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Semana 23: Día 153: El Museo del Holocausto

Hoy visité el Museo del Holocausto. Resulta que existe uno, y está en la calle Montevideo 919. Mi compañero (en realidad, yo lo acompañaba a él) sería impensado para mucha gente: era Gustavo Sala, el humorista que el 19 de enero se hizo tristemente conocido al publicar la historieta “Una aventura de David Gueto. El DJ de los campos de concentración en: FIESSTA”.

Ahí estábamos, como gesto hacia la colectividad. Nadie lo había obligado a estar ahí. De hecho se lo propuso un muchacho llamado Guido, quien en la fecha en la que salió la tira, se había convertido en su principal detractor. Pero hablando se entiende la gente, yo me convertí en una suerte de representante de Gustavo en esos días (principalmente borraba los insultos y comentarios xenófobos de su muro de Facebook) y con Guido entablamos un diálogo fluido. Él propuso que Sala visite el Museo del Holocausto, propuesta que fue aceptada, y ahí estábamos, mirando la puerta del lugar desde el café de la vereda de enfrente.

Toda esa visita fue muy discreta, y probablemente no alcancen a leer sobre esto en los medios de comunicación (como sí lo fue la salida de la historieta, que la cubrieron hasta en 678). La presión aflojó sobre Gustavo, lo suficiente como para dejar de recibir mails y mensajes bomba, pero no quiso dejar de visitar el Museo. Me pidieron que vaya, y fui.

Realmente nos recibieron con una amabilidad increíble, y se notaba la predisposición por incluir e informar. Agradecieron que Sala accediera participar de una visita guiada, y charlamos con la directora en privado sobre la historia del edificio, los límites del humor y la importancia del holocausto (shoá) para el pueblo judío.

No importa lo que creamos saber sobre la Segunda Guerra Mundial y la “Solución Final” de Hitler. Es poquísimo lo que sabemos del tema. Las películas que retratan estas historias generalmente son efectistas, buscan conmover, o priorizar acción por sobre la tensión social. Sabemos que los nazis son “malos”, pero no sabemos por qué. Creemos que no hay mucho para saber sobre los campos de concentración, que todo lo aprendimos en La Lista de Schindler. Pero, a mí al menos, me quedaba mucho por aprender.

Hollywood nos llevó a pensar que la Segunda Guerra empezó con el bombardeo a Pearl Harbor o con el desembarco en Normandía. Pero décadas antes, los judíos alemanes eran el chico expiatorio para explicar los males de una sociedad con problemas económicos. Y de a poco fueron eliminándoles derechos, hasta que solo quedó aniquilarlos.

Ahí, en el Museo, está toda la historia, cosas que no nos han enseñado, como que los judíos eran obligados a renombrarse como Israel (hombres) y Sara (mujeres), que se les prohibía tener aves (para no confundir a la gente con la imagen del águila, símbolo nazi). Algo que me impactó fueron las fotos de un multitudinario acto del nazismo en el Luna Park, el más importante fuera de Europa, a principios de la década del 30.

También aprendimos sobre los “Justos de Mundo”, personas no-judías que salvaron miles de vidas a cambio de nada. Uno entra a ese Museo creyendo saber todo, pero es imposible no aprender algo de nuestra historia y la del mundo.

Fue realmente una experiencia enriquecedora, que no será noticia (como lo fue la publicación de aquella infame tira). Nos fuimos entendiendo un poco más el dolor, y por qué sigue vigente. Muchos, tontamente, salieron a criticar a la comunidad judía diciendo “Supérenlo, pasaron 70 años”. Pero todavía, muchos sobrevivientes de los campos de exterminio siguen entre nosotros, con sus recuerdos grabados en su cabeza, y sus números de prisionero tatuados en la piel.

Recomiendo enérgicamente que visiten el Museo del Holocausto, para tener una visión más completa de la historia, y para conocer qué pasaba en nuestro país mientras tanto. Yo creo que tan importante como cultivar el cuerpo y mantenerlo sano, es ejercitar la cabeza e incorporar conocimiento. El cerebro es un músculo que hay que trabajar, en pos de eliminar la ignorancia.

