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Semana 30: Día 209: Ciclos

Ayer volví a entrenar. Estaba inmensamente motivado. Fue muy lindo reencontrarme con mis compañeros a chupar frío y correr. En un emotivo y privado acto, le regalé a Germán, mi entrenador, la remera oficial de Patagonia Run, esa con la que crucé la meta. Más allá de que fui yo el que tuvo que lidiar con mi propia cabeza, inseguridades y limitaciones físicas para poder terminar, fue él quien me entrenó, aconsejó y motivó. Uno probablemente llegue, alguna vez, a un punto en el que sea tan sabio como para largarse solo a la aventura, pero a mí me falta mucho. Germán confió en mí, armó el plan para que pueda llegar a recorrer esa distancia, y como ya me había comido todos los chocolates, quería regalarle algo que simbolizase esa epopeya en San Martín de los Andes.

En el entrenamiento al principio anduve bien, trotando sin problemas. Pero cuando llegó el momento de hacer progresiones, opté por hacer algo más tranquilo, y fui a darle una vuelta al hipódromo de San Isidro, que tiene 5,2 km. Tranquilo, sin apuro. Pero cuando iba por la mitad, las rodillas me empezaron a doler. Las imagino dentro mío, apretadas o pulverizadas, pidiendo clemencia. 100 km no es poco, lo entiendo. No me quiero imaginar cómo voy a quedar después de la Espartatlón, pero es lo que hay, y tengo que ir volviendo de a poco, hasta recuperarme. El próximo objetivo es correr la Maratón de Rosario, en dos meses.

Mientras corría, me di cuenta de que esto no es nuevo. Que ya lo viví. Pensé en mis primeras carreras, cuando pude completar la Merrell de Tandil y quedé exhausto, a la sombra de un árbol, tomándome un Gatorade. Recordé también mi vuelta, todo dolorido, piernas entumecidas, dolor de espalda. Después vino a mi mente el después de mi primera maratón, cuando no podía bajar las escaleras. Una escena bastante ridícula, como R2D2 bajando escalones. Y en todos estos casos necesité un período de recuperación. Ahí caí en que hay ciclos en la vida del corredor.

Podríamos decir que al principio uno se entrena, con un objetivo puntual. Después vienen las recomendaciones de corredores más experimentados. Alguna eventual dieta previa, no cansarse el día previo, y luego la mañana con el desayuno de campeones, la largada temprano, los nervios, salir a los empujones, atravesar la carrera con todos esos pensamientos de “¿Llegaré?”, “¿Haré mejor tiempo que la última vez?”, seguido por la emoción de la llegada, el festejo, los dolores, y la recuperación posterior. En todas las carreras más o menos pasa esto, y la gran diferencia es que los tiempos se van acortando.

Quizá estar muy entrenado haga que no necesitemos una preparación específica, a menos que sea algo muy “distinto” a lo que venimos trabajando. La dieta y la hidratación son súper importantes, pero he ido notando que hay ciertas cosas de las que ya no dependo. Antes necesitaba 3 o 4 geles para una maratón. Ahora me di cuenta que con 2 estoy bien. Después uno puede acortar los tiempos de carrera, pero la cabeza sigue maquinando todo el tiempo. Y la recuperación posterior, que es inevitable, antes me tomaba más días, y ahora (por fortuna) es algo más rápido. Ya puedo bajar escaleras después de correr 42 km. Pude hacerlo luego de 100, algo que antes me hubiese parecido inconcebible. Mis mejoras no tienen que ver con que me crea más que humano, simplemente que con dedicación y constancia, es imposible no ir mejorando.

Así que ahora estoy en la etapa de recuperación de rodillas. Algo que ya he vivido, y que sé que entrenando tranquilo y sin prisa, voy a ir mejorando. Dos meses es mucho tiempo, y cuando pase el tiempo, el ciclo va a volver a empezar.

