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CRIATURA DEL PLANETA(Ali1)

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Foto kudabur (Honduras)

El oleaje parece haber disminuido aunque no me confío demasiado porque ya me ha pasado otras veces, que al querer relajarme y descansar un momento, las olas se divierten conmigo, sacudiéndome de un lado al otro.

¿Otras veces, dije? Qué raros pensamientos me asaltan. Otras veces. No sé si tuve otras veces. Sé que tengo hoy. Siempre es hoy para mí y lo único que cambia es el oleaje que ahora parece sosegado.

Debo nadar. Mantenerme a flote. No sé si debo detenerme o proseguir.

Las gaviotas lanzan graznidos diferentes. Debe ser porque el agua empieza a saber horrible. Esa construcción en el frente está echando inmundicias al océano. Criminales. No soporto el olor penetrante que lo impregna todo a mi alrededor. Las aves se alejan. El sol calienta mucho. Veo una mujer inclinada sobre la arena que se protege de los rayos candentes con una enorme sombrilla. Parece que me ha visto.

No.

No es a mí a quien mira. Algo recoge y lo toma con cuidado.

-¿Qué encontraste?

-Parecen restos de otro más que se ha desintegrado…

-Es mejor que nos alejemos. Allí veo a uno que se aproxima a esta playa y parece que está buscando morir aquí.

-Sí, vámonos de prisa. No lo quiero ver. No tiene salvación.

-¡No se vayan. Yo todavía no quiero morir!

No me escuchan. Se alejan. Deben pensar que soy otro monstruo del océano. Mis brazos parecen colgajos, con restos de membranas. Mis piernas han mutado en un tronco con aspecto de cola. Quisiera que escuchen lo que deben saber. Hay naves de otras galaxias que capturan seres humanos para experimentar en sus laboratorios… ¿diabólicos? ¿galácticos? No entiendo por qué han dejado nuestros cerebros intactos. Sólo cambiaron nuestro cuerpo humano por este engendro mutante sin salvación ni retorno alguno a las formas con que hemos nacido.

¿De qué manera me presento ante mis pares humanos con este disfraz patético y cruel? ¿Quién me creería si le aseguro que antes fui un médico de renombre y ahora soy… ésto? Nunca entendimos que debíamos cuidar al planeta, la Tierra que tanto decimos amar y sin embargo la llenamos de desechos y miserias humanas.

No beban, no tomen nada de los mares y océanos.

No se alejen

escuchen

no me dejen

no puedo

no quiero

no

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EL RUMOR(ali1)

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EL RUMOR

Tomás alza el hacha con ambas manos y el reflejo del sol en la hoja encandila por unos instantes a Negrito, el joven peón. La pila de trozos de troncos llega casi hasta la misma altura del tejado. El último hachazo indica el fin de la tarea, por ese día.

Mientras tanto, Antonia llena los faroles con el combustible de los tambores. Negrito, un muchacho que habían criado y que los ayuda en las tareas de la chacra, inicia el fuego del horno de barro. Al costado, las bandejas con masa aguardan su turno para convertirse en pan.

No tienen vecinos cercanos que los frecuenten y ése es el motivo por el cual la pequeña polvareda que se divisa a lo lejos sobre la ruta les llama la atención casi al mismo tiempo.

Antonia es la primera que reconoce al que se acerca y sonríe tranquilizando a Tomás que se ha quedado como una estatua con su pipa sin encender, y también al muchacho, quien prosigue avivando el fuego con leña fina.

El vehículo aminora la velocidad y se detiene frente al portón de entrada de la casona.

El rostro de Antonia cambia de expresión. No es su hermano el que conduce sino su cuñada. Un presentimiento amargo la invade y tomando el delantal con ambas manos en ademán de aferrarse a algo, se adelanta hasta la ventanilla:

-¿Pasa algo, Aurora?

Sin contestar, Aurora baja de la camioneta. Se acerca al piletón, abre el grifo del cual sale un chorro que le salpica la ropa y bebe con ansias el agua helada del hueco de su mano.

