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Semana 2: Día 10: Maratón en Buenos Aires

¿Se puede hablar de una carrera en la que no estuviste? Es más, ¿podría hablar de una maratón que se hizo en Buenos Aires, mientras yo estaba a 10500 km de distancia, en Madrid?

Supongo que no. Intenté, no con demasiado ahinco, obtener alguna reseña de un amigo o algunas fotos de la carrera, pero no hay muchos atletas (tan enfermos como yo) que corran con una cámara o un celular encendido, retratando a otros colegas o al hermoso paisaje de la competencia. Así que un poquito me quedé con las ganas. Realmente me hubiese encantado correrla, y me alegró ver que entre algunos amigos míos hubo debutantes en los 42 km. Si me dan a elegir, prefería estar corriendo por las calles de Buenos Aires que en el viejo continente, pero no puedo decir que me haya arrepentido.

Quisiera aprovechar, ya que tengo poco para decir, que me conmovió mucho la historia de Eduardo Frechou, un amigo corredor de 63 años. Lo conocimos este año en el micro, rumbo a San Martín de los Andes. Íbamos todos hacia la Patagonia Run, cada uno enfrentándose a una distancia diferente. Él era una persona abierta, de esas que entablan conversaciones con desconocidos y con asombrosa facilidad. Estaba sorprendido de que habíamos corrido en otras oportunidades ultramaratones, y tenía miedo de que fuese contagioso. Él soñaba con los 42 km, algo que le parecía lejano. Confesó que al cruzar la meta muchas veces se le caían las lágrimas de la emoción.

Además de que comparte el nombre y la generación de mi papá, Eduardo resultó ser de esos luchadores incansables que buscan sus sueños, y no descansan hasta conseguirlos. Tanto cree en esa idea, que en las carreras siempre se engancha un cartel que reza “Nada se obtiene sin sacrificio”. Por eso lo reconocí hace un mes, en la Media Maratón de Buenos Aires.

Hoy, después de la paliza de las 12 horas en el avión para llegar a Ezeiza, encendí mi celular y, de cebado que soy, me metí en Facebook, para ver cómo les había ido a mis amigos maratonistas. Y con mucha alegría leí las palabras de Eduardo, que es de esas personas que transmiten su emoción escribiendo en mayúsculas: “HOY CUMPLI UN OBJETIVO QUE ME HABIA PROPUESTO EL 25 DE MAYO 2010, FUE MI PRIMER CARRERA DE 3KM, SOY MARATONISTA HOY CORRI LOS 42,195 KM DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES, LARGE Y LLEGUE”. Luego agrega “QUIERO HACER EXTENSIVO LOS MILLONES DE GRACIAS AL TEAM LLAMADO VULGARMENTE “LA BANDA” QUE INTEGRO, POR EL CARIÑO, PACIENCIA Y EL AFECTO DEMOSTRADO DESDE EL PRIMER DIA QUE ME INCORPORE, COMO ESTA PARTICIPACION HOY ES DE LO MAS IMPORTANTE PARA MI, QUIERO DEDICARSELO A CADA UNO DE ELLOS POR QUE HAN LOGRADO LO QUE UNA VEZ ME PROPUSE. “NADA SE OBTIENE SIN SACRIFICIO” Y DEBERIA AGREAR ” Y CON LA GENTE INDICADA”, MUCHAS GRACIAS”.

Aunque nos separa una generación, me gusta que Eduardo y yo compartimos la idea de que el corredor no necesariamente es un ser solitario, sino que se maneja en grupo, se nutre del resto, recibe y da motivación. Seguramente el cartelito de este asombroso corredor haya inspirado a algún atleta a quien las fuerzas le flaqueaban. Nunca corremos solos, ni siquiera cuando no hay nadie a nuestro alrededor.

Semana 1: Día 1: Camino a la Espartatlón 2013

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Hoy empiezo oficialmente el tercer año de Semana 52. Quizá sea el último, si es que se alinean los planetas y logro clasificar para la Espartatlón 2013. Ya tengo una idea más acabada de qué es a lo que me enfrento.
Mientras con Vicky nos íbamos de excursión por las islas griegas, en Esparta llegaban los primeros corredores. En su 30 aniversario, esta competencia contó con un clima muy caluroso, algo inusual para esta época del año. Nosotros, en un barco rumbo a playas paradisíacas, lo agradecimos. Los corredores que intentaban llegar a la meta lo odiaron. Esta fue la Espartatlón más dura de la historia. De los 352 inscriptos solo 72 cruzaron la meta. Uno de ellos, por primera vez en la historia, es una mujer, Elizabeth Hawker, del Reino Unido. El ganador, quien cubrió los 246 km primero y besó el pie del rey Leonidas, fue Thoms Stu, de Alemania, con 26 hs, 28 min, 19 seg.
No me quiero adelantar, porque me falta para poder correrla (me alcanza con participar, ni siquiera pido llegar), por eso me preocupo por la maratón que vamos a correr con Vicky mañana a las 5 de la mañana del domingo (23 hs del sábado en Buenos Aires). Por eso, habiendo cenado, me voy a la cama. Las islas griegas nos dejaron relajados, hechos una seda, pero necesitamos el descanso.
Deséennos suerte, el clima va a estar bravo…

Semana 47: Día 317: Desafiando los límites del cuerpo humano

Ricardo Abad es un maratonista del que he hablado en el pasado. Un “loco”, de esos que nos hacen soñar más alto de lo que nos imaginaríamos. A principios de este año corrió 500 maratones en 500 días seguidos, ingresando así al Récord Guinness. Una tarea dificilísima, en la que tuvo que enfrentar enfermedades, fatiga, y hasta la muerte de su padre. Pero, fiel a sus convicciones (por su promesa, y para recaudar fondos para una entidad benéfica), Ricardo no claudicó, y el día en que cumplió su objetivo, dijo “creo que voy a seguir hasta llegar a los 1000 maratones consecutivos”. Y aunque se plantó en los 607 (falta de tiempo, dinero y motivación) ahí anda el hombre, buscando nuevos desafíos.

Vi este video en el que “recién” iba por su maratón número 120, y sentí que me pude meter un poco en su cabeza. Ahí, narrado por él mismo, se puede apreciar su sencillez, la pasión de correr (que cuesta explicar), y unas bellísimas imágenes corriendo bajo la lluvia. Presenciar eso me contagiaron unas ganas terribles de salir a entrenar. Está bueno leer a otro corredor narrando sus experiencias, pero mucho mejor es escucharlo contarlas.

Les dejo el video para que se contagien su entusiasmo, para que se den cuenta de que los sueños se cumplen con determinación, y para demostrar que aunque no todos podemos hacer dinero corriendo, sí puede ser nuestro estilo de vida.

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Semana 46: Día 308: El maratonista sin nación

Terminaron los Juegos Olímpicos. Por cuatro años dejaremos de lado ese fugaz interés por el deporte y el nacionalismo. Eso de que el Comité intenta unificar a las naciones de la Tierra, me parece, nunca les termina de salir.

Quizá las competencia que más me interesaron (en medio de mi poco disimulado desinterés) sean las de atletismo, especialmente cualquier cosa en la que compita Usain Bolt y la maratón. Y en la mítica carrera de 42 kilómetros 195 metros, hay una historia que pasó absolutamente desapercibida.

