Yo te amé en Nicaragua
Hoy comienza la tercera jornada pactada para la entrevista. A esta altura hay varias cosas que parecen claras e inamovibles y no habló solamente del horario en que nos reunimos, los ladridos del perro y el abusivo uso del mate en un desayuno que parece eterno. Quiero ingresar en su mundo y ver que sucede. Me gustaría que el lado personal de la experiencia se imponga sobre el grupal. Prendo el grabador, cruzo las piernas para aguantar las dos horas que tenemos por delante sentado en un incomoda silla de madera. Comenzamos. Cuando te pregunté por la rutina en la unidad de producción hablaste, como si no importara, de una mujer brasilera con “el pelo muy corto”. Te escucho.
Si no me equivoco distrajiste parte de tu tiempo en esta relación. ¿No era esa una actitud que cualquier grupo guerrillero de los que admirabas hubiera tomado como individualista y por lo tanto hubiera castigado? La verdad es que el clima en
¿Vivieron en pareja todo el período de la montaña? Durante la jornada de cosecha cada cual marchaba con su brigada, con el grupo al que pertenecía. Ese era el arreglo y ninguno pensó, siquiera, en modificarlo un poquito. En eso fuimos estrictos, cada uno tenía sus responsabilidades y tareas que cumplir con los suyos o con la organización general del lugar. Por ejemplo: yo tuve que despertar, al menos por dos semanas, al grupo entero y Cleo fue durante todo el periodo la responsable de la relación de los brigadistas con los campesinos. Ella, pese a su portugués apenas cruzado con castellano, lograba milagros con los habitantes del lugar. Fuera por su color de piel o por su sensibilidad, conseguía que la escuchen y la respeten. Esa relación fue imprescindible a la hora de encarar actividades en común como la construcción de las aulas o las mejoras en el sistema de recolección de granos de café que aportaron los panameños. Con Cleo compartíamos la comida en la montaña y las tardes en que nos reuníamos a conversar en grupo. También salíamos buscando soledad. Las caminatas, que por seguridad estaban restringidas a un perímetro reducido, tenían lo suyo. Recuerdo el dolor de hombros que soporté por auxiliar a una anciana que bajaba del monte con un paquete de leña sobre su espalda o la ferocidad de las hormigas nicaragüenses entres las piernas. Por las noches dormíamos juntos.
¿Cuándo terminó la relación? Me gustaría pensar que terminó en Managua mientras ella cuidaba de mi salud en la escuela Olaf Palmer. En ese lugar pasé tres días acostado en el piso sobre una bolsa de dormir, reponiéndome de una descompostura por la que perdí 9 kilos. Fueron días horribles, con mucho dolor. Digo que me gustaría pensar que terminó allí aunque no fue así. Me había despedido de Cleo días atrás en medio de un tiroteo.
Me dijiste que no participaste en ningún tiroteo, ¿qué cambió? La mañana en que partíamos rumbo a Managua nos despertamos, antes de la salida del sol, con un ruido feroz de ráfagas de ametralladoras. Se escuchaban disparos de AK 47 y gritos de combate de los “nicas”: “contra hijo e puta te voy a matar”, “acá no se rinde nadie” y otras cosas por el estilo. Rápidamente cada brigadistas buscó un lugar donde esconderse. Ninguno tenía la posibilidad de defenderse con un arma. Para protegernos dependíamos de la juventud sandinista y de las paredes de madera del galpón. Aunque yo conocía poco de armas estaba muy claro que de ese combate no se salvaba nadie que estuviera encerrado entre esas paredes. Miré a Cleo y la besé. Nos abrazamos seguros de que moriríamos. Se produjo un silencio. Segundos después los “nicas” empezaron a festejar el fin del zafarrancho de combate. Cleo lloraba en mis brazos.
¿Se volvieron a ver después de Nicaragua?
Sí en tres oportunidades. Una en Brasil y dos en Argentina Pero eso es otro asunto.
- 4 Comentarios
- Sin votos
- Reportar este Posteo


Ultimos Comentarios