Archivo para la categoría ‘historia’

La Trochita está de pie y es un día feliz después de un invierno interminable

No pasaron tantos días desde el de aquel en que quedó exangüe, tanto que parecía pronta a lanzar el último suspiro.
Después de cientocincuenta amaneceres blancos, con la respiración siempre contenida e imperceptible para todos,  y ayudándose con ese gesto señorial que parece denotar indiferencia (y que es sólo un truco para no esforzar sus pulmones alicaídos) el mundo le brinda el lugar que ha ocupado durnte décadas.
Adquiere un significado profundo ese corazón blindado que sostiene su alma, con un hilo invisible, que todos quieren sujetar.

Atrás quedó la honda tristeza de todos los espíritus queridos, aquellos que la auscultaron días y días, intentando descubrir señales de vida tras su silencio indescriptible. Esperaban la peor de las noticias.

Ahora su presencia saludable sobre los rieles fija una sonrisa distendida, en cada una de las tantas almas que intentaron pactos extravagantes con sus dioses, para restablecerla a su lugar originario.

La gran amargura de su probable no pertenencia definitiva a este mundo se desvaneció, a ésta altura del día y en este minuto.
Una única preocupación, menor claro, casi insignificante, de este momento es la salud de los viajeros.
Esos aliados incondicionales del trencito.
¿Cuánto del aire transparente -el más puro del planeta- de la cordillera andina del sur podrá soportar sin que su corazón estalle de gozo, aquel que decida subirse a uno de los tres vagones, lustrados y brillosos, como nunca antes?

Media mañana panza arriba

Quedó así, con sus informes entrañas metálicas expuestas al sol.
El astro dador de vida las tiñó de ese color amarillo pálido que, a esa hora del día, cada otoño imprime al paisaje.
Las dos pequeñas vías lo sujetaban, como intentando mantenerlo en una posición fija y firme.

“La Trochita” parecía actuar para un público lejano y silencioso, con la misma astucia de ese zorro colorado que decidió esa mañana estar un par de horas muerto, para salvar su pellejo.
Pudo emprender el pícaro, a partir de entonces, su vida futura más fortaleza, después de una soberana paliza.

Cuando todos estaban distraídos salió disparando como un relámpago, dejando atrás su mala hora.

La familia de ovejeros lo había golpeado en sucesivas andanadas, aún después que el cuerpo dejara de dar señales de vida.
Dándolo por finado, los cuatro Vera  “olvidaron” al pillo en medio del patio.

Hocico veloz se había cebado y cazaba a mansalva  a los indefensos corderos mientras estaban encerrados.
El pícaro esquivó varios cepos y sucesivas celadas hasta que una vieja trampa oxidada -en desuso y muy pesada- que había quedado bajo un colchón de hojas secas, lo atrapó.
Era muy temprano y en el rancho estaban todos despiertos.
Escucharon nítidamente el chasquido incompleto de la trama dentada disparándose y el grito contenido del animal.
Salieron todos a la vez y con palos, preparados para la ocasión, golpearon hasta cansarse al bandido, que quedó exánime.

Para comprobar la eficacia de la tarea grupal, el padre de familia lo dio vuelta con el pie derecho, hacia uno y otro lado.
Después, sus dos hijos mayores, liberaron con cuidado su pata derecha, evitando desgarros visibles a la piel.

Se trataba de lograr un buen precio en lo del “turco” poniendo sobre el mostrador la pieza completamente sana.

Cuando el zorro quedó expuesto al sol, como  un trofeo en medio del patio, su aspecto era la de cuerpo dislocado, sin un hálito de vida y empequeñecido por las crcunstancias.

El grupo familiar satisfecho dejó al pillo yacente, mientras conversaba animadamente, aportando sus distintas visiones a la captura y final, de hocico veloz.
La tarea exitosa, que había culminado con el depredador, merecía festejarse riendo, haciendo circular el amargo, y entrándole a unas tortas fritas sobrantes de días anteriores.
Algunas estaban bastante secas y duras, pero eso no era importante.

-Claudio, echá a los perros- ordenó Don Vera a su hijo menor, el que estaba siempre listo para hacer los mandados,  cuando los dos galgos atigrados se acercaron a olisquear al zorro que, extendido panza arriba en el patio, había perdido todo rasgo de temeridad.

-No vaya a ser que los perros destrocen la piel. Si es así no va a valer un carajo. El turco te paga dos mangos si la piel está rota, aunque esté bien cueriada- remarcó a viva voz lo que todos ya sabían.

Mientras el sol trepaba, el animal, a unos veinte metros del rancho, se había convertido en una difusa mancha rojiza.
Dos, tres, cuatro veces, lo observaron todos por la ventana, hasta que olvidaron la cuestión.
Debían reorganizar las tareas de ese sábado, ya que la rutina habitual se había roto.

Mientras lo hacían algunos ladridos espaciados llamaron la atención al grupo.
Se miraron por un momento, pero nada extraño parecía ocurrir.
El día se presentaba radiante y no era cuestion de desaprovecharlo.

Mientras se disponían a salir al campo, un alboroto de los perros les llamó la atención.
Miraron hacia fuera.
La sorpresa fue grande para todos: el zorro había desaparecido del patio.
Don Vera salió corriendo enojado con el  mundo, imaginando que alguno de los perros lo había arrastrado, “para mordisquearlo, de puro vicio”.
Era raro, en sus animales, que él consideraba que estaban bien enseñados, pero podía ser.
Corrió en todas direcciones y giró sobre sí mismo varias veces, agarrándose la cabeza con su mano derecha.
Pero no había señal alguna del pequeño depredador.

Para su asombro, el muerto supuesto ni siquiera estaba dormido al sol.

Estaba volcado con los ojos cerrados el gran insecto metálico, que parecía una oruga yacente.
Los pastos altos secos flameaban como cada otoño, a esa altura del mes de abril.
Los ocho vagones estaban en distintas posiciones sobre las vías. Ahí estaba su cuerpo, que parece exánime, tendido junto a las dos pequeñas vías.

-El viento lo tumbó a La Trochita- decían los paisanos cabizbajos, aunque no era esa estrictamente la verdad.

“Memorias de Río Chico” (novela)

Patagonia. En un rincón de la Línea Sur rionegrina

Una joven maestra de Santa Fe se integra a la magia de una comunidad distante.
Durante 25 años vive apasionadamente sus tristezas y alegrías.
En su memoria privilegiada se reflejan: el alma del pueblo, ecos de la Argentina del presente y el latido del corazón inabarcable de La Trochita, el mítico tren a vapor que sigue desafiando a la historia.


PARTE PRIMERA.

I- Los obsequios son para los humildes

Ocurrió a dos cuadras de mi casa paterna.

La había escuchado muchas veces por radio en largos discursos y su mención en mi casa abría conversaciones y hasta discusiones intensas, que duraban un buen rato.
Siempre era ubicaba en hechos trascendentes.

