Semana 40: Día 274: Mi próximo reloj

Lo vi de lejos hace poco, en la muñeca de una compañera de entrenamiento. Era poco discreto, parecía desproporcionado en esa chica. Pero era un reloj con GPS con un display enorme.

A simple vista, era poco atractivo. Parecía que uno se iría ladeando hacia el lado en que vestiría semejante mastodonte. ¿Cuál era el sentido de hacer un reloj TAN grande? ¿Qué podíamos obtener de esta monstruosidad?

Cincuenta horas seguidas de GPS. Lo voy a poner en números. 50. Fifty. Mi Garmin me duraba ocho horas con suerte. Y como nunca tengo suerte, eran cinco. Estaba perfecto para maratones, para las Adventure Race, pero cuando quería ir a una prueba más compleja como Patagonia Run o la Ultra Buenos Aires, me quedaba cortísimo. Cuando iba a entrenar fondos de más de 40 km me tenía que llevar dos relojes, uno prestado. En los 100 km de Marcos Paz usé tres.

Tener cincuenta horas continuas midiendo la distancia me permitiría hacer La Misión y saber en qué punto estoy. Podría entrenar fondos larguísimos sin estar a ciegas. ¡Podría hacer la Espartatlón y medirla desde Atenas hasta Esparta!

El tema, claro, es que ya tenía un reloj, y cambiarlo me parecía una picardía. Por suerte, lo acabo de perder. Tantos problemas me dio cuando el perro se comió el cable del cargador (terminé haciendo contacto entre los pedazos de cables para poder cargarlo, como hacen los ladrones de autos en las películas), pero igual lo conservaba. A veces se volvía loco, se apagaba solo, se congelaba… y no lo podía cambiar. Un día, después de correr unos 9 km, se desvaneció. No sé dónde está, revisé todas mis cosas, abajo de los muebles, y nada. Quizá los Garmin son tan avanzados que cuando dejan de funcionar del todo se evaporizan.

La cuestión es que ahora no me quedará otra que pasarme a este horroroso modelo de Suunto, tan poco discreto… pero tan útil.

Falta para mi cumpleaños, así que cuando regrese de Brasil, me lo tendré que comprar…