Semana 34: Día 236: Próximos desafíos

Estoy con abstinencia de carreras. Ya lo habrán notado cuando, hace un par de días, me colé en la Maratón River (pero sin hacer uso de sus recursos, solo aproveché su circuito y las calles cortadas).

El próximo desafío que tenía en vista eran los 42 km de la Maratón Internacional de la Bandera, en Rosario, que correremos nuevamente en equipo con Vicky. Van a ser unas mini-vacaciones, pero intentando hacer la mítica competencia a la sombra del monumento a la bandera. Hasta buscamos restaurantes veganos en las cercanías. Solo nos queda definir si vamos en micro o en avión (temo que un paro nos deje varados, tanto en Retiro como en Aeroparque). Nuestra experiencia del año pasado fue magnífica, y la ciudad es encantadora, así que el domingo 30 de junio estaremos ahí, una vez más.

El tema es que, para mí, falta mucho. Así que me puse ansioso y empecé a blanquear mi abstinencia. Entonces me sugirieron dos carreras: La Anniversary Race, subtitulada como “Aventura en las Canteras”. Se corre el domingo 2 de junio, son 21 km en Piedras Blancas, Entre Ríos, y la inscripción cierra este viernes, así que tenemos que apurarnos. Esta vez, si voy, sería sin Vicky, una experiencia que hace mucho no hago. Obviamente que me siento raro, con cierto temor, pero por otro lado es lógico que si vamos a grupos diferentes, no siempre coincidan nuestros viajes. El único problema sería no poder conseguir con quién ir. No estoy como para embarcarme en una travesía solo. Correr sí, me la banco en soledad. Viajar y dormir solari ya me cuesta un poco más.

Si esta falla, tengo la Salvaje Cross en Azcuénaga, San Andrés de Giles, el sábado 8 de junio. Si bien la distancia de 15 km no representa mucho desafío para mí, el principal atractivo es que es nocturna. Extraño meter las patas en agua, embarrarme, correr sobre durmientes de las vías de un tren, atravesar pastizales, trepar alambrados… la ciudad me sigue gustando, pero por algún motivo necesito ensuciarme un poco.

Y recién el 18 de agosto está la Ultramaratón de Yaboty, en el Soberbio, Misiones. Ese es otro desafío lindo que queremos repetir con Vicky en equipo. Son 90 km non stop. En 2011 fue nuestra primera ultra, y nos quedó un recuerdo espectacular. Así que hacia ahí vamos.

Queda la gran incógnita de qué voy a hacer para el cierre del año en Semana 52. Posiblemente Yaboty sea LA carrera porque es la más cercana en fecha, y no estoy encontrando nada para fines de mes o septiembre. El 30 de noviembre se haría la Patagonia Run Spring, y quiero repetir los 100 km que tanto me costaron. No espero que esta vez sean más fáciles, pero seguro voy a estar mejor preparado. Igual no me quiero adelantar, porque eso ya correspondería al cuarto (y último) año de este blog…

Semana 34: Día 235: Una mala idea

Ok, se me ocurrió que era una buena idea llevarme la computadora a la habitación. No tengo una notebook, sino una iMac, que viene a ser un monitor bastante grande con su teclado y dos discos externos (si tienen algo bueno las Macs es que ya no tienen gabinete, además de que no hacen ruido ni tienen virus).

El día de ayer tuvo sus momentos frustrantes. Aunque se tomaron la molestia de ponerle carteles electrónicos a las estaciones de tren, no siempre respetan el supuesto horario de los próximos servicios. Cuando vi que la siguiente formación pasaba en 12 minutos y al segundo lo cambiaban a 28, sabía que había perdido la oportunidad de entrenar con mi grupo. Así que me volví a casa con un poco de frustración y corrí por el barrio con Vicky. Eso no estuvo mal, de hecho fue lo mejor del día.

Entonces me pareció muy inteligente llevarme una mesita junto a la cama y ponerme al día con el trabajo sin tener que aislarme del resto de la casa, como pasa habitualmente. De hecho estaba listo para actualizar el blog. Pero eso que pareció una buena idea terminó teniendo un efecto conocido. Así como uso la televisión como somnífero, el estar cómodamente entre mis almohadas y mirando el monitor de la computadora hizo que a los pocos minutos me faltaran las fuerzas. El brazo del mouse dejó de responder, los ojos empezaron a pesarme más y más, y el cerebro dejó de emitir órdenes para pasar a un estado de reposo conocido como “desmayo”.

Ya me di cuenta que la idea de llevarme la computadora a la habitación o comprarme una notebook para trabajar desde la cama no va a prosperar.

La incomodidad de estar sentado en una silla, al final, resultó ser algo positivo, porque me permite más horas de sueño frente a la computadora. Claro que quizá eso no es lo que estoy necesitando…

Semana 34: Día 233: Los 10 km (más o menos) de la Maratón River

maraton_river_2013

No me gusta el fútbol. O sea sí, me pierdo cuando la Selección Nacional juega algún mundial, pero es una vez cada 4 años, así que me apasiono con la misma frecuencia que tenemos un año bisiesto. Da la casualidad de que Colegiales está muy cerca de Núñez, el barrio de River, y que hoy se celebró una carrera de 10 km competitiva y 3 km participativa.

