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Semana 47: Día 326: Yaboty en imágenes

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Por suerte la organización de Salvaje solo subió una pequeña selección de fotos de lo que fue Yaboty. Y digo “suerte” porque puedo subir las mías antes.

No son la gran cosa, realmente no se puede correr y ser fotógrafo a la vez. Mi foto favorita, por supuesto, es la de mis heridas de guerra. No me animé a ponerme en cueros para mostrar todos los raspones que tengo en las piernas y en la otra mano. Se completaría la escena si subiese una imagen mía caminando como un Playmobil en el día de hoy, pero no quiero pasarme de víctima. Sinceramente solo siento un poco agotados los cuádriceps. La ampolla de la planta del pie izquierdo desapareció, así como el entumecimiento de los gemelos. Los cortes en las palmas ya no me impiden aplaudir, como en la entrega de premios.

Me parece increíble haber estado al rayo del sol, en esa agonía de kilómetros y kilómetros, racionando el empalagoso Powerade porque no sabía cuánto faltaba para el próximo puesto de hidratación, transpirado, cansado y mojado, y ahora estoy sentado en mi silla, escuchando los truenos de fondo, con la panza llena después de haberme comido dos milanesas de soja con acelga y una ración de ensalada primavera con choclo. Aquella epopeya de Yaboty empieza a parecer lejana, pero estas fotos movidas y borrosas me transportan de nuevo a la aventura, que empezó a las 3 de la mañana, esperando para tomar el micro que nos iba a llevar a la largada, y culminó a las 14:45, cuando crucé la meta. Aunque, claro, hay quienes dirían que esta experiencia comenzó mucho antes, y que se queda tan grabada en la memoria que nunca va a terminar…

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Semana 47: Día 325: Los 90 km de la ultra trail de Yaboty

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Como todas las reseñas, estas palabras nunca le harán justicia a la agotadora gesta que fue ir a correr a Yaboty, en la provincia de Misiones. Voy a intentar, sin éxito, transmitir cómo sucedieron las cosas. A todo agréguenle más ansiedad, más sufrimiento, y más emoción.

Mi principal miedo (viajar solo, sin conocer a nadie) se desvaneció apenas llegué a tomar el micro. Ahí estaban todos los corredores que iban a probar distintas distancias: algunos los 10 km, otros 21, unos tantos 42 y los dementes de 90. En seguida empezamos a hablar con Rodrigo, que esperaba al resto de su grupo de running. Eran trece, de Actitud Deportiva, e inmediatemente pegamos onda y me hicieron parte de su séquito. Me divertí mucho, y en las 16 horas arriba de ese micro (donde, por supuesto, no había ningún servicio vegano) la pasé muy bien y me sentí entre pares. Tengo que agradecer ENORMEMENTE la sugerencia de llevarme latas para asegurarme mi alimento, porque se convirtieron en mi salvación tanto en el trayecto de ida y vuelta como en el albergue donde dormimos.

Cuando pasamos los límites de la provincia de Buenos Aires, el viernes a la noche, dejé de tener 3G. En El Soberbio, donde llegamos el sábado al mediodía, no tenía modo de entrar a internet, y el albergue donde estábamos no tenía wifi. Yo creía que era algo general, pero resultó que era al único que le pasaba. Mis intentos de buscar un cyber fueron en vano. Era un pueblo chico, así que había pocas opciones. Tal o cual negocio, que cerraban al mediodía, y olvidate de que estuviésen abiertos el domingo de la carrera. Así que, como temía, habría silencio de blog durante dos días enteros.

En El Soberbio también conocí a lectores del blog. Jorge y Rodrigo, ambos buscando los 90 km, Germán (de casualidad, en un supermercado) y después de la llegada a Betina (que me encontró en un estado calamitoso, pero me alegró mucho su salido). Que se acercaran a hablarme fueron esos gestos que me hicieron sentir entre amigos. Y pensar que me daba pánico encarar este viaje en solitario…

El sábado hicimos la acreditación y le dediqué el resto de la tarde a armar mi ropa, mochila y todo lo que creía que iba a necesitar para la carrera. Conté muchísimas veces mis experiencias en Yaboty 2011, y cada vez que me preguntaban un estimado de tiempos decía lo mismo que publiqué en este blog: 12 horas como ideal, 14 por las dudas. El sueño del micro no había sido muy reparador, así que me fui a dormir temprano, a las 8 de la noche. Mientras todos estaban en la charla técnica, yo me entregué a los brazos de Morfeo y le di derecho hasta las 2 de la mañana. Me vestí, me hice un desayuno de campeones (arroz inflado, frutas escurridas y Ades natural) y con Jorge nos fuimos caminando a donde salían los micros. Era exactamente en el punto de la llegada, así que en el frío de la noche, con una densa neblina (gotitas de agua suspendidas en el aire) nos fuimos hasta unos pocos kilómetros de la entrada a la biósfera de Yaboty, desde donde largamos pasadas las 5 de la mañana. En un rapto de inteligencia de mi parte (tengo que admitirlo) dejé mi abrigo con los gendarmes, y me animé a arrancar en remera. Sabía que el clima iba a ser caluroso cuando el sol estuviese en alto, y suponía (acertadamente) que iba a entrar rápido en calor.

Nos pusimos bien adelante en el arco de largada, y salimos la par de Jorge, mientras intentaba dilucidar cómo se usaba el Suunto. Fue el primer fracaso de la carrera, ya que no pude hacer que navegue y funcione la modalidad de ejercicio al mismo tiempo. Teniendo que usar una u otra, preferí el GPS que me marcaba distancia recorrida, velicada actual y altimetría. Segundo error de la carrera: seleccioné la modalidad “Carrera de montaña”, que yo creía que ahorraba batería (hasta 50 horas), pero resultó que el rendimiento es igual que el de “Correr” (hasta 15 horas). Era un poquito de presión para llegar dentro de ese horario (si se me agotaba antes, me moría).

Jorge es un corredor veloz, y yo estaba tan cebado que en los primeros kilómetros, sobre la ruta, empezamos a pasar gente. Todavía estaban esas gotitas suspendidas en el aire, y esa noche oscura, iluminada por nuestras linternas y el auto que filmaba a los punteros, le daba a todo un aire muy onírico. En ese momento amé estar ahí (y nunca sentí frío). Cuando empezó la subida me quedé solo y me fui acercando a la punta. De pronto me quedé solo, con solo una lucecita adelante.

