nombres de la geografía, esa es la especialidad de Vicky. Todavía hoy le pregunto la altura de aquel cerro por el que yo corrí y que no estaba en su circuito, pero ella retiene todos esos datos con más facilidad. Lo cierto es que, si mi machete no me falla, empezamos a 750 metros sobre el nivel del mar, y apenas largamos, super puntuales, comenzamos a subir.

El suelo era de tierra, y la trepada era bastante más empinada de lo que estaba acostumbrado. Íbamos en fila india, porque no había mucho espacio. Yo llevaba bastones enganchados en la mochila, pero no tenía espacio para alcanzarlos, además de que todavía estaba con mucha fuerza. La subida pareció interminable (pero no era nada comparado con lo que vendría después). Llegamos al primer centro de hidratación llamado Rosales, a 1000 mts snm. Intenté no detenerme demasiado, porque llevaba mucha agua y alimento. La gente del control anotó mi número y seguí. Era el kilómetro 7.

Seguimos ascendiendo hasta el Filo del Lolog, a 1350 msnm. La cima estaba en el kilómetro 11, y apenas la cruzamos empezamos a bajar, en un ángulo tan abrupto como la subida. Pero… como dije y diré varias veces, no era lo peor… Poco después del km 12 estaba el segundo puesto de asistencia, llamado Pizales. A metros de llegar, tropecé con una piedra y me fui de trompa al suelo. Fue la primera vez que me caí en la carrera. Dejé de contar en la vez número 10. Aproveché para tomar un mate cocido. Hacía frío, pero lo soportaba. Igual vi a otros corredores temblando e intentando entrar en calor. Venía casi parejo con dos atletas con los que hice buenas migas, Daniel y Joaquín. Me superaban ampliamente, por eso salí antes que ellos, porque sabía que me iban a alcanzar (y a pasar).

Continuamos subiendo, y los trayectos donde efectivamente podía correr eran muy pocos. Cuando no estaba trepando a paso lento, tenía que bajar, con cuidado de no matarme. Todavía era de noche, con visibilidad mínima. Solo podía ver lo que iluminaba mi linterna frontal. El cielo estaba súper estrellado, pero era imposible poder disfrutar del paisaje. Un poco más arriba de los 1200 mts, por el kilómetro 21 aproximadamente, estaba el tercer puesto de asistencia, Corfone. Salimos juntos con Daniel y Joaquín, todavía era de noche. Yo miraba el reloj, pensando en Vicky, si dormía o estaba despierta. Quería llamarla para contarle todo lo que fui aprendiendo: que los bastones eran imprescindibles, que las polainas venían muy bien para mantener la tierra afuera de dlas zapatillas, que cuide las piernas en las subidas. Pero tenía el teléfono muy guardado y ella recién se iba a despertar a las 6. Decidí esperar al puesto del Cerro Colorado.

Hasta ese momento podríamos decir que hacía frío. Pero con un mínimo de equipamiento, estabas bien. Andábamos a oscuras, esquivando ramas y piedras apenas las iluminaban nuestras linternas. Me costaba seguirle el paso a Daniel y Joaquín, me daba cuenta que ellos tenían experiencia en montaña. Yo, en ese entorno, hacía un poco de agua. El ascenso era interminable, y empecé a ver corredores desabrigados abandonando. Los brazos empezaban a doler por ayudarme con los bastones. Intentaba no quedarme atrás, pero se hacía imposible. El suelo empezó a cambiar: lo que antes era tierra ahora eran piedras, que Vicky las llamó “escoria” (creo que es el término científico). Empezó a bajar la temperatura todavía más. Al no haber árboles, el viento se hacía sentir. Alguien dijo que la térmica había llegado a 7 grados bajo cero. Estando ahí, no creo que hayan exagerado. Estaba bien de abrigo, pero costaba respirar. Ya me venía sonando la nariz a cada rato, por el frío era una canilla goteando. Me cubrí bien la boca, apreté los dientes, y seguí. Sentí una desolación indescriptible. No sé por qué me imaginé a los chicos que fueron a combatir a Malvinas, los hice enfrentando climas tan poco amigables como ese. Zafé del frío bastante bien, excepto por las manos. Aunque estaba enguantado, las tenía rígidas. Apenas podía sostener los bastones.