Recién después contesta tomándose tiempo para ver las caras de sus parientes, cuando la escucharan.

-No pudimos dormir. Anoche ese rumor no nos dejó pegar los ojos. Debe haber sido como a las dos de la mañana. Viene de abajo. No sabemos bien de dónde, pero se siente bajo los pies.

-Deberían revisar el motor del grupo electrógeno. Tal vez la base no amortigua bien los movimientos…

Aurora mira a los ojos a cada uno y su boca se aprieta en un gesto de rabia contenida.

-El motor lo apagamos para ver si se podía escuchar más claramente de dónde diablos provenía el ruido. Ya se lo explicamos a todos ayer, antes de ayer y desde que empezó.

Tomás la mira, preocupado, y pregunta por el cuñado.

-Es casi mediodía, ¿dónde está tu marido?

Antonia, como cayendo en la cuenta, reitera la pregunta:

-Es verdad, ¿por qué no ha venido conduciendo mi hermano, Aurora? ¿Está bien?

- Sí, está bien. Está reunido en la Municipalidad, con el intendente y otros más, para ver si le dan alguna respuesta. Ya fueron a hacer una recorrida por los campos. El nuestro y los de los vecinos. Es increíble pero lo escuchamos solamente nosotros… El rumor parece venir desde muy abajo de nuestro campo. Nos miran como si estuviéramos locos…

La desolación de Aurora se dibuja en su rostro. Negrito intenta decirle algo como para tranquilizarla:

-Ya van a descubrir qué es, doña. Seguro que por ahí corre algún pequeño río que nadie conoce y la vertiente todavía no la han descubierto. Ya va a ver…

-¿Hay algún río que pare de a ratos y se escuche durante la noche nomás?

Luego, saludando apenas, sube a la camioneta y se va, sin esperar otra serie de conjeturas que no ayudan en nada para frenar su creciente temor.

A media tarde, Antonia, Tomás y Negrito deciden llegarse hasta el campo donde dicen escuchar el famoso rumor. En el trayecto se detienen varias veces. Negrito, al mejor estilo indio, pega su oído contra el suelo, y lo mismo hace el matrimonio. Pero no escuchan otra cosa que no sea la brisa que de a ratos hacía menear las copas de los sauces, o algunas bandadas de aves que vuelan cerca de ellos. Ninguna otra cosa sobre la superficie. Y menos, por debajo.

Dejan el camión junto al sauce pegado al jagüel, y presurosamente entran atravesando la galería de la casa de Aurora y Romano.

Al entrar a la gran sala de estilo colonial, se encuentran con todas las caras conocidas del pueblo, incluído el intendente en persona. La mayoría de los chacareros presentes son hombres que no acostumbran mostrarse en reuniones que no fueran aniversarios del pueblo o fechas patrias. De manera que si ahora se encuentran en la chacra de un vecino se debe a que la cosa es muy seria.

Romano sale al encuentro de su hermana, su cuñado y el joven peón. Aurora los saluda con un movimiento de cabeza mientras sigue sirviendo pocillos de café y copitas de licor.

La voz del secretario del intendente se escucha para pedir silencio. Acto seguido, el jefe del municipio habla con serenidad tratando de infundir tranquilidad a los allí reunidos, especialmente a los dueños del campo afectado por el rumor que hasta el momento solamente ellos padecen, ya que nadie ha percibido el ruido del que todos hablan y nadie, ajeno al campo, ha escuchado.

El intendente crea un plan de estudios topográficos de los que se hacen cargo peritos que entienden en materia de suelos y antecedentes de algún accidente geográfico en el lugar, y expertos en fenómenos meteorológicos o de cualquier índole visual y auditiva, para poder llegar cuanto antes a una explicación que aquiete el nerviosismo de los moradores del campo en cuestión. Además, ya se hace evidente el temor de que el rumor comience a extenderse por debajo de los campos aledaños, con sus lógicas consecuencias. La amenaza de que el próspero sector agro-ganadero se vea afectado por la retirada de sus propietarios, es una sombra que está comenzando a preocupar a la mayoría. Se trata de una sensación de miedo frente a algo que no perciben, y ni siquiera sospechan de qué se trata.

