Gracias a todos

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Fabian dijo

03 Febrero 2008, 13:46

Hace cinco años que no estaba en buenos aires. ¿por que hay tan pocas flores y plantas en los balcones porteños?

Gabriela dijo

13 Febrero 2008, 16:31

Fabian: No creo que la falta de comentarios se deba a que no lee nadie, simplemente me parece que el tema de los blogs no está aún muy difundido y la mayoría de la gente no sabe muy bien de qué se trata. Seguramente si lo descubrieran más de uno estaría de acuerdo en sus ventajas…Es posible que también se trate de falta de curiosidad o interés en conocer el mundo de la cibernética y por qué no falta de tiempo real para investigar…Creo que te diste por vencido demasiado pronto…

dosalhilo dijo

13 Febrero 2008, 16:41

Gracias por contestar Gabriela. Yo no soy fabian, fabian es un lector de blogs al cual le hablas de dos embarazos seguidos y el te pregunta porque no hay flores en los balcones… lo cual no tiene que ver con nada.
Tal vez tengas razon y más adelante lo vuelva a intentar cambiando el enfoque nuevamente (o con mas paciencia) . Gracias de vuelta.

Gabriel dijo

13 Febrero 2008, 16:45

El problema no es que no lee nadie, estas pasado de moda viejito!!!!, ha nadie le importa lo que tenes para decir!!!, aca estamos en la edad de piedra de la información, estamos hablando de sexo, de sexo, de sexo, de sexo, de sexo, de sexo, de Maradona “Heroe o Villano”?, de River Plate, del machismo argento, sino fijate en los post mas comentados http://www.clarin.com/weblogs/

¡ Bueno y que esto te sirva de leccion pra no volver a vivir en Buenos Aires!, quedate en el primer mundo y no le vangas a romper los huevos a tus amigos, que bastante te aguantan.
Además que es eso de andar levantando la vista para ver los balcones!!; acá el gobierno nos manda a mirar el piso y si levantamos la cabeza hay un señor de azul, con bastoncito que nos dice lo que es bueno para nosotros.

Salu2 y besos a los sufridos hijos de Fabian B.

dosalhilo dijo

13 Febrero 2008, 16:56

Alguien cuanto menos va a entender que ni soy fabian, ni vivo en europa ni tengo un particular interes en los balcones?

….

En que mis hijos me tienen que sufrir tenes razon Gabriel. Y en que a nadie le importa lo que tengo para decir, tambien. Y en que posiblemente a mi tampoco me importa lo que nadie tenga para decir, a duras penas tengo tiempo de leer diarios de vez en cuando. gracias por contestar

Marcos dijo

13 Febrero 2008, 17:05

¿Fabian? ¿Sos vos? Soy Marcos Laprida. ¿Te acordas? ¿Fuimos juntos al Nacional de Lomas? El otro dia me acordaba de vos con mi mama. Ella decia que de los chicos de mi curso sólo yo habia fracasado. “Que Ricky anda en una camioneta de las grandes, que Nico tiene TRES ferreterias ( una en lomas y dos en adrogue), que a Norberto le va barbaro con el restorant” Y ahi me acordé de vos. Le dije: “Mama acordate de Fabi. Un inutil el pobre. Debe haber sido un desastre su vida adulta. Incluso pero que la mia”
Ahora que me entero que vivís en Europa, que te va muy bien y que tuviste dos hijos hermosos la verdad que me siento mucho peor. Te pido por favor si volves y pasas por Lomas no hables con mi mama. Gracias.
Lo único que me alegra es que en tu puto balcon parisino no tengas una misera flor.
Abrazo. Marcos

Pol dijo

13 Febrero 2008, 17:18

Jajajaja, con estos posteos descubrí el sentido de los blogs!!! NO paro de reirme, jejejeje
Gracias Marcos por la magia, maravilloso, jaja, muuuuy buenooooo
Y Fabian, tirate del balcón si querés con tus flores en el……………

Dosalhilo:
Bueno, ya tenés algunos comentarios, a mi tb me resultó bastante desilusionante lo del blog, pero tampoco tenía demasiada expectativa.
Sinceramente yo no leería tu blog porque no tengo hijos aún y es un tema que poco me preocupe ahora, pero ando ojeando un poco de todo en realidad.
Mucha suerte y pensá en Fabian antes de tomar una decisión drástica, jeje.

