Semana 47: Día 325: Los 90 km de la ultra trail de Yaboty

yaboty2013

Como todas las reseñas, estas palabras nunca le harán justicia a la agotadora gesta que fue ir a correr a Yaboty, en la provincia de Misiones. Voy a intentar, sin éxito, transmitir cómo sucedieron las cosas. A todo agréguenle más ansiedad, más sufrimiento, y más emoción.

Mi principal miedo (viajar solo, sin conocer a nadie) se desvaneció apenas llegué a tomar el micro. Ahí estaban todos los corredores que iban a probar distintas distancias: algunos los 10 km, otros 21, unos tantos 42 y los dementes de 90. En seguida empezamos a hablar con Rodrigo, que esperaba al resto de su grupo de running. Eran trece, de Actitud Deportiva, e inmediatemente pegamos onda y me hicieron parte de su séquito. Me divertí mucho, y en las 16 horas arriba de ese micro (donde, por supuesto, no había ningún servicio vegano) la pasé muy bien y me sentí entre pares. Tengo que agradecer ENORMEMENTE la sugerencia de llevarme latas para asegurarme mi alimento, porque se convirtieron en mi salvación tanto en el trayecto de ida y vuelta como en el albergue donde dormimos.

Cuando pasamos los límites de la provincia de Buenos Aires, el viernes a la noche, dejé de tener 3G. En El Soberbio, donde llegamos el sábado al mediodía, no tenía modo de entrar a internet, y el albergue donde estábamos no tenía wifi. Yo creía que era algo general, pero resultó que era al único que le pasaba. Mis intentos de buscar un cyber fueron en vano. Era un pueblo chico, así que había pocas opciones. Tal o cual negocio, que cerraban al mediodía, y olvidate de que estuviésen abiertos el domingo de la carrera. Así que, como temía, habría silencio de blog durante dos días enteros.

En El Soberbio también conocí a lectores del blog. Jorge y Rodrigo, ambos buscando los 90 km, Germán (de casualidad, en un supermercado) y después de la llegada a Betina (que me encontró en un estado calamitoso, pero me alegró mucho su salido). Que se acercaran a hablarme fueron esos gestos que me hicieron sentir entre amigos. Y pensar que me daba pánico encarar este viaje en solitario…

El sábado hicimos la acreditación y le dediqué el resto de la tarde a armar mi ropa, mochila y todo lo que creía que iba a necesitar para la carrera. Conté muchísimas veces mis experiencias en Yaboty 2011, y cada vez que me preguntaban un estimado de tiempos decía lo mismo que publiqué en este blog: 12 horas como ideal, 14 por las dudas. El sueño del micro no había sido muy reparador, así que me fui a dormir temprano, a las 8 de la noche. Mientras todos estaban en la charla técnica, yo me entregué a los brazos de Morfeo y le di derecho hasta las 2 de la mañana. Me vestí, me hice un desayuno de campeones (arroz inflado, frutas escurridas y Ades natural) y con Jorge nos fuimos caminando a donde salían los micros. Era exactamente en el punto de la llegada, así que en el frío de la noche, con una densa neblina (gotitas de agua suspendidas en el aire) nos fuimos hasta unos pocos kilómetros de la entrada a la biósfera de Yaboty, desde donde largamos pasadas las 5 de la mañana. En un rapto de inteligencia de mi parte (tengo que admitirlo) dejé mi abrigo con los gendarmes, y me animé a arrancar en remera. Sabía que el clima iba a ser caluroso cuando el sol estuviese en alto, y suponía (acertadamente) que iba a entrar rápido en calor.

Nos pusimos bien adelante en el arco de largada, y salimos la par de Jorge, mientras intentaba dilucidar cómo se usaba el Suunto. Fue el primer fracaso de la carrera, ya que no pude hacer que navegue y funcione la modalidad de ejercicio al mismo tiempo. Teniendo que usar una u otra, preferí el GPS que me marcaba distancia recorrida, velicada actual y altimetría. Segundo error de la carrera: seleccioné la modalidad “Carrera de montaña”, que yo creía que ahorraba batería (hasta 50 horas), pero resultó que el rendimiento es igual que el de “Correr” (hasta 15 horas). Era un poquito de presión para llegar dentro de ese horario (si se me agotaba antes, me moría).