No es lo único casual en esta crónica. En el día de ayer dejé a mi novia encerrada en la casa, sin tener acceso a la cocina ni a su juego de llaves, que le hubiese permitido salir a comprar víveres. Por esto abandoné mi entrenamiento por la mitad y me volví corriendo (no literalmente, sino en remís) para poder abrirle. Me quedé con las ganas de seguir entrenando, ya que cualquier vestigio de lesión en mi tibial ha desaparecido por completo. Resolví levantarme hoy temprano (pero sin despertador), desayunar, meterme unas pasas de uva, un par de caramañolas con agua, y partir hacia la gris y fría mañana.

Tomé un camino alternativo, en lugar de bajar directamente hacia Avenida del Libertador y encarar hacia el lado de Retiro, me quise perder por las bicisendas y aprovechar que había poco tráfico. Me perdí literalmente porque de pronto no sabía dónde estaba. No soy bueno orientándome, ni siquiera en las cercanías de mi barrio, pero me las arreglé para aparecer en la Avenida Santa Fe, por debajo de las vías del tren. Tomé Intentente Bullrich, hice una parada técnica en el baño del Jumbo, y corrí pegado a la mezquita. La intuición me iba llevando para ese lado, y yo quería correr por terreno blando. Fui por Avenida del Libertador y al cruzarla extrañé correr en una carrera. Con nostalgia pensé en las maratones (las de 42K) y otras competencias de calle donde se cortaba el tráfico y podría ir por el asfalto. Como corredor, pocas cosas me hacen sentir tan libre. Una reivindicación para el ser humano por sobre las máquinas (automovilísticas).

Iba pensando en esto, lo juro, mientras corría por uno de los laterales de plaza Holanda. Fui girando, instintivamente, y al llegar a Figueroa Alcorta me percaté de que la policía cortaba el tránsito. A lo lejos, debajo del puente de las vías del tren, vi varias camisetas blancas que iban y venían. Encaré hacia ahí. Al principio pensé que era un grupo de entrenamiento… pero eso de cortar la calle era poco usual. Entonces supuse que era un precalentamiento para una carrera. Me acordé de mi ídolo, Dean Karnazes, que solía correr 100 km y terminar justo antes de la largada de una maratón… para ahí seguir rodeado de gente. Yo, que no me considero ni a la altura de la suela de Karnazes, acababa de correr 8 km, así que bien podía engancharme extraoficialmente en una carrera de calle y divertirme un poco.

Cuando alcancé a estos corredores me di cuenta de que estaban en medio de la competencia. Lo que pasaba era que se trataba de los más rezagados, que a esta altura entregaban toda la energía que les quedaba. Muchas eran chicas, de todas las edades. La remera, blanca y con detalles rojos, me gustó mucho (una de las más lindas que he visto, yo que no estoy influenciado por el fútbol), y soy medio corto de vista, porque me costó darme cuenta de que hacía referencia al club River Plate.

En un principio iba por la vereda, porque me daba vergüenza colarme. Lo hice una sola vez, en mi primera media maratón, y me hicieron ver entonces que estaba mal usar recursos de gente que pagó su inscripción, y mucho más hacerme con una medalla que no me correspondía. Me acordaba de todo esto mientras me debatía entre aprovechar ese asfalto libre de automóviles… me resulta tan gratificante correr por ahí, pasar por debajo de ese puente… Cuando vi el cartel que indicaba 4 km hice un paso disimulado y me enganché. Tenía mi atuendo de corredor (hoy hizo frío), y para mí era demasiado evidente que yo no formaba parte de esa carrera. Hasta intenté bajar mi ritmo para no desentonar con toda la gente que me rodeaba. Ahí venía Emilse, la “Mujer Araña”, que corre a su ritmo, lento pero constante, y dando gritos y saludando a todo el mundo.

El recorrido era muy lindo, y me encantaba estar entre tanta gente. La carrera nos llevó adentro de los Lagos de Palermo, y como la calle es libre, muchísima gente que no estaba inscripta en esta competencia iba a un costado… yo no inventé nada, éramos muchos yendo a la par. Pasé junto a un puesto de hidratación, por el kilómetro 5, y me pareció indigno tomar agua, así que negué la asistencia y seguí. Cada vez nos acercábamos más a la cancha de River, y obviamente que si llegaba a la meta me iba a hacer al costado. Pero yo no tenía ni siquiera idea de cuánto era la distancia total. El cálculo me daba que iba a ser unos 8 kilómetros, porque ya podía ver el arco de llegada… y mientras me acercaba a la cancha, escuché que me gritaron “¡Martíiiin!”. Me frené y vi a Silvia, la mejor amiga de Vicky, que iba con su novio y sus hermanos caminando. Acababan de terminar la carrera. Cuando me saludaron me preguntan “¿Sos de River?”. Ahí confesé que no, que me había enganchado de casualidad. “Tenés que entrar a la cancha, está buenísimo”. No tenía idea, faltaban como unos 200 metros para llegar hasta la puerta de entrada. Silvia le sacó su número dorsal a su hermano y me lo abrochó en el pecho. Me negué un poco, pero me insistieron.