Un poco antes de llegar al cuarto kilómetro nos dieron la indicación de entrar al sendero que se adentraba en la selva. El puntero le dejó su abrigo a un fotógrafo, y lo alcancé. Me pareció que se lamentaba por pisar barro y le dije “¡Para eso vinimos!”. Pasé al frente, y durante uno o dos minutos… ¡fui el primero! Qué sensación rara. Mis expectativas previas eran llegar en 12 horas, y se suponía que el ganador iba a estar cerrando los 90 km en 8 horas. Pero ahí estaba yo, en la cabecera… se me cruzaron un montón de fantasías. ¿Y si lo mantenía? Pero eran solo eso, fantasías. El otro corredor me alcanzó y me preguntó mi nombre. Mientras empezaba a amanecer nos presentamos, él era Daniel, cordobés pero vivía en Buenos Aires, entranaba al grupo Fila. Nos fuimos dando aliento y charlando. Fue un momento muy agradable. Cruzamos el primer puesto de hidratación, y bromeaban que éramos los últimos. Cuando salimos nos gritaron “¡Vamos que son primero y segundo!”. Le contesté “¡No me presionen!”. Estuvimos a la par con daniel durante 20 kilómetros, muy cómodos, a unos 5:35 minutos el kilómetro de promedio. Mientras hablábamos de experiencias previas, me contó que había corrido este año en El Palmar, que no había visto las marcas y que se había desviado 1,5 km… a pesar de eso, volvió al circuito y ganó la ultra de 60 km. “¡Ah, eras vos!”, le dije… claro que había escuchado esa leyenda… Cabe aclarar que Daniel terminó ganando esa misma carrera que estábamos compartiendo, en el bestial tiempo de 7 horas y moneditas… pero me estoy adelantando demasiado.

Me di cuenta de que el ritmo que llevábamos era demasiado para mí a la tercera vez que me torcí el tobillo. El terreno era muy irregular, en partes estaba mojado o con mucho barro, y mientras estaba oscuro iba con más seguridad, subiendo las cuestas al trote… pero al ver lo que me rodeaba iba como más contenido, con miedo a caerme. No sé si me tropezaba por estar tensionado o por relajarme, pero le dije a Daniel “Profe, te veo en la meta”, y bajé el ritmo. “Yo voy tranquilo”, me contestó, pero su tranquilo era “súper rápido” para mí.

Esto era aproximadamente en el kilómetro 24. En el siguiente puesto me dijeron “ahí viene el segundo”, y de nuevo se me revolvía la panza. ¿Y si hacía podio? ¿Podría llegar a sentirlo alguna vez? Esas fantasías las tenemos todos, solo que no las decimos (ni las dejamos por escrito). Nunca me sentí capacitado para lograrlo, ni tampoco llegaba a Yaboty en mi mejor estado. Pero estaba emocionado, corriendo en soledad, y ocupaba la cabeza pensando en eso. Estuve en esa posición hasta el kilómetro 40, mirando siempre el reloj para asegurarme de que mi ritmo promedio estaba por debajos de los 6 minutos el kilómetro. Era rápido para una ultra maratón… quizá demasiado.

Estaba corriendo por la ruta y vi que detrás mío se acercaba alguien. Intenté apurar el paso para resguardar mi posición, pero era inútil. O sea, yo era un inútil, porque me metí en un cañaveral y me tropecé. Fui derecho al piso y me corté las palmas de las manos y las piernas con montones de espinas. Me levanté, intenté correr dos pasos y me volví a caer. Al costado había un precipicio, y el suelo era como una cama elástica de raíces, hojas y ramas. Al tercer tropezón me di cuenta que tenía que aflojar. Empecé a bajar con cautela, caminando, y un chico flaquito y alto me pasó como tiro. Lo vi perderse entre los árboles y no lo volví a ver hasta que esa noche se subió al podio a recibir el reconocimiento por su segundo puesto. “Bueno”, pensé, “puedo aspirar a un tercer puesto. Tampoco está mal”. Improvisé un bastón con una rama y fui bajando como podía.

A los pocos minutos vi a otro corredor acercándose por detrás. Las ultramaratones dan duros golpes al orgullo. En definitiva, bajan de a poco tus expectativas. Me di cuenta que lo del podio eran solo fantasías. “Si estoy entre los primeros 15 me conformo”, pensé. Agradecí que mis expectativas más bajas no sean llegar con vida o sin vomitar. Pero eso hacen estas pruebas tan duras, forzarte al límite hasta que solo queda lo que sos y lo que realmente podés dar.

En una subida interminable, entre tierra, piedras y ramas, me pasaron dos corredores más. A cada uno le di aliento y le indicaba en qué posición estaban. A partir de ahí, la mitad de la carrera, yo estaba destruido. Las subidas eran interminables. Mi estrategia de 2011, de tomar y comer en los ascensos y correr las bajadas, eran inaplicables, porque llegaba a la cima tan agitado que solo me restaba bajar caminando para recuperarme. El paisaje era impresionante, muy motivador, e intenté alimentarme y tomar todo el tiempo. Pero me faltaba energía o entrenamiento (o ambas cosas).

“Ahí viene el quinto”, me dijeron en un puesto. Yo les esquivaba al agua (que tenía bajo contenido de sodio) y me agerraba al Powerade como si fuese oro líquido. Ni me preocupé por las cosas que daban de comer, porque tenía una inagotable fuente de pretzels, frutas secas y geles (que tomaba cada 15 km). Cuando realmente abandoné mis aspiraciones por el podio, en cada puesto me relajaba y charlaba dos minutos con los gendarmes y los voluntarios. Eran todos muy amables, y me festejaban mis chistes (”Al que venga atrás mío, desvialo para aquel lado”). En el puesto 6 vi llegar a dos corredores y les dije “Si se apuran van a ser el quinto y el sexto de la general”. Estaba muy cansado, pero contento de estar ahí. Caminaba las subidas e intentaba trotar las bajadas. No tenía fuerza y en momentos eso me frustraba. Apliqué el 2×1 (dos minutos de trote, uno de caminata), y con eso ayudaba a distraer la cabeza y a avanzar más rápido que correr hasta el agotamiento.

