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Semana 47: Día 325: Los 90 km de la ultra trail de Yaboty

yaboty2013

Como todas las reseñas, estas palabras nunca le harán justicia a la agotadora gesta que fue ir a correr a Yaboty, en la provincia de Misiones. Voy a intentar, sin éxito, transmitir cómo sucedieron las cosas. A todo agréguenle más ansiedad, más sufrimiento, y más emoción.

Mi principal miedo (viajar solo, sin conocer a nadie) se desvaneció apenas llegué a tomar el micro. Ahí estaban todos los corredores que iban a probar distintas distancias: algunos los 10 km, otros 21, unos tantos 42 y los dementes de 90. En seguida empezamos a hablar con Rodrigo, que esperaba al resto de su grupo de running. Eran trece, de Actitud Deportiva, e inmediatemente pegamos onda y me hicieron parte de su séquito. Me divertí mucho, y en las 16 horas arriba de ese micro (donde, por supuesto, no había ningún servicio vegano) la pasé muy bien y me sentí entre pares. Tengo que agradecer ENORMEMENTE la sugerencia de llevarme latas para asegurarme mi alimento, porque se convirtieron en mi salvación tanto en el trayecto de ida y vuelta como en el albergue donde dormimos.

Cuando pasamos los límites de la provincia de Buenos Aires, el viernes a la noche, dejé de tener 3G. En El Soberbio, donde llegamos el sábado al mediodía, no tenía modo de entrar a internet, y el albergue donde estábamos no tenía wifi. Yo creía que era algo general, pero resultó que era al único que le pasaba. Mis intentos de buscar un cyber fueron en vano. Era un pueblo chico, así que había pocas opciones. Tal o cual negocio, que cerraban al mediodía, y olvidate de que estuviésen abiertos el domingo de la carrera. Así que, como temía, habría silencio de blog durante dos días enteros.

En El Soberbio también conocí a lectores del blog. Jorge y Rodrigo, ambos buscando los 90 km, Germán (de casualidad, en un supermercado) y después de la llegada a Betina (que me encontró en un estado calamitoso, pero me alegró mucho su salido). Que se acercaran a hablarme fueron esos gestos que me hicieron sentir entre amigos. Y pensar que me daba pánico encarar este viaje en solitario…

El sábado hicimos la acreditación y le dediqué el resto de la tarde a armar mi ropa, mochila y todo lo que creía que iba a necesitar para la carrera. Conté muchísimas veces mis experiencias en Yaboty 2011, y cada vez que me preguntaban un estimado de tiempos decía lo mismo que publiqué en este blog: 12 horas como ideal, 14 por las dudas. El sueño del micro no había sido muy reparador, así que me fui a dormir temprano, a las 8 de la noche. Mientras todos estaban en la charla técnica, yo me entregué a los brazos de Morfeo y le di derecho hasta las 2 de la mañana. Me vestí, me hice un desayuno de campeones (arroz inflado, frutas escurridas y Ades natural) y con Jorge nos fuimos caminando a donde salían los micros. Era exactamente en el punto de la llegada, así que en el frío de la noche, con una densa neblina (gotitas de agua suspendidas en el aire) nos fuimos hasta unos pocos kilómetros de la entrada a la biósfera de Yaboty, desde donde largamos pasadas las 5 de la mañana. En un rapto de inteligencia de mi parte (tengo que admitirlo) dejé mi abrigo con los gendarmes, y me animé a arrancar en remera. Sabía que el clima iba a ser caluroso cuando el sol estuviese en alto, y suponía (acertadamente) que iba a entrar rápido en calor.

Nos pusimos bien adelante en el arco de largada, y salimos la par de Jorge, mientras intentaba dilucidar cómo se usaba el Suunto. Fue el primer fracaso de la carrera, ya que no pude hacer que navegue y funcione la modalidad de ejercicio al mismo tiempo. Teniendo que usar una u otra, preferí el GPS que me marcaba distancia recorrida, velicada actual y altimetría. Segundo error de la carrera: seleccioné la modalidad “Carrera de montaña”, que yo creía que ahorraba batería (hasta 50 horas), pero resultó que el rendimiento es igual que el de “Correr” (hasta 15 horas). Era un poquito de presión para llegar dentro de ese horario (si se me agotaba antes, me moría).

Jorge es un corredor veloz, y yo estaba tan cebado que en los primeros kilómetros, sobre la ruta, empezamos a pasar gente. Todavía estaban esas gotitas suspendidas en el aire, y esa noche oscura, iluminada por nuestras linternas y el auto que filmaba a los punteros, le daba a todo un aire muy onírico. En ese momento amé estar ahí (y nunca sentí frío). Cuando empezó la subida me quedé solo y me fui acercando a la punta. De pronto me quedé solo, con solo una lucecita adelante.

Un poco antes de llegar al cuarto kilómetro nos dieron la indicación de entrar al sendero que se adentraba en la selva. El puntero le dejó su abrigo a un fotógrafo, y lo alcancé. Me pareció que se lamentaba por pisar barro y le dije “¡Para eso vinimos!”. Pasé al frente, y durante uno o dos minutos… ¡fui el primero! Qué sensación rara. Mis expectativas previas eran llegar en 12 horas, y se suponía que el ganador iba a estar cerrando los 90 km en 8 horas. Pero ahí estaba yo, en la cabecera… se me cruzaron un montón de fantasías. ¿Y si lo mantenía? Pero eran solo eso, fantasías. El otro corredor me alcanzó y me preguntó mi nombre. Mientras empezaba a amanecer nos presentamos, él era Daniel, cordobés pero vivía en Buenos Aires, entranaba al grupo Fila. Nos fuimos dando aliento y charlando. Fue un momento muy agradable. Cruzamos el primer puesto de hidratación, y bromeaban que éramos los últimos. Cuando salimos nos gritaron “¡Vamos que son primero y segundo!”. Le contesté “¡No me presionen!”. Estuvimos a la par con daniel durante 20 kilómetros, muy cómodos, a unos 5:35 minutos el kilómetro de promedio. Mientras hablábamos de experiencias previas, me contó que había corrido este año en El Palmar, que no había visto las marcas y que se había desviado 1,5 km… a pesar de eso, volvió al circuito y ganó la ultra de 60 km. “¡Ah, eras vos!”, le dije… claro que había escuchado esa leyenda… Cabe aclarar que Daniel terminó ganando esa misma carrera que estábamos compartiendo, en el bestial tiempo de 7 horas y moneditas… pero me estoy adelantando demasiado.

