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Semana 23: Día 150: “Correr”, de Ana María Shua

Festejamos 150 posts ininterrumpidos de este blog espartatloniano dejándole un día de descanso a su responsable intelectual. Damos un paso al costado, y compartimos un cuento de Ana María Shua, titulado “Correr”:

“Mauricio Stock se levantó antes de que sonara el despertador. Ya nunca se despertaba tarde, no po­día. Caminó hacia el baño sintiendo las articulacio­nes de las caderas. No llegaba a ser dolor, pero esta­ban allí, presentes. Los tendones moviéndose en sus correderas, las superficies óseas, esas zonas internas de su cuerpo que antes no habían existido, porque un cuerpo joven es un cuerpo desconocido, una má­quina perfecta, misteriosa, que nunca ha sido nece­sario desarmar para estudiar su mecanismo.
Se frotó la cabeza con Minoxidil estudiando en el espejo los matorrales ralos que se obstinaban en crecer en ese páramo. Pero cuando todos sus folículos pilosos estaban vivos, sanos y productivos ¿hubiera podido levantarse una mañana de domingo cualquie­ra y hacer un fondito de dieciocho kilómetros? No hubiera podido. Se puso los lentes de contacto antes del desayuno. Prefería no dejarlo para último mo­mento por si aparecía alguna molestia imprevista.
Mientras hervía la pava prendió la tostadora. Esperó a que estuviera bien caliente antes de meter el pan. Se preparó un con dos cucharadas de miel y masticó despacio tres tostadas chicas con mermela­da de ciruela. Antes salía en ayunas. Ahora había aprendido la importancia de cargar carbohidratos, aunque se moderaba en la cantidad para no sentirse pesado. A la vuelta se comería un pote de cereales con leche y una banana para reponer el potasio, aun­que su médico le hubiera dicho que no era necesario preocuparse por eso, que el potasio está en todas par­tes y no se pierde con el sudor.
Muchos hábitos habían cambiado desde que empezó. Al principio había creído que lo ideal era usar ropa de algodón, porque absorbe la transpira­ción. Treinta años atrás, cuando jugaba al básquet, ésa era la regla de oro en el mundo del deporte. Pero el Máster le hizo notar que el algodón, en efecto, ab­sorbe la transpiración: y por lo tanto se empapa. Des­pués de los cinco kilómetros, ese peso se empieza a notar hasta convertirse en un lastre. Ahora se usaban materiales sintéticos que dejaban evaporar el sudor, el mismo tipo de fibra que mantenía seca la cola de los bebés en los pañales descartables. El señor Stock, sin embargo, seguía usando algodón cuando no le preocupaban demasiado los tiempos a cumplir.
Desde hacía unos meses recibía por correo elec­trónico los mensajes de la Sociedad de Corredores Muertos, un foro de discusión en el que participaba sobre todo gente de su edad. No había calculado que además de la actividad en sí iban a llegar a fascinarlo las palabras que la nombran. ¡Como cualquier adicción! Todos los días leía con interés los comenta­rios y experiencias de otros corredores en todas par­tes del mundo. Muchos se referían a las ventajas de la nueva fibra cool-fresh para la ropa deportiva. Uno de los participantes, un hombre de más de sesenta años, se quejaba de las angustias y retrasos a los que puede inducir una próstata rebelde. Gracias a este nuevo tejido sintético, escribió, había podido hacer­se pis encima en la última maratón, sin necesidad de detenerse para orinar, sin mojarse las medias y lle­gando a la meta perfectamente seco. Por suerte Mauricio todavía no estaba en condiciones de apre­ciar esos beneficios.
Antes de salir se puso las llaves en el bolsillo, no era tan maniático como para tratar de librarse tam­bién de ese peso, sobre todo cuando iba a hacer un trabajo individual. Siempre llevaba también algo de dinero y un documento. Puso a enfriar una botella de Gatorade con gusto a mango y sacó del freezer un envase gotero de solución salina (que usaba habitualmente para los ojos), lleno de agua congelada. En el bolsillo el hielo se derretía rápidamente: así podía lle­var encima unos traguitos de agua bien fría para to­mar en cualquier momento, con efecto probablemente más psicológico que físico sobre la sed, pero no por eso desdeñable.
Ponerse las zapatillas era lo último que hacía antes de salir y una parte del ritual que le producía especial satisfacción. Mientras se ataba los cordones, la expectativa le produjo una sensación de hormi­gueo en las piernas: el perro de Pavlov salivando delante de la figura geométrica que anticipaba la co­mida. Dio vuelta las medias y se las calzó al revés; estaba orgulloso de ese pequeño truco, tan simple, para evitar las ampollas y lastimaduras que provo­caban las costuras en los dedos de los pies. Las zapa­tillas eran casi nuevas. Hasta ahora había corrido siempre con Saucony y se preguntó si no había sido una forma de snobismo insistir en esa marca menos conocida en el país. Estaba cómodo con las adidas, que eran un poco más anchas adelante y le daban una sensación de mayor equilibrio. Una mala caída podía llegar a mantenerlo fuera de carrera por sema­nas y hasta meses enteros. (Su mente se resistía a con­siderar la posibilidad demasiado dolorosa de no vol­ver a correr.) Las nuevas zapatillas eran las más duras que hubiera usado nunca. Una gruesa nervadura de acrílico atravesaba la suela evitando torsiones hacia los costados.
