Posts etiquetados como ‘Espartatlon semana 40’

Semana 40: Día 269: Un sueño maratonista

image

Anoche volví a soñar que corría. Pero me desperté y no lo podía recordar. Mis primeros minutos de vigilia son de zombie, hasta que comienzo a recobrar consciencia. Más o menos para ese instante mi perro está encima mío para que lo saque a pasear (y por pasear me refiero a hace pis).
Íbamos caminando Oso Rulo y yo por la gélida Buenos Aires cuando se le ocurrió tironear de la cadena y echar a correr. Empecé a seguirle el ritmo y esa sensación se me hizo muy familiar. Recordé soñar algo así… ¿Pero qué?
De a poco, empezó a volver a mí. Yo corría una maratón. Era en una pista techada. Vicky estaba a mi lado y ambos teníamos un muy buen ritmo.
Así como uno no sueña que muere, mi que sufre, supongo que tampoco soñamos con la agonía de correr. Era una maratón y no había muro, ni dolor de piernas, ni calambres. Era solo correr, infinitamente.
Mientras sumábamos kilómetros, los otros  corredores empezaban a abandonar. La pista empezó a poblarse de caminantes. Con Vicky seguíamos avanzando, y los otros atletas empezaban a desmoronarse. Caían de rodillas y teníamos que esquivarlos.
Pero no era eso solo. La pista empezaba a achicarse. Lo que era un circuito de 400 metros ya se habían convertido en 50. Los corredores caían al piso y teníamos que saltarlos. Era molesto y empezaba a retrasarnos.
La pista era cada vez más pequeña, hasta que entraba en mi habitación en la que crecí. De pronto estaba solo, y la pista era una alfombrita de caucho de 2 metros a la que le daba vueltas como un poseso.
Como ya me patinaba en ese pedazo de goma que bailaba en el piso de alfombra, paré mi reloj y fui a hablar con mi entrenador. Era una carrera oficial, pero no tenía sentido seguir. Para colmo de males, cuando quise controlar cuantos kilómetros llevaba, no supe volver a hacerlo funcionar.
¿Qué significó todo eso? Claramente el miedo mío a no tener las ciudad bajo control. Correr me gusta, y edi estaba claramente reflejado. Tengo mucho respeto por Vicky, por eso corría a la par mía, y ninguno esperaba al otro.
También ser me jugaba algo del pasado, en esa casa en la que alguna vez empecé a correr.  La posta que se achicaba me suena a ese momento en el que todo se vuelve absurdo y hay que aceptar que lo mejor es parar.
Odiaría tener que enfrentarme a pistas que se encogen y que se transportan a mi pieza, pero eso de correr sin sentir nada de cansancio… Sí que es un sueño que me encantaría hacer realidad.

Semana 40: Día 268: Contra la depresión… correr

Hoy era un día para deprimirse. Frío, llovizna. Tu ex novia que sube fotos del tipo con el que está saliendo, del que está súper enamorada. Ese chiche de tu perro que ya no está, el que todavía tiene la marca de sus dientes. Las pintadas contra tu equipo que acaba de descender. Motivos para estar bajoneado abundan, mientras que los que nos motivan y nos ponen de buen humor, escasean.

¿Qué cosas mejoran tu día? ¿Encontrar plata en un pantalón que hace mucho que no usás? ¿Ver una película con bajas expectativas y disfrutarla mucho? ¿Recibir un beso de esa persona especial? En mi caso descubrí que correr me hace bien, y es mi mejor anti-depresivo.

Uno tiene un estrés cotidiano, por las obligaciones del día a día, como trabajar, estudiar, o encargarse de la casa. Eso puede ponernos de mal humor, y la rutina de ejercicios puede convertirse en nuestra válvula de escape. Pero no es a eso a lo que me refiero. De vez en cuando sufrimos, estamos con el ánimo por el piso, sin ganas de salir de la cama. Nos ponemos ese joggin estirado y descolorido, caminamos en patas, y le damos F5 constantemente al Facebook, a ver si ALGO nos motiva. Revisamos la heladera buscando algo rico y dulce, pero nada parece alcanzarnos. El día es gris, independientemente del clima. Las horas pasan lentamente, y en el fondo sentimos que se nos escapa la vida de entre los dedos.