A los tres días de realizada la reunión es muy común ver en todos los campos linderos carpas que indican la presencia de actividades en cumplimiento a lo dispuesto por el intendente. La chacra de Aurora y Romano está cerca de parecerse a un extraño laboratorio de film de ciencia ficción. Cerca del atardecer se van aquietando las actividades rurales y apagando los motores para facilitar que el campo se cubra con el más absoluto silencio. Los faroles, uno a uno, van siendo encendidos y son esos los momentos en los cuales se divisa una actividad creciente con investigaciones que nada tienen que ver con la producción, sino con el mundo de lo desconocido.

Los días transcurren sin obtener ningún resultado que indique el origen del fenómeno. Tanto Aurora y Romano como el personal idóneo que trabaja de manera prolija y diligente en su chacra han cambiado las horas de sueño. Durante el día, bajo la luz del sol, solamente trajinan algunos peones encargados del pastoreo de los vacunos y de la recolección de una parte de la cosecha.

A partir de la puesta del sol, la chacra cobra una vida inusitada, mostrando una actividad que se diferencia del resto de las chacras de la zona rural.

Finalmente, el rumor ha sido escuchado por los técnicos.

Cosa que tranquiliza en parte a los dueños del campo. Porque no pueden precisar ni la procedencia ni las causas de semejante sonido proveniente de las profundidades.

Pasan los meses y llegan los fríos invernales, con sus lluvias y sus heladas. El plan dispuesto por el gobierno municipal ha llegado a su fin sin haber arribado a ninguna conclusión, por lo tanto, luego del desmantelamiento rápido y total de las carpas experimentales, todo vuelve a estar como antes. Con el mismo rumor y con las mismas incógnitas.

Una mañana muy fría, la más helada de la temporada, algo sorprende a todos los moradores de la chacra. Algo que van notando paulatinamente, ya que por lo temprano de aquella madrugada, el personal todavía está desayunando y esperando que amanezca. Romano es el primero que percibe algo anormal. Luego se le suma Aurora y al cabo de unos minutos ya todos los ojos miran hacia el lugar desde donde parece estar aproximándose un gran grupo de personas vistiendo extraños uniformes y escafandras. A medida que se van acercando, Romano y Aurora se miran espantados al notar la altura descomunal de los seres, quienes parecen medir tres metros de estatura. Al cabo de unos instantes, los visitantes detienen su marcha a unos cincuenta metros de distancia de la vivienda. Romano, de memoria y sin quitar los ojos del ventanal, busca la pistola automática del cajón del escritorio y Aurora toma la escopeta del closet. Los extraños seres parecen estar organizándose como para hacer algo pero no se oye el más leve sonido de sus voces.

Seguidamente, los extraños prosiguen su marcha pero esta vez, en vez de dirigirse hacia la casa lo hacen en forma de rayos de sol, es decir, en todas direcciones desde el punto donde se habían detenido, momentos antes.

El inmenso resplandor que abarca toda la zona de chacras, proveniente desde el foco luminoso que se halla en el cielo, inmóvil, es visto desde lugares muy distantes, a lo largo y a lo ancho del territorio. El rumor cobra entidad de catástrofe telúrica y nadie se explica adónde habrán ido a parar las miles de hectáreas de ese sector del país, junto con sus desafortunados ocupantes. En el lugar, solamente ha quedado un gigantesco círculo a modo de dique profundo, redondo y perfecto, excavado en el suelo, como si un inconmensurable saca-bocados se hubiera llevado esa porción de planeta. El hoyo se puede apreciar desde la ventanilla de cualquier avión, y volverse a ver en todos los países del mundo, gracias a las inmediatas comunicaciones actuales, con una similitud y exactitud como para desafiar a las ciencias matemáticas, al raciocinio y al sentido de la vista. Todo al mismo tiempo.