Gabriela dijo

13 Febrero 2008, 17:29

jajajaja!! Esto se está poniendo gracioso! Ya entendí que no sos Fabián…perdón pero fue producto del apuro al investigar el blog….Es cierto…vivimos corriendo…y realmente no sé para qué. Espero no equivocarme esta vez…el autor del blog, a quien me dirijo es “dosalhilo” ¿no? Nombre muy creativo..para qué negarlo…sobre todo si consideramos la inquietud “seguiditos se crian mejor”, (realmente permitime dudar de esa premisa!!! – Sólo sirve para enloquecer a madres y padres!!!!) Y por último, fijate que tu blog también sirve para que Marcos se comunique con Fabián!!!!!!!!!!!!!!!! Su viejo amigo de la infancia……….jajaja.
Muy interesantes las otras cuestiones que escribiste, otro día quizás me permite hacer un impasse en mi trabajo y hacer algún comentario.
Por ahora, debo seguir trabajando….(Al final lograste varios comentarios en un solo día…)

Ana* dijo

13 Febrero 2008, 20:25

Perdon???
Tanto tiempo para descubrir que el dueño del flog no es Fabian!!!????
Creo que el dueño esta maldiciendo la hora de haberlo nombrado

Contra los blogs

Este es el cierre de mi blog.

Intente escribir algo sobre un tema (tener hijos muy seguidos) y recibí un sólo

comentario:

Hace cinco años que no estaba en buenos aires. ¿por que hay tan pocas flores y plantas en los balcones porteños?

Esta vez el que no hace comentarios soy yo
Cambié luego el enfoque y sigo sin feedback.
En este país no lee nadie, y el que lee no lee blogs y el que lee blogs lo hace de mediáticos, no de desconocidos.
Muchas gracias por la atención prestada.

Viajando aún más hacia el pasado

Gloria Guida, la protagonista. La enfermera de noche era el título de la película estrenada aquel caluroso verano en el cine Gran Alsina. La calificación, prohibida para menores de dieciocho años. Yo había cumplido trece, hacía ya cuatro meses. Insuficientes trece; cuanto menos, para ver más allá de los afiches promocionales con la imagen de la rubia italiana.

Estaba solo en mi casa, con un lado del rostro apoyado sobre las baldosas frescas. Mi papá, un gallego honesto y laborioso como no he conocido otro hombre, estaba en su trabajo. Mi mamá, ama de casa nacida en un conventillo de Parque Patricios, de visita en algún lado como casi todas las tardes. Luego de levantarme me dirigí hacia su dormitorio, donde se encontraba el único ropero de la casa. Viejo, pesado, oscuro y lustroso.

Al abrir una de sus puertas, pude observar con indisimulable orgullo el legado de indumentaria de mi hermano, nueve años mayor. Él estaba a punto de casarse y, lo que era más importante para mí, próximo a dejarme su habitación. Había sido raro ser el menor de dos hermanos, con tanta distancia cronológica y afectiva. Ser hijo único sin disfrutar enteramente de los beneficios de esta situación y sin embargo sí sufrir sus perjuicios. Tener un hermano, y al mismo tiempo, no tenerlo.

Lo más impresionante de su ropa eran las camisas. Muchísimas camisas de mangas cortas. Coloridas, de cuellos amplísimos, ajustadas. Casi se te veía el ombligo cuando las usabas, reducidas por mi madre a pedido. Todas compradas en el mismo local céntrico, propiedad de un futuro funcionario menemista. Mi hermano las combinaba con jeans coloridos y sin bolsillos frontales, de botamangas amplias que ocultaban sus suecos con enormes plataformas de madera. Quedaba pura pierna el pobre, desproporcionado.

¿Cómo había podido él costearse lo que parecía ser el vestuario completo de la película Fiebre de sábado por la noche, teniendo en cuenta que eramos una familia de clase un cuarto? La respuesta es sencilla: había ganado el ProDe junto con un amigo. Siendo menores, la mayor parte de la mitad que le correspondía del premio sirvió para que mi papá comprara un taxi Siam Di Tella y se agregara un tercer trabajo, adicional a la venta de rulemanes y a ser mozo en una pizzería. No es necesario aclarar que con semejante cronograma laboral, el único recuerdo que tengo de él son sus ronquidos cada fin de semana, exhausto de la actividad del resto de sus días. De cualquier modo, a duras penas llegabamos a fin de mes. Y a veces ni eso.