En la muñeca izquierda llevaba el cronómetro. En la derecha se puso el reloj monitor, el Polar, y se calzó sobre el pecho la banda para controlar los la­tidos. No quería pasar de las 180 pulsaciones. Ha­bía empezado a correr cerca de los cincuenta años y, por mucho que progresara, su ritmo cardíaco sería siempre más alto que el de los corredores que prac­ticaban desde muy jóvenes. En cambio tenía sobre ellos una ventaja extraordinaria: su rendimiento to­davía mejoraba en lugar de retroceder. En ese mo­mento sonó el teléfono. Debía ser equivocado por­que se cortó antes de que alcanzara a responder. Pero en el reloj monitor pudo constatar cómo el brusco timbrazo había llevado sus pulsaciones de setenta a ochenta y cuatro por minuto. Ahora bajaban de a poco otra vez.
La calle estaba hermosa, vacía, ni siquiera se veía todavía a los porteros de los edificios manguereando las veredas. Unos dieciocho grados de temperatura y el sol de otoño. Caminó a paso rápido desde Cór­doba hasta Santa Fe, eligió Austria para bajar dere­cho hasta Figueroa Alcorta y empezó a correr con un trotecito suave, liviano, de precalentamiento, a unos seis minutos por kilómetro, sin mirar el reloj moni­tor, que no era necesario hasta después de los cinco minutos. Ya no necesitaba ningún instrumento para calcular exactamente su velocidad. Vio venir hacia él a un hombre de su edad paseando al perro. Camina­ban lentamente. El animal, increíblemente viejo, avan­zaba moviendo las patas de adelante, con las patas de atrás sostenidas por un carrito. Pavlov y su perro, pensó, riéndose con la alegría de quien se siente po­derosamente dueño de su cuerpo.
A esa hora, ninguno de los semáforos de Aus­tria era digno de consideración. Hasta Las Heras. Vio a un grupo de adolescentes que parecían haber sali­do de la discoteca, las chicas tenían la pintura corri­da debajo de los ojos y las pupilas dilatadas, pare­cían vampiros agonizantes, heridos por el sol de la mañana. El semáforo de Las Heras le detuvo el avan­ce pero no la carrera, dobló a la izquierda hasta mi­tad de cuadra y después volvió a la esquina a tiempo para cruzar en verde. Con el semáforo de Libertador tuvo más suerte, no fue necesario modificar el ritmo para llegar justo a tiempo. Sólo que el domingo nun­ca se podía estar seguro de que los autos respetaran las luces: cuando llegaba al otro lado de Libertador se sentía siempre como resucitado.
Corrió por la vereda de Figueroa Alcorta hasta Sarmiento y allí se pasó al pasto. Dios no hizo el cemento, decía el Máster y lo cierto es que los médi­cos recomendaban reducir el impacto corriendo so­bre superficies acolchadas. No le importó disminuir un poco la velocidad en bien de sus vértebras y sus rodillas. Entre Sarmiento y Dorrego tenía exactamente mil metros de pasto. Decidió hacer una estirada a fondo en los últimos doscientos metros y descansar los dos minutos del semáforo de Dorrego, un cruce para respetar.
Llegó hasta la mitad del cruce con buena máqui­na y se paró en el descanso. Hasta ahora no había levantado más de ciento sesenta pulsaciones. Mien­tras estaba parado respirando cómodo y en profun­didad, veía cambiar los números en la pantalla del Polar, el ritmo de los latidos bajaba rápidamente, se­ñal de que su corazón estaba tan bien entrenado como los músculos de sus piernas. Por Dorrego, costeando el paredón del Hipódromo, venía corriendo una gordita. Tuvo tiempo de verla mientras se acercaba len­tamente, a una velocidad absurda. Caminando a marcha forzada hubiera avanzado mucho más rápi­do que corriendo así. Era una mujer mayor, de pelo largo y demasiado negro, que a cada rato tenía que sacarse de los ojos. Tendría unos veinte kilos de sobrepeso, las piernas cortas, y corría con las rodillas juntas, las puntas de los pies un poco hacia adentro: una gordita supinadora, pensó Mauricio. En otra oportunidad no le hubiese prestado atención, pero en ese momento eran los únicos dos seres vivos en leguas a la redonda. Con una mezcla de compasión y desprecio, le calculó unos ocho minutos por kilómetro, ¡o diez! El paso era poco elástico, inarmónico y para colmo sacudía la cabeza.
Abrió el semáforo y Mauricio se largó otra vez por el pasto. Tranquilo, manteniendo una velocidad crucero. En ese momento escuchó los pasos desacompasados, inconfundibles, de la gordita, que había doblado por Figueroa Alcorta y venía ubicán­dose en la bicisenda que iba de sur a norte hacia la cancha de River. La mujer lo estaba corriendo. ¡Lo estaba corriendo! ¡A él! Con una enorme carcajada interior, decidió divertirse un poco y bajó delibera­damente la velocidad hasta que la sintió a unos cua­renta metros de distancia. El viento del sur le hacía llegar la respiración ruidosa, jadeante, de la pobre mujer, que parecía estar haciendo un esfuerzo supre­mo. De golpe el señor Stock metió la quinta y salió picando para adelante.
Era agradable sentirse corriendo así, sin esfuer­zo, a una linda velocidad como para mantener en un trecho de largo aliento. No era agradable darse cuenta de que no había perdido a la gordita, cuyos pasos seguían escuchándose más o menos a la misma dis­tancia, unos treinta o cuarenta metros, algo más acompasados. Mauricio estaba sorprendido. En un trecho corto se puede improvisar cierta velocidad, pero ya habían recorrido los ochocientos metros des­de Dorrego hasta la sede del Club Gimnasia y Esgri­ma y la gordita empezaba a acortar la distancia. Eso ya no era improvisación, sobre todo porque los rui­dosos jadeos con que había empezado la persecución se habían ido apaciguando hasta convertirse en un sonido casi inaudible, apenas sibilante en la expira­ción. La gordita estaba entrenada. Bien entrenada.