Los periodistas del mundo, quizás para aliviar el pánico creciente recurren a un lugar común, patético e inexorable: la Tierra está siendo convertida en un apetitoso Gruyère galáctico…

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EL VIAJE (Ali1)

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El tren se detiene por fin. Me había quedado dormido sin darme cuenta. Por unos instantes permanezco en mi asiento. Me gusta ser el último pasajero que desciende al finalizar un viaje, para disfrutar de ese minuto de silencio y quietud.

Recorro con la vista el paisaje nuevo. Mi cargo en una importante firma internacional me lleva por todo el país, hace ya varios años. Es mi primer viaje a este pequeño pueblo.
Sin apuro abandono el tren y me dirijo hacia el final del andén.
Mis pasos hacen crujir de manera especial las brillantes piedritas multicolores del suelo.

El sol del mediodía me obliga a usar el sombrero que llevo en mi mano izquierda. En la derecha llevo mi pequeña maleta, la cual contiene mis máximas esperanzas de concretar muchas ventas. Y también mis mejores y más presentables prendas de vestir.
El andén se corta por una hermosa avenida, ancha y recta, bordeada por verdes árboles, cuyas hojas brillan como si estuvieran mojadas.
La brisa mece las ramas y el destello de sus pequeños frutos llama mi atención. Parecen pepitas de oro. Al tomar una rama para verlos de cerca puedo comprobar que las doradas esferitas que crecen en racimos son nísperos, diferentes a los que estoy acostumbrado a ver en otros lugares, pues son de una textura y perfección que me dejan perplejo.
-¡Esto es oro!- pienso en voz alta.
-¡Por supuesto!- contesta la niña que pasa a mi lado y me observa divertida, alejándose en su plateada bicicleta.

La sed que me provoca el calor hace que busque un lugar donde beber algo fresco.
Hallo un bar donde reina una fresca penumbra. El pianista desgrana una suave melodía. Pido gaseosa con hielo y me siento junto a un ventanal.
Comienzo a observar a los transeúntes y de pronto reparo en algo que aunque lo estoy viendo, no lo puedo creer. Todas las mujeres lucen joyas finísimas, toda clase de collares, brazaletes y anillos.
Y los hombres muestran sus alfileres de corbata, encendedores y boquillas, realmente deslumbrantes.
Realmente no puedo disimular mi asombro y se nota tanto mi estupor, que ahora el observado soy yo.
Especialmente por la misma niña que había visto un rato antes con su bicicleta de… ¡de plata!

Me levanto de golpe para ir hacia la barra donde el barman pretendía darle aún más brillo a las delicadas copas de…cristal.
Las preguntas se me agolpan en la garganta y la forma en que me siento observado hace que opte por preguntar solamente por el hotel más cercano.
La calle que separa el bar del hotel es la que más tardo en recorrer en toda mi vida. A cada instante me detengo para admirar boquiabierto los detalles de las magníficas casas del pueblo.

Cada vivienda es un lujoso despliegue de mármoles, vitreaux, y suntuosos cortinados de terciopelos y encajes. Los herrajes son dorados, quizás de oro…
Ni hablar de las plantas y los árboles en veredas y jardines. Cada uno es una obra de arte, perfectos. Parecen colocados en total armonía y absoluto sentido de la proporción.
Todo me parece irreal. Pero al mismo tiempo, normal, porque veo gente paseando, niños jugando y vehículos circulando.

Continúo caminando y al llegar a la esquina me detengo junto al semáforo. No estoy viendo un espejismo. El semáforo es una joya auténtica. El metal del poste parece platino; la luz roja, un bellísimo rubí, enorme y finamente tallado; la luz del medio, un espléndido y gigantesco brillante y la verde, una fabulosa esmeralda. No puedo calcular el valor de tamaña pieza.