No me refiero al triunfo del ugandés Stephen Kiprotich (2:08:01), que venció a los favoritos de Kenia. Ni siquiera a que el tercero en llegar, Wilson Kipsang Kiprotich, tenía el mismo apellido distinto origen pero el mismo apellido. Tampoco voy a hablar del primer corredor latinoamericano, Marilson Dos Santos, que llegó quinto. Creo que, en lugar de andar deteniéndonos en cada competidor de acuerdo a su país, deberíamos concentrarnos en Guor Marial, el maratonista apátrida.

El atleta compitió bajo la bandera olímpica, debido a que no contaba con ningún pasaporte. Sudán del Sur, país del que procede, consiguió su independencia hace apenas un año, lo que impide al Comité Organizador (COI) reconocer a ese territorio africano. A Guor no le fue tan mal. Lejos de llegar a siquiera un diploma olímpico, llevó el número de dorsal 2079, y alcanzó la meta en el lugar 47 (de 105), con un tiempo de 02:19:32.

Hasta hace unas semanas, las autoridades de Sudán del Sur pidieron que se le permitiera a su pequeña nación participar en los Juegos Olímpicos, pero el presidente del COI, Jacques Rogge, les envió una carta negándose a la petición argumentando que para hacerlo debían estar registrados desde hace dos años. Guol, de 28 años, logró su boleto a las pistas de Londres en octubre, y a pesar de residir en Estados Unidos no posee ningún pasaporte. En el listado de la clasificación, su nombre queda perdido entre el resto, y está acompañado con una banderita blanca y los cinco aros de colores, que representan a los Juegos Olímpicos (en verdad, a los cinco continentes). Qué distinto hubiese sido para Sudán del Sur si hubiese ganado. Sin lugar a dudas, se hubiese merecido su lugar en el mapa.

Guol no es el único atleta sin nación. En estos Juegos Olímpicos también participaron tres deportistas como “independientes”, procedentes de las desaparecidas Antillas Holandesas: el judoka Reginald de Windt, el velocista Lee-Marvin Bonevacia y la regatista Philippine van Aanholt. He leído varias veces que el COI busca la integración de los países a través del deporte. ¿No se lograría mejor este objetivo si cada persona compitiese por el hecho de competir, sin representar a nadie más que a sí mismo?

Semana 42: Día 280: Objetivo Grecia

Este año no voy a correr la Espartatlón. Cuesta hacerme a la idea, sobre todo porque voy a estar ahí el día de la largada. Quiero ir a ver, charlar con los compatriotas argentinos, ver qué tal es el clima en esa época, cómo es la organización… sumar conocimiento para 2013.

Pero la cuenta del blog hasta la semana 52 sigue. ¿Empiezo de cero? ¿Sigo hasta la semana 104? No lo decidí, todavía. Pero sí sé que voy a aprovechar esos días para correr. Quiero mi foto en pantaloncitos cortos, corriendo frente a la Torre Eiffel, al Big Ben, en Sol, y por supuesto, en Grecia. Con Vicky ya nos propusimos correr desde Atenas hasta Maratón, tal como hice el año pasado. Mi parte egocéntrica y soberbia dice “Bueno, como objetivo no es tan bueno, ¡ya lo hiciste!”, pero en el fondo sé, y por experiencia, que no es una tarea fácil.

Las cuestas sorbe el final (porque vamos a hacer el camino inverso al oficial) terminan de agotar a las piernas, justo en el momento más crítico a nivel de energía. Además, no voy a tener apoyo logístico. Mi amigo Gerjo no puede ser de la partida (tiene sus problemas en su España natal), y nos tenemos que arreglar por nuestros propios medios. Mochila hidratadora (con el peso extra que eso conlleva), comida de marcha, y a resistir. Vamos a ir al ritmo de Vicky, porque esto es un proyecto en equipo, y si Rosario nos sirve de parámetro, nos esperanunas 4 horas y cuarto en terreno helénico. Esa velocidad a mí me resultó muy cómoda, no sentí estar yendo “lento”, y me imagino que Vicky va a buscar bajar su marca. El terreno es engañosamente más complicado, y como nadie nos corre, espero que no nos presionemos por el reloj.

El año pasado, mientras corría, Gerjo twitteaba la experiencia, que Vicky vivía la maratón con una angustia de Penélope, tejiendo y destejiendo. Ahora lo va a vivir en carne propia, y lamentablemente nuestra tecnología nos va a impedir hacer el minuto a minuto para que en casa sepan cómo estamos. El mayor de los problemas, para nosotros, no va a ser la falta de apoyo logístico, el peso extra, el cansancio de las cuestas finales… no, no. El tema es que el trayecto es de un punto a otro, no es circular… o sea que… ¡tenemos que averiguar cómo volver!

La ciudad de Maratón, extrañamente, está desconectada de Atenas a excepción de una ruta. Tiene un camino marcado por el que pasan los maratonistas una vez al año, pero más allá de eso, Grecia no explota turísticamente el recorrido. No hay trenes, no hay una senda para hacerlo corriendo o caminando (cortan el tránsito o te la jugás como nosotros, pegaditos a la banquina). Dicen que hay un autobús esporádico que nos traería de regreso a la capital griega. Es extraño, quizá la maratón sea una proeza demasiado grande para que se explote comercialmente cuando no se está corriendo, y yo canchereando la esté subestimando. Pero ese va a ser nuestro principal dolor de cabeza. Cuando llegué, el año pasado, no había un alma, era como correr al medio del campo, encontrar un estadio vacío, y volver. Antes lo hice en auto. Ahora… veremos qué inventamos.

Semana 40: Día 265: El día después de Rosario

Matías es un habitual lector de este blog que comenta con bastante frecuencia. Su seudónimo es “Matías Orange”, por el color naranja, en inglés. Esto viene a colación de que no está verde, sino maduro. No, mentira, no tengo idea por qué se puso así. Pero empezó un blog con un plan de entrenamiento: 187 días para llegar en el mejor estado posible a la Maratón de la Ciudad de Buenos Aires, el 7 de octubre, y llegar en la gloriosa marca de las 3 horas, 30 minutos (o menos). Y como lo de escribir se le da con naturalidad, empezó un divertido blog, llamado Un Pibe Que Corre.

Envidio la facilidad con la que putea, algo que a mí, en mi propio blog, me da bastante pudor. Nos cruzamos en la pasada Maratón de la Bandera, en Rosario. Él había llegado desde Córdoba, nosotros desde Buenos Aires. En nuestra propia experiencia maratoniana, él fue un personaje secundario, hecho que se invierte cuando él cuenta su epopeya en su blog. Es interesante leer esta carrera desde los ojos de otro corredor. Para los que estamos en nuestras primeras competencias, cada maratón queda grabada a fuego:

El día después de Rosario…

O el segundo día después, en realidad. Ya es martes y llegó la hora de reflexionar sobre las cosas que se hicieron bien -pocas- y las que se hicieron mal -muchas, muchísimas- a la hora de correr la Maratón de Rosario.