Semana 30: Día 206: Volviendo a entrenar

Una mala combinación de agotamiento por Patagonia Run y el inicio de la Feria del Libro me obligó a estar parado una semana. Algo bastante duro para un adicto al running…
Pero, por suerte, ayer pude empezar el día volviendo a correr.
Estaba bastante fresco, así que con Vicky decidimos remolonear un poco y salir cuando el sol estuvo alto. Nos abrigamos bien y salimos a averiguar qué tal estaban nuestras piernas.
Tenemos una bicisenda que cruza por la esquina de casa, así que la aprovechamos y corrimos por ahí.
La primera sensación fue de alivio. Necesitábamos correr. Los músculos no molestaban para nada. Por supuesto que mantuvimos un ritmo tranquilo y cómodo. Después de pasar los primeros kilómetros, me sentí indestructible. Tenía mucha energía acumulada, y la verdad es que la pasamos muy bien. Hasta nos sacamos fotos, pensando en el blog.
Fueron 11,5 km, desde casa a lo de mi hermano, ida y vuelta (con una parada ahí para usar las instalaciones y tomar agua.
Ya volviendo a nuestro hogar, las rodillas nos empezaron a doler. Vestigios de la ultra, y una señal de que nos queda camino por recorrer. Pero la pasamos muy bien. ¿Qué más se puede pedir?

Semana 30: Día 204: Les presento a… mis pies (solo para valientes)

Para los dos o tres que pidieron ver fotos de mi pie post-Patagonia Run… aquí tienen.

Su look pálido y fantasmagórico se debe al polvo pédico. Agradezcan que todavía no se inventó el “Oloroscopio” para internet.

Lo primero a lo que renuncian bailarinas y fondistas es a la belleza de sus pies. Uno les carga peso y los castiga constantemente. Paliza, paliza, paliza. Ellos aguantan, se van fotaleciendo, pero a un caro precio (estéticamente hablando). Al principio, cuando me saqué las medias en la llegada, los noté todos arrugados. Además de que estaban llenos de tierra, sentía la piel blanda. En el hotel, antes de bañarme, les saqué una foto, porque no podía creer cómo se veían. En mi inocencia pensé que con una buena ducha caliente iban a quedar como nuevos. Pero fue imposible sacarles toda la tierra. Cuando me sequé (después de frotarlos constantemente con agua y jabón), la toalla quedó toda marrón.

Volví a bañarme en casa (no tan frecuentemente como a Vicky le gustaría), pero los dedos siguen como sucios, y hay manchas negras que parecen haberse incrustado en la piel. Lo que me llamó la atención fue que las uñas no se me pusieron negras después de la carrera, ni el día siguiente, sino que ayer me di cuenta que están todos morados. Además me quedó una sensación de adormecimiento, como cuando se te corta la circulación en un brazo o una pierna y estás todo el tiempo sintiendo un hormigueo incódomo.

Pero nada me impide correr… solo esa molestia en el talón derecho. Como si estuviese más corto. No duele, pero hay algo ahí que no terminó de recuperarse. El resto (cuádriceps, gemelos, lumbar, abdominales) molestó el primer día y después de dormir (en el hotel y en el micro) quedé como nuevo. Me parece una buena señal que no tenga molestias en los músculos. Pero los pies… bueno, supongo que son los que siempre se van a llevar la peor parte. Solo necesito que lleguen hasta Esparta. Después los mando a un spa en las islas griegas…

Semana 29: Día 201: ¿Para qué me sirvió la Patagonia Run?

Cuando, en enero, nos inscribimos en la Patagonia Run de 2012, me imaginaba que me iba a servir como parte de mi entrenamiento para la Espartatlón. Resultó que no era para nada lo que me esperaba. Pero nada, nada que ver. Y fui recibiendo comentarios de gente que se preguntaba si había valido la pena, mientras a otros les parecía un paso sumamente lógico. Después de dejar que la carrera decantase en mi cabeza, paso a hacer mi apreciación.

Hay diferencias abismales entre ambas ultras. La del sur es montaña, mientras que la griega es principalmente plano (aunque tiene muchas cuestas, ninguna tan empinadas como el Filo del Lolog, o el ascenso al Quilanlahué). Pero si tengo que rescatar algo que me sirvió es a enfrentarme a lo desconocido. Por más que más o menos sepa que en Europa voy a poder correr, en Patagonia fui enterándome de cómo era el terreno mientras avanzaba. En Atenas/Esparta va a ser lo mismo. Es imposible que el día anterior recorra los 246 km a ver con qué me voy a enfrentar.