Tenía mucho interés por verla ya que su imagen significaba mucho en mi pequeño mundo infantil.
Evita estaba siempre presente en las revistas y diarios y en todos los cuadernos de la escuela.
Me había acostumbrado a leer las noticias que la tenían de protagonista y, para mí, era más importante que todas las estrellas de cine.
Cuando supe que estaría tan cerca de casa pedí a mamá ir a verla. Lo hice en un tono moderado.
-Quiero conocerla- le dije.
Ella no opuso reparos ya que intuí también deseaba hacerlo.
-Si, vamos- dijo.

Apenas nos acercamos a las vías, me di cuenta en donde estaba.
Una multitud corría muy cerca de la formación y un gran murmullo comenzaba a instalarse en el ambiente.
Iba en el último vagón y cargaba algo entre sus brazos.
Cuando la locomotora se acercó un poco más, comprendí lo que estaba pasando.
Mientras el tren avanzaba a paso de hombre por la ciudad ella tiraba unos bultos pequeños, yendo hacía un lado y hacía el otro de las vías.

Después de una corta pausa, como para tomar aliento, repetía la operación.

Cuatro o cinco hombres parecían danzar a su alrededor mientras la ayudaban.
Le alcanzaban los paquetes y evitaban con cortesía que la gente se subiera al tren.
En ese momento pensé que en el afán de abrazarla alguno, en su euforia, podía llegar a maltratarla.

Hombres y mujeres de todas las edades se disputaban los paquetes por un instante y quien no tenía suerte, de quedarse con uno, seguía la marcha del tren, intentándolo de nuevo.

El tren presidencial lo conformaban unos diez lujosos coches, terminados en madera lustrada trabajada en forma artesanal.
Avanzaba sin hacer mucho ruido mientras la gente abría los obsequios en el suelo, con cierto frenesí y muy emocionada.
Medias blancas largas, camisetas de frisa también blancas, y unos pantalones de algodón de color azul que usaban los trabajadores de la época, quedaron expuestos ante mis ojos, mirara donde mirara.

Era una tarde soleada, así que hice visera con mi manito derecha para no perderme ningún detalle de lo que estaba pasando arriba de las vías.
Cuando el tren pasó enfrente de mí, la tuve a unos pocos metros de distancia.
Como todo el mundo, yo estaba asombrada por verla de tan cerca, en medio de una ebullición de personas.
Algunas de ellas le hablaban agradeciéndole y otras, con lágrimas en los ojos, intentaban trasladarle a viva voz sus penurias.
Fueron solo un par de minutos.
La multitud se alejó siguiendo el último vagón con Evita que seguía arrojando paquetes.

Supuse en ese momento que toda esa gente se habían enterado de su presencia por “El Litoral”, el diario más popular de entonces.

Un señor que nos visitaba bastante seguido y que hablaba con mis padres de las cualidades de Eva Perón de manera recurrente me recomendó ese día, antes de salir de casa, que no debía tomar los paquetes, que “eso quedaba mal”.

- Los regalos de Evita son para los mas humildes- me había dicho.

Comprendí entonces el significado de aquel mensaje que era, hasta mi llegada al borde de las vías, un enigma.

Mientras los obsequios llovían sobre la gente, un impulso me empujaba a ir y participar del “juego de la captura”.
Quería abrir uno de esos paquetes que Eva Perón esgrimía un instante en el aire antes de arrojarlos a la multitud.
Pero fue imposible. Mi mamá en ningún momento soltó mi mano.
La sujetó con mucha firmeza. Supongo que por su instinto de madre cuidadosa y protectora, y también, para evitar algún desborde de mí parte, en medio del gentío.

La sensación de haber vivido algo grande ese día tuvo un dejo de frustración, ya que no pude abalanzarme y rasgar de un tirón un envoltorio bendecido por Evita, como lo hacían los otros chicos.

Traté de grabar esa imagen deslumbrante y tan fugaz con ella delante de mis ojos, relacionándola a otras de ese día.
La abanderada de los humildes, ropa de trabajo, mi casa cercana, la ciudad de Santa Fe, el tren presidencial, una multitud emocionada, el sol abrasador…

La observé concentrada. Era muy difícil que ese milagro se repitiera.
Su figura era impecable. Lucía un vestido de tela color cruda natural, de lunares verdes grandes.
Tenía atado su pelo con un pañuelo de la tela a lunares.
Hasta registré en mi memoria que sus zapatos sin talón “a la moda” estaban también forrados con la misma tela.

Me llamó la atención su palidez y fragilidad.
Recuerdo siempre sus manos delgadas y sus largos dedos, mientras lanzaba un bulto y otro y otro.
Con los años asocié ese momento, que se convirtió en imborrable, al desconsuelo de un hombre hecho y derecho un par de años después.
A la emoción profunda de un granadero con toda su apostura varonil, al que le corrían las lágrimas, mientras hablaba Evita.
Se mantenía en posición firme, pero mientras la voz de ella remarcaba tramos de su mensaje, las gotas de su llanto silencioso goteaban sobre su uniforme.
Me parece que fue en su último discurso.

Un rumor extendido de aquella época fue que Perón y Evita estuvieron en la Basílica de Guadalupe, cerca de mi casa, compartiendo una misa celebrada allí.
Si no fue en esa oportunidad tiene que haber sido en una fecha cercana.

En esa misma iglesia se casaron muchos años después Violeta Rivas y Néstor Fabián, dos cantantes muy populares en todo el país.

II- Una multitud yendo y viniendo en los andenes.

Es como si estuviera viendo a mi padre.

Su pelo corto y enrulado siempre muy prolijo.
Otra imagen recurrente que aparece con él, es mi madre atenta a todo lo relacionado con su aspecto personal.

Papá era de mediana estatura y tenía algunos kilos de más. Se podría decir que era gordito.
Usaba unos anteojos sencillos, muy formales.
Imagino que era por su trabajo en una oficina. Por estar siempre sumergido entre los papeles.

Cargaba siempre un portafolio oscuro, que parecía ser una extensión de su brazo derecho.
Recuerdo con claridad sus pantalones muy pulcros, de hilo.
Sus zapatos estaban bien lustrados en todo momento. No tenían cordones y eran elastizados, de esos que obligaban a utilizar un calzador.

Lo veo con su saco de gamuza de color natural, enfrente del espejo, un minuto antes de salir a la calle.
Tres pelotitas muy particulares, revestidas con gamuza, eran los botones de su abrigo.

Papá tenía un diente de oro, ese sello de identificación de “persona pudiente” de la época.
Y muchos trajes. De color oscuro en invierno y claros en verano. Blancos cuando hacía mucho calor.
Estaban siempre impecables, ya que a mamá no se le escapaba ningún detalle.

Mi padre usaba camisas de cuello duro, de un color blanco vibrante como la nieve.
Toda su ropa de vestir iba a la tintorería, sin ningún trámite intermedio.
El tintorero la entregaba de nuevo, en muy corto tiempo, muy limpia y planchada.