Antes que nada, quisiera agradecer a mi entrenador, Luis Alejandro Barrionuevo, y a mis compañeros de carrera Jorge Biroccesi y Verónica Barceló por el aguante realizado a lo largo del entrenamiento, de la carrera y de la estadía en Rosario. También a la gente de la Municipalidad de Río Ceballos y de la inmobiliaria Pehuén por acompañarnos en este proyecto tan importante como es el desarrollo sostenido del atletismo a nivel local.

Voy a ser serio y a hacer una severa autocrítica sobre lo que pasó durante la carrera. Para esto, creo conveniente dividir esta “reseña” en tres partes: entrenamiento, planificación y carrera. Esto a modo de guía ya que no existe un sólo hecho aislado -la carrera- sino que se puede establecer una teleología que me tenga como punto culmine al cruzar la meta después de más de cuatro horas de carrera.

Entrenamiento

El entrenamiento empezó a finales de marzo sin un objetivo concreto. Yo venía de correr la primer etapa de la Ultraseries Trail Run Series y el Desafío al Pan de  Azúcar de Misión Dxt y quería empezar a ponerme más activo en busca de un objetivo concreto: bajar las 3h30m en la prueba atlética por excelencia, la maratón. En la Maratón de Buenos Aires había realizado terminado con un tiempo de 4h17m en el oficial y 4h14m en el neto y tenía ganas y me sentía con posibilidades de bajarlos.

Lo programado consistió en alternar días de series de pasadas de distintas distancias y ritmos, para trabajar la velocidad, con tiradas largas a diferentes tiempos por km, para trabajar la resistencia, previo trabajo de movilidad y técnica. El trabajo se realizó bien, de forma constante, pero no pude comprometerme de la manera en que me hubiese gustado. Hubo días que por cuestiones laborales o personales, tuve que modificar las actividades del día sobre la marcha, y otros en que directamente no pude cumplirlo.

A esto hay que sumarle un mes de junio para el olvido, donde corrí extremadamente poco a causa de un resfrío-gripe-notengolamásputaidea que nunca terminó de darse y que hinchó bastante las pelotas.

A modo de resumen: se entrenó bastante, aunque no con el compromiso requerido de mi parte, y la salud me jugó una mala jugada en el último tramo -crítico, en cuanto a volumen-, lo que se reflejó el domingo, en términos de resistencia. En lo técnico evolucioné bastante y sufrí menos contratiempos desde lo físico, en el after de la carrera. Ya estoy casi completamente recuperado.

Planificación

A pesar que el viaje se programó sobre lo último, salió todo bastante bien: buen alojamiento, se comió bien, se durmió bien y hasta se disfrutó de un trotecito pre maratoniano el sábado por la mañana. Fue un viaje muy lindo y que se disfrutó bastante: Rosario estuvo a pedir de boca este último fin de semana.

En cuanto a la planificación de la carrera, salí a buscar un 3h30m. Ese es el objetivo del año, al cual apuntaba a cumplir en octubre, durante la Maratón de Buenos Aires. A pesar que en el último fondo previo a Rosario, de unos 30km, había reventado en el km20, me sentía confiado en que podía llegar a meter ese tiempo con algo de huevos y bastante de buena suerte, pero me conformaba en Rosario con cualquier marca debajo de las cuatro horas.

Este es un apartado peliagudo para enfocarse antes de una carrera, pero que es muy sencillo de leer con el diario del lunes en la mano: evidentemente tendría que haber buscado una marca intermedia y haber corrido a un ritmo más conservador.

Carrera

La vedette del viaje. El leivmotiv de esta primera mitad del año. Protagonista de pesadillas, sueños y ansiedades, la maratón de Rosario fue sin duda una prueba que me terminó sorprendiendo desde cualquier punto de vista desde donde la había intelectualizado.

El circuito, de 42195m, se ubicaba mayoritariamente sobre la costanera, costeando el río Paraná, a excepción de un tramo de unos 13km en el cual se metía hacia el centro de Rosario a través del Bv. Oroño hasta el Parque de la Independencia, y salíamos de vuelta hacia el río por Bv. Pellegrini. También había otro desvío entre el km 35 y el 38, que era una especie de “brazito” -nombre técnico, claro está -?– hasta a un flaco parado en medio de un circulo de conos, que funcionaba de retome.

La carrera largó pasadas las 9:00, en medio de una fiesta y el griterío terrible de mucha gente. El primer km consistía de un tramo mixto de asfalto y adoquines -material que terminé odiando-, y un pedazo de túnel, lo que fue una experiencia realmente grata y sorprendente. En el segundo km estaba el primer puesto de hidratación y a los quinientos metros doblabamos en dirección hacia el centro.

Muy bien mantenidos los cortes por la gente de la Municipalidad de Rosario y los banderilleros voluntarios hicieron un gran trabajo también marcando el recorrido.

El “centro”, o la zona más urbana, digamos, consistió en un tramo de poco más de 10km de un asfalto algo bacheado y con mucha sombra. El calor ya se empezaba a sentir e hice ese tramo al ritmo del pacer -o liebre- de las 3:30hs, que era el objetivo que buscaba. Mucha hidratación, aunque la Dasani no sea mi agua preferida. Alrededor del km10, pasando la cancha de Newell’s, tomé mi primera gomita GU y en ese momento me dí cuenta que debería haber llevado dos paquetes en vez de uno.

Al salir del parque y tomar por Pellegrini, seguí el ritmo de la liebre, que estaba corriendo por debajo de los 5:00/km. Me sentía bien, cómodo, e iba y venía con el grupo, que charlaba alegremente sobre cosas a las que no les presté atención. Muchos se conocían, por lo visto eran veteranos de la distancia, y se ponían al tanto de sus vidas y de conocidos. Nada del otro mundo.

Al salir del centro hacia el Monumento a la Bandera, me empecé a quedar rezagado respecto a la liebre, pero seguía corriendo por debajo de los 5:00/km, que era el objetivo. Me sentía bien, entero y hasta un poco confiado, pensando que la carrera la tenía en el buche.

Sí, pensé que tenía una carrera de 42km adentro en el km15. Cacho de nabo.

La segunda parte, de unos seis km, consistió en un tramo de asfalto con algo de adoquines -¿que tienen los rosarinos con esto, me cacho en diez?- casi completamente llano excepto por un tramo de autopista con una elevación algo pronunciada cerca del retome. Empecé a rezagarme aún más de la liebre -ya la tenía a casi 50m- y me crucé con Jorge Biroccesi, mi compañero de equipo, que venía ya por el km 19 o 20, mientras yo iba por el 17 o 18. Dí la vuelta en el retome, dejé de pensar en la liebre y en el tiempo y me dediqué a mirar a los corredores que venían, a ver si veía a Franco. Me lo crucé por el km 20, y venía bastante bien.

En el km21 pasé frente al monumento de la bandera y la carrera dio un giro de 180º para mí. Alejandro, mi coach, me hizo de liebre un trecho hasta el tunel, ya que quería serle liebre a Jorge a la vuelta y le dije que no había drama. A esta altura ya estaba corriendo por encima de los 5:00/km y estaba preparandome mentalmente para la carrera que se me venía, que no pintaba para nada fácil.