Preocupado, empezó a apurarse. Sentía un de­seo intenso de darse vuelta para ver a su perseguido­ra pero sabía que eso jamás se debe hacer. NUNCA, le decía el Máster, y se lo decía así, con mayúscula, NUNCA hay que darse vuelta para mirar al rival. Por razones prácticas, porque corta el ritmo, complica la visión y hace perder tiempo. Pero sobre todo por ra­zones psicológicas: el que se da vuelta está demos­trando miedo, preocupación, está demostrando que considera la posibilidad de la derrota.
Ahora la persecución había dejado de ser un jue­go y Mauricio bajó del pasto, odiándose a sí mismo por romper la rutina que se había propuesto. Había salido a hacer un trabajo tranquilo, personal, de in­tensidad mediana, con la idea de aumentar la exi­gencia al día siguiente. Y ahora se había enganchado (otra vez) en una competencia sin sentido. ¿Por qué mierda tenía que ganar o morir? Además, esta vez, su rival era a tal punto ridícula que la historia no ser­vía ni siquiera para jactarse. ¿Ganarle a quién? La alarma del monitor empezó a sonar para indicarle que había llegado a las ciento ochenta pulsaciones.
Pero el mecanismo que se había puesto en mar­cha en su cuerpo y en su mente estaba por completo fuera de su control. El señor Stock desactivó la alar­ma, dejó el pasto, que le complicaba la velocidad, y corrió también él por el cemento. Se mandó una le­vantada puteando contra los hijos de mala madre que habían hecho esa bosta de bicisenda y sintió que conseguía alejarse un poco de los pasos de la gordi­ta, ahora raramente armoniosos y separados unos de los otros, como si de golpe le hubieran crecido las piernas.
El caminito para bicicletas no tenía buen contrapiso, el cemento estaba ondulado. A esa velo­cidad el piso desparejo lo obligaba a mirar hacia aba­jo para no tropezar, en lugar de fijar la vista en el cénit para acompañar el esfuerzo de las piernas con la armonía de la postura y el espíritu, como insistía el Máster. Había subido a cuatro minutos por kilóme­tro, calculó, y corría como si las piernas no existie­ran. Miró el monitor y vio que estaba llegando a las doscientas pulsaciones por minuto. Ése es el máxi­mo, le había dicho el cardiólogo, pero ni una más. Si justamente para eso él usaba el monitor Polar, para no pasarse de las ciento ochenta.
Estaban llegando a Pampa, la persecución había durado ya dos kilómetros y, aunque la escuchaba un poco más lejos, supo que la gordita estaba apurando el paso. Trató de recordarla como la había visto cuan­do corría junto al paredón del Hipódromo, esa ima­gen ridícula tenía que ayudarlo, no era posible dejar­se vencer por una mujer obesa, con ropa inadecuada, con el pelo en la cara, que corría con las puntas de los pies hacia adentro. Pero ahora se iba acercando, muy rápido, ahora estaba realmente cerca, ahora le sentía el aliento en la nuca y aunque fuera absurdo le pare­ció que olía mal, que una larga vaharada de olor a podrido acompañaba el ruido de la respiración de la gordita y crecía hasta envolverlo.
La bicisenda se había terminado. Quedaban mil metros hasta Monroe y en esos mil metros tenía que hacerle morder el polvo, iba a poner la turbina, se arrancó de la muñeca el reloj monitor, al carajo las pulsaciones, el corazón le reventaba en el pecho cuan­do se largó a fondo en una levantada que ni él sabía que era capaz de hacer, mil metros a tres minutos quince, a tres minutos cinco segundos el kilómetro, si hasta ahora había corrido por su honor, ahora co­rría por su vida, volaba por la calle cuando llegando casi a Monroe escuchó una voz masculina que le de­cía ¿qué haces, hermano?, una voz conocida, tran­quilizadora, y se le puso al lado un hombre flaco, moreno, de paso elegante. Lindo trote, le dijo, a ver si todavía me hacés correr, y era la voz de la Liebre, era nada menos que Danilo Mantegazza, el campeón sudamericano, el mejor maratonista del país, que le hablaba con respeto, con una gran sonrisa admirada, a ese hombre quince años mayor que lo había obliga­do a esforzarse ferozmente para alcanzarlo.
Estoy haciendo un fondo de treinta kilómetros, tengo encima los Panamericanos, dijo la Liebre y el simple hecho de que le dirigiera la palabra ya era un privilegio para Mauricio, suerte hermano, yo me voy para adelante y le metió otra vez. Feliz, con el cora­zón salvaje, tratando de recuperar el aliento y el rit­mo de los latidos con un trotecito tranquilo, Mauricio Stock lo vio alejarse. Y entendió o creyó entender que la gordita se había desviado al principio de todo, nunca había llegado a perseguirlo, debía haber se­guido por el paredón del Hipódromo hasta la esquina, debía haber cruzado Alcorta y seguramente se había mandado por Dorrego siempre con su paso desparejo, lento y absurdo, mientras él se enredaba en un desafío enloquecido con un corredor de élite. ¡Con el más grande, con la Liebre Mantegazza! Pero su respiración no recobraba la normalidad y el cora­zón, exigido, no terminaba de calmarse, hipertrofiado de entrenamiento y orgullo dentro del pecho.
Entonces lo alcanzó su perseguidor, el otro, ese viejo clásico, el infarto de miocardio, y se le puso al lado y después se le puso adentro y Mauricio Stock sintió que le cortaban las piernas. Cayó con la sonri­sa feliz de un hombre que acaba de darle guerra a la Liebre Mantegazza: y así decía el Máster que había que llegar a la meta, siempre sonriendo, Mauricio, aunque estés reventado, aunque te duela como si te estuvieras rompiendo por dentro, aunque te estés mu­riendo, vos sonreí, que nadie se dé cuenta, que los otros no te noten el esfuerzo en la cara, vos sonreí, llegaste, hermano, llegaste a la meta, y ahora la cruzás y sos el más grande, vos sonreí, estás ahí, ganaste”.

