Posts etiquetados como ‘Entrenamiento’

Semana 44: Día 305: Una semana de gimnasio

Bueno, ayer me fue imposible actualizar el blog, así que hoy salen dos posts en el transcurso del día.

A continuación comparto dos fotos que me saqué, una el día en que empecé a ir al gimnasio, otra una semana después.

Foto del día 24-07-2013 a la(s) 11:16 Foto del día 31-07-2013 a la(s) 11:23

¿Ven la diferencia? ¿No? Yo tampoco.

Después de mirarlas detenidamente por 5 horas, noté que hay unas venas más marcadas en el pliegue del codo (¿se llama así?). No esperaba que haya un cambio, pero sí hay una verdadera diferencia, y tiene que ver con que ya me siento más cómodo con los ejercicios, ni tengo dolores en los días posteriores. Si me sacara la foto en el momento del entrenamiento, todo hinchado por las repeticiones y la sangre que infla los músculos, sería hacer trampa (porque el efecto no resiste más allá de cuando me ducho en el vestuario).

Vamos por más…

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 39: Día 267: Pensando en la maratón

Entonces, en 14 días estaré en Río de Janeiro. Playa, sol, zunga. Pero me tendré que recordar que fui para correr la maratón de Río de Janeiro.

Correr 42 km es algo que no se puede improvisar. Es producto de un entrenamiento largo y sostenido. ¿Hay gente que termina una maratón en el primer intento, sin haber corrido nunca antes? Suena más imposible que prender un fósforo abajo del agua, pero si hay criaturas de otro planeta que la terminan en 2 horas 15 minutos… ¿por qué no?

Hasta hoy el tema de Río me estaba empezando a preocupar. Estoy corriendo asiduamente, no debería hacerme problema, pero hace rato dejé esos fondos de 45 km… temía estar achanchándome, no manteniendo el nivel. Hoy, en el entrenamiento de los Puma Runners, nos tocó hacer un fondo. Mi consigna era darle entre 3 y 6 vueltas al Hipódromo, que como tiene 5 km estaríamos hablando de algo entre 15 y 30 km. Siempre intento ir por el máximo, y esa distancia es la ideal para prepararse para una maratón (uno nunca corre la distancia total de una carrera para la que uno entrena, siempre se busca llegar hasta el 70 u 80%).

Con bastante frío largamos. Yo me llevé a un amigo que hice en estos días, Hugo, para el entrenamiento. Él es francés, musulmán de ascendencia marroquí, estudia en los Estados Unidos y habla muy bien inglés y castellano. Y algo de chino. Ah, su novia es rusa. Lo que se dice, un chico globalizado. ¿Para qué vino a Argentina? Entre otras cosas para mejorar su español, así que él me puede hablar en el idioma que quiera, pero yo le tengo que responder en criollo. Le gusta el fútbol y busca hacerlo profesionalmente, repartiéndose su tiempo entre la preparación física y el estudio (cuando le preguntás qué estudia, dice “Business Management”, nunca en español). Además de enseñarle conceptos muy abstractos como “quilombo” o “guita”, lo llevé a conocer a los Puma Runners y por afinidad decidió correr a la par mía. Yo estaba con muchas pilas: como mencioné en el post anterior tuve muchas satisfacciones laborales que si bien me quitaron el sueño, me llenaron de mucha energía positiva. Así que ahí estaba yo, corriendo a destajo, y Hugo siguiéndome el paso. Creo que hicimos la primera vuelta de 5 kilómetros en 23 minutos, y como él estaba distraído cuando el entrenador dio la consigna del día, abrió los ojos como dos platos cuando le dije que yo iba a seguir 5 vueltas más.

Dejé a Hugo haciendo dominadas (pull ups) y flexiones de brazos (push ups), me desabrigué (fue un acto de fe, porque todavía hacía frío), y seguí dando mis vueltas. Sigo sin mi reloj, así que no podía medir mi velocidad, pero como tengo el Hipódromo bastante estudiado, sabía la distancia que iba a hacer. Hay una cuestión mental cuando decidimos dónde está nuestra meta. Si me hubiese decidido a hacer 15 km, los últimos 5 los hubiese padecido. Pero como el límite era 30, una vez entrado en calor fue cuestión de poner velocidad crucero y sufrir más adelante.