La segunda mitad de la maratón consistía en ir hacia el norte -o “para arriba”-, hasta el km 30, hasta el parque Scalabrini Ortiz -creo, la verdad que no sé- y de ahí volver. Después, pasando el km35 había un desvío hacia el flaquito en el circulo de conos y ahí la vuelta. En el km37 te daban bananas. Este trayecto era de asfalto en muy buen estado, pero al filo del sol. Fuck my life, pensé, pero a darle para adelante. Sin asco

En el km25 me alcanza Verónica Barceló, compañera de equipo, y me pregunta como estoy. Le respondí que bien, que aunque las piernas me pesaban todavía podía seguir, que no se retrasara al pedo. Me hizo caso y siguió a un ritmo fuerte y constante. Terminó haciendo apenas ahora de las 3:30 y salió cuarta de su categoría. CARRERÓN.

En el km25 y monedas, pasando una curva de una Shell, camino por primera vez. Los cuadriceps e isquiotibiales me arden bastante y los siento algo contracturados pero no enlongo y sigo. Sobre el km27 la ruta se empieza a hacer cuesta arriba y las puteadas a amontonarse. Pierdo el foco de la carrera. Cambio de estrategia y troto dos minutos y camino uno. Así voy hasta el km 29 donde empiezo a trotar de vuelta. Hago el retome y sigo. Cerca del km31 me cruzo con Martín Casanova, autor del Semana 52, y con su novia, Vicky, que venían corriendo la primera maratón de ella. Le grito “¡Grande Casanova!” porque lo reconocí de pedo y sigo trotando.

El tramo entre el km30 y 35 fue muy sufrido. Me deshidraté. No podía tomar más del agua porque le sentía un gusto horrible y me sentía bastante para la mierda. Las liebres me empezaron a pasar como poste de ruta, y yo no podía seguirle el paso a ninguna. Bastante frustrado camino y pienso en abandonar. Llego al km35 y agarro 2 botellas de Powerade. Un desconocido buena onda me da una gomita GU y un trago de Gatorade un rato antes porque me vio completamente destrozado. Ese flaco me dio las fuerzas necesarias para poder completar la carrera en un momento muy difícil.

Hago la vueltita infame entre el km35 y el km37 y cruzo de vuelta a Casanova y Vicky. Cuando salgo a la ruta de vuelta, siento como energías renovadas y empiezo a trotar más fuerte.

A todo esto, mi ritmo ya era de +6:00/km.

En el km38 ya encontré un ritmo fijo y no vuelvo a caminar más hasta llegar a la meta. Venía alentando a corredores en el camino y medio pechándolos para que no se retrasen más. Cuando paso por el 40km pienso “LA PUTA MADRE TODAVÍA FALTAN 2KM, LA CONCHA DE MI MADRE” pero sigo. No me subo a la vereda en ningún momento, a pesar que la calle sea de esos adoquines hijos de puta.

Después de la bajada del km41 aprieto el paso lo más que puedo. Paso a unos corredores de Bahía Blanca y les digo en joda: “Miren que dentro de 15 días tienen otra de vuelta”. No se ríen. Hay cosas peores.

Adoquines, adoquines everywhere. Me cruzo con Ale y Jorge, que estaban cambiados y veo venir a Vero con la medalla y la hidratación. Aprieto el paso mientras levanto los brazos, agitando al público. Corro lo más rápido que puedo bordeando el Monumento a la Bandera y, después de 4 horas, 15 minutos y 34 segundos, termino mi segunda maratón.

Semana 39: Día 262: Qué pasa por la cabeza del corredor de maratón

Sobre gustos no hay nada escrito, dicen, pero a mí me gusta correr, y Tomás Vich Rodríguez escribió un libro llamado “Qué pasa por la cabeza del corredor de maratón”. Creo que cada uno vive en su propio mundo, y la mente le juega distinto, pero seguramente tengamos puntos en común. Imaginemos, como dice Vich Rodríguez, que esto es una constante, y veamos si nos identificamos o no con su pensamiento:

Nuestra mente es igual que nuestro cuerpo. Y es igual por diferentes razones. En primer lugar, porque forma parte de nosotros. En segundo lugar, porque también se agota o se cansa cuando se realiza una actividad durante un período de tiempo más o menos prolongado. Y en último lugar, porque, así como entrenando nuestro cuerpo podemos lograr mayor resistencia, potencia muscular, flexibilidad…, entrenando nuestra mente podemos lograr mayor capacidad de concentración, atención, capacidad de sacrificio… y, por tanto, retardar, en gran medida, un agotamiento prematuro.

En el maratón, al hilo de lo que sucede a nuestro organismo, la mente sigue un proceso natural de desgaste que se refleja en las distintas etapas o fases emocionales por las que pasamos a lo largo del tiempo que permanecemos corriendo. Voy a distinguir seis etapas diferenciadas, aprovechando determinados puntos kilométricos del maratón:

Euforia, se prolonga desde antes de la carrera hasta los primeros kilómetros de la misma.
Charla, se extiende desde los kilómetros 6-7 hasta el kilómetro 14-15 aproximadamente.
Transición, va desde los kilómetros 16-17 hasta el kilómetro 22-23.
Latente, transcurre desde el kilómetro 24-25 hasta el kilómetro 30-31.
Sufrimiento, sucede desde el kilómetro 32 hasta aproximadamente el kilómetro 42.
Éxtasis final de carrera, que ubico en los últimos metros de la prueba.

Durante estas fases, nuestro estado anímico varía desde un polo hasta el opuesto (de norte a sur, de blanco a negro), pasando de estar alegres a estar suplicando para que llegue el final de la carrera. Sin embargo, dicho estado se puede, si no eliminar, sí por lo menos mitigar hasta el extremo de lograr, inclusive, disfrutar de los últimos kilómetros de la Maratón. Pero para conseguirlo, hay que mentalizarse de la existencia de los malos momentos y de la necesidad de superarlos.

1. EUFORIA – Nervios pre-carrera. Esta etapa se extiende, tal y como señalé anteriormente, desde los minutos (u horas) previas al inicio de la carrera, hasta que se llevan recorridos los primeros kilómetros (4 o 5).

Durante esta etapa, se entremezclan los pensamientos de alegría (“Esto es un espectáculo”, “Voy a por el maratón”, “Cómo me gusta esto”), con otros que reflejan las primeras dudas ante la carrera (“Cuando llegue a meta voy a dar botes de alegría”, “Esta tarde, tras la carrera, voy a estar todo el tiempo sentado en un sillón”, “Me voy a comer un buen filete”). Sin embargo, no dudo en ningún momento que muy pocas personas nos planteamos el hecho de que antes del final de la carrera vamos a sufrir y este sufrimiento, por momentos, va a ser muy grande. ¿Y por qué no nos planteamos esta circunstancia?. El hecho es que durante este preciso momento estamos FRESCOS, física y mentalmente, y lo que menos me voy a plantear en este instante es que al cabo de unas horas voy a pasarlo mal, simplemente, porque pienso que no va a suceder; y es que si “ahora estoy bien ¿por qué luego me voy a encontrar mal?” o “cuando tenga que sufrir, sufriré”. Estas cogniciones son erróneas ya que no se ajustan a la realidad y, por eso, es fundamental controlarlas y/o dominarlas (éste supone el primer punto de concentración).

