- Odio ser india! al pelo negro, lo odio, lo odio!- era el grito desgargantado de Marta a su madre Guadalupe luego que ésta le reprochara el coqueteo realizado en la mesa colmada de franceses borrachos con Margaritas la tarde anterior.
– Eres niña y eres india. Nosotras seremos brutas ignorantes pero dignas – replicó con mayor rudeza Guadalupe mientras las aguas calmas del rio trasladaban en ecos sus palabras por la montaña.
– De qué sirve ser dignas si seremos pobres, gracias a mi, a mi!, comieron hoy huevos y frijoles – insistía Marta mientras tallaba su rostro como queriendo que la espuma de la hierba silvestre se llevara lo oscuro de piel inconfundible de sus ancestros.
– Aplácate, mujer o verás mi fusta, india puta! y deja nomás que alguien lo chismosee en la Asamblea el domingo. No habrá gringo con dólares que pueda salvarte! – Fueron las últimas advertencias interrumpidas solo por la llegada de Alberto.
Alberto de 16 años se había convertido en el hombre de la casa ante la ausencia de su padre. Le correspondía por ser el hijo varón mayor. Sobre él pesaba o gozaba ahora la única tarea de cortar la leña en las mañanas y conducir a la familia al pueblo para realizar el trabajo diario. Cualquier disturbio entre sus madres y hermanos debía ser resuelto por él, como también, el representarlos en la Asamblea Popular.
Uno de los grandes logros del movimiento indígena zapatista ha sido que los pueblos autóctonos, como los tzotziles, sean regidos según sus leyes y costumbres propias, mismas que se aplican en las Asambleas conformadas solo por hombres, las cabezas de las familias indígenas. Tienen el poder de decretar la vida y la muerte, controlar la moral y buenas costumbres y expulsar a los habitantes indeseados o deshonrosos del pueblo.
Este era el temor de Guadalupe ante el actuar rebelde y coqueto de Marta. Sus doce años y la ausencia del padre la habían descontrolado. Sabedora de la belleza e influencia que ejercía ante los turistas adinerados. Por lo que si llegaba a conocimiento de la autoridad podían matarla, flagelarla o expulsar a toda la familia si así les apetecía. No hay nada peor visto para la comunidad tzotzil el que una india sea puta.
Aunque bruta e ignorante por formación, Guadalupe lo sabía. Sabía que no estaba bien. Sentía que por sus manos encalladas se le iba junto a su salud sus hijos. No la habían formado para estar sola y su autoridad se menguaba frente a la inmadurez de Alberto que no ponía orden y se sonreía complaciente ante la posibilidad de conseguir dólares y cervezas para salidas nocturnas.
Ya habían pasado ocho meses y tres noches desde la partida de José. Guadalupe domingo a domingo concurría a la plaza del pueblo y en cuclillas esperaba junto al alto parlante escuchar su nombre para correr al teléfono por noticias de él.
El ámbar había desaparecido de la cantera, dicen algunos que unos extranjeros con permiso del gobierno lo extrajeron todo en una noche, dicen otros que la cueva simplemente se enojó con las tzotziles malas por no satisfacer bien a sus maridos en las noches. Sea lo que fuere, a Guadalupe se le había terminado el negocio por lo que comenzó a instalarse en el mercado público ofreciendo realizar trenzas para las cabelleras rubias de las turistas que algo pagaban por ellas.
No dormía. Las borracheras de Alberto eran práctica permanente. Siete bocas para alimentar y buenos tzotziles para formar sola era demasiado. Hasta que un domingo cualquiera escucho su nombre en el alto parlante. Llovía, ella, como siempre de cuclillas, indiferente al frio y al agua, pareciera haber sido el motivo del milagro.
- Estoy con chamba desde hace rato y te junte 600 dólares. Anda a buscarlos el lunes a la casa de la maestra ella lo va a retirar porque tiene documento, ya le llame y no hay problemas- Le dijo como siempre, a secas, José con un acento norteño que lo hacía mas lejano.
- Estamos bien- contesto Guadalupe, sin que José le haya preguntado y se animó a más.. – ¿Adonde estas? – insolente resultaba a una india pedir información a su esposo.
