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Semana 47: Día 326: Yaboty en imágenes

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Por suerte la organización de Salvaje solo subió una pequeña selección de fotos de lo que fue Yaboty. Y digo “suerte” porque puedo subir las mías antes.

No son la gran cosa, realmente no se puede correr y ser fotógrafo a la vez. Mi foto favorita, por supuesto, es la de mis heridas de guerra. No me animé a ponerme en cueros para mostrar todos los raspones que tengo en las piernas y en la otra mano. Se completaría la escena si subiese una imagen mía caminando como un Playmobil en el día de hoy, pero no quiero pasarme de víctima. Sinceramente solo siento un poco agotados los cuádriceps. La ampolla de la planta del pie izquierdo desapareció, así como el entumecimiento de los gemelos. Los cortes en las palmas ya no me impiden aplaudir, como en la entrega de premios.

Me parece increíble haber estado al rayo del sol, en esa agonía de kilómetros y kilómetros, racionando el empalagoso Powerade porque no sabía cuánto faltaba para el próximo puesto de hidratación, transpirado, cansado y mojado, y ahora estoy sentado en mi silla, escuchando los truenos de fondo, con la panza llena después de haberme comido dos milanesas de soja con acelga y una ración de ensalada primavera con choclo. Aquella epopeya de Yaboty empieza a parecer lejana, pero estas fotos movidas y borrosas me transportan de nuevo a la aventura, que empezó a las 3 de la mañana, esperando para tomar el micro que nos iba a llevar a la largada, y culminó a las 14:45, cuando crucé la meta. Aunque, claro, hay quienes dirían que esta experiencia comenzó mucho antes, y que se queda tan grabada en la memoria que nunca va a terminar…

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Semana 47: Día 325: Los 90 km de la ultra trail de Yaboty

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Como todas las reseñas, estas palabras nunca le harán justicia a la agotadora gesta que fue ir a correr a Yaboty, en la provincia de Misiones. Voy a intentar, sin éxito, transmitir cómo sucedieron las cosas. A todo agréguenle más ansiedad, más sufrimiento, y más emoción.

Mi principal miedo (viajar solo, sin conocer a nadie) se desvaneció apenas llegué a tomar el micro. Ahí estaban todos los corredores que iban a probar distintas distancias: algunos los 10 km, otros 21, unos tantos 42 y los dementes de 90. En seguida empezamos a hablar con Rodrigo, que esperaba al resto de su grupo de running. Eran trece, de Actitud Deportiva, e inmediatemente pegamos onda y me hicieron parte de su séquito. Me divertí mucho, y en las 16 horas arriba de ese micro (donde, por supuesto, no había ningún servicio vegano) la pasé muy bien y me sentí entre pares. Tengo que agradecer ENORMEMENTE la sugerencia de llevarme latas para asegurarme mi alimento, porque se convirtieron en mi salvación tanto en el trayecto de ida y vuelta como en el albergue donde dormimos.

Cuando pasamos los límites de la provincia de Buenos Aires, el viernes a la noche, dejé de tener 3G. En El Soberbio, donde llegamos el sábado al mediodía, no tenía modo de entrar a internet, y el albergue donde estábamos no tenía wifi. Yo creía que era algo general, pero resultó que era al único que le pasaba. Mis intentos de buscar un cyber fueron en vano. Era un pueblo chico, así que había pocas opciones. Tal o cual negocio, que cerraban al mediodía, y olvidate de que estuviésen abiertos el domingo de la carrera. Así que, como temía, habría silencio de blog durante dos días enteros.

En El Soberbio también conocí a lectores del blog. Jorge y Rodrigo, ambos buscando los 90 km, Germán (de casualidad, en un supermercado) y después de la llegada a Betina (que me encontró en un estado calamitoso, pero me alegró mucho su salido). Que se acercaran a hablarme fueron esos gestos que me hicieron sentir entre amigos. Y pensar que me daba pánico encarar este viaje en solitario…

El sábado hicimos la acreditación y le dediqué el resto de la tarde a armar mi ropa, mochila y todo lo que creía que iba a necesitar para la carrera. Conté muchísimas veces mis experiencias en Yaboty 2011, y cada vez que me preguntaban un estimado de tiempos decía lo mismo que publiqué en este blog: 12 horas como ideal, 14 por las dudas. El sueño del micro no había sido muy reparador, así que me fui a dormir temprano, a las 8 de la noche. Mientras todos estaban en la charla técnica, yo me entregué a los brazos de Morfeo y le di derecho hasta las 2 de la mañana. Me vestí, me hice un desayuno de campeones (arroz inflado, frutas escurridas y Ades natural) y con Jorge nos fuimos caminando a donde salían los micros. Era exactamente en el punto de la llegada, así que en el frío de la noche, con una densa neblina (gotitas de agua suspendidas en el aire) nos fuimos hasta unos pocos kilómetros de la entrada a la biósfera de Yaboty, desde donde largamos pasadas las 5 de la mañana. En un rapto de inteligencia de mi parte (tengo que admitirlo) dejé mi abrigo con los gendarmes, y me animé a arrancar en remera. Sabía que el clima iba a ser caluroso cuando el sol estuviese en alto, y suponía (acertadamente) que iba a entrar rápido en calor.

Nos pusimos bien adelante en el arco de largada, y salimos la par de Jorge, mientras intentaba dilucidar cómo se usaba el Suunto. Fue el primer fracaso de la carrera, ya que no pude hacer que navegue y funcione la modalidad de ejercicio al mismo tiempo. Teniendo que usar una u otra, preferí el GPS que me marcaba distancia recorrida, velicada actual y altimetría. Segundo error de la carrera: seleccioné la modalidad “Carrera de montaña”, que yo creía que ahorraba batería (hasta 50 horas), pero resultó que el rendimiento es igual que el de “Correr” (hasta 15 horas). Era un poquito de presión para llegar dentro de ese horario (si se me agotaba antes, me moría).