Me di cuenta de que el ritmo que llevábamos era demasiado para mí a la tercera vez que me torcí el tobillo. El terreno era muy irregular, en partes estaba mojado o con mucho barro, y mientras estaba oscuro iba con más seguridad, subiendo las cuestas al trote… pero al ver lo que me rodeaba iba como más contenido, con miedo a caerme. No sé si me tropezaba por estar tensionado o por relajarme, pero le dije a Daniel “Profe, te veo en la meta”, y bajé el ritmo. “Yo voy tranquilo”, me contestó, pero su tranquilo era “súper rápido” para mí.

Esto era aproximadamente en el kilómetro 24. En el siguiente puesto me dijeron “ahí viene el segundo”, y de nuevo se me revolvía la panza. ¿Y si hacía podio? ¿Podría llegar a sentirlo alguna vez? Esas fantasías las tenemos todos, solo que no las decimos (ni las dejamos por escrito). Nunca me sentí capacitado para lograrlo, ni tampoco llegaba a Yaboty en mi mejor estado. Pero estaba emocionado, corriendo en soledad, y ocupaba la cabeza pensando en eso. Estuve en esa posición hasta el kilómetro 40, mirando siempre el reloj para asegurarme de que mi ritmo promedio estaba por debajos de los 6 minutos el kilómetro. Era rápido para una ultra maratón… quizá demasiado.

Estaba corriendo por la ruta y vi que detrás mío se acercaba alguien. Intenté apurar el paso para resguardar mi posición, pero era inútil. O sea, yo era un inútil, porque me metí en un cañaveral y me tropecé. Fui derecho al piso y me corté las palmas de las manos y las piernas con montones de espinas. Me levanté, intenté correr dos pasos y me volví a caer. Al costado había un precipicio, y el suelo era como una cama elástica de raíces, hojas y ramas. Al tercer tropezón me di cuenta que tenía que aflojar. Empecé a bajar con cautela, caminando, y un chico flaquito y alto me pasó como tiro. Lo vi perderse entre los árboles y no lo volví a ver hasta que esa noche se subió al podio a recibir el reconocimiento por su segundo puesto. “Bueno”, pensé, “puedo aspirar a un tercer puesto. Tampoco está mal”. Improvisé un bastón con una rama y fui bajando como podía.

A los pocos minutos vi a otro corredor acercándose por detrás. Las ultramaratones dan duros golpes al orgullo. En definitiva, bajan de a poco tus expectativas. Me di cuenta que lo del podio eran solo fantasías. “Si estoy entre los primeros 15 me conformo”, pensé. Agradecí que mis expectativas más bajas no sean llegar con vida o sin vomitar. Pero eso hacen estas pruebas tan duras, forzarte al límite hasta que solo queda lo que sos y lo que realmente podés dar.

En una subida interminable, entre tierra, piedras y ramas, me pasaron dos corredores más. A cada uno le di aliento y le indicaba en qué posición estaban. A partir de ahí, la mitad de la carrera, yo estaba destruido. Las subidas eran interminables. Mi estrategia de 2011, de tomar y comer en los ascensos y correr las bajadas, eran inaplicables, porque llegaba a la cima tan agitado que solo me restaba bajar caminando para recuperarme. El paisaje era impresionante, muy motivador, e intenté alimentarme y tomar todo el tiempo. Pero me faltaba energía o entrenamiento (o ambas cosas).

“Ahí viene el quinto”, me dijeron en un puesto. Yo les esquivaba al agua (que tenía bajo contenido de sodio) y me agerraba al Powerade como si fuese oro líquido. Ni me preocupé por las cosas que daban de comer, porque tenía una inagotable fuente de pretzels, frutas secas y geles (que tomaba cada 15 km). Cuando realmente abandoné mis aspiraciones por el podio, en cada puesto me relajaba y charlaba dos minutos con los gendarmes y los voluntarios. Eran todos muy amables, y me festejaban mis chistes (”Al que venga atrás mío, desvialo para aquel lado”). En el puesto 6 vi llegar a dos corredores y les dije “Si se apuran van a ser el quinto y el sexto de la general”. Estaba muy cansado, pero contento de estar ahí. Caminaba las subidas e intentaba trotar las bajadas. No tenía fuerza y en momentos eso me frustraba. Apliqué el 2×1 (dos minutos de trote, uno de caminata), y con eso ayudaba a distraer la cabeza y a avanzar más rápido que correr hasta el agotamiento.

Como dije al principio, hay escenas que mi descripción torpe no le va a hacer justicia. Corrí entre chacras, con cerditos que me entraban en una mano, perros, vacas, carretas… los chicos salían a saludarnos, a veces entonaban cánticos de aliento, y una nena me regaló una flor. El sol pegaba fuerte, y de vez en cuando sacaba una foto para inmortalizar ese recuerdo. Estaba perdido en ese embelezamiento del entorno cuando me di cuenta que no veía las marcas. ¡No sabía dónde seguía el camino! Me guié por mi instinto (que siempre me falla) y salí a la ruta. Casualmente era la misma por donde corrimos en 2011, con una pequeñita cascada donde cargamos agua en aquel entonces. Crucé un puente y unas señoras me sacaron una foto… para después decirme “Me parece que no es por acá”. Me señalaron hacia abajo, donde había un puente peatonal mucho más chico. ¿Cómo llegar hasta ahí? “Cruzá por acá”, me dijeron, pero me di cuenta que iba a cortar camino. Agradecí y volví sobre mis pasos, mascullando bronca por la distancia que iba a hacer de más. Entre los arbustos vi una marca, y me pareció que no tenía sentido buscar el punto exacto donde me había desviado. Quizá podía compensar cruzando por encima de ese alambrado, intentando no alterar a esa vaca… llegué hasta el puentecito, me dijeron “vamos que sos el quinto (en realidad era el séptimo) y seguí. Una pareja me preguntó si venía alguno cerca mío, y le respondí “Ojalá que no”.