– En California… en el segundo pueblo… en una casa grande que tiene una puerta amarilla, un pino como los nuestros y flores que cambio todas las semanas – Fue toda la información que dio José, cortando la comunicación inmediatamente sin despedirse.
Guadalupe permaneció con el tubo pegado a su oreja un rato. Como quien continuaba escuchando o deseaba escuchar más de las cortas palabras que le había dicho. Como quien pretendía interpretar, saber, entender… no dijo que regresaría, ni que fuera. Pensando sentirse acompañada se sintió más sola.
“India sola no sirve, no sirvo, no soy, no somos” se repetía mientras caminaba a la casa de la maestra para retirar el dinero enviado por su esposo. Cuando lo hacía, murmullos percibió al pasar por la tienda habitual. “Estoy sola” se siguió repitiendo, ”india sola no sirve, seguramente están pensando que tengo otro hombre y cuando lo digan a la Asamblea me golpearan y echarán del pueblo”.
Guadalupe no sabía vivir sola. El temor a la junta masculina era mayúsculo cada día. Mujer india sola siempre es sospechosa. Por lo que decidió preguntar en el mercado por algún pollero que no la abandonara en el desierto.
– En el puesto de jitomates pregunta por “El Jefe Morales” - le indicaron sin mirarla.
Es habitual esa consulta entre indios y campesinos. Con sus 600 dólares resguardados en el pecho se dirigió presurosa alimentada por el pensamiento de la soledad y que una india sola no servía para nada.
La gruesa cadena de oro y el gigantesco crucifijo en el pecho fueron la señal indudable de estar ante la presencia del pollero.
– ¿Cuanto por llevarme al norte?- le lanzó decidida la india
– Por tratarse de hermanos como nosotros 4000 mexicanos, unos 400 dólares y si te llevas algún crio, hasta los 5 años 100 dólares, más grandes son otros 400. Pero de eso te haces cargo. Si llora y esta la migra lo tienes que matar o lo matamos pero no nos vamos a chingar la vida todos por un crio tuyo – Duro, claro, directo, era parte del oficio del pollero.
Guadalupe se quedó sin palabras. Había escuchado tantas veces historias de conocidos que se fueron al norte y nunca mas volvieron, tantos que murieron en el intento y ahí estaba ella. Lo que le decía el pollero no era descabellado, le pareció justo tan solo necesitaba saber si el no la abandonaría antes de cruzar o en el desierto.
Le miró, el oro reflejaba el éxito de muchos clientes y la cruz le brindaba la confianza de estar tratando con un cristiano. No sería mal hombre entonces.
Los billetes verdes entre sus generosos senos comenzaban a molestarle por el sudor del sol radiante mezclado con el nerviosismo del momento. Tomó 200 dólares para asegurar el lugar, acordando encontrarse el domingo puntualmente a las 5 de la tarde en la plaza principal para que la llevara al norte, a su destino de india que debía estar con su compañero.
– Eres linda, india hermosa – susurró el pollero como despedida. -Ya sabes, si quieres llevarte un crío son 100 mas y yo te ayudo, en lo que necesites búscame y lo hacemos juntos –
Avergonzada, apuró sus pasos Guadalupe, consciente que lo dicho es el riesgo de toda mujer que se muestra sola en el poblado. Buscó a su hermana para pedirle que le ayudara cuidando a María, pero la habían llevado a Ixtacomitán como sirvienta de unos empresarios ricos.
A Alberto, solo lo convenció la idea que le dejara los 100 dólares restantes para bebidas porque incondicionalmente debía llevarse a María con ella al norte. – Que voy a hacer con una cría de 4 años? Si al menos supiera cocinar sola pero ni pa eso. Te la llevas y me dejas los verdes, los otros críos ya saben como conseguir lo necesario-
El autobús partía ruidosamente a su destino. Sin dinero y unas pocas tortillas para el hambre de María, Guadalupe sabía que iba a ser duro, pero no había mayor dureza que vivir sin su hombre y expuesta a los castigos de la comunidad.
Varias escalas intercambiando vehículos. Pasando el D.F. subieron a los 23 paisanos a un tráiler con doble fondo. Comenzaba el trayecto cruel.