Y esto me lleva a un tema fundamental: la cabeza. Aunque 100 km no son lo mismo que 246, en ambas carreras es determinante el factor mental. Y este fin de semana que pasó pude comprobar la importancia de la determinación, que va por encima del esfuerzo físico. Lo dijeron muchas personas, pero siempre me gusta citar a Dean Karnazes, el ultramaratonista que decía que correr era 15% entrenamiento, 15% alimentación y 70% mente. El cuerpo se acalambra, se agarrota, hay dolores, cansancio, pero todo se complementa con tenacidad y planeamiento. Mientras me convertía en un torpe que se tropezaba a cada rato, claros signos de agotamiento, era la cabeza la que me permitía seguir e ir definiendo mi estretegia.

Nunca había corrido tantas horas seguidas, tampoco. En Patagonia fueron 18 horas, en la Espartatlón será un máximo de 36. Y aunque llegué cansado y bastante harto del terreno, me dio la impresión de que estaba para seguir. Siempre se habla de un “segundo aire” que uno obtiene durante una carrera. Yo estaba con dolores que iban rotando, del tobillo a la rodilla, a las abdominales, a los cuádriceps, pero en un momento, en el asfalto, de noche, corría a un ritmo cómodo y estable, sin sentir que me estaba exigiendo.

También podría decir que la Patagonia Run me vino bien para entrenar eso de competir durante un viaje. Por más que había descansado y disfrutado de una siesta, tenía 22 horas de micro encima, no dormí en mi cama (aunque no tuve problemas en conciliar el sueño) y los días previos me la pasé caminando por la ciudad. En Atenas no va a ser muy diferente, aunque calculo que para el 28 de septiembre ya estaré acostumbrado al jet lag.

Otra cosa fundamental, que creo que ya lo tenía bastante controlado, es el de estar comiendo mientras hago actividad física. Es imposible considerar hacer esa distancia sin una correcta alimentación durante la marcha. Antes me parecía imposible comer a la par de correr, pero se puede, y en San Martín de los Andes pude aprovechar esta ventaja que fui adquiriendo. Además, comprobé que no voy a poder mantener una carrera constante e ininterrumpida. Voy a necesitar detenerme en los puestos de asistencia (los pretzels son complicados de bajar), tanto sea para alimentarme tranquilo o revisar el equipo. Las medias no son eternas, los pies se cansan, se hinchan o las zapatillas necesitan una limpieza de objetos extraños.

Aunque en medio de la Patagonia Run me pregunté “¿Para qué vine?”, con el correr de los días me fui dando cuenta que tuvo una gran utilidad. Si pude soportar 18 horas de montaña, 36 de llano ya no parecen tan imposibles.

Semana 29: Día 198: El regreso de los muertos vivos

En este instante estoy en un micro, rumbo a Buenos Aires. Son 22 hs de viaje, y la única opción que tengo es escribir esto en el teléfono. Eso me obliga a ser breve y dejar una reseña de la Patagonia Run (como la gente) para el lunes.
Hoy es el día en que todos caminamos como zombis.
Terminé los 100k en 18:15 hs, bastante más de lo que imaginaba. Pero eso le pasó a muchos. Hoy me duelen los cuadriceps, brazos, pies y me lastimé la nariz de tanto sonarmela. El tobillo derecho externo gime, los hombros están contracturados, tengo frutillas en un brazo y una rodilla, de todas las veces que me caí. Usar gorro aminoró el golpe de una rama en la sien y el impacto de la cabeza contra el piso. Pies ampollados (una con sangre), dedos del pie casi congelados y escalofríos y fiebre por la noche.
Heridas de guerra. Mañana prometo un extenso detalle de cómo me las hice.

Semana 29: Día 197: Una breve queja

Nuevamente seré breve. Acabamos de regresar con Vicky de Patagonia Run. Yo terminé con lo justo. A ella no la dejaron finalizar porque llegó al último puesto de control pasadas las 19:45, horario limite. Es cierto, es su carrera y son sus reglas. Pero igual estoy enojado porque le rompieron su ilusión de llegar a la meta.

Hizo 57 km en un terreno extremadamente difícil. ¡Se merecía más!

Mañana me seguiré quejando y el lunes haré la reseña de la carrera más difícil de mi vida (por lejos). ¡Ahora necesito dormir!

Semana 28: Día 191: Descanso antes de la ultra

Hay una máxima que dice “Los grandes logros requieren suficiente descanso”. La parte más dura de haberme preparado para una ultramaratón es bajar la cantidad de kilómetros en la semana previa.