Es el momento ideal para salir a correr. Lo sé, lo he vivido, y nunca me arrepentí de hacerlo. He corrido con bronca, con 35 grados, o con un día espantoso como hoy, con la lluvia helada pegándome en la cara. Y transformé toda esa energía negativa que me tiraba para abajo en combustible para mis piernas. Corrí velozmente, con el mismo entusiasmo que tengo cuando estoy en una carrera. Los cuádriceps quemando, el aire frío bajando por la garganta y congelando todavía más el corazón (el de los sentimientos, no el músculo que bombea sangre). Y corrí y pensé, y maldije, y me quejé de mi suerte. Pero me sentí vivo. Un poco porque sufrir es parte de la vida. Otro porque estaba ahí, poniéndole el cuerpo a mis sentimientos. Las endorfinas ayudan, pero también la sensación de que aunque parezca que todo está perdido y de que no llegamos a ningún lado, estamos haciendo algo por nosotros. Estamos accionando, en lugar de quedarnos muy cómodos en nuestro cascarón.

Los motivos para encerrarse son muchos, y vienen con una pasmosa frecuencia. Pero pueden terminar, y hasta somos capaces de alejarnos nosotros mismos. La depresión puede convertirse en un maravilloso motivador. Nosotros tenemos que hacer el click, y cuando volvamos a casa, transpirados, con los pies fríos e hinchados, vamos a tener la cabeza mucho más despejada. Y vamos a haber superado nuestros problemas por todos esos kilómetros que hayamos corrido.

Semana 40: Día 267: Comer más veces al día adelgaza

Mientras menos comía, más engordaba. Suena a un oxímoron, pero es la verdad.

No hace mucho tiempo, antes de ir a la nutricionista, el desayuno me parecía un capricho. Me lo salteaba, y me justificaba creyendo que tenía el estómago vacío, y que comer algo solo me iba a abrir el apetito. Era deportista, entrenaba con cierta regularidad, y participaba de carreras largas, como las de Tandil o Pinamar, de 27 km. Mi rutina no era tan diferente a la actual, estando 8 horas o más sentado frente a la computadora, y metía bastante bici para pasear. En los partidos de fútbol corría todo el tiempo, y una vez me mandaron a robar la base de los contrincantes en un enfrentamiento de paintball, porque tenía handicap como atleta.

Pero era gordo.

Por supuesto que no estaba obeso, yo consideraba que mi cuerpo era atlético. Pero tenía panza, unos rollos importantes que sobresalían del pantalón, una incipiente papada, y unos interesantes cachetes. En mi cuerpo tenía 7 kilos de grasa por encima del promedio. O sea, de todo lo que hace falta tener, a mí me sobraba todavía eso. ¿Cómo puede un deportista estar en sobrepeso, y encima uno vegetariano?

Nunca me lo planteé demasiado, solo me limitaba a aceptarlo y a creer que mis límites estaban ahí, al alcance.

Entonces vino el blog Semana 52, cita con la nutricionista, y el planteo de comer 6 comidas diarias. Ya había escuchado esa teoría, de boca de un gastroenterólogo, que me lo recomendaba para tener un mejor funcionamiento gástrico. El cuerpo produce constantemente ácidos para procesar el alimento, y conviene mantenerlo ocupado con regularidad. Aquella vez intenté ponerlo en práctica, y al segundo día me embolé espectacularmente. Pero ahora tenía la motivación, y aunque me resultaba raro eso de desayunar, decidí incorporarlo. La idea era variar entre todas las opciones que me dio mi nutricionista, pero yo elegí una, la de los cereales con yogurt, y decidí enfocarme en esa. Y de alguna forma funcionó, al punto de que hoy me es imposible empezar el día sin un buen desayuno. Con el correr de los meses empecé a bajar de peso a un ritmo inesperado, combinado con algunos kilómetros extra de entrenamiento (pero tampoco taaaantos). La combinación de cosas ayudó, pero sin duda alguna la alimentación fue clave.