Partí hacia el Monumental, custodiado por 20 patovicas, cada uno del tamaño de un ropero mediano. Pasé infiltrado y aunque no me gusta el fútbol y es un fanatismo que no entiendo, entrar a la cancha fue muy emocionante. Mientras corría los primeros metros escuchaba a la gente gritar emocionada, alentar a su equipo, y de algún modo sentirse parte de todo eso. Llegamos al circuito de atletismo que rodea el césped de juego, y muchos se paraban para sacarse fotos. Arriba, el cartel electrónico mostraba a los corredores, y solo tenías que levantar la vista para verte en pantalla gigante.

Tengo que hacer una confesión. Además de que no me gusta el fútbol también soy un amargo que no va a recitales. Así que esta era la primera vez en mi vida que entraba a la cancha de River. Creo que de muy chiquito, como en el jardín de infantes, fui a la de Banfield, y mi recuerdo es que era monstruosamente gigante. Por eso, cuando entré al Monumental, me pareció muy chiquita. Tengo una teoría, además de la comparación con mi recuerdo infantil, y es que al estar acostumbrado a correr distancias grandes, el área que separa un arco del otro me pareció corto. Pero esta debería ser la cancha más grande de Argentina (digo, desde mi total ignorancia), así que no deben haber campos de juego más grandes que eso. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia futbolística.

Salí del Monumental, con algunas fotos rápidas y mal sacadas con mi celular, y crucé el arco de llegada, que estaba ahí nomás. No me animé a hacerme a un costado. No tenía chip, así que esquivé a los asistentes que los quitaban con su pinza. Me podrían haber dado una medalla, pero me pareció incorrecto llevarme una, así que pasé disimuladamente, y por suerte nadie vino corriendo a dármela.

La salida era un mercado persa. Estaba atestado de gente. Unos cuantos vendedores ofrecían de todo, desde ropa hasta comida, pasando por recuerdos como mates tallados y souvenirs. Supongo que esto también pasa a la salida de los recitales. Acabo de dejar en evidencia toda mi ignorancia recitalística.

Había completado un poco más de 12 kilómetros, y mi objetivo para esa mañana era hacer 20. Me puso muy contento cómo todas esas casualidades me fueron llevando hasta esa carrera, y cómo cruzarme con una amiga, a la que ni siquiera había visto, me ayudó a entrar y darle una vuelta a la cancha de River. Cosas que ni me imaginaba cuando me levanté esta mañana.

Volví sobre Figueroa Alcorta, doblé en La Pampa y rodeé el club de golf. Así fui llegando por circuitos más conocidos y tradicionales, hasta llegar a casa. Fue un día peculiar e inesperado. Y lo mejor era que ni siquiera eran las 11 de la mañana… todavía me quedaba mucho por delante.

Semana 33: Día 229: Un dinosaurio desaparece

Hoy falleció Jorge Rafael Videla, un personaje siniestro que nunca pasó por este blog. Pero, indirectamente, marcó mi vida y la de todos.

No quiero espantar a nadie con un post de contenido político. Este blog es autorreferencial y más o menos biográfico. Lo cierto es que nací en diciembre del 77, en plena dictadura, así que el tema me marcó aunque sea tangencialmente. Cuando estudiaba Ética y Deontología Profesional, en la carrera de Diseño Gráfico, vimos un documental llamado “Generación Golpe”. Y todos los que nacimos en esa década, inmersos en ese gobierno de facto, somos de la Generación Golpe.

Alguna vez fantaseé con ser hijo de desaparecidos. Porque es imposible haber nacido en esa época y no pensarlo aunque sea una vez. Por ahí Santi, mi hermano mellizo, se lo planteó menos porque es un calco de nuestro padre, pero yo tengo mucho de ambos. Antes de empezar con Semana 52, mi mamá decía que mi físico era como el de su lado de la familia (Villafañe), y después, habiendo adelgazado, salió a flote el perfil genético de los Casanova. No, hoy no tengo dudas de mi identidad, pero que te lo preguntes una o mil veces es parte de un legado tristísimo de esos años horrendos.

Hoy se habló mucho de la figura de Videla y su impacto en Argentina (Felipe Pigna dice que fue uno de los que más mal le hizo a esta nación, acrecentando la deuda externa y vaciando al país). Me gustó lo que dijo el cantante Horacio Guaraní, siendo que casualmente hoy era su cumpleaños. Videla era un pobre tipo. Alguien que estudió cómo matar y se dedicó a eso. ¿Para qué malgastar bronca en alguien tan patético?

Y, como no puede faltar, están quienes lo defienden. Quienes creen que la historia lo reivindicará. Me dio mucha amargura leer esta clase de comentarios en las redes sociales. A casi 40 años del golpe militar, creo que la historia ya dejó en claro cómo serán recordados todos los responsables del terrorismo de estado.

