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Infierno en el bosque (Ana tosi)

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Infierno en el bosque

Policías, bomberos y ambulancias habían llegado al Planetario, un revuelo infernal sacudía el bosque de Palermo. Había cientos de cuerpos esparcidos y sin vida, carritos y bicicletas tiradas, esta imagen daba al lugar un aspecto de fin de los tiempos en miniatura.
Lo primero que me llamó la atención al llegar al lugar fue que los cuerpos estaban todos boca arriba, bien acomodados y observé uno por uno, todos tenían en el centro del pecho una sutura quirúrgica desconocida, sólo un punto coronaba la herida casi imperceptible.
Rodearon el Planetario con cintas blancas y rojas. Los que estaban adentro no podían salir hasta ser interrogados por la policía y contar qué habían visto desde el interior. El aire estaba enrarecido, no por gas o polvo, sino que eran finas estelas brillantes que surcaban la zona. Los expertos tomaban partículas para analizar, estaban desorientados. Cuando me iba acercando al edificio, un policía me pidió que me identificara y ahí me di cuenta que no llevaba la placa donde acreditaba mi tarea como investigadora científica del Conicet. Pasé la cinta y vi en el pasto huellas extrañas, me agaché, tenían tres dedos y en la parte del talón tres círculos que se hundían unos cuatro centímetros en la tierra. Parecía un pie o un zapato preparado para escalar.
Entré en el Planetario, nadie había visto nada, salvo un niño que estaba en ese instante mirando por el telescopio y vio como enormes naves cilíndricas sobrevolaban el lugar. Sin embargo, cerca de la puerta, encontré a un adolescente que estaba paralizado, la mirada fija en el exterior y no respondía a ninguna pregunta. Le hablé y no reaccionaba, recurrí al el método más antiguo, le vacié en la cabeza una botella de agua mineral que siempre llevo en mi bolso. Cuando despertó se puso a llorar, lo abracé y el terror que sentía le hizo describir entre lágrimas los hombres de acero que habían desembarcado de unos cohetes enormes que fueron expulsados del medio del lago que está al costado del edificio, él estaba ahí justamente tratando de remontar el barrilete. Estos tenían la cabeza en forma de lanza y llevaban en una mano una especie de reloj y en la otra algo parecido al torno del dentista, ahí recordé la sutura perfecta y ¿los pies o zapatos de escalador?. Le agradecí y continué mi camino.
Me fui del pandemónium, crucé la calle y caminé por El Rosedal, mi cabeza estaba embotada, qué era todo eso, una pesadilla, jamás vi algo parecido salvo en las historias de los extraterrestres pero supuestamente estos venían de adentro de la tierra, sería por ese motivo, los pies preparados para escalar. Estoy empezando a enloquecer, es como pensar en la existencia de espíritus aunque algunos los vieron, doy fe.
Di una vuelta por la glorieta y el Patio Andaluz, a la derecha de éste un enorme pozo cilíndrico, justo ese día decían en el noticiero, que en un país de Centroamérica se producían cada tanto, pozos profundos y perfectos, llamados “efecto sumidero” pero acá no existe esa rareza de la naturaleza. Mientras observaba el pozo, vi salir entre los árboles un hombre alto, acerado y que llevaba en su mano derecha un reloj que acababa de sacárselo del supuesto pecho, una pechera de acero. El susto me paralizó pero igualmente salí a su encuentro, era más fuerte develar el misterio que mi vida.
• ¿Usted me entiende?
• Sí.
• Esta matanza es obra de ustedes.
• No es una matanza, sólo subimos a cambiar un reloj de alta precisión como usamos nosotros por el corazón de cada persona que había en el bosque.
• ¿Si son tan avanzados, no sabían que nosotros los humanos no podemos vivir con un reloj en lugar del corazón?
• Lo lamentamos mucho, sucede que nosotros nos superamos en todo, vivimos desde hace millones de años en el centro de la tierra, fuimos obligados por el Superhombre a refugiarnos ahí, salimos de ella a través de pozos como éste que usted ve acá, superamos la ciencia, llegamos a la inmortalidad y al tiempo infinito.
Lo siento por usted, esto que le voy a decir será un secreto que se llevará a la tumba, nosotros tenemos todo, menos corazón.
Ana Tosi