Marzo 12, 2011 | Por neblina | # Enlace permanente
Patagonia. En un rincón de la Línea Sur rionegrina
Una joven maestra de Santa Fe se integra a la magia de una comunidad distante.
Durante 25 años vive apasionadamente sus tristezas y alegrías.
En su memoria privilegiada se reflejan: el alma del pueblo, ecos de la Argentina del presente y el latido del corazón inabarcable de La Trochita, el mítico tren a vapor que sigue desafiando a la historia.
PARTE PRIMERA.
I- Los obsequios son para los humildes
Ocurrió a dos cuadras de mi casa paterna.
La había escuchado muchas veces por radio en largos discursos y su mención en mi casa abría conversaciones y hasta discusiones intensas, que duraban un buen rato.
Siempre era ubicaba en hechos trascendentes.
Tenía mucho interés por verla ya que su imagen significaba mucho en mi pequeño mundo infantil.
Evita estaba siempre presente en las revistas y diarios y en todos los cuadernos de la escuela.
Me había acostumbrado a leer las noticias que la tenían de protagonista y, para mí, era más importante que todas las estrellas de cine.
Cuando supe que estaría tan cerca de casa pedí a mamá ir a verla. Lo hice en un tono moderado.
-Quiero conocerla- le dije.
Ella no opuso reparos ya que intuí también deseaba hacerlo.
-Si, vamos- dijo.
Apenas nos acercamos a las vías, me di cuenta en donde estaba.
Una multitud corría muy cerca de la formación y un gran murmullo comenzaba a instalarse en el ambiente.
Iba en el último vagón y cargaba algo entre sus brazos.
Cuando la locomotora se acercó un poco más, comprendí lo que estaba pasando.
Mientras el tren avanzaba a paso de hombre por la ciudad ella tiraba unos bultos pequeños, yendo hacía un lado y hacía el otro de las vías.
Después de una corta pausa, como para tomar aliento, repetía la operación.
Cuatro o cinco hombres parecían danzar a su alrededor mientras la ayudaban.
Le alcanzaban los paquetes y evitaban con cortesía que la gente se subiera al tren.
En ese momento pensé que en el afán de abrazarla alguno, en su euforia, podía llegar a maltratarla.
Hombres y mujeres de todas las edades se disputaban los paquetes por un instante y quien no tenía suerte, de quedarse con uno, seguía la marcha del tren, intentándolo de nuevo.
El tren presidencial lo conformaban unos diez lujosos coches, terminados en madera lustrada trabajada en forma artesanal.
Avanzaba sin hacer mucho ruido mientras la gente abría los obsequios en el suelo, con cierto frenesí y muy emocionada.
Medias blancas largas, camisetas de frisa también blancas, y unos pantalones de algodón de color azul que usaban los trabajadores de la época, quedaron expuestos ante mis ojos, mirara donde mirara.
Era una tarde soleada, así que hice visera con mi manito derecha para no perderme ningún detalle de lo que estaba pasando arriba de las vías.
Cuando el tren pasó enfrente de mí, la tuve a unos pocos metros de distancia.
Como todo el mundo, yo estaba asombrada por verla de tan cerca, en medio de una ebullición de personas.
Algunas de ellas le hablaban agradeciéndole y otras, con lágrimas en los ojos, intentaban trasladarle a viva voz sus penurias.
Fueron solo un par de minutos.
La multitud se alejó siguiendo el último vagón con Evita que seguía arrojando paquetes.
Supuse en ese momento que toda esa gente se habían enterado de su presencia por “El Litoral”, el diario más popular de entonces.
Un señor que nos visitaba bastante seguido y que hablaba con mis padres de las cualidades de Eva Perón de manera recurrente me recomendó ese día, antes de salir de casa, que no debía tomar los paquetes, que “eso quedaba mal”.
- Los regalos de Evita son para los mas humildes- me había dicho.
Comprendí entonces el significado de aquel mensaje que era, hasta mi llegada al borde de las vías, un enigma.
Mientras los obsequios llovían sobre la gente, un impulso me empujaba a ir y participar del “juego de la captura”.
Quería abrir uno de esos paquetes que Eva Perón esgrimía un instante en el aire antes de arrojarlos a la multitud.
Pero fue imposible. Mi mamá en ningún momento soltó mi mano.
La sujetó con mucha firmeza. Supongo que por su instinto de madre cuidadosa y protectora, y también, para evitar algún desborde de mí parte, en medio del gentío.
La sensación de haber vivido algo grande ese día tuvo un dejo de frustración, ya que no pude abalanzarme y rasgar de un tirón un envoltorio bendecido por Evita, como lo hacían los otros chicos.
Traté de grabar esa imagen deslumbrante y tan fugaz con ella delante de mis ojos, relacionándola a otras de ese día.
La abanderada de los humildes, ropa de trabajo, mi casa cercana, la ciudad de Santa Fe, el tren presidencial, una multitud emocionada, el sol abrasador…
La observé concentrada. Era muy difícil que ese milagro se repitiera.
Su figura era impecable. Lucía un vestido de tela color cruda natural, de lunares verdes grandes.
Tenía atado su pelo con un pañuelo de la tela a lunares.
Hasta registré en mi memoria que sus zapatos sin talón “a la moda” estaban también forrados con la misma tela.
Me llamó la atención su palidez y fragilidad.
Recuerdo siempre sus manos delgadas y sus largos dedos, mientras lanzaba un bulto y otro y otro.
Con los años asocié ese momento, que se convirtió en imborrable, al desconsuelo de un hombre hecho y derecho un par de años después.
A la emoción profunda de un granadero con toda su apostura varonil, al que le corrían las lágrimas, mientras hablaba Evita.
Se mantenía en posición firme, pero mientras la voz de ella remarcaba tramos de su mensaje, las gotas de su llanto silencioso goteaban sobre su uniforme.
Me parece que fue en su último discurso.
Un rumor extendido de aquella época fue que Perón y Evita estuvieron en la Basílica de Guadalupe, cerca de mi casa, compartiendo una misa celebrada allí.
Si no fue en esa oportunidad tiene que haber sido en una fecha cercana.
En esa misma iglesia se casaron muchos años después Violeta Rivas y Néstor Fabián, dos cantantes muy populares en todo el país.
II- Una multitud yendo y viniendo en los andenes.
Es como si estuviera viendo a mi padre.
Su pelo corto y enrulado siempre muy prolijo.
Otra imagen recurrente que aparece con él, es mi madre atenta a todo lo relacionado con su aspecto personal.
Papá era de mediana estatura y tenía algunos kilos de más. Se podría decir que era gordito.
Usaba unos anteojos sencillos, muy formales.
Imagino que era por su trabajo en una oficina. Por estar siempre sumergido entre los papeles.
Cargaba siempre un portafolio oscuro, que parecía ser una extensión de su brazo derecho.
Recuerdo con claridad sus pantalones muy pulcros, de hilo.
Sus zapatos estaban bien lustrados en todo momento. No tenían cordones y eran elastizados, de esos que obligaban a utilizar un calzador.
Lo veo con su saco de gamuza de color natural, enfrente del espejo, un minuto antes de salir a la calle.
Tres pelotitas muy particulares, revestidas con gamuza, eran los botones de su abrigo.
Papá tenía un diente de oro, ese sello de identificación de “persona pudiente” de la época.
Y muchos trajes. De color oscuro en invierno y claros en verano. Blancos cuando hacía mucho calor.
Estaban siempre impecables, ya que a mamá no se le escapaba ningún detalle.
Mi padre usaba camisas de cuello duro, de un color blanco vibrante como la nieve.
Toda su ropa de vestir iba a la tintorería, sin ningún trámite intermedio.
El tintorero la entregaba de nuevo, en muy corto tiempo, muy limpia y planchada.
Pocos aportes hice para contribuir a la imagen impecable de papá.
Una vez que fui a buscar sus pantalones y distraída como era cuando jovencita, traje otros que no eran…
Alguien se equivocó o yo me equivoqué. Eran muchos mas largos que los de papá.
Él no entendía nada y yo quería que me tragara la tierra.
¿Por qué me acuerdo de todo esto? Le diré…
Durante un año de mi adolescencia tuve una intensa relación con papá.
Pude verlo desde otra perspectiva.
Hasta ese momento era una presencia dominante y con plena autoridad, que nos protegía de los avatares del mundo facilitándonos todo.
Delegaba decisiones en mamá, que las ejercía con mucha firmeza.
No tenía ni idea de lo que pasaba con él cuando salía a la calle.
Tampoco me importaba ya que mi única preocupación era divertirme todo el tiempo que estaba en casa.
Ese año ocurrió algo, no diría inesperado, que obligó a un cambio drástico en mi cómoda rutina.
Yo iba a un colegio de monjas y el mandato familiar era no repetir nunca un año. Sufrirlo podía equipararse a un pecado de cierto peso, no de los veniales.
Repetí segundo año, horrorizando a mis mayores.
Se tomaron los dos la cabeza ya que no lo podían creer.
Decidieron al poco tiempo cambiar mi ámbito educativo.
Era una decisión que no estaba en condiciones de objetar.
Así que me entregué de pies y manos al destino.
Tuve que ir y venir a un nuevo colegio, fuera de la ciudad de Santa Fe, bajo la atenta mirada de mi padre.
Era una forma de aplicar el correctivo pertinente, sin la brutalidad de un coscorrón y el método elegido por la familia para reencauzar a la oveja descarriada.
Durante el año 1955 esta inquieta adolescente que quería ser maestra tuvo que levantarse a las cinco de la mañana.
Los primeros días medio dormida caminaba junto a papá hasta la estación.
Los ojos se me cerraban por el camino y un gran bostezo dificultaba mi andar.
A las seis en punto, bien de madrugada, tomaba el tren que me llevaba a Laguna Paiva.
Mi padre era procurador en ese pueblo; por eso viajaba siempre con él.
A la tarde también volvía bajo su ala protectora y sentía sobre mí su mirada inquisitiva.
En esa época en la ciudad de Santa Fe se concentraba un flujo económico muy importante.
Su gran estructura ferroviaria permitía el desplazamiento de miles de personas, hacía el norte y hacía el sur, y el transporte de cargas de todo tipo, en un amplio sector del noreste del país.
Estudié ese año en el Colegio Nacional de Laguna Paiva, cuarenta kilómetros al norte de mi Santa Fe querida.
En esa localidad estaban los galpones y talleres más grandes del antiguo Ferrocarril General Belgrano, que había nacionalizado el presidente Juan Domingo Perón en 1947.
Pertenecían, en el año de mis excursiones diarias a Laguna Paiva, a Ferrocarriles Argentinos.
Los paivenses tenían una cultura típicamente ferroviaria ya que su origen como comunidad, a partir del año mil novecientos diez más o menos se dio a partir del tendido de un ramal, extendido después más al norte, hasta Resistencia capital de Chaco.
Hasta ese momento yo registraba candorosamente solo lo que ocurría en mi barrio.
A partir de esas madrugadas abrumadoras, ante mis ojos comenzó a desfilar otra gente que iba en todas direcciones
Comencé a ir a la estación cuando era de noche, cada día, de lunes a viernes.
Y así semana a semana.
Hasta que se hizo natural y no me pesó más levantarme temprano.
Hombres y mujeres se movilizaban a la mañana.
Veía dos, cuatro, diez; al salir de casa.
Al poco rato, cuando llegaba al andén, eran una multitud.
Cada vez que partía de Santa Fe y cuando volvía del norte me cruzaba con un mundo nuevo de personas.
Papá me explicaba algunas cosas, no muchas. Las que podían ayudarme en el trajinar diario.
Percibió mi asombro por cruzarme con tantas personas apuradas, de mañana y de tarde.
Me aclaró que cumplían turnos de día y de noche, en las fábricas de los alrededores, y que el recambio era más o menos a la hora de nuestro viaje, a la mañana y a la tarde.
Se los veía a todos alegres, vitales, conversando animadamente de temas de adulto que yo desconocía.
Muchos eran obreros de los rubros más diversos, que hablaban entre ellos en voz alta sobre las contingencias del día.
Eran oleadas humanas, que subían y bajaban de los vagones apurando el paso, a un ritmo que parecía acordado de antemano.
La gran ciudad activaba todo el tiempo ese hervidero de gente. Día y noche, como me había explicado papá.
Después de varios meses pude identificar la ocupación laboral de muchos de ellos.
Constaté que viajaban muchos empleados de Ferrocarriles Argentinos, vendedores ambulantes que buscaban comercializar productos elaborados en sus casas, obreros de la construcción y trabajadores del cuero.
También lo hacían personajes de los más diversos, que nunca pude identificarlos en su rol laboral.
En la zona se producían distintas marcas de cervezas de calidad, con procedimientos artesanales.
Herramientas y maquinaria agrícola, eran otros rubros importantes.
Se habían instalado empresas productoras de alimento balanceado para perros y gatos.
Resultaba una novedad para mí, habituada a escuchar que esos “bichos” comían achuras o bofe, de muy bajo costo en las carnicerías.
Muchos comerciantes ni las cobraban, ya que eran un obsequio para sus clientes habituales.
La fábrica de campanas de bronce y cristales “San Carlos” creaba piezas de una belleza exquisita.
Tengo algunas con esos detalles de delicadeza manuales, que le dieron una fuerte personalidad a la marca, durante mucho tiempo.
Buenos Aires, Rosario, Córdoba y otras ciudades importantes, demandaban la producción agropecuaria de la zona, en forma creciente.
El buen sabor de la leche y los productos lácteos de los gringos de Rafaela y Esperanza, por buen pasto en sus campos, comenzaba a imponerse.
¿Qué pasó con mis estudios?
Las clases, por una novedad poco agradable para el país, terminaron ese año unos meses antes de lo que correspondía.
En septiembre de 1955 la llamada Revolución Libertadora derrocó al presidente Juan Domingo Perón.
Por todo el caos que eso generó anticiparon el cierre del año lectivo.
El Tres de Artillería del Ejército tenía asiento al final de la avenida en la que yo vivía, en la ciudad de Santa Fe.
Durante muchos días pude ver tanques y camiones desplazándose.
Parecía el comienzo de una película de guerra, ya que soldados armados y con ropa de combate subían y bajaban de los grandes vehículos.
Algunos hombres que visitaban a mi padre aseguraban, hablando en voz baja dentro de casa, que los “azules” y “colorados”, obedeciendo a distintos mandos, se movilizaban en dirección a Buenos Aires.
Por eso tantas idas y venidas.
Me eximí si, pero con un cuatro, sin que me sobrara nada. En realidad el conflicto social era tan grande que eximieron a todos con un modesto cuatro, sin tomar exámenes…
III- Ella quería ser maestra…
Vivir en la ciudad de Santa Fe, para Amanda, era sinónimo de alegría.
Con su madre y padre siempre presentes se sentía muy a gusto, observando a la gente que paseaba por la gran avenida, enfrente de su casa.
Autos en todas direcciones y grupos de personas en las que se notaba una diversidad cultural creciente, acaparaban su atención.
Tenían un efecto hipnótico y la acercaban a un mundo desconocido, que desataba toda su fantasía.
La niñez transcurrió, para ella, plena, explorando su entorno y dando rienda suelta a todo lo que se le ocurría, sin guardar demasiado las formalidades.
Esa secuencia de días felices y de descubrir, de a poco, lo que la rodeaba en la gran ciudad, continuó durante su adolescencia.
Ir cada vez más lejos, arremeter contra lo preestablecido a medida que crecía, la predispuso a buscar nuevos horizontes.
Los conflictos del mundo no llegaban a ella. Quizás lo mejor era salir a buscarlos; conocer qué hay más allá.
Tenía a su disposición un caballo de polo- prestado, claro- y jugaba con los gitanos que cada tanto, aparecían y se instalaban con sus grandes carpas en los baldíos cercanos.
Su vivienda estaba ubicada a menos de diez cuadras de la casa de Carlos Reutemann, quien fue después un célebre corredor de Fórmula Uno y mucho más acá en el tiempo, Gobernador de la provincia.
La laguna Setúbal, también llamada Guadalupe, era parte de su vida. En línea recta, distaba unos quinientos metros de su domicilio.
Era el lugar de veraneo ciudadano, ya que sus costas se extendían en una agradable playa, que desbordaba de gente los días de altas temperaturas.
El barrio Guadalupe, en donde había crecido, se había popularizado por la identificación de ese sector de la ciudad con “La Basílica”, un templo católico que contenía la devoción por la Virgen, de Guadalupe, claro.
Muchos de sus vecinos se referían a ese barrio llamándolo Italia Chica, ya que estaba habitado por muchas familias de esa nacionalidad.
Hablaban en un idioma mitad español y mitad italiano, en voz alta y con gestos ampulosos.
Los “tanos” Dalla Valery, Gorgolino, Ferraro, Dalla Fontana, Basso, Ferrari y tantos otros dialogaban en las esquinas, remarcando sus argumentos con gestos declamatorios, como si fueran oradores.
En plena adolescencia, Amanda sostuvo una posición firme en sus decisiones.
Cuando su padre les hizo saber a ella y a su hermana que “iban a estudiar música”, levantó su mano derecha y le comunicó que no iba a hacerlo.
-Papá, si vos querés gastar plata en eso podés hacerlo. Pero yo no voy a estudiar música.
Su hermana “Pintu” contrastaba con esa personalidad. Era ordenada, cuidadosa, prolija y más cerebral.
Entre paréntesis, fue un contrapeso que la ayudó a crecer y a ir observando la vida con espíritu crítico, más allá de lo confortable del seno familiar.
El mandato paterno fue que ambas debían ser maestras. Un ideal que compartían muchos grupos familiares del país. A mediados del siglo veinte eso significaba asumir un rol social muy comprometido.
Comenzaron el colegio y no tuvieron mayores complicaciones.
Salvo el año en que Amanda fue “confinada” a una escuela de Laguna Paiva.
Después, las dos, se hicieron buenas amigas de los libros y de la responsabilidad que habían asumido.
En el último año de estudios la exigencia pedagógica las obligó a dar clases durante la tarde, para ser calificadas de manera óptima.
Amanda tenía un par de guardapolvos que nunca sostenían una línea de pulcritud como los tres de su hermana.
Dramatizó un pedido -a su hermana- para no sufrir un revés en el último tramo de su capacitación docente, pensando en el riesgo de dar una imagen desordenada ante quienes debían rubricar las notas finales.
-Voy a llevar este guardapolvo.
-¡Pero este es mío!
-¿Qué? ¿Querés que me saque un uno en presentación? ¿Eso querés?
-N-no. Eso no…
Amada soñaba con ser maestra.
Se sentía comprometida con ese rol mucho antes de recibirse y estaba decidida a asumir su responsabilidad como docente, le tocara el destino que le tocara.
El día tan esperado, con el mismo vestido de recepción del título, se fue a celebrar el logro.
Como era de estilo, hace cincuenta años, el vestido, de organza blanco, transparente, se usaba con combinación de satén y enagua.
El recorrido de su festejo lo hizo en un “Ford T” flamante, manejado por una amiga de la adolescencia, “la gringa” Edith.
Después de un accidente en medio de la calle, con la lamentable pérdida de alguna prenda, pero sin consecuencias físicas, subieron las dos al automóvil.
El hecho inusual provocó los vítores de los paseantes y bocinazos de los vehículos que, al anochecer del sábado, circulaban en gran número por ese sector de la ciudad.
Llegaron a las instalaciones del Club Unión de Santa Fe, con la decisión inquebrantable de divertirse hasta bien tarde.
Actuaron ese día Los Cinco Latinos, un célebre conjunto de música romántica, y después, Juan D´Arienzo y su gran orquesta.
Amanda recordaría, con el transcurrir de los años, que los músicos de D´Arienzo llenaban todo el escenario.
“Eran como cien y tocaban todo tipo de instrumentos”- diría después, cada vez que tuvo que referirse a ese momento.
Le impactó para siempre el ritmo que “el maestro” le imponía a sus interpretaciones.
IV- No se puede desperdiciar ni una gota
Amanda ejercitó durante un par de horas su primer cargo como maestra en Pozo Borrado, al norte de la provincia de Santa Fe, en el año 1959.
Su vocación como docente era muy firme.
Estaba en el centro de su vida y por eso aceptó el desafío inicial muy convencida.
El asombro fue grande cuando se encontró con un vagón de pasajeros convertido en escuela.
Cierta idea que tenía sobre las bondades del sistema educativo comenzaron en ese momento a resquebrajarse.
Así que volvió a la ciudad de Santa Fe ese mismo día.
Solicitó otro destino argumentando que era imposible dar clases en condiciones tan precarias.
El nuevo destino fue la escuela primaria Nº 120 que estaba sobre la estación Colmena a unos cincuenta kilómetros al norte de Vera y a trescientos cincuenta de la ciudad de Santa Fe.
Muy distante quedó la casa paterna, que la había cobijado y protegido hasta ese momento de un mundo inhóspito pero siempre lejano.
El director del modesto establecimiento se llamaba “Lalo” Romero.
A poco de estar en el lugar se enteró que el hombre era también de Santa Fe y se había casado con “Tití”, una chica de Villa Guillermina con la que tenía dos hijos.
Su modo de vida era sencillo.
Parecía haberse adaptado con naturalidad al ambiente circundante.
Amanda constató que ella era la sexta de las maestras de Colmena.
Lefki Panoyoti, una chica de origen griego, pronto se convirtió en confidente y amiga. Dos jóvenes turcas de apellido Sarquís y dos descendientes de italianos, de apellido Copello, completaban el cuerpo docente.
La joven maestra se había considerado siempre una correntina de casualidad y una santafesina de veras. Lo repetía a menudo.
A los 18 años salió al mundo y se encontró con una realidad social que ignoraba hasta entonces.
Sabía que sus interlocutores serían grupos humanos que estaban en el borde de la exclusión, ya que se habían acostumbrado a vivir en la extrema necesidad.
“Sus hijos necesitan que se les brinde una oportunidad y eso solo puede brindarlo una maestra”, se decía.
El poblado que abarcaba la escuela no tenía calles.
Era muy pequeño y resultaba desolador en una primera mirada.
Resultado evidente del producto de un trabajo programado de limpieza del bosque, en donde después se implantaron la escuela y unas pocas casas.
Colmena estaba rodeado por el Impenetrable chaqueño.
Casi todos los alumnos provenían de un amplio sector del bosque circundante.
Amanda comprobó que estaba al borde de la civilización ya que había una escasa relación con las otras localidades cercanas.
Faltaban vías de comunicación y medios de transporte de todo tipo.
A pesar del ambiente humano y natural inhóspito se juró y perjuró que no iba a volver a la comodidad de la casa familiar.
El calor era sofocante en ese clima ecuatorial sin invierno.
La transpiración empapaba la frente, las camisas, la espalda, todo…
No había escapatoria posible.
Innumerables insectos y moscas convivían con ellos todo el tiempo, durante todos los días de la semana.
También sufrió hasta el hartazgo a una especie de mosquitos diminutos que los habitantes de Colmena llamaban “polvorines”.
Invadían todos los rincones de las viviendas. Casi no se los podía ver y se metían por todos lados, hasta debajo de la ropa interior.
Grandes arañas comenzaron a ser parte del “paisaje cotidiano” de Amanda.
Eran de aspecto temible, no las pequeñas que alguna vez había descubierto circunstancialmente tras un mueble, en donde el polvo se había acumulado.
Las “pollito” podían aparecer, desde cualquier rincón, con su tranco cansino y prepotente, que atemorizaba a personas de cualquier edad.
Algunas víboras de vistosos colores completaban la danza de una naturaleza, que hasta ese momento solo había mostrado ante ella algunas particularidades, y ahora de manifestaba abiertamente.
Las veía desplazarse por el patio o en cualquier recodo de una picada o sendero, con mucha suficiencia.
La picadura de una temible yarará, en cualquier momento, obligaba a recurrir urgente al suero para evitar una muerte segura.
En los primeros meses Amanda observaba entre atónita y asustada la familiaridad preexistente entre sus alumnos y alumnas con las víboras que aparecían por cualquier lado.
“Si los pican hay siempre suero, por suerte”, se decía.
Era una especie de escudo mental, imaginando todo el tiempo que podía enfrentarse con lo peor.
El mandato interno de todos los habitantes de la comarca era subsistir con lo poco que tenían. Ambientarse a un acontecer diario inmodificable, postergando todos los sueños, e ir cubriendo las necesidades de alimentación y cobijo de manera muy precaria.
Amanda no vislumbraba ahí un esbozo de futuro.
Otro impacto de la carencia de medios la conmovió, obligándola a disciplinarse en algo que nunca hubiera imaginado.
El primer mandamiento en Colmena era que no se tiraba ni una gota de agua.
Su aprovechamiento máximo era el punto de partida de la supervivencia.
Tuvo que habituarse al ahorro extremo ya que si no llovía era un drama resolver las tareas cotidianas en la escuela.
El sol calcinante llevaba al agobio cada día transcurrido.
La poca agua disponible era utilizada con extremo cuidado.
En un recipiente de forma rectangular se “cosechaba” el agua de la lluvia como si se tratara de oro.
A poco de ser utilizada adquiría un tono rojizo, ya que se la usaba extrayendo medidas mínimas con un jarro y con mucho cuidado.
Esa manipulación incorporaba a la modesta fuente expuesta la tierra, siempre flotando en el ambiente.
Uno de los acontecimientos mas esperados por sus nuevos vecinos era la llegaba del tren aguatero al pueblo.
-Viene cada tanto- le habían informado durante la primera semana.
El transporte ferroviario descargaba el líquido del vagón tanque con una gran manguera en un aljibe decorado con distintas filigranas de hierro, incluyendo una antigua rondana con dibujos en sobre relieve.
Los pobladores aseguraban que el pozo medía unos quince metros de profundidad y había sido cavado muchos años atrás.
El tren llevaba el agua a otras estaciones vecinas con el mismo procedimiento.
Un ruego generalizado en el poblado era “ojalá no se retrase esta semana”.
La gente del campo hacía lo que llamaban “tazamares” en el suelo, ante una precipitación pluvial que se anunciaba como inminente.
Implantaba en la tierra el amplio recipiente.
A las pocas horas de caída la lluvia el agua era marrón, ya que el viento hacía volar la tierra sobre ella todo el tiempo.
Pero nadie se quejaba. Solo le interesaba aprovechar al máximo el vital líquido que había juntado.
No existía un baño con bañera, inodoro y descarga como Amanda conocía.
Solo un precario retrete como corolario de un primitivo modo de vida.
El año 1959 fue centrarse en intentar formar a los chicos y resistir.
Hacerse cada vez más fuerte en sus convicciones.
“Nunca volveré vencida a la casita de mis viejos. Eso jamás”, se decía.
Pasaban los meses y no visualizaba un progreso concreto en su trabajo como docente.
“No tengo que permitir que me sepulte aquí este ambiente”, se repetía.
Para ganar algunos pesos más e insertarse en la vida de la nueva comunidad comenzó a trabajar como empleada del comercio de un contratista de La Forestal Argentina, subsidiaria de La Forestal de Inglaterra.
Su apellido era Burali, un hombre mayor de la ciudad de Santa Fe, que comercializaba mercaderías de todo tipo en la zona.
Parecía ser el dueño de la carne y de todo lo que se consumía allí.
Tenía auto, camión y una heladera; un bien muy preciado para sobrellevar el calor agobiante del norte santafesino.
La proveeduría para los obrajeros y sus familias la conformaba un rancho alargado, de cumbrera alta y techo a dos aguas con grandes estantes y un pasillo en el medio. Sardina, aceite, vinagre, caña, fideos moño o cabellos de ángel, azúcar, grapa y muchas otras mercaderías se alineaban en las grandes estructuras de madera que las exponían abiertamente.
Amanda atendía a la gente y llevaba un minucioso registro contable de las operaciones de venta.
Su patrón tenía una casa muy confortable y sobre todo fresca.
Era tratada con mucha cortesía, tanto por el hombre como por la mujer, así que pasaba muchas horas de descanso con ellos.
Notó con el correr de los meses que la cultura originaria del toba o mataco seguía siendo una especie de refugio de los habitantes del lugar.
Un escudo de defensa.
No podía desarrollar diálogos fluidos con ellos ya que seguían sumergidos en su mundo interno. Eran muy parcos.
Algunos que vivían más al este, en dirección del río Paraná, hablaban guaraní; un idioma que no le era desconocido ya que su padre cada tanto dialogaba con entrerrianos o correntinos y ella entendía palabras sueltas o frases.
Aprendió que en el uso popular se le decía “mencho” al peón de campo y por extensión a todo aquel que tuviera rasgos similares.
Pelo lacio, negro y aspecto recio.
Se asombró y hasta sufrió todo lo lamentable que acontecía en un día de “yerra”.
Vió como se marcaban los animales y como los hombres endurecidos en los obrajes en el Impenetrable en su día libre bebían hasta el desborde caña o grapa, dos bebidas muy fuertes.
Descubrió allí el desamparo, la rusticidad y la ceguera, que el alcohol y el trabajo brutal en el monte, provocaban.
Su relación con el matrimonio Burali le significó contar con una casa cómoda y fresca y acceder a esa obra maravillosa del Señor llamada heladera.
Pudo así soportar sin pena el día a día en la escuela bajo el sol abrasador. Le resultó agotador el trabajo de buscar métodos para motivar a muchos alumnos que no tenían respuesta mental a su dedicación como docente.
Con el correr de los meses “adoptó” a los Burali como abuelos postizos.
Era una buena forma de resistir en un ambiente difícil y evitar que el pesimismo la acorrale y la derrumbe.
V- Cuatro extraños visitantes
El censo de 1960 nos convocó a todas las maestras y al director de la escuela.
Había que llevar adelante las tareas de actualización de registros poblacionales en todo el país, según lo establecía una ley.
Se nos asignó a cada una un radio específico, en el que teníamos que anotar a todos los integrantes de las familias que habitaban el lugar.
La primera idea que me hice, después de una corta reunión informativa, era que debía recorrer senderos en medio del bosque. Eso que me llenaba de dudas.
Era un territorio desconocido para mí.
Implicaba toda una experiencia de vida ya que debía establecer un diálogo directo con personas que, después de un año de vivir en el mismo territorio, casi ni había visto.
-¿Dónde me toca entonces?- pregunté.
Traté de mostrarme resuelta pero en mi interior tenía mucho miedo. Andar en el monte chaqueño sola, era algo que nunca había imaginado posible en mi corta vida.
“Puede pasarme cualquier cosa”, pensaba. Se trataba de una especie de gran aventura, para la que no me sentía preparada.
En el croquis que me entregaron constaba que debía recorrer un espacio demarcado en un sector pegado a la ruta a Santa Fe.
-¡Es muy lejos!
Nunca me contuve si tenía que protestar y esta era una inmejorable ocasión para hacerlo. No podía quedar a la buena de Dios. Tenía que protegerme de alguna manera.
Logré ser escuchada sobre lo complicado que era andar a pié por esos caminos.
Tuve un poco de suerte ya que me consiguieron un sulky casi enseguida.
Logrado el transporte, redoblé la apuesta.
-No puedo ir allá sola. Es peligroso ¿Me podrá acompañar la policía?
Mi razonable petición tuvo eco y las autoridades responsables del censo me asignaron un agente.
Además de un discreto custodio personal terminó siendo un buen guía. Conocía a muchas personas y sus datos filiatorios.
Al principio estaba atemorizada, ya que desconfiaba hasta del uniformado.
Muchos tramos del recorrido los hicimos los dos solos, alejados de toda presencia humana. Largos silencios fueron una constante.
Pero el hombre se portó muy bien.
Era respetuoso y colaboró con amabilidad en todo.
En el terreno concreto de mi tarea; me encontré con un cuadro más dramático del que suponía al principio de la recorrida.
Durante ese largo día comprobé la pobreza extrema y las limitaciones intelectuales de aquel que nada tenía y contaba solo con sus brazos, convertidos en herramienta de supervivencia.
Descubrí esclavos del hacha y del monte…
Muchas de las personas con las que mantuve diálogos escuetos parecían ajenas a todo.
No vislumbré en ellos esa pasión por la vida, ese impulso por forjar su futuro.
Los encontré como apagados y sin interés por lo que pasaba a su alrededor.
Recuerdo una expresión que se usaba en aquellos tiempos para definir esa situación social. Ese estar prácticamente al margen de todo.
Quedó grabado en mi memoria.
-Son pobres, pero pobres de solemnidad.
En fin. Nada podía modificar yo, solo sentirme parte de sus desdichas por un corto tiempo.
El censo duró el día completo. Fue agotador.
En el intenso trajín de esa jornada, observé la forma en que algunas familias criaban chanchos y gallinas en sencillos cobijos adosados a la vivienda.
La gran mayoría vivía sin muebles y muchos, no utilizaban calzado.
En la escuela había notado lo mismo.
Nueve de cada diez chicos vivían descalzos.
Los alumnos de la escuela eran unos sesenta en total. Solo cinco o seis iban con zapatillas.
La sospecha inicial que después fue una duda, tuvo la comprobación.
Muy pocos habitantes de Colmena contaban con algo más que lo elemental para la supervivencia.
Ahora tenía la certeza de haberlo verificado. Lo que era inquietante.
Había pocos privilegiados en El Impenetrable.
Puedo nombrar a algunos. Recuerdo a un hombre de apellido Navarro, que era contratista de empresa La Forestal.
Vivía en el paraje El Alonso, a unos diez kilómetros de la estación, y sus dos hijas iban a la escuela.
Concurrían a clase en sulky con pulcros vestidos muy bien planchados, coquetos zapatos y portando una sombrilla para defenderse del sol abrasador.
Los chicos en Colmena tenían rasgos de diversos cruces de sangre.
Rostros de descendientes de europeos con diversos tonos de piel y colores de pelo.
No eran muchos los tobas o matacos puros.
Buena parte de ellos habían superado la parsimonia de sus padres y abuelos y se los veía despiertos y atentos.
Yo lamentaba mucho que muy pocos podrían seguir estudiando.
Su destino casi seguro era el obraje.
Era una aprehensión permanente percibir que no había esperanza ni mayores posibilidades de progreso para ellos allí.
Los más grandes, de 16 o 17 años, cazaban martinetas. Y “uazunchos”, un ciervo chiquito como el pudú cordillerano.
Creo que ese nombre raro, para mí, era un término originario de la lengua toba.
Tanto los ciervitos como las aves iban a parar al horno de la cocina económica con la que contaba, aderezados con sal y ajo.
Las dos eran carnes muy sabrosas.
El censo pasó, sin pena ni gloria, y la vida continuó con la monocorde cadencia de siempre.
No había novedades relevantes en el pequeño poblado pegado a la estación.
Cada semana se parecía demasiado a la anterior.
Hasta que cierto día llegó un automóvil con cuatro personas.
Resultaba extraña esa presencia grupal.
Aunque era positivo ver otra gente, después de tanto tiempo.
Por la forma de vestir y conducirse me di cuenta que eran autoridades gubernamentales.
Me lo confirmó “Lalo” Romero en voz baja, casi de inmediato, cuando ingresaron a las aulas uno tras otro, observando a su alrededor.
Después de hablar distendidamente con los chicos y docentes, sobre como iban sus estudios y cuales eran sus deseos, el que parecía llevar la voz cantante participó del juego de ronda durante la tarde, provocando las risas de muchos chicos y chicas.
Recién a última hora me dijeron que se trataba de un tal Silvestre Begnis.
-¿Carlos Silvestre Begnis? ¡Entonces es el gobernador de la provincia!- les dije a las otras maestras.
Ellas no tenían muy en claro si lo que decía era verdad o si era una broma mía.
El aislamiento las había llevado a desconocer la información de actualidad o a desinteresarse por lo que tuviera algún grado de complejidad.
En mis casi dos años en la escuela de Colmena fue el único funcionario que vi.
Al parecer era una maestra instalada fuera del mundo.
VI- El tren que transportaba todos los pesares
El viento parecía exacerbarse los dos primeros días de cada noviembre.
Todos los santos y todos los muertos eran una presencia que invadía la conciencia.
Las calles se vaciaban y un latido inquietante se apoderaba del ambiente.
Rememorando ahora pienso que quizás fue una percepción capciosa de la realidad. Un capricho de la memoria.
Aunque justo es decirlo, en esos dos días de recogimiento cristiano, el clima se asociaba con naturalidad al recuerdo de las almas de los que ya no estaban.
Cincuenta años atrás, todo parecía confluir en el pesar por ese sufrimiento irremediable.
La música de las radios de todo el país era monocorde, de orquestas de cámara. Lo sacro progresaba durante el día en los sentidos hasta apropiarse de ellos, sedándolos.
Las voces de los locutores y lo festivo desaparecían del aire.
Había un acuerdo general no escrito para que fuera así.
No cabía la posibilidad de vivir esos dos días interminables de otra manera.
Los encuentros familiares se sostenían en un tono respetuoso producto de esa sensación tangible de acercamiento, a los que estaban fuera de este mundo.
El tren “El Chaqueño” que salía de Retiro y llegaba hasta Resistencia, cada primero de noviembre iba cargado, repleto de flores.
Era un gran destello multicolor que convocaba a todas las miradas, en todas las estaciones.
Los criollos que tenían muertos en la zona viajaban para recordarlos y visitar sus tumbas.
Ese respeto ancestral por los fallecidos y por “el más allá”, se evidenciaba en la dedicación puesta en las flores elegidas y en la diversidad de formas de ornamentación.
Como las opciones, los gustos de los deudos y las flores eran muchas, el colorido del tren era impresionante.
Tanto como el silencio que mantenían los viajeros.
La algarabía de todos los otros días del año, en las distintas estaciones, el primero de noviembre desaparecía.
Los ramos eran colocados en forma cuidadosa en baldes y tachos de agua para que duraran más.
Era un método probado que la mantenía lozanas y vitales durante el viaje y hasta ser depositados en la tumba de ese familiar que era sólo memoria.
Cuando llegaban los ramos para los muertos de Colmena la gente dejaba lo que estaba haciendo y se acercaba al tren.
Los viajeros bajaban en silencio sin apuro alguno, sosteniendo los recipientes con agua y flores, para después depositarlos con cuidado en el andén.
Por su parte muchos habitantes de Colmena cargaban las flores que habían comprado y viajaban más al norte, a otro pueblo, para cumplir con el ritual de dialogar un instante con la muerte.
Durante ese día tan particular, la locomotora conducía una formación de más de diez vagones.
Iba dejando y subiendo muchos pasajeros ensimismados en los novecientos kilómetros de recorrido.
Paraba en Colmena, Vera, Malabrigo…
En unas veinte estaciones subía y bajaba gente, que iba a visitar las almas de sus muertos queridos.
Pena, dolor y resignación eran tres serenos fantasmas que viajaban de incógnito en “el tren de las flores”.
VII- Sola, en un nuevo camino
Lo había hablado antes en distintas oportunidades con “la griega”.
Me sentía amargada y frustrada en ese ambiente distante de todo, que vislumbraba como inmodificable.
Después de pensarlo varios meses me decidí a buscar otro destino.
Quería enseñar en un lugar en donde existiera alguna posibilidad de vida plena.
Esbozar mi ideal cada día y tratar de cumplirlo, eso debía hacer.
No embrutecerme en medio del monte.
Ese nutrirme, enriquecerme en la relación con los demás, que había vivido con tanta intensidad en mi niñez y adolescencia, no se estaba dando en la escuela de Colmena.
“Imaginar un futuro a mi medida” fue el mandato que decidí llevar adelante.
En las conversaciones con mi amiga y con las otras maestras preguntaba y escuchaba atentamente las respuestas, para tener mas claro algunas alternativas posibles.
La inquietud de buscar nuevos horizontes también prendió en Lefki, “la griega”.
Pensaba en algún lugar indefinido bien al sur o en Tilcara, bien al norte. Alguna vez me había llamado la atención el paisaje del altiplano y cierto sesgo cultural que me atraía del noroeste y que me hubiera gustado indagar entonces.
También sonaba bien la palabra Patagonia por ese halo de misterio que tenía, aunque era toda una incógnita, ya que no imaginaba con que podía encontrarme.
¡Que buena oportunidad!
“Lalo” Romero sorpresivamente se “tomó un día franco”, yéndose a cazar al monte.
Sin pensarlo demasiado Lefki y yo entramos a la dirección, en un operativo tipo comando.
Utilizando sellos y papelería oficial redactamos notas a las Delegaciones Norte y Sur del Ministerio de Educación de la Nación.
Un hombre de apellido Zaina, responsable del área de la provincia de Río Negro contestó en forma inmediata.
La notificación expresaba la posibilidad de dos cargos: un director y un maestro. O directora y maestra si se quiere ver de otra manera.
Además ofreció en el escueto texto “200 kilogramos de equipaje pagos” a quienes decidieran su traslado.
Esto originó una pulseada por el “poder”, una amable disputa entre las dos. Ambas imaginábamos ser “la directora” de una escuela que estaba más allá del horizonte.
Impacientes y convencidas ante el futuro que parecía sonreírnos enviamos los telegramas solicitando los cargos, desde la estación de Colmena.
Al mismo tiempo comenzamos a preparar nuestros bártulos para una pronta partida.
Pero a mi aliada, compañera y amiga, “la griega” Lefki, se le murió el padre y tuvo que volverse a la localidad de Tostado al norte de Santa Fe, llamada de urgencia por su familia.
Tuve que iniciar sola un nuevo camino.
Que comenzó con el enojo de “Lalo” Romero, el director de la escuela.