Hoy escuché sonar el tema “Los Dinosaurios“, uno de los más hermosos que le escuché a Charly García. Se lanzó en 1983, justo en el año en que la dictadura de la Junta Militar llegaba a su fin. El rock nacional sirvió para expresar todas esas cosas que no se podían decir. Claramente esta canción habla de los desaparecidos, de todas las cosas hermosas de la vida que pueden esfumarse. Pero entre tanto dolor (la voz de Charly, casi como un quejido, me pone la piel de gallina), la letra cierra con un “pero los dinosaurios van a desaparecer”. Creo que es una celebración de que ningún mal es eterno.

Videla, el tipo que cuando fue presidente (de facto) nos prohibió a todos leer “El Principito”, murió esta mañana, solo, en una cárcel común, por causas naturales. Aunque estaba preso por sus crímenes, tuvo una muerte mucho más digna que los 30 mil desaparecidos de 1976 a 1983. Podemos estar insensibilizados a esta altura por ese número, pero tengamos en cuenta que la siguiente dictadura latinoamericana con más muertos es Chile, con 3 mil.

No se me ocurre otra forma de cerrar este post con la letra de Los Dinosaurios, de Charly García. Mañana me voy a correr, aunque haga frío, y voy a agradecer vivir en un país donde los dinosaurios ya desaparecieron.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
los cantores de radio pueden desaparecer
Los que están en los diarios pueden desaparecer
la persona que amas puede desaparecer

Los que están en el aire
pueden desaparecer en el aire.
Los que están en la calle
pueden desaparecer en la calle.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
pero los dinosaurios van a desaparecer

No estoy tranquilo, mi amor
hoy es sábado a la noche un amigo está en cana
Oh, mi amor, desaparece el mundo

Si los pesados, mi amor,
llevan todo ese montón
de equipaje en la mano.
Oh, mi amor, yo quiero estar liviano.

Cuando el mundo tira para abajo
es mejor no estar atado a nada
imaginen a los dinosaurios en la cama.

Cuando el mundo tira para abajo
es mejor no estar atado a nada
imaginen a los dinosaurios en la cama.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
los cantores de radio pueden desaparecer
Los que están en los diarios pueden desaparecer
la persona que amas puede desaparecer.

Los que están en el aire
pueden desaparecer en el aire.
Los que están en la calle
pueden desaparecer en la calle.

Los amigos del barrio pueden desaparecer
pero los dinosaurios van a desaparecer

Semana 33: Día 224: Comidas adictivas

Se está acercando el fin de la Feria del Libro, lo cual es una excelente noticia para mí. Por un lado, voy a poder recuperar mi ritmo normal de vida, con mis propios horarios. Eso se traduce en que finalmente podré entrenar tanto como quiero, en esta etapa de recuepración. Por el otro, nuevamente voy a comer alimentos más sanos. Es inevitable, estando en un stand durante tantas horas, recurrir a comidas que son puro carbohidratos. En mi caso, si bien me llevé manzanas y bananas, las frutas se me arruinan. No siempre puedo llevarme otra cosa que no sean cereales, o alguna de esas galletitas veganas que estoy descubriendo (con muchos hidratos de carbono, pero poca grasa).

Mi amigo Rodolfo Falcón administra un blog y un grupo de Facebook llamado “Eligiendo Caminos”, dedicado a la salud, tanto física como mental. Algunas veces debatimos (siempre estando de acuerdo) sobre las ventajas del vegetarianismo y el deporte. Una de sus entradas más recientes está relacionado con las comidas adictivas, que me pareció pertinente compartir:

Alimentos que no puedes parar de comer

Si cada vez que entras a un local de comida rápida, sentis que no podes dejar de comer, tal vez te sea útil saber que no sos la única persona a la que le sucede. Hay alimentos que generan que la gente coma en forma compulsiva.
Entre los alimentos que producen este efecto, figuran aquellos que incluyen la combinación de grasas, sal y azúcar. Así lo explica el Dr. David Kesller, autor de “El fin de la alimentación excesiva” que se dedicó a investigar a quienes comen en forma compulsiva para explicar el poder de la comida. “Comer alimentos con alto contenido de azúcar, grasa y sal nos lleva a querer comer más alimentos con alto contenido de azúcar, grasa y sal”.

Pero, ¿qué alimentos nos llevan a seguir comiendo, aún cuando ya no tenemos más apetito?

La comida “chatarra”:

Un estudio del Instituto de Investigación The Scripps, publicado en Nature Neuroscience, demostró que  la comida rápida tiene propiedades “adictivas”, ya que, al igual que sucede con las drogas, es extremadamente difícil detenerse y dejar de comer. Esto ocurre con la comida que tiene un alto contenido calórico y de grasas, como el tocino y las salchichas, por ejemplo, que generan que las personas coman en exceso.
Según este estudio, el consumo sin límites de alimentos que producen placer provoca, como en las adicciones, respuestas de los neuroadaptadores en el circuito de recompensas del cerebro, desencadenando el desarrollo de la alimentación compulsiva.
Entre los neuroadaptores que se analizaron se encuentra el receptor D2, un neurotransmisor que es liberado por el cerebro con las experiencias que producen placer, como las drogas, el sexo y, también, la comida.