Pocos aportes hice para contribuir a la imagen impecable de papá.
Una vez que fui a buscar sus pantalones y distraída como era cuando jovencita, traje otros que no eran…
Alguien se equivocó o yo me equivoqué. Eran muchos mas largos que los de papá.
Él no entendía nada y yo quería que me tragara la tierra.

¿Por qué me acuerdo de todo esto? Le diré…
Durante un año de mi adolescencia tuve una intensa relación con papá.
Pude verlo desde otra perspectiva.
Hasta ese momento era una presencia dominante y con plena autoridad, que nos protegía de los avatares del mundo facilitándonos todo.
Delegaba decisiones en mamá, que las ejercía con mucha firmeza.

No tenía ni idea de lo que pasaba con él cuando salía a la calle.
Tampoco me importaba ya que mi única preocupación era divertirme todo el tiempo que estaba en casa.

Ese año ocurrió algo, no diría inesperado, que obligó a un cambio drástico en mi cómoda rutina.

Yo iba a un colegio de monjas y el mandato familiar era no repetir nunca un año. Sufrirlo podía equipararse a un pecado de cierto peso, no de los veniales.

Repetí segundo año, horrorizando a mis mayores.
Se tomaron los dos la cabeza ya que no lo podían creer.
Decidieron al poco tiempo cambiar mi ámbito educativo.

Era una decisión que no estaba en condiciones de objetar.
Así que me entregué de pies y manos al destino.
Tuve que ir y venir a un nuevo colegio, fuera de la ciudad de Santa Fe, bajo la atenta mirada de mi padre.
Era una forma de aplicar el correctivo pertinente, sin la brutalidad de un coscorrón y el método elegido por la familia para reencauzar a la oveja descarriada.

Durante el año 1955 esta inquieta adolescente que quería ser maestra tuvo que levantarse a las cinco de la mañana.
Los primeros días medio dormida caminaba junto a papá hasta la estación.
Los ojos se me cerraban por el camino y un gran bostezo dificultaba mi andar.

A las seis en punto, bien de madrugada, tomaba el tren que me llevaba a Laguna Paiva.
Mi padre era procurador en ese pueblo; por eso viajaba siempre con él.
A la tarde también volvía bajo su ala protectora y sentía sobre mí su mirada inquisitiva.

En esa época en la ciudad de Santa Fe se concentraba un flujo económico muy importante.
Su gran estructura ferroviaria permitía el desplazamiento de miles de personas, hacía el norte y hacía el sur, y el transporte de cargas de todo tipo, en un amplio sector del noreste del país.

Estudié ese año en el Colegio Nacional de Laguna Paiva, cuarenta kilómetros al norte de mi Santa Fe querida.

En esa localidad estaban los galpones y talleres más grandes del antiguo Ferrocarril General Belgrano, que había nacionalizado el presidente Juan Domingo Perón en 1947.
Pertenecían, en el año de mis excursiones diarias a Laguna Paiva, a Ferrocarriles Argentinos.

Los paivenses tenían una cultura típicamente ferroviaria ya que su origen como comunidad, a partir del año mil novecientos diez más o menos se dio a partir del tendido de un ramal, extendido después más al norte, hasta Resistencia capital de Chaco.

Hasta ese momento yo registraba candorosamente solo lo que ocurría en mi barrio.
A partir de esas madrugadas abrumadoras, ante mis ojos comenzó a desfilar otra gente que iba en todas direcciones

Comencé a ir a la estación cuando era de noche, cada día, de lunes a viernes.
Y así semana a semana.
Hasta que se hizo natural y no me pesó más levantarme temprano.
Hombres y mujeres se movilizaban a la mañana.
Veía dos, cuatro, diez; al salir de casa.
Al poco rato, cuando llegaba al andén, eran una multitud.

Cada vez que partía de Santa Fe y cuando volvía del norte me cruzaba con un mundo nuevo de personas.
Papá me explicaba algunas cosas, no muchas. Las que podían ayudarme en el trajinar diario.
Percibió mi asombro por cruzarme con tantas personas apuradas, de mañana y de tarde.
Me aclaró que cumplían turnos de día y de noche, en las fábricas de los alrededores, y que el recambio era más o menos a la hora de nuestro viaje, a la mañana y a la tarde.

Se los veía a todos alegres, vitales, conversando animadamente de temas de adulto que yo desconocía.

Muchos eran obreros de los rubros más diversos, que hablaban entre ellos en voz alta sobre las contingencias del día.
Eran oleadas humanas, que subían y bajaban de los vagones apurando el paso, a un ritmo que parecía acordado de antemano.
La gran ciudad activaba todo el tiempo ese hervidero de gente. Día y noche, como me había explicado papá.

Después de varios meses pude identificar la ocupación laboral de muchos de ellos.

Constaté que viajaban muchos empleados de Ferrocarriles Argentinos, vendedores ambulantes que buscaban comercializar productos elaborados en sus casas, obreros de la construcción y trabajadores del cuero.
También lo hacían personajes de los más diversos, que nunca pude identificarlos en su rol laboral.

En la zona se producían distintas marcas de cervezas de calidad, con procedimientos artesanales.
Herramientas y maquinaria agrícola, eran otros rubros importantes.

Se habían instalado empresas productoras de alimento balanceado para perros y gatos.
Resultaba una novedad para mí, habituada a escuchar que esos “bichos” comían achuras o bofe, de muy bajo costo en las carnicerías.
Muchos comerciantes ni las cobraban, ya que eran un obsequio para sus clientes habituales.

La fábrica de campanas de bronce y cristales “San Carlos” creaba piezas de una belleza exquisita.
Tengo algunas con esos detalles de delicadeza manuales, que le dieron una fuerte personalidad a la marca, durante mucho tiempo.

Buenos Aires, Rosario, Córdoba y otras ciudades importantes, demandaban la producción agropecuaria de la zona, en forma creciente.
El buen sabor de la leche y los productos lácteos de los gringos de Rafaela y Esperanza, por buen pasto en sus campos, comenzaba a imponerse.

¿Qué pasó con mis estudios?

Las clases, por una novedad poco agradable para el país, terminaron ese año unos meses antes de lo que correspondía.
En septiembre de 1955 la llamada Revolución Libertadora derrocó al presidente Juan Domingo Perón.
Por todo el caos que eso generó anticiparon el cierre del año lectivo.

El Tres de Artillería del Ejército tenía asiento al final de la avenida en la que yo vivía, en la ciudad de Santa Fe.
Durante muchos días pude ver tanques y camiones desplazándose.
Parecía el comienzo de una película de guerra, ya que soldados armados y con ropa de combate subían y bajaban de los grandes vehículos.

Algunos hombres que visitaban a mi padre aseguraban, hablando en voz baja dentro de casa, que los “azules” y “colorados”, obedeciendo a distintos mandos, se movilizaban en dirección a Buenos Aires.
Por eso tantas idas y venidas.