Estaba muy molesto por lo sorpresivo de mi decisión.
La juzgaba intempestiva.
Pero no podía hacer otra cosa que aceptar lo que yo ya había decidido.
En Colmena el día 20 de noviembre de 1960 inicié un largo periplo de dos días en dirección a la lejana Patagonia con destino a un punto lejano, junto a una línea ferroviaria que llevaba a la Cordillera de los Andes, en la estación Cerro Mesa.
Con los años me parece haberlo vivido como una secuencia cinematográfica:
Un corto trayecto hasta Vera, desde allí a mi Santa Fe querida. Ruido de camiones, autos trenes, conversaciones lejanas en las que no participaba.
Después de una pequeña pausa, de solo un minuto para mirar en dirección de mi casa y respirar profundamente.
Debía continuar sin dudarlo a Buenos Aires, capital del país.
Me recibió el ruido de la estación Retiro, con un mundo de personas circulando en todas direcciones, vendedores ambulantes y pilas de equipajes en los andenes.
Después Constitución, desde donde debía enfilar hacía el sur.
VIII- Primera excursión por la Pampa Húmeda
El tren partió a eso de las seis de la tarde.
Un calor agobiante la había incomodado desde su llegada a la capital, de manera que el movimiento inicial suave del transporte fue un alivio. Una brisa de aire fresco le acarició el rostro.
La multitud que convocaba todo el tiempo la Estación Constitución por fin había quedado atrás.
Todos los ruidos del ir y venir de locomotoras y vagones se desvanecieron.
Durante las dos horas siguientes la joven maestra centró su mirada en las imágenes que se sucedían en las ventanillas del vagón, cada vez a mayor velocidad, como en un cinemascope.
Sus pensamientos también viajaban; por el cielo gris, a los edificios vecinos, a las grandes antenas de los televisores.
La formación salió de los escenarios de la gran ciudad mas poblados y los alambrados tendidos comenzaron a ser la fisonomía dominante del paisaje.
Había observado, en un mapa, las próximas estaciones y recordaba solo dos, porque eran fechas importantes para el país: ”25 de mayo” y “9 de julio”.
En algunos corrales separados por tiras de alambre pastaban vacas y en otros caballos. Un intenso verde parecía tendido hasta el horizonte lejano y todavía indefinido.
Amanda trataba de retener en sus retinas detalles menores, jugando con la idea de recordar el lugar aproximado cuando volviera a su Santa Fe, a “visitar” a su familia.
Buscaba establecer mojones en su memoria.
Pasaban las horas y los campos sucesivos se parecían demasiado unos a otros y concluyó que todo lo que intentaba recordar con ese método se le desarmaba.
El sueño la rondaba.
Había que dormir ya que el viaje todavía no estaba ni en su mitad.
En la estación de Bahía Blanca vio la última gran concentración de personas.
Después, el tren se desplazó por una meseta en donde el verde comenzaba a perder intensidad y se intercalaba con grandes manchas de tono sepia.
Se veía poca gente caminando y cada tanto un auto o camión, en las rutas vecinales o cruces de vías.
Primero había sido la euforia para afirmarse en su decisión, a pesar de la jugada del destino que le había arrebatado a su compañera y amiga, “la griega” Lefky.
El proyecto común de ejercer como maestras en otro punto de Argentina, madurado durante todo un año, dependía solo de ella ahora.
El largo silencio del viaje hacía el sur invitaba a la reflexión profunda.
Aparecía cierto agotamiento físico, después de varios días tensos.
”Mejor descanso, no quiero buscar argumentos para arrepentirme”, se dijo.
Amanda trataba de centrar todos sus sentidos en el vasto paisaje que se le ofrecía y no mostrarse ansiosa en las sucesivas paradas.
En las últimas horas había comprobado cuanto ganado vacuno había en Buenos Aires.
Toda la riqueza agropecuaria expuesta, como en los manuales en los que había estudiado, no hacía mucho. No recordaba la cantidad de “cabezas de ganado” con que contaba la Pampa Húmeda, en sus registros históricos…
Se había recibido de maestra dos años atrás.
Ahora aquel momento tan gratificante le parecía distante, muy lejano en el tiempo.
Los extraños nombres Carmen de Patagones y Viedma, mencionados por el guarda, la sorprendieron Se puso de pie a observar como cambiaba el entorno ambiental. También la gente se vestía diferente.
Respiró profundo.
La decisión que la llevaba muy lejos de la casa familiar no tenía retorno a esa altura.
Pensó en esos momentos que la vida tendría más sentido lejos, bien lejos de su casa.
Donde nadie la vigilara ni condicionara su iniciativa.
-Argentina es un país de grandes espacios y libertad.
Para darse ánimo y afirmarse en sus convicciones repetía algún axioma elemental de su época de estudiante.
Ante un paisaje agreste desconocido y unas pocas casas bajas, cada tanto, renacían sus dudas.
-¿Estaré acertando?- se preguntó.
Miró inquieta a su compañera de viaje en el camarote.
No estaba segura si las dos últimas frases las había pensado o dicho en voz alta.
IX- Al sur, siempre al sur…
Las horas transcurrían y Amanda mantenía la mirada fija en algún punto indeterminado del paisaje.
El desierto parecía no tener fin y esa sensación de inseguridad ante lo extraño la seguía ganando.
No sabía como hacer para sacársela de encima.
Pensó entonces que debía distraerse orientando su mente a algo agradable.
El sonido monótono de los hierros contra los hierros, de las ruedas del vagón sobre las vías, comenzaba a sedarla.
”En cualquier momento me duermo”.
Cada tanto el traqueteo del tren la despejaba cada tanto y renovaba su inquietud. No lograba concentrarse lo suficiente para llegar a un sueño reparador.
”Parece que van a salirse las ruedas y va a volcar”.
Pensamientos dispersos la mantenían tensa e incómoda.
El guarda, un hombre mayor de rostro pálido y grandes bigotes recortados, anunció que en vagón comedor el almuerzo se serviría “en la próxima media hora”.
-¡Pueden hacer los pedidos!- vociferó.
Amanda tenía mucha hambre. No había probado bocado alguno en toda la mañana.
Solo unos pocos mates con agua tibia, muy temprano.
Evaluó la alternativa de un almuerzo contundente, durante un buen rato, pero después de pensarlo decidió no ir al comedor.
No quería que uno de esos movimientos convulsivos del tren la tomara caminando en un pasillo y la hiciera caer.
Y la aterrorizaba la idea de cruzar de un vagón a otro con el tren en movimiento.
La locomotora podía acelerar o tomar una curva cerrada, justo en ese momento.
Algunas preguntas que rebotaban en su mente la hicieron entrar en un sopor placentero y el embotamiento comenzó a ganarla hasta que la venció.
El calor en el rostro, en los pies y en las manos la acompañó por un buen rato. Eran sensaciones gratas.
El monocorde roce del hierro con el hierro adquirió cierto cadencia musical que la llevo a un profundo sueño, en donde imágenes de su pasado aparecían y se desvanecían, una tras otra.
X- Un nuevo universo con nombres extraños
En todos los libros que había leído, hasta ese momento, en ningún párrafo surgía una referencia y menos un método para resolver la vida a los 19 años.
Había que forjarse el futuro de alguna manera, sin ninguna receta previa.
-¿Me estaré apurando demasiado?- se dijo Amanda. El vidrio de la ventana del vagón le devolvió su imagen seria y concentrada.
Los consejos de los mayores que habían intentado disuadirla de ciertas ideas, instándola no asumir riesgos le parecían poco felices, ya que no contemplaban sus convicciones mas profundas.
Su ideal era ser la maestra en una escuela en donde los chicos se sintieran gratificados con los libros y convencidos que lo mejor era estar en el aula.
-¿Existirá un lugar así?
-Si no existe podría intentar hacerlo yo.
La experiencia triste de dos años en el bosque chaqueño le había dejado un gusto amargo. Haría lo imposible para no volver a vivir algo así.
Sus cavilaciones la acompañaron en todas las horas que compartió camarote con la suegra del primer gobernador constitucional de Río Negro, Edgardo Castelo.
No hubo diálogo alguno, ya que la barrera idiomática, les resultó a las dos, infranqueable.
Con la elegante señora francesa sólo se pudo comunicar mediante rebuscadas señas.
La mujer se bajó del tren en la estación de Viedma.
-Ahora entro a la Patagonia solita con mi alma- se dijo, mientras observaba a la mujer de origen europeo que parecía esperar con cierta impaciencia a alguien, parada en el andén.
Miraba su reloj pulsera todo el tiempo y prestaba atención al acceso de los autos a la estación.
El tren partió nuevamente despacio, muy despacio. Como en puntas de pie.
Después de superada la capital rionegrina, el paisaje se transformó en una gran planicie árida que no cambiaba su morfología. Durante muchas horas todo fue igual.
En la estación de San Antonio Oeste bajó un pasajero y no subió nadie.
La localidad de Valcheta, de pronto se hizo visible en medio del desierto. Era un oasis. Un gran pulmón verde como los que se describían en los relatos épicos con filas de camellos y beduinos en el norte de África.
Por la atención puesta en lo que pasaba a su alrededor el sueño no llegó. De manera que Amanda percibió durante toda la noche todos los matices del largo trayecto, con detenciones cortas en medio de la meseta, en parajes prácticamente despoblados.
Después de la estación Maquinchao el guarda golpeó con energía las puertas de los camarotes, avisando que prepararan sus equipajes.
-¡Los que se bajan en Ingeniero Jacobacci!
Su grito se escuchó nítido por encima del ruido del la locomotora y los hierros de los vagones, chocando entre sí.
Allí debía bajar.
Poco tiempo después Amanda, la nueva maestra de Río Chico, se enteró que muchos de los viejos pobladores llamaban Nahuel Niyeo a ese lugar.
Era su nombre original en lengua mapuche o tehuelche.
Las denominaciones de los pueblos de la zona le resultaron extrañas pero agradables al oído.
-Este es otro mundo. Y se respira aire puro- se dijo, buscando darse ánimo para hacer frente a la soledad en la que se sentía envuelta mientras miraba a su alrededor.
Trataba de verificar que no se olvidaba ninguna prenda ni bolso en el camarote.
-Mis documentos los tengo aquí. Si, están aquí-
Revisó su cartera dos veces.
En la gran curva el tren comenzó a aminorar su marcha.
Podía ver ahora la parte final de la formación de vagones desde el pasillo.
Poco a poco las penumbras iban dejando lugar al amanecer.
-Soy una especie de gitana de este país. Nací en Corrientes, viví en Santa Fe. Ahora estoy en el medio de Río Negro y no se adonde voy a ir a parar.
Arrastrando sus maletas y bolsos por el estrecho pasillo, sintió el frío viento patagónico.
Trató de no darle importancia viajando mentalmente a su Santa Fe por unos instantes.
A sus calles con intenso tránsito todos los fines de semana, a los grupos de jóvenes que miraban las vidrieras de las grandes tiendas.
Un pensamiento la ganó cuando puso su pié derecho en el andén y las imágenes de su barrio se desvanecieron.
”Muchas de las chicas de mi edad deben estar pidiendo permiso para ir a la esquina y yo me vine sola hasta donde el diablo perdió el poncho…”
XI- Frío amanecer en un pueblo fantasma
Sus valijas, bolsos y cajas formaban una gran pila informe en el andén.
Comenzaba a aclarar cuando todas sus pertenencias quedaron depositadas en el suelo.
Antes de sentarse en la valija más grande, verificó que no se había olvidado nada en el vagón.
-¿Y ahora?- se dijo.
La mañana era fría y el viento persistente del sur le resultó gratificante en un principio, pero a los pocos minutos, no sabía como protegerse de el. Nunca había sentido una sensación parecida.
El sol trepó lentamente a sus espaldas y tiñó todo con una luz mortecina. El frío se replegó un poco haciendo tolerable el estar allí.
Algunos viajeros que iban en dirección de la cordillera eran despedidos por personas que, imaginó, eran familiares y amigos. Otros que llegaban desde parajes y localidades de la meseta eran recibidos.
Después de una media hora de intensa actividad en la estación, con equipajes que se cargaban o descargaban alternativamente, el tren arrancó lento mientras sonaba un largo pitazo y el tañido de la campana.
Amalia estaba deslumbrada por el ambiente agreste que la rodeaba.
Observó particularidades de su entorno tratando de fijarlas en su memoria. Cerros bajos, casas de ladrillos, algunas viviendas modestas de adobe, edificios bajos de ladrillos a la vista, muchos vagones y un par de locomotoras paradas…
Cuando la formación se perdió a lo lejos en dirección a Bariloche, después de convertirse en un punto lejano en el desierto que parecía interminable, se quebró el encantamiento.
Bueno, tranquila.
Ahora debía continuar al sur, mas al sur como lo había decidido el mes anterior.
Sostenía su convicción a pesar de ciertas dudas que la inquietaban todo el tiempo.
Ahora con los pies en la Patagonia estaba más convencida.
El aire fresco llenaba desbordante sus pulmones y sentía su cuerpo revitalizado con el sueño reparador de las últimas horas.
Pero estaba en un lugar extraño, en algún punto que lo libros, que ella consultaba en forma habitual, nunca le habían detallado.
Las ráfagas de viento que cada tanto arrastraban algún yuyo seco, lo rústico del ambiente y el silencioso andar de las personas del lugar la llevaron a hurgar en su memoria.
Sus cavilaciones la llevaron a comparar el lugar con algún pueblo fantasma de las películas norteamericanas.
Escenarios similares a este le habían llamada la atención algún sábado o domingo en una distendida función de un cine en el centro de su querida Santa Fe, ahora lejana en el tiempo y la distancia.
Buscó el rostro de alguno de los paseantes, un gesto amable que le diera alguna clave para conectarse con la gente del nuevo territorio que pisaba.
-Señor, podría..?
-Señora, podría..?
Intentó varas veces saber cuan lejos estaba y en que dirección seguir para llegar al destino que había elegido para ejercer como maestra.
No lograba completar la frase “Señor ¿podría decirme?”
La desazón volvía a adueñarse de ella y las dudas que se acumulaban le resultaban una gran mochila pesada e inquietante.
Hasta que una pareja se le acercó. Vestían a la usanza criolla. Él un sombrero de ala pequeña, bombacha oscura, una campera de cuero corta y botas negras acordeonadas. Ella un vestido floreado largo y un abrigo de lana de oveja tejida a mano.
Al parecer habían estado atentos a su creciente inquietud.
-¿Adonde va señorita? ¿Podemos ayudarla?- le preguntó la mujer bajita, haciendo un gesto difuso con el dedo índice.
Después que Amanda le explicó adonde y a que iba, mostrando una gran sonrisa le dijo:
-Ah. Es en la estación de Cerro Mesa. Nosotros tamién vamos pa´allá.
El alivio de Amanda fue mayúsculo cuando con amabilidad le preguntó “si podían seguir el viaje juntos”.
-Mi marido es Cayupan. Cayupán Anselmo y yo soy Cresencia.
Después de estrechar la mano del hombre la mujer le hizo un ofrecimiento:
-Él le puede cargar las valijas en La Trochita ¿le parece bien señorita?
Sin esperar respuesta y sin apuro Anselmo comenzó a subir los bultos al pequeño vagón, con mucho cuidado.
Los asientos de madera eran rígidos y resultaban incómodos a la maestra.
Amanda observó como Cresencia sacaba estopa del rincón de un cajón de madera que estaba al costado de una modesta salamandra.
-Es para que prenda bien ¿vió señora?- aclaró la mujer.
El vagón le resultaba muy pequeño como vehículo transporte de pasajeros.
Ella conocía el trencito de trocha angosta que utilizaba La Forestal Argentina en la zona del Chaco, pero era solo para traslado de mercaderías y carne.
-Es muy temprano. Vamos a salir en un rato- Le dijo Anselmo a su esposa, después de mirar con atención el reloj pulsera que llevaba en su muñeca derecha.
La mujer en silencio, tendió una tela y de un bolso saco tortas fritas, un mate, un paquete de yerba y una pava.
En el vagón subió la temperatura apenas la llama se hizo fuerte en la salamandra. Cuando recibió el primer gratificante “amargo” Amanda sintió que el mundo recuperaba todo su sentido y que el día era maravilloso…
XII- El aire patagónico fue una caricia
En ese primer recorrido del trencito hasta mi destino final en la Estación Cerro Mesa nuevas sensaciones comenzaban a invadirme.
Observé muchos caballos sueltos a los que la presencia humana en un vagón parecía resultarle familiar, ya que levantaban la cabeza y prestaban mucha atención.
Ovejas, muchas ovejas, y perros alrededor corriendo como en una competencia.
Los pastores saludaban, por costumbre, y los chicos jugaban acompañando desde lejos al tren, corriendo en forma paralela a las vías.
La velocidad del viejo expreso patagónico no era importante, así que pude ver sus rostros y escuchar sus risas.
Tampoco yo tenía apuro alguno. No recuerdo haber mirado el reloj durante ese día.
Mis dos compañeros de viaje, Cresencia y Anselmo, me explicaron detalles sencillos que me permitían interpretar los acontecimientos, así que iba descubriendo rápido ese nuevo mundo que se abría ante mis ojos.
Los alambrados dividían grandes extensiones de campo igual que en la pampa húmeda.
La formación de pequeños vagones ingresaba en curvas, contra curvas, superaba algunos precipicios inquietantes, con el ruido de hierros como una constante.
Después un largo pitazo avisando de nuestra presencia, en la estación de la localidad de Río Chico, que se veía muy austera a lo lejos.
La cantidad de equipaje que traía generó el interés por mi llegada, a medida que lo bajaba, ayudado por Cayupán y su señora. Una generosa pareja de criollos que Dios puso en mi camino.
Al rato ya estaban todos enterados que la que cargaba con tantos cachivaches era la nueva maestra de la vieja escuelita.
Manos cordiales me ayudaron a trasladar todo a mi nuevo domicilio.
Llegué a la pensión de Simona, quien se transformaría, poco tiempo después, en una de mis primeras amigas en el pueblo.
Con el tiempo supe que allí se vendía el vino suelto. Tinto, clarete o blanco según el gusto y la disponibilidad económica del consumidor.
Probé muchas veces puchero de chivo, la especialidad de la casa.
Degusté bebidas con sabores extraños para mí, como el kepí y consumí mucha verdura de quinta, preparada de distinta manera.
Arvejas, habas, lechugas, papas, zanahorias; hasta tomates.
Obligada por las circunstancias, aprendí a comer arriba del pan “a la criolla”, sobre todo en las salidas al campo.
Durante los primeros días me resultaba todo bastante raro.
Pero me fui acostumbrando poco a poco y adopté usos y costumbres locales.
Mi guardapolvo de maestra argentina fue bien planchado por Yamile, en la noche que siguió al día de mi llegada.
Después me habituaría a llamarla “la turca”.
Era una agradable chica de 15 años que vivía en la casa de Simona.
Al otro día, sin precalentamiento alguno, tuve que dictar clase.
Fue el 23 de noviembre de 1960. Lo recuerdo muy bien, porque ese día nació Antonio Michelena, quien después sería muy conocido en la zona como jugador de fútbol de Huahuel Niyeo, un equipo de Ingeniero Jacobacci.
Recién había llegado del norte, de un clima tropical; así que mi piel estaba sensible.
Esa primera mañana me pareció muy, pero muy fresca.
Tenía frío, pero ni loca iba a ponerme un abrigo sobre mi impecable delantal blanco.
La temperatura debería haber estado en unos 16 a 19 grados y yo estaba acostumbrada a los 35.
El cambio había sido demasiado brusco.
Para hacer más visible el contraste, con mis sensaciones, los familiares de los chicos vestían como si estuvieran en pleno verano.
Seguí con naturalidad todas las formalidades de un ingreso a la escuela y al aula.
Mi primera impresión fue que “todo sería diferente a lo vivido en El Impenetrable, durante dos años”. Noté a los alumnos con mucha vitalidad y bien vestidos, con ropa y zapatillas nuevas.
Con el correr de los días me fui enterando que muchos de los chicos vivían muy humildemente, aunque no con el dramatismo del norte de Santa Fe.
¿Qué había pasado?
Unos días antes de mi llegada, el área social de la provincia había repartido calzado y ropa a todos los chiquitos del pueblo en edad escolar.
Fue formidable en esa primera jornada como maestra.
El aire que respiraba era el más puro del planeta, un río transparente bajaba por el valle y el sol no me maltrataba. Parecía frío y distante.
Al otro día me quedé sola con todos los alumnos.
Tuve que poner todos mis sentidos y mi instinto en alerta.
XIII- La de adobe y pintada de blanco, esa es la que quiero
Cuando ingresé a la escuela, la primera sensación fue agradable, al ver a los chicos con guardapolvos y ropa nueva el primer día de clase.
En comparación con lo vivido en El Impenetrable durante dos años, las perspectivas eran mucho mejores.
Mis pulmones estaban henchidos por el aire puro y fresco de la Patagonia.
Pero cierta desazón me ganó al entrar por primera vez al establecimiento, en esa lejana semana de noviembre.
Estaba conformado por dos pedazos, o dos secciones si se puede decir así, de una vieja casa.
No había lugar para la dirección. Sólo las aulas de cuarto y segundo grado y una galería rudimentaria.
Después contabilicé una modesta casa para un maestro y un cuarto para otro docente.
El baño, mejor dicho el retrete, estaba al fondo del patio.
Podía sumarse como activo también un galpón maltrecho que había sido y fue, después de nuevo, el comedor escolar.
El pozo comunitario tenía un brocal de ocho filas de ladrillos a la vista.
Un tarro grande, metálico, con una piola gruesa permitía extraer agua para beber en cualquier momento del día.
Junto al aljibe había un gran cubo de cemento heredado del extinguido almacén de ramos generales.
Sobre el inmenso bloque se habían apoyado, años atrás, los toneles para poder vender con comodidad el vino suelto del antiguo comercio.
Supe que había sido también vivienda familiar de Don Salim Rahal, un pionero de la Línea Sur que había regalado esas pertenencias para corporizar la escuela.
En ese lugar el hombre, de origen libanés, había vendido carne y “todos los vicios” a los habitantes de la zona.
Después mudó su comercio, no muy lejos de allí, y donó su casa-comercio.
Don Salim murió el 12 de septiembre de 1944, mucho antes de que yo llegara a Río Chico.
Con el correr de los días, me di cuenta que el interior del predio escolar era todo árido, como si el desierto se hubiera extendido sigilosamente hasta allí.
La vegetación era escasa.
Solo tres lirios color morado y tres o cuatro fresnos.
Algunos sauces grandes bien al fondo, junto al río, permitían un agradable estar sobre la rivera.
Años después las maestras plantamos olmos siberianos, despertando el entusiasmo de todos los chicos de la escuela, que se atropellaban tratando de agarrar las palas.
Recuerdo el viejo molinete de la entrada, presente desde el primer momento. Tuvo “una larga vida” posterior porque ayudaba a atajar animales sueltos.
El mástil estaba inmovilizado, sujeto con una “solución bien a la criolla” a una puerta clausurada de la sala de cuarto grado, que daba a la calle.
En algún momento me explicaron que la habían “cegado” para que los chicos no se escaparan a la calle.
Haciendo un apurado inventario final puedo asegurar que fueron 25 años felices en la Escuela “Salim Rahal”.
En todo momento me di cuenta que valía la pena.
Resultó agotador muchas veces sentirse madre de muchos hijos.
Me había consustanciado con sus vidas, su situación familiar e intentaba descubrir y motorizar todo lo bueno de cada uno.
Conocí a tantos chiquitos que, al verlos por primera vez en la puerta, parecían desamparados y temerosos.
Y un rato después fueron hombres.
La vida pasó como una exhalación.
Algunos tuvieron que enfrentar su supervivencia antes de ser adultos. Para muchos de ellos fue muy duro.
El mandato que me había impuesto era: hasta séptimo grado prepararlos para el desafío que les tocara en la vida.
Quizás estudiar después, fuera de Río Chico e insertarse en el mundo.
O lo más simple: darles confianza suficiente para que pudieran encontrar un trabajo modesto que les permitiera subsistir.
El futuro siempre fue incierto.
No se trataba solamente de cumplir con lo curricular temático.
Debían aprehender a conducirse con respeto por el otro. Sino iban a estar en desventaja siempre.
Honestidad, solidaridad y compañerismo fueron los valores colocados todo el tiempo entre los pupitres.
Muchos de los chicos vivían con casi nada, en viviendas estrechas.
Sobre todo para ellas, las nenas, era muy importante saber poner una mesa y servirla.
No estaba en ningún texto escolar lo que significaba “un viaje a una ciudad grande”.
O la experiencia de andar en barco. Y que había más allá de los cerros.
Los chicos curioseaban.
Preguntaban por ejemplo: ¿Por qué el avión no se cae, con tanta gente adentro?
La ley de gravedad debía ser explicada entonces, con argumentos más convincentes que los de la fría lógica científica.
La dinámica del diálogo llevaba a avanzar con cuestiones puntuales, transformándose en una clase repentizada.
“Clase del momento” podría decirse.
Lo preparado para el día se corría, se postergaba y se organizaba todo después de nuevo.
Les hablaba de sexo e higiene.
En todos los casos en forma privada y con toda delicadeza, para no avergonzarlos.
Sus padres, muchos en el límite de la supervivencia, respetaban y aceptaban la autoridad de la escuela y de la maestra.
No haber accedido a una educación formal los limitaba. Entonces dejaban en nuestras manos la iniciativa.
Un par de mocos corriendo no fastidiaban a una maestra, ya que los chiquitos salían de su casa temprano después de una helada, o andaban a caballo en medio de la lluvia, para llegar a la escuela…
Instalarles el hábito de una nariz limpia con el pañuelo fue siempre una misión difícil. Se me hizo cuesta arriba, ya que cada año era volver a empezar.
Importaban tanto los vínculos sanos como los libros.
Todo lo bueno se logró por la relación interna de todas las responsables de alguna función en la escuela.
Los jarros de té de las maestras que se servían en el primer recreo largo, que duraba diez minutos, permitían un diálogo intenso a media mañana.
Clementina era la cocinera y Dorita la portera. ¡Y las maestras!
Eran muchas mujeres juntas, a las que había que comprender en sus diferencias y así superar desencuentros siempre latentes.
Era muy raro que alguna faltara.
No por sentirse parte de un apostolado sino por ser consciente que su lugar en el mundo era la escuela y sus alumnos.
Cristina Rahal y Mirta González, dos de mis ex alumnas con el tiempo fueron maestras. Ellas se arraigaron a su patria chica.
Pero no quisieron o no supieron hacerlo unos treinta maestros y maestras que “dieron clase” en la escuela ya que, quizá por la disciplina y la autodisciplina que implicaba ser docente en Río Chico, no sintieron como propio ese mandato.
Los hubo de las ciudades de General Roca, Bariloche, Villa White y algunos “porteños” de la Capital Federal.
De las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes y Entre Ríos.
La presentación era importante ya que significaba autoridad en las docentes.
Los guardapolvos blancos almidonados de todos los años que fui directora constituyeron uno de mis orgullos.
Aunque en lo profundo de mi corazón está la primera imagen de la vieja escuelita rural. Como me dijo hace muy poco uno de mis alumnos, hoy ya padre y abuelo:
“La de adobe y pintada de blanco, esa escuela es la que quiero”.
XIV- El enmascarado que nunca se rindió
Mi forma, mejor dicho mi estilo de dar clases al comienzo, cuando era muy humilde la escuela y después, con las nuevas instalaciones que permitieron más comodidad, era hablar, hablar y hablar.
Andar entre los bancos, atenta a lo que surgiera en los chicos y chicas.
Conocía mucho de sus hábitos y proceder. Cierta forma de recostarse en el pupitre de cada uno…
Descubría enseguida cuando algo no era parte de la clase o no estaba bien.
“Coli” era siempre un cúmulo de sorpresas.
Esa mañana estaba rascándose el tabique nasal como un desaforado.
Era una manía adquirida en los últimos días.
Lo observé unos momentos, ya que se incrustaba las uñas con fuerza y estaba cantado que se iba a lastimar.
Cuando descubrí sangre en su rostro le advertí:
-Escuchá nene. No sigas clavándote las uñas que ya te lastimaste y si seguís haciéndolo se te va a infectar.
En la escuela sus límites eran muy claros.
Pero “Coli” era un “niño mañoso”.
Había nacido con bajo peso y por eso fue muy mimado, amado y consentido. Hasta que tomo vuelo propio.
Como alumno, ya superados todos los resabios de esa circunstancia de vida en su primera infancia, era un pillo de tiempo completo.
-No te toques así que se te va a infectar- le insistí, al ver que seguía con su cantinela.
-Luego que termine toda mi explicación, después de la clase, te voy a poner en una curita en esa nariz- le dije.
Hasta que sonó la campana del recreo se mantuvo en tensión. Cada vez que amagaba llevarse la mano a la cara yo lo miraba a los ojos, muy seria.
-Mañana te me venís con la misma curita- le dije con voz grave cuando terminé de curarlo.
Mi intento era correrlo con la vaina. Que por respetar la orden impartida con todo rigor, no se tocara la nariz. Sino no iba a cicatrizar la herida.
Después me enteré que había llegado a su casa y manifestando su enojo.
De un tirón se había arrancado el apósito, mostrándoselo a sus padres.
-Miren lo que me puso la señorita- había dicho.
Su familia no me presentó queja alguna, ni en ese momento ni después.
“Coli” apareció al otro día con una curita que no era la misma.
Pero no le dije nada, ya que lo importante era resguardar la herida. En eso había cumplido.
Pasaron los años y las décadas y “el mañoso” me cuestionó siempre el haberlo convertido por un día en “el enmascarado de Río Chico” y delante de sus compañeros.
Espero que alguna vez me perdone…
XV- Relatos asombrosos de un oeste lejano
Si no hubiera muerto uno de manera tan violento nadie recordaría esa historia del pueblo perdida en el tiempo.
Eran dos criollos de pocas palabras que arrastraban un problema personal.
Uno intentaba avergonzar al otro, delante de los demás, ya que lo veía muy humilde.
Demasiado para sus prejuicios. Buscaba humillarlo con palabras y gestos que ya no vienen al caso.
Pasó el tiempo y el conflicto se acentuó. Ya no bebían juntos como cuando se sentían compañeros en la vida. Evitaban encontrarse.
El que era objeto de burla juntó resentimiento durante todo ese año y le sumó toda la irracionalidad posible.
Nunca me imaginé que iba a llegar a ese extremo.
Razonó en su enojo todo de la peor manera. Estaba harto y sus dificultades para expresar esa rabia a viva voz lo llevaron a la desmesura.
Ese mediodía buscó al prepotente por el pueblo, con la decisión tomada.
Preguntó aquí y allá, hasta llegar al sencillo andén de la estación.
En ese momento “La Trochita” lanzaba hacía lo alto la primera gran bocanada de vapor, haciendo sonar su tan-tan melancólico, avisando de su partida.
Esos sones metálicos tan característicos, que resuenan en los oídos de todos los viajeros y se desvanecen en la estepa.
Viajo al pasado por un instante.
Me imagino a los dos hombres en silencio caminando con parsimonia al borde de las vías, demorando su trepada al trencito.
La locomotora avanzando a paso de hombre, haciendo crujir los durmientes, impregnada la máquina por el aceite que no puede despegarse de la nobleza del hierro.
Y ellos cargando con el peso de sus diferencias y poniendo sin apuro un pie en la pequeña escalera.
Después subiendo de un corto salto al vagón, esquivando uno de pequeños charcos espesos de petróleo que quedan para siempre en los apeaderos y estaciones.
Quizás sintiendo el olor penetrante del hollín de la caldera, por el sedimento acumulado durante años.
El que recibió el disparo mortal lo percibió por última vez, claro.
Cuentan que se encontraron frente a frente, a un par de metros de distancia.
Se habían subido en vagones distintos, sin verse.
En “La Trochita” es normal que eso ocurra, ya que después, una vez arriba del transporte, cada uno busca su ubicación.
El ofensor salía del lujoso coche comedor y el que lo buscaba lo vio cuando puso el pié izquierdo fuera del vagón de pasajeros, en su dirección.
El cazador sacó el arma de entre sus ropas.
No era un hombre habituado a ellas, así que sus manos temblaron cuando la levantó ante el hombre que lo había convertido en objeto de su burla.
El ofensor levantó las manos en un gesto instintivo.
Tan asombrado estaba ante la situación inesperada, que no pudo articular palabra alguna.
Le apunto con el revólver antiguo, mientras transpiraba copiosamente.
Era tan pesado que lo tomó con las dos manos.
No le dio tiempo a reaccionar al hombre que se había transformado en su peor enemigo.
Tanta era la distancia entre ambos que consideró no había lugar para los dos en el mismo planeta.
Fue un tiro certero en la frente. Para no fallar se paró con las piernas bien abiertas, en el espacio libre entre los dos vagones.
Lo mató como un pistolero del lejano oeste a otro.
Fue una imagen que parecía copiada de una película de vaqueros, de esas en blanco y negro que se veían en los cines de barrio.
El tren frenó abruptamente su andar, tras el disparo.
Aparecieron, a los pocos minutos, vecinos y curiosos que incorporaron detalles de lo ocurrido al policía del pueblo.
Una sola muerte tuvo observadores e intérpretes que la habían visto aparecer con fisonomía diferente.
¿A que iba con todo esto?
Ah, ya sé. Me viene a la memoria ese drama que conmocionó a todo el pueblo, porque al ocurrir sobre “La Trochita” tuvo otra dimensión.
Todo el devenir cotidiano de los pueblos y parajes de la zona tiene un significado mas intenso cuando un hecho de su comunidad roza el riel de trocha angosta.
Otras historias asombrosas, pero a favor de la vida, construyeron un vínculo de sangre con el viejo expreso patagónico.
Ese amor incondicional de los lugareños y de los que alguna vez llegamos para quedarnos.
Estas son algunas:
En agosto de 1959, se salió de las vías una buena parte de la formación, por la intensidad del viento.
Fue pasando el apeadero de Fitalancao, a unos nueve kilómetros de la estación Ñorquinco.
Cerca del arroyo Lepa, donde también hay un apeadero, otro viento fortísimo volcó a la mayoría de los vagones.
Fue en octubre del año 1960.
El maquinista Bovino y el guarda García lo explicaron con lujo de detalles lo ocurrido a todos los que conocían.
Sus pasajeros llegaron sanos y salvos a destino, bastante demorados.
Claro, en los dos casos después de ayudar en un titánico trabajo en grupo que permitió poner de nuevo en las vías a los coches.
Todos tuvieron que esforzarse al máximo, soportando el rigor del invierno de Patagonia.
XVI- Hierro y mas hierro
Pero hay una prehistoria alrededor de este trencito escapado de un libro de cuentos.
En un tiempo lejano, llegaron a la zona para establecerse, los que proyectaban el ferrocarril que avanzaría hacía la cordillera.
El espacio para el campamento base fue delimitado al pie del cerro Mesa, ese extraño fenómeno geográfico con una cima plana, que se encuentra a 1.520 sobre el nivel del mar.
Los primeros exploradores llegaron hasta las cuevas naturales del cerro y a las estrías marcadas sobre las rígidas paredes rocosas, que habían sido utilizadas, mucho tiempo antes de la llegada del hombre blanco, por indios tehuelches.
Las habitaban en alguna época del año o guardaban allí carne y pieles de sus cacerías.
Toda la historia trasmitida en forma oral me llegó en anécdotas de un tiempo distante, que había impregnado al inconsciente colectivo de la zona.
El contingente de extranjeros, maestros del riel, se estableció al pie del cerro, en donde un pequeño grupo de pobladores dispersos vivía favorecido por las bondades de un valle.
Como la idea era prolongar un recorrido de vías hasta plena cordillera se construyeron casas y oficinas con bases de cemento y galpones para guardar materiales y equipamiento. Era la avanzada de un tren.
Los pioneros del riel vivieron ahí unos diez años.
Mucho antes de la aparición de la primera locomotora a vapor en Río Chico y bastante después de su llegada a Ñorquinco.
Trajeron maquinaria moderna. Materiales, herramientas e insumos. Hierro y más hierro.
Fueron unas doscientas familias que estuvieron relacionadas con el trabajo de consolidación del ferrocarril, que avanzaba en la meseta.
Utilizaban cocinas económicas a leña para cocinar y mantener el calor en sus modestas viviendas.
El viejo destacamento de gendarmería que se había establecido en la costa del río Chico, al costado de la antigua escuelita, fue arrastrado por las aguas en una crecida.
Siguiendo el progreso constante del riel comerciantes de origen libanés o sirio, verdaderos baqueanos que recorrían la zona desde mucho antes, establecieron sus comercios de ramos generales.
El núcleo humano al pie del cerro Mesa creció y sus habitantes se caracterizaron por un andar cansino y pausado.
Ingenieros especializados en trenes y geólogos hicieron estudios minuciosos del suelo y la topografía, antes de definir la traza de la vía, que debía superar subidas y bajadas serpenteando entre los cerros, cada vez más abruptos a medida que se avanzaba en dirección sudoeste.
Por cuestiones económicas, y como consecuencia de la crisis financiera de 1929, que afectó a todo el mundo, se paralizaron ese año los trabajos, que no habían sido muy intensos, justo es decirlo, durante la década de 1920.
XVII- Una comunidad del riel al pie del cerro Mesa
Todo esto tuve que irlo anotando como las circunstancias me lo permitían.
Un poco de algunos folletos dispersos y casi todo de la memoria de los pobladores de la zona.
Lo hice para no hablar de oídas y para saber bien en donde estaba parada.
Son años de apuntes, y lo que he pasado en limpio tiene el encanto suficiente como para que usted pueda hacer la vista gorda a un dato histórico que no sea del todo preciso.
En todo caso, no va a cambiar mucho lo esencial.
Mientras me quede vida seguiré atenta a lo que surja del pasado de Río Chico.
Ese es un compromiso de vida que asumí hace mucho.
Por ahora le puedo transmitir esto. Si es poco o mucho, usted me lo dirá.
Después de culminada la Primera Guerra Mundial, el Gobierno Argentino decidió construir un nuevo ramal ferroviario utilizando la trocha económica de 0.75 metros hasta la “Colonia 16 de Octubre”.
Era denominada así la zona productiva de Esquel y Trevelin, en plena cordillera.
La punta de riel estaba en aquel momento en el paraje Huahuel Niyeo que, con el tiempo, sería la estación Ingeniero Jacobacci.
Desde allí se partió en dirección sur.
En el tendido de las vías de trocha angosta llegaron a trabajar unos mil operarios. Mucha gente.
Inmigrantes de puntos muy diversos del planeta llegaron para intentar afirmarse en un presente y forjarse un futuro, en el ferrocarril que se extendía por el norte de la Patagonia.
Las herramientas de las duras jornadas fueron el pico, la pala y alguna maltratada carretilla.
Estaban organizados en cuadrillas independientes con un capataz asignado por tramo.
Los campamentos iban conformándose al borde de un recorrido de las vías, que iba resolviéndose condicionado por el terreno.
Eran casillas de chapa que se ayudaban a sostenerse unas a otras, aguantando el viento inclemente.
Las temperaturas bajo cero eran habituales en invierno.
También en otoño y primavera y en muchos días de verano.
Los problemas de mayor importancia se plantearon en la zona de Río Chico.
Aquí, justamente.
Surgió un gran desafío a la inteligencia de los forjadores del alma del nuevo tren, ya que no había otra alternativa que avanzar.
Los animistas del riel dinamitaron una y otra vez el suelo, hasta horadar la roca granítica de un sector de 108 metros de la base del cerro, para que el tren pudiera seguir el recorrido lógico.
A escasos metros las vías se prolongaron sobre el gran puente de hierro de 105 metros, con soportes solo en los extremos, a uno y al otro lado del río.
Previendo la complejidad de lo resolución de esa obra de ingeniería durante años se instaló “una avanzada del ferrocarril” al pie del Mesa.
Primero fueron unos estudios básicos, proyectado sobre el terreno y replanteados después de las crecidas del río durante los lluviosos inviernos de los años 1931 y 1932, que se llevaron terraplenes, estructuras y hasta galpones completos.
La hermandad del riel instaló un sistema propio de generadores de luz eléctrica.
Era un recurso energético moderno para esa época, que asombraba a los criollos habituados a las lámparas de querosén y a los candiles.
Usaron agua de pozo para consumo personal, ya que no era necesario hacer excavaciones muy profundas en el fértil valle.
Algunos, solo algunos habitantes de la comarca supieron en que lugar las pesadas maquinarias, grandes herramientas y materiales sobrantes fueron enterrados, después de completar el trazado de la gran obra.
Que llegó hasta Ñorquinco en el año 1939.
Muchos de los antiguos habitantes del pueblo, que me aseguraron haber trabajado en el emprendimiento, me dijeron que los extranjeros eran tan sabios como constructores de trenes, que le dieron hasta corazón a “La Trochita”.
Pero que les era muy costoso llevar de vuelta los equipos usados y la gran cantidad de rezago. Varias pequeñas montañas de hierro…
Así que eligieron un lugar discreto y silenciosamente enterraron todo como si fuera una gran ceremonia fúnebre solo para los familiares más cercanos.