– Quietitos ahí con hacer ruido – Fue la advertencia del pollero mientras los subía acostados en tres hileras unos sobre otros porque no había mas espacio. – Si tienen hambre se aguantan y si se… bueno, se aguantan todo. Serán solamente dos días. Piensen que el premio será estar en el norte y allá no hay indio ni campesino. Serán todos gringos con billetes- Y cerró la compuerta quedando en la oscuridad absoluta.
Sintieron, parece ser, un poco de lastima de la india y la niña. Las únicas mujeres de la comitiva por lo que quedaron en el medio, es decir, tenían tres arriba de ellas. El peso, a las horas no se sentía, de hecho, nada se sentía, ni siquiera el aire y el calor las había adormecido hasta que un chorro de orín cayo en el rostro de Guadalupe despertándola. Mordió fuerte sus dientes por no tragar el apestoso líquido mientras se repetía que el destino de la india era estar con su esposo.
A los dos días se abrió la compuerta. Estaban ya en el final de Sinaloa, tan solo el desierto los separaba del país de los sueños.
– Ahí tienen agua para lo que quieran, sería bueno que se bañen porque ahora si que parecen indios apestosos – les gritó el pollero mientras se reía.
La noche comenzaba a caer y con la poca luz podían moverse más a gusto sin autoridades que los descubrieran.
- Báñense, descansen y duerman. Tomen y coman todo lo que puedan, que a las 4 de la mañana empezaremos a cruzar el desierto y ahí esta cabrón – continuó mientras María asustada se aferraba a su madre como temiendo que lo peor estaba por venir.
Se bañaron ellas como pudieron, lejos del grupo, cuando las luces del sol cayeron por completo. El grupo les había separado tortillas, carne de cerdo y de vaca reseca, arroz y frijoles junto a unos leños de fuego para atemperar el frio crudo de las puertas del desierto. Comieron aunque la luna y unos coyotes parecían que intentaban advertirle a Guadalupe un peligro aterrador.
- No, soy bruta pero no tonta y ahora que estoy tan cerca de mi compañero no voy a regresarme a la selva – Se alentaba mientras acariciaba los cabellos sucios y mal olientes de María porque el agua debían ahorrarla para el desierto.
Pasos se escuchaban alrededor. Es el viento que engaña por estos lados, pensó, hasta que una mano tapo su boca mientras otros tres sostuvieron sus piernas y brazos. Alguien separó a María, la arrancaron de su regazo indio y tibio. Una bofetada le desvió la mirada por lo que Guadalupe no pudo ver adonde la llevaban y comenzaron.
La cruz pegaba una y otra vez en su cara en cada penetración brutal, desesperada. El destino de su raza, el método de la conquista de antaño. Cristo que también a sus sueños desgajaba.
- Que estás linda india puta – repetía el pollero pasando la lengua en los pechos ya entre morados por la presión ejercida por los otros campesinos.
– Ándenle, métanla, que conmigo tienen vieja hasta en el desierto – gritó satisfecho el pollero cuando acabo. – India calladita pa lo que gusten – invitaba. – Para que no se olviden que las carnes nuestras son las mejores, ya van a ver cuando se encuentren con las frígidas gringas – Reía mientras empujaba a un indio que había empezado a masturbarse.
Fueron 14 los que la violaron. Noche ancestral en su vientre. Por delante, por detrás, en su boca y desgarrando prácticamente sus senos. Manos sucias, malolientes. Cuerpos que de a uno en uno, sumados, le supieron finalmente a bultos, a demonios y a frazada para el frio. Los golpes no se lo dieron a ella, fueron para la india callada y sumisa que esa noche en las puertas del desierto comenzó a morir.
Llenaron su vientre de furia y sueños trasvertidos de codicia. Los guardo todos junto al esperma para no olvidarlo jamás. Enterrando en la arena a la Asamblea del pueblo, las tradiciones de dignidad y el orgullo de su raza.
La luna muda como ella, impotente, agradeció la complicidad de una nube que cerró la noche para quedar en tinieblas. Oscuridad de muerte, quinientos años de atropellos renaciendo entre sus piernas.