Jorge es un corredor veloz, y yo estaba tan cebado que en los primeros kilómetros, sobre la ruta, empezamos a pasar gente. Todavía estaban esas gotitas suspendidas en el aire, y esa noche oscura, iluminada por nuestras linternas y el auto que filmaba a los punteros, le daba a todo un aire muy onírico. En ese momento amé estar ahí (y nunca sentí frío). Cuando empezó la subida me quedé solo y me fui acercando a la punta. De pronto me quedé solo, con solo una lucecita adelante.

Un poco antes de llegar al cuarto kilómetro nos dieron la indicación de entrar al sendero que se adentraba en la selva. El puntero le dejó su abrigo a un fotógrafo, y lo alcancé. Me pareció que se lamentaba por pisar barro y le dije “¡Para eso vinimos!”. Pasé al frente, y durante uno o dos minutos… ¡fui el primero! Qué sensación rara. Mis expectativas previas eran llegar en 12 horas, y se suponía que el ganador iba a estar cerrando los 90 km en 8 horas. Pero ahí estaba yo, en la cabecera… se me cruzaron un montón de fantasías. ¿Y si lo mantenía? Pero eran solo eso, fantasías. El otro corredor me alcanzó y me preguntó mi nombre. Mientras empezaba a amanecer nos presentamos, él era Daniel, cordobés pero vivía en Buenos Aires, entranaba al grupo Fila. Nos fuimos dando aliento y charlando. Fue un momento muy agradable. Cruzamos el primer puesto de hidratación, y bromeaban que éramos los últimos. Cuando salimos nos gritaron “¡Vamos que son primero y segundo!”. Le contesté “¡No me presionen!”. Estuvimos a la par con daniel durante 20 kilómetros, muy cómodos, a unos 5:35 minutos el kilómetro de promedio. Mientras hablábamos de experiencias previas, me contó que había corrido este año en El Palmar, que no había visto las marcas y que se había desviado 1,5 km… a pesar de eso, volvió al circuito y ganó la ultra de 60 km. “¡Ah, eras vos!”, le dije… claro que había escuchado esa leyenda… Cabe aclarar que Daniel terminó ganando esa misma carrera que estábamos compartiendo, en el bestial tiempo de 7 horas y moneditas… pero me estoy adelantando demasiado.

Me di cuenta de que el ritmo que llevábamos era demasiado para mí a la tercera vez que me torcí el tobillo. El terreno era muy irregular, en partes estaba mojado o con mucho barro, y mientras estaba oscuro iba con más seguridad, subiendo las cuestas al trote… pero al ver lo que me rodeaba iba como más contenido, con miedo a caerme. No sé si me tropezaba por estar tensionado o por relajarme, pero le dije a Daniel “Profe, te veo en la meta”, y bajé el ritmo. “Yo voy tranquilo”, me contestó, pero su tranquilo era “súper rápido” para mí.

Esto era aproximadamente en el kilómetro 24. En el siguiente puesto me dijeron “ahí viene el segundo”, y de nuevo se me revolvía la panza. ¿Y si hacía podio? ¿Podría llegar a sentirlo alguna vez? Esas fantasías las tenemos todos, solo que no las decimos (ni las dejamos por escrito). Nunca me sentí capacitado para lograrlo, ni tampoco llegaba a Yaboty en mi mejor estado. Pero estaba emocionado, corriendo en soledad, y ocupaba la cabeza pensando en eso. Estuve en esa posición hasta el kilómetro 40, mirando siempre el reloj para asegurarme de que mi ritmo promedio estaba por debajos de los 6 minutos el kilómetro. Era rápido para una ultra maratón… quizá demasiado.