Como dije al principio, hay escenas que mi descripción torpe no le va a hacer justicia. Corrí entre chacras, con cerditos que me entraban en una mano, perros, vacas, carretas… los chicos salían a saludarnos, a veces entonaban cánticos de aliento, y una nena me regaló una flor. El sol pegaba fuerte, y de vez en cuando sacaba una foto para inmortalizar ese recuerdo. Estaba perdido en ese embelezamiento del entorno cuando me di cuenta que no veía las marcas. ¡No sabía dónde seguía el camino! Me guié por mi instinto (que siempre me falla) y salí a la ruta. Casualmente era la misma por donde corrimos en 2011, con una pequeñita cascada donde cargamos agua en aquel entonces. Crucé un puente y unas señoras me sacaron una foto… para después decirme “Me parece que no es por acá”. Me señalaron hacia abajo, donde había un puente peatonal mucho más chico. ¿Cómo llegar hasta ahí? “Cruzá por acá”, me dijeron, pero me di cuenta que iba a cortar camino. Agradecí y volví sobre mis pasos, mascullando bronca por la distancia que iba a hacer de más. Entre los arbustos vi una marca, y me pareció que no tenía sentido buscar el punto exacto donde me había desviado. Quizá podía compensar cruzando por encima de ese alambrado, intentando no alterar a esa vaca… llegué hasta el puentecito, me dijeron “vamos que sos el quinto (en realidad era el séptimo) y seguí. Una pareja me preguntó si venía alguno cerca mío, y le respondí “Ojalá que no”.

Alternaba caminatas con trotes, y empecé a pasar a los últimos corredores de la categoría de 42 km. Los alentaba y les adelantaba cuánto faltaba para el próximo puesto de control, para que no se desanimasen. Pero aunque me hacía el entero cuando estaba en presencia de alguien, estaba muy agotado. En ese momento pensé en Vicky. Porque esa carrera (aunque con un recorrido muy diferente) la habíamos hecho en 2011, y en el día de ayer se suponía que íbamos a estar corriéndola juntos. Pero en el trayecto nos separamos, y en ese instante pensaba en todas las veces que la presioné para seguir y que ella decía que no podía más. Pedía caminar y yo la dejaba unos segundos, para después forzarla a trotar. Y subestimé cada vez que me pedía caminar. Como dije unos párrafos arriba, las ultramaratones bajan tus expectativas, pero también te vuelven más humilde. Yo me sentía en la misma posición que Vicky, porque me decía a mí mismo las mismas palabras que le decía a ella… y no era suficiente. No podía, no tenía fuerzas. Nada parecía funcionar.

Crucé arroyos, barro, tierra colorada, piedras… me tropecé con raíces, ramas… escalé al punto de que sentía el corazón salirse de mi pecho, y bajé a veces con muchísimo cuidado de no caerme, otras a la buena de Dios… fue una prueba durísima, que no anticipé para nada. Jorge, en los comentarios de una de las entradas del blog, me preguntó si era necesarios llevar bastones a Yaboty. Le juré que no, y mientras corría me acordaba de ese consejo. ¡Qué bien me hubiesen venido!

En el anteúltimo puesto me pasaron dos corredores, lo que me ubicaba en el noveno lugar de la general. Estar entre los primeros diez también me parecía una buena ubicación. Ellos estaban tan agotados como yo, así que intenté alcanzarlos y nos fuimos pasando, pero no pude mantener el ritmo y los dejé ir. Uno de los corredores de 42k me señaló al atleta que tenía adelante y me dijo “Dale que no puede más… ¡comételo crudo!”. Y entonces agregó algo que llamó la atención. “¡Vamos que ya metiste 80 km!”. Miré mi reloj y me indicaba 70. Pensé en qué equivocado que estaba, y seguí mi camino.

Llegué al último puesto de control, donde me llamaron por mi nombre. Era Fabiana, que en 2011 había salido tercera entre las mujeres, por detrás de Vicky (encima que soportó mis presiones, hizo podio). Nos sacamos una foto, tuve que contarle que me había separado hacía poco (fue un momento muy incómodo para ella), y por supuesto que me quedé esos dos minutos relajándome y charlando con los voluntarios. Mi reloj indicaba 74 km, así que le calculaba que la meta estaba a unos 13 más. Estaba cansado, pero iba por todo. Fabiana dijo algo que en principio recibí como una buena noticia, y que después me heló la sangre. “¡Dale que te faltan nada más que 5 km!”. Le pregunté si estaba segura, y me lo recontra juró. ¡Eran muy buenas noticias! Le dije, sin pensar “¡Mi reloj anda mal o corté camino sin darme cuenta!”.

Como en una mala película de Hollywood, que intentan explicarle todo al espectador, escuchaba el eco de mi última frase… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… Mi reloj decía que llevaba corriendo más de 8 horas y media… si esperaban que el ganador llegase en 8 horas… ¿cómo podía ser que yo estuviese haciendo ese tiempo? Volví sobre mis pasos, y me acordé de cuando confundí el camino y volví sobre mis pasos para cruzar el puentecito peatonal… ¿podía ser que ahí me hubiese comido un tramo sin darme cuenta? Decidí seguir avanzando y preocuparme por eso después. Seguramente era un problema técnico, y no era la hora que mi reloj indicaba. Seguro se me había parado…

LLegué a la ruta y caminé un buen trecho. Quería correr, mentalmente me forzaba a hacerlo, pero me sentía como si me hubiese pasado ochenta y cinco trenes por encima. ¡No podía terminar esa ultramaratón caminando! Ese camino se me hizo familiar, porque era el mismo que tuvimos que hacer para terminar Yaboty 2011. Empecé a trotar despacito, sin mucha expectativa. Vi el cartel que indicaba “El Soberbio 1 km”. Me prometó mantener ese ritmo. Empezó a aparecer una zona urbana. De a poco con fábricas, vehículos, locales, casas… la gente estaba sentada con su silla en la vereda, mirándonos pasar. Los corredores de 21 y 42k que caminaban agotados me tenían que soportar pasarlos y alentarlos. “¡Dale que no falta nada!”. Pero la meta no aparecía… ¡se hacía eterna! No me di cuenta, pero empecé a acelerar. Vi locales y supermercados que se me hacían familiares… un gendarme me indicó para doblar y a 200 metros vi el arco de llegada. La gente aplaudía y me alentaba. Yo sonreía muy feliz, y pegué un pique espectacular. ¿De dónde diablos salía toda esa energía? Si yo antes no podía trotar más de dos minutos seguidos… y hablo de un paso suave. Acá estaba quemando llantas, abriendo la zancada y levantando las rodillas. Llegué a la meta, grité “¡ESPARTAAAA!”, que se convirtió en mi grito favorito de llegada, y cerré la carrera de una buena vez.