Sintió que se iba o volvía, quien sabe, cuando todo había acabado. Sin fuerzas, rasgada su única vestimenta, con el sabor dulce y tibio del rojo líquido entre sus labios buscó a su niña. Primero con la mirada, luego arrastrándose ante el esquivo de los salvajes satisfechos. La divisó tras una pila de piedras. Animalito inherte. La fatal figura de indiecita había sido más evidente que la inocente ternura de sus cuatro años. Despedazado su vientrecito, roto su pequeño ano. No soportó su destino. Sin maíz entre las manos el dios de la lluvia de los Altos de Chiapas la había llevado compadecido. Guadalupe la tomo entre sus brazos. Sin fuerzas, se recostó en la arena diciendo:
Así como lo han visto /así como lo han experimentado/ nuestros primeros padres/ nuestras primeras madres/ que lo han pasado primero/ que lo han practicado primero…
Eran palabras de un ceremonial tzotzil que no pudo terminar. Sin embargo un indio que se encontraba cerca asegura que antes de desmayarse como un susurro continuó recitando
nos acompañaremos pues/ estaremos juntos pues/ en la bajada/ en la subida/ adonde nos manda/ adonde nos hace correr/ el cura/ el ladino/ el con pies cubiertos/ el con manos cubiertas/ el con carne blanca/ el con cuerpo blanco…
-Ah, chingao, apúrate!-reclama Guadalupe a María que se niega a abrir sus pequeños ojos aunque el cuerpecillo ya esta en marcha.
La neblina de las 5 de la mañana no es obstáculo para que las mujeres chiapanecas empiecen la jornada ganándole al sol. Enseñanzas tzotziles transmitidas de generación en generación modularon una voluntad de hierro.
Con los pies desnudos, entre piedras, lodo, agua y cemento, Guadalupe pretende transmitirle esas enseñanzas ahora a su pequeña María de 3 años y medio, mientras José, su esposo, también tzotzil parte leña para el fuego, única actividad que
realizará en toda la jornada, ya que del mantenimiento deberá ocuparse su esposa, la pequeña María y el resto de sus 7 hijos que ya marcharon a extraer pequeñas piedras de ámbar de Simojovel, una cueva cercana, afortunadamente de dificil acceso, para luego venderla a los turistas, al precio que inspiren sus caras.
Los pies de Guadalupe se hunden en el barro por la pertinaz llovizna de la noche. Tres grados bajo cero parecieran no impregnar la piel de la india a quien la rudeza del trabajo modelaron corazas no solo en el cuerpo. “Las indias somos brutas” es la frase mas escuchada en el pueblo y esa idiosincracia pareciera pintarse en el calzado dominical. Piernas lastimadas, chorreada la mugre que recoge el polvo de los pasajes del olvido, pies desnudos y encallados, eso pertenece a la mujer. Menos valiosa que el asno. Mientras su hombre viste impecable blanco y zapatos lustrados por los crios. “Pues para algo los ha parido”, diría el tosudo macho.
Todo debe realizarse de prisa. Guadalupe y María preparan las tortillas con frijoles, huevos refritos y un jarro de café, única bebida que atempera el frio persistente de la alta montaña chiapaneca.
A lo lejos, no tanto, se divisa la ciudad colonial de San Cristobal de las Casas, testiga muda de la conquista española, con sus templos católicos, calles empedradas y arquitectura española, es la receptora preferida de europeos que gustosos entregan sus dolares a cambio de degustar el privilegio de interactuar con indigenas en estos tiempos modernos.
La distancia hasta la ciudad no es muy grande pero dificulta el camino zigzagueado y los matorrales de la selva.
Las 6 am es la hora propicia para instalarse en un lugar transitado por los eventuales compradores, llegar mas tarde implica el riesgo de que otros autóctonos mexicanos ganen los mejores lugares, como el mercado central, el de hierbas medicinales abarrotado de curadores milenarios o la Catedral colonial.
Pero esa mañana todo sería diferente. Juan, Alma, Josesito, Alberto, Jesus, Marta y Ricardo regresaron con solo 4 insignificantes piezas de ambar.
- ‘Que me chingan la madre ustedes!-, reclama el Padre, con la furia de un golpe en la debil mesa de una tabla apenas superpuesta a la piedra alta que encontraron en la cantera vecina. El cafe hirviente se derramó en María que no entiende aun la tradicion tzotzil que las mujeres deben aguantarse el dolor aunque las quemen.
