Semana 15: Día 99: Mi reloj, amigo inseparable

Hace más de un año, una amiga que viajaba a Estados Unidos se ofreció a traerme algo de allá. Y por “se ofreció” me refiero a que apenas me enteré de que iba a estar en Miami la obligué a que me traiga un reloj Garmin con GPS, algo que me iba a venir muy bien en el entrenamiento.

Este adminículo se volvió un elemento obligatorio en mis entrenamientos. Si bien tenía algunos cálculos caprichosos como la cantidad de calorías que había quemado, había hechos inequívocos como mis pulsaciones, el tiempo que había estado corriendo (si me acordaba de pausarlo cuando frenaba y de arrancarlo después), y la conexión con satélites que me indicaba la distancia recorrida. Luego aprendí que también me podía indicar la velocidad, y la magia aumentó cuando Vicky me demostró que guardaba todo el trayecto y se podía bajar a una web para que lo reflejara en un mapa. Simplemente magia.

Uno creería que lo que más cuidaría sería un reloj así. Pero varias veces me lo olvidé en casa, teniendo que realizar la humillante tarea de pedir uno prestado (por el bendito “Cuentakilómetros” que pueden ver aquí al costado. A veces, solo a veces, lo usaba para saber la hora. Cierta vez tomamos el tren en la estación de Belgrano a las 19:14. Me llamó la atención que era temprano, pero mucho mejor, íbamos a llegar a Acassuso mucho antes de las 20 hs. El pánico se apoderó de mí cuando llegamos a destino y el Garmin seguía indicando las 19:14. Ningún botón funcionaba, simplemente el tiempo se había detenido (o el reloj se había averiado).

Caí presa del pánico, hasta que un compañero de los Puma Runners, de esos expertos y con años de entrenamiento, me mostró cómo resetearlo. En otra ocasión, después de volver de una carrera (posiblemente la última Adventure Race Pinamar), mi reloj se había esfumado en el aire. No aparecía por ningún lado. Soy bastante distraído, así que podía estar en cualquier parte. Angustiado, intenté la única esperanza, que era preguntarle a quien me había traído en auto desde la carrera si lo había visto en su auto. Era una chance de una en un millón… y resultó ser. El alma me volvió al cuerpo.

Y llegamos al presente, cuando guardé mi Garmin en la mochila después del entrenamiento, y al llegar a casa noté que se había apagado. Lo primero que intenté fue resetearlo, pero no pasaba nada. Simplemente estaba muerto. Las siguientes veces corrí con el reloj de Vicky, que tiene unas líneas rosas muy masculinas en la malla. Empecé a ver en Mercado Libre cómo reemplazarlo, pero los precios eran exorbitantes, mucho más de lo que había pagado al comprarlo por internet en Miami. Vicky coqueteó con la idea de regalármelo para Navidad. Yo llamé al servicio técnico de Garmin en Argentina y una grabación me pidió que mandara un correo electrónico. Envié el bendito mail y jamás me respondieron. Lo di por perdido.

Marcelo, coequiper del grupo de entrenamiento, me dijo que a él le pasó exactamente lo mismo una vez. Decidió dejar su reloj desconectado tres días y después ponerlo a cargar. “Hacelo, vas a ver que ahí engancha”. Me pareció una teoría absurda, que no tenía asidero. Pero ya no me quedaban opciones, así que lo hice. Y al tercer día, el reloj resucitó de entre los muertos. No podía creer, cómo esa maniobra le había dado nuevamente vida.

Hoy, el GPS me acompañó en un entrenamiento durísimo, de casi 19 km, con cuestas y ejercicios de musculación intercalados (más un clima pesado y caluroso). El Garmin, hasta ahora, sigue funcionando. No sé qué le pasó, ni cómo lo arreglé. Pero ha vuelto a funcionar, y de nuevo me está permitiendo medirme, saber cuánto llevo recorrido y cuándo puedo apurarme. Espero que sea la última vez que me abandone…