Pero… el cronómetro de la organización marcaba 9:30 horas. ¿Por qué era un pero? Porque la única explicación que tenía era que mi reloj andaba mal. Porque la distancia final que me indicaba eran 79 km, no 90. Si eran las 14:45 eso quería decir que el Suunto andaba bien y que yo había cortado camino. Me tiré a descansar en el puesto de agua, donde pegué muy buena onda con los muchachos. Me relajé, compartí anécdotas de esa misma carrera. Me sentí muy bien, pero a la vez estaba preocupado. Fui al albergue pensando en que tenía que devolver la medalla… no me la merecía. Había cortado camino, aunque sin querer, pero debía unos 6 u 8 km. ¿Qué podía hacer? ¿Qué hubiese hecho en el último puesto, volver sobre mis pasos 3 km? Me sentía un poco avergonzado, y todos me felicitaban cuando les contaba que había tardado 9 horas y media. ¡Les parecía un tiempazo! A mí me sonaba a poco… considerando que mi carrera estaba inconclusa.

Así estuve un buen rato, incluso después de bañarme y de tirarme en la cama un rato, hasta que empezaron a llegar el resto de los corredores, y para mi alivio a todos les dio 79 km. ¡Qué felicidad! Fue un alivio tan grande. Recién ahí, tirado en la cama del albergue, sentí que ese tiempo era mío, y que ese esfuerzo había valido la pena. Me sentía un poco dividido, porque Yaboty me costó muchísimo y caminé mucho más de lo que hubiese querido… pero no había cortado camino, había hecho lo mismo que el resto, y a todos nos había costado un montón. Ahí pude disfrutar de mi noveno puesto (séptimo de mi categoría).

Es curioso porque mis expectativas mínimas era hacerla en 12 horas, y aunque tardé mucho menos, mi primera impresión fue que me había ido muy mal. Pero los corredores somos así, nunca nos quedamos del todo conformes, siempre queremos ir por más. Las ultramaratones me enseñaron mucho de humildad, y aunque ahora estoy lleno de dolores en todo el cuerpo, estoy muy feliz de haber pasado por esto y de haber conocido a tanta gente que comparte esta pasión. Con cada carrera salgo enriquecido, y estos 90 km (o 79) de Yaboty, sin lugar a dudas, me ayudan a ser mejor persona.

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Semana 47: Día 322: Camino a Yaboty

Bueno, fue solo un susto. Gendarmería se presentó en Retiro con 350 efectivos para asegurarse de que los micros iban a salir a horario, y que nadie iba a impedirlo. Aunque nosotros salimos con un charter desde Palermo, igual el paro me alarmaba, al igual que todos los que no se iban por un servicio privado sino que partían desde la terminal. Pero con el correr de las horas la patronal cedió, se comprometieron a pagar lo adeudado, y nada nos impide partir hacia Misiones.

Nunca pero nunca estuve mejor preparado para un viaje. Hice mi bolso… ¡ayer! Siempre lo armo diez minutos antes de salir. Y el fin de semana pasado fui a la feria a comprar cosas pensando exclusivamente en el largo trecho en el micro. También me equipé con cosas para la carrera, como geles, barritas, pretzels, frutas secas… todo lo que puedo llegar a necesitar. Tanta preparación me permitió seguir agregando cosas los días subsiguientes, como la compra de último momento del día de hoy, que fue Voltaren (crema) por si algo duele. No me termino de acostumbrar a este nuevo yo, que lava los platos después de usarlos y guarda la ropa doblada en los cajones. ¿Cuánto durará?

Realmente estoy muy ansioso, como nunca estuve. Será que es una carrera larga y extenuante, que la hago solo, que tengo desde zapatillas nuevas hasta reloj último modelo para medir distancias de ultra maratón. Tengo todo en su sitio, acomodado, y con tiempo de sobra. Como si fuera poco, me compré un teléfono nuevo, porque el otro andaba cada vez peor, tanto en funcionamiento como en rendimiento de la batería (mi teoría es que los programan para que a los dos años no anden más). Me cayó como promoción por mi empresa de telefonía, a la mitad de su valor, y será el dispositivo que quizás use para actualizar el blog. Veremos, porque no sé cómo son las cuestiones del roaming y todo eso. En el peor de los casos, esta será la última entrada hasta el lunes. Si llego a tener 3G, o si consigo Wifi en la selva, cuenten con actualización diaria. En realidad, está difícil, así que no cuenten con eso.

Tengo un revoloteo de mariposas en el estómago. ¿Cómo será la experiencia yendo solo, sin amigos ni familiares alentándome o asistiéndome? ¿Cuánto me va a tomar? ¿Cómo va a estar el clima? ¿Qué tal habrá sido mi previsión de bebida y alimento? ¿Voy a poder hacer funcionar (y entender) el navegador del reloj? Todas cosas que sabré el domingo. Por ahora voy con mi equipaje y mi provisión de comida para el micro (por si la pifian con mi menú). Siempre algo puede fallar, pero seguro que el día de hoy será mucho menos que de costumbre.

Si la tecnología está de nuestro lado, la sigo desde El Soberbio, en Misiones, donde nos prometieron un fin de semana de 25 grados de máxima. Hasta pronto.

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Semana 47: Día 321: ¿Peligra Yaboty?

Me limito a transcribir la noticia que me hiela la sangre. Nosotros tenemos contratado un charter de Vía Bariloche para las 19:30 de mañana, directo desde Capital Federal hasta El Soberbio, en Misiones:

Por un conflicto gremial, habría problemas para viajar en micro

Una facción disidente del sindicato de choferes anunciará una medida de fuerza a partir de esta noche, lo que podría afectar a miles de pasajeros de cara al fin de semana largo. Exigen el cumplimiento de las paritarias.

Por un conflicto gremial, habría problemas para viajar en micro

Crédito foto: Nicolás Stulberg

“A partir de las 0 horas de hoy y hasta las 0 horas de mañana no va a haber servicios de larga de distancia”, precisó en diálogo con Infobae el titular de la Unión de Conductores de la República Argentina (UCRA), Silverio Gómez.

Los conductores de la UCRA reclaman el pago del 23% de aumento salarial decretado por el Ministerio de Trabajo en las negociaciones paritarias entre la Unión Tranviaria Automotor, el único sindicato con personería gremial, y las cámaras empresariales.