Me explico en este aspecto: claro que estoy de acuerdo conque una persona esté eufórica antes de empezar la carrera y que se deje llevar por estas sensaciones, porque es bueno, pero, esto, es muy distinto a que, posteriormente, una vez iniciada la prueba, dichos pensamientos se antepongan a la realidad que, como ya he comentado, es que antes o después nos vamos a cansar (son muchas horas corriendo) y si no lo hemos previsto o anticipado y, por tanto, no nos hemos concienciado para ello, pagaremos el gasto que hagamos al principio con un cansancio adicional al que, por el de la propia carrera, vamos a padecer.

Resumo este punto destacando el hecho de que es bueno inmiscuirse dentro de las sensaciones que se producen antes y durante los primeros kilómetros del maratón, e, incluso, aconsejo que se haga, porque forma parte de la satisfacción que el susodicho maratón produce, pero, igualmente, quiero señalar que estas sensaciones deben estar controladas por nosotros, y, la mejor forma de lograrlo es siendo conscientes de que tras la euforia y el descanso físico inicial, llegará el agotamiento. Es decir, hay que ANTICIPAR lo que nos va a suceder en cada momento de la carrera.

Por ello, os propongo que durante estos primeros instantes de carrera seáis cerebrales (no pasionales) y comencéis la prueba tranquilamente (sin prisas), a vuestro ritmo, y sin dejaros llevar ni por la alegría del principio, ni por el miedo a quedaros descolgados del resto de corredores. De esta forma, en los últimos kilómetros de la prueba, aparte de adelantar a muchos de estos corredores que, ahora, se dejan arrastrar por la euforia del inicio, (el exceso que ahora están realizando, lo van a pagar al final de la prueba), vamos a llegar en un muy buen estado físico y mental.

2. CHARLA. Esta etapa se prolonga desde, aproximadamente los kilómetros 6-7, hasta los kilómetros 14-15.

La denomino la etapa de la “charla”, porque durante este período de tiempo es cuando una gran parte de los corredores se dedican a hablar con los “compañeros de viaje” y con las personas que altruistamente nos animan cuando pasamos a su lado. Asimismo, este es el momento en el que se suelen gastar bromas y/o contar chistes.

Durante este período de tiempo el problema que nos podemos encontrar es el del desconocimiento de nuestras posibilidades. En numerosos casos, los corredores, bien porque físicamente se encuentran en perfecto estado (“Ya estoy en el kilómetro 11 y me encuentro muy bien, así que puedo acelerar”, “Voy perfectamente, no estoy nada cansado”), bien por la animación de la gente que te empuja (“Qué emocionante es ver a tanta gente animándote”) o bien porque percibimos mal la realidad (”Ya llevo un tercio de la carrera, solo me quedan dos tercios y no estoy cansado”, “Ya solo me quedan X kilómetros”) tendemos, inconscientemente, a acelerar nuestro paso y a adoptar un ritmo que está por encima de lo que nuestro cuerpo nos permite, provocando un agotamiento prematuro de nuestra energía, primero física y, a renglón seguido, mental. La consecuencia de todo esto es que, según el kilómetro de la prueba en el que ocurra, abandonamos o acabamos “arrastrándonos”.

Ante esta circunstancia, os propongo nuevamente la ANTICIPACIÓN de estas sensaciones, de tal modo que, cuando observemos que nos estamos dejando llevar por la euforia de la gente que nos anima o que vamos a un ritmo más veloz del que podemos, porque en ese momento nos vemos fuertes e invencibles, actuemos con cabeza y reflexionemos sobre lo que más nos conviene, y esto no es otra cosa que mantener, atendiendo para ello a nuestras sensaciones orgánicas, un ritmo que se ajuste a nuestras posibilidades; de este modo, no nos dejaremos arrastrar por lo que las sensaciones inmediatas nos dictan, y que no son otra cosa que percepciones erróneas de la realidad, fruto de un sentimiento de grandeza e insuperabilidad equivocados.

3. TRANSICIÓN. Desde los kilómetros 16-17 hasta los kilómetros 22-23).

Esta etapa, psicológicamente hablando, es neutra. Es solamente durante estos kilómetros cuando los corredores populares realmente actúan, siempre desde un punto de vista psicológico, como deben. Esta etapa supone, como su propio nombre indica, un paso entre la alegría del principio y el comienzo del cansancio físico y mental, de ahí que, durante este tiempo, permanezcamos más o menos concentrados y corriendo de un modo más o menos regular. Sin embargo, no quiero decir con ello, que los defectos que hemos ido acumulando durante los kilómetros previos, hayan desaparecido; evidentemente, si estamos rodando a un ritmo más fuerte que el que nuestro cuerpo nos permite, vamos a seguir manteniendo esta línea. Lo que quiero decir es que, a pesar de los errores que, desde el principio estamos cometiendo, durante este período ni existe la euforia inicial (puesto que ya llevamos bastantes kilómetros y la alegría del principio ya ha desaparecido) ni nuestras energías están debilitadas (y por lo tanto, nuestra cabeza no nos está mortificando con nuestro cansancio ni está malinterpretando los signos corporales que presentamos), lo que nos permite correr, mentalmente hablando, de un modo óptimo.

Este espacio de tiempo adquiere, si así se desea, una importancia mayor para los corredores populares, ya que, puede servirles de modelo para saber cómo deben correr un maratón; es decir, que si MENTALMENTE, somos capaces de correr toda la prueba como lo estamos haciendo ahora, vamos a estar en disposición de llegar a meta en perfecto estado, ya que estamos dejando de lado nuestras cogniciones erróneas a cambio de otras que nos permiten ir concentrados en lo que estamos haciendo. A fin de cuentas esta es, para mí, la clave fundamental para acabar el maratón, física y psíquicamente bien.

4. LATENTE. Esta etapa se extiende desde aproximadamente el kilómetro 24 hasta lo que se ha venido en llamar “el muro”, aproximadamente el kilómetro 32.

Es en este momento, cuando puedo decir que comienza el Maratón: hasta ahora, nuestra euforia, en primer lugar, y nuestro perfecto estado físico, posteriormente, no nos han permitido captar la verdadera dureza de la prueba; pero, a partir de este momento, una vez que ya comenzamos a sentir el peso de la carrera (las piernas empiezan a sentirse cansadas, ya no apetece seguir corriendo, etc.), es cuando vamos a empezar a sufrir física y mentalmente.

Sin embargo, el verdadero sufrimiento psicológico está aún por llegar; en esta etapa, mientras tanto, se empiezan a larvar pensamientos que, más tarde, cuando físicamente estemos muy cansados, van a pasearse una y otra vez por nuestra cabeza de manera continuada, provocando, si no estamos preparados, unos efectos devastadores.

Durante este período de tiempo es cuando uno empieza a preguntarse si va a llegar a meta; es cuando empezamos a fijarnos, no en el camino que llevamos recorrido, sino en el que nos queda por recorrer; es cuando, en definitiva, empezamos a angustiarnos y hasta decaernos, porque ya lo único que queremos es “¡ACABAR de una santa vez!”.