Jorge es un corredor veloz, y yo estaba tan cebado que en los primeros kilómetros, sobre la ruta, empezamos a pasar gente. Todavía estaban esas gotitas suspendidas en el aire, y esa noche oscura, iluminada por nuestras linternas y el auto que filmaba a los punteros, le daba a todo un aire muy onírico. En ese momento amé estar ahí (y nunca sentí frío). Cuando empezó la subida me quedé solo y me fui acercando a la punta. De pronto me quedé solo, con solo una lucecita adelante.

Un poco antes de llegar al cuarto kilómetro nos dieron la indicación de entrar al sendero que se adentraba en la selva. El puntero le dejó su abrigo a un fotógrafo, y lo alcancé. Me pareció que se lamentaba por pisar barro y le dije “¡Para eso vinimos!”. Pasé al frente, y durante uno o dos minutos… ¡fui el primero! Qué sensación rara. Mis expectativas previas eran llegar en 12 horas, y se suponía que el ganador iba a estar cerrando los 90 km en 8 horas. Pero ahí estaba yo, en la cabecera… se me cruzaron un montón de fantasías. ¿Y si lo mantenía? Pero eran solo eso, fantasías. El otro corredor me alcanzó y me preguntó mi nombre. Mientras empezaba a amanecer nos presentamos, él era Daniel, cordobés pero vivía en Buenos Aires, entranaba al grupo Fila. Nos fuimos dando aliento y charlando. Fue un momento muy agradable. Cruzamos el primer puesto de hidratación, y bromeaban que éramos los últimos. Cuando salimos nos gritaron “¡Vamos que son primero y segundo!”. Le contesté “¡No me presionen!”. Estuvimos a la par con daniel durante 20 kilómetros, muy cómodos, a unos 5:35 minutos el kilómetro de promedio. Mientras hablábamos de experiencias previas, me contó que había corrido este año en El Palmar, que no había visto las marcas y que se había desviado 1,5 km… a pesar de eso, volvió al circuito y ganó la ultra de 60 km. “¡Ah, eras vos!”, le dije… claro que había escuchado esa leyenda… Cabe aclarar que Daniel terminó ganando esa misma carrera que estábamos compartiendo, en el bestial tiempo de 7 horas y moneditas… pero me estoy adelantando demasiado.

Me di cuenta de que el ritmo que llevábamos era demasiado para mí a la tercera vez que me torcí el tobillo. El terreno era muy irregular, en partes estaba mojado o con mucho barro, y mientras estaba oscuro iba con más seguridad, subiendo las cuestas al trote… pero al ver lo que me rodeaba iba como más contenido, con miedo a caerme. No sé si me tropezaba por estar tensionado o por relajarme, pero le dije a Daniel “Profe, te veo en la meta”, y bajé el ritmo. “Yo voy tranquilo”, me contestó, pero su tranquilo era “súper rápido” para mí.

Esto era aproximadamente en el kilómetro 24. En el siguiente puesto me dijeron “ahí viene el segundo”, y de nuevo se me revolvía la panza. ¿Y si hacía podio? ¿Podría llegar a sentirlo alguna vez? Esas fantasías las tenemos todos, solo que no las decimos (ni las dejamos por escrito). Nunca me sentí capacitado para lograrlo, ni tampoco llegaba a Yaboty en mi mejor estado. Pero estaba emocionado, corriendo en soledad, y ocupaba la cabeza pensando en eso. Estuve en esa posición hasta el kilómetro 40, mirando siempre el reloj para asegurarme de que mi ritmo promedio estaba por debajos de los 6 minutos el kilómetro. Era rápido para una ultra maratón… quizá demasiado.

Estaba corriendo por la ruta y vi que detrás mío se acercaba alguien. Intenté apurar el paso para resguardar mi posición, pero era inútil. O sea, yo era un inútil, porque me metí en un cañaveral y me tropecé. Fui derecho al piso y me corté las palmas de las manos y las piernas con montones de espinas. Me levanté, intenté correr dos pasos y me volví a caer. Al costado había un precipicio, y el suelo era como una cama elástica de raíces, hojas y ramas. Al tercer tropezón me di cuenta que tenía que aflojar. Empecé a bajar con cautela, caminando, y un chico flaquito y alto me pasó como tiro. Lo vi perderse entre los árboles y no lo volví a ver hasta que esa noche se subió al podio a recibir el reconocimiento por su segundo puesto. “Bueno”, pensé, “puedo aspirar a un tercer puesto. Tampoco está mal”. Improvisé un bastón con una rama y fui bajando como podía.

A los pocos minutos vi a otro corredor acercándose por detrás. Las ultramaratones dan duros golpes al orgullo. En definitiva, bajan de a poco tus expectativas. Me di cuenta que lo del podio eran solo fantasías. “Si estoy entre los primeros 15 me conformo”, pensé. Agradecí que mis expectativas más bajas no sean llegar con vida o sin vomitar. Pero eso hacen estas pruebas tan duras, forzarte al límite hasta que solo queda lo que sos y lo que realmente podés dar.

En una subida interminable, entre tierra, piedras y ramas, me pasaron dos corredores más. A cada uno le di aliento y le indicaba en qué posición estaban. A partir de ahí, la mitad de la carrera, yo estaba destruido. Las subidas eran interminables. Mi estrategia de 2011, de tomar y comer en los ascensos y correr las bajadas, eran inaplicables, porque llegaba a la cima tan agitado que solo me restaba bajar caminando para recuperarme. El paisaje era impresionante, muy motivador, e intenté alimentarme y tomar todo el tiempo. Pero me faltaba energía o entrenamiento (o ambas cosas).

“Ahí viene el quinto”, me dijeron en un puesto. Yo les esquivaba al agua (que tenía bajo contenido de sodio) y me agerraba al Powerade como si fuese oro líquido. Ni me preocupé por las cosas que daban de comer, porque tenía una inagotable fuente de pretzels, frutas secas y geles (que tomaba cada 15 km). Cuando realmente abandoné mis aspiraciones por el podio, en cada puesto me relajaba y charlaba dos minutos con los gendarmes y los voluntarios. Eran todos muy amables, y me festejaban mis chistes (”Al que venga atrás mío, desvialo para aquel lado”). En el puesto 6 vi llegar a dos corredores y les dije “Si se apuran van a ser el quinto y el sexto de la general”. Estaba muy cansado, pero contento de estar ahí. Caminaba las subidas e intentaba trotar las bajadas. No tenía fuerza y en momentos eso me frustraba. Apliqué el 2×1 (dos minutos de trote, uno de caminata), y con eso ayudaba a distraer la cabeza y a avanzar más rápido que correr hasta el agotamiento.

