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Enero 30, 2010 | Por gabby | Claves: amor, desamor, muerte | # Enlace permanente
Después de la creación de los cuatro elementos y de todas las otras cosas, era extraño comprender que el mundo no se colmara
con iles de nacimientos y con el paso del tiempo, nunca nadie se muriera.
Los pájaros en abundancia se repartían por toda la tierra y pintaban de colores los árboles bondadosos que extendiendo sus
ramales a los puntos cardinales, eran los nidos precisos para empollar la creación.
El sol en las madrugadas cuando no quería peinarse avanzaba perezoso sacudiendo su melena, desbaratando las noches en
bocanadas de luz.
La mar toreaba las olas que se elevaban turgentes con aires de presumidas y se iban a dar de bruces sobre la arena desienta,
que acaparaba sus faldas de caracolas y espuma.
Muy cerca de por ahí, sin poder aseverar de dónde vino realmente, surgió una niña de arroz con actitudes extrañanas; no
hablaba con nadie, tampoco se sonreía y cuando echaba a llorar soltando sus lagrimales, su tristeza quejumbrosa se pegaba por
el cuerpo conmoviendo corazones.
Algunas personas decían que llegó de tierras altas; de un polo cubierto en nieve y ventiscas congeladas, o de otros extremos
crueles como las blancas salinas o el desierto desabrido, severo, desharrapado.
Abandonada a su suerte sin padres ni parentela, fue “la huérfana” sin nombre, sin cariño y sin hogar. Nunca festejó un
cumpleaños ni supo de algún ratón que le llevara sus dientes. La luna que desde arriba puede mirar lo que quiera, se apenó de
la orfandad de la niña solitaria y sin pensarlo dos veces la alimentó compasiva sin faltar un solo día. Por eso alegan los
viejos que la luna muchas veces va perdiendo su cintura hasta dividirse en dos y de tanto dar sus mieles se muestra
empalidecida, y camina debilucha arañando por el cielo.
No era una infanta común (según la gente de entonces) entre sus extravagancias estaba el tono de piel que nunca tenía
matices, toda ella era blanca al igual que sus mejillas y su boca inexpresiva que nunca decía ni “mu”.
De su cabeza infantil nunca creció ni un cabello que pudiera sujetarse, se recargaba en su cama con sábanas amarillas y
observaba el tocador que mostraba en sus estuches unas trabas pequeñitas, un cepillo suavecito que nunca pudo estrenar y a
penas el sol venia cargando con sus alhajas, amontonaba en sus brazos crisantemos percudidos y ramos recién cortados de
azhares con azucenas.
De su apetito, ni hablar: desde que empezó la historia, fue siempre la más delgada comiera lo que comiera. Ocultaba su figura
entre capas alargadas y una capucha muy grande para tapar su flacura. A medida que crecía nunca aumentaba de peso y hasta se
llegó a pensar que rompería su estructura con solo andar caminando, o que el viento en sus andanzas la arrastraría por el
aire como papel de calcar remontado a la deriva.
Coleccionaba frasquitos que rellenaba con flores cualquiera fuese su aroma o con algunas especies que aunque no tenían olores
eran blancas como ella que nunca pudo broncearse.
En eterna soledad ocultaba su apariencia. Los que lograron mirarla y estaban bien cerca, la describían con asombro, con susto
y aturdimiento; de sus cuencas oculares no brillaban las pupilas, su nariz deshinibida muy lejos de lo normal, mostraba dos
orificios abiertos en simetría y su boca enseñaba su tamaño desparramada a sus anchas.
A pesar de todo eso, ella siguió por la vida caminando solitaria con esas ganas de amar que aparecen a los veinte. Cuando
cumplió veinti tantos se enaoró del Amor que le arrancó hasta la vida… Se arreglaba como nunca y hasta programó casarse
colgando de sus orejas aros de pelotitas, zapatos de tacos altos y pintándose la boca de rojo fuerte “pasión”.