Además, según informaron en un comunicado, solicitan el “cumplimiento de los períodos de descanso de los choferes (pues) se obliga a los choferes a trabajar largas jornadas, por eso la medida está ligada no solo al respeto por la vida del trabajador, sino también la de todos los que transitan por las rutas argentinas”.

Desde la UTA minimizaron la protesta. “La UCRA ni siquiera es un sindicato. El único reconocido somos nosotros. No tienen ningún derecho”, señaló un vocero a este medio.

Las cámaras empresarias, por su parte, alegan que cuando el Gobierno decidió el aumento paritario les prometieron medidas compensatorias. “Al día de hoy no hay una solución de fondo. Recién ahora está empezando a llegar la ayuda, que es menos de lo que se prometió públicamente”, deslizó a Infobae una fuente del sector.

Así las cosas, habrá que esperar a ver qué nivel de adhesión tiene la medida de fuerza. No obstante, desde la UCRA anticiparon que habrá bloqueos a las terminales, incluyendo la estación porteña de Retiro. El fin de semana largo, para miles de pasajeros, podría empezar con el pie izquierdo.

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Semana 46: Día 319: Comida de viaje

Con la suspensión de la Patagonia Run Spring y el traslado de la Misión a febrero, queda claro que Yaboty se va a convertir en la carrera más importante en lo que queda de mi año. Hubiese sido genial que ocurriese a fin de septiembre, pero me contento con cómo se dieron las cosas.

En este año de veganismo, todo se me complicó un poco. Ojo, estoy feliz con estos cambios, muy a gusto, pero me di cuenta que tengo que acostumbrarme a ciertas cosas que antes daba por sentado. Por ejemplo, le pedí a la organización que en el charter (subcontratado a Vía Bariloche) me den cena vegana. Me llegó el mail de confirmación diciendo “Que el pasajero no se preocupe, le damos cena vegetariana”. Claro que me preocupé, porque pensé en la cantidad de veces que en un micro me dieron fideos con queso (imposibles de quitar). Estoy con todo este tema de los alimentos integrales, pero soy flexible: si hay arroz blanco o pizza con masa de harina común, como sin problema. Creo que con lo que estoy reduciendo de comidas procesadas estoy más que bien.

Como no siempre me entienden con el tema de mi veganismo, no me queda otra que ser previsor. En todos los viajes me llevo frutas, galletas, agua, algún tupper… lo que sea para paliar el hambre. Y claro, la respuesta de la empresa de transporte me dejó intranquilo, así que decidí activar un plan B (además, muchas veces me pasó de avisar de mi comida especial y que se olviden… en la ruta no queda otra que joderse y aguantarse). El tema es que antaño me hubiese hecho sándwiches con queso o algo similar… ahora, ¿qué hacer que no tenga derivados de animales?

Pensé en galletas de arroz. Hay unas saborizadas (Mini arrocitas) que van como piña. Además, podría llevar una tableta de chocolate Águila negro (el de la etiqueta rosa), una botella de agua de 2 litros, algunas manzanas y bananas… y se me va acabando la imaginación. Me llevaría un tupper con algo preparado (cous cous, arroz integral), pero si la pegan con la cena, me daría pena que se desperdicie. Así que quiero llevarme cosas que puedan resistir varios días, quizás hasta el viaje de vuelta. Pero no quiero tener que tirar comida, me parece uno de los peores pecados que se pueden cometer.

Estoy corto de ideas, pero me parece que la cosa va a ir por ese lado. En El Soberbio parece que no hay tanta tarjeta de crédito y débito, así que nos recomendaron llevar efectivo para comprar en supermercados. Mi menú para el día previo a correr hubiese sido puro hidratos (polenta, por ejemplo), pero no sé si voy a tener dónde calentar agua. ¡Es todo un tema esto! Me gustaría saber que si me preparo algo el viernes a la tarde va a resistir hasta el sábado a la noche. Pero tengo mis dudas y poca experiencia cocinando con previsión. Los viajes me provocan ansiedad, y como cualquier ansioso, me calmaría corriendo. Como no puedo, porque voy a estar sentado 16 horas en un micro, voy a querer comer. Y quiero alimentarme bien.

Ya tengo mi comida de marcha, para cuando empiece la carrera, pero igual me parece que voy a necesitar un refuerzo de pasas de uva. Como voy a quemar muchas calorías, creo que voy a tomarme algunas licencias respecto al tema de azúcares y grasas y me voy a comer algunas barritas de cereal para el desayuno. Leche de soja y avena para el domingo a las 2:30 de la madrugada es pedir demasiado, ¿no?

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Semana 46: Día 318: Yaboty es inminente…

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Sin dudas la Ultra Buenos Aires fue la carrera más importante que corrí este año. Yaboty será la segunda.

Hace unos días lloraba un poco por todo lo que rodea este viaje. Quisiera ser claro, no me asustan los 90 km. Los ansío muchísimo. Me cuesta esto de viajar solo y no compartirlo con nadie, pero me muero por estar allá en Misiones corriéndola. Los planetas se alinearon para que participe en este desafío, y me alegro de no haberme bajado con el sacudón que dio mi vida estos últimos meses.

No suelo preparame con tiempo. Como buen corredor, vivo a las corridas, pero esta vez pude organizarme e ir comprando cosas. Tengo la comida que voy a llevar al circuito, el equipo reglamentario, y hasta el apto médico. Mucho de lo que voy a llevar lo fui recolectando de ultra trails pasados, lo que confirma que con cada carrera uno adquiere experiencia, y hasta accesorios que van a servir para la siguiente aventura.

Lo que estoy viviendo con más entusiasmo es el reloj que me compré. El Suunto Ambit (así, con doble “u”) ya se convirtió en mi mejor amigo. Me costó entenderlo, y con el tema de setearlo me estaba complicando mucho, pero era porque no lo estaba sincronizando con la web (www.movescount.com), y ahí pude personalizarlo como yo quería. Lo mejor de todo, que me volvió completamente loco, fue que pude cargarle el recorrido de Yaboty… ¡Tengo un mapa en el reloj! También le asigné la ubicación de los Puestos de Control, así que en medio de la carrera, con una batería que me dura entre 15 y 50 horas, puedo ver cuánto me falta para cada uno de mis objetivos intermedios. ¡No veo la hora de probarlo en la ultra!