Miro a mi alrededor y noto que los transeúntes me espían divertidos.
Analizo la situación y comprendo que lo que para mí en este pueblo, es motivo de arrobamiento, para sus habitantes no significa nada, viven indiferentes a la riqueza que los rodea. Para ellos, todo es sumamente natural.
Por fin diviso el cartel luminoso de un hotel y apuro el paso porque temo seguir observando lo que me rodea. No quiero despertar sospechas y me crean un tonto o lo que es peor, un ladrón.
Atravieso el hall del hotel y solicito una habitación.
Vengo por unos pocos días y sólo deseo descansar para después salir a buscar clientes.

Ya en la habitación, me acerco al ventanal que da a la calle.
El panorama es hermoso. El sol queda oculto detrás de los edificios y sus reflejos embellecen aún más el lugar.
Estoy en el sexto piso y desde aquí el centro comercial luce como recamado en piedras preciosas.
Luego de una ducha, me tiendo en la cama y me quedo dormido casi enseguida. Estoy agotado por tantas sorpresas.
De pronto, un suave tintineo me despierta. Presto atención, pero no escucho nada.
Estoy a punto de volver a dormirme y otra vez el tintineo. Convencido de que algo ocurre afuera, me levanto de un salto y voy hacia la ventana.
El reloj de la catedral indica las cuatro de la mañana.

Entonces, veo una caravana de camiones que avanza lentamente por la calle principal, debajo de mi ventana. Los sonidos que me despertaron provienen del interior de los vehículos.
En el otro extremo de la calle, esperándolos, hay gran cantidad de volquetes, donde van colocando la preciosa carga. Es decir, ¡kilos y kilos de joyas!
Así transcurre algo más de una hora, y al pasar el último camión, todo se vuelve oscuro y silencioso.

Vuelvo a mi lecho y ya no puedo dormir.
A las ocho en punto suena el teléfono. La voz del conserje me da los buenos días y me avisa que el comedor está a mi disposición para desayunar, en la planta baja.
Un poco aturdido por la noche de sobresaltos, me dirijo a una de las mesas. Hay pocos pasajeros. El aroma del café invade el recinto y el sonido de la vajilla, proveniente de la cocina, me recuerda la caravana de camiones, de la noche anterior.
Cuando el mozo trae mi desayuno, le comento lo que había visto. El mozo me mira fijamente y me dice:
-Lo hicieron por la calle principal porque la carga era mucho mayor que otras veces. Pero no se preocupe, la próxima se hará por otra ruta. No volverán a despertarlo.
Lo dice a modo de disculpa y su explicación sólo contribuye a confundirme aún más.

Termino mi café y cuando estoy por salir a la calle, el conserje me entrega un sobre con mi nombre escrito en él. Lo abro y encuentro una tarjeta que dice:
“Ud. está invitado al Simposio Mundial de Joyeros, Orfebres y Artesanos. Lugar: Salón Dorado del Hotel Ambassador. Esta noche, 22 hs”.
La invitación me sorprende, porque nadie sabe que estoy en este pueblo, con excepción de mi jefe.
El conserje despeja mis dudas al decirme que todos los pasajeros del hotel están especialmente invitados al evento.

Llego al lugar indicado, puntualmente, y quedo petrificado ante tanto despliegue de lujo.
Veo los stands de las joyerías más famosas del mundo. El Simposio congrega a personalidades de todos los rincones del mundo, sólo basta con mirar los atuendos hindúes y árabes que lucen algunos.
Me paseo extasiado por los locales, y mis ojos no dan abasto ante tanto lujo y belleza.

La reunión culmina con un cocktail, donde el chocar de las copas indica que se han realizado excelentes negocios.
De pronto, una bella rubia, luciendo joyas que combinaban con su vestido, se me acerca y sonriendo me pregunta si había logrado buenas operaciones.
Cuando le respondo negativamente, porque no vendo joyas, me mira con extrañeza.
Entonces me pregunta en forma directa, qué es lo que vendo.
Y en el preciso instante en que termino de decirle que soy productor de seguros, comienza a sonreirse, luego a reir y después a lanzar sonoras carcajadas.