-¿Quien cabrones creen que soy para creerles que no encontraron mas?- sigue reclamando Jose a sus hijos que a esa altura comprendieron que guardar silencio y agachar la cabeza era lo correcto.
-Chamacos vagos, mentirosos, piojosos, indios brutos es lo que son. Ni me sirven para eso, hijos de su chingada madre- mentaba Jose en su monólogo de insultos entremezclando el tzotzil con el chol y el tzentzal, cualquier lexico servía.
La fusta empuñada en su mano fue el deshaogo perfecto para recordarles a los mudos oyentes que el macho en la casa, aunque pobre e india, era el y por lo tanto sus sagradas ordenes se debían cumplir, a pesar de que no haber mas ámbar en la cantera.
Golpe tras golpe del oxidado machete en la vegetación selvática era un aliciente a su dureza. Detrás de él, en fila, de a uno le seguía su familia preparados para cosechar unas monedas de 10 pesos mexicanos o algunos dolares, si tenían la
fortuna, de caerles simpáticos a los perfumados turistas.
El indio presentía que se venían tiempos malos. No era la primera vez que los cuerpecillos de sus crios cosechaban latigazos por no encontrar mas. La cantera se estaba quedando infertil.
- Cuatro bolitas de ámbar solo servirá para las tortillas de mañana, ¿qué vamos a hacer? y cuando se acabe.. y si se acabo?- razonaba en sus adentros José. – Ser indio bruto y pobre es el destino nuestro y para colmo el ejercito mexicano amenaza con nuestras tierras, si no fuera por el Sub comandante Marcos ya ni la chinga, ni la selva tendriamos..-
La rudeza no era maldad, tan solo ignorancia, costumbres que le transmitieron sus padres, debía ser asi, pero siendolo, macho mexicano e indio, le importaban sus crios. Por Marta de 12 años en el mercado del pueblo un aleman le ofreció 200 pesos y un cajón de cerveza corona a cambio de llevarla una noche a su hotel.
- Que me lleva la madre, solamente servimos para eso, para carne. Somos el zoológico, los animales, la diversión, los monos que los divertimos por eso nos sacan tantas fotos – continuaba pensando a la vez que con pasos firmes conducía a su familia al pueblo para hacerlos trabajar.
Mientras, empuñaba con mas fuerza el machete como si cortando las enredaderas cortara en ella la negra suerte ancestral que veía para su piel morena. Si el ámbar se termina, ¿de que vivirán? de la carne de su Martita entregada a los libidinosos
alemanes, italianos, españoles, yanquis..? No, no, no…
-Ya te lo dije, mujer, debo irme pal norte, no queda más- Fue su conclusión y decisión y al ser el hombre de la casa era lo correcto y lo que debía acatarse. Palabra santa que no estaba en discusión.
El norte es el sueño de todo campesino mexicano. El primo Felix, Antonio, el tio Sixto, como tantos otros regresaron al tiempo con sus camionetas cuatro por cuatro y gruesas cadenas de oro que confirmaban que sería la solución para todos sus males.
-Tu hazte cargo de los crios, sigue vendiendo el ambar que encuentres mientras yo voy ganando unos dolares alla, lo que trabaje te lo voy mandando y mas adelante nos encontramos en los states o me regreso, ya veo- continuó.
En silencio, las gruesas trenzas de Guadalupe se movieron ascendente y descendentemente. Jose solo la miró de reojo, eso fue lo que vio.
-Mañana mismo me voy pal norte- concluyó a lo que Guadalupe solo se atrevió a murmurar- ¿Y el dinero para el pollero?-
-No hara falta, soy hombre- contesto Jose, secamente y sin más.
La mañana siguiente amaneció mas temprano de lo habitual. Guadalupe le habia preparado para su esposo cuantas tortillas pudo y frijoles envueltos en una sola pieza de tela. El viaje era largo e incierto y los peligros a sortear muchos.
Con un beso, no acostumbrado, Jose se despidió.