Existen infinidades de técnicas y teorías, pero básicamente lo que permite que el entrenamiento se pueda aplicar a la carrera, está relacionado con la reducción deportiva previa. Quema la cabeza venir con fondos de 45 km los domingos, y encontrarme hoy en casa, sin hacer nada. Entran dudas, a veces, de si vamos a llegar o no, pero lo cierto es que es necesario. No tiene sentido arriesgar el cuerpo, por la mínima chance que sea, y lesionarse o adquirir una nueva molestia. Está todo enfocado en el día de la competencia, que a la fecha está a tan solo 5 días y pocas horas.

Germán, nuestro entrenador, siempre pone énfasis en esto, en guardarse, cosa que, a nivel psicológico, solo contribuye con la ansiedad. En 1981, un estudio realizado en la universidad de Illinois, demostró que el nivel físico se mantenía idéntico en los atletas que reducían los volúmenes de entrenamiento durante 15 días. Otro estudio seguido en la universidad McMaster de Ontario y en el que diversos grupos de corredores reducían su entreno semanal hasta en un 90%, concluyó que cuánto más se reducía el entreno, mayor era la mejora en el rendimiento.

A mí me ha pasado de verme obligado a frenar por una lesión o por otro motivo, y volver con todo. Siempre lo atribuí a la ansiedad, y a toda esa energía acumulada que luchaba por salir. Pero probablemente haya más que eso. Emil Zatopek, el legendario maratonista, estuvo 15 días hospitalizado por una enfermedad, antes de los campeonatos de Bruselas en 1950. Dos días después de recibir el alta ganó en los 10 mil metros, y encima sacándole una vuelta al segundo.

En teoría durante este período de descanso se incrementa la fuerza muscular y  la longitud de la zancada (perder la forma correcta de correr es un signo de cansancio crónico). Además aumentan los depósitos de glucógeno, lo que da un aumento en la resistencia. En definitiva, y esto es innegable, uno cuida al cuerpo para llegar entero al día de la competencia. No es una carrera para subestimar, y el objetivo principal es terminarla. Para eso, hoy, descansamos…

Semana 27: Día 185: Motivos válidos para no entrenar

Yo puedo hablar de vagancia, de buscar excusas para quedarse en casa y la mar en coche. Me siento con autoridad porque lo he hecho infinidad de veces. Antes de empezar con Semana 52 encontraba con mucha facilidad motivos para no entrenar. No siento que me haya convertido en un corredor de elite (nada más alejado que eso), pero el día que hice el “click”, empecé a ver las cosas con otra perspectiva. Un capítulo nuevo de Lost era motivo suficiente para encerrarme y no tener contacto con el mundo exterior. Como también lo eran los meses fríos del otoño y casi todo el invierno.

Hay ciertos motivos que para mí son válidos para no entrenar. Son esos hechos “fortuitos”, inmanejables. Por ejemplo, si Vicky se enferma, me quedo cuidándola. Creo que no hay nada más importante que cuidar a quienes te cuidan. También hay situaciones que uno no puede manejar, como una suspensión del entrenamiento con el grupo, porque está diluviando. Queda en uno si recupera al día siguiente, o en el gimnasio. A veces esto es impracticable, porque sabemos que el entreno que no se realiza, se perdió. Pero en ciertas oportunidades he sido un poco más flexible, y si me tomé un jueves y al día siguiente me tocaba descanso, siento que puedo recuperar el viernes.

Hoy, por ejemplo, es feriado. En Argentina se conmemoran 30 años de la guerra de Malvinas, el que quizá sea el conflicto armado más absurdo de nuestra historia. Como todo día no laboral, que encima forma un fin de semana largo, la ciudad está prácticamente vacía. Pasear al perro sin autos por la calle fue un verdadero placer. Y esto hace que los feriados sean ideales para entrenar, porque hay menos gente en plazas y veredas, y al disminuir considerablemente el tráfico, se hace todo más fácil (y menos peligroso). Por eso los feriados los pongo dentro de “motivos NO válidos” (a menos que uno esté disfrutando de un viaje relámpago en Punta del Este… pero nada más lindo que correr en la playa, ¿no?).

Otra causa por la que me parece más importante quedarse en casa es cuando uno está enfermo, o lesionado. Hay que saber escuchar al cuerpo cuando dice “basta”. Descansar es parte del entrenamiento, y ante un accidente o un sobre-entrenamiento, conviene parar para poder seguir.