Como decía, tengo bastante aprendido el Hipódromo. La primera parte es fácil, porque paso junto a mis compañeros y mi entrenador, entonces es una buena referencia. Uno además intenta parecer que está más entero de lo real, levanta la cabeza, abre la zancada… finge un estado impecable, pero por alguna razón uno se la termina creyendo. Después viene la cuadra del hospital, que es el costado “corto” del Hipódromo. Se pasa fácil, esquivando algo de gente. La siguiente cuadra, la de Márquez, es la más dura. Es larga, siempre en sombra por los árboles (en invierno no está tan bueno), y aunque tiene la estación de micros para ir al baño en un caso de “emergencia”, es un poco desmoralizante. Aunque es en línea recta, no se ve el final (o yo no lo veo porque nunca admitiré mis problemas de vista), no tiene tramos de pasto o tierra para no exponer a las piernas tanto tiempo al asfalto, y no hay nada que entretenga la vista. Solo vereda y el alambrado que cerca el Hipódromo. Lo único que me motiva es ver el final, saber que voy a doblrar y abandonar esa cuadra larga y tediosa. La que sigue, Fleming, tiene árboles más bajos, lo que para mí la hace más agradable, además de que tiene algo de pasto. Siempre me mando por ahí. Tiene faroles… me resulta más atractiva. La contra es que hay una entrada y salida de autos a los que les importa poco que se les cruce gente corriendo. Por último llega el final, en Rocha, que no tiene ningún atractivo salvo saber que estás a punto de terminar la vuelta.

Es curioso porque en las carreras me llevo geles, pasas de uva… de todo para tener energía. Pero como no sabía qué íbamos a hacer hasta que llegué al entrenamiento, no fui tan preparado. Y me dio la impresión de que estaba bien de energía. Quizá lo motivacional me ayudó, pero por las dudas me llevé una banana que tenía en la mochila y le daba un pequeño mordisco cada kilómetro y medio. Así me aseguré de tener hidratos de carbono constantemente. No me cuesta digerir esta fruta (quizá a otros le cae pesada), así que anduve bien. La ola de frío polar cedió un poco, y más cerca del mediodía se estaba muy bien en musculosa y pantalón corto.

Incluso con paradas en el bebedero para hidratarme, en el baño de la estación de ómnibus y para comer algo de mi mochila, creo que hice un buen tiempo. Remarco el “creo” porque no tengo reloj. Debo haber estado en las dos horas y media para los 30 km, que terminé bien, con pilas como para seguir 12 km más. Así que siento que tengo la maratón en el bolsillo. No creo que haga marca, pero confirmé que con una banana pude bancarme el 70% de la distancia a correr. Me parecen buenas señales de que en Río la voy a pasar bien…

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 35: Día 239: Siguiendo un impulso

Hoy fue un día largo. Visité a mi amigo Javi en el hospital (tiene un apéndice menos), merendé con el resto de los chicos cuando las enfermeras nos echaron y al final cené con mi hermano Santi y su familia, que incluye una nueva sobrina.

Pero el día empezó entrenando en Acassuso, capeando el frío que yo sabía iba a aflojar. Al final hacía un sol hermoso, y metí unos dignos 21 km. Tengo a mi amigo Nicolás que mañana, domingo, va a correr las Fiestas Mayas. Y se me ocurrió acompañarlo en sus primeros 10k. Pero después del entrenamiento me empecé a preguntar “¿Por qué tengo que colarme?”. Gracias al teléfono que me permite navegar en internet, busqué el teléfono del Club de Corredores, confirmé que todavía quedaban cupos y me fui para allá, en un tren atestado de ruidosos hinchas de River.

Y así, decidido a último momento, terminé inscribiéndome, con remera y todo. No voy a tener que cometer el bochornoso acto de buscar en qué lugar meterme y también me va a permitir cruzar la meta.

Mañana, la crónica.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 32: Día 218: Volver a empezar

¿Cuántas veces escribí este post? No ESTE puntualmente, pero tengo esa sensación de déjà vu. Yo esto ya lo viví. No poder correr, la frustración de estar apto mentalmente pero no físicamente, y el día en que finalmente todo se acomoda y puedo volver.

