Semana 41: Día 270: Por qué no me gustan los Juegos Olímpicos

Quizá sea un bicho raro, pero es hora de admitirlo: no me gustan los Juegos Olímpicos. Me parece que es algo maravilloso llegar a ellos, ser un deportista que represente a su propio país y ser seleccionado en base al propio desempeño deportivo. Pero no siento que todo esto transmita valores positivos.

Probablemente la gente los mire y se apasione, pero para mí carece un poco de sentido. Desconozco el significado que tendría originalmente, supongo que los Juegos eran para entretener a los dioses, pero ahora se han convertido en una competencia más entre países. Los noticieros locales se empecinan en sumar cuántas medallas suma la Argentina. Todos quieren el oro, poco importa los que se lleven la de plata, y ni hablar la de bronce. Pero si no se llevan nada… ¡qué deshonra! El nadador Meolans salió una vez a pedir disculpas por la expectativa que había generado en la gente. ¿Tenemos que ser tan resultadistas?

Los atletas olímpicos la deben pasar bien. En la villa olímpica socializan con otros atletas, intentan distenderse, y los ojos de todo el mundo están puestos en ellos. Pero también la presión de ganar. A nadie le interesa si se deslomaron para llegar: de nada vale no traer un triunfo a casa. Y todo se convierte en una competencia política. A ver cuántas medallas más que el vecino nos estamos llevando. El triunfo se convierte en algo de lo que se adueña una nación. Nunca podemos evitar compararnos con Estados Unidos, Rusia, u otras superpotencias deportivas.

Tampoco me gusta mirar fútbol (de hecho me aburre), aunque no sé por qué los mundiales sí me gustan. Se me contagia el patriotismo y me surge ese deseo por ganarle a tal o cual país. Quizá porque en este deporte sí está compleamente instalada la competitividad, y lo que vale es solo ganar. En los Juegos Olímpicos compramos el concepto de la unidad, la alianza entre todos los continentes, los valores de respeto, determinación, autoestima y la mar en coche. Lo cierto es que olvidamos rápidamente a los que no ganan (llamados “perdedores”). Quizá aprendí a competir contra nadie más que conmigo mismo, y por eso ver a dos personas intentando ser mejor que la otra sea algo que me cause rechazo.

Prefiero ver a alguien intentando demostrar que es el mejor del mundo, a que me vendan un discurso y que al final sea un todos contra todos, mi país contra el tuyo. Que gane el mejor y que el peor sea tristemente olvidado.

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