Lo que quedó del premio, con el objeto de satisfacerlo mínimamente, se destinó a la compra de la ropa que mi hermano quisiera. La que él usaba siempre pasaba posteriormente a mí, gastada y fuera de moda. Éste también era el caso pero, falto de información, yo no tenía noción de que la Era Disco se estaba agotando. Y además y por sobre todas las cosas, era lo único de lo que podía disponer, así que no había otra opción.

Elegí la camisa más llamativa y un vaquero blanco algo ajustado; yo estaba gordito, debo admitirlo. El hierro que me habían dado de chico por ser demasiado flaco, sumado a los corticoides por la sinusitis crónica y a mi inhabilidad deportiva, se habían combinado con un resultado francamente inflacionario.

Mi hermano tenía montones de cepillos para el pelo, que usaba para pasar de ondeado a lacio, brushing mediante. Aunque en realidad luego de un tiempo los había abandonado, seducido por la idea de procurarse un afro frotando cada uno de sus mechones entre dos dedos. Pero a mi me encantaba usarlos, así que tomé uno y me lo empecé a pasar, una y otra vez hasta el cansancio.

Me puse unos zapatos azules con taquito, de punta afinada. También le robé algo de su esencia, patchouli. Y el toque final, unos anteojos de sol espejados. I-rre-sis-ti-ble.

Apenas pasado el mediodía salí de mi casa. Era un departamento tipo casa, en realidad. Alquilado. Sin gas ni teléfono, con agua fría salvo la del calefón eléctrico de la ducha. Con una parra de uvas dulces sobre el patio, por la cual se veían pasar ratas del tamaño de gatos. Al menos no tenía techo de chapa, como las casas vecinas. De cualquier modo, nuestra ambigua situación socioeconómica, peligrosamente lindante con la pobreza pero sin caer claramente en ella, había provocado más de una vez la actitud condescendiente de algún médico con vocación higienista o la madre adinerada de un compañero de primaria. Se trataba del tipo de mirada caritativa no solicitada y humillante que uno jamás olvida y queda en el alma como una llaga, para siempre.

Ya en la vereda, lo cubría todo la sombra del paredón de Campomar, la gigantesca fábrica de frazadas, abandonada hacía ya tiempo y por entonces depósito de SEGBA. Ésto y las manchas de aceite por doquier, producto del trabajo de varios talleres mecánicos, le daban al barrio una apariencia lúgubre. Mi calle, Remedios Escalada de San Martín, estaba empedrada con adoquines y tenía un tráfico intenso, tanto que las vibraciones hacían que las copitas del modular se fueran corriendo lentamente hasta eventualmente caer y destrozarse.

El cine se encontraba a unas diez cuadras de allí, sobre la avenida que una vecina llamaba pomposamente Boulevard Alsina, seguramente por sus negocios levemente acomodados, en los que casi nada podíamos comprar. Comencé a caminar, muy seguro de mí mismo, mirándolos con recelo. Mientras lo hacía, como otras veces, me imaginaba la gran inundación, cuando yo tenía un año y habíamos tenido que vivir días en la terraza. Era el Riachuelo lo que se había desbordado, no un río común y corriente. Habíamos perdido casi todo, muebles y paredes arruinadas por la mugre. Contaminación, cadáveres de gente electrocutada flotando. Se trataba sin duda de un pasado truculento que todos preferían olvidar, en particular los comerciantes. Pero, al menos por unos pocos días de un tiempo no tan lejano, ricos y pobres habíamos estado igualados en la desesperación de este municipio fabril y obrero.

Cuando llegué a la puerta del cine, mis amigos del barrio me estaban esperando. Yo era el mayor y más corpulento. Eso previno a la mayoría de hacer cualquier comentario acerca de mi apariencia; al que lo hizo, lo corrí hasta hasta la esquina. Pero no todo era un lecho de rosas en mi liderazgo pre-adolescente. Nadie se animaba a encarar al boletero-acomodador-vendedor de golosinas. Fuí y compré las entradas. Al rato, me adelanté cruzando el hall del cine, con mi grupito de amigos siguiéndome por detrás. Temblando, impostando una voz gruesa y protegido por los lentes, le tendí al ogro de uniforme las localidades, acompañadas de un billete, que al fin y al cabo era lo único que hacía falta para que nos dejara pasar. Pero yo no lo sabía por entonces.