Empiezan a rodearnos algunas personas tratando de levantar del suelo a la joven que se cae presa de la risa, provocada por mi respuesta.
Uno de los asistentes, muy preocupado, me pregunta el motivo de semejante tentación de risa que ataca a la chica, quien ya padece un terrible ataque de hipo.
En medio de mi estupor, le repito que represento a una empresa de seguros, esperando que me dijera si eso es tan gracioso, como para hacer reír a alguien de tal manera.
Las paredes del Salón hacen que el eco de la carcajada general, vaya en aumento, de una forma atronadora.

Tapándome los oídos, para no escuchar las burlas, corro hacia la calle, pero las carcajadas me alcanzan porque no hallo la salida. Reparo en que el salón es circular y no tiene ningún detalle que indique salida alguna.

Mi desesperación va en aumento. Las risas continúan y un mareo repentino me hace caer al piso. Todo se mueve. El lugar está en movimiento. Se descorre el techo y las estrellas están increíblemente cerca, tanto, que las podría tocar con las manos. No quiero admitir lo que mis ojos me están diciendo: estamos a bordo de una nave espacial, viajando hacia quién sabe dónde.

Me ahogo. No puedo respirar y percibo que varios pares de brazos me elevan y me transportan hasta una gran cama, mullida pero fría. Todo está oscuro. Ya no tengo conciencia de lo que pasa a mi alrededor.

Me despierto jadeante frente al hotel, el sopor me impide apreciar por cuánto tiempo estuve tirado en el medio de la calle. Subo a buscar mis pertenencias y agradezco no cruzarme con nadie. El enorme reloj de péndulo del lobby da cuatro campanadas.

Ya en mi habitación, lo más rápido que me permiten mis fuerzas, lleno la maleta con mis cosas.

Al llegar a la estación, de un salto trepo al último vagón del tren que se pone en marcha.

Juro que ni una sola vez, volví mis ojos hacia atrás…

autor ali1

FIN

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TRAICIÓN EN CALISTO – Policial Futurista(Ali1)

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TRAICIÓN EN CALISTO – Policial Futurista

Los que lo conocían decían que Isaías había nacido policía. Los métodos utilizados en sus patrullajes por el corredor azul, desde Marte a la Tierra, siempre daban resultados positivos. Ese trayecto era el camino obligatorio del tránsito vehicular interplanetario, y las naves decomisadas, tras habérseles encontrado drogas alucinógenas, quedaban a disposición del Departamento Policial Terráqueo a la que pertenecía el joven, con base en el Río de la Plata.
Claro que sus métodos no eran ortodoxos, precisamente. Lorna, su compañera de patrulla, era la clave del éxito de cada misión que se les confiaba.
Experta en programación y hacker habilidosa, había adoptado un sistema de detección de drogas prohibidas, inconfesable. El programa que había inventado actuaba como el más temible de los virus: se introducía hasta los discos duros más protegidos y llegaba hasta los más ocultos puntos de distribución de las sustancias no permitidas. Tanto en la Tierra como en el planeta rojo.

Isaías estaba terminando de vestirse con otro uniforme limpio, luego de la sesión reparadora en el spa obligatorio del Departamento Policial, y se preguntaba si Lorna estaría de humor para ir a beber y jugar al casino de moda en Calisto. La patrulla había sido positiva en cuanto a la cuantiosa captura de delincuentes en el corredor azul, y esa hora de relax les llegó como un regalo ansiado. Ambos necesitaban y se merecían un rato de esparcimiento. Su trayectoria era impecable.
El apuesto oficial ajustó el cinturón que sostenía la pistola de rayos Klug y fue en busca de su hermosa compañera.
-¿Qué pasa contigo? ¿Eres adicta a las enciclopedias virtuales? ¡Ja, ja, ja! Vamos, preciosa, te llevo a pasear.
Lorna abandonó su Personal Computer y accedió.
-Espera que retoco mi make-up, hombre.
Se colocó el coqueto yelmo de maquillaje instantáneo y al quitárselo provocó el espontáneo silbido de aprobación de Isaías.
Al llegar, estacionaron la nave policial e ingresaron al salón del casino Kant-Laplace, maravillándose con sus pisos transparentes que permitían ver las estrellas.
Calisto era todavía, uno de los satélites más pacíficos de Júpiter. Faltaba mucho para otra jornada febril, pensaron los jóvenes policías interestelares, sonriendo felices.