Se sentía la más bonita con solo sentir que amaba, hasta intentó sonreir y cantar algunos versos que le brotaban del pecho
como oración aprendida, pero el Amor en su apuro de juntar enamorados, la dejó sin miramientos llorando por los rincones
gastando pañuelos blancos, perdida y desangelada.
A partir de ese momento todo en la tierra cambió; el mundo empezó a morirse mientras ella… ella no. Decidieron acusarla y
culparla del desastre, de los llantos despiadados y el sufrimiento feroz. Desde entonces y por siempre con todo el reclamo
encima se oculta por cualquier lado deshecha en puros clamores, y aunque camine descalza para no ser advertida a penas se va
acercando, desprende pura tristeza mientras se gana la vida rejuntando.
Enterándose el Amor de semejante locura, se culpa de ese designio con el que llegó marcado; paradoja del destino que siendo
el Amor, amor, nunca pudo enamorarse.
¡Ay! cómo sufre la doliente, la que nació sin estrellas ni sabe lo que es un beso, la que baja querubines con plegarias y
rosarios, la que insomne por la vida nos deja en velas prendidas, suspiros y novenarios.
Sin respuestas ni consuelo se pregunta acongojada en sus largas letanías ¿Dónde estás Amor? ¿Por qué no quieres quererme? ¿No
te apena mi tristeza? ¿No te conmueve mi dolor? Mírame, soy yo, la que tiene mil apodos y lleva por nombre Muerte, la que sin
poder morirse vive muriendo por ti que nunca pudo tenerte.
Desde ese tiempo lejano hasta el hoy de nuestros días, ella aparece de golpe y por eso siempre asusta, desanda por todo el
mundo buscando alguien que la quiera y al no encontrarlo toma a alguien para aplacar de algún modo su llanto.
Nadie la puede atrapar ni tomarla prisionera, pero si eso ocurriera y fuera hasta el Tribunal, qué sentencia le darían a ésta
mujer indolente? Acaso cárcel perpetua? Acaso la muerte?.
Qué castigo, qué dolor puede caberle a quien todo lo ha sufrido a causa del Amor que no pudo quererle?
Después de la creación de los cuatro elementos y de todas las otras cosas, era extraño comprender que el mundo no se colmara con miles de nacimientos y con el paso del tiempo nunca nadie muriera.
Los pájaros en abundancia se repartían por toda la tierra y pintaban de colores los árboles bondadosos que extendiendo sus ramales a los puntos cardinales, eran los nidos precisos para empollar la creación.
El sol en las madrugadas cuando no quería peinarse avanzaba perezoso sacudiendo su melena, desbaratando las noches en bocanadas de luz.
La mar toreaba las olas que se elevaban turgentes con aires de presumidas y se iban a dar de bruces sobre la arena desierta, que acaparaba sus faldas de caracolas y espuma.
Muy cerca de por ahí, sin poder aseverar de dónde vino realmente, surgió una niña de arroz con actitudes extrañanas; no hablaba con nadie, tampoco se sonreía y cuando echaba a llorar soltando sus lagrimales, su tristeza quejumbrosa se pegaba por el cuerpo conmoviendo corazones.
Algunas personas decían que llegó de tierras altas; de un polo cubierto en nieve y ventiscas congeladas, o de otros extremos crueles como las blancas salinas o el desierto desabrido, severo, desharrapado.
Abandonada a su suerte sin padres ni parentela, fue “la huérfana” sin nombre, sin cariño y sin hogar. Nunca festejó un cumpleaños ni supo de algún ratón que le llevara sus dientes. La luna que desde arriba puede mirar lo que quiera, se apenó de la orfandad de la niña solitaria y sin pensarlo dos veces la alimentó compasiva sin faltar un solo día. Por eso alegan los viejos que la luna muchas veces va perdiendo su cintura hasta dividirse en dos y de tanto dar sus mieles se muestra empalidecida, y camina debilucha arañando por el cielo.