El rigor del clima y las condiciones precarias de trabajo no amilanaron a macedonios, griegos, croatas, búlgaros, turcos, hindúes, ucranianos, polacos y hasta algún brasilero…
En la comunidad que se había formado al pie del Cerro Mesa, extraños nombres y apellidos sonaron en los oídos de los lugareños, que hasta ese momento vivían distantes del mundo, cumpliendo sencillas tareas rurales.
Tongerovich, Kosucovich, Janich, Stanislao Cocaj, José Sikich, Horisnij, Trosky, Bointon, Duwisky. Los ingenieros Capos, Bruno Tomey y Garcés.
Verovich, Bojanich, Nicolás Kemek, Dimitroff, Carmelo Barrancos, Juan Popelazin, Nicolás Goccu, Paulowky, Cristo Karodiz, Mirko, Basilio Kobryn, Alejandro Losko, Pablo Rubundi, Aristocles Gio y un tal Tejeda; por nombrar algunos.
Distintos idiomas convivieron durante años en una extraña Torre de Babel.
En ella a los hombres no les fue difícil comprenderse
Hubo algunos chisporroteos y conflictos menores que no pasaron a la historia chica de Río Chico. Podría decirse que quedaron en un territorio indefinido entre el chisme y la fantasía.
Vivir en paz y libertad, lejos de las guerras que desangraban a Europa y Asia, los acercaba más y más, y todo el tiempo.
Al sacrificio diario seguía el descanso reparador.
Ayudarse unos a otros era un mandato vital, ya que la paga era modesta y las necesidades de supervivencia siempre apremiantes.
Muchos de ellos se asentaron luego en la región, constituyendo familias integradas a la inmensidad de Patagonia.
Construyeron su vivienda intentando hacer el mundo a su medida mientras respiraban el aire más puro del planeta.
Tuvieron hijos y plantaron árboles.
Crecieron por aquí y allá, álamos dorados, fresnos, algunos guindos y muchos manzanos dispersos por el valle.
En los cercos modestos se recostaron grosellas y frambuesas.
Las quintas familiares aportaron a la olla: papas, habas, arvejas, lechugas y hasta tomates.
No les importó o quizás nunca se enteraron de las razones estratégicas del Gobierno Argentino de llevar hasta la cordillera un tren, ni de los intereses económicos de empresas de origen inglés que empujaron la gran idea y se beneficiaron después durante décadas del comercio sujeto a sus vagones.
El tren de trocha angosta fue el faro de sus vidas y de la vida de sus descendientes, siempre.
Marzo 13, 2010 | Por neblina | Claves: argentina, patagonia, rio chico | # Enlace permanente
Rio Chico, Patagonia. En un rincón de la Línea Sur rionegrina
Una joven maestra de Santa Fe se integra a la magia de una comunidad distante.
Durante 25 años vive apasionadamente sus tristezas y alegrías.
En su memoria privilegiada se reflejan: el alma del pueblo, ecos de la Argentina del presente y el latido del corazón inabarcable de La Trochita, el mítico tren a vapor que sigue desafiando a la historia.
neblina
PARTE PRIMERA.
I- Los obsequios son para los humildes
Ocurrió a dos cuadras de mi casa paterna.
La había escuchado muchas veces por radio en largos discursos y su mención en mi casa abría conversaciones y hasta discusiones intensas, que duraban un buen rato.
Siempre era ubicaba en hechos trascendentes.
Tenía mucho interés por verla ya que su imagen significaba mucho en mi pequeño mundo infantil.
Evita estaba siempre presente en las revistas y diarios y en todos los cuadernos de la escuela.
Me había acostumbrado a leer las noticias que la tenían de protagonista y, para mí, era más importante que todas las estrellas de cine.
Cuando supe que estaría tan cerca de casa le pedí a mamá ir a verla. Lo hice en un tono moderado.
-Quiero conocerla- le dije.
Ella no opuso reparos ya que intuí también deseaba hacerlo.
-Si, vamos- dijo.
Apenas nos acercamos a las vías me di cuenta en donde estaba.
Una multitud corría muy cerca de la formación y un gran murmullo comenzaba a instalarse en el ambiente.
Iba en el último vagón y cargaba algo entre sus brazos.
Cuando la locomotora se acercó un poco más comprendí lo que estaba pasando.
Mientras el tren avanzaba a paso de hombre por la ciudad ella tiraba unos bultos pequeños, yendo hacía un lado y hacía el otro de las vías.
Después de una corta pausa, como para tomar aliento, repetía la operación.
Cuatro o cinco hombres parecían danzar a su alrededor mientras la ayudaban.
Le alcanzaban los paquetes y evitaban con cortesía que la gente se subiera al tren.
En ese momento pensé que en el afán de abrazarla alguno, en su euforia, podía llegar a maltratarla.
Hombres y mujeres de todas las edades se disputaban los paquetes por un instante y quien no tenía suerte, de quedarse con uno, seguía la marcha del tren, intentándolo de nuevo.
El tren presidencial lo conformaban unos diez lujosos coches, terminados en madera lustrada trabajada en forma artesanal.
Avanzaba sin hacer mucho ruido mientras la gente abría los obsequios en el suelo, con cierto frenesí y muy emocionada.
Medias blancas largas, camisetas de frisa también blancas, y unos pantalones de algodón de color azul que usaban los trabajadores de la época, quedaron expuestos ante mis ojos, mirara donde mirara.
Era una tarde soleada, así que hice visera con mi manito derecha para no perderme ningún detalle de lo que estaba pasando arriba de las vías.
Cuando el tren pasó enfrente mío la tuve a unos pocos metros de distancia.
Como todo el mundo yo estaba asombrada por verla de tan cerca, en medio de una ebullición de personas.
Algunas de ellas le hablaban agradeciéndole y otras, con lágrimas en los ojos, intentaban trasladarle a viva voz sus penurias.
Fueron solo un par de minutos.
La multitud se alejó siguiendo el último vagón con Evita que seguía arrojando paquetes.
Supuse en ese momento que toda esa gente se habían enterado de su presencia por “El Litoral”, el diario más popular de entonces.
Un señor que nos visitaba bastante seguido y que hablaba con mis padres de las cualidades de Eva Perón de manera recurrente me recomendó ese día, antes de salir de casa, que no debía tomar los paquetes, que “eso quedaba mal”.
- Los regalos de Evita son para los mas humildes- me había dicho.
Comprendí entonces el significado de aquel mensaje que era, hasta mi llegada al borde de las vías, un enigma.
Mientras los obsequios llovían sobre la gente, un impulso me empujaba a ir y participar del “juego de la captura”.
Quería abrir uno de esos paquetes que Eva Perón esgrimía un instante en el aire antes de arrojarlos a la multitud.
Pero fue imposible. Mi mamá en ningún momento soltó mi mano.
La sujetó con mucha firmeza. Supongo que por su instinto de madre cuidadosa y protectora, pero también para evitar algún desborde de mí parte, en medio del gentío.
La sensación de haber vivido algo grande ese día tuvo un dejo de frustración, ya que no pude abalanzarme y rasgar de un tirón un envoltorio bendecido por Evita, como lo hacían los otros chicos.
Traté de grabar esa imagen deslumbrante y tan fugaz con ella delante de mis ojos, relacionándola a otras de ese día.
La abanderada de los humildes, ropa de trabajo, mi casa cercana, la ciudad de Santa Fe, el tren presidencial, una multitud emocionada, el sol abrasador…
La observé concentrada. Era muy difícil que ese milagro se repitiera.
Su figura era impecable. Lucía un vestido de tela color cruda natural, de lunares verdes grandes.
Tenía atado su pelo con un pañuelo de la tela a lunares.
Hasta registré en mi memoria que sus zapatos sin talón “a la moda” estaban también forrados con la misma tela.
Me llamó la atención su palidez y fragilidad.
Recuerdo siempre sus manos delgadas y sus largos dedos, mientras lanzaba un bulto y otro y otro.
Con los años asocié ese momento, que se convirtió en imborrable, al desconsuelo de un hombre hecho y derecho un par de años después.
A la emoción profunda de un granadero con toda su apostura varonil, al que le corrían las lágrimas, mientras hablaba Evita.
Se mantenía en posición firme, pero mientras la voz de ella remarcaba tramos de su mensaje, las gotas de su llanto silencioso goteaban sobre su uniforme.
Me parece que fue en su último discurso.
Un rumor extendido de aquella época fue que Perón y Evita estuvieron en la Basílica de Guadalupe, cerca de mi casa, compartiendo una misa celebrada allí.
Si no fue en esa oportunidad tiene que haber sido en una fecha cercana.
En esa misma iglesia se casaron muchos años después Violeta Rivas y Néstor Fabián, dos cantantes muy populares en todo el país.
II- Una multitud yendo y viniendo en los andenes.
Es como si estuviera viendo a mi padre.
Su pelo corto y enrulado siempre muy prolijo.
Otra imagen recurrente que aparece con él, es mi madre atenta a todo lo relacionado con su aspecto personal.
Papá era de mediana estatura y tenía algunos kilos de más. Se podría decir que era gordito.
Usaba unos anteojos sencillos, muy formales.
Imagino que era por su trabajo en una oficina. Por estar siempre sumergido entre los papeles.
Cargaba siempre un portafolio oscuro, que parecía ser una extensión de su brazo derecho.
Recuerdo con claridad sus pantalones muy pulcros, de hilo.
Sus zapatos estaban bien lustrados en todo momento. No tenían cordones y eran elastizados, de esos que obligaban a utilizar un calzador.
Lo veo con su saco de gamuza de color natural, enfrente del espejo, un minuto antes de salir a la calle.
Tres pelotitas muy particulares, revestidas con gamuza, eran los botones de su abrigo.
Papá tenía un diente de oro, ese sello de identificación de “persona pudiente” de la época.
Y muchos trajes. De color oscuro en invierno y claros en verano. Blancos cuando hacía mucho calor.
Estaban siempre impecables, ya que a mamá no se le escapaba ningún detalle.
Mi padre usaba camisas de cuello duro, de un color blanco vibrante como la nieve.
Toda su ropa de vestir iba a la tintorería, sin ningún trámite intermedio.
El tintorero la entregaba de nuevo, en muy corto tiempo, muy limpia y planchada.
Pocos aportes hice para contribuir a la imagen impecable de papá.
Una vez que fui a buscar sus pantalones y distraída como era cuando jovencita, traje otros que no eran…
Alguien se equivocó o yo me equivoqué. Eran muchos mas largos que los de papá.
Él no entendía nada y yo quería que me tragara la tierra.
¿Por qué me acuerdo de todo esto? Le diré…
Durante un año de mi adolescencia tuve una intensa relación con papá.
Pude verlo desde otra perspectiva.
Hasta ese momento era una presencia dominante y con plena autoridad, que nos protegía de los avatares del mundo facilitándonos todo.
Delegaba decisiones en mamá, que las ejercía con mucha firmeza.
No tenía ni idea de lo que pasaba con él cuando salía a la calle.
Tampoco me importaba ya que mi única preocupación era divertirme todo el tiempo que estaba en casa.
Ese año ocurrió algo, no diría inesperado, que obligó a un cambio drástico en mi cómoda rutina.
Yo iba a un colegio de monjas y el mandato familiar era no repetir nunca un año. Sufrirlo podía equipararse a un pecado de cierto peso, no de los veniales.
Repetí segundo año, horrorizando a mis mayores.
Se tomaron los dos la cabeza ya que no lo podían creer.
Decidieron al poco tiempo cambiar mi ámbito educativo.
Era una decisión que no estaba en condiciones de objetar.
Así que me entregué de pies y manos al destino.
Tuve que ir y venir a un nuevo colegio, fuera de la ciudad de Santa Fe, bajo la atenta mirada de mi padre.
Era una forma de aplicar el correctivo pertinente, sin la brutalidad de un coscorrón y el método elegido por la familia para reencauzar a la oveja descarriada.
Durante el año 1955 esta inquieta adolescente que quería ser maestra tuvo que levantarse a las cinco de la mañana.
Los primeros días medio dormida caminaba junto a papá hasta la estación.
Los ojos se me cerraban por el camino y un gran bostezo dificultaba mi andar.
A las seis en punto, bien de madrugada, tomaba el tren que me llevaba a Laguna Paiva.
Mi padre era procurador en ese pueblo; por eso viajaba siempre con él.
A la tarde también volvía bajo su ala protectora y sentía sobre mí su mirada inquisitiva.
En esa época en la ciudad de Santa Fe se concentraba un flujo económico muy importante.
Su gran estructura ferroviaria permitía el desplazamiento de miles de personas, hacía el norte y hacía el sur, y el transporte de cargas de todo tipo, en un amplio sector del noreste del país.
Estudié ese año en el Colegio Nacional de Laguna Paiva, cuarenta kilómetros al norte de mi Santa Fe querida.
En esa localidad estaban los galpones y talleres más grandes del antiguo Ferrocarril General Belgrano, que había nacionalizado el presidente Juan Domingo Perón en 1947.
Pertenecían, en el año de mis excursiones diarias a Laguna Paiva, a Ferrocarriles Argentinos.
Los paivenses tenían una cultura típicamente ferroviaria ya que su origen como comunidad, a partir del año mil novecientos diez más o menos se dio a partir del tendido de un ramal, extendido después más al norte, hasta Resistencia capital de Chaco.
Hasta ese momento yo registraba candorosamente solo lo que ocurría en mi barrio.
A partir de esas madrugadas abrumadoras, ante mis ojos comenzó a desfilar otra gente que iba en todas direcciones
Comencé a ir a la estación cuando era de noche, cada día, de lunes a viernes.
Y así semana a semana.
Hasta que se hizo natural y no me pesó más levantarme temprano.
Hombres y mujeres se movilizaban a la mañana.
Veía dos, cuatro, diez; al salir de casa.
Al poco rato, cuando llegaba al andén, eran una multitud.
Cada vez que partía de Santa Fe y cuando volvía del norte me cruzaba con un mundo nuevo de personas.
Papá me explicaba algunas cosas, no muchas. Las que podían ayudarme en el trajinar diario.
Percibió mi asombro por cruzarme con tantas personas apuradas, de mañana y de tarde.
Me aclaró que cumplían turnos de día y de noche, en las fábricas de los alrededores, y que el recambio era más o menos a la hora de nuestro viaje, a la mañana y a la tarde.
Se los veía a todos alegres, vitales, conversando animadamente de temas de adulto que yo desconocía.
Muchos eran obreros de los rubros más diversos, que hablaban entre ellos en voz alta sobre las contingencias del día.
Eran oleadas humanas, que subían y bajaban de los vagones apurando el paso, a un ritmo que parecía acordado de antemano.
La gran ciudad activaba todo el tiempo ese hervidero de gente. Día y noche, como me había explicado papá.
Después de varios meses pude identificar la ocupación laboral de muchos de ellos.
Constaté que viajaban muchos empleados de Ferrocarriles Argentinos, vendedores ambulantes que buscaban comercializar productos elaborados en sus casas, obreros de la construcción y trabajadores del cuero.
También lo hacían personajes de los más diversos, que nunca pude identificarlos en su rol laboral.
En la zona se producían distintas marcas de cervezas de calidad, con procedimientos artesanales.
Herramientas y maquinaria agrícola, eran otros rubros importantes.
Se habían instalado empresas productoras de alimento balanceado para perros y gatos.
Resultaba una novedad para mí, habituada a escuchar que esos “bichos” comían achuras o bofe, de muy bajo costo en las carnicerías.
Muchos comerciantes ni las cobraban, ya que eran un obsequio para sus clientes habituales.
La fábrica de campanas de bronce y cristales “San Carlos” creaba piezas de una belleza exquisita.
Tengo algunas con esos detalles de delicadeza manuales, que le dieron una fuerte personalidad a la marca, durante mucho tiempo.
Buenos Aires, Rosario, Córdoba y otras ciudades importantes, demandaban la producción agropecuaria de la zona, en forma creciente.
El buen sabor de la leche y los productos lácteos de los gringos de Rafaela y Esperanza, por buen pasto en sus campos, comenzaba a imponerse.
¿Qué pasó con mis estudios?
Las clases, por una novedad poco agradable para el país, terminaron ese año unos meses antes de lo que correspondía.
En septiembre de 1955 la llamada Revolución Libertadora derrocó al presidente Juan Domingo Perón.
Por todo el caos que eso generó anticiparon el cierre del año lectivo.
El Tres de Artillería del Ejército tenía asiento al final de la avenida en la que yo vivía, en la ciudad de Santa Fe.
Durante muchos días pude ver tanques y camiones desplazándose.
Parecía el comienzo de una película de guerra, ya que soldados armados y con ropa de combate subían y bajaban de los grandes vehículos.
Algunos hombres que visitaban a mi padre aseguraban, hablando en voz baja dentro de casa, que los “azules” y “colorados”, obedeciendo a distintos mandos, se movilizaban en dirección a Buenos Aires.
Por eso tantas idas y venidas.
Me eximí si, pero con un cuatro, sin que me sobrara nada. En realidad el conflicto social era tan grande que eximieron a todos con un modesto cuatro, sin tomar exámenes…
III- Ella quería ser maestra…
Vivir en la ciudad de Santa Fe, para Amanda, era sinónimo de alegría.
Con su madre y padre siempre presentes se sentía muy a gusto, observando a la gente que paseaba por la gran avenida, enfrente de su casa.
Autos en todas direcciones y grupos de personas en las que se notaba una diversidad cultural creciente, acaparaban su atención.
Tenían un efecto hipnótico y la acercaban a un mundo desconocido, que desataba toda su fantasía.
La niñez transcurrió, para ella, plena, explorando su entorno y dando rienda suelta a todo lo que se le ocurría, sin guardar demasiado las formalidades.
Esa secuencia de días felices y de descubrir, de a poco, lo que la rodeaba en la gran ciudad, continuó durante su adolescencia.
Ir cada vez más lejos, arremeter contra lo preestablecido a medida que crecía, la predispuso a buscar nuevos horizontes.
Los conflictos del mundo no llegaban a ella. Quizás lo mejor era salir a buscarlos; conocer qué hay más allá.
Tenía a su disposición un caballo de polo- prestado, claro- y jugaba con los gitanos que cada tanto, aparecían y se instalaban con sus grandes carpas en los baldíos cercanos.
Su vivienda estaba ubicada a menos de diez cuadras de la casa de Carlos Reutemann, quien fue después un célebre corredor de Fórmula Uno y mucho más acá en el tiempo, Gobernador de la provincia.
La laguna Setúbal, también llamada Guadalupe, era parte de su vida. En línea recta, distaba unos quinientos metros de su domicilio.
Era el lugar de veraneo ciudadano, ya que sus costas se extendían en una agradable playa, que desbordaba de gente los días de altas temperaturas.
El barrio Guadalupe, en donde había crecido, se había popularizado por la identificación de ese sector de la ciudad con “La Basílica”, un templo católico que contenía la devoción por la Virgen, de Guadalupe, claro.
Muchos de sus vecinos se referían a ese barrio llamándolo Italia Chica, ya que estaba habitado por muchas familias de esa nacionalidad.
Hablaban en un idioma mitad español y mitad italiano, en voz alta y con gestos ampulosos.
Los “tanos” Dalla Valery, Gorgolino, Ferraro, Dalla Fontana, Basso, Ferrari y tantos otros dialogaban en las esquinas, remarcando sus argumentos con gestos declamatorios, como si fueran oradores.
En plena adolescencia, Amanda sostuvo una posición firme en sus decisiones.
Cuando su padre les hizo saber a ella y a su hermana que “iban a estudiar música”, levantó su mano derecha y le comunicó que no iba a hacerlo.
-Papá, si vos querés gastar plata en eso podés hacerlo. Pero yo no voy a estudiar música.
Su hermana “Pintu” contrastaba con esa personalidad. Era ordenada, cuidadosa, prolija y más cerebral.
Entre paréntesis, fue un contrapeso que la ayudó a crecer y a ir observando la vida con espíritu crítico, más allá de lo confortable del seno familiar.
El mandato paterno fue que ambas debían ser maestras. Un ideal que compartían muchos grupos familiares del país. A mediados del siglo veinte eso significaba asumir un rol social muy comprometido.
Comenzaron el colegio y no tuvieron mayores complicaciones.
Salvo el año en que Amanda fue “confinada” a una escuela de Laguna Paiva.
Después, las dos, se hicieron buenas amigas de los libros y de la responsabilidad que habían asumido.
En el último año de estudios la exigencia pedagógica las obligó a dar clases durante la tarde, para ser calificadas de manera óptima.
Amanda tenía un par de guardapolvos que nunca sostenían una línea de pulcritud como los tres de su hermana.
Dramatizó un pedido -a su hermana- para no sufrir un revés en el último tramo de su capacitación docente, pensando en el riesgo de dar una imagen desordenada ante quienes debían rubricar las notas finales.
-Voy a llevar este guardapolvo.
-¡Pero este es mío!
-¿Qué? ¿Querés que me saque un uno en presentación? ¿Eso querés?
-N-no. Eso no…
Amada soñaba con ser maestra.
Se sentía comprometida con ese rol mucho antes de recibirse y estaba decidida a asumir su responsabilidad como docente, le tocara el destino que le tocara.
El día tan esperado, con el mismo vestido de recepción del título, se fue a celebrar el logro.
Como era de estilo, hace cincuenta años, el vestido, de organza blanco, transparente, se usaba con combinación de satén y enagua.
El recorrido de su festejo lo hizo en un “Ford T” flamante, manejado por una amiga de la adolescencia, “la gringa” Edith.
Después de un accidente en medio de la calle, con la lamentable pérdida de alguna prenda, pero sin consecuencias físicas, subieron las dos al automóvil.
El hecho inusual provocó los vítores de los paseantes y bocinazos de los vehículos que, al anochecer del sábado, circulaban en gran número por ese sector de la ciudad.
Llegaron a las instalaciones del Club Unión de Santa Fe, con la decisión inquebrantable de divertirse hasta bien tarde.
Actuaron ese día Los Cinco Latinos, un célebre conjunto de música romántica, y después, Juan D´Arienzo y su gran orquesta.
Amanda recordaría, con el transcurrir de los años, que los músicos de D´Arienzo llenaban todo el escenario.
“Eran como cien y tocaban todo tipo de instrumentos”- diría después, cada vez que tuvo que referirse a ese momento.
Le impactó para siempre el ritmo que “el maestro” le imponía a sus interpretaciones.
IV- No se puede desperdiciar ni una gota
Amanda ejercitó durante un par de horas su primer cargo como maestra en Pozo Borrado, al norte de la provincia de Santa Fe, en el año 1959.
Su vocación como docente era muy firme.
Estaba en el centro de su vida y por eso aceptó el desafío inicial muy convencida.
El asombro fue grande cuando se encontró con un vagón de pasajeros convertido en escuela.
Cierta idea que tenía sobre las bondades del sistema educativo comenzaron en ese momento a resquebrajarse.
Así que volvió a la ciudad de Santa Fe ese mismo día.
Solicitó otro destino argumentando que era imposible dar clases en condiciones tan precarias.
El nuevo destino fue la escuela primaria Nº 120 que estaba sobre la estación Colmena a unos cincuenta kilómetros al norte de Vera y a trescientos cincuenta de la ciudad de Santa Fe.
Muy distante quedó la casa paterna, que la había cobijado y protegido hasta ese momento de un mundo inhóspito pero siempre lejano.
El director del modesto establecimiento se llamaba “Lalo” Romero.
A poco de estar en el lugar se enteró que el hombre era también de Santa Fe y se había casado con “Tití”, una chica de Villa Guillermina con la que tenía dos hijos.
Su modo de vida era sencillo.
Parecía haberse adaptado con naturalidad al ambiente circundante.
Amanda constató que ella era la sexta de las maestras de Colmena.
Lefki Panoyoti, una chica de origen griego, pronto se convirtió en confidente y amiga. Dos jóvenes turcas de apellido Sarquís y dos descendientes de italianos, de apellido Copello, completaban el cuerpo docente.
La joven maestra se había considerado siempre una correntina de casualidad y una santafesina de veras. Lo repetía a menudo.
A los 18 años salió al mundo y se encontró con una realidad social que ignoraba hasta entonces.
Sabía que sus interlocutores serían grupos humanos que estaban en el borde de la exclusión, ya que se habían acostumbrado a vivir en la extrema necesidad.
“Sus hijos necesitan que se les brinde una oportunidad y eso solo puede brindarlo una maestra”, se decía.
El poblado que abarcaba la escuela no tenía calles.
Era muy pequeño y resultaba desolador en una primera mirada.
Resultado evidente del producto de un trabajo programado de limpieza del bosque, en donde después se implantaron la escuela y unas pocas casas.
Colmena estaba rodeado por el Impenetrable chaqueño.
Casi todos los alumnos provenían de un amplio sector del bosque circundante.
Amanda comprobó que estaba al borde de la civilización ya que había una escasa relación con las otras localidades cercanas.
Faltaban vías de comunicación y medios de transporte de todo tipo.
A pesar del ambiente humano y natural inhóspito se juró y perjuró que no iba a volver a la comodidad de la casa familiar.
El calor era sofocante en ese clima ecuatorial sin invierno.
La transpiración empapaba la frente, las camisas, la espalda, todo…
No había escapatoria posible.
Innumerables insectos y moscas convivían con ellos todo el tiempo, durante todos los días de la semana.
También sufrió hasta el hartazgo a una especie de mosquitos diminutos que los habitantes de Colmena llamaban “polvorines”.
Invadían todos los rincones de las viviendas. Casi no se los podía ver y se metían por todos lados, hasta debajo de la ropa interior.
Grandes arañas comenzaron a ser parte del “paisaje cotidiano” de Amanda.
Eran de aspecto temible, no las pequeñas que alguna vez había descubierto circunstancialmente tras un mueble, en donde el polvo se había acumulado.
Las “pollito” podían aparecer desde cualquier rincón con su tranco cansino y prepotente, que atemorizaba a personas de cualquier edad.
Algunas víboras de vistosos colores completaban la danza de una naturaleza, que hasta ese momento solo había mostrado ante ella algunas particularidades, y ahora de manifestaba abiertamente.
Las veía desplazarse por el patio o en cualquier recodo de una picada o sendero, con mucha suficiencia.
La picadura de una temible yarará, en cualquier momento, obligaba a recurrir urgente al suero para evitar una muerte segura.
En los primeros meses Amanda observaba entre atónita y asustada la familiaridad preexistente entre sus alumnos y alumnas con las víboras que aparecían por cualquier lado.
“Si los pican hay siempre suero, por suerte”, se decía.
Era una especie de escudo mental, imaginando todo el tiempo que podía enfrentarse con lo peor.
El mandato interno de todos los habitantes de la comarca era subsistir con lo poco que tenían. Ambientarse a un acontecer diario inmodificable, postergando todos los sueños, e ir cubriendo las necesidades de alimentación y cobijo de manera muy precaria.
Amanda no vislumbraba ahí un esbozo de futuro.
Otro impacto de la carencia de medios la conmovió, obligándola a disciplinarse en algo que nunca hubiera imaginado.
El primer mandamiento en Colmena era que no se tiraba ni una gota de agua.
Su aprovechamiento máximo era el punto de partida de la supervivencia.
Tuvo que habituarse al ahorro extremo ya que si no llovía era un drama resolver las tareas cotidianas en la escuela.
El sol calcinante llevaba al agobio cada día transcurrido.
La poca agua disponible era utilizada con extremo cuidado.
En un recipiente de forma rectangular se “cosechaba” el agua de la lluvia como si se tratara de oro.
A poco de ser utilizada adquiría un tono rojizo, ya que se la usaba extrayendo medidas mínimas con un jarro y con mucho cuidado.
Esa manipulación incorporaba a la modesta fuente expuesta la tierra, siempre flotando en el ambiente.
Uno de los acontecimientos mas esperados por sus nuevos vecinos era la llegaba del tren aguatero al pueblo.
-Viene cada tanto- le habían informado durante la primera semana.
El transporte ferroviario descargaba el líquido del vagón tanque con una gran manguera en un aljibe decorado con distintas filigranas de hierro, incluyendo una antigua rondana con dibujos en sobre relieve.
Los pobladores aseguraban que el pozo medía unos quince metros de profundidad y había sido cavado muchos años atrás.
El tren llevaba el agua a otras estaciones vecinas con el mismo procedimiento.
Un ruego generalizado en el poblado era “ojalá no se retrase esta semana”.
La gente del campo hacía lo que llamaban “tazamares” en el suelo, ante una precipitación pluvial que se anunciaba como inminente.
Implantaba en la tierra el amplio recipiente.
A las pocas horas de caída la lluvia el agua era marrón, ya que el viento hacía volar la tierra sobre ella todo el tiempo.
Pero nadie se quejaba. Solo le interesaba aprovechar al máximo el vital líquido que había juntado.
No existía un baño con bañera, inodoro y descarga como Amanda conocía.
Solo un precario retrete como corolario de un primitivo modo de vida.
El año 1959 fue centrarse en intentar formar a los chicos y resistir.
Hacerse cada vez más fuerte en sus convicciones.
“Nunca volveré vencida a la casita de mis viejos. Eso jamás”, se decía.
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Pasaban los meses y no visualizaba un progreso concreto en su trabajo como docente.
“No tengo que permitir que me sepulte aquí este ambiente”, se repetía.
Para ganar algunos pesos más e insertarse en la vida de la nueva comunidad comenzó a trabajar como empleada del comercio de un contratista de La Forestal Argentina, subsidiaria de La Forestal de Inglaterra.
Su apellido era Burali, un hombre mayor de la ciudad de Santa Fe, que comercializaba mercaderías de todo tipo en la zona.
Parecía ser el dueño de la carne y de todo lo que se consumía allí.
Tenía auto, camión y una heladera; un bien muy preciado para sobrellevar el calor agobiante del norte santafesino.
La proveeduría para los obrajeros y sus familias la conformaba un rancho alargado, de cumbrera alta y techo a dos aguas con grandes estantes y un pasillo en el medio. Sardina, aceite, vinagre, caña, fideos moño o cabellos de ángel, azúcar, grapa y muchas otras mercaderías se alineaban en las grandes estructuras de madera que las exponían abiertamente.
Amanda atendía a la gente y llevaba un minucioso registro contable de las operaciones de venta.
Su patrón tenía una casa muy confortable y sobre todo fresca.
Era trataba con mucha cortesía, tanto por el hombre como por la mujer, así que pasaba muchas horas de descanso con ellos.
Notó con el correr de los meses que la cultura originaria del toba o mataco seguía siendo una especie de refugio de los habitantes del lugar.
Un escudo de defensa.
No podía desarrollar diálogos fluidos con ellos ya que seguían sumergidos en su mundo interno. Eran muy parcos.
Algunos que vivían más al este, en dirección del río Paraná, hablaban guaraní; un idioma que no le era desconocido ya que su padre cada tanto dialogaba con entrerrianos o correntinos y ella entendía palabras sueltas o frases.
Aprendió que en el uso popular se le decía “mencho” al peón de campo y por extensión a todo aquel que tuviera rasgos similares.
Pelo lacio, negro y aspecto recio.
Se asombró y hasta sufrió todo lo lamentable que acontecía en un día de “yerra”.
Vió como se marcaban los animales y como los hombres endurecidos en los obrajes en el Impenetrable en su día libre bebían hasta el desborde caña o grapa, dos bebidas muy fuertes.
Descubrió allí el desamparo, la rusticidad y la ceguera, que el alcohol y el trabajo brutal en el monte provocaban.
Su relación con el matrimonio Burali le significó contar con una casa cómoda y fresca y acceder a esa obra maravillosa del Señor llamada heladera.
Pudo así soportar sin pena el día a día en la escuela bajo el sol abrasador. Le resultó agotador el trabajo de buscar métodos para motivar a muchos alumnos que no tenían respuesta mental a su dedicación como docente.
Con el correr de los meses “adoptó” a los Burali como abuelos postizos.
Era una buena forma de resistir en un ambiente difícil y evitar que el pesimismo la acorrale y la derrumbe.
V- Cuatro extraños visitantes
El censo de 1960 nos convocó a todas las maestras y al director de la escuela.
Había que llevar adelante las tareas de actualización de registros poblacionales en todo el país, según lo establecía una ley.
Se nos asignó a cada una un radio específico, en el que teníamos que anotar a todos los integrantes de las familias que habitaban el lugar.
La primera idea que me hice, después de una corta reunión informativa, era que debía recorrer senderos en medio del bosque. Eso que me llenaba de dudas.
Era un territorio desconocido para mí.
Implicaba toda una experiencia de vida ya que debía establecer un diálogo directo con personas que, después de un año de vivir en el mismo territorio, casi ni había visto.
-¿Dónde me toca entonces?- pregunté.
Traté de mostrarme resuelta pero en mi interior tenía mucho miedo. Andar en el monte chaqueño sola, era algo que nunca había imaginado posible en mi corta vida.
“Puede pasarme cualquier cosa”, pensaba. Se trataba de una especie de gran aventura para la que no me sentía preparada.
En el croquis que me entregaron constaba que debía recorrer un espacio demarcado en un sector pegado a la ruta a Santa Fe.
-¡Es muy lejos!
Nunca me contuve si tenía que protestar y esta era una inmejorable ocasión para hacerlo. No podía quedar a la buena de Dios. Tenía que protegerme de alguna manera.
Logré ser escuchada sobre lo complicado que era andar a pié por esos caminos.
Tuve un poco de suerte ya que me consiguieron un sulky casi enseguida.
Logrado el transporte redoblé la apuesta.
-No puedo ir allá sola. Es peligroso ¿Me podrá acompañar la policía?
Mi razonable petición tuvo eco y las autoridades responsables del censo me asignaron un agente.
Además de un discreto custodio personal terminó siendo un buen guía. Conocía a muchas personas y sus datos filiatorios.
Al principio estaba atemorizada, ya que desconfiaba hasta del uniformado.
Muchos tramos del recorrido los hicimos los dos solos, alejados de toda presencia humana. Largos silencios fueron una constante.
Pero el hombre se portó muy bien.
Era respetuoso y colaboró con amabilidad en todo.
En el terreno concreto de mi tarea me encontré con un cuadro más dramático del que suponía al principio de la recorrida.
Durante ese largo día comprobé la pobreza extrema y las limitaciones intelectuales de aquel que nada tenía y contaba solo con sus brazos, convertidos en herramienta de supervivencia.
Descubrí esclavos del hacha y del monte…
Muchas de las personas con las que mantuve diálogos escuetos parecían ajenas a todo.
No vislumbré en ellos esa pasión por la vida, ese impulso por forjar su futuro.
Los encontré como apagados y sin interés por lo que pasaba a su alrededor.
Recuerdo un término que se usaba en aquellos tiempos para definir esa situación social. Ese estar prácticamente al margen de todo.
Quedó grabado en mi memoria.
-Son pobres, pero pobres de solemnidad.
En fin. Nada podía modificar yo, solo sentirme parte de sus desdichas por un corto tiempo.
El censo duró el día completo. Fue agotador.
En el intenso trajín de esa jornada observe la forma en que algunas familias criaban chanchos y gallinas en sencillos cobijos adosados a la vivienda.
La gran mayoría vivía sin muebles y muchos no utilizaban calzado.
En la escuela había notado lo mismo.
Nueve de cada diez chicos vivían descalzos.
Los alumnos de la escuela eran unos sesenta en total. Solo cinco o seis iban con zapatillas.
La sospecha inicial que después fue una duda, tuvo la comprobación.
Muy pocos habitantes de Colmena contaban con algo más que lo elemental para la supervivencia.
Ahora tenía la certeza de haberlo verificado. Lo que era inquietante.
Había pocos privilegiados en El Impenetrable.
Puedo nombrar a algunos. Recuerdo a un hombre de apellido Navarro, que era contratista de empresa La Forestal.
Vivía en el paraje El Alonso, a unos diez kilómetros de la estación, y sus dos hijas iban a la escuela.
Concurrían a clase en sulky con pulcros vestidos muy bien planchados, coquetos zapatos y portando una sombrilla para defenderse del sol abrasador.
Los chicos en Colmena tenían rasgos de diversos cruces de sangre.
Rostros de descendientes de europeos con diversos tonos de piel y colores de pelo.
No eran muchos los tobas o matacos puros.
Buena parte de ellos habían superado la parsimonia de sus padres y abuelos y se los veía despiertos y atentos.
Yo lamentaba mucho que muy pocos podrían seguir estudiando.
Su destino casi seguro era el obraje.
Era una aprehensión permanente percibir que no había esperanza ni mayores posibilidades de progreso para ellos allí.
Los más grandes, de 16 o 17 años, cazaban martinetas.
También cazaban “uazunchos”, un ciervo chiquito como el pudú cordillerano.
Creo que ese nombre raro, para mí, era un término originario de la lengua toba.
Tanto los ciervitos como las aves iban a parar al horno de la cocina económica con la que contaba, aderezados con sal y ajo.
Las dos eran carnes muy sabrosas.
El censo pasó sin pena ni gloria y la vida continuó con la monocorde cadencia de siempre.
No había novedades relevantes en el pequeño poblado pegado a la estación.
Cada semana se parecía demasiado a la anterior.
Hasta que cierto día llegó un automóvil con cuatro personas.
Resultaba extraña esa presencia grupal.
Aunque era positivo ver otra gente después de tanto tiempo.
Por la forma de vestir y conducirse me di cuenta que eran autoridades gubernamentales.
Me lo confirmó “Lalo” Romero en voz baja, casi de inmediato, cuando ingresaron a las aulas uno tras otro, observando a su alrededor.
Después de hablar distendidamente con los chicos y docentes, sobre como iban sus estudios y cuales eran sus deseos, el que parecía llevar la voz cantante participó del juego de ronda durante la tarde, provocando las risas de muchos chicos y chicas.
Recién a última hora me dijeron que se trataba de un tal Silvestre Begnis.
-¿Carlos Silvestre Begnis? ¡Entonces es el gobernador de la provincia!- les dije a las otras maestras.
Ellas no tenían muy en claro si lo que decía era verdad o si era una broma mía.
El aislamiento las había llevado a desconocer la información de actualidad o a desinteresarse por lo que tuviera algún grado de complejidad.
En mis casi dos años en la escuela de Colmena fue el único funcionario que vi.
Al parecer era una maestra instalada fuera del mundo.
VI- El tren que transportaba todos los pesares
El viento parecía exacerbarse los dos primeros días de cada noviembre.
Todos los santos y todos los muertos eran una presencia que invadía la conciencia.
Las calles se vaciaban y un latido inquietante se apoderaba del ambiente.
Rememorando ahora pienso que quizás fue una percepción capciosa de la realidad. Un capricho de la memoria.
Aunque justo es decirlo, en esos dos días de recogimiento cristiano, el clima se asociaba con naturalidad al recuerdo de las almas de los que ya no estaban.
Cincuenta años atrás todo parecía confluir en el pesar por ese sufrimiento irremediable.
La música de las radios de todo el país era monocorde, de orquestas de cámara. Lo sacro progresaba durante el día en los sentidos hasta apropiarse de ellos, sedándolos.
Las voces de los locutores y lo festivo desaparecían del aire.
Había un acuerdo general no escrito para que fuera así.
No cabía la posibilidad de vivir esos dos días interminables de otra manera.
Los encuentros familiares se sostenían en un tono respetuoso producto de esa sensación tangible de acercamiento a los que estaban fuera de este mundo.
El tren “El Chaqueño” que salía de Retiro y llegaba hasta Resistencia, cada primero de noviembre iba cargado, repleto de flores.
Era un gran destello multicolor que convocaba a todas las miradas, en todas las estaciones.
Los criollos que tenían muertos en la zona viajaban para recordarlos y visitar sus tumbas.
Ese respeto ancestral por los fallecidos y por “el más allá”, se evidenciaba en la dedicación puesta en las flores elegidas y en la diversidad de formas de ornamentación.
Como las opciones, los gustos de los deudos y las flores eran muchas, el colorido del tren era impresionante.
Tanto como el silencio que mantenían los viajeros.
La algarabía de todos los otros días del año, en las distintas estaciones, el primero de noviembre desaparecía.
Los ramos eran colocados en forma cuidadosa en baldes y tachos de agua para que duraran más.
Era un método probado que la mantenía lozanas y vitales durante el viaje y hasta ser depositados en la tumba de ese familiar que era sólo memoria.
Cuando llegaban los ramos para los muertos de Colmena la gente dejaba lo que estaba haciendo y se acercaba al tren.
Los viajeros bajaban en silencio sin apuro alguno, sosteniendo los recipientes con agua y flores, para después depositarlos con cuidado en el andén.
Por su parte muchos habitantes de Colmena cargaban las flores que habían comprado y viajaban más al norte, a otro pueblo, para cumplir con el ritual de dialogar un instante con la muerte.
Durante ese día tan particular la locomotora conducía una formación de más de diez vagones.
Iba dejando y subiendo muchos pasajeros ensimismados en los novecientos kilómetros de recorrido.
Colmena, Vera, Malabrigo…
En unas veinte estaciones subía y bajaba gente que iba a visitar las almas de sus muertos queridos.
Pena, dolor y resignación eran tres serenos fantasmas que viajaban de incógnito en “el tren de las flores”.
VII- Sola, en un nuevo camino
Lo había hablado antes en distintas oportunidades con “la griega”.
Me sentía amargada y frustrada en ese ambiente distante de todo, que vislumbraba como inmodificable.
Después de pensarlo varios meses me decidí a buscar otro destino.
Quería enseñar en un lugar en donde existiera alguna posibilidad de vida plena.
Esbozar mi ideal cada día y tratar de cumplirlo, eso debía hacer.