Saltamos en el tiempo al día de hoy. Fui a almorzar con Vicky a Picnic, un restaurante vegetariano en Florida y Diagonal Norte. No me alcanzarían las palabras para recomendar ese templo del sabor. Las porciones de papas (¡al horno!) eran tan grandes, que con Vicky comimos a medias una hamburguesa (de lentejas) y la otra terminé pidiéndola para llevar. A las 3 de la tarde tenía reunión con amigos, y me llevé mi bolsita de papel con la comida adentro. Mis amigotes no son precisamente gordos, pero están exactamente como yo antes de Semana 52: panza y cachetes. Llegó uno, muerto de hambre, porque no había almorzado. Me pareció una locura por la hora, así que le doné mi hamburguesa vegetariana, que la devoró como si estuviese hecha de cadáver animal. A la media hora llega otro, desesperado por algo para comer. Me sorprendió la hora…

Y me di cuenta de que, yo era exactamente así. A veces mi almuerzo, a las 2 de la tarde, era lo primero que comía en el día. La cena era mi comida principal, donde me devoraba todo. Ahora veo con claridad que comer con inteligencia hace una gran diferencia. Muchos se sorprenden cuando les digo que como seis veces diarias (frecuentemente aclaro esto cuando, al verme flaco, me dicen “tenés que comer, nene”).

Tener una vida activa y consumir lo que el cuerpo necesita. Esa es la clave para cambiar tu cuerpo.

Semana 40: Día 266: Sentarte te está matando

La verdad sobre estar sentado

Ya sea cosechando o cazando fieras salvajes, la mayor parte de nuestra vida como humanos la pasamos de pie. Pero con el avance de la TV, las computadoras y los trabajos de escritorio, estamos sentados más que nunca en la historia del hombre: un promedio de 9 horas 18 minutos por día, incluso más que la que pasamos durmiendo (7 horas 42 minutos). Nuestros cuerpos no fueron construidos para ello, y eso está empezando a tener sus consecuencias. Puede que quieras estar parado para leer lo que sigue.

Sentarse aumenta el riesgo de morir en un 40%.
Estar sentado más de seis horas por día aumenta las probabilidades de morir en los siguientes 15 años un 40% más que alguien que se sienta menos de 3 horas diarias. Incluso si haces ejercicio.
Un estudio reveló que con solo permanecer menos tiempo en la silla ayuda. ¿Pero cómo?

Estar sentados nos hace engordar.
La gente obesa se sienta 2 horas y media más en promedio que la gente delgada. Uno de cada tres norteamericanos sufre de obesidad. Entre 1980 y el año 2000 el promedio de personas que realizaba ejercicios se mantuvo igual. El tiempo en que permanecieron sentadas aumentó 8%. La cantidad de obesos se duplicó.
Estar sentado prácticamente no requiere gasto energético. Estar parado precisa un 10% más de energía que sentarse. Mascar chicle un 18%, caminar 150%, y subir escaleras un 220% extra.

Cómo sentarse arruina tu cuerpo.
Al momento en que te sientas, la actividad eléctrica de los músculos en las piernas se apaga.
La quema de calorías decrece hasta 1 por minuto.
Las encimas que ayudan a quemar la grasa bajan un 90%.
Luego de 2 horas, el colesterol bueno cae un 20%.
Luego de 24 horas, la efectividad de la insulina retrocede un 24% y paralelamente aumenta el riesgo de diabetes.
Las personas que tienen un trabajo que requiere que estén sentadas tienen el doble de chances de contraer una enfermedad cardiovascular que quienes deben trabajar de pie.

Cómo salir con vida de tu silla.
Para muchos, sentarse 8 horas al día en el trabajo es inevitable. Pero el problema radica en estar sentado fuera del horario laboral.
Los 30 minutos recomendados de actividad física por día no son suficientes. Interrumpe estar sentado siempre que puedas: estirándote, caminando o marchando y saltando.
Caminar quema de 3 a 5 veces más calorías que estar sentado. Aprovecha cada oportunidad que tengas para caminar alrededor de la oficina.