Alternaba caminatas con trotes, y empecé a pasar a los últimos corredores de la categoría de 42 km. Los alentaba y les adelantaba cuánto faltaba para el próximo puesto de control, para que no se desanimasen. Pero aunque me hacía el entero cuando estaba en presencia de alguien, estaba muy agotado. En ese momento pensé en Vicky. Porque esa carrera (aunque con un recorrido muy diferente) la habíamos hecho en 2011, y en el día de ayer se suponía que íbamos a estar corriéndola juntos. Pero en el trayecto nos separamos, y en ese instante pensaba en todas las veces que la presioné para seguir y que ella decía que no podía más. Pedía caminar y yo la dejaba unos segundos, para después forzarla a trotar. Y subestimé cada vez que me pedía caminar. Como dije unos párrafos arriba, las ultramaratones bajan tus expectativas, pero también te vuelven más humilde. Yo me sentía en la misma posición que Vicky, porque me decía a mí mismo las mismas palabras que le decía a ella… y no era suficiente. No podía, no tenía fuerzas. Nada parecía funcionar.

Crucé arroyos, barro, tierra colorada, piedras… me tropecé con raíces, ramas… escalé al punto de que sentía el corazón salirse de mi pecho, y bajé a veces con muchísimo cuidado de no caerme, otras a la buena de Dios… fue una prueba durísima, que no anticipé para nada. Jorge, en los comentarios de una de las entradas del blog, me preguntó si era necesarios llevar bastones a Yaboty. Le juré que no, y mientras corría me acordaba de ese consejo. ¡Qué bien me hubiesen venido!

En el anteúltimo puesto me pasaron dos corredores, lo que me ubicaba en el noveno lugar de la general. Estar entre los primeros diez también me parecía una buena ubicación. Ellos estaban tan agotados como yo, así que intenté alcanzarlos y nos fuimos pasando, pero no pude mantener el ritmo y los dejé ir. Uno de los corredores de 42k me señaló al atleta que tenía adelante y me dijo “Dale que no puede más… ¡comételo crudo!”. Y entonces agregó algo que llamó la atención. “¡Vamos que ya metiste 80 km!”. Miré mi reloj y me indicaba 70. Pensé en qué equivocado que estaba, y seguí mi camino.

Llegué al último puesto de control, donde me llamaron por mi nombre. Era Fabiana, que en 2011 había salido tercera entre las mujeres, por detrás de Vicky (encima que soportó mis presiones, hizo podio). Nos sacamos una foto, tuve que contarle que me había separado hacía poco (fue un momento muy incómodo para ella), y por supuesto que me quedé esos dos minutos relajándome y charlando con los voluntarios. Mi reloj indicaba 74 km, así que le calculaba que la meta estaba a unos 13 más. Estaba cansado, pero iba por todo. Fabiana dijo algo que en principio recibí como una buena noticia, y que después me heló la sangre. “¡Dale que te faltan nada más que 5 km!”. Le pregunté si estaba segura, y me lo recontra juró. ¡Eran muy buenas noticias! Le dije, sin pensar “¡Mi reloj anda mal o corté camino sin darme cuenta!”.

Como en una mala película de Hollywood, que intentan explicarle todo al espectador, escuchaba el eco de mi última frase… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… Mi reloj decía que llevaba corriendo más de 8 horas y media… si esperaban que el ganador llegase en 8 horas… ¿cómo podía ser que yo estuviese haciendo ese tiempo? Volví sobre mis pasos, y me acordé de cuando confundí el camino y volví sobre mis pasos para cruzar el puentecito peatonal… ¿podía ser que ahí me hubiese comido un tramo sin darme cuenta? Decidí seguir avanzando y preocuparme por eso después. Seguramente era un problema técnico, y no era la hora que mi reloj indicaba. Seguro se me había parado…

LLegué a la ruta y caminé un buen trecho. Quería correr, mentalmente me forzaba a hacerlo, pero me sentía como si me hubiese pasado ochenta y cinco trenes por encima. ¡No podía terminar esa ultramaratón caminando! Ese camino se me hizo familiar, porque era el mismo que tuvimos que hacer para terminar Yaboty 2011. Empecé a trotar despacito, sin mucha expectativa. Vi el cartel que indicaba “El Soberbio 1 km”. Me prometó mantener ese ritmo. Empezó a aparecer una zona urbana. De a poco con fábricas, vehículos, locales, casas… la gente estaba sentada con su silla en la vereda, mirándonos pasar. Los corredores de 21 y 42k que caminaban agotados me tenían que soportar pasarlos y alentarlos. “¡Dale que no falta nada!”. Pero la meta no aparecía… ¡se hacía eterna! No me di cuenta, pero empecé a acelerar. Vi locales y supermercados que se me hacían familiares… un gendarme me indicó para doblar y a 200 metros vi el arco de llegada. La gente aplaudía y me alentaba. Yo sonreía muy feliz, y pegué un pique espectacular. ¿De dónde diablos salía toda esa energía? Si yo antes no podía trotar más de dos minutos seguidos… y hablo de un paso suave. Acá estaba quemando llantas, abriendo la zancada y levantando las rodillas. Llegué a la meta, grité “¡ESPARTAAAA!”, que se convirtió en mi grito favorito de llegada, y cerré la carrera de una buena vez.