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Semana 19: Día 125: El gordo al arco

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Esta es la historia de Diego. Yo la vi con mis propios ojos,  así que lo que cuento no me lo contaron. Estuve ahí.

Tenía muchos apodos, y la verdad es que hoy lo pensás y te das cuenta qué crueles son los chicos. “Rueda de tractor”, “Tanque australiano”, “Cementerio de canelones”. Esos me los acuerdo. Alguna vez me reí de algún chiste que le hicieron, pero la verdad es que no se merecía nada de esto. Yo solo le decía “amigo”, porque así me decía mi viejo. “Buen día, amigo”. Tenía que decirle de algún modo porque nunca me acordaba de su nombre, cada vez que le quería decir algo, que era poco frecuente, solo llegaban a mi cabeza las crueldades que le decíamos todos los días.

Diego se sentaba solo, hablaba poco, porque sabía que si abría la boca, todos nos le veníamos encima. Una vez cometí la torpeza de cargarlo. Estábamos en clase de biología, y mientras describía a la ballena, dijo que tenía hocico. Nos descostillamos de risa, y vi mi oportunidad de quedar bien con el grupo, así que dije “Para una vaca, cualquier animal tiene hocico”. Me lo festejaron, y calculo que subí un escalón social, pero para hacerlo tuve que pasarlo a Diego por encima. Desde ese día no me habló más, y la verdad es que no lo puedo culpar.

Y no éramos solo nosotros. Bastaba verlo venir al colegio con la ropa sucia, el guardapolvo descosido. Encima, como se sentaba solo, la maestra separaba a las nenas que hablaban mucho sentando a una en el mismo banco que él. Y esa nena lloraba y lloraba. “No tiene lepra” decía la seño, y nosotros ni sabíamos qué significaba eso.

Diego no hacía gimnasia, estaba eximido. Vino a una sola clase, la primera, no podía ni hacer la vuelta carnero. Nadie le dijo nada, en esa época todavía no había confianza y nadie lo cargaba. Pero no vino más. Presentó un certificado médico, y el resto de los años aprobaba Gimnasia dando un examen escrito. Un año fue el reglamento del Handball. Al otro el del Voley. Ni idea qué hizo el resto, ahí ya ni nos hablábamos.

Ya cerca de fin de año, en el recreo, había unos nenes de segundo que estaban jugando. Vino un matón de séptimo y los empezó a molestar. Nosotros estábamos en quinto, y en esa época dos años era muchísima diferencia. Te sacaban una cabeza como mínimo. Y los de segundo no estaban haciendo nada, jugaban con unos autitos. Y ese pibe de séptimo se los pateó, y después empezó a cuerpearlos. Diego se subió a un banco, no era muy alto, le tocó el hombro y le dijo “Metete con uno de tu tamaño”. ¡Ja! Como en una película. Esas cosas que escuchás en la tele todo el tiempo pero que jamás pensás que alguien va a decir. Y cuando el matón se dio vuelta PUM. Diego le dio una piña en el ojo. El de séptimo quiso juntar a varios de sus compañeros para fajarlo a la salida, pero todos le decían “¿Necesitás ayuda contra un gordito de quinto?”.

Ahí Diego se convirtió en mi ídolo, pero no se lo dije a nadie, por vergüenza. Solo me limité a llamarlo “amigo”. Le pedía cosas que no necesitaba. “¿Me prestás la goma, amigo?”. No me animé a sentarme con él, todavía se consideraba un “castigo”.

Y llegó fin de año, y todos teníamos que correr la maratón del colegio para pasar de grado. Eran 2 kilómetros, en esa época nos parecía un montón. Arrancaba temprano, un sábado, a finales de noviembre. También corrían los padres y ex-alumnos, pero ellos hacían un recorrido más largo. Y cuando se apareció Diego en la largada, nadie entendía nada. Lo empezaron a cargar, a decirle que se iba a morir de un infarto, pero él se quedó callado. Tenía unas Topper de lona.

El profesor de Gimnasia tocó el silbato, y largamos por orden, adelante los de primaria, después los de secundaria y los adultos. Las chicas corrían después. Yo fui ligero, ni me acuerdo ahora el tiempo que hice. Llegué, dejé el número para que marquen mi tiempo, y me fui con mis viejos que andaban ahí, muriéndose de calor. Y se fueron sumando algunos compañeros, yo anduve entre los primeros creo, y una de las chicas dicen “¿Ese no es el tanque australiano?”. Me di vuelta y les dije “Se llama Diego”.