Victorioso y transpirado, orgulloso y sintiéndome un adulto, me abalancé hacia la sala, ya a oscuras y con la película comenzada. Los anteojos espejados hicieron el resto. Completamente ciego, me llevé por delante la última fila de asientos y caí rodando. Dolorido e intentando disimular lo indisimulable, rengueando, me senté junto al resto de los chicos, que se despatarraban de la risa.

La película, como todas las “prohibidas” bajo el Proceso, estaba completamente cortada. Algo de picaresca, que no alcanzabamos a entender, y nada más. Se vió una teta, de costado, por un segundo. Suficiente para que todos, con la testosterona que nos salía por las orejas, comenzáramos a zapatear haciendo pan francés. La luz de una linterna y unas amenazas gritadas nos acallaron.

Frustrado, hacía poco comenzaba a darme cuenta que las promesas, las que nos hacemos y las que nos formulan, no siempre se cumplen en la vida. Mi ingenuidad se escurría como arena entre mis dedos.

Artemia salina. Eso decían los sobres. El fin del año escolar anterior, séptimo grado de la Primaria, me había proporcionado decepciones variadas. La de los Sea Monkeys había sido una de ellas, sin lugar a dudas .

Primero fue el tema de la publicidad. Bueno, publicidad vista como hoy en día sería una palabra un poco grande para lo que pasó. Pero en ese momento, fue una campaña publicitaria, de que otra manera llamarlo.

Había que pararse para cambiar de canal el televisor blanco y negro. Trok-trok-trok se giraba a mano el cambiacanales. Y la antena “conejito” había que dirigirla con la mano para que tomara mejor el quinto canal, el Dos de La Plata. Ahí aparecieron las primeras imágenes, al igual que en la gráfica.

Monitos submarinos, sonrientes y juguetones, de un tamaño claramente visible. Había que cuidarlos y alimentarlos y nos compensarían el esfuerzo con alegría. Las nuevas mascotas del Siglo Veinte, un éxito internacional. Garantía de calidad.

Algunos chicos manejaban una economía monetaria, de moneditas se entiende. Yo ni eso, porque era tan tonto que daba los vueltos de los mandados. Cuando no me los robaban, claro, aunque los brabucones lo que más te sacaban eran caramelos. El hecho es que era imposible reunir lo suficiente para comprar un sobre de monitos nadadores. Y yo, con mi alma científica, me ilusionaba con ser testigo del milagro del surgimiento de la vida.

La noticia de los Sea Monkeys se extendió como reguero de pólvora entre los chicos. Y curiosamente, aunque en aquella escuela pública tenía compañeros ricos y pobres, ninguno había accedido a ellos. Lo que ocurre es que la mayoría de los padres de aquella época consitituían, la mayor parte del año, bastiones de razonabilidad, inmunes a las presiones del consumo y de la publicidad (sobre todo la no dirigida a ellos).

De algún modo surgió la idea de convencer a la maestra que comprar entre todos un sobre y utilizar una pecera que había en el aula sería educativo. Y contra todos los pronósticos, la Señorita accedió. No se si participé con monedas. Sin dudas, sí con mi cuota de entusiasmo.

El día llegó, finalmente y estabamos todos extremadamente ansiosos. La pecera llena de agua y su contenido de cristalitos blanquecinos que se habían diluído, desapareciendo sin dejar rastros. El folleto certificaba que el resultado sería instantáneo.

Muy prolijamente formamos una larga hilera de guardapolvos blancos para turnarnos con la pequeña lupa. Tristemente, nadie veía nada. Me fui pasando hacia atrás en la fila, dándole mi lugar a otros. No quería admitir que no estaba funcionando. Finalmente me tocó a mi. Apreté la lupa contra el vidrio y el ojo contra la lupa. Nada, nada. Hasta que vi una insigificancia blanquecina que parecía moverse. Y grité excitado.

Me senté, satisfecho del sueño cumplido. Mientras se armaba un alboroto y todos me trataban de mentiroso porque no veían nada. No importa, el tiempo me dará la razón, me decía a mí mismo. Y curiosamente, lo hizo. Primero los vio otra compañera, luego otro y otro hasta que la pecera estaba poblada de puntitos blancos movedizos.