El suelo era extraño. Si bien las veces que veíamos pasto estaba escarchado, esto era como un cúmulo de piedras unidas por hielo. Pisaba y sentía que caminaba por una bebida frozen. No sé cuánto tardamos en llegar a la cumbre, pero el tiempo no pasaba, y era un tanto desesperante. Quería llegar al siguiente puesto y tomar algo caliente. Moría por un mate cocido. Me caí dos veces, sobre piedras afiladas que parecían de vidrio. El cansancio y el frío multiplicaban mi torpeza.

Pero a paso lento y constante también se avanza. Llegué a la cima, a 1774 metros sobre el nivel del mar. Estaba en el kilómetro 30 de la carrera. Absolutamente exhausto, recordaba que me esperaban otras cumbres, menos altas pero más escarpadas. Sentí una gran desilusión al ver que el puesto de asistencia no estaba en la cumbre. Un muchacho de la organización me dijo que estaba a 45 minutos. La bajada era casi una pared vertical. Iba con cuidado, intentando no caerme (cosa que no siempre lograba). A mi lado pasaban corredores que parecían cabras montesas, bajando a los saltos y a toda velocidad. No me animé a imitarlos, y decidí cuidar mi integridad física. De ese lado de la montaña había menos viento, y recuperé la sensibilidad en mis manos. Ya el mate cocido no me parecía tan necesario.

Mientras bajaba, bajaba, y bajaba, miraba el reloj. Sentía que el tiempo me corría, y que iba a perder la oportunidad de llamar a Vicky. Pero no había señales del puesto. Todo era oscuridad, y las cintas refractantes que marcaban el camino a veces se confundían con luces de lo que podía llegar a ser un asentamiento. Luego de bajar hasta casi 1000 msnm, y en el kilómetro 34, finalmente llegué al Puesto Colorado 1 (el número tenía que ver con que volveríamos a pasar por él en otra instancia de la carrera). Me senté un momento, me tomé un té (no había mate cocido) y saqué el teléfono. Eran 7:40, realmente había tardado muchísimo más de lo que me imaginaba. Llamé y llamé, pero Vicky ya tenía su celular apagado (era lógico, su largada era en 20 minutos). Más tarde supe que otros corredores eligieron este puesto para abandonar, con principios de hipotermia.

Por fortuna el sol empezaba a asomarse. A poco de salir de este puesto pude apagar la linterna y disfrutar del hermoso paisaje que nos rodeaba. En algunos puntos estaba solo, no se veían otras formas de vida que no fuesen árboles o pasto, y daba una sensación agridulce muy extraña. Reconocías que era bellísimo, y a la vez había una soledad apabullante. Los troncos, blancos y secos por el frío, daban un aspecto fantasmagórico. Cruzamos un pasto con una tierra húmeda y blanda, un alivio para los pies. Duró poco, pero fue como correr sobre alfombra. Eso nos llevó a una cantera muy empinada, con rocas sueltas.

Fui enganchándome con otros corredores a medida que avanzaba. Intercambiábamos unas pocas palabras y me pasaban o yo me adelantaba. El tobillo derecho me dolía, por las dos o tres veces que me lo había torcido. Poco antes de llegar al kilómetro 40 empezó el ascenso al Cerro Quilanlahue. Eran “solo” 1650 metros sobre el nivel del mar, con una pendiente mucho más pronunciada. Subir fue tortuoso (todavía más). Clavaba los bastones, que se empezaban a doblar y a despedazar. Ya en este punto corría a pura fuerza de voluntad, aunque correr es un decir, porque había poquísimos tramos planos en los que trotar. Fui charlando con dos chicos de Mendoza, lo que hizo el trayecto más ameno. Finalmente hicimos cumbre, era el kilómetro 42 de carrera. Desmoralizaba tanto pensar que no estaba ni en la mitad de la carrera…

Me sorprendió ver que el reloj con GPS que me prestó mi amigo Marcelo se la seguía bancando. Mi idea era usar dos, como para medir todo el principio y todo el final de la carrera. Poco se podía confiar en la gente de la organización (en su gran mayoría gendarmes) que cuando les preguntabas a cuánto estaba el siguiente puesto, te decían “A 15 minutos”, y resultaba que faltaba hora y media. La bajada del Quilanlahue fue también terrible. Muy empinada y con un suelo como si fuese arena, invitaba a tirarse como haría uno en los médanos, pero estaba lleno de piedras. Aunque el clima estaba un poco más agradable (andaría entre los 5 y los 10 grados) me quedé con las calzas largas y los guantes, porque demostraron ser muy útiles para protegerme de las piedras, las espinas y los abrojos.

