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Cuando el poder es ejercicio de la libertad

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Por muchas razones, octubre de 2011 quedará en la historia de nuestro país. Alfredo Astiz -un símbolo de la dictadura genocida- acaba de ser condenado a prisión perpetua junto a otros 15 represores en la causa ESMA, luego de un largo proceso que duró veintidós meses. Un dolor menos tiene hoy nuestro pueblo. Una libertad más.

Demuestra una vez sola que el traidor no vive impune, Dios” (“Tormenta”, de Enrique Santos Discépolo)

“Si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente” (“Sólo le pido a Dios”, León Gieco)

Por muchas razones, octubre de 2011 quedará en la historia de nuestro país. Alfredo Astiz -un símbolo de la dictadura genocida- acaba de ser condenado a prisión perpetua junto a otros 15 represores en la causa ESMA, luego de un largo proceso que duró veintidós meses. Un dolor menos tiene hoy nuestro pueblo. Una libertad más.

No puede entenderse este resultado, si se lo desvincula de la lucha perseverante y tenaz de muchas/os compañeras/os que pusieron toda su voluntad para terminar con la impunidad.

Vivimos con gran impotencia la sanción de las inmorales leyes de Punto Final y Obediencia Debida en la década del 80 por parte de un Gobierno que se dejó arrinconar. En ese contexto, parecía muy difícil concretar nuestro anhelo de Justicia.

Pero la voluntad del pueblo pudo más. Una enorme lección nos deja la condena a los genocidas. Se trata de un aprendizaje colectivo, de aquellos que perduran en la memoria popular. Es posible pasar de la impotencia al poder, si -como Pueblo, sujeto de la Historia y de un Proyecto- nos constituimos en “voluntad liberadora”.

Esto es imposible de entender -o mejor, de aceptar- por aquellas minorías que conciben a la Argentina como un “gran mercado” sujeto a las reglas económicas y políticas del lucro y del ajuste. Sin referencia a valores como la Justicia, la solidaridad y la igualdad. Hay quienes miran al poder como miran al dinero: una cantidad más a disputar. Desde nuestra óptica, el poder es ante todo ejercicio de la libertad. Voluntad de cambiar la realidad que nos oprime, sin atarse a los condicionamientos.

Los responsables de las atrocidades y horrores perpetrados por la Dictadura Militar pueden recibir hoy sus condenas judiciales porque recibieron antes la condena popular. Porque el Pueblo, consciente de su rol de “sujeto”, no paró a lo largo de 30 años de exigir Memoria, Verdad y Justicia.

Seguramente habrá quienes señalen que los resultados obtenidos son parciales o insuficientes, y que el puñado de represores castigados en este juicio no agota la larga lista de responsables, aun en la propia ESMA -de hecho, muchos más represores están procesados y a la espera del juicio oral-. Pero no es menos cierto que estas condenas marcan un camino a seguir y profundizar. Aportan luz sobre nuestra historia reciente y simbolizan el fin de la impunidad. Un camino que nuestro País empezó a transitar con la nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, durante el Gobierno del Presidente Néstor Kirchner.

Toda sociedad debe buscar permanentemente perfeccionar sus formas de convivencia; hacerla cada vez más humana. Ello exige el juzgamiento de las violaciones a los Derechos Humanos fundamentales cometidos desde el terrorismo de Estado.

Se trata de saber la Verdad y de aplicar Justicia sobre el Trayecto Histórico, para no arrastrar esas dolorosas heridas en el Proyecto, que es el que nos consolida y nos otorga identidad como Pueblo hacia el futuro.

Por Mario Almirón
Secretario General de SADOP