Levántate del sillón.
Aquellos que se sientan 3 horas o más por día para mirar TV tienen un 64% más de probabilidades de morir por causas del corazón.
De quienes se sientan frente a la TV 3 horas por día, aquellos que se ejercitan son tan gordos como los que no lo hacen.
Cada hora extra de mirar TV equivale a un 11% de mayores causas de morir.

Toma el paso extra.
Estar sentado suma, ya sea en el escritorio o el auto. Camina, anda en bicicleta, utiliza las escaleras en lugar del ascensor. Además, interrumpe el tiempo de estar sentado cada vez que puedas.
Reclinarse y estar sentado con el respaldo a 135° significa menor tensión sobre la espalda que inclinarse hacia adelante o sentarse derecho.

El cuerpo humano simplemente no está creado para sentarse durante largos períodos de tiempo. Hace cien años, cuando todos estábamos realizando grandes esfuerzos en el campo y en las fábricas, la obesidad era casi inexistente. Pero ahora que ya no podemos correr libremente por las praderas hasta el final de nuestros días, tenemos que ayudar a nuestros cuerpos de otro modo. Debemos levantarnos por nuestro derecho a levantarnos.

(Nota: este artículo, bellamente ilustrado pero traducido por mí y pasado a texto para que resulte más aburrido, fue compilado por www.medicalbillingandcoding.org. No creo que sea todo cierto, pero… ¿y si lo fuera? Yo sería el primero en morir)

Semana 40: Día 265: El día después de Rosario

Matías es un habitual lector de este blog que comenta con bastante frecuencia. Su seudónimo es “Matías Orange”, por el color naranja, en inglés. Esto viene a colación de que no está verde, sino maduro. No, mentira, no tengo idea por qué se puso así. Pero empezó un blog con un plan de entrenamiento: 187 días para llegar en el mejor estado posible a la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, el 7 de octubre, y llegar en la gloriosa marca de las 3 horas, 30 minutos (o menos). Y como lo de escribir se le da con naturalidad, empezó un divertido blog, llamado Un Pibe Que Corre.

Envidio la facilidad con la que putea, algo que a mí, en mi propio blog, me da bastante pudor. Nos cruzamos en la pasada Maratón de la Bandera, en Rosario. Él había llegado desde Córdoba, nosotros desde Buenos Aires. En nuestra propia experiencia maratoniana, él fue un personaje secundario, hecho que se invierte cuando él cuenta su epopeya en su blog. Es interesante leer esta carrera desde los ojos de otro corredor. Para los que estamos en nuestras primeras competencias, cada maratón queda grabada a fuego:

El día después de Rosario…

O el segundo día después, en realidad. Ya es martes y llegó la hora de reflexionar sobre las cosas que se hicieron bien -pocas- y las que se hicieron mal -muchas, muchísimas- a la hora de correr la Maratón de Rosario.

Antes que nada, quisiera agradecer a mi entrenador, Luis Alejandro Barrionuevo, y a mis compañeros de carrera Jorge Biroccesi y Verónica Barceló por el aguante realizado a lo largo del entrenamiento, de la carrera y de la estadía en Rosario. También a la gente de la Municipalidad de Río Ceballos y de la inmobiliaria Pehuén por acompañarnos en este proyecto tan importante como es el desarrollo sostenido del atletismo a nivel local.

Voy a ser serio y a hacer una severa autocrítica sobre lo que pasó durante la carrera. Para esto, creo conveniente dividir esta “reseña” en tres partes: entrenamiento, planificación y carrera. Esto a modo de guía ya que no existe un sólo hecho aislado -la carrera- sino que se puede establecer una teleología que me tenga como punto culmine al cruzar la meta después de más de cuatro horas de carrera.

Entrenamiento

El entrenamiento empezó a finales de marzo sin un objetivo concreto. Yo venía de correr la primer etapa de la Ultraseries Trail Run Series y el Desafío al Pan de  Azúcar de Misión Dxt y quería empezar a ponerme más activo en busca de un objetivo concreto: bajar las 3h30m en la prueba atlética por excelencia, la maratón. En la Maratón de Buenos Aires había realizado terminado con un tiempo de 4h17m en el oficial y 4h14m en el neto y tenía ganas y me sentía con posibilidades de bajarlos.