Pero… el cronómetro de la organización marcaba 9:30 horas. ¿Por qué era un pero? Porque la única explicación que tenía era que mi reloj andaba mal. Porque la distancia final que me indicaba eran 79 km, no 90. Si eran las 14:45 eso quería decir que el Suunto andaba bien y que yo había cortado camino. Me tiré a descansar en el puesto de agua, donde pegué muy buena onda con los muchachos. Me relajé, compartí anécdotas de esa misma carrera. Me sentí muy bien, pero a la vez estaba preocupado. Fui al albergue pensando en que tenía que devolver la medalla… no me la merecía. Había cortado camino, aunque sin querer, pero debía unos 6 u 8 km. ¿Qué podía hacer? ¿Qué hubiese hecho en el último puesto, volver sobre mis pasos 3 km? Me sentía un poco avergonzado, y todos me felicitaban cuando les contaba que había tardado 9 horas y media. ¡Les parecía un tiempazo! A mí me sonaba a poco… considerando que mi carrera estaba inconclusa.

Así estuve un buen rato, incluso después de bañarme y de tirarme en la cama un rato, hasta que empezaron a llegar el resto de los corredores, y para mi alivio a todos les dio 79 km. ¡Qué felicidad! Fue un alivio tan grande. Recién ahí, tirado en la cama del albergue, sentí que ese tiempo era mío, y que ese esfuerzo había valido la pena. Me sentía un poco dividido, porque Yaboty me costó muchísimo y caminé mucho más de lo que hubiese querido… pero no había cortado camino, había hecho lo mismo que el resto, y a todos nos había costado un montón. Ahí pude disfrutar de mi noveno puesto (séptimo de mi categoría).

Es curioso porque mis expectativas mínimas era hacerla en 12 horas, y aunque tardé mucho menos, mi primera impresión fue que me había ido muy mal. Pero los corredores somos así, nunca nos quedamos del todo conformes, siempre queremos ir por más. Las ultramaratones me enseñaron mucho de humildad, y aunque ahora estoy lleno de dolores en todo el cuerpo, estoy muy feliz de haber pasado por esto y de haber conocido a tanta gente que comparte esta pasión. Con cada carrera salgo enriquecido, y estos 90 km (o 79) de Yaboty, sin lugar a dudas, me ayudan a ser mejor persona.

Semana 42: Día 293: Siguiendo tu progreso

seguimiento

Ayer, en el entrenamiento con los Puma Runners, nuevamente escuché algo que es demasiado habitual, y es esa especie de imagen de fanático del entrenamiento y la dieta que tienen de mí. Intenté, con torpeza y sin llegar a buen puerto, explicar que depende de con quién me compares puedo parecer un talibán de la nutrición, pero a mis ojos estoy lejísimos del extremismo. Pero bueno, no hubo caso.

Siempre pienso en las cosas que hice y cuáles funcionaron. Sé que ponerme seis comidas diarias (cuando hacía dos) fue clave. También lo fue tomar más agua y hacer un click mental de tener paciencia y constancia. Sabía que tenía que llegar al año, y eso me puso un objetivo, además de que me quitó presión. Los cambios más bruscos se dieron al principio, mucho antes de lo que esperaba.

Pero… si me encontrara con una persona que no me ve desde hace diez años, no lo podría creer. ¿Constancia, yo? Si abandoné los estudios de periodismo por el tedio que me causaba. Ni siquiera me destaqué en la secundaria, mucho menos en educación física. Tengo una colección de novelas que decidí escribir y que no pasé de la primera página. Empecé un diario íntimo y lo abandoné al segundo día. Montones de proyectos sin terminar (sin empezar algunos), pero ESTE funcionó… ¿por qué?

Pensándolo un poco, sospecho que fue el haber hecho un seguimiento diario. Al principio, cada dos semanas, me tomaba una foto de mi tren superior, para llevar un registro de mis cambios. No me enloquecía la idea, pero me parecía que de esa forma me obligaba a tener un compromiso. Estaba ahí, en la web. Como no soy todo lo constante que algunos creen, hubo muchas veces donde no actualicé la bendita foto, pero los cambios se veían, eran “palpables” (si cabe la palabra). Y escribía todos los días, lo hice durante dos años, religiosamente. Anotaba lo que me pasaba en el cuerpo e internamente. Sin proponérmelo, tengo anotadas las experiencias de todas mis carreras, de las ciudades que visité, de las lesiones que sufrí y de las comidas que me ayudaron (y las que no).

Debo volver a citar el libro que estoy leyendo actualmente, “Nutrición y peso óptimo”, de Matt Fitzgerald, ya que en un capítulo habla del Principio de Heisengberg. Se trata de un principio de incertidumbre, que establece que cuando se observa un fenómeno a nivel subatómico, este cambia. Algunos creen que el hecho de obervar algo genera un cambio sobre aquello que se está observando, entonces nos metemos en la trampa filosófica de si fuimos nosotros, con nuestra curiosidad, los que generamos ese cambio. Fitzgerald lo baja a algo más cotidiano, como “la olla que se mira nunca hierve”. Al observar las cosas, alteramos su curso en muchos otros dominios de la vida humana. “Lo que puede ser medido, puede ser controlado”, y esto se aplica a la salud y al propio cuerpo.

La mejor forma de ganar control sobre algo es monitorizarlo sistemáticamente. El esfuerzo grande que hemos de aplicar para poder hacerlo, explica Fitzgerald, lo convierte en una prioridad más elevada y ayuda a mejorar este aspecto (del cuerpo, por ejemplo), independientemente de otros esfuerzos. Yo tenía alarmas en el celular para recordarme cada una de esas seis comidas diarias. Empecé a investigar qué comía, tanto lo “nuevo” y más sano como aquella comida chatarra que estaba dejando atrás. Me hacía estudios periódicos con mi nutricionista, que me iba indicando cómo bajaban los niveles de grasa en mi cuerpo. Me hacía análisis de sangre unas dos veces al año. Iba al gimnasio y comparaba los cambios que sentía cuando iba cinco veces por semana y cuando iba solo dos. Y anotaba todo.