No era una infanta común (según la gente de entonces) entre sus extravagancias estaba el tono de piel que nunca tenía matices, toda ella era blanca al igual que sus mejillas y su boca inexpresiva que nunca decía ni “mu”.
De su cabeza infantil nunca creció ni un cabello que pudiera sujetarse, se recargaba en su cama con sábanas amarillas y observaba el tocador que mostraba en sus estuches unas trabas pequeñitas, un cepillo suavecito que nunca pudo estrenar y a penas el sol venia cargando con sus alhajas, amontonaba en sus brazos crisantemos percudidos y ramos recién cortados de azahares con azucenas.
De su apetito, ni hablar: desde que empezó la historia, fue siempre la más delgada comiera lo que comiera. Ocultaba su figura entre capas alargadas y una capucha muy grande para tapar su flacura. A medida que crecía nunca aumentaba de peso y hasta se llegó a pensar que rompería su estructura con solo andar caminando, o que el viento en sus andanzas la arrastraría por el aire como papel de calcar remontado a la deriva.
Coleccionaba frasquitos que rellenaba con flores cualquiera fuese su aroma o con algunas especies que aunque no tenían olores eran blancas como ella que nunca pudo broncearse.
En eterna soledad ocultaba su apariencia. Los que lograron mirarla y estaban bien cerca, la describían con asombro, con susto y aturdimiento; de sus cuencas oculares no brillaban las pupilas, su nariz deshinibida muy lejos de lo normal, mostraba dos orificios abiertos en simetría y su boca enseñaba su tamaño desparramada a sus anchas.
A pesar de todo eso, ella siguió por la vida caminando solitaria con esas ganas de amar que aparecen a los veinte. Cuando cumplió veinti tantos se enamoro del Amor que le arrancó hasta la vida… Se arreglaba como nunca y hasta programó casarse colgando de sus orejas aros de pelotitas, zapatos de tacos altos y pintándose la boca de rojo fuerte “pasión”.
Se sentía la más bonita con solo sentir que amaba, hasta intentó sonreir y cantar algunos versos que le brotaban del pecho como oración aprendida, pero el Amor en su apuro de juntar enamorados, la dejó sin miramientos llorando por los rincones gastando pañuelos blancos, perdida y desangelada.
A partir de ese momento todo en la tierra cambió; el mundo empezó a morirse mientras ella… ella no. Decidieron acusarla y culparla del desastre, de los llantos despiadados y el sufrimiento feroz. Desde entonces y por siempre con todo el reclamo encima se oculta por cualquier lado deshecha en puros clamores, y aunque camine descalza para no ser advertida a penas se va acercando, desprende pura tristeza mientras se gana la vida rejuntando.
Enterándose el Amor de semejante locura, se culpa de ese designio con el que llegó marcado; paradoja del destino que siendo el Amor, amor, nunca pudo enamorarse.
¡Ay! cómo sufre la doliente, la que nació sin estrellas ni sabe lo que es un beso, la que baja querubines con plegarias y rosarios, la que insomne por la vida nos deja en velas prendidas, suspiros y novenarios.
Sin respuestas ni consuelo se pregunta acongojada en sus largas letanías ¿Dónde estás Amor? ¿Por qué no quieres quererme? ¿No te apena mi tristeza? ¿No te conmueve mi dolor? Mírame, soy yo, la que tiene mil apodos y lleva por nombre Muerte, la que sin poder morirse vive muriendo por ti que nunca pudo tenerte.
Desde ese tiempo lejano hasta el hoy de nuestros días, ella aparece de golpe y por eso siempre asusta, desanda por todo el mundo buscando alguien que la quiera y al no encontrarlo toma a alguien para aplacar de algún modo su llanto.