Fui bajando de costado, frenándome con esa tierra arenosa y gris. Se me metía en las zapatillas, pero no quería detenerme. Aunque sentía que avanzaba rápido, varios corredores me pasaban, casi por encima mío. Dicen que no es bueno bajar con bastones. A mí me daba miedo caerme, pero en una oportunidad uno se enganchó con un matorral y quedé clavado, sin poder avanzar. Mientras lo sacaba, más atletas me pasaban. Estaba alternando tramos de trote muy cortos con largas caminatas. Entonces se activó el entrenamiento. ¿Cuántas veces había entrenado haciendo cambios de ritmo? Prácticamente todas las semanas. Así que empecé a hacer 4×1: 4 minutos corriendo, uno caminando y recuperando el aire. Intenté ser fiel a mi propio plan, y aunque tuviese cuestas, intentaba trotarlas si eso era lo que me tocaba. Entre las millones de cosas que me pasaban por la cabeza, me cantaba dos canciones, todo el tiempo: “No me dejan salir“, de Charly García, y “Bolero de los Celos“, de Les Luthiers. No sé por qué. Quizá porque una dice todo el tiempo “Estoy verde”, que es como me sentía, y la otra habla de “Cómo lastiman los celos” (aunque, en este caso, el dolor tenía otro origen). Otra cosa en la que pensaba era en el episodio de Los Simpson en el que la familia va a jugar a los kartings. La madre dice “Lento y constante gana la carrera”. Cuando todos la empiezan a pasar y a sacarle varias vueltas, ella piensa “Apégate al plan, Marge”. Esas cosas eran las que pasaban por mi mente. Que estaba verde, que me dolía todo y que me tenía que mantener en esa estrategia.

Los árboles, con todos los colores que ofrece el otoño, eran un espectáculo. Casi se podía disfrutar, por encima del cansancio y el dolor físico. Vi una columna de humo, y supuse que estaba llegando al puesto. Bajando por un sendero menos empinado, me animé a correr. Ese camino se unía con uno de tierra, justo frente a la tranquera de un establo. Ahí mismo me caí y rodé sobre mí mismo. No podía creer la cantidad de tropezones que estaba sufriendo. Pero excepto por el tobillo derecho, ninguna caída me estaba dando problemas.

Por el kilómetro 46 estaba el Puesto de Asistencia Quilanlahue 1. Ahí decidí tomarme mi tiempo, porque los pies me estaban matando. Me saqué un kilo de tierra de cada zapatilla, y tiré mi doble par de medias que estaban totalmente agujereadas. Me puse un nuevo par, me hidraté, comí unos cuantos pretzels (que me funcionaron DE MARAVILLA) y salí nuevamente. En el kilómetro 48, llegando a un arroyo donde había que meter las patas sí o sí, el reloj que me había prestado Marcelo dijo basta, y se apagó. Aguantó 9 horas. Gracias, amigo, por haberme hecho más llevadera esa media carrera. Decidí guardar el mío para más adelante.

Pensaba mucho en Vicky, en lo difícil que estaba siendo esta carrera para todos. ¿Cómo estaría? ¿Aguantaría? Me angustiaba pensar en que el dolor o el agotamiento la obligaran a frenar. A ella le daba un poco de miedo ir sola, y yo no tenía forma de comunicarme con ella.