Vamos a comenzar desde El Soberbio, frente a las costas de Brasil, que casualmente es donde terminé en 2011. De ahí serán caminos por senderos, en medio de la selva, con nuestra propia determinación y una alimnentación e hidratación inteligente como motores para llegar hasta el final (ver mapa). La largada es a las 5 de la mañana de este domingo, aunque el micro que nos traslada a la salida parte a las 3. Nadie me va a impedir hacerme una súper siesta y levantarme a las 2 para desayunar. Después, con unos 8 grados de temperatura, saldremos a enfrentar la tierra colorada de Misiones, con el horario límite de llegada a las 22 hs. Quiero llegar de día, así que me voy a esforzar por hacer entre 12 y 14 horas (llegando a la meta a las 17 o 19 hs). A la noche nos espera una cena, supuestamente vegetariana, y 23:30 está saliendo el charter de regreso a Buenos Aires, como para llegar temprano y dormir todo el día (gracias a que es feriado).

Celebro la organización de Salvaje para este evento. MUY superior a cuando la corrí por primera vez (se nota que la experiencia les juega a favor). En aquel entonces no seríamos más de 40 corredores y para esta edición, sumando todas las distancias (10, 21, 42 y 90 km) hay unos 800.

¡Ya quiero estar ahí!

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Semana 44: Día 307: Palpitando Pinamar

Si no tuviese trabajo pendiente ni responsabilidades, ahora mismo estaría en Pinamar, chupando frío, pero rodeado de amigos. Un contingente de Puma Runners ya se encuentra en la ciudad costera, de cara a la Terma Adventure Race. Esta carrera es un clásico para nosotros, y será mi sexta edición. Pero me toca salir mañana por la tarde.

Esta fue la primera competencia en la que participé. Al principio era “La Merrell”, pero hubo un cambiazo de sponsors, un año fue “Adventure Race” a secas (parecía que le faltaba algo), y ahora esta amarga bebida que jamás me gustó es la marca emblema (mucho mejor ella que Old Smuggler o Jack Daniel’s). Por algún motivo que no logro dilucidar, siempre nos toca muy buen clima. Para el domingo nos esperan 18 grados de máxima y 9 de mínima, aunque para la hora de la largada no creo que pasemos demasiado frío.

Mi primera carrera (de toda mi vida, sin contar esos angustiantes 3,5 km que nos obligaban a correr a fin de año en el colegio) fue en Pinamar, exactamente el domingo 6 de julio de 2008. Hizo un día hermoso, y corrí en posta, el último tramo (unos 7 km). Crucé bosque, un poco de arena, pasto, asfalto… Me salió el competitivo de adentro y subía las cuestas con grandes zancadas, desmoralizando a los que la estaban haciendo toda entera y ya no tenían fuerzas.

Todo lo que hice en esa carrera fue gracias al equipo. Si no hubiese ido con ellos, no la hubiese corrido. Ni siquiera me hubiese enterado de que existía. Toda esa convivencia, las anécdotas, los consejos, el traspaso de la antorcha a las nuevas generaciones… eso es lo jugoso de estos viajes. Ahora, cinco ediciones más tarde, me toca ser a mí el tipo “con experiencia”, que dice cómo encarar las subidas en los médanos (buscando las pisadas del anterior), cómo evitar que se te meta arena en las zapatillas (polainas), dónde apretar (en suelo firme). PInamar me llama más por su tradición que por su recorrido, que de por sí es muy duro y come mucha pierna.

¿Lo que menos me gusta? Lavar las medias dos o tres veces y seguir sintiendo que tienen arena. ¿Lo que más me gusta? Esos últimos 100 metros de asfalto, con la murga, los papelitos, la gente alentando, y cruzar la meta.

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Semana 39: Día 273: El día se aproxima

Faltan pocos días para partir rumbo a Río de Janeiro. Hoy, viernes, muchos aprovecharon para partir hacia Rosario, pensando en la Maratón de la Bandera. Y en casi todos se instala el miedo de… ¿me conviene correr estos días?

En mi caso siempre bajé el nivel del entrenamiento cercano a la carrera. Pero con el tema de los 42 km hay mucho miedo dando vueltas… me acuerdo mi primera maratón, en el año 2010, donde Germán, mi entrenador, me recomendó descansar y no andar caminando demasiado el día previo. El tema fue que la maratón era un domingo y el sábado anterior fui a la acreditación, a buscar mi kit de corredor, y tuve que hacer largas colas… me dio mucho pánico. Sentía las piernas cansadas, había estado mucho tiempo parado… por supuesto que la mañana de la largada me olvidé de todo esto. No sabía en ese momento que ese miedo volvería muchas veces, y las piernas doloridas también (un signo de nervios y tensión).

Estamos partiendo a Brasil el jueves a la madrugada, o sea que el miércoles a la noche, después del entreno, nos juntamos para que a las 2:30 de la mañana nos lleve una combi a Ezeiza. Yo asumí que ese día íbamos a entrenar como siempre, pero noté entre mis compañeros un exagerado respeto por la maratón. Muchos confesaron que no pensaban correr. Me recordaba al plan de Allan Lawrence, autor de “Autoentrenamiento para corredores”, que si bien decía que muchos descansaban el día anterior a correr los 42 km, él prefería hacer un fondo de 10 km. El descanso es importante, pero siendo que los dolores de los esfuerzos llegan con un día de diferencia, ¿qué mejor que entrenar un sábado y competir un domingo? El lunes el cuerpo empezaría a pasar factura y listo.

Yo creo que la mejor forma de lidiar con las ansias y los nervios es ponerles el cuerpo y hacer actividad física. Nada demasiado exigente, lo suficiente como para apaciguar la mente. Y aunque es cierto que no da ir a tomarse el avión todo chivado, de miércoles al domingo (día de la maratón) hay mucho tiempo, y realmente necesito descargar. Quizá me corte solo en algún momento y salga a hacer un fondito por la playa en los días previos. No sé si el destino me volverá a llevar en breve a Brasil, así que mejor aprovecharlo, y ayudar a que la carrera llegue pronto.

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Semana 38: Día 263: Consejos maratonistas

En 12 días va a tener lugar la Maratón de la Bandera, en Rosario, y en 19 se realizará la de Río de Janeiro. Le prometí a unos amigos dar algunos consejos para encarar los 42 km, así que aquí vamos.