Nadie la puede atrapar ni tomarla prisionera, pero si eso ocurriera y fuera hasta el Tribunal, qué sentencia le darían a ésta mujer indolente? Acaso cárcel perpetua? Acaso la muerte?. Qué castigo, qué dolor puede caberle a quien todo lo ha sufrido a causa del Amor que no pudo, supo, quizo quererle?
Octubre 21, 2009 | Por gabby | Claves: anuncio, frontera, india, muerte, tzotzil | # Enlace permanente
Menos que un asno había sido durante 30 años. Menos que el trigo y las g

allinas que útiles como ella para el alimento diario eran sin embargo cuidados con devoción. Menos que el frio del cuerpo de María al que abrazaba. Menos que la nada en la que se encontraba. Sola. En el desierto las arenas tenían follajes de selva. Selva de barbarie.
Menos que la nada. Ella, Guadalupe la india, había sido. Había.
Con su existencia corroída, sucia, ensangrentada, quién sabe qué capricho del destino quiso que sobreviviera. Destino, porque los dioses no estuvieron. No. A lo sumo se burlaron, eso pensó ella del crucificado.
Guadalupe la nueva. La que al abrir los ojos se encontró saboreando el semen, la furia y la malicia de los que la mancillaron. La que que re-mordió y re-masticó las centenarias burlas y el desprecio a su raza, a su piel, a su ignorancia, a ser mujer, india, bruta.
Nacida de la muerte. Se descubrió haciendo un juramento a las estrellas, inentendible en su dialecto tzotzil.
A las 4 de la mañana la culpa en las penumbras danzaban a favor suyo entre los hombres satisfechos.
Podrían haberla dejado abandonada. Habría sido una mujer muerta mas en el desierto de Sinaloa. Otro cuerpo, otros huesos. Sin condena ni reclamo, ni investigación policial alguna.
Pero casi al partir el pollero y un grupo de salvajes empezaron a murmurar entre los 9 hombres que en la noche anterior solamente miraron. No podían dejarla así, había que ayudarla, incluso cargarla si fuera necesario. Luego de violarla les había surgido piedad. Veían ahora a una madre deshecha con su niña muerta en el regazo.
Los que no la habían ni siquiera tocado la convencieron, mientras el resto buscó piedras y unos palos para la cruz. En círculo, todos, incluido el pollero, enterraron y despidieron a María en el lugar del olvido.
Al partir, Guadalupe se retrasó del grupo. Rompió el crucifijo tirando los palos lejos de la tumba de su peña niña.
Tres dias de camino. En el trayecto nadie se atrevió a decirle nada. Marcharon mas lento por ella. Le dieron la comida y bebida que necesitaba. La cuidaron, pero al estar frente a frente bajaban la mirada.
- Hemos llegado al fin - exclamó alguien. La muralla que separa a México de EE.UU. está colmada de cruces. Son los latinos de distintos países muertos en el intento de cruzarla. Del otro lado está la migra rondando y los estadounidenses dueños de grandes tierras que organizan torneos de cacerías para matar a indocumentados. A ellos: campesinos, indios, mujeres, niños, guatemaltecos, hondureños, argentinos, cubanos, chinos… a todo aquel cuyo único pasaporte sea un sueño de bienhestar.

– Hasta aquí los acompaño - dijo el pollero en voz baja. – Cuando yo diga ahora saltan como pueden la pared y corren a los matorrales. De ahi en más será la suerte de cada quien. Ya estarán pisando suelo americano.
La adrenalina del gran momento había hecho desaparecer el cansancio de los tres dias de camino. Cuando se escuchó la señal, una hilera de fracasos e ilusiones atravesó la muralla.
Guadalupe acostumbrada a las adversidades corrió como le indicaron, pero no muy lejos su cuerpo y espíritu herido le fueron abandonado. Una intensa luz enceguecía poco a poco sus ojos, a pesar del empeño que ponía, corría cada vez mas despacio, hasta que cayó desvanecida.