La kinesióloga me dejaba correr el fin de semana, pero me resfrié, y con la Feria del Libro dándome otra paliza, no pude ni actualizar el blog el domingo. Igual no tenía mucho para contar. “Estuve todo el día acomodando libros y revistas, recomendando cómics, contestando dudas sobre Spider-Man y The Walking Dead. Ah, y descubrí que las Frutigran no son veganas”. Eso era todo.

Pero hoy, lunes, pude correr. Fue muy raro, la dejé a Vicky en su nuevo grupo de entrenamiento y me fui al mío. Nos separan 2 km de distancia, así que lo hice corriendo, en pantalón largo, campera y con la mochila. Me dio calor, pero fueron mis primeros pasos desde la Patagonia Run, hace 23 días. Al principio me sentí muy oxidado. Tenía miedo, porque en este tiempo no corrí nada, solo unos pasitos cruzando la calle. Mientras corría dándole la vuelta al hipódromo sentía miedo, porque no quería lastimarme o sentir dolor. Iba muy contenido, demasiado. Intentaba prestar atención a todo, a cada sensación en mi cuerpo, sin dejar de prestarle atención a cada palmo que iba pisando. Me fueron doliendo diferentes cosas, como las rodillas, el tobillo, pero no la lesión. El tibial sentía que me tiraba, como algo que perdió elasticidad.

Me mantuve así, corriendo con cautela, hasta que me empecé a soltar. Transpiraba, así que me abrí un poco la campera. Hice mi primer kilómetro en 5:30. Seguí y el segundo lo terminé en 5:06. Llegué a los Puma Runners, me saqué el pantalón largo, y recién cuando vi algunas risas me di cuenta que todavía tengo la pierna izquierda afeitada de la rodilla para abajo, y la otra peluda como siempre. Desentona (parece que en un atengo una media de nylon), pero prefiero esperar a que se vuelva a poblar de pelo que a afeitarme y dejarlas simétricas.

Entrené como siempre, sin dolor, sin molestia. Sigo sintiéndome un poquito oxidado, pero ya no tanto. Creo que estoy volviendo en serio. Los ejercicios de musculación me ostaron, y ahora me duele todo, pero mi entrenador calcula que en tres semanas vuelvo a mi 100%, así que hoy más que nunca no puedo aflojar. Sigo con mi meta de la Espartatlón, y quiero volver a mi estado para poder entrenar fondos largos. El tibial está respondiendo, y creo que me ayudó haberle hecho caso a la kinesióloga, así como haberme hecho plantillas nuevas. Quizá para el miércoles tenga zapatillas nuevas, y con eso tendría el combo anti-periostitis completo…

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 26: Día 178: El reposo

2013-03-24 10.47.10

Después del brutal entrenamiento al que me sometí ayer, recibí varias felicitaciones, como si en lugar de haber entrenado hubiese corrido una carrera. En el blog, por mail, mensaje de texto, whatsapp. Coincidió que varios me decían que me faltaba muy poco, que tenía la Ultra Buenos Aires en el bolsillo. Y yo, que soy un falso modesto, no podía dejar de pensar “¿No se dan cuenta que todavía me faltan 30 km para llegar a los 100… y que eso ni siquiera va a ser la mitad de la Espartatlón?”.

No sé qué clase de mecanismo de defensa es el que se activa para rechazar elogios y tirarse abajo. No tiene que ver con la falta de confianza. Quizá sea una forma de intentar ser realista y no creérsela. Estoy leyendo el MARAVILLOSO libro de Scott Jurek, “Eat & Run”, en el que cuenta su vida, y por fin me cruzo con un ultramaratonista súper campeón que, además, es un ejemplo de humildad. Esa experiencia es muy gratificante y enriquecedora. Podría ser que me haya enganchado porque ama correr y es vegano, pero lo que me compró fue que abre su autobiografía con una pésima experiencia de carrera, en la que todo el mundo estaba convencido de que iba a ganarle a todos y romper el récord, y él no podía más y quería abandonar a toda costa.

