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Semana 31: Día 214: Malvinas

Quizá haya pasado desapercibido para alguno, pero hoy, sábado, es feriado. El evento que se conmemora es el desembarco argentino en las Islas Malvinas. Con un mundial encima y una dictadura militar agonizante, lo vivimos como una fiesta, con el “lo vamo a reventar” como grito de batalla. Pero estaba lejos de ser un partido de fútbol.

Yo tenía 4 años, y por supuesto no recuerdo nada, ni de España 82, ni la Guerra, ni nada. Pero soy lo que se conoce como la “Generación del Golpe”, porque nací al año y medio de que comenzara la dictadura militar. Mi primer recuerdo sobre las Malvinas es la maestra de segundo grado, explicándonos que había un territorio que nos pertenecían y no nos querían entregar. El argumento era que si su cuerpo era Argentina, y su mano las islas. No había lugar para la discusión, era un derecho irrenunciable.

Sin embargo, la disputa de la soberanía es más viejo que nuestro mismo país. Originalmente la contienda era entre España y Gran Bretaña, las dos potencias colonizadoras, que en 1740 ya tuvieron una disputa armada, sin un claro vencedor. Francia incluso llegó a ocupar las islas, en 1764, y los 115 colonos fueron echados por España no menos que a patadas. En 1811 los españoles abandonaron Malvinas hasta que en 1820 el flamante gobierno patrio decidió confirmar su soberanía, como herederos de España, explotando sus recursos e impidiendo la usurpación del territorio por parte de buques balleneros (y los norteamericanos, furiosos por estas imposiciones, volaron el Puerto Luis en mil pedazos).

En 1833 una fragata de guerra británica se apoderó de las islas. Los pobres lugareños no se consideraron en condiciones de resistir, y se rindieron. Y así permanecieron, casi 150 años en posesión de un país acostumbrado a colonizar. Sus propios ciudadanos, allá lejos en el norte, ni siquiera sabían que existía algo llamado Islas Malvinas, ni siquiera Falkland Islands. El 2 de abril de 1982 se dio el desembarco, que se venía gestando con disimulo y en secreto, pero ante la atenta vigilancia de la inteligencia británica. Fue un manotazo de ahogado de la dictadura, dirigida en ese momento por Leopoldo Galtieri. Pero no sólo los militares buscaban con este conflicto levantar su imagen. La que terminó saliendo aireosa y con mucho prestigio fue la Primer Ministro Británica, Margaret Tatcher.

Mientras se desataba esa locura de 2 meses en Malvinas, en nuestro país se prohibió el inglés. En los partidos de fútbol de España ‘82, se dejó de llamar por su nombre al equipo de Inglaterra y pasaron a ser “el contrincante”. Mi colegio primario, llamado “Westminster”, se rebautizó instantáneamente como “Paula Albarracín de Sarmiento”, nombre patriota si los hay. Los noticieros, diarios, revistas, y la junta militar mentían, y le hacían creer a la gente que esta guerra se estaba ganando. Hoy se trata de una vergüenza nacional, por cómo se terminó tratando a los ex-combatientes, y porque sólo se logró que Inglaterra le dé más importancia a las Islas. Sus habitantes, olvidados por la corona, pasaron a tener pasaporte británico. Nuestro país optó por seguir el reclamo por vías más diplomáticas, a través de la cual logró sumar más adeptos en otros gobiernos, que declarando la guerra.

Y todo esto, que es sólo la punta del iceberg de lo que es una guerra, es difícil de imaginar, 29 años después. Me gusta mucho el libro “Los Pichiciegos” de Fogwil, una novelita escrita durante el conflicto armado. Es increíble que el autor haya imaginado las cosas tal cual eran, sin haber estado nunca en las islas, mientras los medios de comunicación hacían creer que éramos una fuerza militar imparable.

Desconozco cómo terminará esta historia. Sé que esta cuenta pendiente jamás la dejaremos ir. Me desconcierta un poco que los habitantes de las islas no quieran tener nada que ver con ser parte de Argentina, y después del bochorno militar de la última dictadura, es difícil no entenderlos. Pero más me desconcierta el hecho de haber mandado gente a la guerra, contra uno de las principales potencias armamentistas del mundo. Cuesta imaginar los motivos. Me recuerda aal chiste que hizo una vez Daniel Paz. Un periodista entrevistaba a Galtieri, que tenía un vaso de whisky en la mano. Le preguntaba “¿Por qué tomaron las Islas Malvinas?”, y el militar respondía “Para olvidar”…