-Te voy a llamar apenas tenga chamba a la casilla del pueblo. Los domingos escucha bien los parlantes de la plaza por si te nombran y apenas consiga dolares te los mando para los chamacos- y cargando sobre sus hombros la liviana pieza de tela indigena desapareció poco a poco entre el matorral selvático.
Con prisa, Guadalupe, ingreso a la casilla a suplicarle a su patrona, la Virgen, que alumbre y ampare a su esposo en el norte.
- Yo no se rezar, Virgencita, pero se que no lo vas a dejar solo. Te encargo a mis chamacos, que nada malo me les pase pero sobre todo a el, sin el no somos nada, no somos-
Y Guadalupe empezó a sobrevivir, a vivir sin alma. El destino de toda india es estar junto a su hombre, aunque en los últimos tiempos, desde que el gobierno firmo el tratado de libre comercio y se levantaron los zapatistas, el pueblo se fue quedando sin hombres. Solo mujeres y niños abundan en las calles empedradas de la pintoresca San Cristobal de las Casas para regocijo de miles y habituales turistas.
Cortaron su gajo siendo pequeña. Flor amada de su padre. Ignorante que a la esencia del rosal pertenecen las espinas.
Espinas del destino, incierto, impensado. Como el abandono y el desprecio de un capullo o el hacha que sin piedad le arrebató a su compañero quedando sola. Flor en desierto.
Sangre brota de su tallo, imperceptible y sufriente como las lágrimas que corren inadvertidas, a veces, por nietos ausentes.
Filo de espinas punzantes, amenazantes, hirientes, perennes.
Dolores que añoran olvidos pero estigman el cuerpo de un corazón renuente. De pasos cansados, de hombros encorvados y seguridades que retrotaen a infante… Rosa.
Flor delicada y majestuosa que perfuma nuestros dias. Misterio insondable es su fortaleza cuando los inviernos arrasan la existencia de sus cuatro capullos que ya grandes, nutre aún con el nectar de su vida. El suyo, el propio, el necesario.
Sus pétalos al viento pareciera que desafia concentrando el aroma en cada inclemencia y denodadas caricias invisibles en los detalles y entregas.
Rosa es mi madre. El secreto de su vida está en su nombre. Un nombre simple y común por estas tierras que signó el alma majestuosa de la maestra, la jefa, sirviente, doliente, soñadora y sabedora de esperas.
No rezo, debo decirlo, las oraciones que noche a noche me pide (ordena). No lo hago, no, porque creo firmemente que si hay un ser divino a quien dirigirse, indudablemente, es ella.
Y mordió la copa en la que había brindado la noche anterior, bebiendo entre vidrios el vino tinto con su propia sangre, mientras ecos de alegrías pasadas ambientaban su agonía repitiendo
“Yo soy tu sangre mi viejo…
mi querido viejo…”
Había amanecido entre dormida.
El teléfono maldito la había arrancado de sus sueños felices.
Una voz familiar pronunció su nombre. Media inconsciente aún y con sus ojos cerrados respondió:
- Feliz Navidad, negrita!
Silencio. Tan largo que la despertó. Algo sucedía. Miró la hora, el reloj señalaba un tiempo que se borró de su memoria para siempre. Autodefensas, explican algunos.
No había amanecido aún, el sol quedaría guardado así por largo tiempo.
- Papi se fue
Fue el saludo, seco, corto, la respuesta, la explicación, que escuchó del otro lado de la linea telefónica.
Ella no entendía, no comprendía. Se negaba a entender, a captar el sentido de esas palabras.
- Se fué, se fué.. tuvo un infarto.. Papi se fué.. Se murió, nos dejó!!
Y la voz, mensajera del fatal anuncio se quebró en desconsuelos.
No había alternativa, ni modo alguno que fuera un error, una broma, estaba despierta, sí, aunque consciente duelen mas las pesadillas.
Mañana santa, en llamas, desesperada. El cielo lloró con ella en tenue llovizna, gotas que a modo de caricias se deslizaban en su ventana.
El mundo dormía ignorando el grito mudo que se anudaba en su garganta, y emergía desde cada célula, desde cada órgano, desde sus entrañas solitarias.
Desarraigada, desamparada: “Soy huérfana”, razonó en un momento, era la primera vez que comprendía el significado de esas palabras.