Los carbohidratos:

Según explica la Asociación Americana del Corazón, los carbohidratos aumentan los niveles de insulina, lo que disminuye el azúcar en sangre. Esto provoca el deseo de ingerir más alimentos y, en algunas personas, más carbohidratos, para obtener una fuente rápida de energía. La insulina es una hormona que es utilizada por el cuerpo para convertir el azúcar, el almidón y otros compuestos en energía.
A su vez, algunos estudios explican la conexión entre la mente, el humor y la comida debido a la disminución de la serotonina en el cerebro. Para los expertos, las personas que tienen antojo de carbohidratos poseen niveles bajos de serotonina, que ayuda a reducir los sentimientos de miedo, ansiedad y estrés, mejora el humor y favorece la relajación.

El chocolate:

Al parecer, tiene los mismos efectos de la comida chatarra. En el libro “La seducción de la comida”, su autor, el Dr. Neal Barnard, explica que el chocolate estimula la misma parte del cerebro que las drogas. Además, el chocolate contiene ciertos ingredientes que son estimulantes, como la cafeína, la teobromina –que se extra del cacao y se utiliza también en ciertas medicinas- y la Feniletilamina –una amina aromática, semejante a las anfetaminas.

El queso:

Tiene un ingrediente en común con el chocolate: la feniletilamina. Los médicos Donald F. Klein y Michael Lebowitz, del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York, atribuyen la feniletilamina al amor, explicando que las personas enamoradas tienen grandes cantidades de este componente en su cerebro. Por otra parte, un estudio de los Laboratorios Wellcome encontró que  la leche de vaca, que se utiliza para fabricar el queso, contiene morfina en pequeñas cantidades y no en todos los casos (dependiendo de la dieta del animal) y caseína, que podrían causar la adicción a este alimento.

No todas las personas sienten la misma atracción hacia los mismos platos. Incluso entre aquellos que reconocen comer permanentemente en forma compulsiva, hay quienes se inclinan hacia las comidas saladas y quienes prefieren los platos dulces.
No obstante, conocer los alimentos que pueden producir adicción o comer en forma compulsiva puede ser de mucha ayuda, ya que al saber que nos resultará difícil detenernos, es probable que nos convenga elegir otra alternativa que no nos produzca ese efecto. ¿O acaso alguna vez viste a alguien comiendo lechuga o tomate sin parar?

Semana 32: Día 221: Entonces… ¿carreras de calle o de aventura?

Esta pregunta ya me la hice hace tiempo en el blog. Y pensando en voz alta, ayer antes del entrenamiento con los Puma Runners, me di cuenta de que todavía no me decidí.

Es una de esas cosas que crean polaridad. Naftero o gasolero. De River o de Boca. Juegos de consola o juegos de PC. Carreras de calle o de aventura.

En el último año corrí mucho, mucho. Hice entrenamientos largos, de 5 horas, y a veces más. Generalmente eran en calle, a veces de tierra, a veces asfalto. Todas esas sesiones tenían algo en común: combatir el paso del tiempo, dominar la cabeza. En la ciudad, aunque fuese esquivando los autos, aprendí a apreciar la monotonía, el ritmo sostenido. Como si fuese un mantra.

Pero también enfrenté a la montaña en varias oportunidades. Fue una INMENSA diferencia con la calle, empezando por el terreno irregular. Sin dudas el entrenamiento para uno y otro son bastante diferentes, y estar en medio de la naturaleza es una experiencia única. Ahora que estoy buscando superar mis límites y aumentar las distancias máximas en las que puedo correr, mi prioridad pasó a ser el llano. Y lo disfruto mucho. El tema es que me encuentro añorando todos esos momentos en los que estuve embarrado, dolorido y exhausto en la montaña. Después de haberme prometido no volver a hacerlo, tengo muchas ganas de volver a correr 100 km en la Patagonia Run (mi anterior experiencia, hace un año, fue durísima, pero por alguna extraña razón hoy la recuerdo con nostalgia).

Generalmente el paso es así: se empieza por carreras de calle, generalmente por cercanía y comodidad, y en algún momento se da el paso hacia las carreras de aventura. Suele ser un viaje de ida, y los que están disfrutando de la montaña o de correr en la arena, te dicen que ni locos corren una maratón. “Me muero de embole”, te dicen, como si hacer 42 km fuese comparable a estudiar para un examen. No sé ustedes, pero yo jamás me aburrí corriendo en ningún terreno.

Estoy seguro de que por representar un desafío mayor, muchos optarían por las carreras de aventura. Yo, todavía, no puedo elegir. Me gustaría hacerlo y concentrar mi entrenamiento en una meta puntual. De momento, no me cierro a ningún desafío: ni los que me queman la cabeza ni los que me destrozan las piernas.

Semana 32: Día 220: ¡Zapatillas nuevas!