Como dije al principio, hay escenas que mi descripción torpe no le va a hacer justicia. Corrí entre chacras, con cerditos que me entraban en una mano, perros, vacas, carretas… los chicos salían a saludarnos, a veces entonaban cánticos de aliento, y una nena me regaló una flor. El sol pegaba fuerte, y de vez en cuando sacaba una foto para inmortalizar ese recuerdo. Estaba perdido en ese embelezamiento del entorno cuando me di cuenta que no veía las marcas. ¡No sabía dónde seguía el camino! Me guié por mi instinto (que siempre me falla) y salí a la ruta. Casualmente era la misma por donde corrimos en 2011, con una pequeñita cascada donde cargamos agua en aquel entonces. Crucé un puente y unas señoras me sacaron una foto… para después decirme “Me parece que no es por acá”. Me señalaron hacia abajo, donde había un puente peatonal mucho más chico. ¿Cómo llegar hasta ahí? “Cruzá por acá”, me dijeron, pero me di cuenta que iba a cortar camino. Agradecí y volví sobre mis pasos, mascullando bronca por la distancia que iba a hacer de más. Entre los arbustos vi una marca, y me pareció que no tenía sentido buscar el punto exacto donde me había desviado. Quizá podía compensar cruzando por encima de ese alambrado, intentando no alterar a esa vaca… llegué hasta el puentecito, me dijeron “vamos que sos el quinto (en realidad era el séptimo) y seguí. Una pareja me preguntó si venía alguno cerca mío, y le respondí “Ojalá que no”.

Alternaba caminatas con trotes, y empecé a pasar a los últimos corredores de la categoría de 42 km. Los alentaba y les adelantaba cuánto faltaba para el próximo puesto de control, para que no se desanimasen. Pero aunque me hacía el entero cuando estaba en presencia de alguien, estaba muy agotado. En ese momento pensé en Vicky. Porque esa carrera (aunque con un recorrido muy diferente) la habíamos hecho en 2011, y en el día de ayer se suponía que íbamos a estar corriéndola juntos. Pero en el trayecto nos separamos, y en ese instante pensaba en todas las veces que la presioné para seguir y que ella decía que no podía más. Pedía caminar y yo la dejaba unos segundos, para después forzarla a trotar. Y subestimé cada vez que me pedía caminar. Como dije unos párrafos arriba, las ultramaratones bajan tus expectativas, pero también te vuelven más humilde. Yo me sentía en la misma posición que Vicky, porque me decía a mí mismo las mismas palabras que le decía a ella… y no era suficiente. No podía, no tenía fuerzas. Nada parecía funcionar.

Crucé arroyos, barro, tierra colorada, piedras… me tropecé con raíces, ramas… escalé al punto de que sentía el corazón salirse de mi pecho, y bajé a veces con muchísimo cuidado de no caerme, otras a la buena de Dios… fue una prueba durísima, que no anticipé para nada. Jorge, en los comentarios de una de las entradas del blog, me preguntó si era necesarios llevar bastones a Yaboty. Le juré que no, y mientras corría me acordaba de ese consejo. ¡Qué bien me hubiesen venido!

En el anteúltimo puesto me pasaron dos corredores, lo que me ubicaba en el noveno lugar de la general. Estar entre los primeros diez también me parecía una buena ubicación. Ellos estaban tan agotados como yo, así que intenté alcanzarlos y nos fuimos pasando, pero no pude mantener el ritmo y los dejé ir. Uno de los corredores de 42k me señaló al atleta que tenía adelante y me dijo “Dale que no puede más… ¡comételo crudo!”. Y entonces agregó algo que llamó la atención. “¡Vamos que ya metiste 80 km!”. Miré mi reloj y me indicaba 70. Pensé en qué equivocado que estaba, y seguí mi camino.

Llegué al último puesto de control, donde me llamaron por mi nombre. Era Fabiana, que en 2011 había salido tercera entre las mujeres, por detrás de Vicky (encima que soportó mis presiones, hizo podio). Nos sacamos una foto, tuve que contarle que me había separado hacía poco (fue un momento muy incómodo para ella), y por supuesto que me quedé esos dos minutos relajándome y charlando con los voluntarios. Mi reloj indicaba 74 km, así que le calculaba que la meta estaba a unos 13 más. Estaba cansado, pero iba por todo. Fabiana dijo algo que en principio recibí como una buena noticia, y que después me heló la sangre. “¡Dale que te faltan nada más que 5 km!”. Le pregunté si estaba segura, y me lo recontra juró. ¡Eran muy buenas noticias! Le dije, sin pensar “¡Mi reloj anda mal o corté camino sin darme cuenta!”.

Como en una mala película de Hollywood, que intentan explicarle todo al espectador, escuchaba el eco de mi última frase… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… Mi reloj decía que llevaba corriendo más de 8 horas y media… si esperaban que el ganador llegase en 8 horas… ¿cómo podía ser que yo estuviese haciendo ese tiempo? Volví sobre mis pasos, y me acordé de cuando confundí el camino y volví sobre mis pasos para cruzar el puentecito peatonal… ¿podía ser que ahí me hubiese comido un tramo sin darme cuenta? Decidí seguir avanzando y preocuparme por eso después. Seguramente era un problema técnico, y no era la hora que mi reloj indicaba. Seguro se me había parado…