En el otro extremo del mundo, a miles de kilómetros de distancia, sin posibilidad de despedirlo, de verlo por última vez, cavó en cada suspiro la tierra reprochándole al infinito la crueldad y la ironía por arrancarle al ser que tanto ella amaba y llevárselo encima en una mañana santa.
Y se enterró con él en lo mas profundo que pudo, lejos del despiadado dios y mas alejada aun del afortunado mundo que los separaba. Embriagada en visiones que se auto-provocaba, cada tarde atardecía su alma para encontrarse con él y en raptos de niña sola le cantaba:
“Te necesito a mi lado cada dia en cada parte de mi vida,
te necesito como padre, como amigo, como maestro, como guia.
Ya no tolero el no verte, no abrazarte el saber que no me escuchas,
ya no tolero el silencio de respuesta, el saber que ya no luchas..
Por que te fuiste, papá?,
por que me dejaste tan sola?,
por que en esa navidad
el cielo se llevo tu alma?
se ha llevado tu vida, mi alegria, mi esperanza
se ha llevado tu sonrisa
con tu partida.
Por que?, por que Dios me lo llevo?,
por que?, por que si ha nadie lastimó?,
por que?, por que si el era bondad?,
se ha llevado mi alma?,
se ha llevado mi vida,
mi alegria, mi esperanza,
se ha llevado mi sonrisa,
con su partida.
Y las tardes se hicieron año, mientras la cruz se había hecho carne en esa navidad atroz. Desgarrada de toda sonrisa, ausente de la vida por opción, ella no era la misma, de hecho, nunca más lo fue.
Prefería la oscuridad dolorosa en una botella donde recrearía y acariciaría nuevamente su rostro siguiendo las marcas de su risueña simpatía y disfrutaría del brillo de sus ojos ante una foto que nunca quitaba de la pantalla de su pc.
Hasta que una noche su padre se apiadó de ella, de su vacío, de su orfandad desesperante y entre sueños acudió a acunarla como cuando niña en un abrazo inolvidable.
Era todo que necesitaba, lo sientió real, fueron gotas de un amor celestial que impregno cada sentido de su vida reseca y moribunda.
Como cuando era niña con sus muecas paternales, como sólo podía hacerlo él, su padre, le dio vida nuevamente dibujando en su rostro una resplandesciente sonrisa.
¡Odia las despedidas!
que la angustia le domine… le repugna darse cuenta que la otra persona tiene tanto poder sobre ella a tal punto que cuchillas se dirigirían a su corazón si se despidiera.
En los últimos días muchos eventos le dieron la razón de que estaba en lo correcto.
Un amor imposible, no correspondido.. era tiempo perdido, era un vagón sin otra dirección que el vacío. Y entre tantos sueños e ilusiones pudo darse cuenta que la sonrisa sería una lágrima y los pajaritos fueron cayendo uno a uno sobre su cabeza.
No había paz, tampoco luz ni calma, pero el amor, insaciable, caprichoso le reclamaba un encuentro mas.. y así lo hizo.
Cariño, escucha, ternura, comprensión… recibió de todo, todo.. menos el amor que esperaba. Fue una mano amiga tendida, quizás con ceguera, tal vez.. un corazón extraño que no sabe como expresarse ante ella que inútilmente pretendia disimular no estar enamorada.
Sin sentidos de la vida, laberintos, dudas, preguntas.. ¿por que será que cuando el corazón habla el norte y el sur se escapan, se pierden, se borran.. y las aguas mansas, calmas se vuelven torbellinos, huracanes, que llevan a otros mundos el futuro y el presente, hasta el pasado.. muchas, muchas veces..? Y a ella le llevaron todo, todo.. hasta sus letras.
Ya no era la misma.. ya no era.. Ella. Había sido. Ya no tenía dios, tampoco tenía rima, ni prosa.. ni narración siquiera!!. Y tomó a su corazón maldito, culpable y re-mordió, re-mastico y re-tragó sus sentimientos.
Uno a uno los fué tomando soportando el sabor de los sueños que le acompañaron tanto tiempo, las intensidades de la pasión le quemaron la garganta y lo dulce le supo amargo, veneno que desfiguraron su rostro antes bello e iluminado.