Hoy me relajé un poco, aunque para algunos siga siendo un fundamentalista. Hay cosas que las convertí en un hábito. Hubo un momento en que borré todas las alarmas del celular, porque ya el cuerpo me pedía comida a las horas indicadas (y lo sigue haciendo). Ya como fritos o gaseosas y me caen espantosamente mal. Con algo de experiencia previa, estoy por volver al gimnasio, y sé que me va a funcionar porque aprendí qué cosas sirven y cuáles no. Quizá no me observe tan rigurosamente como antes, pero evidentemente estar pendiente de los cambios y tener este blog me ayudó mucho. No esperaba que nadie lo leyera, mucho menos que me escribieran para opinar o compartir experiencias propias. Pero aprendí eso, que tomar nota sobre mis cambios hizo la diferencia en todo, y generó una sinergia que hizo crecer tanto al blog como a mí mismo. Y si lo pudo hacer alguien como yo, que comía todos los días un cuarto de pan con cantidades industriales de Mayoliva mientras empezaba la décima novela que nunca iba a terminar… ¿por qué no podría hacerlo cualquiera?

Semana 34: Día 238: Contagiando endorfinas

Si tuviese que enumerar todos los errores que cometí en mi vida, se les secarían los ojos antes de poder terminar de leer. Soy demasiado perfeccionista, pero también soy un inconformista (lo cual no es lo mismo). Me meto constantemente en esa trampa de esforzarme sin llegar nunca a los resultados deseados. Además muchas veces actúo inconscientemente, sin medir las consecuencias, y he herido a mucha gente. Soy impulsivo, lo que puede convertirse en ser temperamental. Tampoco sé decir que no, y eso me ha metido en montones de problemas. A veces la gente me cuenta cosas y por dentro tengo un reloj interno que me dice “Te cierra el correo y si no salís en los próximos 5 minutos, no llegás”, pero por respeto o pudor no me animo a decir nada.

Esto podría ser la punta del iceberg, tengo montones de cosas que me mortifican, que prometo cambiar, y que siguen ahí, satelitando mi cabeza. Pero (afortunadamente hay un pero), tengo una cosa de la que sentirme orgulloso, que es correr y escribir. Esta actividad, que se convirtió en una sola, la pueden ver día a día en el blog. En este año me tomé la libertad de no desesperarme si no actualizaba, cosa que antes realmente me angustiaba. Como Semana 52 se convirtió en algo absolutamente cotidiano para mí, elegí que no se vuelva un lastre. Y aunque la gran mayoría de las veces no logro el nivel que deseo (por eso de ser un perfeccionista-inconformista), reconozco que esto que hago le sirve a mucha gente, quizá más que a mí.

Aunque me la doy de humilde (quizá lo sea), me encuentro con que alguna vez pude ser una buena influencia para alguien. Hoy me escribía en el Facebook Nicolás, un amigo con quien en realidad solo me unía un vínculo laboral. Nunca supe que un día iba a seguir el blog y que lo iba a incentivar a empezar a correr, al punto de que hoy hace, por su cuenta, 8 km de toque, y el fin de semana se le va a animar a los 10 km de las Fiestas Mayas. Me causó gracia su comentario de que no quería seguir explayándose con lo que lo había ayudado Semana 52 porque seguramente me lo decían todo el tiempo. Y si bien me lo habrán mencionado unas 10 veces en estos 2 años y medio, me encantaría saber de cada una de las personas a las que les contagié el germen del running y la vida sana.

Nunca, jamás, me imaginé que podía inspirar a alguien. Pero en serio, jamás de los jamases. Por eso del perfeccionismo-inconformismo, nunca me sentí apto para nada. Solo me gustaba escribir, pero también me resultaba un poco tortuoso, así que intentaba contener las ansias de la redacción o reservármelo para mí mismo. Un día empecé a correr, mezcla del hermoso ejemplo que me dio mi papá, la admiración que sentía por mi hermano Matías, la necesidad de rehabilitar mi tobillo fracturado, y… ganas. Un día me di cuenta que corría seguido, y aprendí solo que sostener un entrenamiento en el tiempo (aunque fuese por cuenta propia) me rendía sus frutos. Años después aprendí lo que se podía progresar entrenando en un grupo de running, y sin saber bien en qué me estaba metiendo se me ocurrió, en julio de 2010, empezar a bloguear un año de entrenamiento mucho más comprometido de lo que había hecho en mi vida.

¿Y qué me imaginaba entonces? Que iba a correr más y mejor. Que iba a mejorar mi físico, y en algún rincón de mis más bajos instintos, fantaseé con que mi autoestima y mi imagen se iban a ver favorecidas. Pero eran sentimientos superficiales y egoístas. No pensé todo lo que iba a aprender de mí mismo, la motivación que iba a encontrar. Y mucho menos pensé que, cada tanto, alguien se iba a contagiar de todo esto, se iba a calzar un par de zapatillas e iba a salir a correr. Juro que cada vez que alguien me cuenta que Semana 52 le provocó algo en su vida, me emociono un par de casilleros antes de llegar a las lágrimas. Porque una de las cosas que yo buscaba demostrar con esto era que un tipo común y corriente podía dar un vuelco y aspirar a más. Y yo era el tipo más común y corriente con el que te podías cruzar por la calle. Antes de Semana 52 no tenía nada que me hiciera sentir especial. Y ahora tengo muchísimo. Supongo que por eso me cebé y me pasé de ese primer año. El día en que completé los 365 días de deporte y vida sana, fui al supermercado y agarré la caja de galletitas oreos bañadas en chocolate, me di cuenta que no podía parar. La volví a dejar en la góndola y me compré unas manzanas.