Un perfume en sus narices la regresó al mundo. Se encontró en una cama cálida, acogedora la habitación, vistiendo ropas nuevas, limpias y un tubo de suero en su brazo izquierdo. Frente suyo un joven sacerdote rubio y alto le hablabla en español.
Alcanzó a oir que llevaba dormida cuatro días, que la recogieron pensando que estaba muerta como los otros 18 latinos que encontraron acribillados a balazos.
Jonathan, el sacerdote, pertenecía a un grupo de ayuda a indocumentados. La tarea humanitaria consistía en recoger cuerpos diariamente en las cercanías para darles cristiana sepultura en una fosa común. Sin identificar, porque ninguno de ellos suele portar papel que acredite al menos su nombre por temor a los agentes de migración.
No se atrevió a preguntarle a Guadalupe el por que de las heridas y moretones. Estaba de más esa pregunta. No era correcto. Si, en cambio, le cuestionó adonde se dirigía y Guadalupe hablo entonces de José, su esposo, del segundo pueblo y la casa grande con puerta amarilla, el pino como los que hay en su Chiapas y las flores que cambia cada semana.
Compadecido de ella, prometió ayudarla.Le ofreció que se quedara el tiempo que fuera necesario. Casa, comida, cuidados y que el amor de dios todo lo cura. Aceptó lo primero, a dios lo rechazó en silencio.
Pasaron los dias, semanas y meses. Cuando Jonathan rezaba, Guadalupe planeaba. La vista fija en el crucifijo le daba fuerzas para cumplir la promesa hecha aquella noche a las estrellas.
El sacerdote le fue enseñando algunas palabras en ingles. Leer y escribir. Le compraba ropa cada semana, calzado y de vez en cuando algún perfume caro. Ella mantenía limpia la casa y la iglesia, lavaba sus prendas y cocinaba.
Reían a gusto de cualquier tontería y cantaban juntos los salmos por la mañana. El por oración, ella porque nunca antes alguien le habia permitido cantar.
A los siete meses ningún morenton atestiguaba lo ocurrido aquella noche a la india.
Guadalupe, en cambio, era una joven hermosa, de sonrisa amplia, caderas anchas y pechos generosos, a pesar de la blusa que le cubría protegiendola hasta el cuello.
Jonathan se quedaba mirandola en las noches y en las mañanas. Su compañia era perfecta para cualquier sacerdote y cualquier hombre. Guadalupe tenía todo lo que el necesitaba.
Así lo entendió su instinto una noche en que la excitación le ganó a los rezos. Durante la oración nocturna planificó el momento de encontrarla dormida y entro a su cuarto sigilosamente para dominarla y hacerla suya. Así fue.
La cruz había golpeado su rostro una vez más y la sonrisa floresciente desaparecido para siempre.
A la mañana la culpa reanudo en danzas y en un papel Jonathan entregó la dirección donde vivía el esposo al que habia encontrado dos meses atras. Sin palabras Guadalupe se marchó. otra vez nacida, recitando en tzotzil su juramento a las estrellas y con un arma letal en las mandos: Ella.
Caminó resuelta las calles de la ciudad. El sacerdote le había explicado con lujos de detalles como llegar a la casa donde vive su esposo. Entregándole, antes, todo el dinero que tenía. Mucho, todo, colectas, salarios y ahorros.
El mirar deseoso de jóvenes y viejos que hasta giraban sus cabezas al verla pasar la hacía sentir segura.
Zapatos altos, prendas de estilo, aros, anillos, collar de oro y un perfume caro que dejando una estela, exaltaba más los sentidos masculinos. Con la frente en alto y un andar de estirpe, Guadalupe, ese nombre, era todo lo que quedaba de su origen. Nada mas y nada menos que el nombre de la Virgen india de su país.
A los 10 metros divisó la casa. La puerta amarilla, el pino y el jardin florido. Blanca, bella, grande, no era la típica residencia de un inmigrante, de un indio. Sus paredes y colores parecían ser de armonía, alegría, ¿amor?, ¿niños?… ese pensamiento la detuvo. Se quedó inmóvil, mirando, pensando lo que antes nunca había pensado.