No embrutecerme en medio del monte.
Ese nutrirme, enriquecerme en la relación con los demás, que había vivido con tanta intensidad en mi niñez y adolescencia, no se estaba dando en la escuela de Colmena.
“Imaginar un futuro a mi medida” fue el mandato que decidí llevar adelante.
En las conversaciones con mi amiga y con las otras maestras preguntaba y escuchaba atentamente las respuestas, para tener mas claro algunas alternativas posibles.
La inquietud de buscar nuevos horizontes también prendió en Lefki, “la griega”.
Pensaba en algún lugar indefinido bien al sur o en Tilcara, bien al norte. Alguna vez me había llamado la atención el paisaje del altiplano y cierto sesgo cultural que me atraía del noroeste y que me hubiera gustado indagar entonces.
También sonaba bien la palabra Patagonia por ese halo de misterio que tenía, aunque era toda una incógnita, ya que no imaginaba con que podía encontrarme.
¡Que buena oportunidad!
“Lalo” Romero sorpresivamente se “tomó un día franco”, yéndose a cazar al monte.
Sin pensarlo demasiado Lefki y yo entramos a la dirección, en un operativo tipo comando.
Utilizando sellos y papelería oficial redactamos notas a las Delegaciones Norte y Sur del Ministerio de Educación de la Nación.
Un hombre de apellido Zaina, responsable del área de la provincia de Río Negro contestó en forma inmediata.
La notificación expresaba la posibilidad de dos cargos: un director y un maestro. O directora y maestra si se quiere ver de otra manera.
Además ofreció en el escueto texto “200 kilogramos de equipaje pagos” a quienes decidieran su traslado.
Esto originó una pulseada por el “poder”, una amable disputa entre las dos. Ambas imaginábamos ser “la directora” de una escuela que estaba más allá del horizonte.
Impacientes y convencidas ante el futuro que parecía sonreírnos enviamos los telegramas solicitando los cargos, desde la estación de Colmena.
Al mismo tiempo comenzamos a preparar nuestros bártulos para una pronta partida.
Pero a mi aliada, compañera y amiga, “la griega” Lefki, se le murió el padre y tuvo que volverse a la localidad de Tostado al norte de Santa Fe, llamada de urgencia por su familia.
Tuve que iniciar sola un nuevo camino.
Que comenzó con el enojo de “Lalo” Romero, el director de la escuela.
Estaba muy molesto por lo sorpresivo de mi decisión.
La juzgaba intempestiva.
Pero no podía hacer otra cosa que aceptar lo que yo ya había decidido.
En Colmena el día 20 de noviembre de 1960 inicié un largo periplo de dos días en dirección a la lejana Patagonia con destino a un punto lejano, junto a una línea ferroviaria que llevaba a la Cordillera de los Andes, en la estación Cerro Mesa.
Con los años me parece haberlo vivido como una secuencia cinematográfica:
Un corto trayecto hasta Vera, desde allí a mi Santa Fe querida. Ruido de camiones, autos trenes, conversaciones lejanas en las que no participaba.
Después de una pequeña pausa, de solo un minuto para mirar en dirección de mi casa y respirar profundamente.
Debía continuar sin dudarlo a Buenos Aires, capital del país.
Me recibió el ruido de la estación Retiro, con un mundo de personas circulando en todas direcciones, vendedores ambulantes y pilas de equipajes en los andenes.
Después Constitución, desde donde debía enfilar hacía el sur.
VIII- Primera excursión por la Pampa Húmeda
El tren partió a eso de las seis de la tarde.
Un calor agobiante la había incomodado desde su llegada a la capital, de manera que el movimiento inicial suave del transporte fue un alivio. Una brisa de aire fresco le acarició el rostro.
La multitud que convocaba todo el tiempo la Estación Constitución por fin había quedado atrás.
Todos los ruidos del ir y venir de locomotoras y vagones se desvanecieron.
Durante las dos horas siguientes la joven maestra centró su mirada en las imágenes que se sucedían en las ventanillas del vagón, cada vez a mayor velocidad, como en un cinemascope.
Sus pensamientos también viajaban; por el cielo gris, a los edificios vecinos, a las grandes antenas de los televisores.
La formación salió de los escenarios de la gran ciudad mas poblados y los alambrados tendidos comenzaron a ser la fisonomía dominante del paisaje.
Había observado en un mapa las próximas estaciones y recordaba solo dos, porque eran fechas importantes para el país:”25 de mayo” y “9 de julio”.
En algunos corrales separados por tiras de alambre pastaban vacas y en otros caballos. Un intenso verde parecía tendido hasta el horizonte lejano y todavía indefinido.
Amanda trataba de retener en sus retinas detalles menores, jugando con la idea de recordar el lugar aproximado cuando volviera a su Santa Fe, a “visitar” a su familia.
Buscaba establecer mojones en su memoria.
Pasaban las horas y los campos sucesivos se parecían demasiado unos a otros y concluyó que todo lo que intentaba recordar con ese método se le desarmaba.
El sueño la rondaba.
Había que dormir ya que el viaje todavía no estaba ni en su mitad.
En la estación de Bahía Blanca vio la última gran concentración de personas.
Después el tren se desplazó por una meseta en donde el verde comenzaba a perder intensidad y se intercalaba con grandes manchas de tono sepia.
Se veía poca gente caminando y cada tanto un auto o camión, en las rutas vecinales o cruces de vías.
Primero había sido la euforia para afirmarse en su decisión, a pesar de la jugada del destino que le había arrebatado a su compañera y amiga, “la griega” Lefky.
El proyecto común de ejercer como maestras en otro punto de Argentina, madurado durante todo un año, dependía solo de ella ahora.
El largo silencio del viaje hacía el sur invitaba a la reflexión profunda.
Aparecía cierto agotamiento físico, después de varios días tensos.
”Mejor descanso, no quiero buscar argumentos para arrepentirme”, se dijo.
Amanda trataba de centrar todos sus sentidos en el vasto paisaje que se le ofrecía y no mostrarse ansiosa en las sucesivas paradas.
En las últimas horas había comprobado cuanto ganado vacuno había en Buenos Aires.
Toda la riqueza agropecuaria expuesta, como en los manuales en los que había estudiado, no hacía mucho. No recordaba la cantidad de “cabezas de ganado” con que contaba la Pampa Húmeda, en sus registros históricos…
Se había recibido de maestra dos años atrás.
Ahora aquel momento tan gratificante le parecía distante, muy lejano en el tiempo.
Los extraños nombres Carmen de Patagones y Viedma, mencionados por el guarda, la sorprendieron Se puso de pie a observar como cambiaba el entorno ambiental. También la gente se vestía diferente.
Respiró profundo.
La decisión que la llevaba muy lejos de la casa familiar no tenía retorno a esa altura.
Pensó en esos momentos que la vida tendría más sentido lejos, bien lejos de su casa.
Donde nadie la vigilara ni condicionara su iniciativa.
-Argentina es un país de grandes espacios y libertad.
Para darse ánimo y afirmarse en sus convicciones repetía algún axioma elemental de su época de estudiante.
Ante un paisaje agreste desconocido y unas pocas casas bajas, cada tanto, renacían sus dudas.
-¿Estaré acertando?- se preguntó.
Miró inquieta a su compañera de viaje en el camarote.
No estaba segura si las dos últimas frases las había pensado o dicho en voz alta.
IX- Al sur, siempre al sur…
Las horas transcurrían y Amanda mantenía la mirada fija en algún punto indeterminado del paisaje.
El desierto parecía no tener fin y esa sensación de inseguridad ante lo extraño la seguía ganando.
No sabía como hacer para sacársela de encima.
Pensó entonces que debía distraerse orientando su mente a algo agradable.
El sonido monótono de los hierros contra los hierros, de las ruedas del vagón sobre las vías, comenzaba a sedarla.
”En cualquier momento me duermo”.
Cada tanto el traqueteo del tren la despejaba cada tanto y renovaba su inquietud. No lograba concentrarse lo suficiente para llegar a un sueño reparador.
”Parece que van a salirse las ruedas y va a volcar”.
Pensamientos dispersos la mantenían tensa e incómoda.
El guarda, un hombre mayor de rostro pálido y grandes bigotes recortados, anunció que en vagón comedor el almuerzo se serviría “en la próxima media hora”.
-¡Pueden hacer los pedidos!- vociferó.
Amanda tenía mucha hambre. No había probado bocado alguno en toda la mañana.
Solo unos pocos mates con agua tibia, muy temprano.
Evaluó la alternativa de un almuerzo contundente, durante un buen rato, pero después de pensarlo decidió no ir al comedor.
No quería que uno de esos movimientos convulsivos del tren la tomara caminando en un pasillo y la hiciera caer.
Y la aterrorizaba la idea de cruzar de un vagón a otro con el tren en movimiento.
La locomotora podía acelerar o tomar una curva cerrada, justo en ese momento.
Algunas preguntas que rebotaban en su mente la hicieron entrar en un sopor placentero y el embotamiento comenzó a ganarla hasta que la venció.
El calor en el rostro, en los pies y en las manos la acompañó por un buen rato. Eran sensaciones gratas.
El monocorde roce del hierro con el hierro adquirió cierto cadencia musical que la llevo a un profundo sueño, en donde imágenes de su pasado aparecían y se desvanecían, una tras otra.
X- Un nuevo universo con nombres extraños
En todos los libros que había leído, hasta ese momento, en ningún párrafo surgía una referencia y menos un método para resolver la vida a los 19 años.
Había que forjarse el futuro de alguna manera, sin ninguna receta previa.
-¿Me estaré apurando demasiado?- se dijo Amanda. El vidrio de la ventana del vagón le devolvió su imagen seria y concentrada.
Los consejos de los mayores que habían intentado disuadirla de ciertas ideas, instándola no asumir riesgos le parecían poco felices, ya que no contemplaban sus convicciones mas profundas.
Su ideal era ser la maestra en una escuela en donde los chicos se sintieran gratificados con los libros y convencidos que lo mejor era estar en el aula.
-¿Existirá un lugar así?
-Si no existe podría intentar hacerlo yo.
La experiencia triste de dos años en el bosque chaqueño le había dejado un gusto amargo. Haría lo imposible para no volver a vivir algo así.
Sus cavilaciones la acompañaron en todas las horas que compartió camarote con la suegra del primer gobernador constitucional de Río Negro, Edgardo Castelo.
No hubo diálogo alguno ya que la barrera idiomática les resultó a las dos infranqueable.
Con la elegante señora francesa solo se pudo comunicar mediante rebuscadas señas.
La mujer se bajó del tren en la estación de Viedma.
-Ahora entro a la Patagonia solita con mi alma- se dijo, mientras observaba a la mujer de origen europeo que parecía esperar con cierta impaciencia a alguien, parada en el andén.
Miraba su reloj pulsera todo el tiempo y prestaba atención al acceso de los autos a la estación.
El tren partió nuevamente despacio, muy despacio. Como en puntas de pie.
Después de superada la capital rionegrina el paisaje se transformó en una gran planicie árida que no cambiaba su morfología. Durante muchas horas todo fue igual.
En la estación de San Antonio Oeste bajó un pasajero y no subió nadie.
La localidad de Valcheta, de pronto se hizo visible en medio del desierto. Era un oasis. Un gran pulmón verde como los que se describían en los relatos épicos con filas de camellos y beduinos en el norte de África.
Por la atención puesta en lo que pasaba a su alrededor el sueño no llegó. De manera que Amanda percibió durante toda la noche todos los matices del largo trayecto, con detenciones cortas en medio de la meseta, en parajes prácticamente despoblados.
Después de la estación Maquinchao el guarda golpeó con energía las puertas de los camarotes avisando que prepararan sus equipajes.
-¡Los que se bajan en Ingeniero Jacobacci!
Su grito se escuchó nítido por encima del ruido del la locomotora y los hierros de los vagones chocando entre sí.
Allí debía bajar.
Poco tiempo después Amanda, la nueva maestra de Río Chico, se enteró que muchos de los viejos pobladores llamaban Nahuel Niyeo a ese lugar.
Era su nombre original en lengua mapuche o tehuelche.
Las denominaciones de los pueblos de la zona le resultaron extrañas pero agradables al oído.
-Este es otro mundo. Y se respira aire puro- se dijo, buscando darse ánimo para hacer frente a la soledad en la que se sentía envuelta mientras miraba a su alrededor.
Trataba de verificar que no se olvidaba ninguna prenda ni bolso en el camarote.
-Mis documentos los tengo aquí. Si, están aquí-
Revisó su cartera dos veces.
En la gran curva el tren comenzó a aminorar su marcha.
Podía ver ahora la parte final de la formación de vagones desde el pasillo.
Poco a poco las penumbras iban dejando lugar al amanecer.
-Soy una especie de gitana de este país. Nací en Corrientes, viví en Santa Fe. Ahora estoy en el medio de Río Negro y no se adonde voy a ir a parar.
Arrastrando sus maletas y bolsos por el estrecho pasillo sintió el frío viento patagónico.
Trató de no darle importancia viajando mentalmente a su Santa Fe por unos instantes.
A sus calles con intenso tránsito todos los fines de semana, a los grupos de jóvenes que miraban las vidrieras de las grandes tiendas.
Un pensamiento la ganó cuando puso su pié derecho en el andén y las imágenes de su barrio se desvanecieron.
”Muchas de las chicas de mi edad deben estar pidiendo permiso para ir a la esquina y yo me vine sola hasta donde el diablo perdió el poncho…”
XI- Frío amanecer en un pueblo fantasma
Sus valijas, bolsos y cajas formaban una gran pila informe en el andén.
Comenzaba a aclarar cuando todas sus pertenencias quedaron depositadas en el suelo.
Antes de sentarse en la valija más grande verificó que no se había olvidado nada en el vagón.
-¿Y ahora?- se dijo.
La mañana era fría y el viento persistente del sur le resultó gratificante en un principio, pero a los pocos minutos no sabía como protegerse de el. Nunca había sentido una sensación parecida.
El sol trepó lentamente a sus espaldas y tiñó todo con una luz mortecina. El frío se replegó un poco haciendo tolerable el estar allí.
Algunos viajeros que iban en dirección de la cordillera eran despedidos por personas que, imaginó, eran familiares y amigos. Otros que llegaban desde parajes y localidades de la meseta eran recibidos.
Después de una media hora de intensa actividad en la estación, con equipajes que se cargaban o descargaban alternativamente, el tren arrancó lento mientras sonaba un largo pitazo y el tañido de la campana.
Amalia estaba deslumbrada por el ambiente agreste que la rodeaba.
Observó particularidades de su entorno tratando de fijarlas en su memoria. Cerros bajos, casas de ladrillos, algunas viviendas modestas de adobe, edificios bajos de ladrillos a la vista, muchos vagones y un par de locomotoras paradas…
Cuando la formación se perdió a lo lejos en dirección a Bariloche, después de convertirse en un punto lejano en el desierto que parecía interminable, se quebró el encantamiento.
Bueno, tranquila.
Ahora debía continuar al sur, mas al sur como lo había decidido el mes anterior.
Sostenía su convicción a pesar de ciertas dudas que la inquietaban todo el tiempo.
Ahora con los pies en la Patagonia estaba más convencida.
El aire fresco llenaba desbordante sus pulmones y sentía su cuerpo revitalizado con el sueño reparador de las últimas horas.
Pero estaba en un lugar extraño, en algún punto que lo libros, que ella consultaba en forma habitual, nunca le habían detallado.
Las ráfagas de viento que cada tanto arrastraban algún yuyo seco, lo rústico del ambiente y el silencioso andar de las personas del lugar la llevaron a hurgar en su memoria.
Sus cavilaciones la llevaron a comparar el lugar con algún pueblo fantasma de las películas norteamericanas.
Escenarios similares a este le habían llamada la atención algún sábado o domingo en una distendida función de un cine en el centro de su querida Santa Fe, ahora lejana en el tiempo y la distancia.
Buscó el rostro de alguno de los paseantes, un gesto amable que le diera alguna clave para conectarse con la gente del nuevo territorio que pisaba.
-Señor, podría..?
-Señora, podría..?
Intentó varas veces saber cuan lejos estaba y en que dirección seguir para llegar al destino que había elegido para ejercer como maestra.
No lograba completar la frase “Señor ¿podría decirme?”
La desazón volvía a adueñarse de ella y las dudas que se acumulaban le resultaban una gran mochila pesada e inquietante.
Hasta que una pareja se le acercó. Vestían a la usanza criolla. Él un sombrero de ala pequeña, bombacha oscura, una campera de cuero corta y botas negras acordeonadas. Ella un vestido floreado largo y un abrigo de lana de oveja tejida a mano.
Al parecer habían estado atentos a su creciente inquietud.
-¿Adonde va señorita? ¿Podemos ayudarla?- le preguntó la mujer bajita, haciendo un gesto difuso con el dedo índice.
Después que Amanda le explicó adonde y a que iba, mostrando una gran sonrisa le dijo:
-Ah. Es en la estación de Cerro Mesa. Nosotros tamién vamos pa´allá.
El alivio de Amanda fue mayúsculo cuando con amabilidad le preguntó “si podían seguir el viaje juntos”.
-Mi marido es Cayupan. Cayupán Anselmo y yo soy Cresencia.
Después de estrechar la mano del hombre la mujer le hizo un ofrecimiento:
-Él le puede cargar las valijas en La Trochita ¿le parece bien señorita?
Sin esperar respuesta y sin apuro Anselmo comenzó a subir los bultos al pequeño vagón, con mucho cuidado.
Los asientos de madera eran rígidos y resultaban incómodos a la maestra.
Amanda observó como Cresencia sacaba estopa del rincón de un cajón de madera que estaba al costado de una modesta salamandra.
-Es para que prenda bien ¿vió señora?- aclaró la mujer.
El vagón le resultaba muy pequeño como vehículo transporte de pasajeros.
Ella conocía el trencito de trocha angosta que utilizaba La Forestal Argentina en la zona del Chaco, pero era solo para traslado de mercaderías y carne.
-Es muy temprano. Vamos a salir en un rato- Le dijo Anselmo a su esposa, después de mirar con atención el reloj pulsera que llevaba en su muñeca derecha.
La mujer en silencio, tendió una tela y de un bolso saco tortas fritas, un mate, un paquete de yerba y una pava.
En el vagón subió la temperatura apenas la llama se hizo fuerte en la salamandra. Cuando recibió el primer gratificante “amargo” Amanda sintió que el mundo recuperaba todo su sentido y que el día era maravilloso…
XII- El aire patagónico fue una caricia
En ese primer recorrido del trencito hasta mi destino final en la Estación Cerro Mesa nuevas sensaciones comenzaban a invadirme.
Observé muchos caballos sueltos a los que la presencia humana en un vagón parecía resultarle familiar, ya que levantaban la cabeza y prestaban mucha atención.
Ovejas, muchas ovejas, y perros alrededor corriendo como en una competencia.
Los pastores saludaban, por costumbre, y los chicos jugaban acompañando desde lejos al tren, corriendo en forma paralela a las vías.
La velocidad del viejo expreso patagónico no era importante, así que pude ver sus rostros y escuchar sus risas.
Tampoco yo tenía apuro alguno. No recuerdo haber mirado el reloj durante ese día.
Mis dos compañeros de viaje, Cresencia y Anselmo, me explicaron detalles sencillos que me permitían interpretar los acontecimientos, así que iba descubriendo rápido ese nuevo mundo que se abría ante mis ojos.
Los alambrados dividían grandes extensiones de campo igual que en la pampa húmeda.
La formación de pequeños vagones ingresaba en curvas, contra curvas, superaba algunos precipicios inquietantes, con el ruido de hierros como una constante.
Después un largo pitazo avisando de nuestra presencia, en la estación de la localidad de Río Chico, que se veía muy austera a lo lejos.
La cantidad de equipaje que traía generó el interés por mi llegada, a medida que lo bajaba, ayudado por Cayupán y su señora. Una generosa pareja de criollos que Dios puso en mi camino.
Al rato ya estaban todos enterados que la que cargaba con tantos cachivaches era la nueva maestra de la vieja escuelita.
Manos cordiales me ayudaron a trasladar todo a mi nuevo domicilio.
Llegué a la pensión de Simona, quien se transformaría, poco tiempo después, en una de mis primeras amigas en el pueblo.
Con el tiempo supe que allí se vendía el vino suelto. Tinto, clarete o blanco según el gusto y la disponibilidad económica del consumidor.
Probé muchas veces puchero de chivo, la especialidad de la casa.
Degusté bebidas con sabores extraños para mí, como el kepí y consumí mucha verdura de quinta, preparada de distinta manera.
Arvejas, habas, lechugas, papas, zanahorias; hasta tomates.
Obligada por las circunstancias aprendí a comer arriba del pan “a la criolla”, sobre todo en las salidas al campo.
Durante los primeros días me resultaba todo bastante raro.
Pero me fui acostumbrando poco a poco y adopté usos y costumbres locales.
Mi guardapolvo de maestra argentina fue bien planchado por Yamile, en la noche que siguió al día de mi llegada.
Después me habituaría a llamarla “la turca”.
Era una agradable chica de 15 años que vivía en la casa de Simona.
Al otro día, sin precalentamiento alguno, tuve que dictar clase.
Fue el 23 de noviembre de 1960. Lo recuerdo muy bien porque ese día nació Antonio Michelena, quien después sería muy conocido en la zona como jugador de fútbol de Huahuel Niyeo, un equipo de Ingeniero Jacobacci.
Recién había llegado del norte, de un clima tropical; así que mi piel estaba sensible.
Esa primera mañana me pareció muy, pero muy fresca.
Tenía frío, pero ni loca iba a ponerme un abrigo sobre mi impecable delantal blanco.
La temperatura debería haber estado en unos 16 a 19 grados y yo estaba acostumbrada a los 35.
El cambio había sido demasiado brusco.
Para hacer más visible el contraste, con mis sensaciones, los familiares de los chicos vestían como si estuvieran en pleno verano.
Seguí con naturalidad todas las formalidades de un ingreso a la escuela y al aula.
Mi primera impresión fue que “todo sería diferente a lo vivido en El Impenetrable durante dos años”. Noté a los alumnos con mucha vitalidad y bien vestidos, con ropa y zapatillas nuevas.
Con el correr de los días me fui enterando que muchos de los chicos vivían muy humildemente, aunque no con el dramatismo del norte de Santa Fe.
¿Qué había pasado?
Unos días antes de mi llegada el área social de la provincia había repartido calzado y ropa a todos los chiquitos del pueblo en edad escolar.
Fue formidable en esa primera jornada como maestra.
El aire que respiraba era el más puro del planeta, un río transparente bajaba por el valle y el sol no me maltrataba. Parecía frío y distante.
Al otro día me quedé sola con todos los alumnos.
Tuve que poner todos mis sentidos y mi instinto en alerta.
XIII- La de adobe y pintada de blanco, esa es la que quiero
Cuando ingresé a la escuela la primera sensación fue agradable, al ver a los chicos con guardapolvos y ropa nueva el primer día de clase.
En comparación con lo vivido en El Impenetrable durante dos años las perspectivas eran mucho mejores.
Mis pulmones estaban henchidos por el aire puro y fresco de la Patagonia.
Pero cierta desazón me ganó al entrar por primera vez al establecimiento, en esa lejana semana de noviembre.
Estaba conformado por dos pedazos, o dos secciones si se puede decir así, de una vieja casa.
No había lugar para la dirección. Solo las aulas de cuarto y segundo grado y una galería rudimentaria.
Después contabilicé una modesta casa para un maestro y un cuarto para otro docente.
El baño, mejor dicho el retrete, estaba al fondo del patio.
Podía sumarse como activo también un galpón maltrecho que había sido y fue, después de nuevo, el comedor escolar.
El pozo comunitario tenía un brocal de ocho filas de ladrillos a la vista.
Un tarro grande, metálico, con una piola gruesa permitía extraer agua para beber en cualquier momento del día.
Junto al aljibe había un gran cubo de cemento heredado del extinguido almacén de ramos generales.
Sobre el inmenso bloque se habían apoyado, años atrás, los toneles para poder vender con comodidad el vino suelto del antiguo comercio.
Supe que había sido también vivienda familiar de Don Salim Rahal, un pionero de la Línea Sur que había regalado esas pertenencias para corporizar la escuela.
En ese lugar el hombre, de origen libanés, había vendido carne y “todos los vicios” a los habitantes de la zona.
Después mudó su comercio, no muy lejos de allí, y donó su casa-comercio.
Don Salim murió el 12 de septiembre de 1944, mucho antes de que yo llegara a Río Chico.
Con el correr de los días me di cuenta que el interior del predio escolar era todo árido, como si el desierto se hubiera extendido sigilosamente hasta allí.
La vegetación era escasa.
Solo tres lirios color morado y tres o cuatro fresnos.
Algunos sauces grandes bien al fondo, junto al río, permitían un agradable estar sobre la rivera.
Años después las maestras plantamos olmos siberianos, despertando el entusiasmo de todos los chicos de la escuela, que se atropellaban tratando de agarrar las palas.
Recuerdo el viejo molinete de la entrada, presente desde el primer momento. Tuvo “una larga vida” posterior porque ayudaba a atajar animales sueltos.
El mástil estaba inmovilizado, sujeto con una “solución bien a la criolla” a una puerta clausurada de la sala de cuarto grado, que daba a la calle.
En algún momento me explicaron que la habían “cegado” para que los chicos no se escaparan a la calle.
Haciendo un apurado inventario final puedo asegurar que fueron 25 años felices en la Escuela “Salim Rahal”.
En todo momento me di cuenta que valía la pena.
Resultó agotador muchas veces sentirse madre de muchos hijos.
Me había consustanciado con sus vidas, su situación familiar e intentaba descubrir y motorizar todo lo bueno de cada uno.
Conocí a tantos chiquitos que, al verlos por primera vez en la puerta, parecían desamparados y temerosos.
Y un rato después fueron hombres.
La vida pasó como una exhalación.
Algunos tuvieron que enfrentar su supervivencia antes de ser adultos. Para muchos de ellos fue muy duro.
El mandato que me había impuesto era: hasta séptimo grado prepararlos para el desafío que les tocara en la vida.
Quizás estudiar después, fuera de Río Chico e insertarse en el mundo.
O lo más simple: darles confianza suficiente para que pudieran encontrar un trabajo modesto que les permitiera subsistir.
El futuro siempre fue incierto.
No se trataba solamente de cumplir con lo curricular temático.
Debían aprehender a conducirse con respeto por el otro. Sino iban a estar en desventaja siempre.
Honestidad, solidaridad y compañerismo fueron los valores colocados todo el tiempo entre los pupitres.
Muchos de los chicos vivían con casi nada, en viviendas estrechas.
Sobre todo para ellas, las nenas, era muy importante saber poner una mesa y servirla.
No estaba en ningún texto escolar lo que significaba “un viaje a una ciudad grande”.
O la experiencia de andar en barco. Y que había más allá de los cerros.
Los chicos curioseaban.
Preguntaban por ejemplo: ¿Por qué el avión no se cae, con tanta gente adentro?
La ley de gravedad debía ser explicada entonces, con argumentos más convincentes que los de la fría lógica científica.
La dinámica del diálogo llevaba a avanzar con cuestiones puntuales, transformándose en una clase repentizada.
“Clase del momento” podría decirse.
Lo preparado para el día se corría, se postergaba y se organizaba todo después de nuevo.
Les hablaba de sexo e higiene.
En todos los casos en forma privada y con toda delicadeza, para no avergonzarlos.
Sus padres, muchos en el límite de la supervivencia, respetaban y aceptaban la autoridad de la escuela y de la maestra.
No haber accedido a una educación formal los limitaba. Entonces dejaban en nuestras manos la iniciativa.
Un par de mocos corriendo no fastidiaban a una maestra, ya que los chiquitos salían de su casa temprano después de una helada, o andaban a caballo en medio de la lluvia, para llegar a la escuela…
Instalarles el hábito de una nariz limpia con el pañuelo fue siempre una misión difícil. Se me hizo cuesta arriba, ya que cada año era volver a empezar.
Importaban tanto los vínculos sanos como los libros.
Todo lo bueno se logró por la relación interna de todas las responsables de alguna función en la escuela.
Los jarros de té de las maestras que se servían en el primer recreo largo, que duraba diez minutos, permitían un diálogo intenso a media mañana.
Clementina era la cocinera y Dorita la portera. ¡Y las maestras!
Eran muchas mujeres juntas, a las que había que comprender en sus diferencias y así superar desencuentros siempre latentes.
Era muy raro que alguna faltara.
No por sentirse parte de un apostolado sino por ser consciente que su lugar en el mundo era la escuela y sus alumnos.
Cristina Rahal y Mirta González, dos de mis ex alumnas con el tiempo fueron maestras. Ellas se arraigaron a su patria chica.
Pero no quisieron o no supieron hacerlo unos treinta maestros y maestras que “dieron clase” en la escuela ya que, quizá por la disciplina y la autodisciplina que implicaba ser docente en Río Chico, no sintieron como propio ese mandato.
Los hubo de las ciudades de General Roca, Bariloche, Villa White y algunos “porteños” de la Capital Federal.
De las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes y Entre Ríos.
La presentación era importante ya que significaba autoridad en las docentes.
Los guardapolvos blancos almidonados de todos los años que fui directora constituyeron uno de mis orgullos.
Aunque en lo profundo de mi corazón está la primera imagen de la vieja escuelita rural. Como me dijo hace muy poco uno de mis alumnos, hoy ya padre y abuelo:
“La de adobe y pintada de blanco, esa escuela es la que quiero”.
XIV- El enmascarado que nunca se rindió
Mi forma, mejor dicho mi estilo de dar clases al comienzo, cuando era muy humilde la escuela y después, con las nuevas instalaciones que permitieron más comodidad, era hablar, hablar y hablar.
Andar entre los bancos, atenta a lo que surgiera en los chicos y chicas.
Conocía mucho de sus hábitos y proceder. Cierta forma de recostarse en el pupitre de cada uno…
Descubría enseguida cuando algo no era parte de la clase o no estaba bien.
“Coli” era siempre un cúmulo de sorpresas.
Esa mañana estaba rascándose el tabique nasal como un desaforado.
Era una manía adquirida en los últimos días.
Lo observé unos momentos, ya que se incrustaba las uñas con fuerza y estaba cantado que se iba a lastimar.
Cuando descubrí sangre en su rostro le advertí:
-Escuchá nene. No sigas clavándote las uñas que ya te lastimaste y si seguís haciéndolo se te va a infectar.
En la escuela sus límites eran muy claros.
Pero “Coli” era un “niño mañoso”.
Había nacido con bajo peso y por eso fue muy mimado, amado y consentido. Hasta que tomo vuelo propio.
Como alumno, ya superados todos los resabios de esa circunstancia de vida en su primera infancia, era un pillo de tiempo completo.
-No te toques así que se te va a infectar- le insistí, al ver que seguía con su cantinela.
-Luego que termine toda mi explicación, después de la clase, te voy a poner en una curita en esa nariz- le dije.
Hasta que sonó la campana del recreo se mantuvo en tensión. Cada vez que amagaba llevarse la mano a la cara yo lo miraba a los ojos, muy seria.
-Mañana te me venís con la misma curita- le dije con voz grave cuando terminé de curarlo.
Mi intento era correrlo con la vaina. Que por respetar la orden impartida con todo rigor no se tocara la nariz. Sino no iba a cicatrizar la herida.
Después me enteré que había llegado a su casa y manifestando su enojo.
De un tirón se había arrancado el apósito, mostrándoselo a sus padres.
-Miren lo que me puso la señorita- había dicho.
Su familia no me presentó queja alguna, ni en ese momento ni después.
“Coli” apareció al otro día con una curita que no era la misma.
Pero no le dije nada, ya que lo importante era resguardar la herida. En eso había cumplido.
Pasaron los años y las décadas y “el mañoso” me cuestionó siempre el haberlo convertido por un día en “el enmascarado de Río Chico” y delante de sus compañeros.
Espero que alguna vez me perdone…
XV- Relatos asombrosos de un oeste lejano
Si no hubiera muerto uno de manera tan violento nadie recordaría esa historia del pueblo perdida en el tiempo.
Eran dos criollos de pocas palabras que arrastraban un problema personal.
Uno intentaba avergonzar al otro, delante de los demás, ya que lo veía muy humilde.
Demasiado para sus prejuicios. Buscaba humillarlo con palabras y gestos que ya no vienen al caso.
Pasó el tiempo y el conflicto se acentuó. Ya no bebían juntos como cuando se sentían compañeros en la vida. Evitaban encontrarse.
El que era objeto de burla juntó resentimiento durante todo ese año y le sumó toda la irracionalidad posible.
Nunca me imaginé que iba a llegar a ese extremo.
Razonó en su enojo todo de la peor manera. Estaba harto y sus dificultades para expresar esa rabia a viva voz lo llevaron a la desmesura.
Ese mediodía buscó al prepotente por el pueblo, con la decisión tomada.
Preguntó aquí y allá, hasta llegar al sencillo andén de la estación.
En ese momento “La Trochita” lanzaba hacía lo alto la primera gran bocanada de vapor, haciendo sonar su tan-tan melancólico, avisando de su partida.
Esos sones metálicos tan característicos, que resuenan en los oídos de todos los viajeros y se desvanecen en la estepa.
Viajo al pasado por un instante.
Me imagino a los dos hombres en silencio caminando con parsimonia al borde de las vías, demorando su trepada al trencito.
La locomotora avanzando a paso de hombre, haciendo crujir los durmientes, impregnada la máquina por el aceite que no puede despegarse de la nobleza del hierro.
Y ellos cargando con el peso de sus diferencias y poniendo sin apuro un pie en la pequeña escalera.
Después subiendo de un corto salto al vagón, esquivando uno de pequeños charcos espesos de petróleo que quedan para siempre en los apeaderos y estaciones.
Quizás sintiendo el olor penetrante del hollín de la caldera, por el sedimento acumulado durante años.
El que recibió el disparo mortal lo percibió por última vez, claro.
Cuentan que se encontraron frente a frente, a un par de metros de distancia.
Se habían subido en vagones distintos, sin verse.
En “La Trochita” es normal que eso ocurra, ya que después, una vez arriba del transporte, cada uno busca su ubicación.
El ofensor salía del lujoso coche comedor y el que lo buscaba lo vio cuando puso el pié izquierdo fuera del vagón de pasajeros, en su dirección.
El cazador sacó el arma de entre sus ropas.
No era un hombre habituado a ellas, así que sus manos temblaron cuando la levantó ante el hombre que lo había convertido en objeto de su burla.
El ofensor levantó las manos en un gesto instintivo.
Tan asombrado estaba ante la situación inesperada, que no pudo articular palabra alguna.
Le apunto con el revólver antiguo, mientras transpiraba copiosamente.
Era tan pesado que lo tomó con las dos manos.
No le dio tiempo a reaccionar al hombre que se había transformado en su peor enemigo.
Tanta era la distancia entre ambos que consideró no había lugar para los dos en el mismo planeta.
Fue un tiro certero en la frente. Para no fallar se paró con las piernas bien abiertas, en el espacio libre entre los dos vagones.
Lo mató como un pistolero del lejano oeste a otro.
Fue una imagen que parecía copiada de una película de vaqueros, de esas en blanco y negro que se veían en los cines de barrio.
El tren frenó abruptamente su andar, tras el disparo.
Aparecieron a los pocos minutos vecinos y curiosos que incorporaron detalles de lo ocurrido al policía del pueblo.
Una sola muerte tuvo observadores e intérpretes que la habían visto aparecer con fisonomía diferente.
¿A que iba con todo esto?
Ah, ya sé. Me viene a la memoria ese drama que conmocionó a todo el pueblo, porque al ocurrir sobre “La Trochita” tuvo otra dimensión.
Todo el devenir cotidiano de los pueblos y parajes de la zona tiene un significado mas intenso cuando un hecho de su comunidad roza el riel de trocha angosta.
Otras historias asombrosas, pero a favor de la vida, construyeron un vínculo de sangre con el viejo expreso patagónico.
Ese amor incondicional de los lugareños y de los que alguna vez llegamos para quedarnos.
Estas son algunas:
En agosto de 1959, se salió de las vías una buena parte de la formación, por la intensidad del viento.
Fue pasando el apeadero de Fitalancao, a unos nueve kilómetros de la estación Ñorquinco.
Cerca del arroyo Lepa, donde también hay un apeadero, otro viento fortísimo volcó a la mayoría de los vagones.
Fue en octubre del año 1960.
El maquinista Bovino y el guarda García lo explicaron con lujo de detalles lo ocurrido a todos los que conocían.
Sus pasajeros llegaron sanos y salvos a destino, bastante demorados.
Claro, en los dos casos después de ayudar en un titánico trabajo en grupo que permitió poner de nuevo en las vías a los coches.
Todos tuvieron que esforzarse al máximo, soportando el rigor del invierno de Patagonia.
XVI- Hierro y mas hierro
Pero hay una prehistoria alrededor de este trencito escapado de un libro de cuentos.
En un tiempo lejano llegaron a la zona para establecerse los que proyectaban el ferrocarril que avanzaría hacía la cordillera,
El espacio para el campamento base fue delimitado al pie del cerro Mesa, ese extraño fenómeno geográfico con una cima plana, que se encuentra a 1.520 sobre el nivel del mar.
Los primeros exploradores llegaron hasta las cuevas naturales del cerro y a las estrías marcadas sobre las rígidas paredes rocosas, que habían sido utilizadas, mucho tiempo antes de la llegada del hombre blanco, por indios tehuelches.
Las habitaban en alguna época del año o guardaban allí carne y pieles de sus cacerías.
Toda la historia trasmitida en forma oral me llegó en anécdotas de un tiempo distante, que había impregnado al inconsciente colectivo de la zona.
El contingente de extranjeros, maestros del riel, se estableció al pie del cerro, en donde un pequeño grupo de pobladores dispersos vivía favorecido por las bondades de un valle.
Como la idea era prolongar un recorrido de vías hasta plena cordillera se construyeron casas y oficinas con bases de cemento y galpones para guardar materiales y equipamiento. Era la avanzada de un tren.
Los pioneros del riel vivieron ahí unos diez años.
Mucho antes de la aparición de la primera locomotora a vapor en Río Chico y bastante después de su llegada a Ñorquinco.
Trajeron maquinaria moderna. Materiales, herramientas e insumos. Hierro y más hierro.
Fueron unas doscientas familias que estuvieron relacionadas con el trabajo de consolidación del ferrocarril, que avanzaba en la meseta.
Utilizaban cocinas económicas a leña para cocinar y mantener el calor en sus modestas viviendas.
El viejo destacamento de gendarmería que se había establecido en la costa del río Chico, al costado de la antigua escuelita, fue arrastrado por las aguas en una crecida.
Siguiendo el progreso constante del riel comerciantes de origen libanés o sirio, verdaderos baqueanos que recorrían la zona desde mucho antes, establecieron sus comercios de ramos generales.
El núcleo humano al pie del cerro Mesa creció y sus habitantes se caracterizaron por un andar cansino y pausado.
Ingenieros especializados en trenes y geólogos hicieron estudios minuciosos del suelo y la topografía, antes de definir la traza de la vía, que debía superar subidas y bajadas serpenteando entre los cerros, cada vez más abruptos a medida que se avanzaba en dirección sudoeste.
Por cuestiones económicas, y como consecuencia de la crisis financiera de 1929, que afectó a todo el mundo, se paralizaron ese año los trabajos, que no habían sido muy intensos, justo es decirlo, durante la década de 1920.
XVII- Una comunidad del riel al pie del cerro Mesa
Todo esto tuve que irlo anotando como las circunstancias me lo permitían.
Un poco de algunos folletos dispersos y casi todo de la memoria de los pobladores de la zona.
Lo hice para no hablar de oídas y para saber bien en donde estaba parada.
Son años de apuntes, y lo que he pasado en limpio tiene el encanto suficiente como para que usted pueda hacer la vista gorda a un dato histórico que no sea del todo preciso.
En todo caso no va a cambiar mucho lo esencial.
Mientras me quede vida seguiré atenta a lo que surja del pasado de Río Chico.
Ese es un compromiso de vida que asumí hace mucho.
Por ahora le puedo transmitir esto. Si es poco o mucho usted me lo dirá.
Después de culminada la Primera Guerra Mundial, el Gobierno Argentino decidió construir un nuevo ramal ferroviario utilizando la trocha económica de 0.75 metros hasta la “Colonia 16 de Octubre”.
Era denominada así la zona productiva de Esquel y Trevelin, en plena cordillera.
La punta de riel estaba en aquel momento en el paraje Huahuel Niyeo, que con el tiempo sería la estación Ingeniero Jacobacci.
Desde allí se partió en dirección sur.
En el tendido de las vías de trocha angosta llegaron a trabajar unos mil operarios. Mucha gente.
Inmigrantes de puntos muy diversos del planeta llegaron para intentar afirmarse en un presente y forjarse un futuro, en el ferrocarril que se extendía por el norte de la Patagonia.
Las herramientas de las duras jornadas fueron el pico, la pala y alguna maltratada carretilla.
Estaban organizados en cuadrillas independientes con un capataz asignado por tramo.
Los campamentos iban conformándose al borde de un recorrido de las vías, que iba resolviéndose condicionado por el terreno.
Eran casillas de chapa que se ayudaban a sostenerse unas a otras, aguantando el viento inclemente.
Las temperaturas bajo cero eran habituales en invierno.