Me eximí si, pero con un cuatro, sin que me sobrara nada. En realidad el conflicto social era tan grande que eximieron a todos con un modesto cuatro, sin tomar exámenes…

III- Ella quería ser maestra…

Vivir en la ciudad de Santa Fe, para Amanda, era sinónimo de alegría.
Con su madre y padre siempre presentes se sentía muy a gusto, observando a la gente que paseaba por la gran avenida, enfrente de su casa.
Autos en todas direcciones y grupos de personas en las que se notaba una diversidad cultural creciente, acaparaban su atención.
Tenían un efecto hipnótico y la acercaban a un mundo desconocido, que desataba toda  su fantasía.

La niñez transcurrió, para ella, plena, explorando su entorno y dando rienda suelta a todo lo que se le ocurría, sin guardar demasiado las formalidades.
Esa secuencia de días felices y de descubrir, de a poco, lo que la rodeaba en la gran ciudad, continuó durante su adolescencia.

Ir cada vez más lejos, arremeter contra lo preestablecido a medida que crecía, la predispuso a buscar nuevos horizontes.
Los conflictos del mundo no llegaban a ella. Quizás lo mejor era salir a buscarlos; conocer qué hay más allá.

Tenía a su disposición un caballo de polo- prestado, claro- y jugaba con los gitanos que cada tanto, aparecían y se instalaban con sus grandes carpas en los baldíos cercanos.
Su vivienda estaba ubicada a menos de diez cuadras de la casa de Carlos Reutemann, quien fue después un célebre corredor de Fórmula Uno y mucho más acá en el tiempo, Gobernador de la provincia.

La laguna Setúbal, también llamada Guadalupe, era parte de su vida. En línea recta, distaba unos quinientos metros de su domicilio.
Era el lugar de veraneo ciudadano, ya que sus costas se extendían en una agradable playa, que desbordaba de gente los días de altas temperaturas.

El barrio Guadalupe, en donde había crecido, se había popularizado por la identificación de ese sector de la ciudad con “La Basílica”, un templo católico que contenía la devoción por la Virgen, de Guadalupe, claro.
Muchos de sus vecinos se referían a ese barrio llamándolo Italia Chica, ya que estaba habitado por muchas familias de esa nacionalidad.
Hablaban en un idioma mitad español y mitad italiano, en voz alta y con gestos ampulosos.
Los “tanos” Dalla Valery, Gorgolino, Ferraro, Dalla Fontana, Basso, Ferrari y tantos otros dialogaban en las esquinas, remarcando sus argumentos con gestos declamatorios, como si fueran oradores.

En plena adolescencia, Amanda sostuvo una posición firme en sus decisiones.
Cuando su padre les hizo saber a ella y a su hermana que “iban a estudiar música”, levantó su mano derecha y le comunicó que no iba a hacerlo.

-Papá, si vos querés gastar plata en eso podés hacerlo. Pero yo no voy a estudiar música.

Su hermana “Pintu” contrastaba con esa personalidad. Era ordenada, cuidadosa, prolija y más cerebral.
Entre paréntesis, fue un contrapeso que la ayudó a crecer y a ir observando la vida con espíritu crítico, más allá de lo confortable del seno familiar.

El mandato paterno fue que ambas debían ser maestras. Un ideal que compartían muchos grupos familiares del país. A mediados del siglo veinte eso significaba asumir un rol social muy comprometido.
Comenzaron el colegio y no tuvieron mayores complicaciones.
Salvo el año en que Amanda fue “confinada” a una escuela de Laguna Paiva.
Después, las dos, se hicieron buenas amigas de los libros y de la responsabilidad que habían asumido.

En el último año de estudios la exigencia pedagógica las obligó a dar clases durante la tarde, para ser calificadas de manera óptima.
Amanda tenía un par de guardapolvos que nunca sostenían una línea de pulcritud como los tres de su hermana.
Dramatizó un pedido -a su hermana- para no sufrir un revés en el último tramo de su capacitación docente, pensando en el riesgo de dar una imagen desordenada ante quienes debían rubricar las notas finales.

-Voy a llevar este guardapolvo.
-¡Pero este es mío!
-¿Qué? ¿Querés que me saque un uno en presentación? ¿Eso querés?
-N-no. Eso no…

Amada soñaba con ser maestra.
Se sentía comprometida con ese rol mucho antes de recibirse y estaba decidida a asumir su responsabilidad como docente, le tocara el destino que le tocara.

El día tan esperado, con el mismo vestido de recepción del título, se fue a celebrar el logro.
Como era de estilo, hace cincuenta años, el vestido, de organza blanco, transparente, se usaba con combinación de satén y enagua.
El recorrido de su festejo lo hizo en un “Ford T” flamante, manejado por una amiga de la adolescencia, “la gringa” Edith.

Después de un accidente en medio de la calle, con la lamentable pérdida de alguna prenda, pero sin consecuencias físicas, subieron las dos al automóvil.
El hecho inusual provocó los vítores de los paseantes y bocinazos de los vehículos que, al anochecer del sábado, circulaban en gran número por ese sector de la ciudad.
Llegaron a las instalaciones del Club Unión de Santa Fe, con la decisión inquebrantable de divertirse hasta bien tarde.

Actuaron ese día Los Cinco Latinos, un célebre conjunto de música romántica, y después, Juan D´Arienzo y su gran orquesta.

Amanda recordaría, con el transcurrir de los años, que los músicos de D´Arienzo llenaban todo el escenario.
“Eran como cien y tocaban todo tipo de instrumentos”- diría después, cada vez que tuvo que referirse a ese momento.
Le impactó para siempre el ritmo que “el maestro” le imponía a sus interpretaciones.

IV- No se puede desperdiciar ni una gota

Amanda ejercitó durante un par de horas su primer cargo como maestra en Pozo Borrado, al norte de la provincia de Santa Fe, en el año 1959.
Su vocación como docente era muy firme.
Estaba en el centro de su vida y por eso aceptó el desafío inicial muy convencida.
El asombro fue grande cuando se encontró con un vagón de pasajeros convertido en  escuela.
Cierta idea que tenía sobre las bondades del sistema educativo comenzaron en ese momento a resquebrajarse.
Así que volvió a la ciudad de Santa Fe ese mismo día.
Solicitó otro destino argumentando que era imposible dar clases en condiciones tan precarias.

El nuevo destino fue la escuela primaria Nº 120 que estaba sobre la estación Colmena a unos cincuenta kilómetros al norte de Vera y a trescientos cincuenta de la ciudad de Santa Fe.
Muy distante quedó la casa paterna, que la había cobijado y protegido hasta ese momento de un mundo inhóspito pero siempre lejano.

El director del modesto establecimiento se llamaba “Lalo” Romero.
A poco de estar en el lugar se enteró que el hombre era también de Santa Fe y se había casado con “Tití”, una chica de Villa Guillermina con la que tenía dos hijos.
Su modo de vida era sencillo.
Parecía haberse adaptado con naturalidad al ambiente circundante.