Venía todo colorado, transpirando, parecía que se iba a morir. Corría de una forma que daba risa. Pero a mí no, vi cómo se esforzaba, y antes de llegar a la meta se me llenaron los ojos de lágrimas cuando vi que no traía número. No estaba anotado, ¡Si estaba eximido! Y corría, y corría, y me salió de adentro, le grité “¡Vamos, Diego, carajo!”, y cruzó la meta con un pique espectacular.

Me acerqué y le di una palmada en la espalda. Me miró y sonrió. No dijo nada, pero creo que ahí era porque ni podía hablar. Nadie podía creer que había llegado, y en un acto que no sé si fue justicia o todo lo contrario, el profesor reprobó a todos los que llegaron después que él. Incluso al final, lo usaban de parámetro para lo que estaba bien y mal.

El lunes, en cartelera, pegaron los resultados de la carrera, con el nombre y apellido de cada uno, y al lado el tiempo. Diego no estaba, pero alguien lo agregó cerca del mediodía, con birome, y no fui yo y sé que tampoco fue él. Nunca supimos si él corría solo, si era la primera vez que lo hacía. Pero se empezaron a correr rumores, de que entrenaba todos los días al amanecer, después de desayunar medio kilo de cereales y un litro de leche chocolatada. Cosas de chicos.

Lo cierto es que terminó el año, y Diego dejó el colegio. No supimos más de él.

Ya en los últimos años de la secundaria se vinieron los intercolegiales. Yo andaba bien en atletismo, así que me madaron a competir en 400 metros llanos y en carrera con obstáculos. Me fue re mal, ni me quiero acordar. Pero había un petiso que corría que daba calambre. Hizo podio, sacó varias medallas de oro. Uno cambia tanto en seis años, pero no tanto. Probablemente haya sido otra persona, pero me lo quedé mirando, imaginando.

Cuando cuento la historia, exagero un poco y digo que era Diego. Que estoy seguro. Que tenía la misma cara, que se ponía todo colorado y corría todo despatarrado, y les ganaba a todos. Me reconforta pensar que todos hacen memoria y tratan de acordarse de ese gordito al que para lo único que le dirigían la palabra era para mandarlo al arco. Quiero que, al contar la historia, se imaginen que para triunfar en la vida no hace falta ser el más popular, ni el más alto, ni el más fuerte. Hace falta tener determinación. Y aunque nunca sepa si ese corredor realmente era Diego, en mi corazón sé que no les estoy mintiendo.

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Semana 10: Día 68: El Corredor y la Muerte

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Carlos era un tipo común y corriente. Hablaba alemán, pero le decían “El vasco”, tenía un pequeño negocio de electrónica en la avenida Cabildo, y era muy mentiroso en el Truco. Casi siempre sacaba una enorme diferencia respondiendo “Real Envido” con solo 20 para el tanto. Tenía un gato y, aunque no se lo planteaba muy seguido, pensaba que era feliz.

Durante todas las mañanas en que se tomaba el tren desde 3 de Febrero hasta Belgrano R, pasaba por una cancha de fútbol donde un grupo de jóvenes entrenaba. No jugaban a la pelota (lo cual hubiese sido lógico), sino que corrían en círculo. El instante en que los veía duraba muy poco, unos dos segundos, pero cuando tenía la suerte de conseguir asiento, se pegaba a la ventana y giraba la cabeza para verlos el mayor tiempo posible. Lo que más le intrigaba era saber si les divertía hacer eso, o si se sentían obligados. El tren pasaba rápido, las expresiones de las caras eran borrosas, y siempre se preguntaba eso. No pensaba en aquel grupo cuando estaba en su casa o en el local, lo hacía durante ese instante, como si fuese algo importante que volvía a su memoria súbitamente.

Carlos pensaba en otras cosas, como hacemos todos los seres humanos, pero detenernos en ellas solo haría a esta historia más confusa. Nos quedaremos con ese pensamiento, porque se volverá importante en un par de líneas.

Pasaban los días, luego las semanas y después los meses, y ese grupito seguía corriendo alrededor de la cancha sin ninguna pelota. Algunas veces no daban una vuelta, sino que corrían rápido de esquina a esquina. Era una rutina que tenía él, mirar para afuera, y a veces la usaba para medir qué tan cerca estaba de llegar a su destino. Pero un día, algo cambió. Podía parecer insignificante, pero cierta mañana de marzo: llovió. Cuando había mal tiempo, Carlos no miraba por la ventana, porque asumía que el grupo no estaría corriendo (la canchita, después de todo, no era techada). Pero ese día en particular se le ocurrió mirar, y aquello le sorprendió. Los jóvenes no estaban, eso no sorprende a nadie. Pero había uno, solo, dando vueltas, totalmente empapado. Le pareció una cosa increíble. Qué fuerza de voluntad. Correr así, sin que importase nada. No pudo verle la cara, como siempre, pero sintió que esa persona, en ese momento, tenía toda su voluntad puesta en ese acto, y eso sin dudas la hacía feliz.

Siguieron los viajes, la rutina diaria, y el tiempo loco que un día te morís de calor y después viene una tormenta y se inunda todo. Al revés que como le pasaba antes, cada vez que llovía Carlos miraba por la ventana con mucha más atención, buscando a ver si veía de nuevo al joven y si estaba solo o acompañado. Una mañana le agarró un no sé qué y se bajó en Colegiales. Llovía a cántaros y fue caminando hasta la canchita, con la esperanza de charlar con ese corredor que no lo detenía nada. Le daba un poco de vergüenza porque él era un hombre grande, muy fuera de estado, y qué pensaría un joven de un desconocido que se le acerca a hablar. Pero seguro tendría algo interesante para contar.