Lo programado consistió en alternar días de series de pasadas de distintas distancias y ritmos, para trabajar la velocidad, con tiradas largas a diferentes tiempos por km, para trabajar la resistencia, previo trabajo de movilidad y técnica. El trabajo se realizó bien, de forma constante, pero no pude comprometerme de la manera en que me hubiese gustado. Hubo días que por cuestiones laborales o personales, tuve que modificar las actividades del día sobre la marcha, y otros en que directamente no pude cumplirlo.

A esto hay que sumarle un mes de junio para el olvido, donde corrí extremadamente poco a causa de un resfrío-gripe-notengolamásputaidea que nunca terminó de darse y que hinchó bastante las pelotas.

A modo de resumen: se entrenó bastante, aunque no con el compromiso requerido de mi parte, y la salud me jugó una mala jugada en el último tramo -crítico, en cuanto a volumen-, lo que se reflejó el domingo, en términos de resistencia. En lo técnico evolucioné bastante y sufrí menos contratiempos desde lo físico, en el after de la carrera. Ya estoy casi completamente recuperado.

Planificación

A pesar que el viaje se programó sobre lo último, salió todo bastante bien: buen alojamiento, se comió bien, se durmió bien y hasta se disfrutó de un trotecito pre maratoniano el sábado por la mañana. Fue un viaje muy lindo y que se disfrutó bastante: Rosario estuvo a pedir de boca este último fin de semana.

En cuanto a la planificación de la carrera, salí a buscar un 3h30m. Ese es el objetivo del año, al cual apuntaba a cumplir en octubre, durante la Maratón de Buenos Aires. A pesar que en el último fondo previo a Rosario, de unos 30km, había reventado en el km20, me sentía confiado en que podía llegar a meter ese tiempo con algo de huevos y bastante de buena suerte, pero me conformaba en Rosario con cualquier marca debajo de las cuatro horas.

Este es un apartado peliagudo para enfocarse antes de una carrera, pero que es muy sencillo de leer con el diario del lunes en la mano: evidentemente tendría que haber buscado una marca intermedia y haber corrido a un ritmo más conservador.

Carrera

La vedette del viaje. El leivmotiv de esta primera mitad del año. Protagonista de pesadillas, sueños y ansiedades, la maratón de Rosario fue sin duda una prueba que me terminó sorprendiendo desde cualquier punto de vista desde donde la había intelectualizado.

El circuito, de 42195m, se ubicaba mayoritariamente sobre la costanera, costeando el río Paraná, a excepción de un tramo de unos 13km en el cual se metía hacia el centro de Rosario a través del Bv. Oroño hasta el Parque de la Independencia, y salíamos de vuelta hacia el río por Bv. Pellegrini. También había otro desvío entre el km 35 y el 38, que era una especie de “brazito” -nombre técnico, claro está -?– hasta a un flaco parado en medio de un circulo de conos, que funcionaba de retome.

La carrera largó pasadas las 9:00, en medio de una fiesta y el griterío terrible de mucha gente. El primer km consistía de un tramo mixto de asfalto y adoquines -material que terminé odiando-, y un pedazo de túnel, lo que fue una experiencia realmente grata y sorprendente. En el segundo km estaba el primer puesto de hidratación y a los quinientos metros doblabamos en dirección hacia el centro.

Muy bien mantenidos los cortes por la gente de la Municipalidad de Rosario y los banderilleros voluntarios hicieron un gran trabajo también marcando el recorrido.

El “centro”, o la zona más urbana, digamos, consistió en un tramo de poco más de 10km de un asfalto algo bacheado y con mucha sombra. El calor ya se empezaba a sentir e hice ese tramo al ritmo del pacer -o liebre- de las 3:30hs, que era el objetivo que buscaba. Mucha hidratación, aunque la Dasani no sea mi agua preferida. Alrededor del km10, pasando la cancha de Newell’s, tomé mi primera gomita GU y en ese momento me dí cuenta que debería haber llevado dos paquetes en vez de uno.