Fui a mi casa y al acostarme aquella noche soñé con ese prodigio de la ciencia moderna. Y entre primero al salón al día siguiente, para comprobar que la mayor parte había muerto. Un par de días después, el agua estaba turbia, pero sin vida.

Atribuí el fracaso experimental al frío nocturno. Pero una duda me carcomía el alma. ¿Y si lo de los monos no era verdad? Traté de alejar el pensamiento negativo de mi mente. ¡Lo que faltaba es que todo lo que estaba escrito no fuera cierto!. Como las noticias curiosas internacionales del diario Crónica, con sus extraterrestres y cabritos de varias cabezas que tanto me gustaban.

Recordando

Había una ocasión anterior aún cercana en la cual me encontraba así, casi igual, bajo el sol. La felicidad es en cierto punto inefable. Para mí, aún hoy en día, se cristaliza frecuentemente en un recuerdo luminoso. En esta imagen, me encuentro vistiendo una zunga en animal print de distintos tonos del violáceo. Aclaro, desde mi idiosincracia machista y argentina, que fue la única vez que me atreví a ponerme algo así; todo estaba tan bien allí, que absolutamente nada me hubiera podido avergonzar. En mi memoria, estoy recostado en medio de una pileta con agua salada, en un colchón flotante por cuyos intersticios se cuela el agua tibia, que cosquillea mi espalda. En mi mano derecha, mi tercer daikiri. En la izquierda, una novela de bolsillo que recrea la vida en la isla, “No detengan el carnaval “, de Herman Wouk. ¡Y vaya que no quería que se detuviera para mí! El gris de mi oficina se presentaba entonces como parte de un complot internacional para alejarnos a la mayor parte de la gente de la verdadera vida, que estaba allí, rodeándome. Levantaba de vez en cuando mis anteojos negros y veía un cielo de un azul celeste inmaculado. A los cinco minutos, se largaba una llovizna tropical; uno ni atinaba a moverse. Sólo me reía tontamente, tenía sobradas razones para hacerlo. Ya era un nativo más, completamente despreocupado, como los que nos miraban tentados en el aeropuerto, tirados en cualquier lado fumando quien sabe qué, mientras pretendíamos que nos llevaran las valijas. Pronto comprendí que no era desidia sino otra manera de ver la existencia. Que nosotros vivíamos corriendo sin saber hacia dónde y para qué y comprando cosas que nos nos hacen falta. Y que, en cambio, los naturales del lugar nos decían algo así como: “Estabamos cuando ustedes no venían, estamos ahora y estaremos cuando no vengan más; y cada vez que haya un nuevo huracán que se lleve todo, comenzaremos nuevamente, como lo hemos hecho siempre, porque lo que en realidad se necesita es muy poco”. Cuando volviera, ni yo lo iba a creer. Lástima no poder documentar tanto placer, pensaba mientras hojeaba un diario local. Hasta que leí el aviso que decía algo así como: “Crucero a isla desierta, incluye filmación submarina”. Instantáneamente comencé a imaginar el relato en off apretádome la nariz que escucharían nuestros amigos y familiares: “Hemos llegado con el Calypso a la noche del calamagggg….” Era muy cara la excursión, pero bueno, sólo se vive una vez; todavía no teníamos conciencia de que, ya en casa, el resúmen de la tarjeta de crédito, en vez de decir “Hoja 1 de 2” iba a decir “Sobre 1 de 2”. A la mañana siguiente llegamos en una camionetita a la que estaba considerada una de las diez playas más bellas del mundo; doy fe de que aunque inverificable, la estimación era, sin dudas, altamente probable. Nuestros compañeros de travesía eran de Brooklyn, tan apasionados (incluso para nuestro standard mielero) que se nos figuraron prejuiciosamente como amantes, aunque en el frío trato con nosotros se verificaba absolutamente el estereotipo sajón, al igual que en el caso del Capitán del pequeño yate, a la vez conductor-azafata-improvisado cineasta, todo en uno. El Capitán nos vino a buscar en un botecito con motor fuera de borda. Aunque mi mujer había tomado con la anticipación necesaria la dichosa pastilla contra los mareos, empezó a vomitar casi de inmediato, mientras el nos mostraba el paisaje diciendo “Allí tiene una casa Steven Spilberg, en aquel lado Magic Johnson…” A mi mujer le importaba muy poco, lo único que quería era pisar tierra firme y luego de un buen rato, así se lo hice saber a nuestro anfitrión. Me ofreció llevarnos a una isla cercana, mientras la otra pareja seguía atiborrándose de cerveza y comiendo sandwichitos, sin demostrar demasiada solidaridad. Nos advirtió que debíamos descender de la lancha antes de llegar a tierra firme pues ésta si se acercaba demasiado podría encallar. Nos bajamos con el agua a la altura de la cintura y nuestras cosas elevándolas con nuestros brazos en alto. Creí escucharle decir que tuvieramos cuidado con los… tiburones. Tratabamos de correr pero el oleaje no nos dejaba, hasta que nos tumbó mojando todas nuestras pertenencias, inclusive la nueva cámara de fotos, que alcanzó a tomar alguna antes de expirar y quedar colgando, escurriéndose, de la rama de una palmera, mientras estabamos tirados en la playa exhaustos, Era el mediodía y el sol era implacable. Trataba de mantenerme tranquilo pero recordaba que el yate podría irse y nadie sabría dónde estabamos. Realmente era como la laguna azul; incluso me adentré en la selva y encontré una especie de altar con cenizas. ¡Zaz! Nos faltaban los caníbales, cartón lleno. Como mi mujer se sentía mejor, hicimos señas para que nos vinieran a buscar. Al retirarnos, el capitán dio vueltas a toda velocidad para que se saliera el agua de la lancha, por lo que mi esposa ya estaba descompuesta nuevamente al volver a bordo. Les pregunté cuanto faltaba para llegar. “Ya llegamos” fue la respuesta. Mi esposa se dio vuelta y sin decir palabra se tiró al agua y volvió nadando a la isla, que se encontraba a gran distancia. Todos me miraban como un aguafiestas, mientras subía mis hombros y ponía cara de feliz cumpleaños. Preocupado e imaginando un rescate en helicóptero, el capitán se acercó y me pidió que le avisara –con señas- a mi mujer que la excursión había acabado, que así no tenía gracia, que compensaría a nuestros compañeros de periplo otro día. Mi mujer volvió nadando y al llegar al borde del yate, la filmación la muestra preguntando, completamente dispuesta a dar media vuelta y seguir braceando: ¿Nos vamos?. Para las fiestas de Diciembre, durante los años siguientes, recibíamos una tarjeta de felicitación de parte del Capitán. No se si es mi imaginación, pero tengo la imagen de mi esposa teniendo arcadas mientras las sacaba del sobre y rápidamente las colocaba en una ramita bien escondida del árbol de Navidad.