LLegué a la ruta y caminé un buen trecho. Quería correr, mentalmente me forzaba a hacerlo, pero me sentía como si me hubiese pasado ochenta y cinco trenes por encima. ¡No podía terminar esa ultramaratón caminando! Ese camino se me hizo familiar, porque era el mismo que tuvimos que hacer para terminar Yaboty 2011. Empecé a trotar despacito, sin mucha expectativa. Vi el cartel que indicaba “El Soberbio 1 km”. Me prometó mantener ese ritmo. Empezó a aparecer una zona urbana. De a poco con fábricas, vehículos, locales, casas… la gente estaba sentada con su silla en la vereda, mirándonos pasar. Los corredores de 21 y 42k que caminaban agotados me tenían que soportar pasarlos y alentarlos. “¡Dale que no falta nada!”. Pero la meta no aparecía… ¡se hacía eterna! No me di cuenta, pero empecé a acelerar. Vi locales y supermercados que se me hacían familiares… un gendarme me indicó para doblar y a 200 metros vi el arco de llegada. La gente aplaudía y me alentaba. Yo sonreía muy feliz, y pegué un pique espectacular. ¿De dónde diablos salía toda esa energía? Si yo antes no podía trotar más de dos minutos seguidos… y hablo de un paso suave. Acá estaba quemando llantas, abriendo la zancada y levantando las rodillas. Llegué a la meta, grité “¡ESPARTAAAA!”, que se convirtió en mi grito favorito de llegada, y cerré la carrera de una buena vez.

Pero… el cronómetro de la organización marcaba 9:30 horas. ¿Por qué era un pero? Porque la única explicación que tenía era que mi reloj andaba mal. Porque la distancia final que me indicaba eran 79 km, no 90. Si eran las 14:45 eso quería decir que el Suunto andaba bien y que yo había cortado camino. Me tiré a descansar en el puesto de agua, donde pegué muy buena onda con los muchachos. Me relajé, compartí anécdotas de esa misma carrera. Me sentí muy bien, pero a la vez estaba preocupado. Fui al albergue pensando en que tenía que devolver la medalla… no me la merecía. Había cortado camino, aunque sin querer, pero debía unos 6 u 8 km. ¿Qué podía hacer? ¿Qué hubiese hecho en el último puesto, volver sobre mis pasos 3 km? Me sentía un poco avergonzado, y todos me felicitaban cuando les contaba que había tardado 9 horas y media. ¡Les parecía un tiempazo! A mí me sonaba a poco… considerando que mi carrera estaba inconclusa.

Así estuve un buen rato, incluso después de bañarme y de tirarme en la cama un rato, hasta que empezaron a llegar el resto de los corredores, y para mi alivio a todos les dio 79 km. ¡Qué felicidad! Fue un alivio tan grande. Recién ahí, tirado en la cama del albergue, sentí que ese tiempo era mío, y que ese esfuerzo había valido la pena. Me sentía un poco dividido, porque Yaboty me costó muchísimo y caminé mucho más de lo que hubiese querido… pero no había cortado camino, había hecho lo mismo que el resto, y a todos nos había costado un montón. Ahí pude disfrutar de mi noveno puesto (séptimo de mi categoría).

Es curioso porque mis expectativas mínimas era hacerla en 12 horas, y aunque tardé mucho menos, mi primera impresión fue que me había ido muy mal. Pero los corredores somos así, nunca nos quedamos del todo conformes, siempre queremos ir por más. Las ultramaratones me enseñaron mucho de humildad, y aunque ahora estoy lleno de dolores en todo el cuerpo, estoy muy feliz de haber pasado por esto y de haber conocido a tanta gente que comparte esta pasión. Con cada carrera salgo enriquecido, y estos 90 km (o 79) de Yaboty, sin lugar a dudas, me ayudan a ser mejor persona.

Semana 47: Día 320: Incorporando tecnología

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Tengo dos incorporaciones al blog. Bueno, en realidad una exitosa y una fallida. Empecemos por la segunda.

Hace un tiempo, creo que el año pasado, escuché sobre una nueva red social llamada Lift. Si la memoria no me falla (probablemente así sea) es de los mismos creadores de Twitter, y es una red social orientada a la autosuperación. Eso solo sirvió para despertar mi interés, y pensé en lo genial que estaría aplicarlo para mis objetivos a corto y largo plazo. Pensé en la Espartatlón como el destino motivacional definitivo, y me quise anotar. Solo que… no estaba en marcha. Funcionaba una versión beta, para la cual había que suscribirse. Me anoté, dejé mis datos, y eso fue todo.

Meses después me llegó un mail de Lift, recordándome que el sistema estaba funcionando y que en su momento había demostrado interés. Como ya estaba abierto a todo el mundo, inmediatamente me abrí una cuenta y al día siguiente anoté lo que había corrido. Vi que había varios grupos de running, algunos de habla hispana, y otros realmente motivadores, como “comer verduras todos los días” o “correr mis primeros 10 km”. Pero mi enamoramiento terminó ahí mismo. Si bien es un proyecto muy interesante, depende 100% de uno. No encontré la forma de ingresar entrenamientos previos o fuera de fecha (quizá se podía y no me di cuenta). Además, el sistema cuenta los días consecutivos en que uno actualiza sus datos. Yo podía correr 100 km en una semana, pero si no ponía la distancia día a día, quedaba como que lo había hecho todo de golpe.

Hubo algo que me pareció fantástico, digno de mención, y fue que cuando me inscribí tuve que poner los motivos por los que quería usar Lift. Hablé sobre ese objetivo primordial que tengo, y al día siguiente me llegó un mail de un SER HUMANO (¡no de una máquina!) deseándome mucha suerte con la Espartatlón. Me conmovió ese gesto y me dio pena porque ya había decidido que no lo iba a usar.

Es probable que Lift sí sea un invento genial y que ayude a mucha gente. De hecho se lo recomendaría a cualquiera que tenga ganas de hacer un cambio en su vida y necesite un registro diario. Pero yo ya tengo el blog, con un cuentakilómetros (con sus falencias), así que solo me servía para agregarle un comrpomiso a mi gestión bloguera. Lo que realmente necesitaba era otra cosa.