También en otoño y primavera y en muchos días de verano.
Los problemas de mayor importancia se plantearon en la zona de Río Chico.
Aquí, justamente.
Surgió un gran desafío a la inteligencia de los forjadores del alma del nuevo tren, ya que no había otra alternativa que avanzar.
Los animistas del riel dinamitaron una y otra vez el suelo, hasta horadar la roca granítica de un sector de 108 metros de la base del cerro, para que el tren pudiera seguir el recorrido lógico.
A escasos metros las vías se prolongaron sobre el gran puente de hierro de 105 metros, con soportes solo en los extremos, a uno y al otro lado del río.
Previendo la complejidad de lo resolución de esa obra de ingeniería durante años se instaló “una avanzada del ferrocarril” al pie del Mesa.
Primero fueron unos estudios básicos, proyectado sobre el terreno y replanteados después de las crecidas del río durante los lluviosos inviernos de los años 1931 y 1932, que se llevaron terraplenes, estructuras y hasta galpones completos.
La comunidad del riel instaló un sistema propio de generadores de luz eléctrica.
Era un recurso energético moderno para esa época, que asombraba a los criollos habituados a las lámparas de querosén y a los candiles.
Usaron agua de pozo para consumo personal, ya que no era necesario hacer excavaciones muy profundas en el fértil valle.
Algunos, solo algunos habitantes de la comarca supieron en que lugar las pesadas maquinarias, grandes herramientas y materiales sobrantes fueron enterrados, después de completar el trazado de la gran obra.
Que llegó hasta Ñorquinco en el año 1939.
Muchos de los antiguos habitantes del pueblo, que me aseguraron haber trabajado en el emprendimiento, me dijeron que los extranjeros eran tan sabios como constructores de trenes que le dieron hasta corazón a “La Trochita”.
Pero que les era muy costoso llevar de vuelta los equipos usados y la gran cantidad de rezago. Varias pequeñas montañas de hierro…
Así que eligieron un lugar discreto y silenciosamente enterraron todo como si fuera una gran ceremonia fúnebre solo para los familiares más cercanos.
El rigor del clima y las condiciones precarias de trabajo no amilanaron a macedonios, griegos, croatas, búlgaros, turcos, hindúes, ucranianos, polacos y hasta algún brasilero…
En la comunidad que se había formado al pie del Cerro Mesa extraños nombres y apellidos sonaron en los oídos de los lugareños, que hasta ese momento vivían distantes del mundo, cumpliendo sencillas tareas rurales.
Tongerovich, Kosucovich, Janich, Stanislao Cocaj, José Sikich, Horisnij, Trosky, Bointon, Duwisky. Los ingenieros Capos, Bruno Tomey y Garcés.
Verovich, Bojanich, Nicolás Kemek, Dimitrof, Carmelo Barrancos, Juan Popelazin, Nicolás Goccu, Paulowky, Cristo Karodiz, Mirko, Basilio Kobryn, Alejandro Losko, Pablo Rubundi, Aristocles Gio y un tal Tejeda; por nombrar algunos.
Distintos idiomas convivieron durante años en una extraña Torre de Babel.
En ella a los hombres no les fue difícil comprenderse
Hubo algunos chisporroteos y conflictos menores que no pasaron a la historia chica de Río Chico. Podría decirse que quedaron en un territorio indefinido entre el chisme y la fantasía.
Vivir en paz y libertad, lejos de las guerras que desangraban a Europa y Asia, los acercaba más y más, y todo el tiempo.
Al sacrificio diario seguía el descanso reparador.
Ayudarse unos a otros era un mandato vital, ya que la paga era modesta y las necesidades de supervivencia siempre apremiantes.
Muchos de ellos se asentaron luego en la región, constituyendo familias integradas a la inmensidad de Patagonia.
Construyeron su vivienda intentando hacer el mundo a su medida mientras respiraban el aire más puro del planeta.
Tuvieron hijos y plantaron árboles.
Crecieron por aquí y allá, álamos dorados, fresnos, algunos guindos y muchos manzanos dispersos por el valle.
En los cercos modestos se recostaron grosellas y frambuesas.
Las quintas familiares aportaron a la olla: papas, habas, arvejas, lechugas y hasta tomates.
No les importó o quizás nunca se enteraron de las razones estratégicas del Gobierno Argentino de llevar hasta la cordillera un tren, ni de los intereses económicos de empresas de origen inglés que empujaron la gran idea y se beneficiaron después durante décadas del comercio sujeto a sus vagones.
El tren de trocha angosta fue el faro de sus vidas y de la vida de sus descendientes, siempre.
SEGUNDA PARTE
UN PUEBLO
“¡Dios nos ha abandonado!”
Las vacaciones invernales llegarían pronto a su fin y darían paso a un nuevo período lectivo.
En el primer día hábil de septiembre darían comienzo las clases, como todos los años.
Pero, ese año, una novedad que corrió como reguero de pólvora, cambió todo el panorama.
-Hay muchos chicos enfermos en las casas. Parece ser algo serio- informó una mujer con rostro preocupado esa mañana, muy temprano.
Al rato el director de la escuela y las maestras, que habían llegado recién de sus vacaciones, recibieron a un grupo de madres que lloraban desconsoladamente.
Estaban acompañadas por niños silenciosos que se aferraban a sus faldas y miraban atemorizados a su alrededor, como reflejo de la congoja de las mujeres ante un drama inesperado.
Avisaron que un chico en edad escolar sufría demasiado.
-Tiene mucha fiebre y manchas de sarampión.
-Y está muy mal.
-No es un sarampión como el de otras veces.
Las tres docentes cruzaron sus miradas, como preguntándose en medio de la conmoción cuál podría ser el problema.
La demanda había llegado a ellos ya que en el pueblo no había agentes sanitarios. De médicos ni hablar.
Una sala de salud, recientemente terminada, constaba de cuatro camas para emergencias, pero carecía de personal.
-¿Qué podemos hacer nosotros?- preguntó el director de la escuela.
-Hay que buscar un doctor- dijo una de las mujeres, como pensando en voz alta.
-Si lo dejamos estar así, acá con tanta fiebre se van morir- señaló otra.
Una breve consulta de los cuatro educadores definió un curso de acción ante la desesperación generalizada.
El director del establecimiento, al que sus amigos llamaban El Negro, tomó la iniciativa.
-Al nene éste que está tan mal lo voy a llevar a Ñorquinco. Allá creo que hay un médico- dijo, mientras avanzaba a paso firme en dirección a su casa a buscar un abrigo.
Dos maestras se ocuparon de limpiar con cuidado el rostro del chiquito, que transpiraba copiosamente.
Lo arroparon mucho, imaginando que sentiría mucho frío durante el viaje.
La estanciera amarilla de El Negro desapareció de la vista de las docentes rauda, por el cañadón, en dirección de Ñorquinco, localidad que distaba unos cincuenta kilómetros de Río Chico, en dirección a la cordillera.
Un rato después, cuando las mujeres vieron aparecer al vehículo regresando sin apuro, se dieron cuenta que lo peor había ocurrido.
El nene había muerto a poco de salir del paraje, ante la desesperación de la madre.
El Negro no supo como tranquilizar a la mujer que lloraba sin consuelo a su lado abrazando a su hijo.
Él había sufrido algunos golpes duros en su vida, pero nunca había sentido esa sensación de impotencia absoluta.
La desazón por un futuro inmediato incierto lo fue ganando.
Su desolación se acentuó cuando llegó al pueblo.
Por los diálogos y llantos se dio cuenta que había muerto alguien más.
Preguntó a Ana, una de las maestras, con un gesto y levantando las cejas.
Ella abrazaba en silencio a una persona, seguramente de la familia afectada.
-Es uno de los hermanitos- le susurró, acercándose.
El Negro esperó pacientemente que se alejaran todos.
Después estacionó la estanciera en frente del Almacén de Ramos Generales.
Pensó que era ese el mejor lugar para salir de vuelta, en caso de apuro.
Su mente no podía abstraerse del momento de la muerte del chico.
-Debo comer algo. No probé nada sólido hoy- dijo en voz alta, intentando ignorar la triste imagen y los malos presagios.
El trayecto de unos doscientos metros a pie, hasta su vivienda, se le hizo largo y agotador.
La presencia de algunos de sus vecinos, que cruzó en la calle, lo alivió un poco.
Uno de ellos le dijo que su pedido de ayuda a Ingeniero Jacobacci y a El Bolsón había tenido eco. Esperaban la llegada pronta de enfermeras y de algún médico.
El diagnóstico inicial para todos era “sarampión”.
En Río Chico, en años anteriores, niñas y niños ocasionalmente lo habían sufrido, sin consecuencias mayores.
-Nunca he visto un sarampión así- le comentó Amanda al Negro.
La maestra se había tomado el trabajo de observar detenidamente los cuerpitos laxos de los chicos enfermos.
Presentaban todos los mismos síntomas: manchas rojas y fiebre.
“Dios nos ha abandonado” repitió María muchas veces durante la tarde.
Intuía que era el comienzo de una catástrofe.
Era una mujer mayor muy creyente, que se persignaba todo el tiempo.
Días y noches sin lunas ni soles.
Dos hermanitos, que corrían en el corazón del pueblito, invadiendo todo con su risa y llenos de salud días atrás, habían muerto.
Otros al parecer podían seguir el mismo destino.
La pesadilla continuaba ya que hora a hora se detectaban nuevos casos.
Gran parte de los chicos en edad escolar sufría los síntomas del mal.
Los hombres del pueblo se mantenían atentos a los pedidos de las maestras que, más lúcidas, brindaban la asistencia posible asignándose roles diversos.
Tres días después, de detectados los primeros casos llegaron, desde la vecina localidad de El Bolsón, los médicos Barbeito y De Angelillo y un enfermero llamado José, que era personal de Gendarmería.
El diagnóstico fue el que todos imaginaban.
-Es un brote de sarampión. Un sarampión complicado.
Esa fue la conclusión de los médicos al poco tiempo de observar a los enfermos en muchas de las viviendas del conmocionado paraje.
-Esto es como una epidemia. ¡Es una epidemia!- Afirmó enfático el enfermero a algunos hombres que lo rodeaban, consultándolo y tratando de encontrar alguna explicación mas completa de lo que estaban viviendo.
El trabajo fue extenuante durante todo el mes de septiembre.
Ana y Amanda, dos de las maestras, llevaban y traían los chicos enfermos a la salita de salud que, al poco tiempo, se hizo insuficiente.
Mientras tanto “Pintu”, la otra maestra, preparaba la comida para todo el activo grupo sanitario, con gran dedicación.
La docente se transformó en una verdadera “ecónoma” ya que tuvo que coordinar, con sus vecinos, el almacenamiento diario o semanal de las mercaderías.
En cada nueva jornada utilizaba distintos insumos, para que la comida compartida resultara agradable al paladar.
Después de varios días de intensa actividad los dos médicos volvieron de urgencia a El Bolsón.
La emergencia en Río Chico los había hecho postergar sus responsabilidades en la atención habitual de los habitantes del valle del Piltriquitrón.
Solo José, el enfermero, se quedó en el pueblo.
La oportuna decisión partió de las autoridades regionales de Gendarmería, por aquella época muy activa y comprometida con los problemas de la zona.
-Es un gran muchacho- decían los hombres del pueblo.
Cosechó admiración en los criollos que lo veían resolver situaciones, para ellos complejas, con solvencia y manteniendo el buen humor.
El dramático trabajo cotidiano no daba espacio ni ánimo para festejo alguno.
José, el agente sanitario que llegó de apuro en la grave emergencia, fue homenajeado con atenciones sencillas, en algunas cenas compartidas con conversaciones teñidas por la pesadumbre, que se extendieron muchas veces hasta la medianoche.
Surgieron además mandatos urgentes de la Naturaleza que José tuvo que atender, ya que era él quien estaba en mejores condiciones de interpretarlos.
Dos nacimientos contaron en ese desolador septiembre con las manos de “un especialista” que festejó el doble milagro con grandes carcajadas que tranquilizaron a las madres.
El enfermero se ganó una alta valoración por su capacidad y dedicación en su tarea humanitaria, mucho más amplia que lo asistencial, que comprendía su función específica.
La epidemia desatada impregnó la vida social del pueblo durante días y semanas, que parecían interminables.
La palabra desesperanza estaba en la mente de todos.
Hasta que una mañana trajo más claridad que la habitual y un alivio medido.
La tibieza de la primavera pareció abrazar a todos en un día soleado, sin viento y con la novedad de una mejora generalizada de los chicos.
Bajaba la fiebre, sonreían aliviados y muchos querían salir a jugar.
-¡Mamáá…tengo hambre!- Sonaba a música celestial en las sencillas viviendas de Río Chico.
Sin embargo nada pudo atenuar, ni en aquel momento ni después, el inmenso dolor de las familias de los catorce chicos que murieron en aquel fatídico septiembre.
Pasaron los años y quienes vivieron el drama de cerca, en las conversaciones familiares, intentaron y no pudieron encontrar el sentido de estar inmersos en una pena tan grande.
El tiempo que todo lo cura fue restaurando las heridas y las anécdotas dejaron de ser solo recuerdos dolorosos.
Algunos pobladores comenzaron a relatar hechos heroicos de los que habían sido ellos, naturalmente, los grandes protagonistas.
Pero eran acontecimientos que nadie recordaba.
-¡Tás mintiendo cabezón!- le decían a uno de los desbocados, cada vez que empezaba a enumerar su descomunal aporte a la solución del problema.
Y la vida se renovó con la llegada de la primavera
El día que los dos médicos tuvieron que retornar a El Bolsón cierta desesperación fue visible en muchos vecinos.
Una sensación de desprotección los fue ganando y los más pesimistas susurraron que las cosas iban a seguir mal sin ellos, “que habían organizado bien las tareas”.
Pero antes de irse los hombres dejaron anotadas todas las previsiones necesarias, para contener la enfermedad, en un cuaderno que quedó depositado en la escuela.
Trataron de sembrar tranquilidad cuando se despidieron.
Dijeron que el brote pronto se iba a controlar, ya que el sarampión nunca se extiende mucho en el tiempo.
Sin embargo los pobladores no visualizaban un futuro agradable.
Tantos chicos sufriendo a la vez era un cuadro muy difícil de soportar.
Se sumaba a ello, cada tanto, la sensación de tristeza absoluta ante una nueva muerte o alguna mala novedad.
-El chico menor de Paine está más pior.
-Le subió la fiebre también a la hermanita.
-Parece que no pasa de esta noche…
Varias de los fallecimientos se debieron a que, quienes eran traídos de lugares lejanos, de los campos circundantes, llegaban tarde para su tratamiento.
Las tareas eran múltiples para las maestras, en su batallar cotidiano.
Sobre todo en el intento continuado y persistente de ir eliminando posibles focos de contagio.
Con las sugerencias siempre oportunas del enfermero José se fue consolidando un método de trabajo.
Desde una higiene diaria, que incluía la búsqueda minuciosa de piojos y liendres, hasta la utilización precisa de los escasos medicamentos con que se contaba.
Las maestras eran peluqueras, enfermeras, asistentes sociales y psicólogas.
Debían sostener la visión positiva a futuro de los adultos, superar la impaciencia generalizada y enfrentar a la muerte con mucha entereza, cuando aparecía.
Los “cortes a la romana” de “la peluquería comunitaria” se hicieron populares.
Después de aquel devastador final del invierno, con el comienzo de la primavera todo comenzó a volver a la normalidad.
Las actividades escolares, previas al comienzo del año escolar, se eslabonaron en forma inmediata con la superación de la epidemia.
Los corazones comenzaron a latir con más fuerza que nunca y las flores llenaron con distintas tonalidades todo el paisaje que los ojos podían abarcar.
La vida se renovó en todas direcciones.
En el primer día hábil de octubre sonó el primer tañido de la campana de la escuela.
Ochenta chicos sonrientes formaron caóticas filas, que las maestras se ocuparon de ordenar, utilizando esa habilidad con la que cuentan, similar a la de los domadores de fieras.
-¡Buenos días niños!- saludó el director.
-¡Buenos-días-senior-Peraltaa!- respondieron al unísono los alumnos, despertando una gran sonrisa en las madres, padres y maestras presentes.
Después de cantar, a viva voz, el saludo a la bandera e ingresar en fila, muy ordenados, cada uno de los chicos buscó un lugar para hacer suyo, en el aula que le tocaba.
Aquel grandulón inofensivo e inocente. Esa alma pura.
Historias ignoradas en momentos de máxima tensión, por el azote de la epidemia que se diseminaba en todas direcciones, se fueron corporizando en relatos que, año a año, incorporaban condimentos nuevos, que los enriquecían.
Entre ellos muchos comentarios recurrentes de un hombre que sufrió el “sarampión complicado”.
-Lo que no me puedo olvidar es de la cara del “Chileno” Rojas. Aunque era un adulto se contagió ¿Fue raro no?
-Puede haber sido porque en el fondo su mente era la de un chico más.
-Tenía alma y corazón de niño.
-La peste le agarró de pronto y chorreaba mucha sangre por las narices y la boca. Qué susto nos dimos…
-Hubo que llevarlo de urgencia con la ambulancia, a que lo atienda un médico.
-Todos pensamos que se iba a morir, ya que se lo veía mal, muy mal.
-Pero se salvó. Su destino estaba marcado así.
-Lo que es el destino ¿no?
Algunas mujeres comentaban siempre que ese sí había sido un verdadero milagro.
El “Chileno” Rojas murió muchos años después de forma insólita.
Ni siquiera se puede decir que haya sido un accidente.
Fue aquel un verano muy cálido.
Todas las playas sobre la ribera del Río Chico eran una gran fiesta, que se renovaba en cada jornada, pasado el mediodía.
Algo caracterizaba a los adolescentes del lugar. Todos eran buenos nadadores, ya que desde muy chicos estaban en contacto con las aguas límpidas del río.
La excepción era el “Chileno” que, por temor, nunca había aprendido a nadar.
No se animaba a llegar a la parte honda y menos a sumergirse.
Avanzaba unos pasos y se detenía cuando el agua le llegaba a las rodillas.
Gordo, grandote y bastante torpe, algunas veces intentaba compartir juegos en el agua con quienes lo rodeaban.
Los adolescentes terminaban ignorándolo ya que no lo entendían.
Tampoco les resultaba divertido burlarse de él.
Fue unos días después del casamiento de la hermana de Amanda.
Como el día era majestuoso, los jóvenes estaban en su gran mayoría en el lugar de mayor convocatoria, de cada verano.
Todos por costumbre lo llamaban “el pozón”.
Por esos caprichos de la naturaleza en una suave curva del río se había formado un gran pozo, muy profundo, que era utilizado por chicos y adultos para divertirse en el agua.
Esa tarde tiraban piedras de ciertas características o de un color llamativo y se sumergían para sacarlas, en una especie de interminable competencia de habilidades, facilitada por las aguas transparentes.
Durante un buen rato el “Chileno” Rojas observó sonriente el juego y, quizás, por no quedar afuera, de tantas manifestaciones de alegría plena, pidió jugar.
También es probable que haya querido mostrar alguna capacidad ante las jóvenes más lindas del pueblo, muchas de las cuales una y otra vez se lanzaban a las aguas y, segundos después, exhibían con el brazo en alto el tesoro encontrado, entre risas y gritos desbordantes.
Algunos de los presentes dudaron ante el sorpresivo pedido de “El Chileno”.
Sabían de su temor al río y pensaron, por un instante, que algo malo podría pasarle. Intercambiaron miradas sorprendidas.
Pero primó el espíritu festivo del momento y entre silbidos y aplausos de aliento el inmenso cuerpo del “Chileno” Rojas se sumergió en “el pozón”, que había adquirido un tono gris oscuro por el trajín del día.
Y no salió…
Un silencio sobrecogedor cortó risas y borró comentarios divertidos.
La fiesta en el agua terminó abruptamente, como la vida de aquel hombre que recorrió este mundo con su alma pura, sin ningún gesto de maldad.
La mujer que murió dos veces
Cuando me llegaron rumores de la curiosa historia, en la primera oportunidad que crucé a un paisano, al que muchos comentarios lo ubicaban cercano al hecho, lo apalabré.
-Me han dicho que usted sabe del asunto de la resucitada. Quisiera que me lo cuente- le dije.
Se tomó un largo minuto antes de contestarme.
-Señora Amanda- me dijo-. Voy a hacer algo mejor. Se lo voy a escribir, así no me olvido de nada, porque cuando hablo seguido me pierdo y soy bueno escribiendo. Mañana se lo doy por escrito.
Cumplió. A última hora del día siguiente me entregó varias hojas manuscritas. Su letra cursiva era clara y sorprendente su forma de narrar lo ocurrido.
Al irse me saludó levantando su mano derecha hasta tocarse el ala del sombrero.
Esta es una trascripción del texto completo:
“Señora, no lo puedo creer. No puedo entender lo que pasó.
Quizá sea esto parte de los planes de Dios, de los que habla siempre el padre Mario.
Yo voy poco a misa, pero este año lo hice dos veces en el pueblo grande, aunque obligado por las circunstancias, algo me ha quedando en la cabeza.
Estimada señora.
Cuando llegué al pueblo, esa mañana, me llamó la atención el movimiento de gente en la casita. Me había hecho de una amistad con esa señora con el correr del tiempo. Esas cosas de la vida, no vaya a pensar mal.
Me enteré que había muerto la doña apenas llegué.
Lo que no es raro porque la gente puede morirse en cualquier momento.
Nadie sabe cuando le toca. Eso es lo bueno de esta vida…
En mi caso, espero también volver a la vida, a resucitar como ella. Estaría muy bueno.
¿Será cierto eso que los gatos tienen siete vidas?
¿Cómo podría averiguarse eso?
Yo quiero tener por lo menos tres…
Ese domingo había comenzado a llover cuando llegué a las casas y tuve que cubrir el bolso hasta ponerme bajo el alero de un rancho, para que no se mojaran los papeles que traía.
Al caballo lo dejé suelto para que elija donde pastar. Es una costumbre que tengo.
Me acuerdo que comprobé que tenía la plata del cobro en el pueblo grande. La había asegurado en el bolsillo chico de la bombacha, al salir.
Si la llego a perder por el camino, la Elba me degüella.
Esa vez que me puse en pedo en el camino y gasté unos pesos de la cobranza, ella casi me hecha del rancho.
Es brava la Elba, pero casi siempre tiene razón.
Señora.
¿No será la doña una chonchona, una bruja de ésas?
Dicen que la abuela de una mujer del pueblo es chonchona.
Ahora que lo pienso, no sé quién es y mejor, ni averiguarlo.
Yo no creo en esas cosas. Bueno, creo algo, no todo lo que se dice.
Parece que vuelan de noche y tienen poderes y acuerdan con el más allá, cosas de la vida y de la muerte.
Es una ocurrencia mía eso que puede ser bruja.
Porque no le encuentro lógica que resucite después de estar muerta un día entero. Después que la velen y todo eso.
Que se levante como si nada, sin ningún dolor y encima puteando a todo el mundo.
Me contaron del susto de todos los que estaban en el velorio.
No era para menos.
La impresión que te debe dar que se levante el finado que estuvieron llorando y encima se ponga a tomar mate y a conversar como si nada.
Habría que haber sacado una foto de las caras de los que estaban rodeándola.
Aunque yo no estaba y no se lo diga a nadie, me persigné cuando me contaron lo que pasó.
Esto se lo cuento sólo a usted.
Juro que voy a ver a un sacerdote como el padre Mario, para hablar del asunto.
Un cura sabe muchas cosas.
Además de dar misa, hablan en otros idiomas y saben dar buenos consejos.
Quizás pueda decirme algo que esté en su Biblia y que explique el asunto.
Me acuerdo de esa vez cuando hubo una epidemia de sarampión, cuando murieron un montón de chicos.
¿Se acuerda usted, señora?
El nombre del cura ya no me acuerdo, pero él fue quien tranquilizó a muchas mamás de los chiquitos.
Era feo, muy feo, todo lo que pasaba.
Pero hubo mucha gente que se portó bien, muy bien.
Como los viajantes, esos vendedores de ropa que, me parece, venían de Bahía Blanca.
No eran los turcos ésos que te quieren vender ropa que no necesitás y que no te los podés sacar de encima, si le das un poco de conversación.
Estos eran mayoristas que vendían en los almacenes de ramos generales de toda la zona.
Ahora no estoy muy seguro si eran a o no de Bahía Blanca.
Ellos regalaron toda la ropa para abrigar a los niñitos que tiritaban de frío por la peste.
Lo cierto es que esos comerciantes fueron, ¿cómo decirlo?…Muy solidarios.
Qué situación mala se vivió en el campo, con tanta muerte.
Aunque comparado con eso, esto no es nada.
Cuando se muere un chico no me quiero ni enterar, y cuando son un montón, ni hablar. ¡Para qué me habré acordado!
¿Dónde estaba?
Ah, ya sé.
En la doña que se sentó después de su velorio.
No se me ocurre otra cosa, sólo escribirle que tampoco se puede comparar toda la tremenda desgracia de catorce chicos muertos por la peste con este fallecimiento.
La finada era una mujer grande ya y eso no te apena tanto.
No sé si digo bien, cuando escribo finada, señora Amanda, porque si resucitó…”
La mujer vivió nueve o diez años más.
Muchos de sus vecinos la miraron con aprehensión todo el tiempo que transcurrió hasta su segunda muerte, la definitiva.
“Los invito a todos a la señalada…”
Ese verano me había entusiasmado mucho con la fiesta gaucha, ya que estaba anunciada en un lugar cercano a Río Chico.
En el pueblo entonces no disponíamos ni de auto ni de camión, para concurrir con cierta comodidad al acontecimiento y tener la certeza de volver, después del trajín del día.
Manejar las circunstancias, podría decirse así.
Ir y volver a pie era demasiado sacrificio.
La única manera lógica era ir a caballo, pero yo estaba lejos de asumir el rol de amazona.
Ramón y Clara Michelena, los abuelos de Roy, vivían cerca del lugar elegido para la señalada.
De manera que, el posible viaje, incluía una visita de mi protegido a su familia.
Eran ya dos importantes motivos para emprender la aventura campestre.
La voluntad estaba, pero faltaba el transporte adecuado.
Enfrente de mi casa alquilaba Loreto Carillo, un hombre que era dueño de un campo y tenía bastante dinero. En comparación a nosotros los docentes, claro.
Nos invitó a ir, a mezclarnos con el criollaje.
-Si quieren, vamos. Yo los llevo- nos dijo, en la entrada de la escuela.
“Lola” Michelena tomó rápidamente como propia la iniciativa de nuestro vecino.
-¿Nos vamos a la señalada, comadre?- me dijo.
Acepté sin mayores preámbulos, ya que si algo me tiraba en ese momento era la gran fiesta criolla de todos los años.
Vivirla intensamente era la mejor opción de ese fin de semana y de todos los fines de semana del verano que comenzaba.
-Antes tenemos que buscar a Plácido en la zona del mallín- nos avisó don Loreto, apenas nos subimos a su vehículo.
En el transcurso del primer tramo de su recorrido nos dimos cuenta que nuestro vecino estaba aprendiendo a manejar la flamante camioneta.
Se metió, sin precaución alguna, en un lugar húmedo, resbaloso, con pozos y subidas y bajadas.
Pero ya era tarde para quejas.
Después de salir del terreno mallinoso, el vehículo entró en una especie de tobogán, serpenteando por un estrecho camino, esquivando piedras y dificultades en el terreno, cada vez que se salía de él.
Fue casi un milagro llegar sin golpes hasta el lugar de la señalada.
El moderno transporte frenó abruptamente, a eso de las tres de la tarde, en un pequeño descampado.
Era el momento cumbre del acontecimiento ganadero que convocaba a los pobladores de toda la zona, y a sus familias.
¡Qué soberbio espectáculo era ver a escasos metros las tareas de campo!
¡Cómo los criollos sentaban las ovejas sobre un sector parejo del suelo, pegado a la estructura de madera de los corrales y los trascorrales!
Recuerdo a cuatro personas en plena faena, enfrentándose dos y dos.
Los animales pateaban unos instantes, asustados.
Se producía una corta pausa, acompañada con una especie de caricia con la mano que los tranquilizaba un poco y, después, uno de los hombres producía el corte de una de sus orejas con la tijera.
Los criollos se mostraban distendidos y bromeaban todo el tiempo, mientras resolvían con solvencia un proceso al que, era evidente, estaban habituados.
Las ovejas balaban atemorizadas y sus borregos les respondían, en un tono más afinado, con un balido que se parecía más a un gemido ahogado por el miedo.
Un fino chorro de sangre, cada tanto, manchaba el intenso verde del pasto.
Una vez libre la oveja corría y brincaba hasta juntarse de nuevo con su majada.
Se alejaba de los hombres con esos saltos tan graciosos que parecen una manifestación de suprema alegría por la libertad recobrada.
Después de la faena los productores laneros conversaban entre ellos, mientras comían algo.
Calculaban, en voz alta, cuánto le “darían de lana” los animales en la próxima esquila. Estiraban los números con optimismo, ya que a mediados del año entrante, muchas de las ovejas iban a parir.
Tener nuevas crías era el deseo generalizado.
-Ojalá que en el otoño llegue lluvia suficiente para que los pastos crezcan…- decía uno.
-Ojala…- recalcaba otro como un eco.
-Que el invierno no sea nevador, ni con tanta helada, como el que pasó- rogaba un tercero.
-Sino los animales se ponen muy flacos- ampliaba otro.
-Que no haya vientos del sur en época de la esquila, por favor…
Los comentarios se prolongaban, cerca de los corrales.
Roy Michelena, mi hijo postizo, no quería ir a la casa de su abuelo. Tenía miedo que yo lo dejara durmiendo ahí.
Suponía que podía “olvidarlo” en el momento de mi regreso a Río Chico.
Con el válido pretexto de celebrar la señalada, se había organizado una farra hasta bien entrada la noche. Pero, dado el éxito de la convocatoria bailable, se la continuó hasta la salida del sol del día siguiente.
Alumbrándonos con el candil, ya de noche, nos dimos cuenta que Don Loreto había seguido viaje solo hasta su campo, dejándonos abandonados a nuestra suerte.
No recordó el buen hombre que había dejado a sus ocasionales pasajeros en tierra desconocida.
Así que nos enganchamos en la fiesta que empezaba a tomar color, olvidándonos del olvido de mi vecino apellidado Carrillo.
Pero como Dios aprieta, pero no ahorca, una luz de esperanza se nos hizo visible al otro día, después de un tempranero almuerzo.
Había quedado el “catango” de nuestro vecino Pinchulef como posible medio de transporte de regreso.
Ahí estaba, a unos pocos metros de distancia, como ofreciéndose.
Era un viejo camión inglés con volante a la derecha de, más o menos, el año mil novecientos treinta.
Su dueño y chofer estaba borracho “por unanimidad” en un rincón.
Una espontánea convención de vecinos de Río Chico tuvo lugar a los pocos minutos. Muy entusiasmados todos, ya que el regreso en un transporte era posible ahora.
Se me ocurrió sugerirle al “Gallego” Rahal, que él podía manejar el vehículo para volver al pueblo.
Pero Pinchulef replicó en menos de lo que canta un gallo.
-Nadie, nadie va a manejar en mi lugar. ¡Hip!- dijo irguiéndose de pronto.
-Nadie me saca la llave- bravuconeó, mientras la exhibía en alto, con los ojos entrecerrados todavía.
Siguió guapeando a todos quienes lo rodeábamos.
- Nadie va a manejar por mí…¡Hip!- afirmó.
No estaba dormido sobre la frágil mesa, como me había parecido.
Era la suma de bebidas espirituosas que lo había doblegado, aunque no del todo, como se había hecho evidente.
Pinchulef manejó con la displicencia de un inconciente absoluto, logrando que nuestra vuelta a Río Chico fuera aún más dramática que el viaje de ida, con Don Loreto.
Éramos más de treinta personas ocupando todo el espacio disponible en el improvisado transporte público. Menos mal que la carrocería era sólida.
El camión tardó como dos horas en cubrir los quince kilómetros de distancia, por las dificultades del terreno y, también, porque el chofer parecía estar cada vez más borracho.
En la cabina yo iba a los brincos, como las ovejas después de la señalada, junto a Amalia y Roy.
Hasta hoy no puedo entender cómo el gran bloque humano sobre la caja pudo mantenerse firme, sin la pérdida de ningún pasajero.
Eso lo corroboramos a la llegada.
El Señor escuchó mis ruegos desesperados durante ese inolvidable, emotivo regreso.
Nadie salió lastimado.
Drama de un payador lejano en el tiempo y la distancia
Amanda calculó que serían en total uno veinte los personajes necesarios para recrear el poema épico de Rafael Obligado.
Cuando la novedad comenzó a tomar cuerpo en el pueblo, muchos de los criollos hablaban de Santos Vega como si hubiera existido realmente.
Se lo imaginaban de muchas formas, ya que su personalidad había trascendido en el tiempo.
Al parecer había vivido en la mítica pampa, allá por Buenos Aires, cuando el país tenía muchos menos habitantes y todos los cristianos andaban a caballo o en carreta.
Algún comentario sobre su lucha con el diablo, que alguien lanzó en medio de una conversación ocasional, hizo correr un frío por la espalda a varios paisanos interesados en los matices de la vida de Santos.
La idea inicial de Amanda era representar alguna obra de Florencio Sánchez.
En Santa Fe era el dramaturgo que, por algún motivo, había llamado su atención.
Ahora, integrada a la vida cotidiana de Río Chico, en un rincón lejano de la Patagonia, se había dado cuenta que sus creaciones eran urbanas, referidas a la ciudad.
Así fue que, después de pensarlo y volverlo a pensar, y de hacer algunas consultas con las otras maestras, se decidió por Santos Vega.
Era un largo poema, muy popular, que narraba la vida azarosa de un gaucho que, sin duda, entusiasmaría a los criollos de la zona.
Su hermana fue una de las primeras en enterarse de su rol dentro de la iniciativa artística en ciernes.
-”Pintu”, me parece que vas a tener que hacer el papel de la china, digo: ser el amor de Santos.
-¿Yo?¿Por qué yo?
-Te veo en ese papel…
Amanda argumentó a los potenciales actores y actrices de las bondades de representar una gran obra de teatro en el pueblo.
Cuando logró el compromiso de los personajes principales, el impulso para consolidar la idea se había generalizado.
-Claro que no es sencillo- dijo en distintas ocasiones a muchos curiosos e interesados, pero no convencidos todavía de la ambiciosa puesta en escena naciente.
Transcurrieron los días y las semanas.
El trabajo para concretar la adaptación patagónica de Santos Vega fue conformándose cada vez con más seriedad.
Una preocupación básica era contar con un telón y preparar la escenografía con todos los requerimientos necesarios para hacer convincente la representación.
Durante la tarde y la noche, en horas perdidas, el texto de la obra era leído y vuelto a leer por jóvenes y adultos.
Los noveles actores se inventaban un tiempo libre para estar a la altura de las circunstancias.
Mientras manejaba el tractor, Raúl Bichara, ubicaba los papeles sobre el volante, sin perder la concentración en las tareas del día, en el campo.
El carnicero, en momentos que no tenía clientes a la vista, intentaba memorizar cada una de las palabras de su parlamento y buscaba repentizar con algún movimiento espontáneo algo más, en su papel.
La señora del policía del pueblo se miraba en el espejo esbozando gestos que le parecían propios de su papel sensual de “pulpera”.
El “Gallego”, dueño del Almacén de Ramos Generales, recuperó el hábito de la lectura y aprendió pronto de memoria, toda su rutina.
Los convocados por Amanda se comprometieron firmemente con la obra. Tanto, que cada uno, gastó de su bolsillo la confección del vestuario, apropiado al papel que debía representar.
En un ensayo un actor de reparto, un chiquito que iba a caracterizar a un “peón”, sedado por los diálogos de los adultos, que se repetían una y otra vez, se durmió sentado cayéndose de espaldas al suelo.
Pasó un mes, dos, tres, seis, doce…
Todo el pueblo estaba comprometido con la obra, de alguna manera.
El que no actuaba, ni participaba de la producción, hablaba del acontecimiento con familiares y amigos, transmitiendo las últimas novedades. Hasta inventaba pormenores.
Con el correr del tiempo Amanda se dio cuenta que todo quedaba chico para tamaña representación dramática.
Y como no había vuelta atrás, avanzó proponiendo, casi imponiendo, una alternativa práctica:
-No nos queda otra. Vamos a tener que montar la obra en la capilla.
A algunos les sorprendió que el “Santos Vega” pudiera hacerse en una iglesia, pero no hubo objeciones a la idea.
Los santitos podían correrse para dejar su lugar al desafío artístico de toda una comunidad.
Paralelamente, una peña folklórica llenaba el entusiasmo de los más chiquitos, ya que los preparaba para ser los responsables de la coreografía.
Ellos también iban a participar ¡qué tanto!
La adaptación patagónica de la obra de Rafael Obligado se flexibilizaba al máximo. Todo parecía ser posible en ella.
No había fecha para el debut, pero el hecho de que dos de sus actores principales tenían que irse pronto de Río Chico, obligó a acelerar los tiempos.
En una asamblea de grupo decidieron montar la obra contra reloj.
-Vamos a hacerla en febrero, el mes de más calor, así nadie se la pierde- informó Amanda a todos los presentes.
Faltaban dos meses y quedaba mucho por hacer todavía.
Los hermanos Bichara trabajaron incontables horas pintando el cielo transparente del paisaje pampeano sobre arpilleras cosidas unas con otras.
Todo a pulmón y con escasos materiales, la producción fue armonizando las tareas finales.
El mundo seguía girando y la localidad de Río Chico, vecina a la estación Cerro Mesa, en el lejano sur de Río Negro, concentraba todas sus energías en dar vida a Santos Vega, “el payador”. Postergaba otras inquietudes y preocupaciones vitales.
Hasta que llegó el gran día.
En la capilla, prácticamente desarmada, se montó la gran escenografía.
El rancho grande, con un ombú y un cielo de azul profundo quedó expuesto esperando el desarrollo de la historia, imaginada tantas veces en un año y medio.
Muchos trabajadores ferroviarios de la zona estaban presentes y expectantes.
Algunos de ellos eran actores secundarios.
Nunca se había visto una obra de teatro al pie del cerro Mesa, así que el público fue creciendo en número.
Los alrededores de la capilla mostraron, durante el atardecer de ese sábado, una cantidad inusual de gente de todas las edades.
Varios pobladores de Ñorquinco se acercaron, informados desde hacía un tiempo, de la extraña manifestación cultural.
La noche llegó y llegó el silencio con el comienzo de la puesta en escena.
El fogón criollo que le daba vida al relato fue creado con una linterna envuelta en celofán.
Se logró con ello cierto efecto de rojo entre los leños.
Los dos hijos del policía del pueblo se plantaron como “milicos”. En posición de “firme” ocuparon su espacio.
Nelly, una chica que tenía la importante misión de iluminar toda la escena con un farol Petromax, terminó quemándose una mano, pero se mantuvo imperturbable hasta el final, para no arruinar la representación.
Varias parejas de chicos bailaron gatos y chacareras en la original coreografía.
Una nena de la primera fila lloró, porque “un malo” comenzó a perseguir a su tía, que caracterizaba a una de las mozas de la obra, imaginando que de verdad intentaba matarla.
El perro de Doña Gloria se subió al escenario y cumplió un memorable rol, de perro.
El maestro de la escuela y primer actor, Mario, “el cordobés”, logró un formidable Santos Vega.
Hasta se preocupó por impostar la voz eliminando el tonito característico de su provincia.
Recitaba, cantaba y tocaba la guitarra cada tanto, dándole un particular ritmo a la puesta en escena.
Durante el desarrollo de la obra hubo una constante atención del público.
En todas las ventanas de la iglesia, vacías de íconos cristianos, los lugareños pujaban por obtener una mejor visión de las escenas que se sucedían.
Puede asegurarse que la obra fue todo un éxito.
Aplaudida largamente por el público, despertó el interés de un par de mercanchifles que, rápidos de reflejos, se acercaron a contratarla.
-Para recorrer otros pueblos de la Línea Sur- argumentó uno.
-Y montarla en alguna ciudad importante, como Bariloche- se entusiasmó el otro.
Pero no pudo ser ya que Alfredo, actor principal, debía continuar sus estudios en Bahía Blanca y Mario, personaje central en la obra, había pedido su urgente traslado como docente, por un desencuentro amoroso.
La presentación por única vez de una gran compañía de teatro que involucró a todo el pueblo y que nunca discutió su nombre artístico, es uno de los recuerdos más gratos que atesoran los memoriosos de Río Chico.
Un par de avisos a los pobladores
Sobre salud, una docente como yo saca conclusiones con otra mirada.
De tanto observar la vida día a día.
Hay vivencias que pueden resultar raras, si uno intenta trasmitirlas.
Por ejemplo, puedo asegurar que la leche Nido en lata nos salvó de la desnutrición en esta parte de la Patagonia.
En estos lugares tan alejados de todo.
Esa leche en tarro fue siempre rica.
Por eso mismo era demandada por chicos y grandes.
Además, no se la sustituyó por otras que a primera vista podían parecer más económicas.
Ese fue un gesto de sabiduría de los gobernantes de entonces.
Con cascarilla, malta, café, té o mate cocido, la Nido era una delicia.
¿Qué estoy diciendo? ¡Es una delicia..!