Haber tardado esas 9 horas en cumplir la mitad del recorrido me preocupó mucho. Eso podía significar que me esperaban otras 9 horas. La meta se cerraba a las 20:30, y si tardaba 18 horas, me ubicaba muy cerca del límite. Pero mis compinches mendocinos me aseguraban de que ya había pasado lo peor, que el resto se hacía mucho más rápido (no lo sabían entonces, pero estaban muy, muy equivocados). Atravesamos un poco de campo y aparecieron varios arroyos. Decidí dejar de mariconear y meter los pies y mojarme. Dicen que eso ayuda a deshincharse, y realmente se sentía agradable. Hacia el kilómetro 54 que nos encontramos con el lago Lacar. Teníamos que avanzar por una costa de piedras redondas, como cantos rodados. Algunas eran muy grandes, y con cada paso de mi pie derecho (el del tobillo que dolía) sufría una agonía. Frustrado, veía cómo otros corredores avanzaban con facilidad, mientras yo quedaba atrás y solo.

Muchas cosas pasaban por mi cabeza. Principalmente, que no estaba preparado para correr en montaña. Quería llegar, el reloj me decía que supuestamente estaba todo en marcha, pero estaba tardando más de lo que había planeado. Nos metimos nuevamente en el bosque, y luego de subir y bajar, llegamos al puesto de Quechuquina. Por una confusión de la organización, y porque ya no tenía GPS, me pasaron mal la distancia y en mi mente iba 10 km más adelantado de lo que realmente estaba físicamente. Pero mientras no lo supe, seguí avanzando. Me hidrataba y comía, en especial geles. Hacía cuentas mentalmente de a cuánto estaba el siguiente puesto, pero nunca llegaba. Después de una alternancia exasperante de trepadas y bajadas, llegué a un puesto de hidratación (que no es lo mismo que “de asistencia”), en el kilómetro 67. Vi a unos jóvenes, radiantes y llenos de vida, que repartían bebida, y no pude evitar decirles “Chicos, nunca hagan esto. 10, 20 km está bien, pero más es una locura”. Y así, en ese estado de demencia, seguí mi marcha.

Trepé, trepé y trepé un poco más, por bosque, saltando troncos, piñas, piedras. Me di la cabeza contra un tronco, con todo. Me dio en la sien, ni lo vi. El gorro me protegió, y no pasó a mayores. Pero sin eso era seguro un feo raspón con sangre. Sorprendentemente me perdí pocas veces, el camino estaba muy bien marcado. De vez en cuando me cruzaba a un corredor, y me preguntaba si ese era el anteúltimo y yo el que iba al final. Me tomé las cosas con calma. “Apégate al plan, Marge”.

Extrañaba con locura a Vicky y a nuestro perro, Rulo. Mi mayor deseo era estar en casa, todos tirados en la cama, sin hacer absolutamente nada. Por obra y gracia del destino, luego de salir de ese bosque eterno, me fui acercando nuevamente al establo (puesto que ahora pasaba a llamarse Quilanlahue 2) y al levantar la vista por encima de los matorrales veo a Vicky y su inconfundible gorra fucsia. Corrimos el uno al otro, como en una tonta película romántica. En ciertos puntos los distintos recorridos se cruzaban, y mientras ella abandonaba el puesto (para volver a los 5 km), yo estaba entrando. Nos besamos, y ella estaba salada por la tierra y la transpiración. Lloraba y se reía. Fue el momento más hermoso de la carrera. Prometí esperarla en la meta, y seguí.

Me detuve nuevamente en Quilanlahue para hidratarme y ponerme Voltaren en los pies. Me dolían, en especial el tobillo derecho. Activé mi GPS, supeustamente restaban 35 km, así que el reloj iba a durar hasta el final. Apoyé los bastones a un costado y claro, obviamente me los olvidé ahí. Recién cuando había hecho 500 metros me di cuenta de lo cómodo que estaba corriendo. Dudé en volver o no, y un corredor de 70 años, que estaba haciendo el circuito de 63 km, me aconsejó que los deje. En el siguiente puesto podía pedir que llamen por radio para que me los guarden. Me la jugué. “Quizá sea una señal de que se acabaron las trepadas”, pensé, en mi inocencia.