Saltamos unas semanas en el tiempo y llegamos a la compra de mi bendito reloj Suunto. Me bajé el manual de la web y realmente no entendía nada. En principio logré descular cómo hacerlo funcionar en modo Ejercicio/Running, lo que me permitía usar el monitor cardíaco, el GPS, cronómetro,etc… lo testeé el sábado pasado y me frustré mucho porque tenía una opción activada llamada “Autolap”, establecida en un kilómetro. O sea que cada 1000 metros lanzaba un pitido, me marcaba que había hecho “una vuelta” (o “lap”) y el cronómetro y el cuentakilómetro volvía a cero. Algo muy confuso para mí, que prefería tener el total de todo.

Este manual recomendaba entrar a una web, www.movescount.com, para personalizar el reloj. Cuando me di cuenta de que era IMPOSIBLE desactivar el autolap, me rendí y me metí en esta página. Ahí descubrí que podía personalizar mis entrenamientos, eliminar los seteos que no me interesaban (natación, ski, etc), sacar el maldito autolap, y lo que es todavía mejor, armar un registro de mis actividades diarias. Entonces me armé mi perfil y después de personalizar todo el reloj (desde pasarlo a español hasta armar las pantallas con la información como yo quiero que se vea), descargué el entrenamiento del sábado. Y ahí estaba todo. Tiempos, velocidad, kilometraje, recorrido en un mapa de Google, altura ascendente y descendente, temperatura… ¡todo! Como si fuera poco, organizado por coloridos gráficos.

¿Se consiguen los Suunto en Argentina? ¡Porque quiero que me auspicien! Fue gracias a toda esta interfaz que decidí ponerme el monitor cardíaco y registrar el entrenamiento del gimnasio. Y así va creciendo toda la información y realmente me entusiasma suarle cosas todos los días. Incluso se arman grupos por interés, se pueden descargar programas de entrenamiento, y generar eventos. En el de los 90 km de Yaboty, que ya estaba armado, somos dos. Y la frutilla del postre, que ya comenté estos días, fue que le pude bajar el mapa de la ultra al reloj, para poder usarlo de guía durante la ultramaratón. Me puse, hecho medio a ojo, puntos intermedios, que son los puestos de control. Creo que este aparato es el sueño tecnológico hecho realidad, después de las patinetas voladoras que nos prometió Volver al Futuro II (seguimos esperando).

Decidí dejar el link de mi perfil en Movescount en la barra del costado, supongo que puede consultarlo cualquiera sin necesidad de tener una cuenta. Le encontré una limitación, sin embargo. Yo suelo contabilizar en mi cuentakilómetros lo que hago en cinta. Para entrar en calor siempre corro “2 km” con una inclinación de 1 grado… pero para el Suunto yo estoy haciendo musculación. No podía ajustarse exclusivamente a TODAS mis necesidades, así que seguiré metiéndole mano a la distancia recorrida…

Semana 46: Día 318: Yaboty es inminente…

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Sin dudas la Ultra Buenos Aires fue la carrera más importante que corrí este año. Yaboty será la segunda.

Hace unos días lloraba un poco por todo lo que rodea este viaje. Quisiera ser claro, no me asustan los 90 km. Los ansío muchísimo. Me cuesta esto de viajar solo y no compartirlo con nadie, pero me muero por estar allá en Misiones corriéndola. Los planetas se alinearon para que participe en este desafío, y me alegro de no haberme bajado con el sacudón que dio mi vida estos últimos meses.

No suelo preparame con tiempo. Como buen corredor, vivo a las corridas, pero esta vez pude organizarme e ir comprando cosas. Tengo la comida que voy a llevar al circuito, el equipo reglamentario, y hasta el apto médico. Mucho de lo que voy a llevar lo fui recolectando de ultra trails pasados, lo que confirma que con cada carrera uno adquiere experiencia, y hasta accesorios que van a servir para la siguiente aventura.

Lo que estoy viviendo con más entusiasmo es el reloj que me compré. El Suunto Ambit (así, con doble “u”) ya se convirtió en mi mejor amigo. Me costó entenderlo, y con el tema de setearlo me estaba complicando mucho, pero era porque no lo estaba sincronizando con la web (www.movescount.com), y ahí pude personalizarlo como yo quería. Lo mejor de todo, que me volvió completamente loco, fue que pude cargarle el recorrido de Yaboty… ¡Tengo un mapa en el reloj! También le asigné la ubicación de los Puestos de Control, así que en medio de la carrera, con una batería que me dura entre 15 y 50 horas, puedo ver cuánto me falta para cada uno de mis objetivos intermedios. ¡No veo la hora de probarlo en la ultra!

Vamos a comenzar desde El Soberbio, frente a las costas de Brasil, que casualmente es donde terminé en 2011. De ahí serán caminos por senderos, en medio de la selva, con nuestra propia determinación y una alimnentación e hidratación inteligente como motores para llegar hasta el final (ver mapa). La largada es a las 5 de la mañana de este domingo, aunque el micro que nos traslada a la salida parte a las 3. Nadie me va a impedir hacerme una súper siesta y levantarme a las 2 para desayunar. Después, con unos 8 grados de temperatura, saldremos a enfrentar la tierra colorada de Misiones, con el horario límite de llegada a las 22 hs. Quiero llegar de día, así que me voy a esforzar por hacer entre 12 y 14 horas (llegando a la meta a las 17 o 19 hs). A la noche nos espera una cena, supuestamente vegetariana, y 23:30 está saliendo el charter de regreso a Buenos Aires, como para llegar temprano y dormir todo el día (gracias a que es feriado).

Celebro la organización de Salvaje para este evento. MUY superior a cuando la corrí por primera vez (se nota que la experiencia les juega a favor). En aquel entonces no seríamos más de 40 corredores y para esta edición, sumando todas las distancias (10, 21, 42 y 90 km) hay unos 800.

¡Ya quiero estar ahí!

Semana 46: Día 316: Temiendo Yaboty

Miedo. Hay que abrazar el miedo. Empaparse de él, aprender a exorcizarlo. Quitarle poder.