Me gustaría que todos compartiesen con otros esos cambios. Uno nunca se da cuenta que todos tienen la capacidad de ser una buena influencia, incluso si no se lo proponen. Esto es un plus: animarte a vivir mejor, y que otros se contagien de tu click. Y así vayan contagiando a otras personas. Porque yo sé que no inventé nada, que un día decidí poner en práctica todas esas cosas que había copiado de otros. Así nos vamos multiplicando y generando entre nosotros algo que es únicamente positivo.

Por eso, Nico, no, no me lo dicen todo el tiempo ni me pudrí de escucharlo. Correr me encanta y me hace feliz, pero que otros encuentren su felicidad inspirados en este blog, es lo mejor que me pasó en la vida.

Semana 27: Día 183: Beneficiarse de la vida

Scott Jurek es un atleta. Pero no uno cualquiera, sino que además es de elite. Y como si fuera poco, es vegano, y a diferencia de otros campeones, es una persona llena de humildad y sabiduría.

Ahora estoy leyendo su auto-biografía “Eat & Run”, que es simplemente magnífica. Jurek es un chico de clase baja con un padre severo y una madre con esclerosis múltiple. La cercanía con la naturaleza es su gran incentivo, aunque probablemente lo que más lo motivó fue vivir despojadamente, sin los lujos de la clase media.

En su discurso de despedida de clases, dio un consejo brillante, que poco tiene que envidiarle a los recordados ensayos de Steve Jobs (también vegano, casualmente):

“Me gustaría dejarles cuatro mensajes para ayudarlos a ustedes y a otros a beneficiarse de la vida.

Primero que nada, les pido ser diferentes.

Segundo, encontrar un modo de ayudar a los otros en vez de pensar solo en ustedes mismos.

Tercero, todos son capaces de tener éxito. Nunca dejen que alguien los desaliente cuendo estén buscando un objetivo o un sueño.

Y finalmente, hagan las cosas mientras sean jóvenes. Asegúrense de buscar su ssueños y objetivos incluso si ellos parecen imposibles”.

La vida es esta, y el momento para sacarle el jugo es ahora.

Semana 25: Día 172: Un fondo de 50 km

El fin de semana corrimos en Tandil. No la pasamos muy bien. Pero le pusimos el pecho y corrimos. Levantamos el viaje, la carrera salió muy bien y volvimos a casa.

Pero me quedé mal. Pinchado. Me costaba pensar en el blog o en entrenar. Nunca me pasó, pero en tres años de Semana 52 era plausible que alguna vez me ocurriese.

Así estuve, envuelto en angustiosos temas personales que no quisiera tratar acá. Por suerte atravesé esta especie de “crisis” con mi relación con Vicky intacta. Nos apoyamos mutuamente y, de a poquito, fui dejando de lado los pensamientos negativos y empecé a escarbar para encontrar lo bueno.

No puedo decir que ya pasó todo y que mis problemas se resolvieron. Pero sí sé que un camino para encontrar una suerte de equilibrio es volver a la rutina, a esas cosas que definen tu vida. En mi caso fue entrenar otra vez pensando en la Ultra Buenos Aires. Germán, mi entrenador, me había adelantado que el jueves tocaba correr 50 km, así que ayer decidí hacer justamente eso.

Me compré una caja de geles en Farmacity, me armé un camelback de Vicky con agua y algo de frutas secas y gomitas. Dormí unas 5 horas, para tener tiempo de desayunar algo y estar a las 6 de la mañana saliendo de casa. A la mañana estaba ventoso y fresco, así que salí con una remera de manga larga y un pañuelo tipo “buff” en el cuello y otro en la cabeza.

Fue duro. Atravesé Libertador, todavía a media máquina. Mantenía un ritmo de 5:20 el kilómetro, pero el cerebro no dejaba de carburar. Tampoco estaba en mi pico máximo de entrenamiento, así que decidí poner a prueba la mente, principalmente. ¿Se puede sacar fuerzas y concentración donde aparentemente no la hay. Cuatro horas y 57 minutos (con unos lasitmosos últimos 7 km) dan cuenta de que sí, que se puede. Como pude sorteé los obstáculo, apreté los dientes, y en ros horas y cuarto llegué al Tigre. Nunca me imaginé que ir Colegiales hasta Tigre era algo que podía hacerse de pie. Menos que podía hacerse ida y vuelta.

Ahora estoy entero, con la satisfacción de una prueba difícil que pude superar. No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista… pero hoy, sin entrenamiento propicio, ni el mejor equipo o en un estado de ánimo óptimo, comprobé que al menos mi cuerpo resiste 50 km sin parar.

Semana 24: Día 168: Tandil por Jeremías

Juanca es un asiduo lector de este blog. Casi diría que es de los de la “primera hora”. Y hace un tiempo se sumó a un proyecto en el que me tuve que sumar también. En su blog Espera por la vida, lo describe como “un proyecto creado en la provincia de Tucumán por María de los Angeles Musumeci quien eligió el atletismo para llevar el mensaje de la Donación en Vida. Acompañamos a quienes padecen enfermedades en su difícil camino, llevando en nuestro corazón y en nuestros pensamientos a todos los príncipes y princesas que lo forman. Corremos por ellos con las esperanzas puestas en que nuestras energías y nuestro amor les ayuden en este momento tan difícil que enfrentan.

Aquí acumulamos kilómetros corridos en las cientos de competencias en las que participamos. Cada kilómetro representa un enorme abrazo, nuestro mejor pensamiento, un pedazo de corazón, para todos los pequeños y pequeñas que la vida los puso ante una circunstancia tan cruel. Tu kilómetro vale mucho porque difunde la obra de María de los Ángeles y  la princesita o el príncipe que portas en tu carrera recibe tu esfuerzo con inmensa alegría y emoción. Hagamos lo que nos gusta, correr, y que nuestras zapatillas nos permitan llevar a estos pequeños guerreros y guerreras de la vida”.