Semana 23: Día 152: 290,93 km en un mes

El número asusta un poco. Más de 290 kilómetros en un mes. Y el entrenamiento promete seguir aumentando en volumen.

Les cuento que, el último día de cada mes, hago el recuento de cuánto corrí. No tengo un sistema, realmente hago todo a lo almacenero. Vuelvo a cada post donde tiré el dato, le voy restando al total con la calculadora, y ahí salta el número. Podría llevar un registro para no tener que estar entrando al post de cada vez que hago esto, pero soy un animal de costumbres (con énfasis en “animal”) y es la única forma que se me ocurrió.

Supuse que iba a aumentar la cantidad de kilómetros, pero no imaginé que tanto. Y ya estuve espiando lo que se viene para las próximas semanas, y son domingos con muchos fondos, al menos un par de 45 km, y el 18 de marzo corro la Merrell de Tandil… ya estuve inventándome excusas en mi cabeza, mientras corría hoy, por si no puedo romper la marca del 2011… me encantaría llegar en menos de 3 horas, pero con todo este nivel de exigenciia en el entrenamiento, temo que las rodillas no me den… vamos a ver. Me gusta abrir el paraguas y justificarme de antemano.

Las piernas andan bien. Quizá sea sugestión, pero las siento más duras y fibrosas. Vicky me dijo que finalmente se me marcaban los gemelos al correr (¡al fin! Después de tanto tiempo…). Estoy sacrificando salidas nocturnas, sobre todo los sábados, ahora que tengo un fondo casi cada domingo. No puedo más que agradecer la infinita paciencia de mi novia…

En marzo creo que voy a arañar los 350 kilómetros. Lo veremos en un mes. Resulta que no llegué a los 300 en febrero porque tiene menos días, porque si no…

Semana 23: Día 149: Un fondo de 35 km por la Ciudad

Hace cinco semanas empecé un nuevo entrenamiento, más intensivo, de cara a la Espartatlón. Pasé de unos 40 km semanales a 80, con la obvia consecuencia de una importante fatiga muscular. Dolor en los gemelos, cuádriceps y rodillas. Hubo que aprender a convivir con eso, usar desinflamatorios, y rogar por que el cuerpo se acostumbrase.

Y, quién lo hubiera dicho, me acostumbré. Los dolores fueron cediendo, aunque el Voltarén se convirtió en una rutina preventiva, en especial en cada rodilla (aunque la derecha es la que habitualmente se queja).

Hasta ahí, nada fuera de lo común. No sé por qué, aunque me imprimí el excel con las indicaciones para estas cinco semanas (todo muy detallado), no me molesté en leer lo que se venía. Tan solo miraba lo que tocaba ese día, a lo sumo al siguiente. Esto resultó un problema, porque había veces que tenía que hacer fondos que coincidían con algún compromiso que había asumido, así que varias veces tuve que hacer malabares con mi agenda. Pero más allá de una tarde en que diluvió y otra vez en que Vicky cayó enferma, nunca tuve que cancelar algún entrenamiento.

Cuando decidí empezar a mirar más abajo, me encontré con que un domingo me tocaba hacer un fondo de 35 km. ¿Qué? ¿Solo? ¡Eso es casi una maratón! Pero tengo prohibida la queja, según mi entrenador. Semana 52 no se puede quejar y tiene que hacer el máximo esfuerzo, nunca el mínimo.

Pero no me esperaba que el entrenamiento del sábado con los Puma Runners fuese TAN duro. Más allá de un fondo de unos 8 km hice media hora de la temida escalera de Martín y Omar: 70 escalones muy empinados, subiendo y bajando al trote. Las piernas, en llamas. Para colmo, el día siguiente (hoy) era el temido día de los 35 km. Gracias a que lo anticipé, me cuidé un poco con las comidas, consumí muchos hidratos y nada de fibras.