En estos días donde me estoy recuperando de correr un fondo bestial, aprovecho para reflexionar. Me han dicho, con mucho acierto, que lo que me falta es un trayecto netamente mental. Casi como si hubiese quedado demostrado que al cuerpo se lo puede exigir. Ya está entrenado y se va regenerando. Pero necesito estar tranquilo, focalizado en el objetivo, porque lo que queda es puro huevo. Mientras que en la maratón el muro es cruzar los 30 km y llegar a la meta en el 42, pasar los 70 y alcanzar los 100 es un ejercicio mental más complicado que hacer logaritmos en base 2. Es una mezcla entre relajarse y seguir esforzando el físico al límite.

No sé si voy a llegar a los 100. Tampoco sé si considerar este fondo de 70 km como un triunfo. Nunca me planteé seriamente correr esa distancia, y cuando la hice me sentí mejor de lo que me esperaba. Me di cuenta de todo lo que hice mal el año pasado, cuando abandoné vomitando en el km 77. Ya había caminado la mitad del trayecto, con una bronca y una frustración muy grande (pero con una contención de familia y amigos como no tuve en toda mi vida). Ayer, cuando me faltaban 1000 metros para terminar el entrenamiento, me dejé llevar, abrí la zancada y empecé a correr a toda velocidad (al menos, a la que podía en ese momento). Por eso podría suponer que si repito las circunstancias de ayer en la Ultra Buenos Aires, voy a tener un restito para tirarme a los 30 km que me van a quedar.

En fin, esta debe ser la etapa más dura de un entreno, en el que la intensidad baja y lo que predomina es descansar. La cabeza no solo es la gran responsable de que el cuerpo llegue a su límite (y lo pase), sino que es la parte del cuerpo que de alguna forma se niega a detenerse. Puedo hacer reposo con el cuerpo, pero ¿cómo hago que mi cabeza baje dos cambios? Se escuchan sugerencias.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 24: Día 161: A una semana de Tandil

tandil_2009

Se vienen fechas interesantes. Por un lado, en una semana vamos a estar nuevamente en Tandil. Y el 16 vamos a cumplir dos años con Vicky. Tenemos cosas planeadas para esa fecha, ojalá que los fotógrafos estén atentos.

Como ya mencioné muchas veces, Tandil es una tradición en los Puma Runners. Fue mi segunda carrera, en marzo de 2009, en la que corrí las dos últimas postas junto a mi prima Vero. Me encantó, y al año siguiente la quise hacer completa y el esfuerzo me dejó una semana en cama, dolorido y con fiebre. ¡Pero quién me quitó lo bailado!

Sin ánimos de mandarme la parte, Tandil (o “La ex-Merrell”, como le decimos) no me resulta un desafío. Es una competencia muy linda, con un paisaje muy lindo, y una carrera que no debe ser subestimada por nadie (ni siquiera por mí, como estoy haciendo ahora). No sé, me interesa más meterme en competencias nuevas, o reintentar aquellas en las que no pude llegar a la meta (como la Ultra Buenos Aires, o La Misión). Acá se juegan otras cosas. Tandil se convirtió, para mí, en una tradición. Es otra categoría. Hay que ir, compartirla con amigos y disfrutarla. Es lo bastante cerca como para que el traslado no sea un trauma, pero lo suficientemente lejos como para no sentirte en la ciudad, haciendo cuestas en el asfalto.

Este año voy a correr en equipo con Vicky, y aunque ella me va a putear porque le digo que se apure, sé que la vamos a pasar muy bien. Cumplimos  2 años de novios, después de todo, y pareciera que hoy nos queremos más y nos llevamos mejor que en esas primeras e idílicas semanas de cualquier pareja.

Lo único que lamento es que la complejidad de esta carrera (que la tiene) hizo que los fondos largos que venía haciendo quedaran de lado para entrenar cuestas y potencia de piernas. Hubiese preferido seguir creciendo y superar la barrera de los 50 km. Pero en las últimas semanas el entrenador lo prefirió así. Tengo que confesar, además, que con mi socio de vacaciones, estuve trabajando tanto que tampoco me hubiese dado tiempo de correr 4 horas seguidas, un día de semana. Podría decirse que tuve suerte. Dios no cierra una puerta sin abrir una ventana, me parece que dicen, y aunque hubiese preferido los fondos, me vi en la obligación de entrenar lo que me dijeron que entrene. Ni más, ni menos. Sin sobreentrenarme, sin correr fatigado por largas jornadas frente a la computadora. Tuve el tiempo suficiente para solo hacer lo que debía.