Estaba corriendo por la ruta y vi que detrás mío se acercaba alguien. Intenté apurar el paso para resguardar mi posición, pero era inútil. O sea, yo era un inútil, porque me metí en un cañaveral y me tropecé. Fui derecho al piso y me corté las palmas de las manos y las piernas con montones de espinas. Me levanté, intenté correr dos pasos y me volví a caer. Al costado había un precipicio, y el suelo era como una cama elástica de raíces, hojas y ramas. Al tercer tropezón me di cuenta que tenía que aflojar. Empecé a bajar con cautela, caminando, y un chico flaquito y alto me pasó como tiro. Lo vi perderse entre los árboles y no lo volví a ver hasta que esa noche se subió al podio a recibir el reconocimiento por su segundo puesto. “Bueno”, pensé, “puedo aspirar a un tercer puesto. Tampoco está mal”. Improvisé un bastón con una rama y fui bajando como podía.

A los pocos minutos vi a otro corredor acercándose por detrás. Las ultramaratones dan duros golpes al orgullo. En definitiva, bajan de a poco tus expectativas. Me di cuenta que lo del podio eran solo fantasías. “Si estoy entre los primeros 15 me conformo”, pensé. Agradecí que mis expectativas más bajas no sean llegar con vida o sin vomitar. Pero eso hacen estas pruebas tan duras, forzarte al límite hasta que solo queda lo que sos y lo que realmente podés dar.

En una subida interminable, entre tierra, piedras y ramas, me pasaron dos corredores más. A cada uno le di aliento y le indicaba en qué posición estaban. A partir de ahí, la mitad de la carrera, yo estaba destruido. Las subidas eran interminables. Mi estrategia de 2011, de tomar y comer en los ascensos y correr las bajadas, eran inaplicables, porque llegaba a la cima tan agitado que solo me restaba bajar caminando para recuperarme. El paisaje era impresionante, muy motivador, e intenté alimentarme y tomar todo el tiempo. Pero me faltaba energía o entrenamiento (o ambas cosas).

“Ahí viene el quinto”, me dijeron en un puesto. Yo les esquivaba al agua (que tenía bajo contenido de sodio) y me agerraba al Powerade como si fuese oro líquido. Ni me preocupé por las cosas que daban de comer, porque tenía una inagotable fuente de pretzels, frutas secas y geles (que tomaba cada 15 km). Cuando realmente abandoné mis aspiraciones por el podio, en cada puesto me relajaba y charlaba dos minutos con los gendarmes y los voluntarios. Eran todos muy amables, y me festejaban mis chistes (”Al que venga atrás mío, desvialo para aquel lado”). En el puesto 6 vi llegar a dos corredores y les dije “Si se apuran van a ser el quinto y el sexto de la general”. Estaba muy cansado, pero contento de estar ahí. Caminaba las subidas e intentaba trotar las bajadas. No tenía fuerza y en momentos eso me frustraba. Apliqué el 2×1 (dos minutos de trote, uno de caminata), y con eso ayudaba a distraer la cabeza y a avanzar más rápido que correr hasta el agotamiento.

Como dije al principio, hay escenas que mi descripción torpe no le va a hacer justicia. Corrí entre chacras, con cerditos que me entraban en una mano, perros, vacas, carretas… los chicos salían a saludarnos, a veces entonaban cánticos de aliento, y una nena me regaló una flor. El sol pegaba fuerte, y de vez en cuando sacaba una foto para inmortalizar ese recuerdo. Estaba perdido en ese embelezamiento del entorno cuando me di cuenta que no veía las marcas. ¡No sabía dónde seguía el camino! Me guié por mi instinto (que siempre me falla) y salí a la ruta. Casualmente era la misma por donde corrimos en 2011, con una pequeñita cascada donde cargamos agua en aquel entonces. Crucé un puente y unas señoras me sacaron una foto… para después decirme “Me parece que no es por acá”. Me señalaron hacia abajo, donde había un puente peatonal mucho más chico. ¿Cómo llegar hasta ahí? “Cruzá por acá”, me dijeron, pero me di cuenta que iba a cortar camino. Agradecí y volví sobre mis pasos, mascullando bronca por la distancia que iba a hacer de más. Entre los arbustos vi una marca, y me pareció que no tenía sentido buscar el punto exacto donde me había desviado. Quizá podía compensar cruzando por encima de ese alambrado, intentando no alterar a esa vaca… llegué hasta el puentecito, me dijeron “vamos que sos el quinto (en realidad era el séptimo) y seguí. Una pareja me preguntó si venía alguno cerca mío, y le respondí “Ojalá que no”.