En el apartado fantasioso, otros motivos válidos para no entrenar es en caso de que un meteorito se aproxime en ruta de colisión a la Tierra (como en diciembre de 2012), una invasión alienígena o un ataque de supervillanos. Ahí creo que conviene reunirse con los seres queridos y dejar el entrenamiento para otra ocasión.

Semana 27: Día 184: 45 km en la ciudad… de nuevo

Hoy me tocó correr 45 km como parte de mi entrenamiento. Debo confesar que, contrario a mi experiencia anterior, esta vez la pasé muy, pero muy mal. Pero claro, no todo es como parece. Bueno, no me quiero adelantar.

El sábado entrené normalmente con los Puma Runners, pero Germán, el entrenador, me hizo cortar a los 11 km, como para no agotarme por el fondo largo que me tocaba el domingo. Estaba para seguir, pero aprendí a respetar la opinión de un experimentado. Si algo me tiene que reconocer esta persona es que siempre, siempre le hice caso en todo. Me guardé para esos 45 km que, aunque intimidan, ya los había experimentado.

Anoche comí mi última cena (me refiero a cuestiones de mi dieta a base de hidratos, nada que ver con religión), le entré al dulce de batata como postre, y me fui a dormir. Me desperté y era de noche. No tenía idea de la hora, pero sabía que no me iba a volver a dormir, así que me levanté. Desayuné, y para dejar que la comida baje, me puse a trabajar un poco. Eran las 6 y media, así que iba a esperar una hora. Aproveché y me pesé en la balanza electrónica que agregamos al baño: 68,2 kg. Mi obsesión quiso que, mientras me preparaba para salir, me pusiese a coser una calza agujereada, y aunque soy obse también soy lento, por eso terminé saliendo 8:30 de la mañana, con un solazo espectacular.

Tenía todo preparado en mi mochila: dos litros de agua en el hidratador, una botella grande de Powerade, una barra Egran, Arnica, Voltaren, vaselina, tres geles, y lo más importante de todo: el iPod. Después de batallar como los monos de Odisea del Espacio, logré dominar este aparato, y tenía todo un extenso playlist de música electrónica. Puse el cronómetro, y salí.

Arranqué fuerte, a 4:30 el kilómetro. La ciudad estaba bastante vacía, lo que es una comodidad absoluta. Repetí bastante el trayecto del 11 de marzo, excepto que le di una vuelta a los lagos de Palermo y a la Plaza Holanda. Venía bien, siempre abajo de los 5 minutos el kilómetro. No sabía cuánto lo iba a sostener, pero me sentía cómodo. En el km 15 tomé el primer gel. Por mi experiencia previa, asumí que con dos iba a ser suficiente.

En Retiro, un tren de carga me obligó a hacer una parada obligatoria. Fueron 16 km sin que un semáforo o el tráfico me frenara. Aproveché unos matorrales y los ruidosos y enormes vagones que me cubrían, y evacué líquido, y cuando estuve libre, continué rumbo a la Reserva Ecológica. Era darle dos vueltas y volver para casa. Pero me empecé a sentir cansado. No eran las piernas, pero sentía que no daba más. Cuando llegué a los 23 km me hice a un costado, tomé un trozo de Egran de maíz inflado (son increíbles, las recomiendo como comida de marcha). Arranqué y fui tranquilo hasta que miré el reloj. Lo que pareció una eternidad eran solo 3 km más. Estaba demasiado cansado, y eso me sorprendía. ¿Sería la gripe, de la que casi casi había salido? Apreté los dientes, y seguí avanzando. El ritmo promedio por kilómetro iba subiendo. Ya estaba por los 5:30 el kilómetro.

Ahí decidí algo que creo que fue sensato: los entrenamientos no son una carrera. Me lo repetía constantemente. ¿Para qué matarme? Nadie me espera con una medalla al final. No hay fotos, ni gente alentando. Solo tenía que llegar a correr 45 km, nada más. Así que decidí tomármelo con calma. Cuando llegué a los 30 km tomé mi segundo y último gel, a un costado del camino. Me senté en un banco, me unté con Voltaren en las rodillas, gemelos y cuádriceps, y salí. El reloj marcaba un ritmo de 6 minutos por kilómetro. Debía ser el muro, porque no importaba cuánto me esforzara, era imposible aumentar la velocidad.