Amanda constató que ella era la sexta de las maestras de Colmena.
Lefki Panoyoti, una chica de origen griego, pronto se convirtió en confidente y amiga. Dos jóvenes turcas de apellido Sarquís y dos descendientes de italianos, de apellido Copello, completaban el cuerpo docente.

La joven maestra se había considerado siempre una correntina de casualidad y una santafesina de veras. Lo repetía a menudo.
A los 18 años salió al mundo y se encontró con una realidad social que ignoraba hasta entonces.
Sabía que sus interlocutores serían grupos humanos que estaban en el borde de la exclusión, ya que se habían acostumbrado a vivir en la extrema necesidad.
“Sus hijos necesitan que se les brinde una oportunidad y eso solo puede brindarlo una maestra”, se decía.

El poblado que abarcaba la escuela no tenía calles.
Era muy pequeño y resultaba desolador en una primera mirada.
Resultado evidente del producto de un trabajo programado de limpieza del bosque, en donde después se implantaron la escuela y unas pocas casas.

Colmena estaba rodeado por el Impenetrable chaqueño.
Casi todos los alumnos provenían de un amplio sector del bosque circundante.

Amanda comprobó que estaba al borde de la civilización ya que había una escasa relación con las otras localidades cercanas.
Faltaban vías de comunicación y medios de transporte de todo tipo.

A pesar del ambiente humano y natural inhóspito se juró y perjuró que no iba a volver a la comodidad de la casa familiar.

El calor era sofocante en ese clima ecuatorial sin invierno.
La transpiración empapaba la frente, las camisas, la espalda, todo…
No había escapatoria posible.

Innumerables insectos y moscas convivían con ellos todo el tiempo, durante todos los días de la semana.
También sufrió hasta el hartazgo a una especie de mosquitos diminutos que los habitantes de Colmena llamaban “polvorines”.
Invadían todos los rincones de las viviendas. Casi no se los podía ver y se metían por todos lados, hasta debajo de la ropa interior.

Grandes arañas comenzaron a ser parte del “paisaje cotidiano” de Amanda.
Eran de aspecto temible, no las pequeñas que alguna vez había descubierto circunstancialmente tras un mueble, en donde el polvo se había acumulado.
Las “pollito” podían aparecer, desde cualquier rincón, con su tranco cansino y prepotente, que atemorizaba a personas de cualquier edad.

Algunas víboras de vistosos colores completaban la danza de una naturaleza, que hasta ese momento solo había mostrado ante ella algunas particularidades, y ahora de manifestaba abiertamente.
Las veía desplazarse por el patio o en cualquier recodo de una picada o sendero, con mucha suficiencia.
La picadura de una temible yarará, en cualquier momento, obligaba a recurrir urgente al suero para evitar una muerte segura.

En los primeros meses Amanda observaba entre atónita y asustada la familiaridad preexistente entre sus alumnos y alumnas con las víboras que aparecían por cualquier lado.
“Si los pican hay siempre suero, por suerte”, se decía.
Era una especie de escudo mental, imaginando todo el tiempo que podía enfrentarse con lo peor.

El mandato interno de todos los habitantes de la comarca era subsistir con lo poco que tenían. Ambientarse a un acontecer diario inmodificable, postergando todos los sueños, e ir cubriendo las necesidades de alimentación y cobijo de manera muy precaria.

Amanda no vislumbraba ahí un esbozo de futuro.
Otro impacto de la carencia de medios la conmovió, obligándola a disciplinarse en algo que nunca hubiera imaginado.
El primer mandamiento en Colmena era que no se tiraba ni una gota de agua.
Su aprovechamiento máximo era el punto de partida de la supervivencia.
Tuvo que habituarse al ahorro extremo ya que si no llovía era un drama resolver las tareas cotidianas en la escuela.
El sol calcinante llevaba al agobio cada día transcurrido.
La poca agua disponible era utilizada con extremo cuidado.

En un recipiente de forma rectangular se “cosechaba” el agua de la lluvia como si se tratara de oro.

A poco de ser utilizada adquiría un tono rojizo, ya que se la usaba extrayendo medidas mínimas con un jarro y con mucho cuidado.
Esa manipulación incorporaba a la modesta fuente expuesta la tierra, siempre flotando en el ambiente.

Uno de los acontecimientos mas esperados por sus nuevos vecinos era la llegaba del tren aguatero al pueblo.
-Viene cada tanto- le habían informado durante la primera semana.

El transporte ferroviario descargaba el líquido del vagón tanque con una gran manguera en un aljibe decorado con distintas filigranas de hierro, incluyendo una antigua rondana con dibujos en sobre relieve.

Los pobladores aseguraban que el pozo medía unos quince metros de profundidad y había sido cavado muchos años atrás.

El tren llevaba el agua a otras estaciones vecinas con el mismo procedimiento.
Un ruego generalizado en el poblado era “ojalá no se retrase esta semana”.

La gente del campo hacía lo que llamaban “tazamares” en el suelo, ante una precipitación pluvial que se anunciaba como inminente.
Implantaba en la tierra el amplio recipiente.
A las pocas horas de caída la lluvia el agua era marrón, ya que el viento hacía volar la tierra sobre ella todo el tiempo.
Pero nadie se quejaba. Solo le interesaba aprovechar al máximo el vital líquido que había juntado.

No existía un baño con bañera, inodoro y descarga como Amanda conocía.
Solo un precario retrete como corolario de un primitivo modo de vida.

El año 1959 fue centrarse en intentar formar a los chicos y resistir.
Hacerse cada vez más fuerte en sus convicciones.

“Nunca volveré vencida a la casita de mis viejos. Eso jamás”, se decía.

Pasaban los meses y no visualizaba un progreso concreto en su trabajo como docente.

“No tengo que permitir que me sepulte aquí este ambiente”, se repetía.

Para ganar algunos pesos más e insertarse en la vida de la nueva comunidad comenzó a trabajar como empleada del comercio de un contratista de La Forestal Argentina, subsidiaria de La Forestal de Inglaterra.
Su apellido era Burali, un hombre mayor de la ciudad de Santa Fe, que comercializaba mercaderías de todo tipo en la zona.
Parecía ser el dueño de la carne y de todo lo que se consumía allí.
Tenía auto, camión y una heladera; un bien muy preciado para sobrellevar el calor agobiante del norte santafesino.

La proveeduría para los obrajeros y sus familias la conformaba un rancho alargado, de cumbrera alta y techo a dos aguas con grandes estantes y un pasillo en el medio. Sardina, aceite, vinagre, caña, fideos moño o cabellos de ángel, azúcar, grapa y muchas otras mercaderías se alineaban en las grandes estructuras de madera que las exponían abiertamente.

Amanda atendía a la gente y llevaba un minucioso registro contable de las operaciones de venta.

Su patrón tenía una casa muy confortable y sobre todo fresca.
Era tratada con mucha cortesía, tanto por el hombre como por la mujer, así que pasaba muchas horas de descanso con ellos.