Al salir del parque y tomar por Pellegrini, seguí el ritmo de la liebre, que estaba corriendo por debajo de los 5:00/km. Me sentía bien, cómodo, e iba y venía con el grupo, que charlaba alegremente sobre cosas a las que no les presté atención. Muchos se conocían, por lo visto eran veteranos de la distancia, y se ponían al tanto de sus vidas y de conocidos. Nada del otro mundo.

Al salir del centro hacia el Monumento a la Bandera, me empecé a quedar rezagado respecto a la liebre, pero seguía corriendo por debajo de los 5:00/km, que era el objetivo. Me sentía bien, entero y hasta un poco confiado, pensando que la carrera la tenía en el buche.

Sí, pensé que tenía una carrera de 42km adentro en el km15. Cacho de nabo.

La segunda parte, de unos seis km, consistió en un tramo de asfalto con algo de adoquines -¿que tienen los rosarinos con esto, me cacho en diez?- casi completamente llano excepto por un tramo de autopista con una elevación algo pronunciada cerca del retome. Empecé a rezagarme aún más de la liebre -ya la tenía a casi 50m- y me crucé con Jorge Biroccesi, mi compañero de equipo, que venía ya por el km 19 o 20, mientras yo iba por el 17 o 18. Dí la vuelta en el retome, dejé de pensar en la liebre y en el tiempo y me dediqué a mirar a los corredores que venían, a ver si veía a Franco. Me lo crucé por el km 20, y venía bastante bien.

En el km21 pasé frente al monumento de la bandera y la carrera dio un giro de 180º para mí. Alejandro, mi coach, me hizo de liebre un trecho hasta el tunel, ya que quería serle liebre a Jorge a la vuelta y le dije que no había drama. A esta altura ya estaba corriendo por encima de los 5:00/km y estaba preparandome mentalmente para la carrera que se me venía, que no pintaba para nada fácil.

La segunda mitad de la maratón consistía en ir hacia el norte -o “para arriba”-, hasta el km 30, hasta el parque Scalabrini Ortiz -creo, la verdad que no sé- y de ahí volver. Después, pasando el km35 había un desvío hacia el flaquito en el circulo de conos y ahí la vuelta. En el km37 te daban bananas. Este trayecto era de asfalto en muy buen estado, pero al filo del sol. Fuck my life, pensé, pero a darle para adelante. Sin asco

En el km25 me alcanza Verónica Barceló, compañera de equipo, y me pregunta como estoy. Le respondí que bien, que aunque las piernas me pesaban todavía podía seguir, que no se retrasara al pedo. Me hizo caso y siguió a un ritmo fuerte y constante. Terminó haciendo apenas ahora de las 3:30 y salió cuarta de su categoría. CARRERÓN.

En el km25 y monedas, pasando una curva de una Shell, camino por primera vez. Los cuadriceps e isquiotibiales me arden bastante y los siento algo contracturados pero no enlongo y sigo. Sobre el km27 la ruta se empieza a hacer cuesta arriba y las puteadas a amontonarse. Pierdo el foco de la carrera. Cambio de estrategia y troto dos minutos y camino uno. Así voy hasta el km 29 donde empiezo a trotar de vuelta. Hago el retome y sigo. Cerca del km31 me cruzo con Martín Casanova, autor del Semana 52, y con su novia, Vicky, que venían corriendo la primera maratón de ella. Le grito “¡Grande Casanova!” porque lo reconocí de pedo y sigo trotando.

El tramo entre el km30 y 35 fue muy sufrido. Me deshidraté. No podía tomar más del agua porque le sentía un gusto horrible y me sentía bastante para la mierda. Las liebres me empezaron a pasar como poste de ruta, y yo no podía seguirle el paso a ninguna. Bastante frustrado camino y pienso en abandonar. Llego al km35 y agarro 2 botellas de Powerade. Un desconocido buena onda me da una gomita GU y un trago de Gatorade un rato antes porque me vio completamente destrozado. Ese flaco me dio las fuerzas necesarias para poder completar la carrera en un momento muy difícil.

Hago la vueltita infame entre el km35 y el km37 y cruzo de vuelta a Casanova y Vicky. Cuando salgo a la ruta de vuelta, siento como energías renovadas y empiezo a trotar más fuerte.

A todo esto, mi ritmo ya era de +6:00/km.