Sin saber bien cómo funcionaba, me ofrecí a colaborar. Juanca decidió que corramos con Vicky por Jeremías, y entre los dos, hoy domingo, sumamos 52 km (un número especial para mí). Pero no sé mucho de este principito. Solo vi su foto, a medio disfrazar del Hombre Araña, y pude entender que había una conexión. Recién caigo de que está en Tucumán, y que visitarlo sería difícil. Por eso le pregunté a Juanca qué teníamos que hacer. ¿Visitarlo? ¿Llamarlo? ¿Enviarle un regalo? Juanca respondió “El hecho de correr pensando en Jere, llevarlo en esta vuelta fantástica que han dado fue lo importante. A Jeremías le contaremos lo que han corrido y estará feliz”.

Suena raro, pero este mensaje lo leí en el celular mientras atravesábamos los caminos de la Adventure Race de Tandil. Le conté a Vicky sobre Jeremías y que solo teníamos que correr pensando en él. Fue nuestro motor, nuestra motivación. Pensar en ese chiquito, ilusionado con una proeza que pasaba lejos de casa, nos llenaba el tanque de la motivación. Queríamos que sepa que cuando estábamos cansados y que nos faltaban las fuerzas, él nos ayudó y nos dio ánimo.

Por supuesto que a mí esto no me alcanza. Me encantaría conocerlo, aunque sea enviarle unos cómics del Hombre Araña, y algún recuerdo de la carrera. Porque aunque estuvimos Vicky y yo haciendo equipo, codo a codo, Jeremías fue el tercero de nuestro grupo. Y aunque estaba lejos, corrió con nosotros.

Vamos a seguir sumando kilómetros por él y por todos los niños que luchan por vivir.

Semana 23: Día 158: Todos contra juan

Es imposible que nuestra mente deje de trabajar. A veces suele ser contraproducente, porque ahí, adentro de nuestra cabeza, se gestionan nuestras inseguridades. Paradójicamente también es donde alojamos nuestra motivación, y donde nos llenamos de endorfinas.

Pensar es una actividad imposible de no hacer mientras corremos. Me pasa, cuando estoy en medio de una carrera o en un fondo largo, solo con mis pensamientos, que me pongo a redactar todo como si fuese un post de este blog. Imagino frases que, en ese momento, me parecen hasta ingeniosas. Por supuesto que cuando llego a destino me olvido absolutamente de todo. Pero a veces algo queda.

Hoy, mientras corría desde Barracas hasta Colegiales, pensé en Juan Damián Correa, a quien hice el principal responsable de que este blog estuviese parado por tres días. Incluso imaginé publicar su e-mail para que los lectores de Semana 52 le digan a este señor todo lo que piensan de él y su descaro. Pero bueno, resistí la tentación y mantendré su contacto en reserva.

Como todos los grandes criminales norteamericanos, Juandy (para los amigos) tiene dos nombres y un apellido. Muchos conocen al infame John Wilkes Booth, todos desprecian a Mark David Chapman. Sin llegar a ser un asesino, Juan Damián Correa también es un nombre de temer. Amigo desde hace años, actualmente es mi socio en mi emprendimiento de diseño gráfico. Es transparente con los números, justo, con iniciativa y bastante prolijo a la hora de trabajar. Yo a veces le digo que lo formé, y así como lo creé de la nada, también puedo destruirlo. Pero no es cierto.

Juandy de vez en cuando me pide consejos para hacer actividad física, para enlongar, o qué cosas comer y cómo hidratarse. No sé si me hace caso, pero lee el blog con cierta regularidad. Teníamos un delicado equilibrio que consistía en que él hacía todo el trabajo y yo me iba a entrenar.

Bueno, a él se le ocurrió irse de vacaciones a los Estados Unidos, y aunque fue con su gorrito comunista, con estrella roja y todo, lo dejaron pasar. Aunque me avisó con tiempo, nunca me imaginé que me quedaría con todos los compromisos en mi regazo, mientras él disfruta del fast food y el espíritu neoyorquino. Me vi en la obligación de sentarme a trabajar, pero a destajo (lo que sea que signifique esa palabra). De sol a sol, intentando cumplir a medias con todos (sin mucho éxito). Un día me levanté a las 3:30 de la madrugada para venir a la compu y seguir trabajando. Ayer volví a pilates, con toda la intención del mundo de actualizar el blog, pero me dormía mientras cenaba. O sea, yo me duermo siempre DESPUÉS de la cena, pero nunca con el tenedor a mitad de camino de mi boca.

Las cosas no se han normalizado, pero ayer logré dormir 8 horas, que es lo más cercano a un lujo que puedo aspirar. No estoy yendo a entrenar porque tengo que ir a una editorial a terminar varias publicaciones y proyectos, pero sin importarme a qué hora termino, siempre vuelvo a casa corriendo. Son entre 13,5 y 15 km. Hoy tomé una ruta alternativa, me perdí, y terminé haciendo 16 km. Más es mejor, así que no me quejo.

Y mientras recorría las calles porteñas, escuchando Metro y Medio, intentando que los automóviles y los motociclistas no me atropellen, pensaba en Juandy, y en cómo lo iba a culpar por tres días sin blog. Pero, si no hubiese sido por él, no me podría haber ido a correr a Grecia. O a Misiones. O a Villa la Angostura. Además, va a ser quien me acompañe en la Ultra Buenos Aires, los 100 km en bici, alcanzándome agua y comida. Sé que le debo mucho a ese canalla, así que haré de cuenta que esos tres días sin blog han sido un económico precio a pagar por las vees que me hizo el aguante.
Pero más le vale que me traiga un buen regalo…

Semana 20: Día 138: La enseñanza del día

facundo_cabral

“No digas “no puedo” ni en broma, porque el inconsciente no tiene sentido del humor, lo tomará en serio y te lo recordará cada vez que lo intentes”. (Facundo Cabral)

Mañana, jueves, tengo que correr 40 kilómetros como parte de mi entrenamiento para los 100k de la Ultra Buenos Aires. Voy a ir desde San Isidro hasta Retiro, y de ahí a mi casa en Colegiales.