Fue cuando se abrio la puerta y alli estaba. Una gringa no mas joven que ella que con un pequeño bebé en los brazos besaba amorosamente a su esposo José para subirse luego a la impecable camioneta Crysler color azul.
Quien sabe que penso al verlos o que sintió, pero sin lagrimas y decidida ni bien se marchó ella enérgicamente tocó el timbre de la puerta. José, a la primera mirada no la reconoció. Se parecia, si, a su india pero las finas prendas, el cabello, cuerpo limpio y el mirar desafiante le hizo dudar.
– Y aquí estamos, esposo - fué lo único que expresó Guadalupe a modo de saludo.
El, nervioso, sintiendose descubierto, sorprendido, tardó unos instantes en reaccionar. La hizo pasar luego y comenzó a relatarle sus primeros sufrimientos, el hambre, las discriminaciones y que en una noche de borrachera conoció Barbara y tuvo sexo con ella. Una chica que en aquel entonces consumía droga. Hija de madre mexicana y padre americano, acaudalado empresario dueño de la sucursal de Office Depot donde consiguió luego trabajo. Que quedó embarazada y se casó por conveniencia. Era la forma más rapida de tener residencia legal. Que con ella tenía todo. Que se enamoró y que ahora era feliz a su lado.
Guadalupe solo escuchó las primeras y últimas palabras. Entre medio recordó la selva y la fusta en las manos de su esposo. Se vió con el rostro regado en orin, los 14 hombres y el sacerdote.
Repitió, entonces, en sus adentros el juramento hecho a las estrellas.
Muda se incorporó del cómodo sofa de cuero renegrido y acercándose lentamente a José comenzó a seducirlo. Tenía la convicción de saber a la perfección esas artes luego de la escuela de instintos salvajes que había soportado.
Sin defensas, Jose, por la abstinencia del embarazo y el parto reciente de su esposa e hipnotizado ante la belleza deslumbrante de la nueva Guadalupe, se dejó conducir por ella hasta la cocina. En el frenesí de la excitación, justo cuando iba a quitarle la ropa, un frío afilado, punzante, cortante, atravesó su cuello.
Con la frialdad del que mata a un manso cabrío, inició Guadalupe su ritual al infinito. Tomando una copa de cristal inclinó el cuerpo de quien fuera su esposo llenandola del liquido rojo de su humanidad.
La bebió toda. Lentamente y de a sorbos. Entre cada trago dulce y con la mirada perdida dirigida a las estrellas desérticas, con una voz que supo a grito y a coro unísono de miles, de millones, sin futuro ni pasado, exclamó:
Sangre de vida y muerte. Sangre somos. Sangre fuimos.
Sangre muerta en mis manos por tus manos. Sangre hecha en los pechos de mi madre.
Sangre de leche cuajada, estéril, evaporada en los senos mios con mi niña apagada en llantos.
Sangre regada en los muertos de Acteal, indolentes riegan los campos de gobiernos que acribillan campesinos.
Sangre que levantan machetes defensores de tierras labradas por manos de indios.
Sangre que esconde rostros ante el poderoso sin naciones,
de trigo reseco con químicos en supermercados.
Sangre de esperma muerto en el vientre de la injusticia, de la prepotencia, del no olvido.
Sangre de animal. Sangre de macho. Sangre hacedora de brutas. Sangre hacedora de putas con pies rasgados, desnudos.
Sangre de callos milenarios.
Sangre en mi garganta sedienta en silencios. Sangre de gritos callados.
Te bebo, te poseo. En la selva, en el universo. Hoy por siempre.
En sangre dormimos. En sangre despertamos.
Habiendo acabado, escondió el cuerpo de José en algún sitio de la casa y tras la cuna del bebé esperó hasta la noche con la copa y el cuchillo en mano. Repitiendo luego el ritual y el juramento a las estrellas, escapó.