Después de Tandil me van a quedar 3 semanas, exactas, hasta la Ultra Buenos Aires. No pienso matarme el próximo finde, sino divertirme, ir tranquilo, y guardarme para los 100 km del 7 de abril. No falta nada…

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 22: Día 152: 321,88 km en un mes

Durante el mes de febrero, que al no ser un año bisiesto cuenta con tan solo 28 días, corrí 321,88 km en entrenamientos. Este mes no hubo carreras, solo fondos largos.

Pero, siempre hay un pero, en la última semana mi ritmo bajó bastante. Podría asumir que fue un parate obligado después de matarme en aquel fondo de 50 km, sin embargo quedé bastante bien después de correr esas 4 horas y 39 minutos. Esta vez fue la rutina la que se impuso. Alguno notará que el blog no se actualizó en los últimos dos días, y eso tiene que ver con que estuve trabajando a destajo (sea lo que sea que signifique esa palabra), levantándome antes de que salga el sol y durmiéndome sobre el teclado durante la medianoche.

La vida del diseñador gráfico es ingrata. Muy ingrata. Son largas sesiones de clicks con el mouse, saltando de programa en programa, con el monitor secando los ojos y la silla endureciéndose más y más. Desde que perdí relleno en el traste, siento que se me clava el coxis contra la piel, y aunque me pongo almohadones, siempre termino incomodísimo. Sumémosle mi espalda arqueada, y quizá empiece a dimensionarse el placer que es sacarse de encima esta pasividad y salir a correr.

En mi lista de prioridades estuve poniendo entrenar. Ahí, arriba de la lista. Por encima de todo. Pero tuve que hacer una consesión, con mi socio de vacaciones dos semanas, y aceptar trabajos a sabiendas de que no iba a poder cumplir. Justo hoy, hablando con mi psicóloga, caí en que no puedo decir que no. Pero a nadie. Esto me define, porque me termino metiendo en camisa de once varas, con amigos, pareja, clientes… Ni siquiera le puedo decir que no al perro cuando me pide de comer o salir a hacer pis…

Vengo conforme con mi desempeño. Me faltan 5 semanas para la Ultra Buenos Aires, y todavía estoy lejos de llegar a los 100 km. Pero me siento cada vez más cerca…

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 21: Día 141: En el fondo del camión

“En el fondo del camión, los melones se acomodan solos”. Es un dicho que escuché una vez y se me quedó grabado. Claro que en realidad no se trata de un dicho, sino que es la sombra de uno. Quizá la verdadera frase decía que el camión estaba en marcha. Por ahí no lo aclaraba. Es difícil saberlo ahora, pero lo cierto es que la explicación es sencilla: estando en movimiento (y no quieto), las cosas se resuelven solas.

Con esta máxima me regí, y poniendo a mi cuerpo en marcha, eventualmente todo llegó. No es convertirse en una persona pasiva, sino todo lo contrario: hacer y después saber esperar.

Hoy entrené por primera vez, después de haber corrido el fondo de 40 km. Me sentí muy bien, aunque el calor convirtió a todo en una experiencia agobiante. Me sentí bien y muy seguro de mi estado físico. Pero (siempre hay un pero) aunque mi rutina haya mejorado y cambiado así, volví a dejar que la pasividad tome posesión y me encuentro, nuevamente, actualizando el blog a altas horas de la noche. Muchas veces me he quedado dormido mientras tipeaba, y al despertar aparecían misteriosos mensajes sin sentido. En otras ocasiones queda una letra presionada en el teclado, mientras mi cabeza cuelga a un costado. Cuando abro los ojos, en medio de la tortícolis, veo cómo un párrafo termina con un “eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee” repetido hasta el infinito.