Notó con el correr de los meses que la cultura originaria del toba o mataco seguía siendo una especie de refugio de los habitantes del lugar.
Un escudo de defensa.
No podía desarrollar diálogos fluidos con ellos ya que seguían sumergidos en su mundo interno. Eran muy parcos.
Algunos que vivían más al este, en dirección del río Paraná, hablaban guaraní; un idioma que no le era desconocido ya que su padre cada tanto dialogaba con entrerrianos o correntinos y ella entendía palabras sueltas o frases.
Aprendió que en el uso popular se le decía “mencho” al peón de campo y por extensión a todo aquel que tuviera rasgos similares.
Pelo lacio, negro y aspecto recio.

Se asombró y hasta sufrió todo lo lamentable que acontecía en un día de “yerra”.

Vió como se marcaban los animales y como los hombres endurecidos en los obrajes en el Impenetrable en su día libre bebían hasta el desborde caña o grapa, dos  bebidas muy fuertes.
Descubrió allí el desamparo, la rusticidad y la ceguera, que el alcohol y el trabajo brutal en el monte, provocaban.

Su relación con el matrimonio Burali le significó contar con una casa cómoda y fresca y acceder a esa obra maravillosa del Señor llamada heladera.
Pudo así soportar sin pena el día a día en la escuela bajo el sol abrasador. Le resultó  agotador el trabajo de buscar métodos para motivar a muchos alumnos que no tenían respuesta mental a su dedicación como docente.

Con el correr de los meses “adoptó” a los Burali como abuelos postizos.
Era una buena forma de resistir en un ambiente difícil y evitar que el pesimismo la acorrale y la derrumbe.

V- Cuatro extraños visitantes

El censo de 1960 nos convocó a todas las maestras y al director de la escuela.

Había que llevar adelante las tareas de actualización de registros poblacionales en todo el país, según lo establecía una ley.

Se nos asignó a cada una un radio específico, en el que teníamos que anotar a todos los integrantes de las familias que habitaban el lugar.
La primera idea que me hice, después de una corta reunión informativa, era que debía recorrer senderos en medio del bosque. Eso que me llenaba de dudas.
Era un territorio desconocido para mí.

Implicaba toda una experiencia de vida ya que debía establecer un diálogo directo con personas que, después de un año de vivir en el mismo territorio, casi ni había visto.

-¿Dónde me toca entonces?- pregunté.

Traté de mostrarme resuelta pero en mi interior tenía mucho miedo. Andar en el monte chaqueño sola, era algo que nunca había imaginado posible en mi corta vida.

“Puede pasarme cualquier cosa”, pensaba. Se trataba de una especie de gran aventura, para la que no me sentía preparada.

En el croquis que me entregaron constaba que debía recorrer un espacio demarcado en un sector pegado a la ruta a Santa Fe.

-¡Es muy lejos!

Nunca me contuve si tenía que protestar y esta era una inmejorable ocasión para hacerlo. No podía quedar a la buena de Dios. Tenía que protegerme de alguna manera.
Logré ser escuchada sobre lo complicado que era andar a pié por esos caminos.
Tuve un poco de suerte ya que me consiguieron un sulky casi enseguida.

Logrado el transporte, redoblé la apuesta.

-No puedo ir allá sola. Es peligroso ¿Me podrá acompañar la policía?

Mi razonable petición tuvo eco y las autoridades responsables del censo me asignaron un agente.
Además de un discreto custodio personal terminó siendo un buen guía. Conocía a muchas personas y sus datos filiatorios.

Al principio estaba atemorizada, ya que desconfiaba hasta del uniformado.
Muchos tramos del recorrido los hicimos los dos solos, alejados de toda presencia humana. Largos silencios fueron una constante.
Pero el hombre se portó muy bien.
Era respetuoso y colaboró con amabilidad en todo.

En el terreno concreto de mi tarea; me encontré con un cuadro más dramático del que suponía al principio de la recorrida.

Durante ese largo día comprobé la pobreza extrema y las limitaciones intelectuales de aquel que nada tenía y contaba solo con sus brazos, convertidos en herramienta de supervivencia.
Descubrí esclavos del hacha y del monte…

Muchas de las personas con las que mantuve diálogos escuetos parecían ajenas a todo.
No vislumbré en ellos esa pasión por la vida, ese impulso por forjar su futuro.
Los encontré como apagados y sin interés por lo que pasaba a su alrededor.

Recuerdo una expresión que se usaba en aquellos tiempos para definir esa situación social. Ese estar prácticamente al margen de todo.
Quedó grabado en mi memoria.

-Son pobres, pero pobres de solemnidad.

En fin. Nada podía modificar yo, solo sentirme parte de sus desdichas por un corto tiempo.
El censo duró el día completo. Fue agotador.

En el intenso trajín de esa jornada, observé la forma en que algunas familias criaban chanchos y gallinas en sencillos cobijos adosados a la vivienda.
La gran mayoría vivía sin muebles y muchos, no utilizaban calzado.

En la escuela había notado lo mismo.
Nueve de cada diez chicos vivían descalzos.
Los alumnos de la escuela eran unos sesenta en total. Solo cinco o seis iban con zapatillas.
La sospecha inicial que después fue una duda, tuvo la comprobación.
Muy pocos habitantes de Colmena contaban con algo más que lo elemental para la supervivencia.
Ahora tenía la certeza de haberlo verificado. Lo que era inquietante.
Había pocos privilegiados en El Impenetrable.

Puedo nombrar a algunos. Recuerdo a un hombre de apellido Navarro, que era contratista de empresa La Forestal.
Vivía en el paraje El Alonso, a unos diez kilómetros de la estación, y sus dos hijas iban a la escuela.
Concurrían a clase en sulky con pulcros vestidos muy bien planchados, coquetos zapatos y portando una sombrilla para defenderse del sol abrasador.

Los chicos en Colmena tenían rasgos de diversos cruces de sangre.
Rostros de descendientes de europeos con diversos tonos de piel y colores de pelo.
No eran muchos los tobas o matacos puros.

Buena parte de ellos habían superado la parsimonia de sus padres y abuelos y se los veía despiertos y atentos.
Yo lamentaba mucho que muy pocos podrían seguir estudiando.
Su destino casi seguro era el obraje.
Era una aprehensión permanente percibir que no había esperanza ni mayores posibilidades de progreso para ellos allí.

Los más grandes, de 16 o 17 años, cazaban martinetas. Y “uazunchos”, un ciervo chiquito como el pudú cordillerano.
Creo que ese nombre raro, para mí, era un término originario de la lengua toba.
Tanto los ciervitos como las aves iban a parar al horno de la cocina económica con la que contaba, aderezados con sal y ajo.
Las dos eran carnes muy sabrosas.

El censo pasó, sin pena ni gloria, y la vida continuó con la monocorde cadencia de siempre.

No había novedades relevantes en el pequeño poblado pegado a la estación.
Cada semana se parecía demasiado a la anterior.

