HAY QUE MODERAR EL ENTUSIASMO, CRISTINA, SI NO CALLAR

Obama llegó a la Casa Blanca, y la Obamanía inundó la Casa Rosada. La presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner envió una carta formal de congratulación al presidente electo de Estados Unidos, donde lo felicita, no sin exaltación, “por haber logrado interpretar los sueños y las esperanzas del pueblo americano”. Según la opinión del mayor socio en el Mercosur, el tono que había que adoptar era otro, más sobrio, y en el que a la celebración protocolar se uniera la advertencia sobre el estado y el futuro de la relación bilateral: “Su elección por parte del pueblo norteamericano se produce en un momento particularmente favorable de las relaciones Brasil–Estados Unidos. También ocurre en una coyuntura de desafíos complejos para el orden internacional, intensificados por la gravedad de la crisis financiera que afecta directamente a millones de personas en todo el mundo”.

Las contradicciones lógicas no faltan en la prosa congratulatoria presidencial argentina. En la carta se lee la siguiente oración, donde los adjetivos contribuyen al efecto de ampulosidad: “El ciclo que se abre hoy en su país es, antes que nada, un gran hito de una de las epopeyas mas apasionantes de la historia, la lucha contra la discriminación, y por la igualdad de oportunidades”. La contradicción entre “ciclo” e “hito” es flagrante, pero la presidenta no lo advierte o no se decide entre lo singular y lo universal, que une en el encomio. Pero si en estas comunicaciones, redactadas con el lenguaje de las cancillerías (o que aspiran a él, en uno de los dos casos), falta alguna explicitación, los dos presidentes se encargaron de glosar cómo han de entenderse en actos públicos en los que hablaron durante el día de ayer. En la localidad bonaerense de Moreno, con séquito de gobernador, ministros e intendentes, Fernández lanzó el plan “Camino a la Escuela”. Sólo tuvo elogios para el presidente norteamericano electo y la sociedad nacional que lo había consagrado como su primer mandatario, a la que pide inspiración. Pudo decir, con errores en la cronología que muchas veces figuran en sus discursos: “Hemos visto en el país tal vez con mayor poder del mundo, en el mismo país que hace apenas 30 ó 40 años las personas de color no podían ir a la misma escuela, subirse al mismo colectivo, caminar por la misma calle, que hoy un hombre negro sea el presidente de ese país debe movernos a todos a hacer una sociedad abierta, a hacer una sociedad sin prejuicios”.

La comparación es notable con las palabras de Lula. Después de participar por la mañana en la ceremonia que conmemoró en Brasilia los 20 años de la promulgación de la Constitución Ciudadana del país, el presidente mencionó el triunfo de Obama. Al terminar su tarea, el ex obrero y dirigente metalúrgico dedicó un laurel del Parque de los Constituyentes al presidente electo, para formular una serie de exigencias que guiarán la política exterior de Itamaraty: “Hace falta que Estados Unidos construya una política más activa con relación a América latina. La democracia se consolidó en el continente [latinoamericano], y espero que se construya aquí un continente de desarrollo, de inversiones en los países más pobres, y sin subsidios [a los productores agrícolas norteamericanos, que bloquean la importación de alimentos latinoamericanos]. También espero que termine el bloqueo a Cuba, porque ya no existe explicación en la historia de la humanidad para ello. Pero hay una diferencia muy grande entre ganar una elección y gobernar un país como Estados Unidos. Vamos a esperar que él asuma para ver qué sucede”. Si antes Fernández se identificaba con Hillary Clinton, una abogada provinciana como ella que había triunfado en Washington, ahora su exaltación por Obama no encuentra reparos. Lula, que también recordó ayer que el suyo es “el segundo país negro del mundo, después de Nigeria”, rehuye la identificación y prefiere moderar el entusiasmo.



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