Temo mucho por mi participación de los 90 km de Yaboty. No es que haya duda de que la corra. Eso está fuera de discusión. Pero no sé cómo me va a ir, tengo una gran incertidumbre, y no me refiero solo a la carrera.

Como ya comenté en posts anteriores, esta ultramaratón fue una de mis experiencias favoritas, hace dos años, cuando la corrí en equipo con Vicky y eran 100 km en el verano. Ahora es en el último mes del invierno, unos pocos kilómetros menos. Y el gran cambio desde que decidí correrla es que voy a ir solo. Pero solo en serio, no conozco a nadie de los que va a correrla. Voy a tomar un micro en el que voy a estar 16 horas rodeado de gente que no conozco, voy a dormir en un hostel compartiendo habitación con extraños y voy a participar de una charla técnica sin cuchichear por lo bajo con mis amigos. Me da un poco de pánico esa situación, porque como cualquier persona que vive conectada a internet 18 horas por día, soy una persona a la que le cuesta mucho socializar.

Pero estoy intentando revertir esa tendencia. Originalmente iba a participar de Yaboty y me iba a concentrar en eso. Es el motivo por el que no iba a ser de la partida en la Adventure Race Tandil. Entonces me separé, me pegó esa cuestión de querer reconectarme con mis compañeros de grupo, y decidí ir con ellos. Terminé haciendo una carrera de aventura dos semanas antes de un trail de aventura. Creo que es obvio que no voy a buscar hacer marca ni llegar al podio. Todo esto tuvo su precio, aunque me fue espectacularmente bien en Pinamar, terminé muy fatigado y no llego a Yaboty en las mejores condiciones físicas. Tengo un dolor en el costado de la rodilla derecha, que aparece cuando corro y desaparece apenas me detengo (fatiga, seguramente). Tampoco he hecho fondos largos últimamente, así que no sé qué esperar. Por eso tengo un poco de ansiedad por correrla, como si llegara a un examen sabiendo muy bien ciertos temas y con la única estrategia de guitarrear si me preguntan por los otros.

Quizá lo que más me pese sea esa cuestión de participar de una prueba tan dura sin ningún conocido con quien compartirlo. Seguramente conozca gente en el viaje, y ya tengo la promesa de conocer a Jorge, quien me escribió al blog hace poco y que también va a participar de los 90 km de Yaboty. Generalmente las carreras son oportunidades de conocer lugares nuevos, expandir los horizontes físicos y mentales, y afianzar relaciones. Nunca fui solo ni tampoco se me cruzó por la cabeza hacerlo. El running es una actividad bastante solitaria porque es difícil encontrar a una persona que tenga exactamente tu ritmo y con la que, además, tengas una charla amena. Sin embargo, en los Puma Runners, siempre nos las ingeniamos para hacer que cada carrera sea un viaje de egresados, en donde compartamos comidas, salidas y las “sobremesas” post carreras. Ahora me toca improvisar, arreglármela por las mías. Voy por la competencia, no por la vacación.

Como dije varias veces, el miedo me paralizó siempre, y ahora decidí convertirlo en un motor. Podría haber cancelado mi inscripción y pedir que me computen ese dinero a otra carrera… Pero, ¿para qué? ¿Para seguir consintiéndome en cada una de mis mañas? Creo que si te enfrentas a las cosas que te dan pánico, te podés llevar la grata sorpresa de que le empezaste a quitar poder…

Semana 44: Día 307: Palpitando Pinamar

Si no tuviese trabajo pendiente ni responsabilidades, ahora mismo estaría en Pinamar, chupando frío, pero rodeado de amigos. Un contingente de Puma Runners ya se encuentra en la ciudad costera, de cara a la Terma Adventure Race. Esta carrera es un clásico para nosotros, y será mi sexta edición. Pero me toca salir mañana por la tarde.

Esta fue la primera competencia en la que participé. Al principio era “La Merrell”, pero hubo un cambiazo de sponsors, un año fue “Adventure Race” a secas (parecía que le faltaba algo), y ahora esta amarga bebida que jamás me gustó es la marca emblema (mucho mejor ella que Old Smuggler o Jack Daniel’s). Por algún motivo que no logro dilucidar, siempre nos toca muy buen clima. Para el domingo nos esperan 18 grados de máxima y 9 de mínima, aunque para la hora de la largada no creo que pasemos demasiado frío.

Mi primera carrera (de toda mi vida, sin contar esos angustiantes 3,5 km que nos obligaban a correr a fin de año en el colegio) fue en Pinamar, exactamente el domingo 6 de julio de 2008. Hizo un día hermoso, y corrí en posta, el último tramo (unos 7 km). Crucé bosque, un poco de arena, pasto, asfalto… Me salió el competitivo de adentro y subía las cuestas con grandes zancadas, desmoralizando a los que la estaban haciendo toda entera y ya no tenían fuerzas.

Todo lo que hice en esa carrera fue gracias al equipo. Si no hubiese ido con ellos, no la hubiese corrido. Ni siquiera me hubiese enterado de que existía. Toda esa convivencia, las anécdotas, los consejos, el traspaso de la antorcha a las nuevas generaciones… eso es lo jugoso de estos viajes. Ahora, cinco ediciones más tarde, me toca ser a mí el tipo “con experiencia”, que dice cómo encarar las subidas en los médanos (buscando las pisadas del anterior), cómo evitar que se te meta arena en las zapatillas (polainas), dónde apretar (en suelo firme). PInamar me llama más por su tradición que por su recorrido, que de por sí es muy duro y come mucha pierna.

¿Lo que menos me gusta? Lavar las medias dos o tres veces y seguir sintiendo que tienen arena. ¿Lo que más me gusta? Esos últimos 100 metros de asfalto, con la murga, los papelitos, la gente alentando, y cruzar la meta.

Semana 44: Día 306: 128,39 km en un mes

¡Volvió a bajar mi promedio de kilómetros mensuales! Y no creo que haya entrenado menor cantidad de veces, pero me parece que los entrenamientos están siendo más cortos.