Hasta que cierto día llegó un automóvil con cuatro personas.

Resultaba extraña esa presencia grupal.
Aunque era positivo ver otra gente, después de tanto tiempo.

Por la forma de vestir y conducirse me di cuenta que eran autoridades gubernamentales.
Me lo confirmó “Lalo” Romero en voz baja, casi de inmediato, cuando ingresaron a las aulas uno tras otro, observando a su alrededor.

Después de hablar distendidamente con los chicos y docentes, sobre como iban sus estudios y cuales eran sus deseos, el que parecía llevar la voz cantante participó del juego de ronda durante la tarde, provocando las risas de muchos chicos y chicas.

Recién a última hora me dijeron que se trataba de un tal Silvestre Begnis.

-¿Carlos Silvestre Begnis? ¡Entonces es el gobernador de la provincia!- les dije a las otras maestras.

Ellas no tenían muy en claro si lo que decía era verdad o si era una broma mía.

El aislamiento las había llevado a desconocer la información de actualidad o a desinteresarse por lo que tuviera algún grado de complejidad.

En mis casi dos años en la escuela de Colmena fue el único funcionario que vi.
Al parecer era una maestra instalada fuera del mundo.

VI- El tren que transportaba todos los pesares

El viento parecía exacerbarse los dos primeros días de cada noviembre.
Todos los santos y todos los muertos eran una presencia que invadía la conciencia.
Las calles se vaciaban y un latido inquietante se apoderaba del ambiente.

Rememorando ahora pienso que quizás fue una percepción capciosa de la realidad. Un capricho de la memoria.
Aunque justo es decirlo, en esos dos días de recogimiento cristiano, el clima se asociaba con naturalidad al recuerdo de las almas de los que ya no estaban.

Cincuenta años atrás, todo parecía confluir en el pesar por ese sufrimiento irremediable.

La música de las radios de todo el país era monocorde, de orquestas de cámara. Lo sacro progresaba durante el día en los sentidos hasta apropiarse de ellos, sedándolos.
Las voces de los locutores y lo festivo desaparecían del aire.
Había un acuerdo general no escrito para que fuera así.
No cabía la posibilidad de vivir esos dos días interminables de otra manera.

Los encuentros familiares se sostenían en un tono respetuoso producto de esa sensación tangible de acercamiento, a los que estaban fuera de este mundo.

El tren “El Chaqueño” que salía de Retiro y llegaba hasta Resistencia, cada primero de noviembre iba cargado, repleto de flores.
Era un gran destello multicolor que convocaba a todas las miradas, en todas las estaciones.

Los criollos que tenían muertos en la zona viajaban para recordarlos y visitar sus tumbas.

Ese respeto ancestral por los fallecidos y por “el más allá”, se evidenciaba en la dedicación puesta en las flores elegidas y en la diversidad de formas de ornamentación.
Como las opciones, los gustos de los deudos y las flores eran muchas, el colorido del tren era impresionante.
Tanto como el silencio que mantenían los viajeros.
La algarabía de todos los otros días del año, en las distintas estaciones, el primero de noviembre desaparecía.

Los ramos eran colocados en forma cuidadosa en baldes y tachos de agua para que duraran más.
Era un método probado que la mantenía lozanas y vitales durante el viaje y hasta ser depositados en la tumba de ese familiar que era sólo memoria.

Cuando llegaban los ramos para los muertos de Colmena la gente dejaba lo que estaba haciendo y se acercaba al tren.
Los viajeros bajaban en silencio sin apuro alguno, sosteniendo los recipientes con agua y flores, para después depositarlos con cuidado en el andén.

Por su parte muchos habitantes de Colmena cargaban las flores que habían comprado y viajaban más al norte, a otro pueblo, para cumplir con el ritual de dialogar un instante con la muerte.
Durante ese día tan particular, la locomotora conducía una formación de más de diez vagones.
Iba dejando y subiendo muchos pasajeros ensimismados en los novecientos kilómetros de recorrido.
Paraba en Colmena, Vera, Malabrigo…
En unas veinte estaciones subía y bajaba gente, que iba a visitar las almas de sus muertos queridos.

Pena, dolor y resignación eran tres serenos fantasmas que viajaban de incógnito en “el tren de las flores”.

VII- Sola, en un nuevo camino

Lo había hablado antes en distintas oportunidades con “la griega”.
Me sentía amargada y frustrada en ese ambiente distante de todo, que vislumbraba como inmodificable.

Después de pensarlo varios meses me decidí a buscar otro destino.
Quería enseñar en un lugar en donde existiera alguna posibilidad de vida plena.
Esbozar mi ideal cada día y tratar de cumplirlo, eso debía hacer.
No embrutecerme en medio del monte.

Ese nutrirme, enriquecerme en la relación con los demás, que había vivido con tanta intensidad en mi niñez y adolescencia, no se estaba dando en la escuela de Colmena.

“Imaginar un futuro a mi medida” fue el mandato que decidí llevar adelante.

En las conversaciones con mi amiga y con las otras maestras preguntaba y escuchaba atentamente las respuestas, para tener mas claro algunas alternativas posibles.
La inquietud de buscar nuevos horizontes también prendió en Lefki, “la griega”.

Pensaba en algún lugar indefinido bien al sur o en Tilcara, bien al norte. Alguna vez me había llamado la atención el paisaje del altiplano y cierto sesgo cultural que me atraía del noroeste y que me hubiera gustado indagar entonces.

También sonaba bien la palabra Patagonia por ese halo de misterio que tenía, aunque era toda una incógnita, ya que no imaginaba con que podía encontrarme.

¡Que buena oportunidad!
“Lalo” Romero sorpresivamente se “tomó un día franco”, yéndose a cazar al monte.
Sin pensarlo demasiado Lefki y yo entramos a la dirección, en un operativo tipo comando.
Utilizando sellos y papelería oficial redactamos notas a las Delegaciones Norte y Sur del Ministerio de Educación de la Nación.

Un hombre de apellido Zaina, responsable del área de la provincia de Río Negro contestó en forma inmediata.
La notificación expresaba la posibilidad de dos cargos: un director y un maestro. O directora y maestra si se quiere ver de otra manera.
Además ofreció en el escueto texto “200 kilogramos de equipaje pagos” a quienes decidieran su traslado.
Esto originó una pulseada por el “poder”, una amable disputa entre las dos. Ambas imaginábamos ser “la directora” de una escuela que estaba más allá del horizonte.

Impacientes y convencidas ante el futuro que parecía sonreírnos enviamos los telegramas solicitando los cargos, desde la estación de Colmena.
Al mismo tiempo comenzamos a preparar nuestros bártulos para una pronta partida.

Pero a mi aliada, compañera y amiga, “la griega” Lefki, se le murió el padre y tuvo que volverse a la localidad de Tostado al norte de Santa Fe, llamada de urgencia por su familia.

Tuve que iniciar sola un nuevo camino.