Me levanté temprano, agarré mi hidratador, y me encontré que estaba lleno de manchitas blancas por adentro de la manguera. Me imaginé estando en un capítulo de House, en el que los efectos especiales animan a pequeñas esporas que se despegan de ese moho y suben por la corriente del Powerade, hasta entrar en mi organismo (igual sabremos que “No es lupus”). Así que llené el tubo con lavandina pura (paso previo a tirarla y comprar una nueva) y tomé prestado el hidratador de Vicky. Me embadurné con Árnica (ungüento milagroso para los dolores musculares), un poco de Voltarén para las rodillas, y la mezcla de esas cremas medio mentoladas con la lavandina me dio una fragancia anticéptica en las manos que nada podría igualar.

Tomé todas las precauciones: llené el hidratador con Gatorade, me hunté con vaselina en todas las partes en donde pudiese haber roces (estoy hablando de ahí abajo), me guardé en el camel algo de comer (unas barras de arroz marca Egran, las recomiendo, y le sugiero a la empresa que me elija para auspiciarlos), el celular y mis nuevos auriculares que se enganchan a la oreja, para que no se caigan al correr.

Arranqué en la puerta de mi departamento, con el mismo dolor en las piernas que sentí cada vez que toqué el muro. No quedaba otra que resistir, y seguir. Llegué hasta Avenida del Libertador, que estaba muy poco transitada por ser domingo antes de las 9 de la mañana. Fui derecho por la bicisenda, que cruza varios kilómetros de la Ciudad, lo cual la hace ideal para un fondo largo. Mientras corría sintonizando FM Delta, un ciclista me pasó, se giró y me dijo algo. Estaba esperando un insulto por usurpar la ciclovía, pero no… soltó un “Aguante el blog, capo”. Me quedé mudo. ¿Cómo me reconoció de espaldas? No creo tener “una de esas caras”. Me puso muy contento ver a un desconocido que sigue Semana 52. Lo tuve que twittear mientras corría (a riesgo de pegarme un palo contra un poste; no hagan esto en sus casas).

Creo que Libertador es una de las avenidas más perfectas para correr. Si uno se aisla del tráfico (la sintonización de una radio es ideal) se disfruta mucho del paisaje, hay mucho verde, y las veredas están bastante enteras. Por esta calle llegué a Retiro, de ahí me fui hasta la terminal de Buquebus, y llegué a la Reserva Ecológica. Me sorprende que ese trayecto sea nada más que 12 km. Las distancias se acortan cuando uno corre habitualmente y llega a hacer distancias más largas. Hace pocos años, jamás me hubiese imaginado que ese trayecto se podía hacer a pie.

Dentro de la reserva (otro lugar de la Ciudad muy recomendable para entrenar) aproveché para ir al baño (demasiada hidratación) y para envaselinarme las tetillas (me fui de casa con la sensación de que me había olvidado de algo). Lo bueno de correr con mochila hidratadora es que uno puede guardar cosas como la vaselina para emergencias. Luego de ese breve parate, arranqué el circuito por sendero más largo, que da unos 8000 metros.

Promediando los 20 km me volví a encontrar con el ciclista que me había reconocido por Palermo. Se trataba de Germán, andinista e intento de runner. Me acompañó un poco más de 2 km, él encima de su bici, y yo corriendo a su lado. Charlamos de carreras, del blog, y me dio un verdadero impulso motivacional. La diferencia entre correr solo y acompañado es abismal.

Cuando completé el circuito, Google Maps me había dicho que tenía que volver sobre mis pasos, así que me despedí de Germán y volví por la vereda de la reserva, dándole sorbos al Powerade y tomándome mi segundo y útlimo gel del entrenamiento.