Es, pues, una etapa de gestación que (aunque aparentemente pasa desapercibida), desde mi punto de vista es la más importante, ya que, si durante este espacio de tiempo logramos controlar nuestros pensamientos y analizamos objetivamente todo lo que le ocurre a nuestro organismo, posteriormente (cuando las sensaciones físicas sean más desagradables), afrontaremos nuestro agotamiento en mejores condiciones. Por ello, y como sé con certeza que durante estos kilómetros, van a empezar a dolernos las piernas, nuestro ritmo va a ser más cansino, las ganas de correr van a empezar a desaparecer y nuestra mente ya no va a estar tan despejada, debo hacer constar que nuestra concienciación debe ser, aún si cabe, mucho mayor. Ahora es cuando deben empezar a aflorar los pensamientos positivos que hemos preparado para este momento. En este aspecto hay una cosa clara, si antes de la prueba hemos previsto este cansancio, ahora, cuando llegue, vamos a afrontarlo con verdaderas garantías, ya que nuestras cogniciones van a ser del estilo “esto ya me lo esperaba”, “es normal este dolor, llevo muchos kilómetros corriendo”, “forma parte de la carrera”, etc., y no las que normalmente aparecen cuando uno no está preparado (“me duelen las piernas”, “no me quedan fuerzas”, “estoy muy cansado y todavía me quedan muchos kilómetros”, “no voy a llegar”, etc.). La diferencia entre unos pensamientos y otros es tal, que, si en este tramo aplicamos los primeros, nuestro sufrimiento final va a ser mucho menor (incluso puede ser inexistente) y se va a limitar, exclusivamente, a nuestro dolor físico (que, por cierto, no es poco).

Respecto a esta etapa, tengo una anécdota que me recuerdan los dos errores más importantes que cometí en mi primer maratón:
a.- ir a un ritmo más fuerte del que mi estado físico me permitía.
b.- interpretar erróneamente las sensaciones corporales que pasaban por mi cuerpo en cada momento.

El hecho fue que durante mi primer maratón (año 1995), tras haber recorrido unos 25 kilómetros, en los que había ido más deprisa de lo que realmente podía (primer error), llevado, por un lado, por mi “invencible” fortaleza física, por otro, por el desconocimiento de la prueba y, por último, por mi inexperiencia, empecé a notar, como es normal en todos los corredores, un enorme cansancio de piernas, lo que yo interpreté (segundo error) como un signo de un inmediato calambre. Pues bien, y a pesar de que no me dio ningún calambre, desde ese instante hasta el final de la prueba, lo único que pasaba por mi cabeza eran pensamientos continuos que me recordaban lo enormemente cansado que estaba y las pocas ganas que tenía de correr (“Ya no puedo más”, “Qué hago yo aquí”). El resultado final fue, que llegué a meta (gracias a que pude acoplarme a un grupo de corredores que iban dirigidos por un guía que había puesto la organización) en un pésimo estado físico, y en un estado mental desastroso. Al año siguiente (en 1996), cuando me conciencié de que debía ir y que este cansancio me iba a sobrevenir, lo único que pasaba por mi cabeza eran pensamientos continuos que pedían con deseo que llegarán los kilómetros, es decir, esperaba cada kilómetro con anhelo, ya que de esta forma podía demostrar mi fenomenal estado físico. Evidentemente, en este caso, la llegada a meta fue muy diferente, acabando, para un corredor como soy yo (no he bajado en ninguno de los cuatro maratones que he disputado de las 4 horas y 15 minutos, lo que supone ir a 6 minutos el kilómetro), a un ritmo bastante fuerte (en concreto, a 5 minutos el kilómetro), registrando un mejor tiempo en la segunda media maratón.

5. SUFRIMIENTO. Se prolonga desde, aproximadamente, el kilómetro 32 hasta el kilómetro 42.

Esta etapa es la que nos pasa factura si hemos sido excesivamente osados. Si ya de por sí, yendo físicamente bien, mentalmente vamos a estar muy cansados por la prueba (no obstante, llevamos unas 3 horas corriendo), no es necesario imaginarse lo que ocurre cuando físicamente estamos mal y no hemos previsto dicho cansancio. Durante este período de tiempo, lo único que vamos a desear es acabar y ni los aplausos generosos de la gente, ni nuestro estado físico nos van a ayudar a retirar de nuestra cabeza, estos pensamientos. En este aspecto, la agonía es tal, que, una persona cualquiera que todavía no haya corrido ningún maratón, no se explica el hecho de que cuando tan solo te quedan dos kilómetros para terminar (¡después de haber recorrido 40!) dejes de correr y te pongas a andar, y, es que, para la mente de un corredor no preparado para la ocasión, que lleva corriendo 4 horas, esos últimos 2 kilómetros, no son otra cosa que 2.000 metros y 2.000 metros son, aproximadamente, unos 2.000 pasos, lo que supone una barrera imposible de superar en ese momento, para cualquier persona que llegue en esas condiciones.

La concienciación para la prueba va a impedir que estos pensamientos sean tan negativos, ya que al estar mentalizados, vamos a prever su llegada y, por tanto, vamos a saber, por lo menos, mitigarlos. Nuestro objetivo es, pues, que al llegar al kilómetro 40 (ó 39 ó 38) sólo pensemos en ir a por el siguiente kilómetro, sin obcecarnos ni angustiarnos por llegar a meta, defecto, que es muy común en numerosísimos corredores, quienes creen que en el kilómetro 34 (porque sólo queden 8), ya han terminado la prueba, sin concebir el hecho de que ahora cada kilómetro se multiplica mentalmente por 2, y, que, ni nuestros pensamientos ni nuestro estado físico son los del principio, sino que son radicalmente opuestos (“no puedo más”, “quien me manda a mí meterme en estos sufrimientos”, “estoy harto de correr”, “no vuelvo a correr el maratón”, etc.).

Anecdótico fue el hecho que le ocurrió a un amigo mío en su primer maratón: al terminar la prueba, al ser preguntado por sus amigos que tal le había ido, él contestó que su peor momento lo pasó cuando tuvo que pasar por “el kilómetro del empedrado”, refiriéndose a los apenas 100 metros de empedrado existente justo enfrente del Museo del Prado. Esta respuesta da muestra de la forma que tiene de ver las cosas un corredor popular de maratón cuando lleva recorridos 40 kilómetros.

6. ÉXTASIS FINAL DE CARRERA. Sucede durante los últimos metros de la carrera.

Qué decir de esta fase que no conozcan todos aquellos que han sentido en sus carnes lo que supone atisbar a pocos metros de ti esa pancarta que da por terminado tanto tiempo de dedicación, esfuerzo, sufrimiento, alegría… Esa pancarta pone, aunque parezca mentira:

META
En fin, en esta etapa se produce lo que yo denominaría un subidón anímico, que se refleja externamente en las caras de satisfacción de los corredores, e introspectivamente en pensamientos que resumen todo el esfuerzo previo por conseguir una heroicidad: “Lo he logrado”, “Por fin”, “Soy un genio/a”, “Aleluya”… En definitiva, es un momento que todos los que lo hemos experimentado, resumimos en que es “para vivirlo”. Es un momento, psicológicamente hablando, muy peculiar. Digo peculiar, porque si nos fijáramos en esos corredores unos 500 metros antes, veríamos, tal y como comenté en la etapa anterior, un aspecto totalmente distinto y, sin embargo, parece milagroso que, de repente, nos olvidemos de nuestros dolores físicos, del calor, del cansancio, de la hartura psicológica… Y demos la sensación, siempre de cara al espectador, de que estamos como si no hubiéramos recorrido ¡42 kilómetros sin parar!, o lo que es lo mismo, como si no hubiéramos estado corriendo 3, 4, 5 o hasta 6 horas.