Alternaba caminatas con trotes, y empecé a pasar a los últimos corredores de la categoría de 42 km. Los alentaba y les adelantaba cuánto faltaba para el próximo puesto de control, para que no se desanimasen. Pero aunque me hacía el entero cuando estaba en presencia de alguien, estaba muy agotado. En ese momento pensé en Vicky. Porque esa carrera (aunque con un recorrido muy diferente) la habíamos hecho en 2011, y en el día de ayer se suponía que íbamos a estar corriéndola juntos. Pero en el trayecto nos separamos, y en ese instante pensaba en todas las veces que la presioné para seguir y que ella decía que no podía más. Pedía caminar y yo la dejaba unos segundos, para después forzarla a trotar. Y subestimé cada vez que me pedía caminar. Como dije unos párrafos arriba, las ultramaratones bajan tus expectativas, pero también te vuelven más humilde. Yo me sentía en la misma posición que Vicky, porque me decía a mí mismo las mismas palabras que le decía a ella… y no era suficiente. No podía, no tenía fuerzas. Nada parecía funcionar.

Crucé arroyos, barro, tierra colorada, piedras… me tropecé con raíces, ramas… escalé al punto de que sentía el corazón salirse de mi pecho, y bajé a veces con muchísimo cuidado de no caerme, otras a la buena de Dios… fue una prueba durísima, que no anticipé para nada. Jorge, en los comentarios de una de las entradas del blog, me preguntó si era necesarios llevar bastones a Yaboty. Le juré que no, y mientras corría me acordaba de ese consejo. ¡Qué bien me hubiesen venido!

En el anteúltimo puesto me pasaron dos corredores, lo que me ubicaba en el noveno lugar de la general. Estar entre los primeros diez también me parecía una buena ubicación. Ellos estaban tan agotados como yo, así que intenté alcanzarlos y nos fuimos pasando, pero no pude mantener el ritmo y los dejé ir. Uno de los corredores de 42k me señaló al atleta que tenía adelante y me dijo “Dale que no puede más… ¡comételo crudo!”. Y entonces agregó algo que llamó la atención. “¡Vamos que ya metiste 80 km!”. Miré mi reloj y me indicaba 70. Pensé en qué equivocado que estaba, y seguí mi camino.

Llegué al último puesto de control, donde me llamaron por mi nombre. Era Fabiana, que en 2011 había salido tercera entre las mujeres, por detrás de Vicky (encima que soportó mis presiones, hizo podio). Nos sacamos una foto, tuve que contarle que me había separado hacía poco (fue un momento muy incómodo para ella), y por supuesto que me quedé esos dos minutos relajándome y charlando con los voluntarios. Mi reloj indicaba 74 km, así que le calculaba que la meta estaba a unos 13 más. Estaba cansado, pero iba por todo. Fabiana dijo algo que en principio recibí como una buena noticia, y que después me heló la sangre. “¡Dale que te faltan nada más que 5 km!”. Le pregunté si estaba segura, y me lo recontra juró. ¡Eran muy buenas noticias! Le dije, sin pensar “¡Mi reloj anda mal o corté camino sin darme cuenta!”.