Después de darle dos vueltas a la Reserva, aproveché una canilla de agua fría e insípida (como debería ser en toda la Ciudad) y salí a la calle. Esa sensación de estar regresando pone un poco de pilas. Estaba agotado, y empecé a entender por qué. Aunque lo peor de la gripe ya pasó, sigo congestionado. Me la había pasado sonándome la nariz, escupiendo mocos, y era obvio que no estaba respirando al 100%. Las piernas quemaban un poco, nada fuera de lo normal. La raiz de mi cansancio era que no estaba recibiendo el suficiente oxígeno. ¡Claro! Las pulsaciones me daban bien, estaba todo en orden, excepto por la respiración.

Me prometí no frenar, aunque constantemente me inventaba excusas como tomarme un taxi, ir en tren. Fantasías que no iba a realizar. Antes hubiese ido caminando. Pensaba que en Patagonia Run me va a ser imposible correr todo el tiempo, así que, cuando estuviese cansado, iba a caminar hasta recuperarme. Lo puse en práctica, así que saqué el Powerade de la mochila, y tomé unos sorbos mientras caminaba e intentaba recuperar el aire. Habré hecho unos 200 metros hasta que volví a trotar (aunque lastimosamente).

Seguí concentrado en llegar, ya sin desesperarme si un semáforo me obligaba a frenar. Aprovechaba para elongar un poco. Confieso que me avergonzaba estar corriendo a ese ritmo, pero entonces miraba el reloj y veía que había corrido 39 kilómetros. ¿Cómo sentir vergüenza con semejante recorrido a cuestas? Todas estas cosas pasan por mi cabeza mientras corro: me cuestiono y busco reconocer mis méritos para no flaquear.

Terminé en 4 horas y 5 minutos, a dos cuadras de mi casa, así que aproveché la distancia para caminar y empezar a relajar las piernas. No me sentía TAN agotado como esperaba, pero bueno, tampoco estaba como para correr al colectivo. Llegué a casa, y antes de hacer nada fui al baño, me saqué la ropa y me pesé: 65 kg. El número me sorprendió. ¿¿¿¿Cómo pude perder 3,2 kilos???? Tomé dos litros de agua (se me acabó a 3 km de llegar), incluso aproveché la canilla de la Reserva para refrescarme. Me terminé una botella de 750 cc de Powerade. Me comí media barra Egran. ¿Cuánto tuve que haber perdido en transpiración entonces? ¿Seis litros? Sé que hice las cosas bien, pero no entiendo esto que pasó… generalmente pierdo 800 gramos… nunca 3 kilos. Misterios del deporte.

Y lo mejor fue que me tomé mi tiempo para relajarme, me recosté con mi perro, hice fiaca con Vicky, y cuando finalmente me senté a escribir esta crónica, me di cuenta de que en realidad llegué 6 minutos antes que la última vez que corrí 45 km. Así que no sé por qué me quejo tanto. Prometo no volver a hacerlo… esta semana…

Semana 27: Día 183: 230,27 km en un mes

El mes pasado aventuraba arañar los 350 kilómetros durante marzo. No me parecía tan descabellado. Tenía muchos fondos largos los domingos, más los entrenamientos, más la Mer– em, la Adventure Race de Tandil… no sonaba tan volado. Pero, ¡cómo pueden cambiar las cosas!

Por un lado, llovió a cántaros tres lunes por la tarde. Después, estuve en boxes por la gripe, y cuando finalmente la contagié a Vicky, me quedé a hacerle compañía y cuidarla, como ella hizo en su momento conmigo. Siete entrenamientos bajaron el promedio mucho más de lo que esperaba. Además, el sábado previo a Tandil, no hubo actividad, porque estábamos en esa ciudad haciendo “concentración”. Y bueno, 230 km no es un mal número, pero me hace dar cuenta de que es imposible planificar nada con tanta anticipación.

De todos modos, en el “ranking” de meses, es el segundo en el que más corrí. Hubiese sido el mayor, sin todas las excusas que enumeré en el párrafo anterior. Pero no me desanima, para nada. Si tantos faltazos me dieron igual un promedio de 57 km semanales, venimos bien. Creo que también contabilicé el fondo de mañana, 45 kilómetros, como si contase para marzo. Pero bueno, se lo sumo a abril. Como para dar cuenta de lo que cambia estar “sano”, esto me va a dar 80 km solo esta semana. No me quejo…

Vamos a ver si en abril supero la marca de los 300 km mensuales. Esa carrerita llamada Patagonia Run me va a sumar 100 en un solo día…


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