Quizás toda esta reacción quede explicada porque en nuestro organismo se produce la liberación abusiva de una hormona que todos en nuestra vida desearíamos liberar continuamente: la endorfina o, comúnmente hablando, “hormona de la felicidad”.

CONCLUSIÓN
La clave del éxito mental en el maratón radica en la anticipación de consecuencias. Si se consigue controlar todas las sensaciones que se van a experimentar durante el maratón, se logrará realizar una buena carrera, lo que permitirá repetir la experiencia (si así se desea) ya que el sentimiento final será de Plena Satisfacción.

Semana 39: Día 260: La Maratón de Rosario (detrás de escena)

Correr una maratón no es fácil. Dudo que siquiera le resultara sencillo a aquel animal que llegó en poco más de dos horas. Lo vimos pasar, en sentido contrario, cuando iban dos horas y cuarto de carrera. Iba solito, muy tranquilo, pero seguro la sufrió tanto como el que llegó último.

Vicky corrió sus primeros 42 km de calle. Era algo que la tenía ansiosa, con nervios. Nos preparamos lo mejor que pudimos, con una dieta rica en hidratos, sin fibra. Descansamos lo que nos fue posible, no nos exigimos tanto en los días previos, y nos armamos de los artilugios de los corredores, como geles, analgésicos y otros accesorios como tibialeras. Sin duda, la vedette de esta maratón fue el baticinturón.

Este es el nombre cariñoso que le dimos a ese cinto que trae caramañolas y algún compartimento para guardar cosas. Vicky lo compró en Buenos Aires, y yo lo dudé hasta el final, adquiriéndolo finalmente a minutos de retirar el kit de la carrera y firmar el deslinde de responsabilidad. Esta era mi cuarta maratón, y en otras utilicé una mochila hidratadora. Solo en Grecia, con un asistente en auto, me animé a correr sin nada encima.

El baticinturón siempre me resultó aparatoso, y hasta me burlaba de quienes lo usaban. Imagino que ahora yo seré motivo de burlas en susurros, con mis cuatro botellitas que llevo como si fuese Rambo con sus granadas. Pero me di cuenta de lo cómodo que es no llevar peso en la espalda. Además me vi obligado a economizar. La mochila permite llevar muchas cosas, como un abrigo liviano, ropa, analgésicos (en pastilla y en pomada), vaselina, agua para toda la carrera y el celular. Todo eso juntito. El baticinturón es agua y no mucho más.

Nos ayudó que hiciera un clima espectacular. No necesitaba cargar con abrigo por las dudas. El sol pegaba fuerte, muy agradable, así que me saqué el pañuelo de la cabeza e improvisé poniéndomelo en la muñeca. Así me pude secar la transpiración con una tela suave, algo que nunca había hecho y que resultó muy cómodo.

Por otro lado, como tenía un solo bolsillo en el cinturón para guardar algo, prioricé el celular, tanto para emergencias como para twittear y sacar fotos. La vendedora me sugirió una muy buena idea para los geles: echarlos en una de las caramañolas, completarla con agua e ir dosificándolo de ahí. ¡Genial! Nada de abrir paquetitos mientras corría. De hecho, ya venían casi diluídos, lo que los hizo mucho más tolerables a la hora de tomarlos.

Probablemente en otra carrera sus limitaciones me compliquen. Pero si el clima lo permite, lo mejor es economizar en peso. No necesité nada más, y el celular (alias la cámara) estaba muy a mano, en un bolsillo que (a diferencia de la mochila) no dejaba que se humedezca por la transpiración.

El gran punto negativo del baticinturón fue al cruzar la meta. Cuando nos dieron la medalla, nos hidratamos, comimos, festejamos y todo eso, me lo saqué y me di cuenta de lo molesto que es cuando no lo llevas puesto. No te lo podés colgar de un hombro, ni envolverte una muñeca. Ni siquiera es cómodo de guardar en una mochila. Pero sus ventajas sobrepasaron estas incomodidades.

No sé qué se vería desde afuera. Un salame con cinturón de astronauta, filmando con su celular en lugar de mirar dónde corría. Pero en nuestro mundo interno, Vicky y yo estábamos disfrutando de una hermosa maratón, que registramos para la posteridad. Fue la carrera de ella, pero igual para mí no fue fácil. Sufrí, me emocioné, y aunque no corrí contra mi reloj mental, sé que hice un esfuerzo tremendo. Pero no estaba absorto de toda esta grandiosa maratón. La estaba viviendo, y ahora me encuentro constantemente volviendo a mirar  la llegada en ese videito. Puedo experimentar otra vez esa emoción, esa alegría, y el orgullo de ver a mi chica cruzando la meta.

Semana 39: Día 259: Nace una nueva maratonista en Rosario

Como dije alguna vez, la maratón de Rosario giró en torno a Vicky. Era su primera experiencia en esta gloriosa carrera de calle, y acompañé en todo lo que pude. Si fui a un ritmo más lento que el mío no quiere decir que no la haya sufrido. Me duele todo, pero estoy feliz de haber superado esta prueba, y más todavía de haberlo vivido codo a codo con Vicky, una verdadera luchadora.

Es raro intentar describir lo que uno vive ne una maratón. Difícilmente alcance para describirse con palabras. Todo ese sufrimiento, los dolores… y de fondo una felicidad de estar lográndolo, de poder conquistar el deseo de cruzar la meta. Ella lo vivió por primera vez y, sin chistar, se comprometió a poner en escrito sus pensamientos. Aquí va, el relato de una nueva maratonista:

El año pasado tuve el sueño de correr la Maratón de Rosario, pero no estaba entrenada y pensaba que no iba a llegar físicamente a recorrer los 42 Km. Con un año de delay, el domingo finalmente corrí la distancia que te consagra como maratonista.

Después de haber participado en ultramaratones uno debería pensar que esto era solo un paseo por el parque (a walk in the park) pero no lo fue. La idea de correr sin parar 42 km me intimidaba, especialmente sobre asfalto. No había podido entrenar mucho las semanas previas porque estuve resfriada, y sumado al frío que estuvo haciendo, me daba fiaca salir de casa después del trabajo. Además me tenía preocupada un dolor en los tibiales (anteriores y posteriores) que venían molestando desde hacía rato.

En esta maratón innové en dos cosas (aunque aconsejan no experimentar en una carrera). Por un lado, probé los parches de diclofenac en los tibiales, recomendación que me hizo una compañera de Puma Runners. Por el otro, estrené el baticinturón, ya que no quería correr con el peso del hidratador en la espalda. ¡Debo decir que esas dos cosas me salvaron la vida!

La salida fue emocionante, nos sacamos la foto grupal, nos dimos las manos, nos deseamos buena carrera y arrancamos. El día perfilaba precioso, nada de frío y el cielo diáfano. El solcito, el “poncho de los pobres”, nos daba calorcito por el camino. La temperatura era ideal. Nada pudo haber fallado. Fue perfecto en todo sentido.