Todavía estoy intentando dilucidar por qué la maratón es la distancia perfecta. Quizá tenga algo que ver con nuestra asombrosa capacidad de adaptación. Nuestra habilidad de transpirar a través de nuestra piel y de poder respirar independientemente de los pasos que damos es algo que cualquier animal, incluso los más veloces, envidiarían. Podemos lucirnos en la pista de atletismo haciendo velocidad, pero nuestro cuerpo está diseñado para hacer grandes distancias y hacer un derroche de resistencia.

Sin embargo, esa capacidad que tenemos hay que desarrollarla, hurgar hondo en nuestros genes. Por eso tenemos que entrenar, muy duro. Dudo que exista un corredor que haya recorrido 42 kilómetros por primera vez. Es el fruto de un esfuerzo continuo e ininterrumpido. Nuestros ancestros primitivos hacían cacería por persistencia, cansando a los animales en carreras de un mínimo de 4 horas. Finalmente la presa, incapaz de regular su temperatura interna tan bien como lo hacemos nosotros, caía rendida. Ellos lo hacían para sobrevivir, nosotros lo hacemos por motivos no tan distintos.

Supongamos que el tema del entrenamiento está resuelto. Es imposible encarar una competencia tan ardua faltando dos semanas. Lo cierto es que a esta altura todo lo que hagamos es para sostener, y faltando 7 días el entrenamiento va a ir decayendo. Lo que sí podemos hacer faltando tan pocos días es cuidar lo que comemos. Nuestro cuerpo almacena hasta 2 mil calorías. La idea es que la semana previa llenemos nuestras reservas con los alimentos ricos en carbohidratos, como arroz, papa, pastas, cous cous, cereales. Hay que bajar el consumo de grasas (siempre, pero ahora especialmente), y con el correr de los días ir bajando la ingesta de fibra, hasta abandonarla por completo dos o tres días antes de la carrera. Esto tiene que ver con evitar problemas gástricos.

Durante mucho tiempo corría en competencias y me daban unos dolores terribles en el estómago. Eran gases, que debe ser lo peor que le puede pasar a un corredor porque son muy molestos. Fui aprendiendo a cuidarme antes de las carreras para sentirme lo más cómodo posible.

El gran peligro de una maratón es la deshidratación. Es increíble la cantidad de líquido que perdemos, y eso lo podemos comprobar si nos pesamos un instante antes de correr e inmediatamente después de la llegada. Si tenemos en cuenta que durante la maratón vamos a estar constantemente bebiendo, la diferencia que nos indique la balanza no alcanza para reflejar toda la transpiración que sudamos. Lo ideal es beber mucha agua la semana previa a la maratón. Durante el recorrido vamos a tener puestos de hidratación, pero el agua tiene muchísimos beneficios en nuestro cuerpo, como lubricar nuestras articulaciones. Además, mucho de los calambres que tenemos durante las carreras son indicios de deshidratación. Por eso hay que atender a este punto tanto antes como durante la maratón.

Más arriba hablaba de las 2 mil calorías que almacena nuestro cuerpo. Esto va a cobrar importancia los primeros dos tercios de la carrera. Hay una convención del famoso “muro” que llega en el kilómetro 30. A veces es un poco antes, a veces después. Básicamente es cuando agotamos nuestras reservas y pasamos a quemar principalmente grasas. Este proceso (que siempre comparo con pasar el auto de gas a nafta) es un poco traumático para nuestro organismo, y entre las cosas que podemos llegar a sentir es que las piernas se nos prenden fuego. Además, es el punto en el que empezamos a levantar los puños al cielo y gritar “¡¿Quién mierda me mandó a estar acá?!”. Pero no pasa nada, hay muchísimo de sugestión en esto. El “muro” está en la cabeza. Hay molestias físicas, sí, pero la mejor forma de superarlas es seguir corriendo. El cuerpo se acostumbra, se amolda y sigue. Por supuesto que lo podemos ayudar ingiriendo constantemente alimento, como geles, pasas de uva, frutas, o lo que sea que toleremos. Esto es un punto muy importante: no improvisar en la maratón. Lo que sea que intentemos comer, tomar y hasta incluso vestir, lo tenemos que haber probado en los entrenamientos. Las carreras no son el momento de experimentar e improvisar, en especial las que son tan largas.

Hay quienes dicen que la primera mitad de las carreras hay que hacerlas más lento de lo que a uno le gustaría y la segunda mitad más rápido. En una maratón podría decirse que es algo así. Hay que economizar para tener energía para el final. Los que abandonan (en especial los profesionales) lo hacen porque se queman al principio, intentando poner distancia. Una maratón es una competencia contra uno mismo, y solo se triunfa llegando a la meta. Mi técnica es tomar geles cada 8 kilómetros, siendo el último en el km 32. Y en las maratones siempre hay hidratación cada 5 km mínimo. Hay que tomar líquido aunque no tengamos sed.

Después de cruzar la meta, lo importante es no frenar. O sea, no parar en seco. Seguir con un trotecito suave, e ir bajando de a poquito. Una caminata, seguir activo porque después cuesta arrancar. Cuando en Grecia caí arrodillado en la meta, las piernas se me paralizaron y cuando me quería incorporar me caía una descarga eléctrica que me tiraba al piso. Y lo más extraño de todo son unas ganas increíbles de ir al baño (número dos). Pero es solo la sensación, porque correr toda esa distancia floja los esfínteres. Yo pensaba que no iba a llegar a tiempo al baño, pero era cuestión de estar sentado para que se pasara. Ponerme de pie hacía que esa sensación vuelva.

El hígado va a estar sobrecargado de filtrar la sangre que fluye durante la maratón. Lo peor que podemos hacer es festejar nuestra epopeya con vino y un asado. Conviene seguir cuidándonos el resto del día, almorzar pastas para reponer hidratos. Si pudimos pesarnos, la diferencia de peso entre antes de largar y después de llegar debería ser la cantidad de líquido que tenemos que recuperar.