Corrí la maratón de Río de Janeiro, que es como un 25% de todo el kilometraje de julio. Y tanto antes como después con los Puma Runners intentamos cuidarnos y no sobrecargar al cuerpo. Ahora está pasando lo mismo con la Adventure Race de Pinamar, que la corremos este domingo. Estoy pensando si esto hizo que entrenásemos menos, o si me olvidé de anotar unos cuantos entrenos, o qué pasó. Desde que cuento mis kilómetros, este fue uno de los meses más bajos (no casualmente este también fue el mes en el que empecé el gimnasio):

2011
Octubre: 208,73
Noviembre: 173,43
Diciembre: 164,29

2012
Enero: 208,25
Febrero: 290,93
Marzo: 230,27
Abril: 194,35
Mayo: 258,79
Junio: 162,19
Julio: 211,81
Agosto: 169,05
Septiembre: 64,12 km

Octubre: 129,85 km
Noviembre:  169,48 km
Diciembre: 249,77 km

2013
Enero: 323,03 km
Febrero: 321,88 km
Marzo: 335,60 km
Abril: 163 km
Mayo: 157,26 km
Junio: 168,60 km
Julio: 128,39 km

Paradójicamente los meses de más calor son los de mayor carga, y a mitad de año empieza una caída. Espero que en agosto pueda subir, realmente extraño hacer fondos largos (pero también extrañaba entrenar en el gimnasio, y todo no se puede).

Quedan dos meses para la Espartatlón y 14 para que yo participe. ¿Llegaré?

Semana 43: Día 301: La Patagonia Run que no será

patagonia_run_spring

La emoción de las carreras dura un tiempo. Si me preguntan hoy cuál es mi carrera favorita, seguramente elija alguna de las de este año, y en 2015 diré otra cosa. Me encantó la Maratón de Río de Janeiro, pero tengo muy fresca la Ultra Buenos Aires porque fue la primera vez que lloré al cruzar la meta. Sin embargo hay una competencia que sigue ahí, en mi top 5 virtual, que es la Patagonia Run.

Este ultra trail de montaña lo sufrí horrores en 2012, cuando hice 100 km con una pata al hombro. Este año, en abril, hice 63 km y si bien la distancia era menor creo que parí más el trayecto. Me jugó a favor la experiencia, y no estar haciéndola yo solo. Me acuerdo de estar en la charla técnica y cuando terminaron las proyecciones del recorrido y todas las indicaciones reglamentarias, tiraron una bomba: La Patagonia Run Spring. La misma edición, solo que el 30 de noviembre. Me emocionaba volver a hacerla. ¿Cambiaría el clima? ¿Sufriríamos menos el frío?

Aproveché y empecé a “venderla”. Hasta el día de hoy estaba queriendo convencer a gente que venga a correrla. Tenía a alguien apalabrado para que me acompañase (tuve que amenazar su integridad física si no lo hacía). Y hoy me entero de la bomba: se canceló. El mensaje de la organización dijo:

Razones internas y externas a nuestra Organización nos han llevado a tomar la decisión de postergar para el próximo año el lanzamiento de Patagonia Run Spring.
A partir de ahora, todas nuestras energías estarán volcadas a preparar Patagonia Run 2014, cita obligada para el próximo 12 de abril en San Martín de los Andes, donde volveremos a encontrarnos como ya es costumbre, para disfrutar de un evento que, les aseguramos, será maravilloso.

Algunos en el Facebook de la organización argumentaron que podría tener relación con otras carreras que le “tiraron” encima. Últimamente se viene dando esa horrible costumbre de salir a competir con competencias grossas con una o dos semanas de distancia (si no es el mismo día). No sé si será eso, pero por el nivel de profesionalismo que supo tener la organización de Patagonia Run, no me cabe duda de que no había forma de hacerla.

Para mí es una decepción muy grande, porque no solo venía embaladísimo, queriendo convencer a todo el mundo de que corra alguna de las distancias, sino que me había comprado un par extra de zapatillas, las Nightfox (que usé en la Patagonia Run de 2012), con la intención de llegar al 30 de noviembre y usarlas en montaña. No me consuela pensar que se hará el año que viene. Falta MUCHO para la primavera de 2014, de hecho no sé si no voy a haber corrido la Espartatlón, y estarán juntándome todavía con cucharita. Es una posibilidad.

Pero bueno, no va a poder ser. Quizá mi única opción sea averiguar si existe esa carrera que le tiraron encima, ver qué onda, y no desperdiciar ese hueco que le había hecho a mi agenda…

Semana 43: Día 300: ¡Zapatillas nuevas!

este_es_el_post_300

Ya venía mirando mis zapatillas, con cierta desconfianza. Después de la Maratón de Río noté que se estaban desgastando adelante, donde el metatarso pliega el pie. Hoy, con pavor, me di cuenta de que estaban agujereadas. Hubiese tirado un par de semanas más, sacándoles el máximo provecho, hasta que se desgastaran y solo necesitara solpar sus restos para que se lo llevase el viento. Pero en exactamente 10 días tengo una carrera… en Pinamar… en medio de los médanos… y lo que más he sufrido de esta Adventure Race ha sido cuando se me metió arena adentro de la zapatilla.

Enseguida llamé a mi entrenador para pedirle ayuda. Le conté que las Faas que me compré no me habían salido buenas. En verdad me amortiguaron y me bancaron varias competencias, pero se desgastaron demasiado rápido para mí (unos 410 km, cuando la revista Runners recomienda cambiar de calzado cada 1000 km, aunque otros aventuran unos 700). Fuimos a toda velocidad a la tienda de Puma donde nos consigue descuento, a ver los modelos. Estaban las Faas v02, que son la nueva sensación. Me las probé y no me enamoraron. Había un modelo híbrido de calle y aventura, las Puma Fox, que increíblemente estaban muy baratas. Me pareció que con esas iba a andar bien en Pinamar, ya que hay toda clase de terreno, siendo lo menos el asfalto y el pasto de la cancha de golf, a lo máximo que encontramos en el recorrido: el bosque y la arena. Y no pude resistirlo y me compré las Nightfox, que son un modelo que me funcionó muy bien, y que hice torta en Yaboty. Como en tres semanas estoy volviendo a la tierra colorada de Misiones para correr 90 km, me pareció oportuno volver a comprarlas. Así que a falta de calzado, me compré dos pares de zapatillas.