Anhelo

¿Nunca tuvieron el deseo de volver el tiempo atrás cuando les pasa algo inesperado?

Negación

Razones por las cuales no deberíamos haber estado
em-ba-ra-za-dos



  • Siempre habíamos usado diafragma

  • Siempre habíamos usado espermicida

  • Sencillamente no podía estar ocurriendo

De cualquier modo, no era cuestión de que cundiera el pánico. Una simple llamada telefónica solucionaría todo.

-¿Doctora? Sí, soy yo. La molestaba por una consulta. Como estuve vomitando y con náuseas, me hice un test para sacarme de la duda y dió positivo. Se debe a que mis hormonas aún están alteradas. ¿Verdad?

-…

-¿Doctora? ¿Me escuchó?

- M´hija, estás embarazadísima

-

Precuela

Gretel, de 4 meses, dormía plácidamente en su paragüitas, un cochecito plegable y liviano. Bajo la sombra del techo del lavadero sonreía embarcada en sueños más allá mi comprensión.

Mi mujer salió del baño y antes de sumergirse en la pileta de lona apoyó el test anticonceptivo sobre una reposera. Esa mañana había despertado con náuseas y vómitos.

El déjà vu me había hecho atragantar un medialuna durante el desayuno. Las cuadras camino a la farmacia de Villa Las Margaritas fueron aliviadas por la perspectiva cercana de disfrutar de mi flotario suburbano, ya libre de preocupaciones. Alejando la amenaza fantasma.

Me incorporé a los pocos minutos, sólo para ver las dos rayitas aparecer. Nítidas, inconfundibles, implacables.


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