Encima, en la lata una vez vacía, se podían guardar alimentos no perecederos y hasta alguna documentación, las boletas y eso, de acuerdo a los gustos y necesidades de la dueña de casa.
No existían vacas lecheras en la meseta, ya que el viento las podía volar en cualquier descuido.
Sólo ocasionalmente se veía una, quizás dos, en el valle de Río Chico o en otro valle, proveyendo lo suyo para consumo familiar.
Qué dolor cuando las piedras te pegaban en la cara o en las piernas.
Ese viento sí que castigaba. Y había que andar y andar todos los días.
Sigue y sigue castigando a todo aquel que se anime a caminar por la Patagonia
Esto lo digo en función de otra acotación que tiene que ver con la salud de muchos pobladores. En una ciudad podría ser considerada un producto superfluo, hasta un lujo.
La crema Hinds rosada fue un artículo de primera necesidad para los habitantes de la meseta desde que tengo uso de memoria.
Supongo que mucho antes de mi llegada ya se había incorporado a la cultura local.
Para la cara y las manos, mañana y tarde; refrescaba la piel, agrietada por la sequía y el viento, de gran parte de una familia.
Ni se hablaba de ella o sobre ella, simplemente se la utilizaba. ¿Qué digo? ¡Se la utiliza!
Llanto desconsolado por una muerta ajena
Estaban siempre en el pueblo, ya que muchos de sus familiares vivían allí.
Rómulo, un operario del ferrocarril y su mujer, conocida por todos como La Pety, eran de El Maitén, una localidad cercana en donde estaban los talleres de reparación de locomotoras y vagones del tren de trocha angosta y el depósito de materiales e insumos.
Como no tenían hijos, viajaban continuamente a Río Chico.
Bebían bastante los dos; lo que apenaba a muchas mujeres de la zona, ya que la situación parecía no tener retorno y menos, una solución visible.
La Pety no aceptaba sugerencias. Hacía oídos sordos a todos los consejos.
Quizás lo soñó o alguien se lo sugirió. Lo cierto es que un día con tono melodramático Rómulo informó a su entorno más cercano:
-Antuca, mi madre está muy enferma en Esquel.
Se ocupó de insistir con el rumor durante varios días.
Apenas tenía una oportunidad, lo comentaba apesadumbrado entre sus conocidos y familiares.
Hasta que una tarde, evidenciando cierta desesperación, recorrió la calle San Martín dando aviso a todo el que se le cruzara, que su madre estaba a punto de morirse.
Quería que la mayor cantidad de vecinos se enterara, ya que se había propuesto conseguir que el Negro Peralta lo llevara de urgencia a Esquel, para acompañar a su madre en la agonía.
Ubicó a la estanciera amarilla del Negro en el almacén de Ramos Generales.
Apoyándose en el guarda barro delantero derecho del vehículo, lo esperó. Respiraba una y otra vez profunda e intensamente, ya que se había agitado mucho en su ruidosa recorrida.
Unos diez minutos después, cuando Peralta salía del comercio, Rómulo se le acercó a paso raudo.
-Tengo que pedirle un gran favor-le dijo a modo de saludo.
-Mientras no sea mucha la plata- bromeó el Negro.
En ese momento, observó el rostro demudado de Rómulo y se dio cuenta que algo grave le pasaba.
Le caía bien el hombre que trabajaba en el ferrocarril, ya que siempre era respetuoso y amable.
Un gran conversador de cualquier tema ocasional.
Aunque tenía en claro que no podía prestarle mucha atención, porque la bebida lo ponía cargoso.
-Es un favor muy grande para mí. Muy importante- remarcó Rómulo.
-¿Qué te pasa? Decímelo sin vueltas, Rómulo.
-¿Sabe que mi señora madre está enferma en Esquel?
De pronto se mostró serio y circunspecto. Algo inusual en él.
-Lo sé, sí- dijo Peralta.
-Resulta que se empeoró. Está muy mal…- dijo con un tono dramático Rómulo, estirando la frase.
-¿Y? ¿Qué puedo hacer yo?
-Quiero que me lleve urgente para verla. Mamá se está muriendo y quiero estar con ella cuando el señor se la lleve.
El Negro Peralta, que estaba a punto de subir a la estanciera, se detuvo unos minutos.
Observó el rostro sudoroso que lo miraba desde abajo, suplicante, y esperando una respuesta.
Hizo un rápido resumen mental de lo que le quedaba por hacer durante la tarde, mientras intentaba recordar todo lo que tenía previsto para el día siguiente.
-Le puedo pagar todos los gastos de ida y vuelta- dijo Rómulo con un hilo de voz.
-No se trata de eso. Tengo algunas cuestiones que resolver ahora…y mañana- dijo el Negro.
-Eso quiere decir que puede. ¿Puede, no?- preguntó esperanzado Rómulo.
-Si me das un poco de tiempo. En principio te digo que sí, pero dame un poco de tiempo.
-Yo pensaba en salir hoy. Quiero decir…que salga usted en la estanciera ahora.
-¿Me permitís que me organice? Sí, creo que podríamos salir…en una hora.
-No sabe cuánto le agradezco, don Peralta.
Con esta última frase, Rómulo esbozó un gesto que parecía ser el de un abrazo de agradecimiento. Pero se arrepintió, ya que el Negro, tratando de reorganizar mentalmente su día, se subió al vehículo rápidamente.
Mientras observaba su reloj pulsera, sentado al volante, refrendó el compromiso.
-En una hora nos encontramos aquí. ¿Te parece bien?
-Si, don Peralta.
-Otra cosa. ¿También viaja tu señora?
-Sí, don Peralta.
Mientras se alejaba, el Negro miró, por el espejo retrovisor, al apesadumbrado Rómulo que permanecía inmóvil en el mismo lugar, sumergido en sus pensamientos.
A la hora acordada, Peralta llegó al lugar.
La pareja lo esperaba con rostro compungido.
El hombre guardó algo en el bolso de mano que cargaba, cuando lo vio llegar. El Negro supuso que era una botella de vino.
Sin comentario alguno, esperó a que se acomodaran y acomodaran una caja. Partieron casi de inmediato.
A poco de andar en dirección a la cordillera, la mujer de Rómulo empezó a llorar.
Al principio con un pequeño gemido persistente.
A medida que la estanciera avanzaba, se la veía más acongojada.
Durante un buen rato Rómulo esperó pacientemente que pasara su pena.
Nunca había imaginado que La Pety quisiera tanto a su mamá, Antuca.
Era raro para él tanto llanto desconsolado de su mujer.
En cierto momento se emocionó tanto por el descubrimiento, que unas lágrimas quisieron escapárseles, pero logró contenerlas.
La Pety seguía con su llanto convulsivo.
Intentó abrazarla, pero ella hizo un movimiento rechazando el gesto.
Hasta que pasada una media hora se hartó e impaciente le dijo:
-Por favor, dejá de llorar.
-Dejame tranquila, Rómulo.
-Pety, no llores más.
-Dejame…
-Bueno te dejo Pety, pero pará de llorar.
-Quiero sufrir tranquila…
-No quiero verte así. No llorés más, te va a hacer mal Pety.
-No te importan mis cosas- le replicó la Pety en medio de un sollozo.
-¿Cómo no me importan tus cosas? ¿Qué estás diciendo?
-No tenés corazón, Rómulo- le recriminó- Si fuera tu madre la que se está muriendo no estarías tan tranquilo- dijo vehemente, mientras se limpiaba una vez más, con la manga de su camisa, la nariz y las lágrimas.
-Pero Pety, la que se está por morir en Esquel ¡es mi mamá!- dijo Rómulo mas asombrado que molesto- No la tuya. ¡No es tu mamá..!
El Negro Peralta fue testigo privilegiado del curioso diálogo.
Tenía claro que la madre de la Pety había fallecido hacía muchos años, de manera que ella se había confundido. Su declamado ” inmenso dolor” era por un muerto ajeno.
Llegaron a Esquel bien entrada la noche.
Cuando ingresaron los tres a la casa de doña Antuca, la madre de Rómulo, encontraron a la mujer sentada hilando lana cruda de oveja en su huso, como siempre lo hacía antes de dormirse.
Cuando su hijo, impaciente, le preguntó si se sentía muy mal, comenzó a enumerar uno a uno achaques propios de su edad que la fastidiaban.
Su estado de salud era normal.
Antuca vivió muchos años más sin grandes complicaciones.
Tuvo que explicar, eso sí, muchas veces que no había estado al borde de la muerte durante ese verano lejano, en que su hijo la había desahuciado.
La familia que vivía en una cueva de Patagonia
A comienzos del año 1965 los días eran diáfanos y la temperatura agradable.
Durante la semana los cinco jóvenes hablaron de llegar a la parte alta del cerro y finalmente acordaron hacerlo, si el día se presentaba bueno.
Mantenían una fuerte afinidad entre ellos y buscaban acentuarla.
Desde temprano el grupo inició los preparativos de la escalada, en dirección a la planicie mítica que coronaba el cerro Mesa.
Reían y cruzaban comentarios divertidos todo el tiempo, mientras revisaban los insumos que llevarían al paseo.
Incluyeron un par de armas largas, por si se daba la oportunidad de cazar algo.
Por si alguna liebre distraída se ponía a tiro.
Amanda había decidido integrarse a la expedición.
Iba con las dos parejas para conocer un poco más de su entorno y, en un acuerdo tácito con sus amigas, para condicionar a los dos muchachos.
Su mirada atenta y vigilante podía disuadir algún intento exacerbado de alguno de los galanes.
Le habían comentado repetidas veces que en la parte superior del cerro había una especie de palangana creada por un capricho de la naturaleza y que, después de cada lluvia, el agua se encauzaba en un arroyo.
Ella quería ver con sus propios ojos el fenómeno.
Pensaba que podía significarle un gran esfuerzo llegar a lo más alto, pero estaba decidida.
Era el ambiente en donde el padre Amado Anzi, en sus visitas veraniegas, cazaba las ardillas, que repartía entre los vecinos del pueblo.
A media mañana partieron los cinco en el camión.
Después de dejar atrás las casas, paulatinamente, comenzaron a desaparecer las formaciones de álamos y sauces, dando lugar al neneo y a muchas piedras y senderos, apenas marcados por el andar del humano.
El vehículo amarillo pudo avanzar con mucho cuidado. Continuó serpenteando entre rocas sueltas, más despacio, hasta que el rústico camino comenzó a inclinarse.
Apuntando con su motor en dirección al cielo, el vehículo tuvo que parar, ya que no podía avanzar.
Alfredo “Gallego” Rahal, Ana Silezin, Alberto “Pito” Rahal, “Pintu” Alfonso y su hermana Amanda habían llegado sin problemas hasta donde se lo había permitido el terreno.
El camión Dodge recién comprado fue estacionado al pie de una gran roca vertical.
Antes de salir habían cargado comida y agua para el picnic dominguero en lo alto del cerro Mesa.
Pero el entusiasmo juvenil hizo que se olvidaran todo “el combustible” en la cabina del vehículo.
Iniciaron la escalada entre bromas y sin apurar el paso.
Era una mañana gloriosa.
Con el correr de los minutos y las horas la trepada fue haciéndose más difícil.
Aparecieron muchas piedras filosas, neneos que se raleaban cada vez más, y algunos yuyos bajos.
El árido paisaje a recorrer no era ya gratificante.
Las dos parejas de enamorados curioseaban sobre las particularidades del lugar.
Amanda, por su poca experiencia en trepadas de cerros, se fue quedando paulatinamente atrás.
No se había imaginado que la subida le iba a originar tanto cansancio.
Calculó que estaban más o menos en la mitad del cerro. Aunque no estaba muy segura de ello.
Miró en dirección del punto de partida de algunas horas atrás y apenas distinguió el camión. Era un diminuto rectángulo amarillo, muy distante.
Sintió su boca reseca y miró a los demás paseantes. Ninguno cargaba algo que pudiera apagar la sed.
-¡Nos olvidamos el agua!- dijo en voz alta.
Pero los demás integrantes de la excursión estaban en otra cosa y no la escucharon.
El agotamiento físico hizo que se sentara en el suelo.
Se había fastidiado con ella misma por no pensar en el agua en el momento de la salida.
El hambre podía esperar, pero la sed no.
Los agobiantes días con el agua racionada al extremo en el Impenetrable chaqueño volvieron a su mente por un instante.
Por el sol abrasador del mediodía que caía en línea recta y por el cansancio, se acostó sobre una roca plana, mirando al cielo límpido.
La sed persistía pero el estar tendida allí era tan agradable que comenzó a adormilarse, mientras escuchaba más arriba las voces de sus compañeros de trepada, que se alejaban de ella o se acercaban.
De pronto un sonido extraño la alertó.
Parecía el gruñido de un animal que iba en dirección a ella.
Cuando alzó la cabeza vio a un guanaco que torpemente se le acercaba.
Su andar era un repiqueteo, un golpe tras otro sobre el suelo, un rumor trémulo.
Su grito fue casi simultáneo al disparo.
Uno de los Rahal había apuntado al animal con su arma y acertado.
Pasado el momento de confusión se reunieron todos alrededor de la sorprendida Amanda, que observaba con ojos desorbitados al animal exánime.
Los dos hermanos, después de cruzar algunas palabras entre ellos, les avisaron a las chicas que el guanaco muerto “se lo iban a dejar a los Rial”.
Se trataba de una familia numerosa que vivía en el cerro.
Algunos comentarios irónicos en el pueblo hacían referencia a la mujer que vivía en una de las cuevas naturales del cerro.
Tenía muchos hijos de muchos padres, aseguraban. Algunos ya eran adultos.
Más al este había otra cueva en donde se cobijaban animales durante el otoño y el invierno.
Alguien había afirmado, alguna vez, que un puma hembra con sus cachorros se refugiaba allí, así que fue bautizada por los lugareños como “la cueva de la leona”.
La mujer, jefa de la familia Rial, cuidaba “castrones”.
Se trataba de una tarea típica de quienes en la zona vivían de las majadas de ovejas y corderos.
Los “castrones” o machos reproductores debían separarse de las ovejas durante el otoño, para evitar que las pariciones fueran en pleno invierno. Con una madre flaca y el frío polar había riesgo cierto de muerte para los corderos recién nacidos.
Los Rial vivían en el cerro Mesa a la buena de Dios.
Amanda pensaba, mientras sus acompañantes le comentaban nuevos matices de la historia, que durante la noche, desde la boca de la cueva, se podían ver las estrellas, el cielo, la luna y la gran meseta interminable, que llegaba hasta el océano invisible, más allá del horizonte.
Podía ser una bendición vivir alguna vez esa experiencia.
Pero no lo era para la sufrida familia Rial, a la que muchos de sus vecinos nombraban también como los Colipi o Colipe.
Algunos habitantes del pueblo afirmaban que vivían en la más extrema pobreza, que se alimentaban con carne cruda y utilizaban sólo jarros de latas de tomate o durazno al natural, abandonadas en el pueblo.
Juana Rial era una persona mayor.
“Es una bruja” afirmaban las vecinas más maliciosas, aunque muchas no la conocían y sabían de ella sólo “de oídas”.
El grupo emprendió la bajada, pero en dirección a la cueva, haciendo un rodeo.
La falta de agua los había complicado y habían decidido volver al punto de partida lo más pronto posible.
Pero antes visitarían a Juana. Le pedirían agua para la exhausta Amanda.
También para ellos cuatro, claro está; ya que la sed también los acorralaba.
De paso, le informarían al grupo familiar que tenían carne fresca a su disposición, no tan lejos, en el mismo cerro.
Era alimento para varios días. Más que seguro no iban a despreciarla.
Si se daban maña podían aprovechar el cuero del animal convirtiéndolo en ropa de abrigo.
Mientras caminaba lentamente Amanda pensó en lo terrible que debía ser morirse de sed en el desierto.
Desde lejos vio algún movimiento en la boca de la cueva.
Una cosa era oírlo como si fuera algo lejano, casi una fantasía colectiva y otra, ver a personas en condiciones infrahumanas, tan cerca del pueblo.
Era asombroso que se cobijaran en las rocas desnudas.
Los viajeros que buscaban un refugio, cuando recorrían la extensa meseta patagónica, quizás habían vivido así en el siglo pasado. Pero una familia argentina ahora, a esta altura…
El trámite fue sencillo. Uno de los Rahal hizo el pedido en la boca de la cueva y Amanda recibió de manos de uno de los dos chicos silenciosos que se le acercaron, un recipiente casero conteniendo un líquido.
Como su sed era grande, no lo dudó. Cerró los ojos y se empinó el maltratado jarro, con aspecto de una vieja lata de arvejas secas.
Maestra al fin, detectó en la primera mirada que los dos chicos tenían edad para estar en la escuela.
-Se llaman Carlos y Fernando- le dijo Ana.
Amanda no recordaba haberlos visto en el pueblo.
El regreso hasta la camioneta fue tranquilo, sin demasiadas palabras.
El agotamiento físico y la experiencia de ver a los Rial, viviendo como los primitivos habitantes de este mundo, mantuvo a los cinco ensimismados.
Durante todo ese trayecto Amanda se preguntó qué podía hacerse, si es que algo podía hacerse por ellos.
Un criollo que no se fijaba en gastos
Al día siguiente de su paseo por el cerro Mesa, muy temprano, la maestra se contactó con la policía.
Les pidió su colaboración para trasladar al pueblo, a todo el grupo familiar, que vivía en una cueva
-El lugar de esos chicos es la escuela- les dijo con firmeza a los funcionarios.
-Tiene razón señorita- dijo uno de ellos-.
-Díganos qué debemos hacer- se comprometió el otro agente.
Se tuvo que acondicionar de apuro un modesto cobijo, para que los Rial vivieran con cierta dignidad.
Con ayuda de uno de los policías, toda la familia, que vivía en estado semisalvaje, fue trasladada a Río Chico en un carro, prestado por un criollo del vecindario.
Sus pertenencias eran mínimas.
Sólo algunas latas, ropa muy deteriorada y pieles de animales, como abrigo.
Sin decir palabra, ni solicitar algo específico, Juana Rial aceptó la ayuda de Amanda y de su hermana “Pintu”.
No hubo preguntas de cómo había llegado a ese lugar tan inhóspito a vivir, y el por qué estaba en esas condiciones de desamparo.
A las maestras no les pareció importante indagar una historia que podía ser oscura o trágica.
Pensaron que con el tiempo sabrían de sus penurias, y de las razones que la llevaron hasta allí.
Lo prioritario ahora era incluirla a la vida comunitaria de Río Chico.
Amanda y Pintu se tomaron el trabajo de proveerles ollas, algunas cucharas y platos, una lámpara a kerosene, una escoba, jabones y toallas.
En la estanciera amarilla, Amanda, iba todos los días a visitarlos, imaginando formas de ayudarlos a adaptarse a la vida del pueblo.
El menor de los chicos se llamaba Juan Carlos y tenía evidentes signos de desnutrición.
Siempre se asustaba con el sonido del motor del vehículo.
No caminaba, sólo se arrastraba hacía atrás, huyendo.
Sus piernas eran delgaditas y tenía una panza prominente.
-Como un chico de Biafra, de esos que muestran por televisión- le dijo Amanda a “Pintu”, que asintió con un movimiento de cabeza algo compungida.
Un día que llegó a la precaria vivienda, se encontró con tres de los chicos comiendo carne cruda, apenas entibiada.
En un modesto fuego semiapagado entre dos piedras, mantenido con unos pequeñas maderas que ardían pobremente sobre una planchuela herrumbrada, daban vuelta y vuelta una tripas de capón.
Mientras Juan Carlos retrocedía a un rincón arrastrándose hacía atrás, el más grande habló con ella.
-¿Qué están haciendo?
-Tamos por comer…
Asumió Amanda desde ese momento que debía concentrrarse más en lo referido a la alimentación. Lo visto le había mostrado todo el panorama y la prioridad de los problemas a resolver.
Fue a buscar una olla de comida que había sobrado de ese mediodía.
A partir de ese día, las dos hermanas sistematizaron, desde la escuela y desde sus casas, una ayuda permanente para que los Rial pudieran contar con alimentos suficientes y abrigo, a pesar de su extrema pobreza.
El plan nutricional que beneficiaba a los nuevos alumnos de la escuela, siguió y siguió. Así, durante mucho tiempo.
Los chicos crecieron y fueron conformando su personalidad, enterrando definitivamente en el pasado su desoladora niñez en una cueva del cerro Mesa.
Se hicieron grandes y Juan Carlos, aquel que sufría de raquitismo se “agrandó” del todo.
En una conversación, cuando ya era un joven de veinte años, mostró la hilacha.
Las maestras intentaban persuadir a los pobladores de su responsabilidad con los guardianes de las viviendas.
No debían amontonarse los perros, por el riesgo a la salud que significaba para todos ellos, la hidatidosis.
Plantearon una hipótesis ficticia, para hacer comprender la importancia de su prédica, a un grupo de personas del pueblo que se había reunido.
Era una modesta e inocente puesta en escena por una buena causa.
-Van a venir a desparasitar a los perros de por acá- dijo una de las docentes.
-Y los veterinarios van a cobrar muuucha plata por ese trabajo. Por eso hay que quedarse solamente con uun solo perro- afirmó otra.
-¿Qué vamos a hacer con tantos perros? No podemos tenerlos a todos- dramatizó la tercera.
-¡Si alguien quiere desparasitar a varios le va a costar uun montón de plata!- exageró la tercera.
-¿Como cuánto va a costar?- preguntó repentinamente Juan Carlos, atento a la charla.
-¡Y…como dos millones de pesos!- remató la primera.
Parecía una cifra estrafalaria, para disuadir al más pintado, en momentos de una inflación galopante y con dificultades económicas para los paisanos.
-¿Qué son dos millones para El Morocho?- exageró más que todas, saliendo al cruce y presumiendo Juan Carlos, el más chico de los Rial.
Se trataba de su perro preferido.
Evidentemente el joven, aún en momentos de grandes crisis, no reparaba en gastos cuando se trataba de su noble animal.
Por otra parte la plata parecía sobrarle.
En el corazón del museo viviente
Sí, los conozco al Rómulo y a la Pety.
Están buena parte del tiempo por Río Chico, pero ellos viven en El Maitén.
Aman a La Trochita, como si fuera una extensión de su propia vida.
En realidad aquí todos la amamos…
Especialmente los maquinistas, foguistas y operarios que revisan los rieles. La sienten propia y se consideran parte de su latido.
Recuerdo el primer día en este pueblo, cuando bajé en el andén con todos mis bártulos.
Quedé como una huérfana en una casa desconocida.
Observé el recorrido del trencito que continuaba hacia al sur, con un andar soberbio. Estaba como hipnotizada por su imagen.
Pensaba, en ese momento, si iba a tener la fortaleza suficiente para construir aquí una vida a mi medida, como me había propuesto.
Mis convicciones eran muy firmes, pero estaba sola.
Solita con mi alma.
Fui comprendiendo y asimilando ese sentido de pertenencia de los ferroviarios por La Trochita, con el transcurrir de los días y los años, hasta que lo hice mío.
Integrada a la vida del pueblito, su ir y venir todos los días, fue siempre una sensación agradable. Me traía todo el tiempo aire fresco…
Hasta que su presencia fue imprescindible, para todos mis sentidos.
Como Rómulo y su señora, muchos habitantes de la zona dependen de ella para estar en contacto con amigos entrañables y sus familiares. Todos, dispersos por este mar de silencio que es siempre la meseta.
Después de mi conversión a patagónica, siento mucho orgullo cuando hablo de La Trochita en Santa Fe, en Buenos Aires o en cualquier otra ciudad grande.
Es una de mis grandes banderas.
Si uno lo piensa un poco, concluye que es un museo viviente.
Tiene la nobleza de otro tiempo y contiene mil relatos de vida.
Lleva y trae trazos vigorosos de la historia regional, todo el tiempo.
También brinda un original testimonio al mundo, ya que este medio de transporte rudimentario permite la comunicación de muchas poblaciones hermanadas por la postergación, en la inmensa soledad.
Podría decirse que su esforzado ir y venir, acerca la contemplación y comprensión de toda una riqueza vital, que percibimos desde la escuela.
A las carencias, el abandono y las limitaciones de las familias que se reflejan en ella, se le tiene que anteponer el deseo de superación.
Eso busco transmitir a todos los chicos, todo el tiempo.
Ellos pueden dar un par de pasos adelante, ser dueños de su futuro.
Qué puedo yo decir de El Maitén…
Fui aprendiendo, en ese contacto que se da todo el tiempo, lo que significa un museo ferroviario. Ahora se está intentando conformar en esa estación, en ese viejo salón de Vía y Obras, que fue construido con durmientes del ferrocarril.
Observando a cada una de las locomotoras, que son revisadas y acondicionadas, uno toma conciencia que los maestros que las crearon y construyeron, eligieron, para su mecánica magistral, el mejor hierro del mundo.
En la actualidad, con reparaciones manuales permanentes, otros maestros, que son nuestros vecinos, sostienen la fortaleza y la gracia del trencito.
En El Maitén se ve claramente que los vagones de pasajeros y el vagón comedor, de origen belga, marca Famillereux, son verdaderos coches de colección construidos por
expertos, hace muchos años.
Los estribos son también de madera, mire qué magnífico toque de distinción.
Otros muchos detalles de terminación y los sólidos chasis brindan una grata sensación de belleza, todo el tiempo.
Se pueden sumar al activo de lo bello, los vistosos remaches y los hierros forjados a mano, ensamblados artesanalmente.
El trencito a vapor atesora secretos códigos de contacto, que se renuevan todo el tiempo entre los criollos de la zona.
Tal vez, porque los viajeros depositan en él, todo su afecto.
Suman día a día, anécdotas e historias de vida, y han convivido con el prodigio muchas décadas.
Durante tantos años de vivir, he escuchado relatos fantásticos de operarios que vuelven sobre vivencias conmovedoras de carácter personal.
Hay una memoria de los viejos ferroviarios jubilados que debería rescatarse.
Son la historia viva de este país…
Ellos saben cómo el ramal se fue construyendo, esforzando sus pulmones criollos al máximo. Pero con inteligencia y corazón.
La Trochita desafía el paso del tiempo.
Sus ruidos cotidianos de madera y “fierro” forjaron la identidad de muchas poblaciones que hoy viven en un letargo.
Hágase una idea de lo que voy a decirle, así puede entender cuál es la función social del viejo tren, que lo hace irreemplazable.
Cuando las nevadas son continuas, es el único medio que conecta los problemas de la gente con una posible solución.
Vea, hágase una composición de lugar del siguiente cuadro:
En Río Chico Abajo viven unas veinte familias.
Es un hermoso valle rodeado de muchos álamos, inmerso en una vegetación generosa.
Entre paréntesis, le puedo asegurar que se cosecha una muy buena alfalfa.
En kilómetros y kilómetros a la redonda y en soledad, están viviendo muy pocas familias, eso quiero decirle.
¿Sabe lo que deben hacer si hay un accidente, como una caída fea en medio del campo o un problema de salud, como una apendicitis aguda?
A pie o a caballo, tienen que llegar al apeadero ciento seis.
Ahí, en Aguada Troncoso, se detiene La Trochita, cuando hay una solicitud urgente, sino sigue sin parar.
Desde ese lugar, se tarda unas tres horas con algunos minutos hasta llegar a la estación de Ingeniero Jacobacci, en donde está el hospital cabecera de la zona.
Se me ocurre algo típico, un sonido característico. Ese jadeo chirriante mientras retrocede, para enganchar un vagón.
En cuanto a imágenes propias de la locomotora, mire la figura emblemática de color rojo en la puerta, con el número de la identidad de la máquina, que se ve a la distancia.
La parrilla del frente, roja y amarilla, que barre las vías, me llamó siempre la atención, mientras la formación recorre una curva tras otra.
Los sauces y la vegetación baja, entrando a las aguas, le dan un entorno poético a su señorial ingreso al pueblo.
Me ha quedado grabada en la retina ese humo renegrido de fuel oil consumido, que sube recto, hasta diluirse en el aire transparente.
Cuando muchos de sus pasajeros son turistas del extranjero, el tren se detiene unos minutos en el puente sobre el Río Chubut, sustentado en pilares, justo aquí, en el corazón de El Maitén.
Pueden desde ahí tomar fotografías, teniendo como discretos testigos, a vecinos que los miran con atención intentando adivinar su origen.
Se detiene definitivamente en la estación que está a unos quinientos metros del puente.
Ningún material de trabajo, por modesto que sea, se descarta en El Maitén.
De hecho se traen rezagos del sur y del norte del país, que sirven de materia prima para fabricar piezas que ya no existen en el mercado.
Operarios cuidadosos trabajan en los tornos creándolas para los vagones o las locomotoras.
La esencia del trabajo de un ferroviario es…homenajear la vida.
Dramático fin de fiesta
Don Tolosa comenzó a afilar desde muy temprano su cuchillo en la piedra de asentar.
La herramienta casera era cóncava, ya que estaba devastada por muchos años de uso.
Si algo le gustaba hacer a Adrián Tolosa, era pulir el filo de su cuchillo preferido y tocarlo con la yema de los dedos, imaginando un corte.
Sus hijas comentaron, entre ellas, durante la mañana que “esta vez estaba exagerando”.
Fue llamativo para las chicas que, después de colaborar o participar de las tareas hogareñas del día, sin decir palabra, volvía obsesivamente a lo mismo.
Era un agradable fin de semana de verano, el que acompañaba al grupo de amables jóvenes, que había organizado una fiesta en la casa de Tolosa.
El motivo poco importaba, ya que las razones que atraían a los comedidos eran cinco: las cinco hijas solteras del dueño de casa.
La humilde vivienda estaba construida de adobe, con la parte trasera pegada a una lomita.
Desde su única ventana, muy pequeña, podían verse los pies de las personas que caminaban por el terreno alto de atrás.
En las últimas horas de ese día, se veían muchos paseantes por el lugar.
Como otras casas del pueblo, la pequeña vivienda contaba con un excusado diez o doce metros más atrás, en línea recta. Es decir, más allá de la lomita.
El rigor del clima patagónico y el trajín incesante de usuarios habían inclinado el precario baño exterior, armado con algunas maderas, pedazos de chapa y bolsas de arpillera.
La vivienda de dos piezas era modesta, baja y estrecha.
A los escasos recursos económicos, se sumaba una lógica de los criollos de la zona: podía aguantarse mejor el frío y el viento en un espacio reducido.
Era un verdadero milagro que todos los que iban llegando, entraran en la casita.
Algunos bártulos se sacaron al patio y otros se amontonaron en el dormitorio para “hacer lugar”.
A media tarde, un acordeón comenzó a darle ritmo y algo de color a la fiesta. Los presentes siguieron informalmente algunos pasos de ranchera y vals, mientras preparaban algo de comer y beber.
Una fuente grande de tortas fritas, un par de frascos de dulce casero y dos botellas de vino barato, fueron puestas en la mesa por una de las mujeres de la casa.
La cocina económica apagada se convirtió en mesa auxiliar.
Otras botellas, vasos y algunos jarros la ocuparon, con el correr de las horas.
El baile logró cierta intensidad, cuando comenzó a oscurecer.
Viejos y nuevos ritmos interpretados al son de la “verdulera”, y una guitarra bastante desafinada, comenzaron a adueñarse del ambiente.
Cuando se encendieron los candiles, fue todo un concierto de risas y gritos.
Algunas parejas, que habían estado conferenciando durante la tarde, comenzaron a realizar cortos paseos nocturnos.
Se sentían murmuraciones en la penumbra, alrededor de la vivienda.
Algunos gritos, risas y susurros más lejanos.
Todo lo que era esperable, cuando muchos jóvenes estaban apostándole a lo mejor de la vida.
De las seis hijas de Don Adrián Tolosa y su esposa Eusebia, cinco eran solteras.
María, Sixta, Carmen, Genoveva y Victoria convocaban, sin mediar palabra, a buena parte de los solteros de Río Chico.
Pero también estaban presentes los tres hijos varones de la familia.
Adrián, Gerónimo y Eustacio habían invitado a varias chicas para sumarlas a la fiesta.
Sólo el entusiasmo juvenil y la buena relación de los presentes, explicaba que todos pudieran circular en un ámbito tan estrecho.
Isabel, la mayor de las Tolosa, estaba casada con Lucio Marihuan.
La pareja conformada no hacía mucho vivía enfrente, cruzando una callejuela de tierra.
Lucio estaba en la fiesta y se había asignado algunas tareas como anfitrión.
Había sumado su amabilidad a la de los moradores de la casa.
Cuando el baile estaba en su apogeo, se encontró con un cuadro tan inesperado que le heló la sangre.
Gritó a toda voz, mientras se agarraba la cabeza con las dos manos:
-¡Paren la música! ¡Paren la música! ¡Mi suegro se degolló!
Hubo de inmediato un desorden total.
Lamentos, gritos desgarradores y gestos de desesperación siguieron al dramático anuncio.
Cómo ocurrió, quedó bastante en claro. Por qué ocurrió, fue siempre un misterio.
El cuerpo inmóvil, con la cabeza dislocada y el cuchillo sobre la mano abierta, resultaban una figura irreal en medio de un baile suspendido abruptamente.
Don Tolosa había elegido el momento cumbre de un festejo en su casa para poner fin a su vida.
Sufriendo por alguna gran pena o una frustración que no transmitió a nadie, el hombre había estado preparando el momento de su muerte durante todo el día, en un escenario que había elegido con sumo cuidado.
Alguna decepción profunda en su vida lo llevó a ese estrecho camino sin retorno.
Para ello se aseguró, todo el tiempo, que su cuchillo predilecto iba a realizar el mejor corte posible.
Su decisión final había sido no fallar en lo que se había propuesto.
La muerte súbita e imprevista terminó con el entusiasmo de varios enamorados y detonó un coro de llantos desoladores, de sus hijas y de su mujer.
Los hijos de Don Tolosa no entendían nada.
Con ojos desorbitados, observaban la figura yacente.
Nunca pudieron encontrar una explicación lógica a la decisión de su padre.
Por qué escenificó así su muerte fue incomprensible, para sus familiares y amigos.
Él era sólo un criollo humilde, sencillo y muy respetuoso de la vida de sus vecinos y del batallón de mujeres que lo rodeaban.
Lo cierto es que lo pensó y lo volvió a pensar muchas veces y mantuvo una decisión terminante, tomada bien temprano. Lo hizo en un día y en un lugar que parecían ser sinónimo de alegría.
El cura gaucho que vivió para sus hermanos
El padre Amado Anzi fue una de esas personalidades únicas que recorrieron territorio argentino, décadas atrás. Cuando los caminos eran de tierra y en vastos sectores del país había que seguir huellas de carro, para llegar a los poblados.
Fue el autor de El Evangelio Criollo, una extensa obra poética que se hizo muy popular.
Anzi pertenecía a la orden de los Jesuitas y sin estridencias, recorría lugares lejanos en donde a la acción misionera debía dársele un carácter práctico e integrador de comunidades.
El padre Amado se escapaba de las formalidades eclesiásticas. No vestía hábitos y actuaba como un criollo más. Fumaba en pipa, tomaba todo el tiempo mate amargo y participaba de salidas de pesca.
Además, era un hábil cazador de aves silvestres.
Durante largas horas jugaba al truco con curas de El Bolsón, que aparecían apenas él se hacía presente en la zona.
En el año 1962 llegó por primera vez en tren a Río Chico y año a año, cada verano, volvía.
Buena parte del mes de enero, era ocupado en sus tareas evangelizadoras en el paraje con ese sello tan particular de “un cura gaucho”.
Descubría sonrisas y obligaba a risas distendidas con su inagotable ir y venir.
Enseñaba su Evangelio Criollo con juegos y diálogos de tono gauchesco, enfatizando el sentido de los textos con gestos corporales.
En las calles del pueblo se representaban diversos pasajes de la vida de Jesús, hasta el Vía Crucis.
La hermana Franca Rinaldi lo acompañaba siempre.
Ella era una enfermera diplomada que atendía problemas médicos menores, recomendando, sobre todo, medidas de prevención en salud.
Paralelamente, tres monjas enfermeras de Misiones Rurales Argentinas les enseñaban a las damas mayores y a las chicas del pueblo, oficios básicos del hogar como tejer, coser la ropa y cocinar.
“Hay que economizar los recursos” les decían una y otra vez.
Grupos numerosos de mujeres compartían paseos por los alrededores del pueblo en largas y lentas caminatas, mientras conversaban de muchos aspectos de la vida, con las religiosas.
Amado Anzi tenía por costumbre visitar las casas del pueblo, una por una.
Ofrecía la posibilidad de casarse a quien lo quisiera y a bautizar si se encontraba con un recién nacido.
En el tren de trocha angosta llegaban siempre cinco o seis jóvenes voluntarios que se dedicaban a organizar todas las actividades, acordándolas con los vecinos más creyentes.
Uno de ellos era Freddy Scaron, un muchacho uruguayo que estuvo seis veranos consecutivos en el pueblo y selló un vínculo de amistad con Amanda.
Antes de instalarse en Río Chico, el padre Anzi realizaba un amplio recorrido por la zona llegando hasta el lago Mosquito.
En Ñorquinco, en El Bolsón y en otras localidades de la Comarca Andina se alojaba en casas de familia.
Ampliando su labor misionera visitaba, en muchas ocasiones, San Carlos de Bariloche.
En la Ciudad de los Lagos pasaba la noche en casa de Tomás Smart o en la de Penacho Bustamante.
Junto a él llegó un verano el padre Livio, acompañando al Ministro Provincial de los Franciscanos de Italia, una de las máximas autoridades de la Orden de los Jesuitas.
Otro año se hizo presente Monseñor Rampanti, Obispo de Morón.
En pleno verano, era curioso ver al obispo con un sobretodo muy abrigado, recorriendo los alrededores de Río Chico, hablando con el padre Amado y sacerdotes de localidades vecinas.
La relación con el clero de la ciudad bonaerense de Morón significó la visita de jóvenes voluntarios de ese origen a pueblos de la zona, durante varios años.
En enero de 1982 Amado Anzi se disponía a salir de Córdoba en dirección al sur, cuando por una sería indisposición, tuvo que ser operado de urgencia.
La cirugía se complicó y el cura gaucho, al que sus amigos más cercanos llamaban El Puma, falleció a los cincuenta y cuatro años.
Esas tardes con ruido de cigarras
A la amistad puedo definirla con claridad.
Con el nombre de una persona, Lidya y con dos, no mejor tres, digo cuatro palabras: es mi otra mitad.
Hay todo un recorrido de vida para llegar a una certeza de ese tipo.
Y para comprender en profundidad de qué se trata, distintas escalas.
El transcurrir del tiempo, los años que pasan como una exhalación, así tan rápidos como un relámpago, te dan nuevas amistades y te quitan otras.
Voces y gestos se hacen familiares y necesarios y sostienen lo grato de nuestra vida.
De pronto, no están más y hay otros que los sustituyen.
Un día cualquiera, nos enteramos que falleció esa persona tan cercana en alguna época de nuestra vida, y el sacudón puede ser grande.
Demoledor en muchos casos.
Me ha pasado sí. Muchas veces de forma intempestiva. La congoja es inmanejable cuando ocurre.
De golpe, se cortó una intensa relación con el padre Amado Anzi, que llenó con su presencia muchos memorables veranos de mi vida.
En un recodo de un tiempo, ahora ya lejano, la naturaleza, Dios o quién sabe qué, me lo arrebató de un zarpazo.
El gran vacío se hizo carne casi enseguida, porque cuando me enteré, contaba ya repetir con él, esas tardes de ruido de cigarras, en las matas florecidas de michay, en los alrededores de Río Chico. Emocionarnos juntos, con el eco de los gritos en el campo, de tantos jóvenes, desbordando de alegría.
Formidables, habían sido los días compartidos en los años anteriores.
No lo podía creer cuando me lo dijeron por primera vez, en voz baja, con una especie de susurro respetuoso.
-Parece que el padre Amado se murió- escuché.
Fui a buscar la radio pensando que si era así, quizás los noticieros lo iban a explicar. Aunque mi esperanza o mi deseo secreto fuera entonces, que desmintieran esa muerte, que había un error y que Amado Anzi estaba vivo.
Después de probar y probar, tratando de acordarme en qué punto del dial, cada tanto, sintonizaba una radio de Córdoba, me quedé sentada sin saber qué hacer.
No podía controlar las lágrimas.
La policía no tenía precisiones, ignoraba de qué les hablaba.
Pero me anticiparon que durante la tarde llegaría al pueblo Monseñor Esteban Hesayne, quien seguramente estaría al tanto.
Al anochecer me llegó la confirmación de lo ocurrido, en las palabras, precisamente de Monseñor Hesayne.
Durante la misa que ofició recién pude contener mi llanto desconsolado.
El alivio vino después y de a poco, en la resignación que la vida va sellando con el correr del tiempo.
El inmenso vacío de ese verano ahora ya no duele.
Haber compartido un retazo de mi vida con el padre Amado Anzi, es un recuerdo tan maravilloso que ha borrado todas las sensaciones negativas de ese momento.
Lo veo yendo a paso firme casa por casa, riendo abiertamente y afianzando todos los años, un poco más su amistad con los pobladores de la comarca.
También sostiene su memoria en mí, un ejemplar de su libro El Evangelio Criollo, que dedicó al Papa Paulo VI y que con gran delicadeza, un día me obsequió.