Claro que puedo.

Semana 20: Día 135: Llegar a 1000 kilómetros

Hoy hice un fondo de 20 km. Salí de casa a las 8:30 de la mañana, y había sol y poquísima gente. Crucé las calles donde casi no había autos, así que no tuve interrupciones. Hubiese sido ideal, pero algo no andaba al 100% en mí.

El viernes corrí 35 km, la distancia de entrenamiento más larga que hice en el año. El sábado descansé, pero quizá no fue lo suficiente. De todos modos, hoy me tocaban 20 km, y quería hacerlos con el baticinturón y las caramañolas. Se me ocurrió hacer la prueba que me recomienda siempre mi nutricionista, así que fui al baño y me pesé (disfrazado de corredor, con zapatillas). La balanza electrónica indicó 69,3 kg. Retengan ese dato.

Cuando salí esta mañana, mi ritmo era de 5:45 el kilómetro. Me sentía bien anímicamente (el día ayudaba) pero sentía molestias en los gemelos. Más allá de eso no tenía complicaciones. El tema es que generalmente, antes de mirar el reloj, puedo adivinar a qué ritmo estoy corriendo. Ahora me daba la impresión de que estaba haciendo un gran esfuerzo, y cuando miraba el velocímetro del GPS me indicaba que estaba cerca de los 6 minutos el kilómetro.

Decidí tomármelo con calma. Después de todo es el ritmo máximo que debería hacer en la Ultra Buenos Aires. Y es lógico que con tanta carga, en algún momento me sienta fatigado y necesite bajar un poco la ansiedad. Corrí con música, concentrado en no exigirme. O, dicho de otro modo, concentrado en sentirme bien. Muy pronto me dieron ganas de ir al baño, a pesar de que había ido antes de salir. Soy pudoroso, con lo cual tengo un doble problema: me da vergüenza hacer pis en cualquier lado y me cuesta mucho más todavía pedir a un negocio que me presten su baño. Encontré un árbol bastante reparado al lado del Hipódromo de Palermo, descargué, y seguí. Soy un convencido de que correr con ganas de hacer pis hace mal y afecta el ritmo.

Pensé que todo quedaba ahí, pero no, las ganas de evacuar volvieron dos kilómetros más tarde. Esta vez me costó más encontrar mi lugar reparado, que fue en un arbolito a mitad de camino entre la autopista que nace en la 9 de julio y la facultad de derecho. Creí que eso era todo… y estaba equivocado.

¿Recuerdan esas molestias en los gemelos que comenté dos párrafos más arriba? Bueno, toda esa sensación de estar oxidado, de no poder rendir, de fatiga, desapareció cuando me di la vuelta para emprender el regreso a casa. Miré el reloj y la velocidad iba en aumento. Al finalizar, le había sacado 3 minutos al tiempo que había hecho en la primera mitad… sin sentir que me estaba exigiendo. En 10 km es bastante. Creo que esa diferencia se debió a que, entrado en calor, no sentí más molestias.

A 5 km de terminar el entrenamiento, nuevamente ganas de ir al baño. Me escondí detrás de ese árbol que tengo bien estudiado, al costado de las vías que rodean el Hipódromo, e hice mi asunto. Me extrañó porque tampoco fue que me la pasé tomando agua. Racioné mi medio litro para que me dure todo el trayecto, pero la urgencia por evacuar ahí estaban. Pero bueno, vacié mis caramañolas, me comí mis pasas de uva y llegué a casa. Esos 20 km, que terminé en 1:47, me hicieron pasar la barrera de los 1000 kilómetros en lo que va de este tercer año de Semana 52, 140 km fueron estos 10 días de febrero. Si la tendencia continúa… ¡ufff! Veremos qué tan lejos me dejan llegar mis piernas. Me siento bien, pero coqueteando con mis límites.

Entré al departamento y fui derecho a pesarme. Antes de salir la balanza me había marcado 69,3 kg. Después de correr casi 2 horas, habiendo tomado 500 cc de agua y de haberme transpirado la vida, de haber ido tres veces atrás de un árbol a hacer pis, mi peso pasó a ser 66,8 kg. ¡Muchísimo! ¡Dos kilos y medio! Cuando mi nutricionista se entere me va a retar. Pero todas las veces que fui al “baño” también deben haber influenciado. Sin embargo, es un signo de deshidratación. No puedo cargar más que medio litro en mi baticinturón, así que los próximos fondos largos voy a tener que empezar a hacerlos con la mochila hidratadora, por mucho que me pese…

Estos mil kilómetros son una gran marca para mí. En especial porque la distancia del cuentakilómetros no avanzaba al ritmo que yo deseaba, y en el último mes y medio se disparó. No solía medir la distancia que había corrido, y para mí es todo un descubrimiento. Ahora puedo comparar con respecto al año pasado y trazar inservibles curvas de progreso en mi mente. Por suerte llegué a ese número aprovechando un día hermoso y soleado, antes de que el mundo se viniese abajo por la tormenta eléctrica. Fue mi modo de celebrar…

Semana 19: Día 131: La enseñanza del día

“Es difícil enfrentar la debilidad, porque tenemos miedo de nuestro limitador, que dice: “Puedes ir así de lejos, no más allá.”
Pero nuestro verdadero limitador es nuestro rechazo a enfrentar nuestros defectos. Abrirte a tus debilidades te libera, porque ganas el poder de vencerlas, averiguar sus causas, y hacer algo al respecto.
No puedes curar una enfermedad que te niegas a diagnosticar”
- Chris McCormack