Salimos y retomamos parte del circuito que hicimos a la ida. Con el grupito de corredores que se fue juntando (un par de 84 y algunos de 100k) nos encontramos con la divertida escena de que teníamos que bajar la cantera que horas antes habíamos subido. Antes había resultado ser difícil y costosa, ahora bajarla era absurdamente peligroso. No tenía bastones, ni había nada de qué agarrarse. Me fui tirando, casi acostado, revolcándome entre las piedras y una tierra que teñía a todo de negro. Otros, más ágiles, cruzaron esto de prisa y se perdieron en esa zona de pasto/alfombra. Me improvisé un bastón con un palo que encontré, el cual terminó siendo de enorme ayuda.

Como ya comenté, cometí el error de preguntar cuánto faltaba y en qué kilómetro estábamos. ¿Cómo puede saberlo una persona que está cuidando un alambrado? Seguro, con la mejor intención, decían lo que les parecía. En mi mente, si llegaba al Puesto de Asistencia Colorado 2, me quedaban 10 km. Empezaba a oscurecer (y yo que pensaba que iba a llegar como a las 4 de la tarde). Me enganché con un grupo de corredores de 100k y fuimos apretando el paso, juntos. Todos sabíamos que nos corría el tiempo. Llegamos al puesto, me pedí un Powerade, y con mucha decepción me enteré que todavía restaban 16 km hasta la meta. ¿Qué son 6 km cuando uno está corriendo 100? Al principio, nada. Al final, una vida. Largamos rápido, todavía estábamos en horario.

Apenas salimos, me enganché la zapatilla con una raíz y me fui de boca al piso. Llegué a girar la cabeza para no darme con la nariz, pero no pude poner las manos. Me di de costado, en la misma sien donde un tronco casi me arranca la cabeza. Nuevamente, le atribuyo al gorro que me regaló Vicky haberme salvado. Los chicos con los que corría vinieron a ayudarme a levantarme. Recordaba mi nombre y qué estaba haciendo ahí (”vine a correr”), así que seguí. A pesar de que había subidas, cada vez eran más leves, y teníamos mucha bajada. Finalmente estaba CORRIENDO, que era lo que yo sí sabía hacer (solo que con 85 km encima, cansancio, un tobillo lastimado, etc).

Me abrí del grupo, porque sentía que estábamos muy jugados de horario. El anteúltimo puesto, anterior a la meta, cerraba a las 19:45. Los que llegaran después, automáticamente quedaban afuera de la Patagonia Run. Pensé en Vicky, y temí que no llegara. Se me ocurrió quedarme ahí, esperándola. Quizá era más importante recibirla y quedarnos los dos ahí, sin poder terminar, a que cruce yo solo la meta. Pero también pensé en que ella iba a querer que al menos uno de lso dos terminase. Cuando llegué a Bayos, el último Puesto de Asistencia, en el kilómetro 94, pregunté cuán inflexibles iban a ser con el horario. “Hay mucha gente en camino” les dije. “Mientras haya luz, vamos a estar acá”. Sentí un leve rayo de esperanza, y salí. Si Vicky no llegaba, tenía preparado un plan de contingencia.

Largué raudamente, con la linterna prendida. Al principio era innecesaria, pero de a poco el sol se fue ocultando, y la sombra de los árboles oscurecieron todo. Llegué a una zona de bosques, atravesando caminos de asfalto. Me ilusionaba con que uno fuese un desvío a la ciudad, pero no, solo los atravesábamos de lado a lado, cada vez más adentro de la oscuridad de la naturaleza. Este tramo era de tierra, muy empinado. Algunas raíces me hacían trastabillar, y el palo que tenía me ayudaba a frenarme y no caerme. Corría torpemente, pero sin detenerme. “Lento y constante gana la carrera” ya no era una opción.

Rogaba, imploraba, que POR FAVOR llegase de una vez el asfalto. No quería saber más nada con tierra, piedras, ramas, ni nada que se le parezca. Estaba todo oscuro, tan cerrado por los árboles que ni siquiera se veía el cielo. Lo único que podía ver era a lo que le apuntaba mi linterna, y los destellos de las marcas refractantes.