Difícilmente una mala experiencia nos disuada de volver a intentarlo o de seguir entrenando. Pero el cuerpo necesita recuprarse de todo este trajín, así que hay que correr los días posteriores. Muy suave, tranquilo, regenerativo. Así vamos a acelerar el proceso. En mis primeras maratones los dolores de piernas se iban a los 4 días. Subir escaleras no era problema, bajarlas era un trastorno. Pero lo peor que podemos hacer es creer que tenemos que encerrarnos en casa. Hay que salir a disfrutar del mundo, volver, de a poco, a nuestra rutina. Y vivirlo con orgullo, porque terminar una maratón no es poca cosa…

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Semana 37: Día 255: Los 21 km de la Mizuno Half Marathon

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Como comentaba en posts previos, en un arranque de improvisación decidí inscribirme en la media maratón que se corría en Vicente López. Uno generalmente se prepara para este tipo de carreras, averigua quién la organiza, o cuál va a ser el recorrido. Yo me anoté porque la corrían dos amigos míos de los Puma Runners. Nada más que por eso.

Al momento de la inscripción estaba viviendo en Caballito, en el departamento de mi hermano y Seba, su pareja. Me trataban muy bien, me daban comida vegana, y no me obligaban a pasear al perro (tamaño caballo). No me podía quejar. Pero bueno, un poco me quejaba. No está bueno instalarse indefinidamente en el hogar de una pareja, porque por más que te prometen que no molestás, uno siente que está todo el tiempo en el medio. Tampoco tenía un lugar fijo para trabajar, y le buscábamos la vuelta para que yo estuviese cómodo y mi hermano pudiese atender a sus pacientes. Mi prima Vero me insistió en que me instale por unos días en su departamento de Recoleta, y con la media maratón encima, me pareció que era más prudente salir desde este barrio que desde Caballito.

La largada era a las 7 y media de la mañana. Si salía desde lo de mi hermano iba a tener que levantarme a las 4. Mudado e instalado en lo de mi prima, terminé yéndome a dormir a la 1:30. Con todo el dolor del mundo madrugué, me cambié y salí a encontrarme con Pablo, un amigo que corría y me alcanzaba a la meta. Lloviznaba, lo que parecía un mal pronóstico para la carrera.

Como decía antes, me mandé sin saber absolutamente nada. Solo que el organizador era TMX, lo cual para mí es una buena referencia. Sin embargo hubo un detalle que me pareció poco feliz, y fue que el chip se entregaba de 6 a 7 AM, previo a la salida (que, recordemos, era 7:30). Desconozco si hubo algún problema, pero yo estaba como cortando clavos, porque no sabía si íbamos a hacer a tiempo. A la hora de la salida todavía era de noche, pero por suerte la llovizna desapareció como por arte de magia.

Largamos 7:40, un brevísimo retraso que quizá tuvo la colaboración de esta extraña logística de los chips. Salimos Pablo, Lean, Germán y yo, cada uno a su ritmo. Yo estaba con poco sueño e improvisando, y sinceramente no tenía ganas de hacer marca. Fui a estar con mis amigos, impulsado por su presencia. Tenía ganas de acompañarlos, estar ahí como apoyo moral o para dar consejos. Quería disfrutar del paisaje y no estar todo el recorrido tensionado, sufriendo el esfuerzo físico desmedido. Es algo que también quise hacer en las Fiestas Mayas. Creo que no tengo que demostrarme nada. No quiero ser el más rápido, y la meta espera a todos, desde el primero al último. Como un buen libro que lo dosificamos porque no lo queremos terminar, yo también quería disfrutar un poco más de cada carrera.

Me apegué a Lean, un Puma Runner de la nueva generación, quien tiene un muy buen ritmo pero vive siempre relegándose para acompañar a alguien. Esta vez decidí que iba a ser él quien estuviese acompañado. Salimos desde el costado del río, y dimos una larga vuelta que nos hizo cruzar por el costado de la largada. No lo sabíamos en ese entonces (yo, al menos, que caí de paracaidista), pero esto de hacer círculos y pasar por el mismo punto más de una vez fue la característica de esta media maratón, y el punto que yo más le critico. 21 kilómetros es una distancia suficiente para unir Provincia con Capital. Permite hacer a pie cosas tan raras como salir desde la cancha de Boca y llegar a la de River, o hacer un ida y vuelta desde Colegiales hasta Olivos. Pero lo que fue una ventaja para los fotógrafos que no tuvieron que salir a perseguirnos porque les pasamos por al lado cuatro veces, para los corredores se volvió un poco tedioso.

A ver, la organización fue un reloj. Todo funcionó perfecto, la hidratación, las indicaciones, el puesto de frutas. Todo bárbaro. Pero el recorrido era muy monótono. Pasamos por calles de asfalto, estacionamientos… y repetíamos tramos, que hacíamos de ida y después de vuelta. En ciertos puntos, sobre todo cerca del final, parecía que girábamos en cada esquina, zigzagueando constantemente. Al principio pensé que era yo el quisquilloso que se quejaba, pero me fui dando cuenta de que no era el único.

La carrera no tuvo sobresaltos. En un momento lloviznó, lo cual prometía hacerlo más interesante, pero enseguida paró. Mientras corríamos no se sentía el frío (todo lo contrario), así que agradecí haber tenido el instinto de dejar las calzas en la mochila. Después de cruzar la mitad del circuito en una hora exacto, le dije a Lean que nuestro objetivo podía ser que la segunda mitad fuese más rápida. Aventuré “1:58:00″ como meta. También le prometí que no lo iba a presionar, cosa que no pude cumplir.

El entusiasmo hacía que caltando pocos kilómetros, instintivamente aceleráramos. Íbamos cómodos, tratando de banar de 5 minutos el kilómetro. Sobre el final, y faltando a mi promesa, empecé a presionar a Lean para que acelerara. Le pedí una progresión. El pobre, con la lengua afuera, ponía su mejor cara y con mucha enteresa y caballerosidad me ignoraba por completo. Por reflejo, estando a pocos metros de la meta empecé a acelerar, pero vi que Lean mantenía un ritmo constante. No quise cruzar solo, así que me resistí al sprint final y cruzamos codo a codo. El reloj nos indicaba que habíamos cruzado en 1:55:19, mucho mejor de lo que esperaba.

Por supuesto, al frenar y enfriarme, empecé a temblar como una hoja al viento y a sufrir el espantoso clima. Tuvimos una tregua y en todo el recorrido el tiempo estuvo bastante benévolo, pero cuando la gran mayoría habíamos terminado, empezó a llover con insistencia. Por suerte estábamos desayunando, refugiados en una estación de servicio, compartiendo anécdotas de la carrera que todos acabábamos de terminar.

Dejo algunas instantáneas de carrera, pero esta vez desde afuera: suelo sacar yo las fotos, pero ahora temí por la lluvia y dejé la cámara bien guardada…

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