Realmente me sentí maravillosamente. Los cuádriceps me dolieron casi todo el tiempo. A veces lo olvidaba, otras no podía evitar recordarlo. Pero no era como para frenar, simplemente signos del agotamiento de las escaleras del sábado. Volví a confirmar cómo el cansancio es mental. A veces tengo que correr 12 km y siento que no llego más. Hoy tripliqué esa distancia sin problemas, pero porque sabía que la meta estaba más lejos. Sí, los últimos 3000 metros se hicieron de chicle, pero llegué.

Creo que Libertador va a ser un escenario que se va a repetir en mi entrenamiento de los meses venideros. Le encontré una cierta organización que me resultó bastante cómoda, y me permite desviarme si quiero hacia los Lagos de Palermo, Plaza Holanda, o llegar hasta la Reserva Ecológica.

Y al final me quedé pensando en que hoy hice las 2/5 partes de la Espartatlón. Me queda todavía un largo camino por transitar…

Semana 23: Día 147: Dormir o entrenar, he ahí el dilema

Todos reconocemos la importancia de dormir para reponer energías y regenerar los músculos. 10 horas de sueño es el ideal para un deportista de alto rendimiento, y una siesta de media hora es más que suficiente para despejar la cabeza y reponer el cuerpo.

El problema es, ¿de dónde saco todo ese tiempo para hacerlo?

Estoy en una etapa de trancisión, intentando acomodarme al entrenamiento extra. Cinco días a la semana de running, más musculación, más abdominales (lo cuento aparte por el tiempo que solía dedicarle), más comer, más trabajar, más tener una vida social. Queda poco para el sueño. ¿Qué sacrificar?

Hay una realidad, y es que podemos elegir cuántas horas le queremos dedicar a dormir, pero no podemos obligarnos a hacerlo. Siempre y cuando querramos hacerlo en forma natural, como es mi caso. Yo puedo irme a acostar temprano, pero mi promedio de sueño es de entre cinco y seis horas. Me despierto solo, como un reloj, a las 7 de la mañana. Y de ahí, ¡ping! Arriba. Como un resorte. No me siento cansado, de hecho estoy rindiendo mucho, alcanzando unos 80 km por semana. Pero es así, no puedo dormir más, por más que me esfuerce. De siesta ni hablar, ¡en algún momento tengo que trabajar!

A veces me pregunto si rendiría mucho más dedicándole horas extra al sueño. Pero para eso tendría que empastillarme, porque me voy a la cama y me levanto por la mañana solo, sin despertador ni nada. No me fuerzo a levantarme, simplemente… pasa. El tema es que a la noche me desmayo. Me desconecto. Es cuestión de cenar y, a la inversa del resorte que ¡ping!, se eleva temprano, me desarmo como una marioneta a la que le cortan los hilos. Primero me pongo bizco, e intento con todas mis fuerzas mantener los ojos abiertos y hacer de cuenta que estoy al tanto de todo lo que pasa a mi alrededor. Sea en una cena, reunión de amigos, o en el cine, lo más importante es disimular. Creo que engaño a todos, que nadie se da cuenta de mi batalla contra el cansancio. Pero seguramente pasé unos 15 minutos roncando, con la boca abierta y un hilito de baba cayéndome, y para mí solo estuve cabeceando discretamente.

Me tranquiliza ver que mi papá y alguno de mis hermanos son exactamente iguales. O sea, es genético. Es al ñudo luchar contra algo impreso en el ADN. Pero sigo queriendo llevar a mi cuerpo al límite, y no sé si estoy descansando lo que debo, porque aunque tengo ese mecanismo en el que mi cuerpo apaga todas sus funciones cognitivas, no logro aquellas ocho horas de sueño de mi infancia, cuando llegar a las 12 de la noche para ver “Noti-dormi” era, valga la redundancia, un sueño imposible de cumplir.

Ténganme paciencia, quienes crean que me duermo porque me aburro. No es así. Ténganme piedad, quienes aprovechan que me duermo para burlarse, sacarme fotos o tirarme con cosas cuando cierro los ojos. Ténganme miedo, quienes osen despertarme. Porque cuando me cortan el sueño, soy de los que se ponen de muy mal humor…