Como en una mala película de Hollywood, que intentan explicarle todo al espectador, escuchaba el eco de mi última frase… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… “¡Corté camino sin darme cuenta!”… Mi reloj decía que llevaba corriendo más de 8 horas y media… si esperaban que el ganador llegase en 8 horas… ¿cómo podía ser que yo estuviese haciendo ese tiempo? Volví sobre mis pasos, y me acordé de cuando confundí el camino y volví sobre mis pasos para cruzar el puentecito peatonal… ¿podía ser que ahí me hubiese comido un tramo sin darme cuenta? Decidí seguir avanzando y preocuparme por eso después. Seguramente era un problema técnico, y no era la hora que mi reloj indicaba. Seguro se me había parado…

LLegué a la ruta y caminé un buen trecho. Quería correr, mentalmente me forzaba a hacerlo, pero me sentía como si me hubiese pasado ochenta y cinco trenes por encima. ¡No podía terminar esa ultramaratón caminando! Ese camino se me hizo familiar, porque era el mismo que tuvimos que hacer para terminar Yaboty 2011. Empecé a trotar despacito, sin mucha expectativa. Vi el cartel que indicaba “El Soberbio 1 km”. Me prometó mantener ese ritmo. Empezó a aparecer una zona urbana. De a poco con fábricas, vehículos, locales, casas… la gente estaba sentada con su silla en la vereda, mirándonos pasar. Los corredores de 21 y 42k que caminaban agotados me tenían que soportar pasarlos y alentarlos. “¡Dale que no falta nada!”. Pero la meta no aparecía… ¡se hacía eterna! No me di cuenta, pero empecé a acelerar. Vi locales y supermercados que se me hacían familiares… un gendarme me indicó para doblar y a 200 metros vi el arco de llegada. La gente aplaudía y me alentaba. Yo sonreía muy feliz, y pegué un pique espectacular. ¿De dónde diablos salía toda esa energía? Si yo antes no podía trotar más de dos minutos seguidos… y hablo de un paso suave. Acá estaba quemando llantas, abriendo la zancada y levantando las rodillas. Llegué a la meta, grité “¡ESPARTAAAA!”, que se convirtió en mi grito favorito de llegada, y cerré la carrera de una buena vez.

Pero… el cronómetro de la organización marcaba 9:30 horas. ¿Por qué era un pero? Porque la única explicación que tenía era que mi reloj andaba mal. Porque la distancia final que me indicaba eran 79 km, no 90. Si eran las 14:45 eso quería decir que el Suunto andaba bien y que yo había cortado camino. Me tiré a descansar en el puesto de agua, donde pegué muy buena onda con los muchachos. Me relajé, compartí anécdotas de esa misma carrera. Me sentí muy bien, pero a la vez estaba preocupado. Fui al albergue pensando en que tenía que devolver la medalla… no me la merecía. Había cortado camino, aunque sin querer, pero debía unos 6 u 8 km. ¿Qué podía hacer? ¿Qué hubiese hecho en el último puesto, volver sobre mis pasos 3 km? Me sentía un poco avergonzado, y todos me felicitaban cuando les contaba que había tardado 9 horas y media. ¡Les parecía un tiempazo! A mí me sonaba a poco… considerando que mi carrera estaba inconclusa.

Así estuve un buen rato, incluso después de bañarme y de tirarme en la cama un rato, hasta que empezaron a llegar el resto de los corredores, y para mi alivio a todos les dio 79 km. ¡Qué felicidad! Fue un alivio tan grande. Recién ahí, tirado en la cama del albergue, sentí que ese tiempo era mío, y que ese esfuerzo había valido la pena. Me sentía un poco dividido, porque Yaboty me costó muchísimo y caminé mucho más de lo que hubiese querido… pero no había cortado camino, había hecho lo mismo que el resto, y a todos nos había costado un montón. Ahí pude disfrutar de mi noveno puesto (séptimo de mi categoría).

Es curioso porque mis expectativas mínimas era hacerla en 12 horas, y aunque tardé mucho menos, mi primera impresión fue que me había ido muy mal. Pero los corredores somos así, nunca nos quedamos del todo conformes, siempre queremos ir por más. Las ultramaratones me enseñaron mucho de humildad, y aunque ahora estoy lleno de dolores en todo el cuerpo, estoy muy feliz de haber pasado por esto y de haber conocido a tanta gente que comparte esta pasión. Con cada carrera salgo enriquecido, y estos 90 km (o 79) de Yaboty, sin lugar a dudas, me ayudan a ser mejor persona.