En el km38 ya encontré un ritmo fijo y no vuelvo a caminar más hasta llegar a la meta. Venía alentando a corredores en el camino y medio pechándolos para que no se retrasen más. Cuando paso por el 40km pienso “LA PUTA MADRE TODAVÍA FALTAN 2KM, LA CONCHA DE MI MADRE” pero sigo. No me subo a la vereda en ningún momento, a pesar que la calle sea de esos adoquines hijos de puta.

Después de la bajada del km41 aprieto el paso lo más que puedo. Paso a unos corredores de Bahía Blanca y les digo en joda: “Miren que dentro de 15 días tienen otra de vuelta”. No se ríen. Hay cosas peores.

Adoquines, adoquines everywhere. Me cruzo con Ale y Jorge, que estaban cambiados y veo venir a Vero con la medalla y la hidratación. Aprieto el paso mientras levanto los brazos, agitando al público. Corro lo más rápido que puedo bordeando el Monumento a la Bandera y, después de 4 horas, 15 minutos y 34 segundos, termino mi segunda maratón.

Semana 40: Día 264: 162,19 km en un mes

Este mes hice mi marca más baja en lo que va del segundo año de blog. Tengo justificativos: enfermedad (una congestión de campeonato), mucho trabajo (trasnoches de diseño… sin mi válvula de escape que es el running). Pero cuando no pude entrenar por motivos laborales, compensé con mis carreritas desde Barracas (oficina de la editorial donde hago diseño freelance) hasta Colegiales (mi depto). O sea que podría haber corrido mucho menos.

No me asusta tener menos kilometraje. En realidad hago estos registros para averiguar qué pasa en todo este “experimento”, y sinceramente jamás pude imaginar cuáles iban a ser los resultados. Este es el comparativo, mes a mes:

Octubre: 208,73 km
Noviembre: 173,43 km
Diciembre: 164,29 km
Enero: 208,25 km
Febrero: 290,93 km
Marzo: 230,27 km
Abril: 194,35 km
Mayo: 258,79 km
Junio: 162,19 km

Luego de la Patagonia Run, mis fondos largos de fin de semana desaparecieron. De ahí la diferencia entre Mayo y Junio. Y realmente extraño esas cuatro horas de domingo, recorriendo la ciudad. Supuestamente mi entrenamiento por el resto del año se va a enfocar a las próximas carreras (Adventure Race Pinamar, Media Maratón de la Ciudad, La Misión) y no tanto a alcanzar esa marca de 100 km en menos de 10 horas y media. ¿Quizá pueda hacer un acto de rebeldía y salir a correr 40 km todos los domingos? Por lo pronto, creo que no voy a dejar pasar la oportunidad de volver corriendo desde Barracas. No me molesta trabajar fuera de casa, pero el viaje se me hace tedioso. Siempre aproveché para leer o escuchar la radio, pero aunque no puedo avanzar con mi lectura mientras corro, sí puedo sintonizar el dial mientras hago esos fondos de 15 km.

Julio y Agosto serán meses todavía enigmáticos para mí (en lo que respecta al “cuentakilómetros”). Septiembre sí puede llegar a tener una baja considerable, siendo que me voy tres semanas a Europa con Vicky. Tenemos ganas de correr al menos una vez en cada ciudad (incluso repetir entre los dos la experiencia de correr entre Atenas y Maratón), pero seguramente sea el mes donde menos kilómetros sume. Pero tampoco me asusta. Cambiaré running por caminata. Y dejaré un poco de lado la dieta para desayunar churros con chocolate en Madrid. No creo que me desbande demasiado, pero si no voy a tener la oportunidad de correr la Espartatlón este año, bien puedo disfrutar de unas merecidas vacaciones…

Semana 40: Día 263: Elogio al inconformismo

Voy a trasladar ciertas cosas del consumismo con el running. Espero darle algo de sentido, en mi cabeza tiene lógica pero hay que ver si se puede trasladar por escrito.