Entonces, a lo lejos, vi unas luces naranjas, parpadeantes. Unos gendarmes cortaban el paso de una ruta. “Bajando, por ahí”, me señaló uno. Era una calle de asfalto. No puedo describir mi alegría de pisar tierra firme, sin miedo a raíces ni nada que me haga tropezar. Mientras bajaba por esa cuesta empinada, saqué la bandera de los LionX (nuestro training team original, que luego pasó a llamarse Puma Runners), lo até a mi palo, y lo levanté, con orgullo. La gente me iba indicando dónde doblar, y me juraban que estaba a 20 cuadras. Ya estaba en la ciudad, la luz de los faroles iluminaba todo, ya no tenía miedo de caerme. Los autos que pasaban me tocaban bocina, y yo saludaba y ondeaba mi bandera. La policía cortaba el tránsito para que yo cruzase, y la gente que caminaba por la vereda se detenía para aplaudirme. Era una emoción incomparable.

Así fui avanzando, bandera en alto, por el centro de San Martín de los Andes. Por algún motivo no pasé desapercibido para nadie, todos los que estaban en la calle a esa hora me felicitaban y me daban ánimo. Llegué a la plaza, y a lo lejos vi el arco de llegada. Desplegaron la cinta de la meta, como si fuese un puntero. Vieron mi número a lo lejos, lo que le dio oportunidad al relator de mencionar mi nombre por los altoparlantes, y con un grito de alegría y la bandera bien alto, crucé, POR FIN, habiendo pasado 18 horas, 14 minutos y 50 segundos desde la largada.

Me pusieron la medalla, me felicitaron, y me fui al puesto de hidratación para tomar algo. Tenía muchas sensaciones entremezcladas, pero la que más sobresalía era la de alivio. Saqué mi celular y le mandé un mensaje a Vicky de que había llegado. Ella me llamó, y me contó que no la habían dejado terminar porque llegó 15 minutos después del cierre del último puesto. Fue muy duro escucharla tan triste. Sentí una impotencia muy grande. Ella se merecía cruzar la meta, en ningún momento había abandonado, y tenía energía para correr esos 6 km finales. Pero nos ateníamos a las reglas.

Me cambié las medias por un par seco, y fui a esperar a mi media naranja a un restaurante que le regalaba un plato de pastas a los corredores de las categorías 63, 84 y 100. Fui al baño, ayudado por mi bastón (subir escaleras después de 18 horas de ejercicio es más difícil de lo que se imaginan), y me puse la poca ropa seca que tenía. Ahí adentro estaba protegido, pero afuera el frío se hacía sentir. Vicky llegó al restaurante, después de viajar en la combi de la organización desde el último puesto. Lógicamente estaba muy triste. Ahí puse en práctica lo que tenía planeado, y le regalé mi medalla. La abracé y le dije “Para mí, ganaste” (un viejo chiste entre nosotros). Se puso a llorar y, afortunadamente, aceptó mi ofrecimiento. Porque esa carrera no era mía o de ella, era de los dos. Así lo habíamos planeado, y que lo hayamos corrido por separado era anecdótico. Ambos hicimos montaña por primera vez, y aprendimos muchas lecciones.

Mientras corría, en cada kilómetro de los 100, me prometí que nunca, nunca, jamás, iba a volver a participar de la Patagonia Run. La sufrí, me costó horrores, y me sentí todo el tiempo golpeado en mi orgullo de atleta. No niego que me tranquilizó ver que a otros corredores a los que respeto mucho también les costó (Dani, a quien conocí ahí, y tiene algunos Iron Man encima, llegó media hora antes que yo). Incluso otros que tenían más experiencia que nosotros en montaña tuvieron que abandonar por hipotermia o agotamiento. Así que quizá no fue que nos costó mucho porque fallamos en algo. Quizá nos resultó difícil simplemente porque era muy difícil.

Así que no sé si voy a mantener mi promesa de no volver a correr nunca más la Patagonia Run. Quizá pidamos revancha el año que viene. Por ahí corramos 63 km con Vicky, esta vez como equipo, y pueda disfrutar del sol durante todo el trayecto. Vamos a putear y nos vamos a preguntar “¿Qué #@%&* hago acá?”. Pero los corredores siempre nos quejamos. Después se nos pasa.

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