De tanto leerlo, releerlo y mostrarlo con orgullo se me había destrozado.
Lo mandé a encuadernar y ahora tengo mucho cuidado cada vez que lo tomo entre mis manos.
Y si lo presto un instante, vigilo que quien recorra sus páginas o lo lea, no lo maltrate ni un poquito.
Más de una vez en mis sueños, he visto al padre Amado caminando sonriente por un cielo parecido a los paisajes de Río Chico.
Un ocasional portero al que se le extinguió la vida
Aquel fue un día de trajín continuo para las maestras de la escuela.
Debían estar presentes en dos acontecimientos superpuestos, ya que ambos estaban muy relacionados al devenir cotidiano del establecimiento.
Jorgito había muerto, después de su gran decaimiento de los últimos días, y era velado en la capilla.
En simultáneo, se llevaba a cabo una fiesta en la que la presencia de las docentes no podía cancelarse.
Se trataba del cumpleaños de “la señorita” Mirta González, ex alumna de la escuela “Salim Rahal”.
Mantenerse un buen rato ante el féretro del difunto, les daba a las mujeres mucha tristeza, ya que el extinguirse de una vida joven produce siempre una gran conmoción interior.
Después de estar sentadas o de pie en el velorio varios minutos compartían, de a dos o de a tres, el recorrido hasta la casa de Mirta charlando de los avatares del tiempo o de las novedades familiares.
Buscaban recuperar el ánimo, cuando decaía, acordándose de anécdotas divertidas de la joven maestra, que cumplía un nuevo año dentro de la escuela.
O rememoraban cualquier relato agradable que las involucrara.
Claro, había que volver en un par de horas a estar con el difunto, que había sido parte de la comunidad de Río Chico, hasta el día anterior.
Cada vez que se encontraban con el rostro rígido y ausente de Jorgito, les volvía la aprehensión y la pena.
Nuevamente había que superar algunos fantasmas en el trayecto, hasta donde se festejaba el cumpleaños.
Jorge había bebido mucho en su vida y todo el tiempo, ya que arrastraba el vicio, desde muy joven.
Tenía veinte y siete años cuando falleció, con el cuerpo devastado por ser un bebedor compulsivo.
Hasta ese momento, había constituido, a los tropiezos, una familia y la llevaba a los tumbos, ya que no contaba con un empleo.
Seguramente, porque su adicción lo alejaba todo el tiempo, de las responsabilidades.
-Es muy lindo- decían las mujeres de Río Chico. Había coincidencia en chicas, jóvenes y señoras mayores.
-Era muy lindo- comentaban resignadas todas, cuando se enteraron de su fallecimiento.
Jorge era además una buena persona, respetuoso y amable.
Su situación de precariedad laboral y regresión personal había preocupado mucho a Amanda. Hasta que un día intervino.
Decidió pagarle algún dinero de su bolsillo para ayudarlo a lograr algún punto de apoyo en su vida.
En pocas palabras, le inventó un trabajo.
Apenas percibió la posibilidad de esa ayuda, en un diálogo ocasional, Jorgito se aferró fuerte al madero que le ofrecía la directora de la escuela, a su mar de necesidades.
-Es como un portero postizo, porque no es personal contratado- le dijo una de las mujeres del club de madres a otra mamá, intentando aclararle la situación.
-Su portero descansa mucho y cada vez más- le comentaban las maestras al pasar, a Amanda.
-No le rinde- le decía Ana- ¿Por qué gasta la plata así?
Jorgito picaba con parsimonia la leña y la acarreaba a los rincones cercanos, junto a las salamandras, tomándose todo el tiempo del mundo.
Estaba a disposición para otras tareas menores dentro del establecimiento, según hizo saber, sin demasiada convicción.
No tenía mucho por hacer y se sentaba a descansar con notorios gestos de fatiga.
El brillo del sudor de su frente delataba su debilidad.
Era evidente que su salud desmejoraba a pasos agigantados.
Se lo veía cada vez más débil.
Una crisis para nada sorpresiva, obligó a que lo llevaran a Ñorquinco, de urgencia.
Allí, durante la tarde anterior al cumpleaños de Mirta González, se murió.
Fue trasladado muy temprano a Río Chico, su pueblo.
Durante un día completo fue velado en la capilla.
Su entierro fue muy sencillo.
El triste adiós de Mario
El maestro Mario, por esas cosas de la vida, se fue del pueblo.
Estuvo casi dos años y asumió su tarea docente con mucha dedicación.
Algunas mujeres comentaban que una pena grande se había adueñado de su corazón.
Lo cierto es que su alejamiento generó muchas lágrimas.
La partida, de apuro, también desactivó el futuro de la versión libre de “Santos Vega, el payador”, la obra de teatro que aunó voluntades de toda la comunidad, durante un año y medio.
El último día Mario y Amanda recordaron anécdotas graciosas, para que la tristeza no fuera tan grande.
Hicieron memoria de cómo habían armado una escuela de baile para que los chicos aportaran su frescura al drama, creado a partir de un poema épico, presentado pocos días atrás.
Rieron mucho por lo ocurrido a uno de los danzarines que calzaba unas alpargatas poco prolijas para el acontecimiento.
De apuro, le pidieron a Don Aranea, un ferroviario, sus botas acordeonadas.
El novel artista no dijo en ningún momento que las botas le quedaban chicas y bailó muy concentrado, sufriendo estoicamente.
Soportó toda una tarde un calzado dos números menor.
Se enteraron después que había forcejeado repetidas veces con las botas, sin poder sacárselas.
Pudo lograrlo después con la ayuda de un grupo de voluntarios y voluntarias que actuaron en forma coordinada.
Superado el trance, con gestos de dolor y todavía asustado, comentó:
-Me laten fuerte los pies ¡La pucha! ¡Y cómo me pican!
En su despedida “El cordobés” le reiteró, una y otra vez, a la maestra, que en Río Chico pudo reir, cantar y gritar a gusto y que el cerro Mesa le había devuelto ese privilegio, con un eco, que siempre tenía una resonancia musical reconfortante para su espíritu.
Don José, el padre de Amanda, amigo y compañero en el momento del viaje de ida de Mario, salió al patio de la escuela, buscando ser discreto.
Su hija y el cordobés podrían soltar sus lágrimas en esa última, íntima y larga conversación.
Hasta su largo adiós Mario competía con “Pintu”.
Era una puja silenciosa, amable, leal y no declarada; ya que se trataba de lograr el mejor resultado en el mejor alumno.
En el elegido por la el dedo de Dios o por la Naturaleza.
Hubo algunos “cabeza dura”, a los que les costaba mucho aprender, en la escuelita.
Se retrasaban tanto, que concluían el ciclo primario a los quince o dieciséis años, recibiendo su certificado de estudios sólo por el esfuerzo y la dedicación.
Pero las letras y los números les rebotaban una y otra vez.
Como contraparte, hubo muchos buenos alumnos.
No había maestros especializados en un área particular.
Quienes trabajaban en la escuela eran docentes “todo terreno”, que debían acordar e imaginar métodos para que todos los alumnos y sus padres priorizaran los libros y el estudio.
Buscaban motivar lo social y la capacidad de iniciativa entusiasmando a sus chicas y sus chicos.
El contar con uno en la clase que fuera brillante, impulsaba a los demás a una mejora generalizada.
En las fiestas tradicionales, propias del ámbito escolar como las fechas patrias, se representaban obras de teatro. Algunas surgidas de la inspiración de los docentes.
Como recibían ropa de Misiones Rurales Argentinas, buena parte de esas prendas servía para dar fisonomía final a los personajes, en los distintos festejos.
Los Reyes Magos y los pastores de Belén, por ejemplo, contaban con un gran vestuario.
La vestimenta les permitía dar un mayor brillo a las distintas representaciones, sin gastar los escasos ahorros de la cooperadora escolar.
Por otra parte, los corderos y los chivitos eran invitados de honor a la escenificación de las fiestas cristianas y se salían siempre del guión, complicándolo todo.
Las puestas en escena se hacían más complejas cada veinticinco de mayo.
Culminaban las clases y cada docente, después de transcurrido el año escolar, sabía con precisión con qué bueyes estaba arando y emprendían representaciones dramáticas con nuevos matices.
Los alumnos “estrella” asumían roles diversos, en ese contexto.
“Pintu” y Mario, con su dedicación, lograban pulir al talentoso para que sirviera de ejemplo a todos los demás.
Así que buscaban que él o ella fueran los protagonistas en las manifestaciones públicas. Sobre todo en las sentidas fechas patrias.
Una alumna brillante del maestro actor fue Perlita Mendez, una nena que calzaba unas elegantes botitas de gamuza de color claro.
Muchos años después de esa puja, Amanda recuerda particularidades de uno de los estudiantes preferidos de la maestra “Pintu”.
-El chiquito era de la provincia de Buenos Aires, de Glew. Uno de los hijos del jefe de la estación, de apellido Farías.
Después de una larga pausa, continua rememorando:
-Un rubiecito encantador, muy despierto, pulcro, siempre peinado a la gomina. Estaba siempre muy atento a todo y comprometido con las actividades escolares.
Hurga en su memoria buscando completar cierto fragmento de la historia, que quiere fugarse.
-La familia Farías volvió a Glew cuando “el rubiecito” terminó séptimo grado.
-Eso fue en el año mil novecientos sesenta y nueve, más o menos- concluye, como si por fin pusiera en orden sus pensamientos.
¿La escuchó a la Pinky, señorita?
Sergio Llanquinao era de Río Chico arriba.
Vivía en un lugar que todos llamaban La Piedra Alta, a unos dos kilómetros al norte del pueblo.
Siete veces cruzaba el río de ida a la escuela y siete de vuelta, ya que ésa era la manera más lógica de completar el recorrido.
Innumerables sauces llorones eran sus aliados silenciosos, en el largo camino que emprendía todos los días de la semana, casi siempre solo.
Jugar con el agua, saltar y cada tanto correr, respirando con intensidad el aire puro, era una especie de rutina que lo llenaba de alegría, cada mañana.
Había aprendido a realizar el trayecto mojándose cada vez menos los pies en las frías aguas.
Esa mañana, se había propuesto intentar que su señorita “Pintu” manifestara alegría al verlo, cuando llegara a la escuela.
Le iba a dar una sorpresa.
La maestra lo hacía sentirse incómodo con su habitual gesto serio.
Todos los días la miraba con atención, cuando ingresaba al establecimiento escolar y, raramente, la veía sonreir.
Cuando ingresaba al aula, comenzaba a sentirse intimidado, apenas se sentaba.
Pero esta vez iba a ser todo distinto. No tenía dudas del resultado de su iniciativa.
Había estado memorizando durante la tarde anterior las inflexiones de una voz que todos los días escuchaba en una radio de Buenos Aires.
Veinte metros lo separaban de su aula, cuando se cruzó con su maestra por primera vez, esa mañana.
-Buen día señorita. Pasé a mojarme la cabeza en el río- le dijo.
-Buen día- le contestó “Pintu”, con amabilidad y el gesto serio de siempre.
-Hoy no hace frío. Por eso me mojé el pelo, señorita- remarcó Sergio, con una sonrisa amplia que parecía congelada, dirigida a la docente.
-No te he dicho nada, Sergio- le contestó la maestra.
-¿Sabe cómo dice Pinky, señorita?
“Pintu” se detuvo, un tanto sorprendida por la pregunta y se paró enfrente de su alumno.
Fugazmente pensó que el chico se estaba refiriendo a la locutora que era una celebridad de radio y televisión.
Se sonrió internamente, ya que la extraña consulta había despertado su curiosidad.
No le dijo nada y esperó.
Sergio tomó como un sí la expectativa que había creado en la docente.
-Fiat-fiat-fiat, así dice Pinky.
-La escucho todos los días, señorita.
-También mi mamá y, a veces, mi papá.
Dijo las tres frases con una pequeña pausa, para enfatizar el valor de su hallazgo.
La maestra no manifestó el asombro que le había causado el chiquito con el mensaje publicitario de la gran ciudad, dicho en la entrada de la escuelita del pueblo.
Sergio, intentando mantener su sonrisa forzada, se alejó en dirección al mástil.
Era la hora de la llamada para entrar a la escuela.
Continuó repitiendo una y otra vez:
-Fiat-fiat-fiat…
Durante varios días, cada vez que se cruzaba con su maestra, en el patio, Sergio volvía a su cantinela:
-Fiat-fiat-fiat- repetía mientras sonreía feliz por su descubrimiento.
Le pareció que su señorita “Pintu” lo empezaba a mirar con más consideración.
En su grado algunos chicos le pedían “que hable como la Pinky” y las otras maestras le prestaban más atención que antes. Por su raro comportamiento, claro.
Continuó con su particular rezo pagano por un buen tiempo.
La directora y su maestra, para retrotraerlo a la actividad escolar, buscaron formas de sacarlo de su letanía.
-Sergio, olvidate de Pinky por un rato. Vamos a hablar de otra cosa. Charlemos de tu familia. ¿Cómo está tu mamá?
-¿Mí mamá..? Ella está bien, señorita. Pero dice cosas raras, mi mamá. Mientras hila los vellones de lana, dice que hay un techo de estrellas que nos cobija. Y que tenemos que estar siempre contentos por eso.
Rosita, la nena de Colipi
-Mi hermanita se murió- dijo el chico en la escuela.
Clementina, la portera, fue quien primero recibió la noticia.
Con gran desazón la transmitió a las maestras.
Ella estaba siempre atenta a los acontecimientos diarios y tenía una gran sensibilidad a flor de piel.
En el pueblo en donde nos conocíamos rostros, nombres y la situación familiar de cada uno, el fallecimiento de la nena fue una gran conmoción.
Me ocupé de todos los detalles de los preparativos de su entierro. Estaba muy ocupada en las tareas escolares durante esa semana, pero asumí que debía proceder.
Lo ocurrido me había afectado bastante y pensaba que lo que debía hacerse era, al menos, un sepelio digno para la nena.
Los chicos de Colipi vivían en un ambiente muy humilde, cercano a una tapera.
No podía llamarse casa al lugar.
El cuadro final era difícil de describir con palabras.
Al dolor, se le sumaba la precariedad extrema en el modo de vida, soportada por la chiquita estoicamente.
Todos sabíamos de su pobreza.
Los familiares rodeaban el féretro, que era un modesto cajón y las mujeres del pueblo, conscientes del inmenso dolor, que sólo las rozaba, trataban de amortiguar el golpe que la vida les había propinado, dialogando con ellos. Conteniéndolos de alguna manera.
Hubo una serie de gritos y llantos desoladores cuando se cerró el cajón.
-Cleme ¿Qué pasa? ¿Por qué tanto grito?- le pregunté intrigada a la portera.
Después de una serie de consultas y murmuraciones, nos fuimos enterando.
Sus familiares más cercanos decían que Rosa debía llevar todas sus pertenencias al más allá, porque iba a estar solita.
Clementina nos transmitió, a su modo, lo que pasaba:
-La nena debe llevar sus cositas, sus mejores ropas, todo…
Tomé la decisión de volver algunos pasos atrás.
-”Rafita”. Sacá la tapa del cajón. Por favor, desclavala- dije.
“Rafita” era un ex alumno de otra época, hábil en el trabajo manual. Se había encariñado conmigo y en ese momento, me ayudó mucho.
Los familiares de Rosita se distendieron y hasta hicieron alguna manifestación de alegría.
La ceremonia final del velorio de la nenita culminó con los cordones de sus zapatillas desatados, pegados a su cuerpo yacente, todos los útiles escolares y un par de frazadas rasgadas, con las que se había abrigado en vida.
Después de aquella instancia tan dolorosa, hice preguntas a los lugareños sobre el significado del ritual que nos asombró durante el velatorio de la chica de Colipi.
Quienes tenían sangre indígena me fueron aclarando el intríngulis.
Ellos siempre hablaban “de oídas”, ya que no había nada escrito.
Se trataba de prácticas antiguas en donde se mezclaban mitos y relaciones con el más allá; tenían un correlato aproximado en descendientes de mapuches y tehuelches.
Cierta creencia trataba de preparar al muerto en su nuevo viaje.
Al parecer, sólo el cuerpo moría y su “ánima” o el don de la vida que portaba, seguía un camino diferente.
De alguna manera, era una interpretación similar al cuerpo y espíritu de los que somos católicos.
Lo más ajustado que pude entender de la reacción de la familia Colipi era que lo que se hablaba o se hacía, si no era apropiado, podía ser peligroso para el difunto, cuando ingresaba a una zona de sombras o de niebla.
Ceremonias entre la vida y la muerte
Recuerdo a un nativo de la región que falleció y lo llevaron al cementerio indígena, en un carro.
Esa imagen final me quedó muy grabada.
Parecía de otro tiempo y de otra circunstancia.
La cultura occidental nos pone en el rol de ser espectadores de una muerte y participar de ciertos ritos heredados. Sin tener claro el por qué, los cumplimos.
No estamos obligados a reflexionar e ir al fondo de nuestra conciencia, indagando sobre ciertos significados, que pueden ser abrumadores.
Manifestar sufrimiento por el fallecimiento de una buena persona se contradice a la convicción cristiana de la existencia de un cielo, en donde se cobijan las almas nobles.
Hace cincuenta años pesaba confesarse indio, o valorizar los ancestros.
Así que me resultó difícil establecer conversaciones profundas con los nativos de la región.
Sobre todo, porque los más jóvenes buscaban emular usos y costumbres de pueblos y ciudades, en la vestimenta y el lenguaje.
Con paciencia y apelando a cierta confianza, ganada día a día, conseguí tener algunas referencias, para entender el sentido que le daban a su vida quienes vivían, todavía, conectados a su tierra original.
En diálogos espontáneos, los habitantes de la comarca me expresaron, en distintas oportunidades, sensaciones y percepciones relacionadas a la naturaleza circundante y cierta relación mágica con la muerte.
Las vivencias tenían siempre una impronta personal.
En muchos casos, hablaban de un campo abierto en donde al fallecido se le recordaba que quien dirigía el mundo seguiría tirando de su alma.
Una modesta situación de los familiares hacía más precario el recorrido del “ánima”.
Si existía un grupo importante que lo despidiera de la vida, su destino sería mejor, ya que, con ciertos rituales y arengas, quien moría estaba mejor preparado.
En los velorios había alguna similitud, en los pormenores de distintas comunidades.
Los ancianos hacían respetar ceremonias ancestrales para ahuyentar influencias malignas.
Pero no había una doctrina estricta a respetar.
Dependía de la visión personal de los deudos.
Por ejemplo, tenía un sentido la dirección en que quedaban la cabeza y los pies del muerto.
Norte, sur, este y oeste significaban algo distinto.
En casos de grandes familias reunidas, con muchas personas mayores, se incorporaban a la ceremonia jinetes que hacían girar sus caballos alrededor del ataúd, en el patio de la casa.
En otras oportunidades, la rogativa de la última noche del velatorio, se completaba con los sones festivos de un acordeón, adoptado de los inmigrantes europeos, y trutruca y kultrun, dos instrumentos musicales indígenas que aportaban el lamento final.
Alguna vez vi cómo se tarareaban esperanzados ruegos con movimientos de las manos y la cabeza.
En otros casos, observé que se dejaban botellas llenas alrededor del ataúd y los familiares del difunto las bebían, a ciertas horas del día o de la noche.
Muchas veces se les dejaba comida con los cubiertos preferidos del fallecido y hasta cigarrillos prendidos.
Ciertos rituales se repetían haciendo referencia al “otro lado”.
Antiguamente, antes que el hombre blanco o huinca apareciera, el anciano sabio de la tribu suplicaba un arreglo a las alturas.
El cielo podía ser un posible aliado.
Era una especie de oráculo con súplicas a lo sobrenatural buscando que el viaje al más allá fuera agradable.
Escuché sorprendida un relato apasionante acerca de una interpretación de ese territorio inabarcable y misterioso que parece existir, o por lo menos, deseamos que exista, si la vida terrenal se extingue.
Era un largo recorrido en donde el devenir del tiempo se detenía.
El muerto era llevado por un balsero que avanzaba lentamente y en silencio sobre un gran río de lágrimas.
Entre la densa bruma, la embarcación era sólo una silueta y los parientes cercanos buscaban, con cánticos sentidos, quitar todo maleficio al transcurrir ese viaje hacia el Mundo de los Muertos.
No había heroísmo, sólo un viaje a un espacio diferente, indescriptible.
En la narración, el muerto reciente, tomaba con naturalidad ese estar en otra dimensión, hasta llegar a la otra orilla de ese río, que podía ser también un lúgubre mar.
Cuando bajaba de la embarcación, el “ánima” debía ingresar a un bosque oscuro y tenebroso…
El misterio de lo que ocurría después, ya se desprendía de lo cotidiano.
Se habían agotado todas las palabras.
Mamá se necesita, urgente…
La familia Rial llevaba una vida humilde. Su devenir cotidiano en una modesta vivienda era muy duro.
Ninguno de ellos estaba en condiciones de planear su futuro, ya que sobrevivían con lo poco y nada con que contaban.
Hasta que todo fue peor. La desgracia pareció ensañarse con ellos, persiguiendo a toda la familia durante ese fatídico año.
-Se murió la señora y quedaron sus dos hijos, sin que nadie los atienda- dijo la mujer.
Se la observaba intranquila y respiraba agitada.
Había dado la mala noticia mientras entraba al salón principal de la escuela.
-¿Y su esposo?- le preguntó Kuky Frezzeti, una de las maestras.
-Él está muy enfermo. Vomita y tiene fiebre alta. Y esa inflamación – la mujer hizo un gesto difuso, señalando a la altura de su vientre, buscando ser explícita- es muy dolorosa. Parece que es malo lo que tiene. Orquitis dijo Lydia que lo miró. Y ella sabe lo que dice.
-Debe verlo un médico, urgente, ¡urgente!- se impacientó Chila Frezzeti, otra de las docentes.
-Ya le ofrecieron trasladarlo a Ñorquinco, señorita. Pero por nada del mundo quiere alejarse de sus hijos- aseguró la mujer.
-Pero si sigue tan mal, en muy poco puede ayudar- comentó Kuky.
-¿Y qué puedo hacer yo, si no me escucha?- se preguntó a modo de un resignado lamento la mujer.
Vestía de manera sencilla y había atado de apuro su pelo con un pañuelo de seda. Evidenciaba mucho cansancio en su rostro.
Sin esperar respuesta continuó hablando:
-Por eso vine a la escuela. Soy sólo una de sus vecinas que lo ayuda, dada su situación. Por los chicos, sobre todo.
Creo que ustedes pueden hacer mucho más que yo. Hablar con autoridades para que se ocupen de la familia. No sé.
Las tres maestras se miraron. Amanda acercó una silla a la mujer, que había llegado raudamente y entrado sin golpear.
El silencio se adueñó del ambiente durante varios minutos.
Una vez que estuvieron sentadas las cuatro alrededor de la mesa, se sumó otra de las mujeres que también había colaborado en la emergencia de los Rial, durante los últimos días.
El lamentable desenlace era de alguna manera el esperado.
-¿Y que pasó con el bebé?- les preguntó Amanda a las dos.
-La Pety que es, digo, era la cuñada se lo va llevar a El Maitén, señorita.
-Creo que tiene todo el derecho. Además, no tiene hijos a cargo, quizás la ayude a enderezarse. Usted sabe el problema con la bebida que acarrea- se apuró a comentar la recién llegada.
-Me preocupa su atención médica- dijo Amanda- Un recién nacido sin la madre va a tener problemas en su alimentación. Y no solo de alimentación.
-Yo también pienso lo mismo, señorita. Pero no podemos ir en contra de su voluntad de su… quiero decir, la cuñada. Ella es… mejor dicho, era la pariente más cercana y se ve que quiere asumir la responsabilidad.
Amanda le hizo un par de preguntas:
-¿Y Rómulo, el marido de la Pety, está de acuerdo? ¿Qué dice? Él es quien tiene que parar la olla.
-Sí, sí. Él está de acuerdo. Se lo ve más entusiasmado que su señora.
-Yo digo que debemos pensar en Carlitos. Ya tiene cuatro años y se da cuenta de todo- dijo una de las mujeres.
-Sí, el nene está muy asustado. Hizo muchas preguntas sobre su mamá- remarcó la otra.
-También está pendiente de su padre, que tiene mucha fiebre. Transpira mucho el hombre, y yo lo veo cada vez peor- remarcó la primera.
Al día siguiente el hombre falleció como consecuencia de la orquitis fulminante.
La Pety y Rómulo cargaron, en dos cajas de cartón, ropa para el recién nacido, que un grupo de mujeres mayores había juntado.
Incluyeron, además, dos mantas tejidas a mano y una especie de mochila para transportar bebés, que no entraron en las cajas.
Dos mamaderas, dos tarros de leche y tres kilos de harina fueron a parar a un modesto bolso de mano.
Debían volver los dos a su casa de El Maitén cuanto antes. Ahora cargaban con una nueva y gran responsabilidad
-Voy a llevar a Carlitos conmigo- le dijo Amanda a Lydia, que no hizo comentario alguno, concentrada en sus pensamientos
-Voy a cobijarlo en casa, hasta que encontremos una solución- remarcó.
-¿Pensás adoptarlo?- se intrigó su amiga.
-No. Claro que no. Lo que puedo brindarle es algo de tranquilidad, hasta que tenga una nueva familia. Que coma y descanse como corresponde a un chico de su edad. El pobre ha quedado solo en el mundo.
-Cierto. Es un chico que ahora no es de nadie- dijo Lydia, apesadumbrada.
Amanda tomó de la mano al chiquito que no paraba de llorar.
En el recorrido hasta su vivienda, intentó atenuar con palabras suaves en algo su tristeza. Pero le resultó imposible, ya que su desazón era demasiado grande.
Apenas ingresó a la casa de la maestra, Carlitos se escondió debajo de la mesa y rechazó a Clementina y a Roy, que se acercaron a consolarlo.
Los miró un instante intensamente, como si fueran dos extraños.
Roy Michelena tenía diez años y siguió expectante a Carlitos, que se acurrucó en el rincón mas alejado, siempre debajo de la mesa.
Con todo candor intentó tranquilizarlo de alguna manera.
Le acercó varios de sus juguetes y le habló durante un buen rato.
Pero no logró respuesta alguna, ni interés en su idea de jugar.
Amanda llamó a Viedma desde la comisaría, ya que había recordado que su amigo el Negro Aguirre, dueño de una librería en Bariloche, se encontraba en la capital de la provincia.
En la comunicación radial surgió una alternativa viable, posible.
El Negro le explicó que, en la localidad cordillerana, existía un ámbito del Estado que se ocupaba de buscar una nueva familia a chicos huérfanos.
Se comprometió a pasar a buscar a Carlitos en un par de días, con la documentación correspondiente, cubriendo las exigencias legales.
Amanda tenía cierta imagen del menor de los Rial, como la de un chiquito muy despierto y divertido. Pero, los dos días que estuvo viviendo con ella, fue un incontrolable mar de lágrimas.
Era desesperante ver como lloraba todo el tiempo, y cuando dejaba de hacerlo por unos minutos, era para comer algo a las apuradas, tomar envión y llorar con más ganas.
Después de esa mezcla de suplicio y pena, por verlo en esa inmensa soledad durante los dos días de convivencia, Amanda se alegró con el correr de los años de la decisión de ser su mamá postiza, por ese corto lapso de tiempo.
Aunque en ese momento, se lamentó mucho, porque no pudo llenar ese gran vacío en que se había convertido su inocente vida, a los cuatro años de edad.
Cerca de la una de la mañana, del día segundo, pasó la camioneta a buscarlo.
El ruido de su motor detonaba una vida familiar posible para Carlitos, y el alivio y el recupero del sueño, para Amanda.
La maestra trataba de imaginarse cuál podría ser el futuro del chico, cuando se bajó el Negro Aguirre del vehículo y le hizo un gesto con la mano derecha, mientras desplegaba una gran sonrisa. Ella interpretó que todo evolucionaba según lo hablado días atrás. Era así, en efecto.
El Negro le explicó que el chico iría al Hogar Gutiérrez, un centro de guarda de chicos sin familia.
Sus instalaciones estaban en un predio grande, rodeadas de pinos en la esquina formada por las calles Ada María Elflein y Clemente Onelli.
El instituto era parte del área de Acción Social de la provincia.
Carlitos inició su viaje a la ciudad de la cordillera llorando.
Cuando la camioneta avanzó unos metros, levantó su mano derecha y saludó al grupo de mujeres esbozando su primera sonrisa en varios días.
Pasado un tiempo Amanda supo, por un juez de Bariloche, que el chico había sido adoptado por una familia de Buenos Aires.
Todos estaban encantados con “ese varoncito morocho tan vivaz”.
Su hermanito no pudo superar los problemas de salud que acarreaba desde su nacimiento y falleció, meses después, en El Maitén.
Las múltiples cuestiones a resolver cotidianamente en la escuela corrieron a Carlitos Rial a un rincón lejano de la memoria de la maestra.
Después de transcurridos muchos años, Amanda supo que, a cambio de su amarga experiencia de tan pequeño, el destino parecía haberlo gratificado.
-Siempre fue bien tratado y hasta mimado por su nueva familia- le aseguró alguien que le merecía la mayor confianza.
-Me dijeron que siguió estudios superiores en Europa. En Alemania, me parece- le comentó, sin poder ocultar su satisfacción, veinte años después, una de las mujeres que ayudó a asistirlo en su peor momento.
En el mismo lugar en que se extinguió la familia Rial, algunos años después, se cobijaron los Colipi.
Hasta ese momento, habían vivido a la intemperie en una cueva del cerro Mesa.
Se trataba de una mujer mayor con nueve hijos.
Un pequeño corazón que late fuerte
“El hielo sobre el charco tiene como hilitos blancos que se van deshaciendo, cuando los piso.
Hacen cric-crac cric-crac, como las ranitas en el verano.
Me gusta como suenan mis zapatos cuando salto, sobre el agua congelada. Es un ¡plas! ¡plas! ¡plas!.
Siento el frío de la mañana en la punta de todos los dedos.
Cuando está todo congelado y no anda nadie, es lindo andar por el campo.
Voy a lo largo del alambre hasta llegar al río, bordeando este terreno en donde se junta mucha agua.
Tanta, que no se puede andar por ahí.
Creo que por eso los grandes le dicen “el mallín”.
De tanto pisar los charcos helados y saltar sobre ellos, ¡plás! ¡plas!, se me enfriaron los pies y eso que hoy me puse las medias de lana de oveja, las que me tejió la abuela.
Si me llega a ver mi papá mojándome, se arma.
No importa que haga frío.
Hoy estoy contento, muy contento, contento. Más que contento, no se cómo se dice.
Todo está congelado, hasta el aire. Y cuando respiro así, ¡fúúú!, sale el hielo humeando como si estuviera fumando un cigarrillo.
Una vez prendí uno de los cigarros que Carlitos trajo no sé de dónde, y lo chupé y me dio una tos que no podía parar. ¡Cof! ¡cof! ¡cof!
Nunca más agarro esa porquería.
En el borde de este alambrado hay mucha humedad que no se ve. O me parece a mí que no se ve.
Quizás está todo el campo así, igual, por la lluvia de la semana pasada.
Qué bueno que empezó a salir el sol tan temprano. No hay ninguna nube, ni nada de viento.
Ni una gota de viento, como dice la tía del Carlitos.
Lo único malo es que el sol, a esta hora, me pega con todo en los ojos y me encandila.
Huy, me tropecé con una mata de neneo.
¿Qué hace aquí este neneo? En este lugar hay muy pocos…
Ahora que lo pienso. la humedad es por la cercanía del río, no por el cerco.
Se distancia de la corriente de agua en esta vuelta del camino.
Siempre paso por aquí, cuando salgo a pasear con Carlitos.
Algunas veces lo veo montar en el caballo de su papá.
A un chico de Jacobacci, que conocí, lo visten siempre de gaucho.
Después monta su caballito oscuro. Me contó que el último año, para el Día de la Tradición, se tuvo que ir a su casa, porque le apretaban las botas acordeonadas, todo el tiempo.
Eran las mismas de los últimos años, pero él había crecido.
“Cómo está creciendo este mozo”, dice la abuela y quiere que siempre esté con ella.
Es una cargosa, mi abuela.
No me gusta quedarme mucho con ella, porque dice cosas raras de mi mamá.
Así que tomo el café con leche en el jarro amarillo enlozado grandote y como bastante pan con chicharrón.
Qué rico que le sale el pan en el horno.
Me pongo siempre un pedazo grande en el bolsillo de adelante. Después tengo que sacudir las migas. Eso es lo único malo.
Para escaparme, me voy corriendo y le digo: “Me voy a estudiar. Hoy tengo mucho que estudiar” o algo parecido.
Ella hace como que la convencí, o de verdad, cree que voy a estudiar.
En realidad, lo que quiero, es no escucharla más.
No preciso estudiar tanto como el año pasado.
Mi señorita dice “muy bien” cuando me toma lección oral en la clase o cuando corrige mis tareas.
Siempre junto florcitas silvestres.
Me gustan las margaritas. Son blancas y lo redondito del centro es amarillo.
Tienen pétalos y uno se los va sacando y puede saber si…me quiere mucho, poquito, nada…me quiere mucho, poquito, nada…
Bah, no lo creo. Esta vez salió nada.
No importa.
Nunca me olvido de hacer los deberes.
Antes me costaba quedarme sentado.
Pero mi papá me retó tantas veces y me zamarreó tanto, para que entendiera, que al final…ya no me olvido de hacerlos.
“¡Tenés que estudiar para ser hombre de bien!”, me dijo un montón de veces.
Ahora llego de la escuela y hago todos los deberes, antes de salir a jugar con los chicos, a la esquina.
De paso la veo a ella cuando va con su mamá al almacén, siempre de la mano.
La escuela es el lugar más lindo del mundo, porque allí está siempre de guardapolvo bien blanco, con trenzas y moñitos de distintos colores.
Ella es la hija del jefe de la estación. “La nena de Don Villagra”, dice la señorita.
“El Tano” ,le dicen a mi papá.
¿Por qué le dirán “El Tano”?
¿Se enojará Don Villagra, el dueño de los trenes, si se da cuenta que la miro tanto?
Yo soy el hijo del Juez de Paz.
Lo que no sé cuál de los dos manda más.
Me parece que papá, pero no estoy tan seguro.
Tengo que decírselo hoy. Se lo voy a decir…
“Quiero casarme con vos”, así rápido y de corrido.
No, mejor se lo escribo. En la hoja de atrás del cuaderno. Después la arranco y listo.
Le dejo la nota en la mesita, por si se enoja de lo que dice, así puedo salir corriendo.
Si le hablo, quizás, no me escuche, o se moleste.
A ver cómo tengo que escribir.
Mi señorita explicó lo del “que” y los del “qui”.
¿Cómo era? Me parece que con la de casa.
Si, era con la de casa. A ver cómo queda en el papel.
“Cerida Nilda. Te ciero y ciero casarme con vos”.
Quedó lindo.
Tengo que dejarle el papelito, sin que los demás se den cuenta.
Y en seguida, me voy a jugar a la bolita, como si nada.
Tiene que ser al salir del recreo.
Hago como si nada y lo busco a Carlitos.
No creo en las margaritas, ya que todas las que deshojé salieron distintas.
Unas veces me quería mucho, otras veces, nada y la mayoría, era poquito.
Muchos poquitos.
Espero que las señoritas no se den cuenta de lo que escribí.
Se pueden enojar conmigo, o decirle todo a Don Villagra.
Que solamente ella la vea y cuando salgamos de la escuela, me gustaría que diga fuerte: “También yo quiero casarme con vos…”
El agua milagrosa
Ese otoño el menor de los Scalesi decidió que no le gustaba ir a la escuela.
Buscó un motivo para volverse a su casa.
Hasta pensó que podía utilizar el mismo pretexto para no concurrir a clase, cada vez que se le ocurriera.
Un día martes, a media mañana, puso en marcha su idea.
Mostró cara de estar dolido, achicando los ojos y levantando las cejas.
Estuvo así un buen rato, inmóvil.
Amanda, su maestra, se dio cuenta que algo raro ocurría, cuando le corrieron unas lágrimas.
-Carlitos ¿QuÉ te pasa?- le dijo.
-Me duele la panza y el estómago-dijo el aludido.
-¿Cómo la panza y el estómago?
-Me parece. Mejor dicho el dolor es en el estómago- aseguró, tomándose el abdomen con ambas manos y doblándose un poco hacia adelante.
La maestra se dio cuenta, de inmediato, que se trataba de una variante novedosa del habitual dolor de muelas, ensayado por la mayoría de los chicos, cuando no quieren asumir responsabilidades o les aburre concurrir a clase.
Se alejó un poco, observando al chiquito, como si fuera un sesudo médico buscando el mejor modo de decirle a su paciente un diagnóstico grave.
Carlitos mantenía su gesto y posición sufriente en el asiento, pero su preocupación por seguir los movimientos de la maestra, le hicieron perder el convincente rictus de dolor que había logrado, al principio de su puesta en escena.
Mientras giraba por el aula, mirando desde un costado y otro, y desde atrás al abroquelado Carlitos, a la maestra se le ocurrió un remedio sanador.
No quería avergonzar a su alumno poniéndolo en evidencia delante de sus compañeros.
Recordó haber visto un pequeño frasco de vidrio vacío lavado por Dorita, el día anterior, que había ido a parar al estante de los envases que “alguna vez podrían servir para algo”.
De nuevo, frente a frente con el enfermo, entabló un nuevo diálogo.
-¿Sabés? Yo tengo un remedio que me dio el doctor el mes pasado. Es justo para los chicos a los que les agarra un dolor de estómago. Ese es tu caso.
-¿En serio, señorita?- preguntó intrigado Carlitos.
-Ahora te lo traigo. Vas a ver qué bueno que es- le dijo Amanda.
Después de advertir a todos sus alumnos que no hicieran desorden, ya que “volvería enseguida”, la maestra salió del aula.
Fue hasta la cocina y vertió un poco de agua en el frasco, que había tomado al pasar, sin que nadie se diera cuenta.
Utilizó para ello un vaso fino y alto que estaba siempre a mano, por si alguien quería apagar su sed con cierta urgencia.
A su regreso, le pidió a su todavía doliente alumno, que tomara un trago para curarse.
Después de unos cinco minutos le preguntó:
-¿Y? ¿Te sigue doliendo?
-No, señorita Amanda. Me parece que me sané.
El circunstancial problema de salud se repitió en varias oportunidades, durante los dos o tres meses siguientes.
Siempre con los mismos gestos dramáticos del alumno y el ida y vuelta de Amanda, a un hipotético botiquín medicinal que contenía el líquido sanador.
Entre los dos habían descubierto que el agua mágica del río Chico curaba dolores de estómago.
Fue tan efectivo el tratamiento que Carlitos, hasta se olvidó de su malestar con el correr de los meses y en los años sucesivos.
Terminó la escuela y comenzó a asumir responsabilidades en el mundo de los adultos y el mal que lo había aquejado tantas veces, no volvió a aparecer.
“Pelé” en Río Chico asombró y deslumbró
Ninguno de los chicos quería privarse del partido de fútbol de los viernes.
Ese y no otro era el día más importante para ellos.
No les preocupaba si la cancha estaba con barro, producto de una lluvia de la madrugada, o si el frío era intenso.
Las dos horas obligatorias de Educación Física se cumplían, a partir de un consenso logrado en un día lejano, en el tramo final de las clases de cada semana.
Se convertían siempre en un largo partido de fútbol.
-Anoten chicos. Copien. Copien del pizarrón todos los deberes que tienen que hacer para el lunes- decían las maestras, en la hora previa.
Las nenas cumplían el ritual, sin sobresaltos.
Los varones, aunque se los veía impacientes, escribían con la mayor concentración posible, tratando de no olvidarse ningún detalle.
Después de ese acto de máxima responsabilidad, el premio llegaría.
Los esperaban horas de plenitud tras la pelota.
No podían arriesgarse a quedar afuera de esa fiesta semanal, que siempre se renovaba.
Amanda, mientras los veía correr y reír, pensaba que lo memorable, lo maravilloso de la vida debía percibirse y comprenderse a esa edad. Después ya era mucho más difícil.
Durante cada partido, disputado siempre con la mayor intensidad y entusiasmo, explotaba la felicidad en todas direcciones.
Desde su llegada a la escuela “Salim Rahal”, se convirtió en una observadora atenta del juego y del efecto que éste producía en los chicos.
Una pelota rodando todo el tiempo descubría lo mejor de todos ellos.
Cada partido era organizado por sus alumnos ante el ceño adusto de la autoridad escolar.
El ir y venir incesante del balón agotaba a los deportistas y entusiasmaba a todas las maestras que, de pronto, empezaban a dar algunas instrucciones y muchas sugerencias.
A veces tenían relación con las reglas del juego y otras veces, no.
El rubiecito sonriente, de ojos oscuros y piel muy clara, le informó a Amanda el resultado del encuentro de esa mañana.
-Hoy empantanamos, señorita.
-¿Cómo dijiste Adrián?
-Que empantanamos, señorita.
-¿Querés decirme que empataron?
-Sí. Empantanamos.
El vértigo del juego se trasladaba al lenguaje y lo transformaba en el ilimitado imaginario infantil.
-¿Cómo armarán hoy el equipo de quinto grado, Carlitos?
-Bueno. Al arco va el niño bastante…
-¿Bastante?
-Claro, él va al arco.