No suelo hacer esto, siempre ando con un par, y ahora quiero intentar usar dos para alternar entrenamientos con carreras. Para entrenar y para calle voy a usar las Fox, y las otras para “la hora de la verdad”. Así las Nightfox me van a durar más y las voy a poder calzar en la Patagonia Run Spring del 30 de noviembre (escurren bien si meto los pies en el agua).

¿Y qué hacer con las Faas agujereadas? Las voy a seguir usando, siguen bancándosela. Por ahí para alguna carrera corta de calle, donde prime la velocidad. Me da pena tirarlas. Pero me di cuenta de que la protección en la puntera es mucho más corta que otros modelos (incluso que la v02). Yo pensé que me iban a durar 1000 kilómetros, pero hubiese sido una locura usarlas para ir a Yaboty… así que no hay mal que por bien no venga. O no hay bien que por mal no venga. O no hay venga que por bien no… bueno, se entiende.

Semana 42: Día 293: Siguiendo tu progreso

seguimiento

Ayer, en el entrenamiento con los Puma Runners, nuevamente escuché algo que es demasiado habitual, y es esa especie de imagen de fanático del entrenamiento y la dieta que tienen de mí. Intenté, con torpeza y sin llegar a buen puerto, explicar que depende de con quién me compares puedo parecer un talibán de la nutrición, pero a mis ojos estoy lejísimos del extremismo. Pero bueno, no hubo caso.

Siempre pienso en las cosas que hice y cuáles funcionaron. Sé que ponerme seis comidas diarias (cuando hacía dos) fue clave. También lo fue tomar más agua y hacer un click mental de tener paciencia y constancia. Sabía que tenía que llegar al año, y eso me puso un objetivo, además de que me quitó presión. Los cambios más bruscos se dieron al principio, mucho antes de lo que esperaba.

Pero… si me encontrara con una persona que no me ve desde hace diez años, no lo podría creer. ¿Constancia, yo? Si abandoné los estudios de periodismo por el tedio que me causaba. Ni siquiera me destaqué en la secundaria, mucho menos en educación física. Tengo una colección de novelas que decidí escribir y que no pasé de la primera página. Empecé un diario íntimo y lo abandoné al segundo día. Montones de proyectos sin terminar (sin empezar algunos), pero ESTE funcionó… ¿por qué?

Pensándolo un poco, sospecho que fue el haber hecho un seguimiento diario. Al principio, cada dos semanas, me tomaba una foto de mi tren superior, para llevar un registro de mis cambios. No me enloquecía la idea, pero me parecía que de esa forma me obligaba a tener un compromiso. Estaba ahí, en la web. Como no soy todo lo constante que algunos creen, hubo muchas veces donde no actualicé la bendita foto, pero los cambios se veían, eran “palpables” (si cabe la palabra). Y escribía todos los días, lo hice durante dos años, religiosamente. Anotaba lo que me pasaba en el cuerpo e internamente. Sin proponérmelo, tengo anotadas las experiencias de todas mis carreras, de las ciudades que visité, de las lesiones que sufrí y de las comidas que me ayudaron (y las que no).

Debo volver a citar el libro que estoy leyendo actualmente, “Nutrición y peso óptimo”, de Matt Fitzgerald, ya que en un capítulo habla del Principio de Heisengberg. Se trata de un principio de incertidumbre, que establece que cuando se observa un fenómeno a nivel subatómico, este cambia. Algunos creen que el hecho de obervar algo genera un cambio sobre aquello que se está observando, entonces nos metemos en la trampa filosófica de si fuimos nosotros, con nuestra curiosidad, los que generamos ese cambio. Fitzgerald lo baja a algo más cotidiano, como “la olla que se mira nunca hierve”. Al observar las cosas, alteramos su curso en muchos otros dominios de la vida humana. “Lo que puede ser medido, puede ser controlado”, y esto se aplica a la salud y al propio cuerpo.

La mejor forma de ganar control sobre algo es monitorizarlo sistemáticamente. El esfuerzo grande que hemos de aplicar para poder hacerlo, explica Fitzgerald, lo convierte en una prioridad más elevada y ayuda a mejorar este aspecto (del cuerpo, por ejemplo), independientemente de otros esfuerzos. Yo tenía alarmas en el celular para recordarme cada una de esas seis comidas diarias. Empecé a investigar qué comía, tanto lo “nuevo” y más sano como aquella comida chatarra que estaba dejando atrás. Me hacía estudios periódicos con mi nutricionista, que me iba indicando cómo bajaban los niveles de grasa en mi cuerpo. Me hacía análisis de sangre unas dos veces al año. Iba al gimnasio y comparaba los cambios que sentía cuando iba cinco veces por semana y cuando iba solo dos. Y anotaba todo.

Hoy me relajé un poco, aunque para algunos siga siendo un fundamentalista. Hay cosas que las convertí en un hábito. Hubo un momento en que borré todas las alarmas del celular, porque ya el cuerpo me pedía comida a las horas indicadas (y lo sigue haciendo). Ya como fritos o gaseosas y me caen espantosamente mal. Con algo de experiencia previa, estoy por volver al gimnasio, y sé que me va a funcionar porque aprendí qué cosas sirven y cuáles no. Quizá no me observe tan rigurosamente como antes, pero evidentemente estar pendiente de los cambios y tener este blog me ayudó mucho. No esperaba que nadie lo leyera, mucho menos que me escribieran para opinar o compartir experiencias propias. Pero aprendí eso, que tomar nota sobre mis cambios hizo la diferencia en todo, y generó una sinergia que hizo crecer tanto al blog como a mí mismo. Y si lo pudo hacer alguien como yo, que comía todos los días un cuarto de pan con cantidades industriales de Mayoliva mientras empezaba la décima novela que nunca iba a terminar… ¿por qué no podría hacerlo cualquiera?