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Ameyal(Ana Tosi)

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Ameyal

Cuando el límite de la velocidad de la luz fue superado, los hombres, tuvieron la posibilidad de viajar hacia el pasado o hacia otras estrellas.

En el siglo XXI, los neutrinos, llegaron 62.000 millonésimas de segundos más temprano, esto había puesto en duda la teoría de un tal Alberto Einstein, de allí en más, pasados cuatro siglos, viajar al pasado, en el siglo XXV es cosa de todos los días. Esto beneficia a los historiadores porque ¿hay algo más fidedigno que presenciar la Guerra de Troya y escribirla o viajar al lado de Marco Polo? Ni hablar de los geólogos, estudian in situ las eras geológicas, comenzando por el cenozoico hasta el precámbrico en sólo un par de días. Algo emocionante es pasar caminando de América a África porque en el paleozoico, sus costas, encajaban perfectamente como un rompecabezas. Los verdaderamente interesados son los oceanógrafos porque, no muchos siglos atrás, había agua en abundancia. Había océanos, de hecho, América y África estaban separadas por uno, también ríos, cascadas, lagunas y vertientes. Hoy en el siglo XXV el maravilloso elemento H2O es escasísimo, esto produjo el continuo desplazamiento de los refugiados climáticos, viven en zonas áridas o desiertos, en grandes colonias donde se los abastece de agua cada tanto y cuando se puede, ya que los caminos y las tormentas de arena o tierra, hacen intransitables los caminos. Hay muchos perdedores y pocos ganadores en este mundo, los últimos tienen acceso ilimitado al preciado elemento llamado agua y los primeros quieren llegar.

Ameyal, es una muchacha que le tocó vivir del lado de los perdedores. Sus padres, descendientes de los mexicas, se vieron obligados a convertirse en migratorios al igual que sus antepasados por falta del agua. Ellos querían establecerse definitivamente en un lugar habitable: como los ganadores. La bautizaron con ese nombre porque significa “Manantial”, al nacer habían tenido la fortuna que el parto se produjera cerca de un hilo de agua que brotaba entre las piedras. La suerte fue escasa, el manantial era temporal y a los pocos días estaban como antes, como siempre “con sed”. Cada día había que llegar un poco más allá, ese era el futuro “más allá”. Ameyal quiere un futuro “más acá”.

La piel resquebrajada por el sol, la ropa sucia por el polvo, a veces deshidratada, fatigada, lleva a los buscadores de agua a viajar siempre de noche, para no transpirar y perder agua en el camino. Se guían por las estrellas naturales y artificiales. A la hora del descanso, dormir es imposible porque el sol raja la tierra, sólo los duerme el cansancio. Ameyal, en sus largas horas en vela, saca de entre sus cacharros, una servilleta bordada con la bandera de la White Star Line, la acaricia con el dedo rugoso pero con el alma esperanzada. Un antepasado de parte de su padre, en la época de los grandes océanos, había muerto al chocar el transatlántico en que viajaba contra un iceberg –Qué contradicción, piensa, morir en el agua, ahora morimos sin agua- . Ella recuerda con emoción los momentos en que sus padres, ya fallecidos, le contaban esa historia real y llena de magia. Un verdadero sueño, impensado para ella que no era una mujer instruida en ninguna ciencia. Los únicos que podían hacer ese viaje hacia atrás eran los científicos.

Cuando llegó a N.Y. una de las pocas grandes ciudades que aún quedaban, leyó en la cartelera digital de la entrada “Necesito changarín (mujeres excluidas) para expedición al Titanic, salida el 10 de junio, al alba”

Con sombrero y ropa de hombre, se presentó a la hora señalada, era la primera en la fila, ella fue elegida entre otros más corpulentos, no por mérito sino por cábala, la de ella, tenía alrededor del cuello, la servilleta de los sueños.

El científico le dio los bártulos, subieron a la cápsula del tiempo y bajaron en una estación para subir al Batiscafo que los llevaría a tres mil ochocientos metros de profundidad en el pasado.

Ameyal quedó impresionada por el tamaño del Titanic. Mientras su superior, aprontaba el ingreso, se acercó a una de las escotillas, la abrió y entró al gran salón. Arañas con caireles tornasolados iluminan el gran baile inaugural. Las mesas con manteles blancos, servilletas iguales a la de Ameyal, cubiertos de plata y copas de cristal, engalanan el acontecimiento. Los hombres de smoking y las mujeres con vestidos largos y exquisitas joyas, bailan el vals como quien se desplaza en punta de pie entre las nubes. Seguramente, allí debe estar su antepasado, pero hay tiempo para encontrarlo. –Ellos viven el “más acá” no saben lo que el futuro tiene escrito para ellos, tampoco saben cómo es vivir en el siglo XXV, un futuro que sus descendientes ya preveían y no hicieron nada para no llegar a esta vida seca, tampoco se los voy a contar, ya es tarde- Ameyal eligió “el más acá” y baila como una pasajera más, todos se ríen, abrazan, salen a la cubierta a pasear del brazo o ubicarse en las reposeras y ver las estrellas en su máximo esplendor. Noche de enamorados.

El impacto contra el iceberg sobresalta y obliga a abandonar el gran salón, la nave comienza a inclinarse para alcanzar el descanso definitivo sobre el lecho marino, o no Los hombres se arrojan al agua, mujeres y niños van hacia los botes salvavidas, todos se abrazan y se dicen, quizás por primera y última vez “te quiero”. El Capitán se mantiene en su puesto mientras que Ameyal se encierra detrás de un ojo de buey y en posición fetal sabe que ya no necesitará agua pero tampoco tendrá sed por el resto de su cósmica Vida Eterna.

Ana Tosi

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