Entonces, ¿es cierto que las cosas se acomodan solas? Sí. Y no. O sea, a veces sí, pero en absolutamente todos los casos hace falta nuestra intervención. Nada surge espontáneamente, ni nuestros sorpresivos fracasos como tampoco nuestros más anticipados triunfos.

En medio de este contexto en donde cualquiera diría “claro, el problema de este tipo es que hace mil cosas; entrena, escribe, trabaja”, empecé un curso online de narrativa. Semana 52 me ha dado una práctica constante en el arte de escribir, y ya va siendo hora que pula el estilo. No sé cómo va a ser este seminario (de 12 meses), pero de momento estamos haciendo un cuento por semana (que no necesariamente tiene que ver con correr). Así que empecé un blog “hermano” de este, llamado 52 cuentos, en donde iré subiendo el material una vez que esté aprobado por la profesora del curso.

Tanto entrenar el cuerpo como la mente, requiere de un cierto compromiso. Hay que tener energía, ganas y tiempo. Lo demás vendrá solo… gracias a que en el fondo del camión, los melones se acomodan solos.

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 9: Día 60: Musculación… pero al aire libre

Todo no se puede. Es una verdad universal. Dura, pero muy cierta. Quiero correr 100 km en 10 horas y media pero también quiero hacer una ultra-trail de cuatro días en la montaña. A veces hay que saber encontrar los momentos, esperar y ver cómo acomodarse.

En el primer año de Semana 52 era un soltero empedernido, así que no tenía demasiado problema en levantarme a las 6 de la mañana, desayunar y salir para el gimnasio a esperar a que abriesen a las 7. Entraba en calor, hacía mi rutina, y a las 8 me iba a duchar. Antes de las 9 estaba en casa, listo para empezar mi jornada laboral, y nada de esos ejercicios de musculación estorbaban con mi entrenamiento de running, que era por la tarde. Ejercitaba cinco veces a la semana.

Y entonces me enamoré. No de una rutina, o de un ejercicio, sino de una mujer, Vicky, alguien a quien conocía desde la secundaria pero a quien aprendí a conocer (de verdad) en una carrera. Fue un flechazo para ambos, y al principio ella respetaba mis tiempos y mis raras rutinas de musculación, pero llegó un punto en que no quería separarme de ella ni resignar las pocas horas que pasábamos juntos. Sin que nadie diga nada (porque no faltará quien crea que esta decisión me fue impuesta), fui dejando de madrugar para ir al gimnasio cuando Vicky ya se había ido al trabajo… lo cual era una complicación, porque entraba al gimnasio a las 9, y más de una vez mis clientes ya estaban bien despiertos y empezaban a hacer sonar mi celular en medio de la rutina de pecho con banco inclinado.

Así los 5 días de entrenamiento semanal se vieron condicionados por compromisos laborales. Después empezó mi sueño espartatloniano, y para llegar a 246 km tenía que correr mucho… mucho. Así que Germán, mi entrenador en los Puma Runners, me agregó varios kilómetros semanales. Entonces ir al gimnasio se volvió una tarea imposible. Pagaba por tres meses y con suerte iba 10 veces en un mes. No me desesperé, porque, como dije al principio, “todo no se puede”. Me pareció que lo importante era dedicarme a correr y aumentar mi resistencia. Lo otro… podía esperar.

Con el pasar de los meses perdí musculatura y fuerza (de hacer 7 dominadas bajé a 4), pero comprobé eso de que el cuerpo tiene memoria, y que si uno vuelve a entrenar (y lo hace con MODERACIÓN), la adaptación es mucho más rápida que cuando empezamos con las pesas por primera vez. Todavía conservo algo de músculo, y sin dudas los ejercicios me cuestan menos que al principio. Pero… seguía sin encontrar el momento para hacer musculación.

Hasta que Germán decidió hacerle una mejora a nuestro entrenamiento aeróbico. Nos citó al grupo 30 minutos antes del horario habitual y nos presentó una serie de elementos para hacer musculación al aire libre. Pesas de todo tipo, muchas de las cuales con formas desconocidas para mí, una semiesfera inflable (que debe tener un nombre más interesante que la descripción que estoy haciendo), implementos para mejorar la coordinación… montones de implementos para hacer hombros, bíceps, tríceps, cuádriceps, sentadillas… Nos pusimos a ejercitar como niños con juguetes nuevos, y obviamente ahora escribo estas líneas con dolor en los brazos, pectorales y dorsales. Estoy en el período de adaptación, intentando que mi cuerpo recupere la memoria.