Ella es, ahora, entonces, Otra y otra desesperada. Sin historia, sin futuro, sin sueños, camina hacia el horizonte de las pesadillas intentando escapar de todo aquello que sea bello porque teme encontrarse con algo que le recuerde a ese amor imposible y se cubre, y se tapa, y llora sin lagrimas para evitar la sonrisa que era su marca, su señal su distintivo.. cuando era Ella.
Otra, entonces, deambula por el mundo sin buscar consuelo, con la identidad cambiada pretende burlar el destino.. ese que, quizás era su amor soñado, tan solo.. si hubiera esperado unos dias mas.. tan solo si se hubiera atrevido un poquito mas…
Pero Otra, cansada de escapar armo sus valijas y tan solo espera el momento en que el tren anuncie la partida.
Los rayos del sol aun no proyectaban la luz necesaria, así, en penumbras y sin calor, una inquietud que se niega a abandonarme me levantó de la cama.
Ya en la excitación del desconsuelo y el insonmio miro mi reloj: las 5,30 am y sin otra alternativa, buscando encontrarme en la red de internet, me atrapó un bello cuento de Kafka. En ese Surrealismo y existencialismo fue lógico el no hallarme, había preferido perderme.. en que? Son esos estados sin nombre, donde la congoja a veces es regocijo y la sociedad, la selva sin sentimientos donde se comen unos con otros.
Todo tiene un sabor agridulce, todo.. hasta observarnos caer al vacío de las preguntas sin respuestas y del frío. Pesadumbre y desconsuelo, sordo-mudo el corazón que grita por unos brazos y si.. tal vez ese sea el motivo.. tal vez, no comprenda el lenguaje de mis latidos.
La libertad está consagrada en la Carta Magna, por lo tanto, todo lo que uno quiera hacer en el ámbito privado, sin perjudicar a otros tiene via libre.
Así razonaba luego de leer el fallo de la Corte Suprema de Justicia referido al consumo de ciertas drogas.
Los medios de comunicación habían seguido atentamente el caso anunciando el fallo definitivo con bombos y platillos. Parecía un evento trascendental para la sociedad. Ahora, todo consumidor solo tendria que preveer cumplir ciertos requisitos para no ser detenido.
Festejos y críticas. Los programas de debate y noticias ampliaban el eco del apoyo y la discordia, mientras un afamado juez, partícipe del fallo explicaba que ahora hasta se podía adornar el jardín con una macetita de marihuna.
Los razonamientos, entonces, le parecieron ya, sin razón, por lo que ella decidió apagar la tv, cerró los diarios, se alejó de internet y decidió recorrer la ciudad intentando escapar de sus pensamientos alterados, rayados en el escándalo y fué entonces cuando lloró.
Adolescentes en una esquina con sus cabelleras cubiertas y aromadas por el típico olor, penetrante y alarmante, de la ahora yerba permitida, le despertaron no ya sus pensamientos sino sus sentimientos. Sus ropas sucias, andar en grupos, arrebatos, abandono, delincuencia callejera, desesperación de madres, de familias… ahogo, impotencia..
Apretado el corazón, mordiendo sus latidos continuó la marcha. Un chico con sus pantalones practicamente caídos, cabellos sucios, largos, mirada perdida, robaba la atención de los transeúntes. ¿Esta es la libertad?, y la integridad? y la felicidad?.. y ella.. compungida ante la crudeza, volvió a llorar.
Estado ausente, futuro incierto, generación perdida, neuronas destruidas, asesinato de los sentimientos.. y la iustitia de los romanos le supo injusta. Unos vecinos lastimados en un asalto por patoteritos desesperados por fondos para alimentar la adicción se lo recordaba y el cemento que había sido la excusa para fugarse de la realidad, cada cien metros presentaba ante sus ojos humedecidos collages de cuadros representativos de la desidia y la demencia.
Y masticó bronca y bebió sus lágrimas. El derecho al que tanto tiempo amó le supo torcido. La muerte está permitida y lleva de la mano a la inseguridad y el dolor de las familias. Libertad consagrada pero felicidad prohibida. Y el mañana de estos chicos?.. y para qué preocuparse? Libertad, sí, pero sin futuro permitido.
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