Cuando llegó a la canchita, protegido por su paraguas negro, estaba completamente vacía. Lo inundó no el agua, sino la desilusión. Abrir tarde el negocio por nada. Detrás suyo, se asomó la Muerte (sí, con M mayúscula).

- ¿Qué buscás acá?

Carlos pegó un salto y el paraguas se fue al piso. Una figura negra, flaca y encapuchada estaba parada donde un segundo atrás no había nada.

- Quería hablar con el pibe este que corre… – respondió Carlos, como si lo hubiesen atrapado haciendo una travesura y tuviese que justificarse.

- Ese pibe que corre sos vos hace 35 años. ¿Ya te olvidaste? – dijo la Muerte. Pero Carlos ya lo sabía. – ¿Qué te pasó? ¿Cómo pasaste de eso al hombre que sos ahora?

- No sé… la vida.

- ¡Jajajajajajajaja!

La muerte rió a carcajadas. Tanto que la capucha se deslizó hacia atrás y dejó ver una blanca calavera empapada. Carlos estaba más intrigado que asustado.

- Lo bueno de ser la Muerte es que no te culpan de nada. Siempre es “la vida”. Así y todo, me personifican a mí y a ella no.

Le tomó mucho coraje, pero finalmente hizo la pregunta:

- ¿Y a qué viniste vos?

- ¿A qué te parece? A correr… – respondió la Muerte, al tiempo que levantaba su manto negro y dejaba ver sus pies esqueleto enfundados en unas zapatillas último modelo, con talón con gel, puntera reforzada y suelas con grip. – ¿Qué pasa? – preguntó la Muerte. – No tengo buen agarre. Intentá correr sin carne ni tendones en los pies.

- Yo… hace tiempo que no corro. No podría… No corro ni al colectivo… Ni siquiera tengo zapatillas, hoy me puse botas de lluv…

Se interrumpió. Carlos se miró los pies, tenía las mismas zapatillas con las que corría de joven. Aunque seguían frente a la misma canchita y seguía lloviendo a cántaros, y el paraguas mojado estaba todavía en el piso, ahora vestía la musculosa de atletismo, el pantalón cortísimo (como se usaba en esa época), medias blancas y las zapas con las que quemaba la pista del Club. Se tanteó la frente y sintió la vincha que le mantenía la transpiración lejos de los ojos, y que ahora absorbía la copiosa lluvia.

- Y bueno… No sos la Muerte si no tenés un par de trucos – explicó la Parca. Se sacó la pesada tela empapada que la envolvía y por debajo asomó un esqueleto enfundado en una musculosa y pantaloncitos. – 3 kilómetros. Es todo lo que te pido. Ni siquiera tengo reglas complicadas: el que llega primero, gana.

Carlos atinó a elongar los cuádriceps, 30 segundos cada pierna. Había cultivado una importantísima panza en estos años, pero en ese momento, nada importaba. Era él contra la Muerte (con mayúscula).

- En sus marcas… listos… ¡fuera!

Empezaron a correr. Carlos sabía que la Muerte tenía una ventaja sobre él: poco peso, lo que equivalía a un mejor aprovechamiento de la energía. En seguida se dio cuenta de lo estúpido que sonaba eso. ¡Era un montón de huesos! No tenía músculos, ni tendones, ni sangre que bombeara glucógeno. Sin embargo… ¡cómo corría! En seguida le sacó una considerable ventaja.

Estaba aterrorizado, no sabía qué hacer. Tres kilómetros le hubiesen parecido tan poca de joven, pero era como si nunca hubiese hecho deporte. ¿Cómo le convenía correr? ¿Primero despacio hasta encontrar su segundo aire y ahí apretar? ¿Apurarse ahora y que sea lo que Dios quiera? Tenía más dudas que respuestas, pero no se dejó vencer. A medida que avanzaba empezó a sentir un dolor en el costado, que pudo controlar al respirar más pausadamente. Entonces, una sensación lo embargó… ¡Estaba corriendo! ¡Bajo la lluvia! Ahora recordaba lo que se sentía, qué cosa tan maravillosamente liberadora.

Pero estas sensaciones de júbilo son efímeras. La Muerte iba ganando, y no parecía que él pudiese hacer mucho para impedirlo. Apretó el paso, perdió el miedo y dejó de escuchar a los músculos y las articulaciones que se quejaban. Si era su última carrera, iba a dar todo de sí. Poco importaba si después quedaba dolorido, porque todo se iba a terminar ahí, en la línea de la meta. Lluvia en la cara y dolor de piernas, era todo lo que sentía. Fue apagando el resto, ignorando el tren que pasaba por el costado, las baldosas flojas que escupían agua. Solo importaba la carrera.

No pudo ni siquiera alcanzarla. A los 3 km, ya adentrados en el barrio de Palermo, la Muerte esperaba apoyada cómodamente contra un poste de luz. Lo miró llegar, con el corazón latiendo a mil, hasta donde estaba ella. Aunque había perdido por escándalo, estaba feliz de haber experimentado una carrera, una vez más. Caminó un poquito, respirando profundamente. Volvió al mismo poste donde estaba la Muerte y empezó a elongar los cuádriceps. 30 segundos cada pierna. Pasó a estirar gemelos, ayudado por el borde del cordón.

- Ganaste – admitió Carlos.

- Siempre gano – respondió la Muerte.

- Entonces supongo que me vas a llevar.

- No – contestó. – Para serte sincero, yo solo quería correr – dijo la Parca, y desapareció.

La lluvia bajaba por la cara de Carlos. Pensó en lo tarde que iba a abrir el local el día de hoy.

