La Niña de Arroz – Réquiem al amor
Después de la creación de los cuatro elementos y de todas las otras cosas, era extraño comprender que el mundo no se colmara con miles de nacimientos y con el paso del tiempo nunca nadie muriera.
Los pájaros en abundancia se repartían por toda la tierra y pintaban de colores los árboles bondadosos que extendiendo sus ramales a los puntos cardinales, eran los nidos precisos para empollar la creación.
El sol en las madrugadas cuando no quería peinarse avanzaba perezoso sacudiendo su melena, desbaratando las noches en bocanadas de luz.
La mar toreaba las olas que se elevaban turgentes con aires de presumidas y se iban a dar de bruces sobre la arena desierta, que acaparaba sus faldas de caracolas y espuma.
Muy cerca de por ahí, sin poder aseverar de dónde vino realmente, surgió una niña de arroz con actitudes extrañanas; no hablaba con nadie, tampoco se sonreía y cuando echaba a llorar soltando sus lagrimales, su tristeza quejumbrosa se pegaba por el cuerpo conmoviendo corazones.
Algunas personas decían que llegó de tierras altas; de un polo cubierto en nieve y ventiscas congeladas, o de otros extremos crueles como las blancas salinas o el desierto desabrido, severo, desharrapado.
Abandonada a su suerte sin padres ni parentela, fue “la huérfana” sin nombre, sin cariño y sin hogar. Nunca festejó un cumpleaños ni supo de algún ratón que le llevara sus dientes. La luna que desde arriba puede mirar lo que quiera, se apenó de la orfandad de la niña solitaria y sin pensarlo dos veces la alimentó compasiva sin faltar un solo día. Por eso alegan los viejos que la luna muchas veces va perdiendo su cintura hasta dividirse en dos y de tanto dar sus mieles se muestra empalidecida, y camina debilucha arañando por el cielo.
No era una infanta común (según la gente de entonces) entre sus extravagancias estaba el tono de piel que nunca tenía matices, toda ella era blanca al igual que sus mejillas y su boca inexpresiva que nunca decía ni “mu”.
De su cabeza infantil nunca creció ni un cabello que pudiera sujetarse, se recargaba en su cama con sábanas amarillas y observaba el tocador que mostraba en sus estuches unas trabas pequeñitas, un cepillo suavecito que nunca pudo estrenar y a penas el sol venia cargando con sus alhajas, amontonaba en sus brazos crisantemos percudidos y ramos recién cortados de azahares con azucenas.
De su apetito, ni hablar: desde que empezó la historia, fue siempre la más delgada comiera lo que comiera. Ocultaba su figura entre capas alargadas y una capucha muy grande para tapar su flacura. A medida que crecía nunca aumentaba de peso y hasta se llegó a pensar que rompería su estructura con solo andar caminando, o que el viento en sus andanzas la arrastraría por el aire como papel de calcar remontado a la deriva.
Coleccionaba frasquitos que rellenaba con flores cualquiera fuese su aroma o con algunas especies que aunque no tenían olores eran blancas como ella que nunca pudo broncearse.
En eterna soledad ocultaba su apariencia. Los que lograron mirarla y estaban bien cerca, la describían con asombro, con susto y aturdimiento; de sus cuencas oculares no brillaban las pupilas, su nariz deshinibida muy lejos de lo normal, mostraba dos orificios abiertos en simetría y su boca enseñaba su tamaño desparramada a sus anchas.
A pesar de todo eso, ella siguió por la vida caminando solitaria con esas ganas de amar que aparecen a los veinte. Cuando cumplió veinti tantos se enamoro del Amor que le arrancó hasta la vida… Se arreglaba como nunca y hasta programó casarse colgando de sus orejas aros de pelotitas, zapatos de tacos altos y pintándose la boca de rojo fuerte “pasión”.
Se sentía la más bonita con solo sentir que amaba, hasta intentó sonreir y cantar algunos versos que le brotaban del pecho como oración aprendida, pero el Amor en su apuro de juntar enamorados, la dejó sin miramientos llorando por los rincones gastando pañuelos blancos, perdida y desangelada.
A partir de ese momento todo en la tierra cambió; el mundo empezó a morirse mientras ella… ella no. Decidieron acusarla y culparla del desastre, de los llantos despiadados y el sufrimiento feroz. Desde entonces y por siempre con todo el reclamo encima se oculta por cualquier lado deshecha en puros clamores, y aunque camine descalza para no ser advertida a penas se va acercando, desprende pura tristeza mientras se gana la vida rejuntando.
Enterándose el Amor de semejante locura, se culpa de ese designio con el que llegó marcado; paradoja del destino que siendo el Amor, amor, nunca pudo enamorarse.
¡Ay! cómo sufre la doliente, la que nació sin estrellas ni sabe lo que es un beso, la que baja querubines con plegarias y rosarios, la que insomne por la vida nos deja en velas prendidas, suspiros y novenarios.
Sin respuestas ni consuelo se pregunta acongojada en sus largas letanías ¿Dónde estás Amor? ¿Por qué no quieres quererme? ¿No te apena mi tristeza? ¿No te conmueve mi dolor? Mírame, soy yo, la que tiene mil apodos y lleva por nombre Muerte, la que sin poder morirse vive muriendo por ti que nunca pudo tenerte.
Desde ese tiempo lejano hasta el hoy de nuestros días, ella aparece de golpe y por eso siempre asusta, desanda por todo el mundo buscando alguien que la quiera y al no encontrarlo toma a alguien para aplacar de algún modo su llanto.
Nadie la puede atrapar ni tomarla prisionera, pero si eso ocurriera y fuera hasta el Tribunal, qué sentencia le darían a ésta mujer indolente? Acaso cárcel perpetua? Acaso la muerte?. Qué castigo, qué dolor puede caberle a quien todo lo ha sufrido a causa del Amor que no pudo, supo, quizo quererle?
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