¿En qué dirías que gastas tu dinero? O sea, después de que le descontás gastos tipo alquiler, expensas, impuestos, servicios, comida… ¿Qué sigue? ¿Viajes, cine, libros, ropa..? En una época yo coleccionaba cómics. Podría decirse que todavía lo hago, eventualmente compro algún tomo, pero no tanto como cuando era un adolescente. Quizá tenga que ver con que ahora trabajo editando historietas, entonces muchas las tengo gratis. Pero ahora que soy grande puedo ir más allá de las revistas y los recopilatorios, y pasar a comprarme otras cosas supérfluas, como muñecos. Cuando me enteré de que Felfort había sacado unos chocolatines Jack con superhéroes de Marvel y DC, fui a un mayorista, me compré 3 cajas, y por unos meses odié el chocolate. Pero completé mi colección de miniaturas. El tema fue… ¿y ahora?

Ahí estaban Superman, Flash, los Cuatro Fantásticos, los X-Men… en la repisa. De vez en cuando rozaba la biblioteca (mi departamento no era muy grande) y se caían. Era un dominó: uno perdía el equilibrio y se llevaba a los otros 20 consigo. El tema fue que el momento que más disfruté era cuando abría los chocolates uno por uno, sin saber qué me iba a tocar, y los iba a comodando, con el fervoroso deseo de algún día completar la colección. Tormenta me la regaló mi ahijado, y a Batman y Catwoman los compré por Mercado Libre. Y cuando estaban todos… la emoción se fue.

Vinieron otras situaciones similares. Un día me obsesioné con los muñecos clásicos de He-Man, culpa de postear una foto de Man-at-Arms en este mismo blog. Empecé a buscarlos por eBay, comparando precios, asegurándome de que estuviesen lo más completos posible, en el mejor estado… y cada día ofertaba, perdía la subasta o la ganaba, sacaba excelentes precios… y la colección iba creciendo… y un día me di cuenta de que nunca iba a ser suficiente. Siempre me iba a faltar He-Man (el más difícil de todos), o Battlecat, o iba a conseguir a Skeletor, pero sin el cetro.

Y mientras hoy iba recorriendo los kioscos de la Capital, buscando la miniatura de plomo de Wonder Woman, sentí de nuevo esa emoción. Como Indiana Jones iba pateando las calles, preguntando, viendo a ver en qué esquina la iba a encontrar. Y cuando la conseguí, la cajita fue a parar a la biblioteca (atrás de los Jacks, que se siguen cayendo a cada rato) y ahí quedó. Juntará polvo de aquí en más, hasta que al lado aparezcan figuras nuevas. Sin dudas, más interesante que cumplir el objetivo es la búsqueda.

Ahí estaba yo, lavando los platos, y pensaba en esa afición mía por rastrear parafernalia superheroica, y me acordaba de una cosa que me contó Vicky, sobre una corredora profesional (afortunadamente NO recuerdo su nombre) que no iba a participar en la maratón de Rosario porque no iba a ganar, y prefería guardarse para una próxima carrera. Y me pareció una actitud horrorosa. Mientras le pasaba la esponja a la olla, se me ocurrió que los atletas no somos todos iguales. Toda la filosofía barata de este blog quizá no se aplique a todos los corredores, porque algunos hacen deporte para ganar. Necesitan estar en los primeros puestos, y quizá al final, si no lo logran, no disfruten de toda la experiencia.

Otros deportistas, como es mi caso, vivimos para el inconformismo. No planeo ganar una carrera, ni hacer podio. La gloria es personal, y es la búsqueda lo que cuenta. Cruzar la meta es glorioso, la medalla la vestimos con orgullo… pero después termina guardada, o colgada, o exhibida en una vitrina. Lo más valioso es la experiencia, es la incertidumbre de no saber si lo lograremos. La semana que viene estaré recorriendo kioscos, buscando la estatuilla de Lex Luthor, sin saber dónde la voy a encontrar. Eventualmente estaré corriendo una carrera, con incertidumbre, sin saber cuándo ni cómo voy a llegar. Pero por eso corremos, no por el momento en que alcanzamos nuestro objetivo y terminamos con nuestra búsqueda, sino para vivir el proceso.

Somos así. Queremos que la carrera se termine de una vez, pero apenas nos cuelgan la medalla, nos damos cuenta de cuánto la vamos a extrañar.