Semana 49: Día 338: Invirtiendo en un GPS

Hace pocos días, una amiga me trajo de afuera un reloj con GPS. Ayer lo estrené en el entrenamiento. Y ya me pregunto, ¿cómo hice para correr todo este tiempo sin él?

Estos tiempos consumistas nos hacen encontrar ciertos atisbos de felicidad en las cosas materiales. Afortunadamente soy pobre, y con esfuerzo y paciencia, puedo ir ahorrando unos pesos para poder ingresar en el mundo capitalista. Hace unos meses fueron los muñecos de He-Man (hasta los “difíciles”, como Man-at-arms). Ahora, después de cobrar un trabajo adeudado de mucho tiempo, fue un reloj con GPS y monitor cardíaco.

Confieso que el tema de medir mis pulsaciones no me obsesiona, y que elegí esa función un poco por capricho. Pero hace tiempo quería aunque sea un cronómetro para poder medir mis tiempos y empezar a medir más concretamente cómo son mis ritmos.

Hace unos años regalé mi reloj digital. Harto de tener que atarme el tiempo a la muñeca, me di cuenta de que en todos lados podía ver la hora. En el subte, el tren, el microondas, la videocasetera (bueno, fue hace mucho), incluso en los tickets del supermercado y los boletos del colectivo. Cuando empecé a entrenar por mi cuenta, dando vueltas por las calles de Banfield, mi papá tuvo el hermoso gesto de regalarme un reloj con cronómetro. Yo me creía muy vivo y mantuve mi renuncia a engancharme la hora a mi cuerpo, así que lo guardé en un cajón, y nunca más supe de él.

Cuando empecé a entrenar en serio volví a Banfield a buscarlo, pero nunca volví a dar con él. Con esto de las carreras, controlar los tiempos empezó a ser importante para mí. En estas competencias suele haber un cronómetro, pero está en la llegada. ¿Cómo sabemos, por la mitad, cómo venimos?

FInalmente llegó el bendito reloj del norte, y cuando aprendí a configurarlo (no fue tan fácil) descubrí que no sólo puedo controlar qué tiempo estoy haciendo, sino la distancia, y a qué ritmo voy (en minutos por kilómetro). Para un obsesivo como yo se abrió la puerta a un nuevo mundo. Por ejemplo, medí la vuelta Hipódromo de San Isidro, y me dio 5,11 km. Rodearlo me tomó 23 minutos 30 segundos, a un ritmo promedio de 4:30 el kilómetro. En las progresiones bajé a 4:12.

El reloj es un poco pesado, pero compensa esa comodidad de tener control del tiempo (cuando consiga control del espacio, dominaré por fin el continuum). Se carga conectándolo al USB, y debe tener miles de otras funciones (como la del monitor cardíaco) que todavía no aprendí. Me gusta más investigarlo haciendo prueba y error. Como dice mi padre, “cuando todo falla, lea las instrucciones”.

Mañana, viernes por la tarde, parto rumbo a Pinamar con los Puma Runners. Vamos a hacer la previa allá, preparándonos para la Merrell del domingo. Entonces voy a poder usar mi reloj para medir mi ritmo, y ver si puedo bajar de mi penosa marca de 3 horas 30 minutos del año pasado. Al menos ahora voy a saber mi tiempo antes de llegar a la meta.