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Terminadas mis 10 sesiones con la kinesióloga, ya tengo el alta y puedo correr todo lo que me plazca. Solo quedan pendientes dos cosas: conseguir la vitamina B12 para que me la inyecte y empezar así un tratamiento preventivo de lesiones, y preguntarle si al final era cubana o no.

Debido a mi periostitis, entendí la importancia de entrenar en esas sesiones ultramaratónicas con una buena amortiguación. Por eso, con el cambio de plantillas, llegó el momento de actualizar el calzado. Siendo que estoy haciendo mucha calle y que no tengo en vista una carrera de aventura hasta Yaboty (18 de agosto), me pareció que tenía que comprarme un calzado liviano pero a la vez que absorban el impacto. Y entre todas las mejores zapatillas que compré en estos dos años y medio de blog, las que mejor resultado me dieron fueron las Puma Faas. Así que decidí reincidir (para que no suene a chivo, si tuviese que elegir unas zapas para aventura, me inclinaría por las Salomon XR Mission o cualquier Asics).

Tenía un muy buen recuerdo de este modelo, sobre todo por cómo me sentí en las calles de la Ciudad de Buenos Aires. Tenemos poco terreno blando por donde entrenar, y aunque las Faas son bastante minimalistas y mantienen al pie más cerca del suelo, tienen una muy buena amortiguación. Esto es llamativo, porque yo obtuve muy buenos resultados con las suelas con gel (las cámaras de aire siempre me parecieron malísimas). Estas zapatillas no tienen nada de eso, y sin embargo ya sentí la diferencia al dejar el calzado viejo y calzarme estas. Por supuesto que no estoy al 100%, todavía siento la pierna debilitada, pero hoy hice 10 kilómetros en progresión, sin ningún problema. Casi me sentí el de antes, dando todo lo que tenía.

Las Faas se recomiendan para maratones, en especial si se busca velocidad, ya que son muy ligeras (no superan los 280 gramos por zapatilla, lo que alimenta mi teoría de que el “550″ que acompaña el nombre del modelo es el peso en gramos de ambas zapatillas). Dicen que la versión anterior, las 500, no tenían una buena ventilación en la parte superior, cosa que se corrigió en esta, pero no podría asegurarlo. Si bien transpiro los pies, jamás lo sentí como un problema.

Mi meta será la maratón de Rosario, y si llegan dentro de los 1000 kilómetros las usaré para Yaboty, que tiene un terreno bastante noble. Nunca las usaría para montaña, ni siquiera para un terreno pedregoso. Al tener ese estilo minimalista, se siente todo: piedras, raíces, ramas, etc. Pero a mí me resultaron ideales para calle. No había otro color para elegir, pero estas me gustaron. Las veo sobrias, contra el look estrafalario de las que tenía antes, inspiradas en Usain Bolt.

En sitios de internet recomiendan las Faas 550 para corredores de pisada neutra, veloces, de entre 60 y 70 kg. Si además dijeran que son ideales para atletas en recuperación de una periostitis, no quedarían dudas de que las diseñaron pensando en mí…

(Dos aclaraciones al margen de la foto que ilustra este post: No elegí las medias esta mañana pensando en el eventual color de las zapatillas, ni tampoco me preocupé en afeitarme las dos piernas para que la composición quede armónica).

Todavía no me decido en un modelo para hacer aventura. Posiblemente repita la Patagonia Run en septiembre, y me están tentando unas Misuno, que es la marca que alguna vez le he visto a mi ídolo Scott Jurek. Lo que yo necesito es un sponsor…

Semana 32: Día 219: Noche de pesadilla

Anoche tuve una pesadilla, muy a tono con mi situación actual.

Como ya comenté ayer, pude volver a entrenar. La pierna anda bastante bien, algunos dolores, pero no en la lesión en el tibial. Pude hacer progresiones, sentadillas, y hoy a la mañana me duele todo, obviamente, porque perdí entrenamiento. “La grasa se gana rápido y se pierde lento, el músculo se gana lento y se pierde rápido”. O algo así.

Anoche soñé que estaba de vacaciones en alguna localidad costera. Podría arriesgar que era Pinamar. Estaba con mi grupo de entrenamiento, los Puma Runners, y teníamos una reunión de negocios. Yo había perdido por completo mi habilidad para correr. La pierna izquierda la tengo afeitada, y eso provocó algún comentario socarrón y algunas risas en el entreno. En el sueño estaba igual, salvo que el pie izquierdo tenía un agujero sobre el empeine, y de adentro salían cables y chips conectados a lo largo de la pierna (anoche, antes de acostarme, vi el programa de los 80’s en NatGeo y mostraban cómo se construyeron las primeras PCs… el cablerío era similar al interno de un gabinete de computadora). La pierna derecha estaba mejor, pero también tenía algunos slots y chips conectados.

No caminaba con dificultad, de hecho agradezco que en los sueños no se siente dolor, pero la imagen era espeluznante. De hecho al pie izquierdo le salía humo del agujero. Antes de ir a la reunión, en un ataque de frustración, me arranqué todos los chips. Estaba realmente harto de estar así, y hasta me preguntaba si no hubiese sido mejor amputar la pierna.