La Muerte volvió a aparecer.

- Ok, bueno, perdón. Quise hacer una salida dramática, me diste el pie y no lo quise dejar pasar. Pero bueno, volví porque me queda algo más por aclarar.

- Ya lo sé – se adelantó. – “Correr me salva la vida”.

La muerte negó con el cráneo.

- ¡No seas ingenuo! – respondió. – Ya te dije que nadie me puede ganar. Nadie.

- …¿Correr retrasa a la muerte?

- No lo sé. Quizás. Lo cierto es que la retrases o no, a la larga siempre llego. Nadie me gana, ¿te conté?

- Entonces… ¿para qué volviste?

- Para hacerte una pregunta. Contame… ¿qué sentiste?

- Bueno, pensé que no iba a llegar más, pero–

- No, no. Contame todo. Desde el principio. Qué sentiste.

- Em… al principio no sabía qué estaba haciendo. Estaba en blanco, a los tumbos. Tuve que improvisar. Después me vino todo, empecé a darme cuenta cómo tenía que correr, cómo respirar. Me dio miedo, no quería sufrir. Pero le di para adelante, me animé a exigirme. Dejé de hacerle caso al dolor, al miedo… y en ese momento empecé a disfrutarlo. Llegó un punto en que me di cuenta que se acercaba el fin, y que era inevitable. Pude haberme dejado vencer, pero quise seguir esforzándome. Pensé “voy a abandonar este mundo, lo mejor va a ser darlo todo ahora y así no arrepentirme de nada”. Y cuando estaba llegando a la meta sentí eso, paz. Que había intentado todo, que había dado lo mejor de mí. Me sentí completo.

La Muerte se lo quedó mirando con esos dos oscuros huecos en el cráneo, por un largo rato. Llovía menos, pero las gotas seguían cayendo del cielo.

- Correr es una linda metáfora de la vida, ¿no? – dijo la Muerte. Carlos ya lo sabía, de hecho armó su discurso para que tuviese esa ambigüedad. – En el mundo están los que desean y se arrepienten, y los que hacen y están en paz consigo mismos.

La Muerte sacó de la nada su pesada manta negra y comenzó a cubrirse, hasta calzarse la capucha sobre el cráneo.

- Te agradezco la carrera y la charla -continuó la Muerte, – pero se te hace tarde para abrir el negocio.

Le extendió su fría mano, dio media vuelta y se fue para el lado de Corrientes, silbando bajito.

Carlos, aprovechando el hermoso día de lluvia, decidió caminar hasta el local.

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Semana 4: Día 25: Historia del triunfo y el corredor

Esta historia es ficticia. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Llegó a la hora señalada. Hacía años (¿décadas?) que intentaba mejorar sus tiempos. Entrenaba, hacía todas las dietas conocidas, experimentaba con técnicas de países exóticos. Pero nunca llegaba al podio, jamás alcanzaba las marcas que buscaba. Sería por eso que le obsesionaba llegar puntual a todas las citas.

Llegó a la hora señalada, sin embargo el hombre de negro ya estaba allí, escondido detrás del diario, una taza de café vacía en un costado y un cigarrillo encendido en su mano. Creía que una persona así estaría leyendo los avisos fúnebres, pero el hombre de negro leía con solemnidad la página de los chistes. Sin levantar la vista de las tiras diarias, le dijo:

- Llega tarde.

Tardó unos segundos en responder. No creía semejante agravio.

- No es cierto. Quedamos a las 6. Y a menos que todos los relojes estén atrasados…

- Me refiero a esto – respondió, levantando la vista del diario. – Mírese. Tiene ¿cuántos? ¿Cuarenta y cinco años? ¿Y recién ahora me llama? Llega tarde. Quedan pocas esperanzas para usted.

- Lo intenté todo. Y tanto intenté que me pulvericé las rodillas. Ya no puedo participar en una carrera sin terminar la semana siguiente en cama, con bolsas de hielo cubriéndome de la cintura para abajo. No quiero ser pesimista, pero me quedan pocos años corriendo.

El hombre de negro lo miró de arriba a abajo.

- Pocos meses, diría.

Normalmente se hubiese ofendido. Pero sabía que tenía razón.

- Ahora se viene una carrera importante. Los 25 km de Uspallata. Todos los días veraneaba la casa del lago, que era de mis abuelos. La recorría todos los días de enero. La conozco como la palma de mi mano. Si voy a ganar una carrera, tiene que ser esa.

El hombre de negro levantó su taza y le hizo un ademán al mozo.

- Usted entiende que nada es gratis en la vida. Usted busca ganar, y yo soy el hombre que lo puede ayudar.

- Sí, en realidad me expresé mal. No quiero ganar. O sea, no quiero ser el mejor. Por más que uno se esfuerce, siempre hay gente más capacitada. Fíjese en el Vasco Morales. La maratón en 2 horas y 18 minutos. Jamás podría vencerlo, menos trabajando de 8 a 18. O Roberto Palladini, el jardinero. Flaco, fibroso. Viene de una familia así, parece que tuviese huesos neumáticos. No pesa nada, no gasta casi energía.

- Estos parecerían ser sus adversarios a vencer, ¿no?

- Sí… pero como le decía, no me interesa ganar. O sea, ellos son mejores que yo. Lo sé, lo sabe cualquiera. Ellos saben que ganarán, y saben que yo, en el mejor de los casos, solo puedo aspirar a un tercer puesto. Yo estoy pensando en retirarme, nada me emociona ya. Lo único que me motiva es pensar en la sensación de gloria. Eso es lo que estoy buscando. Sentirme un triunfador. Empaparme un poco de la uforia del triunfo, dejar de admirar y vivir en la sombra de otros, y que una vez alguien me admire a mí.

