UN MUNDO DE FANTASMAS

Cuando me desperté, estaba sentado en un banco de la plaza Alberdi. Al principio me costó. Estaba muy cansado. No sabía cuanto tiempo estuve así. Veía a las personas de manera distorsionada, como si sus cuerpos no tuviesen materia. Como imágenes tridimensionales que se movían por la plaza y las calles con la serenidad y la ignorancia de desconocer sus actos.

Por un momento pensé que era una alucinación. Me restregué los ojos, pero todo seguía igual. Decidí entonces, volver a casa. Venía de pagar unas boletas del banco.

Estar sentado frente a la computadora, me había desgastado la vista, al punto de no poder leer las letras pequeñas y perder la señal de las personas, transformándolas a mis ojos, en fantasmas que caminaban entre la espesa niebla.

Porque eso fue lo que noté distinto. La niebla que cubría, primero como una humareda, luego espesamente, los espacios y las calles.

Me asusté y me sentí perdido. Pensé que llegaba a casa, pero en realidad me alejaba a cada paso, más y más. El miedo me invadió cuando vi como dos mujeres se atravesaban, literalmente hablando. Mis ojos no parecían tener ningún problema. Las personas eran en realidad fantasmas que andaban de un lado a otro, perdidos como zombies.

Al llegar a lo que parecía una avenida, la niebla apenas me permitía ver a un par de metros. El silencio era casi total. No había vehículos. Por un momento, imaginé estar en otro mundo.
Nada más alejado de la realidad. Un hombre, vestido de conjunto deportivo me saludó. No lo conocía.

-Al fin llegó- me dijo
- ¿Me conoce?- le dije. Me tendió la mano y sentí que no podía tocarla, ni él podía tocar la mía.

-¿Qué les pasó a todos?- le pregunté.

-Es la ciudad de nuestros fantasmas- me dijo.

-¿Ciudad de nuestros fantasmas?- le dije, entre asustado y confundido.
-Acá vivimos, este es nuestro sitio. En lugar de tratar de cambiar y ser auténticos, preferimos vivir de mentiras, negaciones, caprichos y envidias- me dijo.

-Sigo sin entender- le repliqué.

-Cuando nos conviene, no queremos entender- dijo irónicamente.

-Mire esa vidriera- me señaló el escaparate de un local vacío, con un cartel de alquiler. No se veían nuestras imágenes.

-Igual que vampiros que no se reflejaban en los espejos- pensé.

La niebla comenzó a diluirse. El hombre se despidió, levantando la mano, en señal de saludo, desapareciendo en un segundo.

Miré mi brazo y lo noté de nuevo consistente. Un tenue rayo de sol, comenzaba a disolver la niebla. Las personas recuperaban su apariencia humana. ¿Habrá sido todo un sueño?-pensé.

Pero vi las caras largas y tristes de los demás. Los niños corriendo descalzos, pidiendo una moneda para darle de comer a sus hermanitos. En los televisores, el presidente de turno, daba un discurso mintiendo y vendiendo falsas ilusiones. La agresividad de todos, multiplicada por los problemas de cada uno, los verdaderos y los inventados. Afortunadamente se escuchaban algunas risas de jóvenes que desentonaban con el paisaje urbano. Un paisaje desolador, donde todos o casi todos pasaban indiferentes, convencidos, que corriendo, escapaban de sus pálidos destinos.

Jamás le había prestado atención a lo obvio.

Deambulaba pagando las cuentas de otros y quedando en deuda conmigo. Descubrí entonces que todo era niebla en aquel mundo y que el sol aparecía, muy de vez en cuando. Aquello era un pasar sin ser nosotros mismos, fingiendo nuestras realidades.

Me di cuenta, además, que vivíamos en un sitio donde los fantasmas y las personas se mezclaban de manera confusa, donde los sentimientos eran superficiales, donde la apariencia era moneda corriente.

La revelación final fue, que en este mundo, las personas no morían.

Simplemente se esfumaban.


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, , veronica-soto dijo

¡Me encantó! Justo, justo lo que vengo charlando hace unos días con mi compañero: somos fantasmas intentando hacer de cuenta que vivimos. No dije fantasmas, pero dije “como espectros”. Continuaré leyendo…

, , Damian Granja dijo

Excelente, en la vida moderna hay muchos fantasmas sin darse cuenta que lo son.