En el Estado vecino, a los dias siguientes, en un clasificado de tamaño considerable se leía:
“INDIA DE LOS ALTOS DE CHIAPAS CUMPLE TODOS TUS DESEOS
AFLORA TUS INSTINTOS SALVAJES. DE LA SELVA SOLO PARA TI
SILENCIOSA Y DOCIL. SERVICIO EJECUTIVO.”
Quinientos dólares es el precio. El mismo que ocupó para pagar al pollero.
Comentan desde entonces que quien le llama no vuelve más y que la maldición cae en la familia muriendo a los días cualquier hijo menor de cuatro años.
Dicen otros que ésto no es real, sino que se trata de un invento de los americanos del sur para que sus hombres no se acuesten con latinas desvirtuando la raza anglosajona.
Cierto o no, el anuncio se repite en los diarios de indistintos Estados cada dos semanas.
Septiembre 22, 2009 | Por gabby | Claves: cruz, muerte, navidad, padre | # Enlace permanente
Y mordió la copa en la que había brindado la noche anterio
r, bebiendo entre vidrios el vino tinto con su propia sangre, mientras ecos de alegrías pasadas ambientaban su agonía repitiendo
“Yo soy tu sangre mi viejo…
mi querido viejo…”
Había amanecido entre dormida.
El teléfono maldito la había arrancado de sus sueños felices.
Una voz familiar pronunció su nombre. Media inconsciente aún y con sus ojos cerrados respondió:
- Feliz Navidad, negrita!
Silencio. Tan largo que la despertó. Algo sucedía. Miró la hora, el reloj señalaba un tiempo que se borró de su memoria para siempre. Autodefensas, explican algunos.
No había amanecido aún, el sol quedaría guardado así por largo tiempo.
- Papi se fue
Fue el saludo, seco, corto, la respuesta, la explicación, que escuchó del otro lado de la linea telefónica.
Ella no entendía, no comprendía. Se negaba a entender, a captar el sentido de esas palabras.
- Se fué, se fué.. tuvo un infarto.. Papi se fué.. Se murió, nos dejó!!
Y la voz, mensajera del fatal anuncio se quebró en desconsuelos.
No había alternativa, ni modo alguno que fuera un error, una broma, estaba despierta, sí, aunque consciente duelen mas las pesadillas.
Mañana santa, en llamas, desesperada. El cielo lloró con ella en tenue llovizna, gotas que a modo de caricias se deslizaban en su ventana.
El mundo dormía ignorando el grito mudo que se anudaba en su garganta, y emergía desde cada célula, desde cada órgano, desde sus entrañas solitarias.
Desarraigada, desamparada: “Soy huérfana”, razonó en un momento, era la primera vez que comprendía el significado de esas palabras.
En el otro extremo del mundo, a miles de kilómetros de distancia, sin posibilidad de despedirlo, de verlo por última vez, cavó en cada suspiro la tierra reprochándole al infinito la crueldad y la ironía por arrancarle al ser que tanto ella amaba y llevárselo encima en una mañana santa.
Y se enterró con él en lo mas profundo que pudo, lejos del despiadado dios y mas alejada aun del afortunado mundo que los separaba. Embriagada en visiones que se auto-provocaba, cada tarde atardecía su alma para encontrarse con él y en raptos de niña sola le cantaba:
“Te necesito a mi lado cada dia en cada parte de mi vida,
te necesito como padre, como amigo, como maestro, como guia.
Ya no tolero el no verte, no abrazarte el saber que no me escuchas,
ya no tolero el silencio de respuesta, el saber que ya no luchas..
Por que te fuiste, papá?,
por que me dejaste tan sola?,
por que en esa navidad
el cielo se llevo tu alma?
se ha llevado tu vida, mi alegria, mi esperanza
se ha llevado tu sonrisa
con tu partida.