El casino de Calisto rebosaba de gente. La mezcla de civiles de Ganímedes, Io y Europa, más sus habitantes locales, y policías de diferentes corredores, era notoria.
Jonathan, ascendente oficial del corredor verde entre la Tierra y Venus, se acercó a la mesa en la cual Lorna estaba a punto de apostar a la letra gamma de la ruleta virtual.
-Lorna, el universo es un pañuelo, dirían mis ancestros ¡Me alegro de verte!
-¡Jon! No lo puedo creer, yo también me…
Pero la explosión en la entrada del casino dejó a todos paralizados por unos segundos.
Isaías, con la pistola de rayos desenfundada, tomó a su compañera de un brazo y la cubrió con su cuerpo, bajo la lluvia de cristales rotos. La confusión era general. Las comisiones policiales de diferentes sedes interplanetarias, actuaron en consecuencia, y retornó la calma, al detenerse rápidamente a los terroristas.
La inmediata reparación de los daños propició que el casino volviera a funcionar enseguida.
Lorna buscó con la mirada a su ex compañero.
Un grupo de paramédicos, atendía a los caídos, entre los que se hallaba Jon. Estaba malherido.
Isaías y Lorna permanecieron junto a él hasta que fuera trasladado hasta el Hospital General de Calisto.

Los oficiales de policía Lorna e Isaías, escoltaron la nave ambulancia hasta el Hospital General de Calisto que transportaba a su compañero Jonathan, grave, pero fuera de peligro.
El atentado al casino estaba claramente dirigido a la plana superior de la fuerza policial, ya que la concurrencia estaba mayoritariamente compuesta por hombres de altos grados. Los delincuentes advirtieron el flamante nombramiento del oficial herido, quien conocía de memoria los planes de la organización, gracias a la pericia de sus informantes camouflados en casi todo el sistema solar.
Al llegar al nosocomio de alta complejidad, se reforzaron las medidas de seguridad.
Jonathan era uno de los oficiales especializados en Fuerzas de Choque contra terroristas interestelares y pieza clave para desmembrar la red delictiva. El tráfico de drogas ilegales requería la constante actualización en cuanto a los métodos de detección, a causa de la sofisticada elaboración clandestina que asolaba a la mayoría de los planetas.
Isaías y Lorna acompañaron a Jonathan, mientras era llevado hasta la cápsula de cirugía, donde lo someterían al tratamiento robotizado correspondiente. No había que correr riesgos aplicando maniobras realizadas por humanos.
Ya en su piso, Lorna liberó las lágrimas contenidas, mientras pulsaba el comando para cenar.

Luego de las prácticas de tiro con su raygun personal, en la plataforma volante orbital, Isaías integró la comisión de escolta interestelar para traer de vuelta a Jonathan al Río de la Plata. Su pronta recuperación, luego del atentado en Calisto, alegró profundamente a sus amigos.
La policía del sistema solar en su totalidad, ordenó la rápida fabricación de armamento, que sumaría soldados de la justicia, al ejército apostado en satélites orbitales. Se redoblaron las prácticas con látigos neuronales, escudos blindados y catapultas electromágnéticas.
La tarea policial consistía en tomar el control absoluto de los corredores de tránsito obligatorio, ya que registrar vehículos en forma permanente para atrapar delincuentes, debilitaba el accionar de los traficantes de drogas ilegales.
Isaías y Lorna cumplían con las intensas prácticas en el manejo del sofisticado armamento y culminaban las jornadas extenuados. Recobraban la plenitud de su energía, concurriendo al spa obligatorio del Departamento.
El atentado contra Jon había establecido un marcado antes y después, en cuanto a la metodología del accionar policial galáctico, en todo el sistema solar.
Lorna sumaba esfuerzos con su experiencia tecnológica en informática.
En poco tiempo más, los tres amigos vivirán jornadas de verdadera demostración de lealtad a su fuerza.