La cita de negocios era con una médica que había hecho negocios con mi ex-socio (una larga historia), así que yo le tenía algo de resentimiento. Hacía muchos años que no la veía, y ella era quien me había operado la pierna. Eso alimentaba más mi bronca. Cuando la reunión estaba finalizando no pude más. Me puse de pie y comencé a insultarla, me di media vuelta y me fui, para sorpresa de todos los presentes. Afuera buscaba la combi que me había traído, pero no la podía encontrar. Era una sensación conocida: frustración, frustración y frustración. Lo peor fue darme cuenta de que me había olvidado la campera, y la humillación de tener que volver a entrar a ese lugar para buscarla.

Lo curioso fue que después me di cuenta que esta mujer de la reunión no era la que me había operado. Yo la había confundido con otra doctora de ojos violeta (¿cómo confundir a alguien con semejante característica?). Habiendo pasado tantos años, lo que más quería era que me hicieran alguna actualización. Con el avance tecnológico que nos rodea, seguro podían ponerme algo menos monstruoso y más efectivo. Ante la duda de quedar mal ante mi súplica de que me hagan un upgrade, volví a conectar todos los chips que rodeaban mis piernas.

Después el perro y el gato empezaron a saltar encima de la cama y me despertaron. Confieso que sentí cierto alivio de que todo haya sido un sueño.

Obviamente el tema de la lesión es algo que me angustia, más allá de que me siento muy cerca de recuperarme del todo. Creo que también se me manifestó mi miedo a encontrarme ante una situación que me impida correr, además de la vergüenza (reprimida) de andar con una pierna afeitada y la otra muy peluda. También estaba el contexto del grupo, en un lugar habitual como es Pinamar. Este año no voy a poder correr la Adventure Race, porque decidí priorizar la ultramaratón de Yaboty, que si no me equivoco es una fecha muy cercana. Pero también me sigue resonando ese mal trago que fue la edición en Tandil, con tanta violencia y tanta bronca. Se me mezcló con mi conflicto irreconciliable con mi ex-socio (quien me estafó) y todas esas cosas no dichas. Además tenía la humillante situación de tener que volver después de dar un portazo.

Los sueños son muy simbólicos, pero parte del “jugo” que se le puede exprimir está en qué palabras usamos para contarlo. Y en mi relato está muy presente la “frustración”, ante no poder hacer uso de mis piernas, ante no saber cómo resolver mis conflictos, y ante cómo me relaciono yo con los demás. También, por alguna extraña razón, es muy difícil recordar los sueños si no los contamos apenas nos despertamos. De hecho ya se está empezando a hacer borroso y difuso. Pero es algo bueno, porque la imagen de mis piernas deformadas y emparchadas por una precaria tecnología médica, es algo que no tengo mucho interés en recordar.

Semana 32: Día 218: Volver a empezar

¿Cuántas veces escribí este post? No ESTE puntualmente, pero tengo esa sensación de déjà vu. Yo esto ya lo viví. No poder correr, la frustración de estar apto mentalmente pero no físicamente, y el día en que finalmente todo se acomoda y puedo volver.

La kinesióloga me dejaba correr el fin de semana, pero me resfrié, y con la Feria del Libro dándome otra paliza, no pude ni actualizar el blog el domingo. Igual no tenía mucho para contar. “Estuve todo el día acomodando libros y revistas, recomendando cómics, contestando dudas sobre Spider-Man y The Walking Dead. Ah, y descubrí que las Frutigran no son veganas”. Eso era todo.

Pero hoy, lunes, pude correr. Fue muy raro, la dejé a Vicky en su nuevo grupo de entrenamiento y me fui al mío. Nos separan 2 km de distancia, así que lo hice corriendo, en pantalón largo, campera y con la mochila. Me dio calor, pero fueron mis primeros pasos desde la Patagonia Run, hace 23 días. Al principio me sentí muy oxidado. Tenía miedo, porque en este tiempo no corrí nada, solo unos pasitos cruzando la calle. Mientras corría dándole la vuelta al hipódromo sentía miedo, porque no quería lastimarme o sentir dolor. Iba muy contenido, demasiado. Intentaba prestar atención a todo, a cada sensación en mi cuerpo, sin dejar de prestarle atención a cada palmo que iba pisando. Me fueron doliendo diferentes cosas, como las rodillas, el tobillo, pero no la lesión. El tibial sentía que me tiraba, como algo que perdió elasticidad.

Me mantuve así, corriendo con cautela, hasta que me empecé a soltar. Transpiraba, así que me abrí un poco la campera. Hice mi primer kilómetro en 5:30. Seguí y el segundo lo terminé en 5:06. Llegué a los Puma Runners, me saqué el pantalón largo, y recién cuando vi algunas risas me di cuenta que todavía tengo la pierna izquierda afeitada de la rodilla para abajo, y la otra peluda como siempre. Desentona (parece que en un atengo una media de nylon), pero prefiero esperar a que se vuelva a poblar de pelo que a afeitarme y dejarlas simétricas.