Supongo que fue una de esas situaciones que se ajustan al dicho de que “en el fondo del camión los melones se acomodan solos”. No encontraba un momento para ir al gimnasio, y solo logré acomodar los horarios del entrenamiento con los Puma Runners, un espacio que mis amigos, clientes y familia respetan, y uno de los pocos lugares que comparto con Vicky. Ahora ambos podemos seguir jugando con las pesas, dedicándole media hora, tres veces por semana. Ahora ejercitamos al aire libre, una sensación bastante placentera, y entre amigos, lo cual no es poco…

  • Sin Comentarios
  • Sin votos

Semana 46: Día 307: Si llueve, ¿se entrena?

La radio lo había pronosticado: el sábado iba a llover. Y mucho. Obviamente, después de una semana de poco o nada entrenamiento, nos la jugamos y fuimos. No hacía frío, así que ¿cómo desaprovechar una mañana de invierno donde se podía salir a la calle sin congelarse?

Llegamos a Acassuso, listos para correr. Ya empezaban a caer las primeras gotas. Pero el clima seguía siendo agradable. El entrenador miró al cielo. “Es una nube pasajera”, mintió. Arrancamos bajo un cielo plomizo, solo con pantalón corto y una remera de manga larga como máximo abrigo. Las gotas caían, intermitentes, mientras avanzábamos.

Llegamos hasta Uruguay (la calle, no el país) y nos mandamos a hacer algunas cuestas. Los gotones eran cada vez más grandes, y por alguna razón se sentían fríos cuando te tocaban, a pesar de que el clima seguía siendo agradable. El entrenador, que seguía jurando que la lluvia era una nube pasajera, nos recomendó volver antes de lo esperado. Éramos muchos, estábamos lejos de la base (que, de todos modos, no era techada), y no quería que un chaparrón nos sorprenda sin estar abrigados.

Las gotas se empezaron a hacer más intensas. Marcelo, fiel compañero de entrenamiento, me pidió de tomar agua antes de salir. “¿Para qué?”, le pregunté. “Vamos corriendo así”, le dije, mientras trotaba miroandoal cielo y abriendo la boca (de todos modos, no recomiendo este sistema para hidratarse). Mientras buscaba mi botella dentro del auto del entrenador (en el que definitivamente no podía llevarnos a todos para volver a la base), las gotas intermitentes se transformaron en un chubasco que creía en intensidad.

El agua golpeaba en mi espalda mientras, con medio cuerpo dentro del vehículo, buscaba mi arma secreta. La había comprado para Yaboty, en diciembre, y desde entonces nunca la pude usar. Y ahí estaba, mi pilotín amarillo patito, esa prenda absolutamente ridícula, pero que bajo un chaparrón se iba a convertir en la envidia de todos. Ese pedazo de plástico liviano retenía mi calor corporal, y me protegía de mojarme la cabeza y el pecho. Pero me daba la suficiente comodidad para bracear y correr sin detenerme.

Los chaparrones era fuertes, constantes, casi una cortina de agua. Costaba ver, pero… ¡qué bien se sentía! Cuando el frío no es un factor, correr bajo la lluvia es uno de los placeres más intensos de la vida. Es la conquista máxima de la fiaca, y me hace sentir como un chico. Corrimos chapoteando, esquivando charcos y barro, e intentando no bajar a la calle. Confiábamos en que no íbamos a patinarnos, pero lo mejor es desconfiar de los automóviles, las patinadas, y los potenciales accidentes.

Muchos integrantes nuevos del grupo preguntaban si se entrenaba con lluvia. ¡Por supuesto! ¿De qué otra forma podrías practicar si una situación similar te sorprende el día de la carrera? Siempre hay que estar preparado, y si uno no pone la salud en riesgo, no hay que dejar de correr. Estoy convencido de que los que pasaban por la calle, sequitos en sus autos, nos estaban teniendo un poquito de envidia…

  • Comentarios
  • Sin votos