Iba muy bien y muy contenta, sin dolores, los tibiales no se sentían, el oxigeno bien. En realidad, no podía creer que fuera tan bien. Después de la carrera, Martín me confesó que íbamos a 5:30 el kilómetro, pero no me lo quería decir en su momento porque no me quería presionar.

En los primeros kilómetros atravesamos un túnel, todos levantando las manos, aplaudiendo y gritando enérgicamente. Le dije a Martín “cuando volvamos a pasar por acá, en el kilometro 23, van a pasar todos calladitos”. Antes de dar la vuelta y tomar por el Boulevar Oroño, un Dj que pasaba unos sets de Guetta (con todo el poder) me motivó a levantar el ritmo.

Todo lindo, hermoso, color de rosa, divino, hasta que divisé, en el kilómetro 17,5, una autopista con una breve pendiente. No me agradó mucho. De ahí en más sentí como si corriera con el freno de mano puesto. Atravesamos nuevamente el túnel, esta vez todos más distanciados y en silencio. Había un artista tocando en el bandoneón una música que me recordaba a esas películas donde los barcos iban trasladando inmigrantes. En el kilómetro 21 desaceleré y el Pacer de 4 horas (con toda la troupe) me pasó. Otra vez cruzamos al Dj con música bien arriba y me llenó de energía, pero en el kilómetro 25 me rebasó el pacer de 4 horas 10 minutos, y ahí nos quedamos. Había una pendiente imperceptible pero que se imponía.

Nos cruzamos en sentido opuesto con el puntero, el podio iba a 2 horas 12 minutos. Venía tranquilo, yo mientras trataba de sacarme el freno de mano… pero no hubo caso.

Dimos la vuelta en los 30 kilómetros esperando el muro, pero haciendo un recuento me pareció atravesar varios muritos, o quizá mi verdadero muro fue a los 21 kilómetos. Y allí estaba, pensaba en todas las carreras que había sufrido verdadero dolor físico y esto no era tan diferente. Pero en la cabeza seguía la idea de no parar, bajaba el ritmo, cuando podía aceleraba un poquito y comía una gomita (creo que me ayudó el gel Expresso Love). En el kilómetro 32 sentí que me prendía fuego y tuve que sacarme la remera. A partir de ahí me sentí muy bien, entumecida pero feliz. El tren superior estaba como si recién hubiera arrancado, pero mis piernas pedían clemencia. Pensaba en Pilates y los ejercicios de elongación, e intentaba abrir la zancada.

Divisamos otra autopista, ¡¡otra subida!! ¡¡Pero a quién se le ocurre!!

En el kilómetro 38 nos dieron banana, pero ya a esa altura no podía comer más nada. Cruzamos al Dj por tercera vez, y en esa oportunidad estaba pasando una canción que me gusta tanto que me llenó de motivación y me ayudó a acelerar. Con el solcito de frente volvimos a entrar al casco urbano de Rosario, donde la gente en la vereda nos gritaba y alentaba. Una hermosa pendiente abajo nos ayudó a recuperar. El aliento de la gente me motivó, entonces sabía que ya faltaban metros y me puse la remera: no quería entrar en esas condiciones, las chicas debemos cuidar nuestra presencia ante todo. Entré al embudo, con la música de fondo y los gritos de la gente logré hacer algo que jamás pude en otras carreras: un sprint final. Con una sonrisa en la cara crucé la meta. Martín me abrazó y allí, emocionadísima, me di cuenta que me había estado filmando desde que me puse la remera.

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Pedimos Powerade y unas frutas, y fuimos a alongar y a esperar a nuestros compañeros (que los habíamos cruzado a lo largo de toda la carrera). Leandro ya había llegado cuando nos encontramos con Paco y los cuatro nos quedamos esperando a Vanesa. Cuando la vimos venir, y salimos de la valla a alentarla. Otra Puma Runner cruzaba la meta.

Fue una jornada muy emocionante. Pasé desde la felicidad al dolor y de vuelta a la felicidad. Destaco la camaradería de los compañeros de carrera y de Martín, que siempre me motivó… aunque hubo veces en que me enojé porque sentía que yo no podía, pero él jamás perdió su fe en mi, y por eso nunca dejaba de decirme “¡vamos, vos podés!”. Y sí, es la cabeza la que decide si podés o no cumplir con tu sueño.

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Semana 39: Día 258: Los 42 km de la maratón de Rosario

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Podemos decir que este año tuvimos mucha suerte. Además de que nos dimos el lujo de viajar y de descansar en un hermoso hotel, el día nos sorprendió con un clima primaveral en pleno invierno. Mejor, imposible.
Como toda carrera, nos levantamos temprano para desayunar. Al igual que en el resto de Rosario, nuestro hotel estaba repleto de corredores. Cada uno elegía qué comer. Con Vicky optamos por tostadas y yo le agregué yogur con cereales.
Llegamos al Monumento a la Bandera media hora antes de la salida. Dejamos las cosas en el locker y nos dirigimos al encuentro de nuestros compañeros Puma Runners Vane y Lean, que se le animaron a los 42 km. Con Vicky estrenábamos estrategia: nos compramos los baticinturones que traen caramañolas. Era raro sentir ese peso en la cintura y no en la espalda o los hombros. Pero resultó ser una excelente iniciativa (que, como todas las buenas ideas fue de Vicky).
Empezamos pasadas las nueve de la mañana. Nos sorprendió que no largásemos antes, pero las reglas las pone la organización… Los altoparlantes anunciaban 2400 participantes. Con Vicky fuimos conservadores y nos acomodamos en el corralito verde, el anteúltimo.
El clima, inmejorable. La ciudad, hermosa. El espíritu de los corredores, solidario y alegre.
Decidí correr junto a Vicky, sacarle fotos, acompañarla, y que todo gire en torno a ella. Porque era su primera maratón.
No sabíamos cómo se iba a sentir. Ella estaba acostumbrada a la montaña, a caminar si estaba cansada, a hacer trail. El asfalto intimidaba, la perspectiva de no frenar también.
Fui twitteando la proeza de Vicky, que empezó súper emocionada. Cruzamos por los paisajes más hermosos de la ciudad, a un ritmo espectacular. Intentaba no decirle el tiempo o la velocidad para no presionarla. Pero no pude con mi genio y más de una vez la volví loca con mis “dale, vamos que vos podés”. Si acá en el blog estoy todo el tiempo en plan motivador, imagínense tenerme traladrándoles el cerebro cada uno de los 42 km…
Alguna vez Vicky sintió que no podía más. Pero del fondo encontraba fuerzas y seguía avanzando. Los primeros 21 km fueron a 5:30 el kilómetro, pero después las subidas y el cansancio  nos hicieron bajar. Teníamos momentos de explosión en los que subíamos el ritmo, como cuando pasamos junto a un dj que la rompía con Guetta. Ante su música favorita, Vicky revivía, como cuando Popeye comía sus espinacas.
Ella prometió una reseña para mañana, por eso no entré mucho en detalle. Pero puedo decir que estoy orgulloso, que ella no frenó en ningún momento, y que realmente vivió la maratón. Porque todos la sufrimos, pero cuando corremos una maratón, lo que buscamos es disfrutala. Y realmente la pasamos muy bien. Tanto que estoy seguro de que esta será la primera de muchas maratones…