A DESTIEMPO

Desde la mañana, al salir de su departamento, cuando la niebla comenzó  a cubrir la ciudad, Octavio intuyó que algo estaba funcionando mal. Los semáforos titilaban con su luz amarilla, fuera de servicio. El ruido del tránsito dio lugar a un silencio acorde con la paz inevitable de los cementerios. No podía verse a más de un par de metros.
Tenía una rutina cada día antes de ir al trabajo. Pero al levantarse, no la hizo como de costumbre. Tardó más de lo habitual en desayunar. Incluso pensó que llegar unos minutos tarde, en nada alteraría el mecanismo repetido de su monótona y repetida  existencia.
La niebla era tan espesa que parecía formar muros infranqueables  para los peatones, que temerosos circulaban por las calles.
Casi adivinando, tomó el subte, consiguiendo sentarse. La niebla había invadido los andenes, vagones y el maquinista se guiaba seguramente por la luz verde o roja, que se veía como una clara señal en el camino de los túneles.
De pronto cerró los ojos, tensionado por el confuso panorama que se presentaba.
Al abrirlos en un breve lapso de tiempo, que no superó el minuto, descubrió que las personas habían desaparecido, así como la niebla y que la formación se había detenido en la estación donde debía bajarse.
Se levantó del asiento y empezó a correr desesperado y aturdido, en busca de alguna persona. Al llegar a las calles, el sol radiante lo recibió.
La ciudad, completamente vacía, apareció devastada ante sus ojos, como si una explosión o un hecho misterioso la hubiese destruido.
Esqueletos de edificios, autos abandonados, calles con el asfalto levantado, pero ningún ser viviente.
El terror se apoderó de él. No sabía que rumbo tomar. Pensó que si cerraba los ojos por otro minuto, todo volvería a la normalidad. Lo hizo de inmediato, pero nada cambió.
En la oficina donde trabajaba lo esperaron todo el día. Y la semana siguiente. Y la otra.
-Octavio desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra- dijo uno de sus compañeros de oficina.
Con el paso de los meses, la ciudad fue quedando despoblada. Miles de personas desaparecían sin dejar rastros. Así en todas partes del mundo y en las grandes ciudades. Cada persona que salía a destiempo de su casa, cambiaba el destino que tenía marcado.
El tiempo, sobrepasado en su tarea de organizar los momentos e intervalos de la vida, decidió dejar que cada uno maneje su destino individual.
Pero entonces, ya era demasiado tarde.
Y con una paciencia que podía tomar miles de millones de años, todo volvió a suceder desde el principio, el principio de los tiempos.

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