Que comenzó con el enojo de “Lalo” Romero, el director de la escuela.
Estaba muy molesto por lo sorpresivo de mi decisión.
La juzgaba intempestiva.
Pero no podía hacer otra cosa que aceptar lo que yo ya había decidido.

En Colmena el día 20 de noviembre de 1960 inicié un largo periplo de dos días en dirección a la lejana Patagonia con destino a un punto lejano, junto a una línea ferroviaria que llevaba a la Cordillera de los Andes, en la estación Cerro Mesa.
Con los años me parece haberlo vivido como una secuencia cinematográfica:
Un corto trayecto hasta Vera, desde allí a mi Santa Fe querida. Ruido de camiones, autos trenes, conversaciones lejanas en las que no participaba.
Después de una pequeña pausa, de solo un minuto para mirar en dirección de mi casa y respirar profundamente.
Debía continuar sin dudarlo a Buenos Aires, capital del país.
Me recibió el ruido de la estación Retiro, con un mundo de personas circulando en todas direcciones, vendedores ambulantes y pilas de equipajes en los andenes.

Después Constitución, desde donde debía enfilar hacía el sur.

VIII- Primera excursión por la Pampa Húmeda

El tren partió a eso de las seis de la tarde.
Un calor agobiante la había incomodado desde su llegada a la capital, de manera que el movimiento inicial suave del transporte fue un alivio. Una brisa de aire fresco le acarició el rostro.

La multitud que convocaba todo el tiempo la Estación Constitución por fin había quedado atrás.
Todos los ruidos del ir y venir de locomotoras y vagones se desvanecieron.

Durante las dos horas siguientes la joven maestra centró su mirada en las imágenes que se sucedían en las ventanillas del vagón, cada vez a mayor velocidad, como en un cinemascope.
Sus pensamientos también viajaban;  por  el cielo gris, a los edificios vecinos, a las grandes antenas de los televisores.

La formación salió de los escenarios de la gran ciudad mas poblados y los alambrados tendidos comenzaron a ser la fisonomía dominante del  paisaje.

Había observado, en un mapa, las próximas estaciones y recordaba solo dos, porque eran fechas importantes para el país: ”25 de mayo” y “9 de julio”.
En algunos corrales separados por tiras de alambre pastaban vacas y en otros caballos. Un intenso verde parecía tendido hasta el horizonte lejano y todavía indefinido.

Amanda trataba de retener en sus retinas detalles menores, jugando con la idea de recordar el lugar aproximado cuando volviera a su Santa Fe, a “visitar” a su familia.
Buscaba establecer mojones en su memoria.

Pasaban las horas y los campos sucesivos se parecían demasiado unos a otros y concluyó que todo lo que intentaba recordar con ese método se le desarmaba.
El sueño la rondaba.
Había que dormir ya que el viaje todavía no estaba ni en su mitad.

En la estación de Bahía Blanca vio la última gran concentración de personas.
Después, el tren se desplazó por una meseta en donde el verde comenzaba a perder intensidad y se intercalaba con grandes manchas de tono sepia.
Se veía poca gente caminando y cada tanto un auto o camión, en las rutas vecinales o cruces de vías.

Primero había sido la euforia para afirmarse en su decisión, a pesar de la jugada del destino que le había arrebatado a su compañera y amiga, “la griega” Lefky.
El proyecto común de ejercer como maestras  en otro punto de Argentina, madurado durante todo un año, dependía solo de ella ahora.

El largo silencio del viaje hacía el sur invitaba a la reflexión profunda.
Aparecía cierto agotamiento físico, después de varios días tensos.
”Mejor descanso, no quiero buscar argumentos para arrepentirme”, se dijo.

Amanda trataba de centrar todos sus sentidos en el vasto paisaje que se le ofrecía y no mostrarse ansiosa en las sucesivas paradas.

En las últimas horas había comprobado cuanto ganado vacuno había en Buenos Aires.
Toda la riqueza agropecuaria expuesta, como en los manuales en los que había estudiado, no hacía mucho. No recordaba la cantidad de “cabezas de ganado” con que contaba la Pampa Húmeda,  en sus registros históricos…

Se había recibido de maestra dos años atrás.
Ahora aquel momento tan gratificante le parecía distante, muy lejano en el tiempo.

Los extraños nombres Carmen de Patagones y Viedma, mencionados por el guarda, la sorprendieron   Se puso de pie a observar como cambiaba el entorno ambiental. También la gente se vestía diferente.
Respiró profundo.

La decisión que la llevaba muy lejos de la casa familiar no tenía retorno a esa altura.
Pensó en esos momentos que la vida tendría más sentido lejos, bien lejos de su casa.
Donde nadie la vigilara ni condicionara  su iniciativa.

-Argentina es un país de grandes espacios y libertad.

Para darse ánimo y afirmarse en sus convicciones repetía algún axioma elemental de su época de estudiante.

Ante un paisaje agreste desconocido y unas pocas casas bajas, cada tanto, renacían sus dudas.

-¿Estaré acertando?- se preguntó.

Miró inquieta a su compañera de viaje en el camarote.
No estaba segura si las dos últimas frases las había pensado o dicho en voz alta.

IX- Al sur, siempre al sur…

Las horas transcurrían y Amanda mantenía la mirada fija en algún punto indeterminado del paisaje.
El desierto parecía no tener fin y esa sensación de inseguridad ante lo extraño la seguía ganando.
No sabía como hacer para sacársela de encima.
Pensó entonces que debía distraerse orientando su mente a algo agradable.
El sonido monótono de los hierros contra los hierros, de las ruedas del vagón sobre las vías, comenzaba a sedarla.

”En cualquier momento me duermo”.

Cada tanto el traqueteo del tren la despejaba cada tanto y renovaba su inquietud. No lograba concentrarse lo suficiente para llegar a un sueño reparador.

”Parece que van a salirse las ruedas y va a volcar”.

Pensamientos dispersos la mantenían tensa e incómoda.

El guarda, un hombre mayor de rostro pálido y grandes bigotes recortados, anunció que en vagón comedor el almuerzo se serviría “en la próxima media hora”.

-¡Pueden hacer los pedidos!- vociferó.

Amanda tenía mucha hambre. No había probado bocado alguno en toda la mañana.
Solo unos pocos mates con agua tibia, muy temprano.
Evaluó la alternativa de un almuerzo contundente, durante un buen rato, pero después de pensarlo decidió no ir al comedor.
No quería que uno de esos movimientos convulsivos del tren la tomara caminando en un pasillo y la hiciera caer.
Y la aterrorizaba la idea de cruzar de un vagón a otro con el tren en movimiento.
La locomotora podía acelerar o tomar una curva cerrada, justo en ese momento.

Algunas preguntas que rebotaban en su mente la hicieron entrar en un sopor placentero y el embotamiento comenzó a ganarla hasta que la venció.
El calor en el rostro, en los pies y en las manos la acompañó por un buen rato. Eran sensaciones gratas.
El monocorde roce del hierro con el hierro adquirió cierto cadencia mu