Recuperado del atentado al casino de Calisto, Jonathan retomó con ejemplar dedicación, la estrategia policial preparada para acabar con una de las células narcotraficantes más grande del sistema solar.
Isaías inspeccionaría el corredor azul y Lorna reemplazaría a Jon, vigilando el corredor verde.
Las muñequeras parlantes formaban parte obligada en los uniformes antiflama de cada miembro de las brigadas, y los mensajes codificados se cruzaban durante las veinticuatro horas del día terrestre.
Sobre el gran mapa hológráfico instalado en el Departamento Central, los leds intermitentes indicaban las guaridas espaciales. Sobre éstas podían verse las fotografías y los datos completos digitalizados, de los subjefes narcotraficantes.
Lorna reemplazaba su hora de spa estudiando el plan y fijando en su memoria cada detalle preparado por Jon. Inadvertidamente, se encontró con la pared virtual de un archivo encriptado, pero su pericia la derribó sin mayor esfuerzo.
Cuál no fue su sorpresa al descubrir que sus dos compañeros más cercanos formaban parte de la red delictiva.
Jonathan e Isaías pensaban traicionar a toda la Policía del sistema solar.
Su lealtad policial venció al dolor del descubrimiento e inmediatamente, denunció a los corruptos.
Ni remotamente se le había ocurrido imaginar tal fin.
Y semejante principio.

Ali1

LEGADO PATERNO (ali1)

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LEGADO PATERNO


Ahora el mar es sólo un pozo.

La gigantesca mano toma el lápiz transparente como el aire y tacha el último ítem del orden universal.

Debe completarse la lista de tareas a realizar. La mayor explosión demográfica ha desbordado los límites establecidos.

Cincuenta años de edad promedio es una buena etapa para resistir los tramos finales de una ancianidad debilitada por las carencias.

El último huevo del último nido se ha transformado en la última golosina de la última ave sobre la faz de la Tierra.

El fondo de los océanos, mares, ríos y lagos muestran su desnudez. Caracoles, anclas, botellas con mensajes, esqueletos sin edad o naturaleza, cofres y arena candente aparecen de nuevo, después de las aguas.

Los caminos están vacíos de todo y llenos de nada. Son sólo rectas y curvas que ascienden y descienden.

La nada enseñoreada está abarcando un nuevo todo.

Los colores abandonados emigran hacia otros mundos montados en remolinos de hojas amarillentas. En plumas perdidas y errantes. En ecos lejanos de voces olvidadas.

El silencio es corpóreo, ruidoso, agudo.

Los refugios subterráneos guardan latidos cada vez más débiles. Sobre la superficie no existe ya más vida. Por debajo, ya casi tampoco. Todos duermen, se empequeñecen, desaparecen. Falta poco.

La gigantesca mano retoma el lápiz transparente como el aire y escribe sobre la hoja de nebulosa, un nuevo renglón de un nuevo orden.

Un óvulo recién creado alberga un espermatozoide recién diseñado. En un crisol de estrellas, un rayo de otro sol, más joven, se posa sobre el embrión.

Y la mano anota, con prolijidad eterna, el momento preciso en que el hombre recibe lo que se ha establecido como una nueva oportunidad. La segunda. La última.

Los brazos humanos se extienden para recibir el legado paterno.

Y surge nuevamente la vida.

Nuevamente el agua.

Nuevamente el aire.

Nuevamente, ser.

Ali1