- No se preocupe. Puede tener todo eso. Por el precio indicado.

- Sí. Esto es lo que más me importa. Ningún precio es demasiado.

- Entonces, ¿hacemos el contrato? ¿Lo leyó?

- Sí. Está todo bien. ¿Tengo que firmar con sangre?

- No sea asqueroso. Ponga sus iniciales y ya.

La carrera estaba a una semana de distancia. La desgracia parece haber caído en los favoritos de la Gran Carrera de Uspallata. Al Vasco Morales lo chocó un taxi mientras estaba estacionado en el semáforo de Rivadavia y Pichincha. No salió muy lastimado, pero quedó bastante golpeado, y aunque corrió igual la carrrera. Todavía en shock y con una ligera renguera, apenas pudo aspirar al puesto 68.

Palladini sufrió un robo en la jardinería. Un ladrón, de negro, entró, amenazó a los clientes, y se fue pegando un solo tiro, que dio en la pierna de Palladini. No se llevó un centavo, y la policía se quedó con la versién de que se había intentado de un asalto frustrado por los nervios del delincuente.

La mañana de la carrera seguían sin darlo como favorito. No le importó, ya que el día no comienza con los primeros rayos de sol, sino después de la hora del desayuno. Comió ligero, pero con mucgas calorías. Su mujer le había dejado en el respaldo de la silla la ropa recién planchada. Se vistió despacio, intentando reprimir la ansiedad.  Llegó temprano a la largada, era casi uno de los primeros. Odiaba su puntualidad en cualquier lugar que no fuese la llegada. Palladini llegó en silla de ruedas, vestido como si fuese a correr. Hizo un ademán de levantarse varias veces. Uno creería que quería participar igual de la competencia, hasta aprovechaba la pierna extendida para hacer que le elongaba.

A la manera del cine, el intentente dio comienzo a la carrera con un disparo al cielo. El Vasco quiso ser puntero, pero a los pocos metros comenzó a renguear y a agarrarse la pierna. Se alejó cabizbajo, y hubo quien dice que lo vio llorar.

Los primeros kilómetros eran los más fáciles. El terreno era bastante llano, con poco pasto pero sin demasiada sorpresas. Con Morales en el banco tod0 lo que tenía que hacer era resistir. La segunda etapa ya se complicaba más. Estaban los grandes estanques, donde uno tenía que mojarse los pies, y el resto de la carrera uno estaba cultivando ampollas. También había cuestas muy pronunciadas. Pero a pesar de las dificultades, venía a buen ritmo.

Nunca había hecho un tiempo tan formidable. Ahora le rendía el aire, las articulaciones no dolían como hacía una semana, y por primera vez sentía que los aplausos de la gente estaban dirrigidos a él.

Cruzó la meta cerrando una performance formidable. Un hombre canoso con la remera de la organización lo apartó y le dijo que no se alejase demasiado, que había hecho podio. Le dieron agua y le ofrecieron masajes en los mies. Se negó.

Una hora y media después de haber cruzado el arco de llegada, comenzó la ceremonia de premiación. Le dieron una medalla un poco más grande que la del resto de los corredores, además de un pequeño trofeo con un corredor en la punta. Lo invitaron a compartir unas palabras, pero no sabía qué decir. En realidad, no se animaba a decirlo.

No lo embargaba la emoción. No estaba en la gloria, extasiado por el triunfo del cuerpo y el espíritu. Quería sentir algo… la emoción de los campeones. Pero en su lugar se sentía… vacío. No había nada. ¿Esto era? ¿Esto es lo que el Vasco, Palladini, y tantos otros sentían? ¿Una gran y enorme… nada?

Le costaba pensar, así que no le dio más vueltas al asunto. Hubo mucha gente que jamás se enteró de que esa carrera existía, y por suerte poca gente la recordó. Nadie lo paraba por la calle para preguntarle cómo le había ido. No recibió muchas felicitaciones, y no fue más feliz. Lo angustiaba tanto no sentir absolutamente nada, que su triunfo fuese tan poco trascendente, que no volvió a correr nunca más.

A esta altura sería bastante redundante decirlo, pero en el fondo él lo sabía y creía que, admitiéndolo, las cosas iban a cambiar. Se cruzó varios meses después al Vasco. Todavía rengueaba. Lo paró en seco, haciá dos días que no dormía.

- No existe la gloria, ni alegría, ni nada para los que no tenemos alma. – dicen que le dijo. Probablemente sería la primera vez que escuchaba su voz. Se sentía como la de alguien que decía la verdad.

Unos años más tarde, en un bar diferente, en una tarde distinta, dos hombres, rivales de toda la vida y aliados en la desgracia, estaban sentados en un café con un hombre de negro. Ese hombre fumaba y leía los chistes en silencio. Del otro lado, asqueados por el humo, el Vasco y Palladini.

- Ya no podemos correr. Pasamos de la delantera a quedar, con suerte, entre los primeros veinte. Extrañamos esa sensación de triunfo. Queremos volver a triunfar.

El hombre de negro hizo una seña al mozo, que volvió con una jarra humeante de café. Le sirvió hasta el borde. El hombre de negro no le puso azúcar. Bebió un ruidoso sorbo y, sin levantar la vista del diario, contestó.

- Eso puede arreglarse. Por el precio indicado.

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