Entrené como siempre, sin dolor, sin molestia. Sigo sintiéndome un poquito oxidado, pero ya no tanto. Creo que estoy volviendo en serio. Los ejercicios de musculación me ostaron, y ahora me duele todo, pero mi entrenador calcula que en tres semanas vuelvo a mi 100%, así que hoy más que nunca no puedo aflojar. Sigo con mi meta de la Espartatlón, y quiero volver a mi estado para poder entrenar fondos largos. El tibial está respondiendo, y creo que me ayudó haberle hecho caso a la kinesióloga, así como haberme hecho plantillas nuevas. Quizá para el miércoles tenga zapatillas nuevas, y con eso tendría el combo anti-periostitis completo…

Semana 32: Día 216: Nuevos objetivos

Todos conocemos ese famoso dicho de que para escribir “Crisis” en ideograma chino hay que escribir también “Oportunidad”. Pero yo me juego que el 99% de los lectores de este blog no saben leer chino, que lo mismo daría si les dijese que no es en chino, sino en coreano o japonés, así que no metamos la pata y digamos que todas las crisis son un punto de partida.

Estuve estos días dándole vuelta a la noción de que no voy a poder participar este año de la Espartatlón. Por mucho que me pese y todo el esfuerzo que pusimos mi entrenador y yo, hay dos factores que influyen. Uno es que, al parecer, esta mítica competencia se volvió demasiado popular, y apenas conseguí el tiempo de 100 kilómetros en 10 horas y 14 minutos, la organización de la competencia cerró las inscripciones, ya que habían cubierto el cupo de 350 participantes y tenían una lista de espera de 190 personas. O sea, ni siquiera tuve la opción de esperar que 191 tipos se bajaran para lograr un lugar.

Esto, por más que parezca raro, me trajo cierto alivio. Cuando intenté correr los 100 km de la Ultra Buenos Aires en 2011 la pasé muy mal físicamente. Anímicamente estaba bárbaro, rodeado de mi familia y amigos (hasta vino nuestro perro Rulo), pero estaba fatigado, totalmente extenuado, y en mi cabeza no podía dejar de repetirme que si esto me estaba costando tanto, 246 km iban a ser imposibles. Fue el momento en que más lejos me sentí de este sueño. Como la mayoría sabe, abandoné en el kilómetro 77 con la frente en alto.

Este año volví a intentar, mejor preparado y con un resultado que hasta a mí me sorprendió… porque en el camino la sufrí bastante. Hasta llegué a sentir lo mismo, que si me costaba tanto esto, en unos meses no iba a poder correr 146 km más en Grecia. Pero llegué a la meta, no tuve necesidad de parar a descansar, más allá de que tuve momentos en donde sentí que iba a tener que abandonar (a partir del km 50, cuando empecé a orinar gotitas color Tang de naranja y me asusté un poco). Todo, absolutamente, es aprendizaje. Lo fue el intento fallido del año pasado, y lo fue el logro de este. También aprenderé de no haberme podido inscribir este año.

Como dije, no poder inscribirme en la Espartatlón 2013 fue un alivio. No me sentí triste, no dije “¡Tanto esfuerzo en vano!”. La marca de este año me sirve para 2014, así que puedo inscribirme el día en que lo habiliten (estaré pendiente). Además, puedo entrenar más relajado, e intentar ultramaratones intermedias, como una de 100 millas (160 km) o una de 200 km. Todo a su tiempo, ya que estoy recuperándome de la periostitis, lo que también me dificultaba correr una Espartatlón este año.

El tema es… ¿qué hacemos con el blog ahora? Y eso es lo que estuve pensando todos estos días. Al principio, Semana 52 era un proyecto de 364 días. Me envicié, quise pasar a correr la Espartatlón en el segundo año, y no pude. Ok, reintentemos al año siguiente. Pero claro, ahora sé que no voy a poder hacerlo, por lo que queda trunco el subtítulo del blog “La meta: entrenar para la mítica carrera de 246 km“. Queda claro que ese será mi objetivo, así me tome 8 mil semanas lograrlo. Intentaré no volverme loco con eso, pero sigo obsesionado con hacer “algo” al final del año.

Va a ser imposible encontrar una ultramaratón que caiga justo el día de la Espartatlón, pero no importa. Ahora estoy en la búsqueda de alguna carrera de más de 100 km, en cualquier parte del mundo. Lo ideal, para mí, sería algo de 100 millas. De momento no encontré nada, porque las pocas que hay son en fechas muy lejanas (ya para el próximo año) o son con intervalos, por ejemplo dividido obligatoriamente en 5 días. No va a ser fácil, pero ese será el objetivo intermedio. Porque lo necesito, tengo que seguir entrenando para poder estar 36 horas corriendo sin parar. Me siento bien encaminado, no me quita el sueño sentirme lejos (ni siquiera me lo quita estar congestionado y no poder entrenar el día de hoy, justo que salió el sol). Así que, querido lector, estoy en una etapa de decisiones, y si sabés de alguna ultramaratón que se corra entre septiembre y octubre, hacémelo saber. Puede ser el trampolín para cerrar mi sueño en el cuarto año de Semana 52.