Por que?, por que Dios me lo llevo?,
por que?, por que si ha nadie lastimó?,
por que?, por que si el era bondad?,
se ha llevado mi alma?,
se ha llevado mi vida,
mi alegria, mi esperanza,
se ha llevado mi sonrisa,
con su partida.
Y las tardes se hicieron año, mientras la cruz se había hecho carne en esa navidad atroz. Desgarrada de toda sonrisa, ausente de la vida por opción, ella no era la misma, de hecho, nunca más lo fue.
Prefería la oscuridad dolorosa en una botella donde recrearía y acariciaría nuevamente su rostro siguiendo las marcas de su risueña simpatía y disfrutaría del brillo de sus ojos ante una foto que nunca quitaba de la pantalla de su pc.
Hasta que una noche su padre se apiadó de ella, de su vacío, de su orfandad desesperante y entre sueños acudió a acunarla como cuando niña en un abrazo inolvidable.
Era todo que necesitaba, lo sientió real, fueron gotas de un amor celestial que impregno cada sentido de su vida reseca y moribunda.
Como cuando era niña con sus muecas paternales, como sólo podía hacerlo él, su padre, le dio vida nuevamente dibujando en su rostro una resplandesciente sonrisa.
Revivió.
Septiembre 14, 2009 | Por gabby | Claves: despenalizacion, dolor, marihuana, muerte | # Enlace permanente
Si querés, matáte!…
La libertad está consagrada en la Carta Magna, por lo tanto, todo lo que uno quiera hacer en el ámbito privado, sin perjudicar a otros tiene via libre.
Así razonaba luego de leer el fallo de la Corte Suprema de Justicia referido al consumo de ciertas drogas.
Los medios de comunicación habían seguido atentamente el caso anunciando el fallo definitivo con bombos y platillos. Parecía un evento trascendental para la sociedad. Ahora, todo consumidor solo tendria que preveer cumplir ciertos requisitos para no ser detenido.
Festejos y críticas. Los programas de debate y noticias ampliaban el eco del apoyo y la discordia, mientras un afamado juez, partícipe del fallo explicaba que ahora hasta se podía adornar el jardín con una macetita de marihuna.
Los razonamientos, entonces, le parecieron ya, sin razón, por lo que ella decidió apagar la tv, cerró los diarios, se alejó de internet y decidió recorrer la ciudad intentando escapar de sus pensamientos alterados, rayados en el escándalo y fué entonces cuando lloró.
Adolescentes en una esquina con sus cabelleras cubiertas y aromadas por el típico olor, penetrante y alarmante, de la ahora yerba permitida, le despertaron no ya sus pensamientos sino sus sentimientos. Sus ropas sucias, andar en grupos, arrebatos, abandono, delincuencia callejera, desesperación de madres, de familias… ahogo, impotencia..
Apretado el corazón, mordiendo sus latidos continuó la marcha. Un chico con sus pantalones practicamente caídos, cabellos sucios, largos, mirada perdida, robaba la atención de los transeúntes. ¿Esta es la libertad?, y la integridad? y la felicidad?.. y ella.. compungida ante la crudeza, volvió a llorar.
Estado ausente, futuro incierto, generación perdida, neuronas destruidas, asesinato de los sentimientos.. y la iustitia de los romanos le supo injusta. Unos vecinos lastimados en un asalto por patoteritos desesperados por fondos para alimentar la adicción se lo recordaba y el cemento que había sido la excusa para fugarse de la realidad, cada cien metros presentaba ante sus ojos humedecidos collages de cuadros representativos de la desidia y la demencia.
Y masticó bronca y bebió sus lágrimas. El derecho al que tanto tiempo amó le supo torcido. La muerte está permitida y lleva de la mano a la inseguridad y el dolor de las familias. Libertad consagrada pero felicidad prohibida. Y el mañana de estos chicos?.. y para qué preocuparse? Libertad, sí, pero sin futuro permitido.
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