-¿Quién?
-El niño bastante…
-Carlitos ¿Qué me estás diciendo? Bastante no es un nombre. Nadie en la escuela tiene un nombre así.
-Lo que le digo, señorita, es que al arco va el niño bastante…cabeza. ¿No ve que el cuerpo le queda siempre chiquito? Mírelo.
El fútbol estaba presente todo el tiempo, incorporado a los diálogos y discusiones escolares.
En los fines de semana, chicos y adultos de Río Chico se pegaban a la radio a escuchar los relatos de Fioravanti, que transmitía distintos partidos de la Asociación del Fútbol Argentino.
Los alumnos de la escuela sabían muchos nombres de jugadores profesionales.
Competían entre ellos recitando de corrido la formación de los distintos equipos.
-Carrizo, Ramos Delgado y…Sainz, Cap y Varacka. Me perdí antes de Sainz.
Amanda tenía alma futbolera y lo evidenciaba.
En la escuela sabían todos que ella era hincha de Colón de Santa Fe.
La mayoría de sus alumnos no conocía el equipo.
Los chicos se miraban cuando les recordaba sus preferencias por “el sabalero”, ya que le resultaban familiares River Plate, Boca Juniors, Racing Club, Independiente, San Lorenzo…
Pero Colón, les sonaba extraño.
Lo asociaban más al descubrimiento de América.
Ella les recordaba cada tanto que “su club” había logrado una gran hazaña futbolística.
Se tomaba el tiempo necesario para renovar el entusiasmo de sus interlocutores.
-Colón le ganó al Santos de Pelé- les decía.
-¿Qué Pelé? ¿El Pelé ése, que es el mejor jugador del mundo entero?
-Sí. En “El cementerio de los elefantes” le ganamos uno a cero. En nuestra cancha perdió Pelé, el rey del fútbol.
Un lunes bien temprano, Antonio Michelena, quiso sacarse una duda que, al parecer, arrastraba desde tiempo atrás.
-Señorita, usted dice siempre que es hincha de Colón.
-Sí, de Colón. Acordate que viví en Santa Fe. Y que mi familia vive ahí.
-Por lo menos no es de River, señorita.
-No, claro que no. Eso jamás.
-Quiero hacerle una pregunta importante.
-¿Si? Decime Antonio.
-¿Vio que tengo una cartuchera nueva, con doce colores y todas las cosas? Están recién compradas, casi sin usar.
-Si, la vi.
-Si se la regalo completa ¿No se haría hincha de Boca?
Durante la primavera y sobre todo en el verano, una vez al mes y si el tiempo acompañaba en dos oportunidades, el seleccionado mayor de fútbol de Río Chico recibía a delegaciones de El Bolsón, de Comallo o de Las Bayas.
También viajaba bastante seguido, devolviendo gentilezas.
En enero o febrero, bajo el sol calcinante, todo el pueblo se convertía en una hinchada fervorosa y acérrima defensora de las cualidades indiscutibles de su plantel, que debía vencer a los “ágiles” visitantes.
Muchas damas llevaban sillas de sus casas para ver con comodidad el encuentro.
Las docentes de la escuela eran espectadoras silenciosas de un juego rudo que convocaba a todos, y no entendían cómo toda esa gente, amable durante la semana, perdía la compostura con tanta facilidad.
-¡Cómo va a perderse el gol ése! ¡Qué burro!- vociferaba uno.
-¡Es un tronco!- aullaba otro, mirando al cielo, buscando alguna explicación del altísimo.
-¡Soltala! ¡Largá esa pelota!- mandaba un tercero, colocando sus dos manos alrededor de la boca, para lograr ser oído por el jugador objeto de su enojo.
-¡Éste no puede jugar ni con tierra..!- bramaba un cuarto, tomándose la cabeza como para tirarla a la cancha.
Ante un fallo del juez, que consideraban injusto, la hinchada se ponía agria y sumaba epítetos poco poéticos.
-¡Este réferi es un bombero!
-¿¡Que cobrás!?¿¡Eh!?
-¿Que cobró el cuervo este, ahora?
-¿Cuánta plata te pusieron?
-¡Vendiiidooo!
Previo a cada partido del equipo “de los grandes”, salía al campo de juego un equipo de los chicos del pueblo, a defender los colores riochiquenses.
Todos eran alumnos de la escuela “Salim Rahal”.
Festejos emotivos de madres y padres se escuchaban, ante una buena jugada o después de un gol.
También valoraban el intento de los chicos visitantes, con algunos tibios aplausos solidarios.
En esas lides, durante muchos años, asombró y deslumbró la habilidad de Fidel Soto.
Tenía un gran manejo del fútbol con los dos pies, a pesar de su corta edad.
Cursó toda la primaria con normalidad y cada vez estaba más consustanciado con el juego.
Sencillo y respetuoso, cuando pisaba la canchita era un mago, que parecía dar vida a la pelota.
El balón, aunque estuviera desinflado o algo ovalado, parecía obedecerle todo el tiempo. ¿Cómo se podía decir tanto talento junto, en el año mil novecientos sesenta y tantos?
-Che, se parece “Pelé”.
-¡Como que se parece! ¡Es “Pelé”!
Fidel fue rebautizado “Pelecito” y a muy corta edad fue el ídolo del pueblo.
Apenas terminó la escuela, tuvo la oportunidad de probarse como jugador, intentando ser en el futuro, un profesional.
Lo hizo, naturalmente, en Colón de Santa Fe.
Su promotora fue la hincha sabalera Amanda, que corrió con buena parte de los gastos del intento.
Su padre autorizó, mediante un documento firmado de puño y letra, la presencia de Fidel en Santa Fe, durante un año.
Aportó para el sustento de su hijo a través de la proveeduría ferroviaria de la zona.
El hombre era capataz de cuadrilla del ferrocarril, en la estación Cerro Mesa.
Su trabajo consistía en revisar las vías, para que La Trochita no sufriera ningún percance.
Con una “zorrita” las recorría unos treinta kilómetros hacía el norte y otros tantos hacía el sur.
En horas perdidas, los quince operarios, a cargo de Don Soto, utilizaban las “zorritas” para juntar leña dispersa a lo largo del recorrido y llevarla a sus casas.
Fidel no desentonó para nada en las inferiores de Colón de Santa Fe; pero el calor y el pesar por la distancia de su tierra natal, lo hicieron desertar.
En mil novecientos setenta, muy joven aún, se trasladó a Bariloche en busca de trabajo.
Vivió durante un par de años en una pensión, en la esquina de las calles Beschtedt y Chubut, al sur de la ciudad.
A pocos metros del aserradero Madeco y de dos canchas de fútbol.
Su deslumbrante dominio de la pelota llamó la atención de otros jóvenes futbolistas, de los barrios Santo Cristo y El Mallín.
Lo rebautizaron “Pelé”, por si hacía falta.
Sus amagues y enganches lo colocaron inmediatamente como un referente del fútbol barrial.
Cada tarde concurría a los picados multitudinarios en los baldíos cercanos, con sus amigos de la infancia; Mauricio, que siempre fue un arquero convencido de sus limitaciones; “El laucha”, un puntero izquierdo que parecía querer volar cada vez que picaba en profundidad y Rubén Nasser, un turquito reflexivo y criterioso, que distribuía juego en la mitad de la cancha.
Los cuatro se planteaban un futuro bienestar en la costa del Nahuel Huapi.
Ante su ampliada popularidad, “Pelé” tuvo que dar explicaciones sobre su origen a la hinchada del barrio.
Tranquilo y amable repitió muchas veces lo mismo.
-Soy del cerro Mesa.
-¿Y eso por dónde queda?
-Por allá, para el sur. Es una de las estaciones de La Trochita. El trencito que va desde Jacobacci hasta Esquel.
-¿Y…por qué se llama Mesa un cerro?
-Arriba es una planicie, una mesa gigante. No es como los cerros de acá. Es plano y no es alto como el Catedral.
-¿Y qué es eso de La Trochita? ¿Es un trencito, dijiste?
-Es un tren chiquito a vapor que pasa todos los días por el pueblo, de ida y de vuelta. Pasa por Río Chico.
-¿Y por qué decís que sos de cerro Mesa? ¿Es lo mismo que Río Chico?
-Eh, sí. Hay mucha gente que conoce el lugar como Estación Cerro Mesa, por eso puede haber una confusión. La verdad es que muchos se confunden.
Tiempo después, “Pelé” Soto se integró a Huahuel Niyeo, el equipo de Ingeniero Jacobacci que peleaba, palmo a palmo, los campeonatos oficiales de liga con equipos de Bariloche, como Alas Argentinas y Boca Juniors.
Tengo un satélite en mi casa
René Huayquilef era un chico de ocho años que cursaba con normalidad segundo grado.
Vivía al otro lado del río Chico. Su casa estaba algo distante de la escuela.
La creciente de las aguas afectaba el lugar en donde debía cruzar, haciéndolo cenagoso en otoño y en primavera.
Por eso iba a la escuela a caballo, casi siempre acompañado por otros dos chicos vecinos suyos, más grandes.
Era la forma más segura de cruzar por el lecho del río.
René era un morocho de pelo lacio, ojos oscuros y piel trigueña; callado y muy tranquilo.
Una mañana se mostró un tanto eufórico cuando ingresó al aula, junto a sus compañeros de grado.
Dirigiéndose a su maestra, le informó algo que la dejó boquiabierta.
-Ayer me encontré un satélite, señorita.
-¿Cómo? ¿Qué dijiste?- se asombró la docente.
-Que ayer encontré un satélite…
-¿En dónde?
-Se cayó en el patio de mi casa, señorita. Todavía lo tengo allí.
-¿Y cómo sabés que es un satélite?
-En mi casa todos dicen que es un satélite. Y yo sé que los satélites se caen del cielo.
Así que debe ser nomás. Como yo lo encontré y parece que no sirve para nada, me lo dejaron. Así que es mío.
Como la maestra lo miraba asombrada, tratando de interpretar el significado de la novedad, remarcó:
-O sea que tengo un satélite.
Sus compañeros de curso prestaron máxima atención al sorprendente diálogo.
Nunca habían escuchado hablar tanto a René, ni habían visto a su maestra tan sorprendida.
Lo del satélite no lo entendían, así que miraban la reacción de la señorita.
Hubo un largo y tenso silencio.
-¿Seguro que no lo estás inventando, Renecito?
-Y pa´que lo voy a inventar, si el satélite está allí, afuera de mi casa. Debajo del árbol grande, está.
-¿Qué pensás hacer con él?
-Y…lo usaré para jugar. Qué se yo.
-¿Podrías traerlo a la escuela? Así los demás chicos saben cómo es un satélite.
-Eeh. No sé.
-Bueno, si no es muy grande. ¿Es pesado?
-No pesa mucho. No lo levanté, pero no creo que pese mucho.
-¿Y es muy grande tu… satélite?
-No tanto. Creo que puedo traerlo a caballo, si no puedo caminando, claro.
-¿Precisás que alguien te ayude?
-Me parece que lo traigo nomás a caballo. Y si hay alguno de los chicos grandes que me ayude, mucho más mejor.
El tempranero diálogo despertó la imaginación de muchos testigos que, durante toda la mañana, informaron a los demás chicos de la escuela que “René tenía un satélite en su casa”, y lo describieron de formas y colores diversos.
Las maestras estaban tan intrigadas como sus alumnos.
René se mantenía tranquilo y cada tanto, respondía las preguntas de sus compañeros.
El satélite de René llegó a la comisaría
Tres chicos de los más grandes se ofrecieron a ayudar a traer el bien más preciado de Rene Huayquilef.
La curiosidad los había ganado, así que asumieron con firmeza el compromiso.
Al día siguiente llegaron a la escuela, antes que todos los demás alumnos, transportando el supuesto satélite, con aire triunfal.
El hallazgo era todo un misterio a ser develado y ellos habían trabajado muy temprano en función de eso.
En la entrada de la escuela exhibieron, por unos minutos, a un aparato mediano, de dimensiones aproximadas a una batería de auto, que incluía un paracaídas, incorporado a su estructura.
Su aspecto era sólido y parecía hermético.
Letras en inglés expresaban particularidades técnicas y un cartel en letras rojas sobre fondo blanco, informaba algo en castellano.
René estaba exultante mostrándose al lado de su tesoro, como un cazador africano junto a una muy preciada presa.
Sonreía y prestaba mucha atención a un sinnúmero de comentarios, que se sucedían a su alrededor.
Mientras iban llegando todos los alumnos, mantenían sus ojos fijos en el dispositivo.
El objeto fue depositado finalmente en una mesa chica.
Gran parte de la escuela desfiló para observarlo en el aula de cuarto grado, que tenía una ventana a la calle San Martín.
Amanda hurgaba y hurgaba en su memoria.
Relacionó algo que alguna vez había aprendido sobre clima.
Ciertos métodos y herramientas de estudio de algunos fenómenos atmosféricos.
Era un rompecabezas que su mente estaba armando.
De pronto se le clarificó todo y habló:
-Renecito, esto no es satélite. Es una radiosonda.
-¿Y eso qué es, señorita?- preguntó uno de los chicos que había ayudado a traer el dispositivo a la escuela.
Se lo veía especialmente interesado por el acontecimiento, desde el mismo momento en que surgió la novedad, de boca de René, el día anterior.
-Es un aparato que se envía a la atmósfera, bien alto, a varios miles de metros. Para que les quede claro, son muchos kilómetros- respondió Amanda.
-¿Cómo desde acá a Ñorquinco?
-Podría ser. Creo que a los treinta kilómetros…explota el globo de helio que lo eleva.
-¿Cómo es eso, señorita?
-Es que a cierta altura el oxígeno es distinto al que respiramos, o directamente no hay. Así que el globo explota, ya que lleva un gas adentro.
-¿Y entonces?
-Comienza a bajar. No se cuánto tarda; imagino que bastante, pueden ser varias horas.
-Tiene este paracaídas adosado- la maestra tomó con los cinco dedos la tela tramada buscando ser muy gráfica- para que, cuando baje, lo haga despacio y no le rompa la cabeza a nadie.
Hubo risas generalizadas de los chicos. Uno de ellos realizó una repentina dramatización, como si algo que caía del cielo le hubiera golpeado en la cabeza.
-¡Entonces él tiene razón, es un satélite- dijo, señalando a René.
-No, no. Aunque los dos cumplen funciones de estudio, no es lo mismo un satélite que una radiosonda- le aclaró Amanda.
Y continuó hablando despacio, buscando aclarar y aclararse lo que alguna vez había estudiado:
-Es otra cosa. A ver mi me explico bien. Los satélites giran alrededor de la tierra mucho tiempo y toman la información de muchos aspectos de la tierra y el cielo.
Y prosiguió:
-En cambio, la radiosonda vuelve enseguida. Mientras lo hace, toma algunos registros y sólo del clima.
-Ah. Ahora entendí. Un poco más entendí…
-Junta datos de la humedad, de la velocidad del viento, su dirección y las diferentes temperaturas. Y los acumula en este aparatito. ¿Ven? Está blindado.
-Y los datos que dice, señorita ¿Qué los hace?
-No me acuerdo muy bien. Entiendo que están todos almacenados adentro. Pero puede ser que también los haya transmitido por radio a algún estudioso del tiempo, mientras bajaba.
-O sea que sirve para estudiar si “va a estar malo el tiempo”, como dice siempre mi papá.
-Bueno. Como es de metal y no sufre por el frío o el calor, para este aparato no hay ni tiempo malo ni bueno.
René parecía incómodo por las derivaciones de la conversación, ya que si algo estaba quedando claro, era que no se trataba de un satélite.
La magia del suceso asombroso se había esfumado.
-Si es sonda y no satélite, igual es mío. Yo lo tengo- dijo.
-No es tuyo René. Hay que entregarlo. Bueno; corresponde entregarlo a la policía- le dijo la maestra.
-¿Cómo a la policía?- se asombró René.
-Fijate. Fíjense chicos, aquí dice “al que lo encuentre entregarlo a las autoridades más cercanas”.
Hasta ese momento, ninguno de los presentes había leído el cartel adosado al aparato. Estaban cegados por el prodigio, que parecía no tener nada que ver con lo terrenal.
-Tuvimos suerte- les dijo la maestra a sus alumnos, que iban perdiendo rápidamente interés por lo que, el día anterior, era casi un milagro.
-Mejor dicho- prosiguió Amanda- tuvieron suerte los que lanzaron este aparato. Podría haber caído en cualquier parte. En el campo. En un mallín en medio de los juncos.
-Si cae en el río se va hasta el fondo y se queda allí- arriesgó uno de los estudiantes.
-Si nadie sabe, ni lo ve, se pierde para siempre- dedujo otro.
-Es así- dijo la maestra- Pero por suerte cayó en un lugar poblado, en la casa de Renecito.
-Si mis hermanos lo encuentran, seguro que lo golpean con piedras- dijo el más alto del grupo.
Pensó un momento y riéndose afirmó:- Son unas bestias. Rompen todo lo que encuentran.
-No digas eso. Son curiosos y quieren saber todo- La maestra, comprensiva, extendió su comentario:
-Cuando seas más grande vas a hacer lo mismo. Ahora tenés trece años y sos demasiado obediente. Quiero verte cuando cumplas dieciocho. ¡Qué cosas no vas a romper!
Todos se rieron por el comentario.
Una larga pausa marcó que el encantamiento se había roto en forma definitiva.
Amanda decidió que era el momento de cumplir el mandato escrito en la caja del aparato.
-Necesito que dos de ustedes carguen la radiosonda con cuidado, para llevarlo a la comisaría.
Cuando llegaron al destacamento policial, encontraron al oficial con los dos agentes.
-Buen día- dijo la maestra apenas entró. Sus alumnos hicieron un pequeño y tímido coro acompañándola.
-Buen día- dijeron al unísono los tres policías, que estaban tomando mate.
Suspendieron, en ese mismo momento, una acalorada discusión sobre fútbol.
-Traigo esta radiosonda- les informó Amanda, indicando el aparato que transportaban sus alumnos.
Y les aclaró:
-La encontró Renecito Huayquilef en su casa.
-¿Y eso qué es?- preguntó el oficial señalando con su barbilla la radiosonda.
-Es un aparato para medir temperatura, viento y presión atmosférica. Todo lo referido al tiempo.
-¿Y qué quiere que hagamos nosotros, señorita maestra?
-Acá hay un cartel. Mire lo que dice…
-Ahí dice…a las…autoridades…
-¿Ya lo leyó?
-Sí, sí.
-Bien. Ustedes son las autoridades más cercanas a las que puedo recurrir.
No puede este aparato quedar en manos de los chicos.
Tampoco tiene sentido que lo guardemos en la escuela. Debe ser muy importante para quienes lo lanzaron al espacio.
La palabra espacio pareció deslumbrar y conmover al policía.
Se tomó un par de minutos para interpretar, en alguna medida, lo que la docente le había dicho.
Simuló que acomodaba papeles, alineó dos sillas, miró hacía la calle desde la ventana.
Mientras tanto, los dos agentes mostraban tanto asombro, ante la presencia de la radiosonda, como los chicos de la escuela a primera hora de la mañana.
-Tengo que llamar a la superioridad- expresó finalmente el oficial con gesto adusto.
El tema era ahora relevante para la autoridad policial del pueblo.
-Hágalo. De cualquier manera, yo ya tenía pensado dejarle el aparato. Sí o sí, se lo voy a dejar- dijo la maestra.
Oda a los álamos de Río Chico
A la tarde subía corriendo al pequeño cerro de enfrente de la escuela.
Los chicos, durante todo el día, estimulaban mi alma de niña, que después se desataba incontenible.
Cuando el último de los guardapolvos blancos desaparecía de nuestra vista, Ana y yo nos calzábamos muy rápido las zapatillas, dando rienda suelta a toda la alegría posible.
Los uniformes blancos de maestras argentinas saltaban rápido a la percha más cercana y ¡a correr!
Sin descansar, llegábamos a lo más alto del montículo, en donde los misioneros franciscanos habían emplazado una cruz, allá por el año mil novecientos cincuenta.
En unos veinte minutos subíamos y nos llevaba otros tantos, la vuelta. Que era mucho menos exigente, desde ya.
Con el corazón latiendo fuerte y riendo a mandíbula batiente, se terminaba la excursión pedestre de cada atardecer.
Terminábamos agotadas pero felices, apropiándonos de un verano que se mostraba esplendoroso.
El calor y las fuertes palpitaciones del momento ¡que podían importarnos!
Esos días memorables después se extendían en noches plácidas, compartiendo alegrías y pesares con monseñor Miguel Ángel Alemán.
Desde el frente de la escuela, la Virgen de Guadalupe nos protegía e impregnaba de paz, a nuestros corazones temerosos.
Monseñor me había regalado una capillita con la imagen el año anterior.
A ese tiempo que nos brindó con toda su generosidad, le pudimos sumar sus reflexiones acerca de la vida, siempre certeras y oportunas.
Guiaba o abría un nuevo camino a la esperanza, todo el tiempo.
Años después, monseñor Alemán fue obispo de Santa Cruz. Se lo había ganado.
Los álamos de Río Chico eran mudos espectadores y compañeros felices de nuestro agradable estar en la vida, y parecían querer manifestarlo a viva voz durante esas noches transparentes.
De alguna manera, mi alma pudo percibirlo.
Sentados durante horas en un inmenso tronco de sauce, en el centro del patio de la escuela, recordábamos alguna pena que no quería irse, o nos confiábamos ese deseo profundo.
Éramos cinco o seis personas, compenetradas en lo mejor que podíamos transmitirle al otro.
Conversábamos, sin apuro, rodeados de cerros milenarios y árboles gigantes, que parecían grandes pinceladas de tono sepia en un paisaje surrealista
El cielo estrellado era el imán de todas nuestras miradas.
En las noches de luna llena el mundo desplegaba todo su sentido.
Un gran disco amarillo en el cielo despejado con el aire puro de Patagonia, conformaban el conjunto ideal.
Hasta a grandes charlatanas, como mi hermana y yo, la grandiosidad de la Naturaleza las llevaba a un largo silencio, en cierto momento.
Callarnos era la mejor forma de reverenciarla.
Todas las palabras sobraban, entonces.
Los álamos gigantes alineados al borde del río y en campos vecinos se constituían en una especie de guardianes de mi universo.
En la chacra de Don Amaranto eran tan grandes, que ni tres chicos juntos lograban abrazar sus troncos.
Esos árboles muy derechos, imponentes y comprometidos en brindar su savia a toda la vida, que transcurría a su alrededor, eran incomparables. Parecían semidioses.
Crecieron durante muchos años y le dieron un encanto monumental al ambiente circundante y gran personalidad al plácido valle.
El cerro Mesa era una etérea silueta que los magnificaba aún más.
Fueron ellos mis confidentes y discretos testigos de mi ir y venir por esas calles de tierra, desde el momento en que llegué al pueblo.
Una de esas noches inconmensurables, ya no tuve dudas que eran los árboles más hermosos del mundo.
Ni los pinos de Roma, ni las encinas de Francia, lograban estremecer mi alma como ellos.
La certeza fue patente cuando ocurrió esa especie de milagro, en un enero lejano.
Todo el cielo pareció explotar y se iluminó de pronto. Pudimos vernos unos segundos, unos a otros, con ojos desorbitados.
El destello fue tan intenso que nos sorprendió.
No hubo ruido alguno previo que lo advirtiera.
En forma inmediata del lado del río, una luz grandiosa cruzó el cielo de oeste a este.
-¿Qué fue eso?
-¿No fue un plato volador? ¿Están seguros?
-No. Fue una gran luz, como una inmensa cola de cometa. Debe haber sido un cometa.
-Pudo ser un meteoro que al friccionar la atmósfera… No sé, digo.
Todos habíamos visto algo distinto.
Eran las once de la noche y por un momento, el cielo había adquirido la tonalidad mortecina de un mediodía.
Nos miramos de nuevo, entre incrédulos y sorprendidos.
Supongo que un supersticioso habría colocado el hecho en el ámbito de los presagios, buenos o malos, según las creencias que lo movilizaran en la vida.
Como maestras, razonamos con rigor de manual.
Tenía que ser un fenómeno cósmico que, tal vez, impactaría en el suelo y en un lugar remoto.
Quizás se trató de un meteorito que se había deshecho al entrar en la atmósfera.
Especulamos algo, pero no mucho, sobre un suceso que no podíamos dimensionar con nuestro limitado bagaje de conocimientos del universo infinito.
Lo maravilloso fue que estábamos en la primera fila para observarlo.
Mis amigos, los álamos gigantes de Río Chico, fueron también testigos.
Un contingente de viaje de estudios a Bariloche
-Mirá la señora ¡cuántos hijos lindos tiene!
El comentario partió de una mujer mayor de edad dirigiéndose a otra, enfrente de la iglesia Catedral, cerca de la gran roca.
Las dos, al parecer, también habían salido de la misa dominical.
Eran ocho los chicos y chicas de entre doce y dieciséis años que se miraron sonrientes.
Amanda prefirió saludar con una gran sonrisa a la autora de la frase memorable, sin hacer ninguna observación.
Al grupo de jovencitos los igualaba la edad, pero sus fisonomías eran totalmente distintas. Y muy distintas a los rasgos de Amanda.
Se veía en ellos algo que los hacía un grupo particular: la diversidad.
Hijos e hijas de familias de origen sirio o libanés, producto de cruza con criollos, ojos y rasgos hispanos. Algunos, de piel clara con ojos oscuros y otros, rubios de tez cobriza.
Era imposible que fueran hermanos.
-Ahora tengo dos mamás- dijo uno de los chicos, mientras se alejaban de las dos señoras mayores, que seguían observándolos embobadas.
Se contuvieron y estallaron todos en una risa contenida, cuando terminaron de cruzar la Avenida 12 de Octubre. Un auto había frenado y con un gesto cortés con la mano, su chofer los había invitado a hacerlo, segundos atrás.
Era cerca del mediodía de un plácido domingo de enero de mil novecientos sesenta y ocho y el momento preciso de elegir un buen lugar para el almuerzo.
Comerían todos juntos, como era lo habitual en los estudiantes de la escuela primaria de Río Chico.
En la semana previa, habían almorzado en la parrilla “La Vizcacha”, sobre calle Sargento Rolando.
Al atardecer del martes, habían comido choripanes en el quincho de Beschtedt y Mitre, en donde Peter, un hombre muy rubio, alto y de amplia sonrisa, interpretó música de los cantones suizos con dos cucharas, dejándolos boquiabiertos.
Durante toda la semana, Don Remigio, un amigo de Amanda, les había hecho de chofer y guía en los paseos por los alrededores de la ciudad.
Mientras subían por la primera cuadra de la calle Beschtedt, comentaban admirados sobre cómo el hombre vestía, su forma de hablar y su conocimiento de todos los lugares y de todas las personas.
El pequeño contingente estudiantil había partido de Río Chico en el tren de trocha angosta, hacía una semana.
Ese día, no trasladaba a muchos pasajeros desde la cordillera, de manera que pudieron acomodarse todos juntos en un vagón.
Los bolsos y cajas fueron, en un primer momento, apilados sobre la salamandra que, por la temperatura alta del día, no iba a prenderse durante el viaje hasta Ingeniero Jacobacci.
Los familiares de los chicos extendieron la ceremonia de despedida hasta que el trencito comenzó a andar.
Les entregaron pan casero, tortas fritas, galletitas y jugos, y les insistieron que debían portarse bien.
-Háganle caso a su señorita y no se separen.
-No se separen. Vayan donde vayan, deben ir juntos.
-Cuidado cuando crucen las calles en Bariloche.
-Hay muchos autos que andan rápido y muchos colectivos grandes con turistas.
-No te acerqués a la ventana del tren grande, nene, por favor.
-Hagan caso a todo lo que les dice la señorita Amanda.
El humo renegrido subió recto, hasta diluirse en el cielo transparente, cuando la locomotora a vapor avanzó a paso de hombre y el grupo de adultos dejó por fin a los chicos libres de su parloteo.
-Chau, mamá.
-¡Se va el tren!
-¡Vamos a Barilocheee..!
El trencito tomó velocidad y la bocanada de humo, a lo lejos, fue un dibujo cambiante en el aire.
Un vagón de madera terminado artesanalmente tambaleó un poco, cuando la locomotora tomó la curva cerca del puente.
Las largas horas del recorrido hasta la estación ferroviaria de Ingeniero Jacobacci sirvieron para hablar de temas diversos.
Los chicos, ya distendidos, consultaron a la maestra sobre algunas cosas que se decían sobre San Carlos de Bariloche.
-¿Así que el lago es muy, muy grande y azul?
-Ahora no hay nieve ¿no?
-¿Tienen muchas ovejas en las casas?
Comenzaron, en ese momento, a comprender que ese viaje de estudios era el acceso a un mundo distante, donde todo resultaba una novedad.
Tenían como referencia los comentarios de los chicos del pueblo, que años anteriores habían vivido la experiencia.
Pero de sólo imaginarla, se diluían todas las palabras previas.
Era quizás su último gran momento completo como niños.
Pronto deberían comenzar a lidiar con adultos, buscando su lugar en el mundo.
Para ello contarían en el mes de mayo siguiente con su certificado de estudios.
De allí en más podrían buscar conchabo de peones, en una estancia, o probarse como dependientes, en un almacén de Ramos Generales de la Línea Sur.
Algunos seguirían estudios secundarios en Viedma, General Roca, Bariloche, Santa Rosa en La Pampa o quizás en alguna ciudad grande de Buenos Aires.
Al esfuerzo de sus padres, se asociarían los programas educativos de franciscanos y jesuitas, desarrollados con intensidad y firmeza en el norte de la Patagonia, desde hacía varios años.
En la estación de Jacobacci, después de una serie de consultas de la maestra en la boletería, los equipajes fueron acomodados cerca de las grandes vías.
El pueblo parecía ser un cruce de muchas vías y de muchos caminos vecinales de tierra, y algunos de ripio, cortando la gran meseta en distintas direcciones.
Fiel a la consigna reiterada por sus mayores, los cuatro chicos y cuatro chicas se mantuvieron juntos, algunos sentados sobre los equipajes.
Después de esperar un buen rato en el andén, lo vieron aparecer.
El “tren grande”, que cruzaba a lo ancho la provincia de Río Negro avanzó, desde la nada del horizonte, hasta detenerse con un crujido de hierros.
Algunos lo veían por primera vez y se asombraron de su porte, la fortaleza de su andar, la cantidad de vagones y toda la gente que viajaba en él.
La tarea de subir cajas y bolsos fue rápida. Apenas su maestra les señaló el vagón, comenzaron a hacerlo.
Iniciaron un nuevo tramo del deslumbrante paseo en dirección a la Cordillera de los Andes.
De ese territorio, tenían mayores referencias aquellos que habían prestado atención a las conversaciones de sus mayores.
Al parecer, eran algunos cerros de verdes intensos y muchas montañas azules nevadas con un telón de fondo lejano, quieto y majestuoso de muchas otras montañas.
El Tronador era el monte más alto de toda la región y algunos lugareños aseguraban que era la morada de Anón, un dios tan antiguo como el planeta.
Una de las chicas afirmó que era un volcán apagado y que de noche, en su cumbre, se sentían grandes ruidos, que atemorizaban a la gente.
“Por eso su nombre”, remató.
Probaron gratificados los asientos. Eran más cómodos que los del de trocha angosta.
El paisaje de la meseta cambiaba de fisonomía, cada tanto, y el vehículo les resultaba muy potente.
Provocaba una admiración generalizada, que se manifestaba en palabras y frases sueltas cada vez que parecía acelerar.
-Me gusta más porque es grande y va muy rápido.
-A mí me gustan estos asientos. No son tan duros…
-¿Puedo ir a mirar del otro lado, señorita?
Llegando a Comallo estaban todos adormilados. Ya nadie hablaba.
El agotamiento por todas las horas en La Trochita, había hecho mella en el grupo.
También había sido un día cansador el previo, el de los preparativos.
El intenso azul del cielo despejado teñía por completo al Nahuel Huapi.
Si bien la maestra les había anticipado “en cualquier momento aparece el lago. Presten atención, miren allá”, el asombro fue mayúsculo ante el acontecimiento.
Pegaron sus rostros a los vidrios, para no perder detalle alguno del milagro que se corporizaba ante sus ojos.
En la estación del ferrocarril de Bariloche los esperaba don García para llevarlos al centro de la ciudad, en un vehículo carrozado.
Este año de nuevo, los estudiantes riochiqueños se alojarían en el Hotel Moderno.
Remigio García había sido, años atrás, jefe de estación en Ingeniero Jacobacci y tenía su corazón atado a los criollos de la Línea Sur.
Año a año, desde 1961, recibía a un número creciente de pequeños turistas de esa zona.
A sus pasajeros venidos de la zona del cerro Mesa, les cobraba mucho menos que la tarifa turística habitual en Bariloche.
Su esposa, la China Urzainqui, lo acompañaba en esa decisión.
La mujer, una vez más, fue un dechado de amabilidad con los chicos y la maestra acompañante.
El pueblo grande de la cordillera les resultó toda una novedad a los noveles viajeros.
Los paseos grupales en la camioneta Ford color verde de Remigio, comenzaron muy temprano el primer día.
Bien abrigados, después de un desayuno en dos mesas que se convirtieron en una, esperaron sentados dentro del transporte y muy tranquilos; mientras, el hombre y Amanda revisaban la lista de datos y elementos necesarios para el día de excursión con varias paradas.
No debían olvidarse de nada.
-Primero vamos a ir a piscicultura- les dijo la maestra a los chicos- queda en dirección al Cerro Catedral.
Clientes inobjetables
Ese día llegaron a lo alto del cerro en Cable Carril.
Arriba se encontraba un fotógrafo que les ofreció, a un precio razonable, una foto grupal y la opción de una individual. Siempre, enmarcadas en el fondo lejano del lago Nahuel Huapi hacia abajo y las innumerables formaciones de la cordillera en un horizonte indefinido y muy lejano.
Al día siguiente recorrieron el Circuito Chico.
Subieron a tomar un té a la confitería del hotel de Luz y Fuerza, en el cerro López.
Posteriormente, caminaron sobre el césped verde de la Iglesia San Eduardo, modesta y sencilla, contrastando con el gran edificio del hotel Llao Llao en lo alto, que coronaba el terreno más alto de todo el sector.
A la vuelta, recorrieron a pie la Avenida Costanera, deteniéndose cada tanto y comentando particularidades del paisaje del lago que aparecía ante sus ojos.
Así llegaron hasta la formación de edificios monumentales de piedra y madera, en el Centro Cívico.
Ingresaron en silencio a la biblioteca Popular Sarmiento, por un pedido reiterado de la maestra.
-No deben charlar como cotorras, ya que hay mucha gente leyendo y estudiando.
A todos les llamó mucho la atención la altura interna de la sala de lectura y los innumerables anaqueles de libros.
Una de las chicas consultó en voz baja a la bibliotecaria, señalando con el índice a su alrededor:
-¿Cuántos libros son?
Después de observarla un minuto y de acomodar varios libros sobre el escritorio, la mujer le contestó en voz baja:
-Son más de veinte mil, sumando todos los textos educativos de escuela primaria y secundaria.
Salieron, demorando el recorrido hasta la calle, por el hall todo recubierto de madera. Una misteriosa escalera de grandes dimensiones parecía subir hacía la nada.
-Esto les va a gustar más que los libros- les dijo la maestra, cuando todos se encontraban nuevamente al aire libre.
Continuó:
-Ahora visitaremos el Museo de la Patagonia. Podemos estar todo el tiempo, si lo deseamos. Les pido que miren con atención. Hay mucho y todo es interesante.
-¿Y dónde es eso?- preguntó intrigado uno de los estudiantes.
-Aquí cerca, cerquita. ¿Ven? En esa gran puerta al lado del cañón está el museo. Ah, y recuerden lo que les pedí.
Apenas ingresaron al Museo de la Patagonia, se encontraron con aves y animales que se corporizaron ante ellos.
Cormoranes, pingüinos, gaviotas y hasta un puma estaban allí, como si estuvieran vivos.
La maestra les explicó que eran animales verdaderos disecados, con un procedimiento llamado taxidermia.
Estudiaron con atención las vitrinas históricas, en donde tenían un aspecto real las modestas imágenes de sus libros de lectura.
Un sable, una bayoneta, uniformes de próceres de la patria y tantas otras cosas.
Recorrieron durante horas todos los rincones, cruzándose con muchos adultos que prestaban la misma atención que ellos a lo expuesto.
La vuelta al hotel incluyó paradas permanentes en las vidrieras en todas las cuadras de la calle Bartolomé Mitre.
Vieron postales y murales con fotos de los alrededores de la ciudad, innumerables recuerdos regionales de madera y muchos gorros y pulóveres coloridos.
Turistas europeos y norteamericanos se cruzaron con ellos hablando a toda voz, provocándoles asombro y sonrisas, por lo extraño que le resultaba su lenguaje.
La ciudad recostada contra el lago y rodeada de montañas generaba buen humor y revitalizaba los espíritus de grandes y chicos.
-Es un tejido de lana de oveja de Colonia Suiza, señora- precisó la dueña del comercio.
En la puerta doble de entrada, estaba colgado un saco rústico de un impecable blanco que había llamado la atención de la maestra, quien, con el pulgar y el índice de su mano derecha, probaba la textura y el grosor del tejido, buscando compararla mentalmente con los que producían las mujeres en Río Chico.
Sus alumnos, en ese momento, estaban concentrados en los productos de una gran juguetería que habían descubierto, junto al negocio.
Las esquinas y las calles laterales de la ciudad tenían un perfil urbano de aldea, con detalles de madera en balcones, lucarnas, ventanas, techos y frentes.
Después de tantos años de llevar a cabo los viajes de estudio de sus chicos, Amanda había aprendido a manejar los paseos, interpretándolos.
Les proponía explorar las calles y los dejaba hacer. Después, a la hora de comer o beber algo, esperaba que se decidieran planteándoles un par de opciones.
Una vez elegido el sitio, se acercaba al responsable del restaurante o confitería. El dinero era poco y había que estirarlo al máximo.
Le explicaba de dónde venían, con qué limitaciones económicas y el esfuerzo que era ofrecerles a chicos de un paraje, la gran vivencia de conocer Bariloche, incluyendo un rico chocolate en taza o un té.
Tuvo respuestas positivas la mayoría de las veces, y ninguna queja.
Los pequeños clientes de Río Chico eran inobjetables.
Se sentaban y respetaban todas las reglas de urbanidad que la escuela les inculcaba año a año.
Tomaron el té de la tarde en la confitería Munich.
Esta vez no hizo falta ninguna conversación previa, ya que el acuerdo venía de antes. El dueño del establecimiento le había dicho tres años atrás:
-Señora, no hablemos más. Si ve que hay mesas desocupadas, usted pase con sus alumnos. Acá van a ser siempre bien atendidos, como corresponde.
Desde la mesa triple pudieron observar a la gente que bajaba y subía en dirección al lago, la que cruzaba la calle Quaglia y la que iba por la Avenida Mitre, en una y otra dirección.
Posteriormente, las bases de los grandes capiteles del Banco Nación, que a esa hora no atendía al público, fueron el escenario de sus juegos, por un rato.
En la confitería Tronador, del Hotel Italia, miraron hacia adentro, acercando sus caras a los ventanales. Algunos de los comensales les sonrieron y tres mujeres de una mesa los saludaron con la mano, en un gesto compinche.
-Señorita. Acuérdese que tengo que ir a la ferretería, a lo de Rainoff. Mi papá me dio la plata para comprar clavos de todas las medidas.
-¿Cómo de todas las medidas? No me habías dicho eso. Los clavos son pesados para trasladar.
-No son muy pesados, señorita. Mi papá me dio uno de cada uno, para muestra. Son todos clavos finitos, sin cabeza. Lo tengo anotado en el papel de la envoltura. Son…doscientos gramos de cada uno. Por seis, es un poco más de un kilo.
-Había pensado otra cosa…
-Estos son los clavos ¿Ve, señorita?
-Mañana vamos a ir sin falta al ferretero. Me hiciste acordar de un encargo. Tengo que comprar tres candados…
La leña, qué falta nos hace esa leña
Al comienzo fue muy difícil para mi salud.
Estaba siempre al borde del resfrío o de una gripe.
Claro, venía desde el norte en donde este viento helado no existía.
En el monte chaqueño el calor parece tener espesura, de tan intenso.
Un temporal fresco, allá, es un fenómeno muy raro.
En un primer momento, lo que me ayudó a soportar tanto frío fue mantenerme en movimiento.
Trotaba junto a los chicos.
-Vamos a correr de allá para acá y de acá para allá - les decía.
Parecía un preparador físico de un equipo de fútbol, sin presupuesto.
Como eso los sacaba bastante seguido de la responsabilidad de los libros y los cuadernos, a todos les gustaba y lo tomaban como una especie de juego.
Sabían, sí, que era para no congelarnos.
Con la ayuda de la estufa Brand Metal número cinco, que tenía para cocinar y calentar el agua del mate, más las puertas y ventanas bien cerradas, algo de calor lograba mantenerse en el aula.
¿Se fabricarán todavía las Brand Metal? Ha cambiado tanto todo en los últimos veinte años…
Cuando los funcionarios de Educación nos entregaron esas estufas a gas portátiles, no lo podía creer.
¡Qué bestias!
Eran muy peligrosas, ya que las pantallas podían quemarle un brazo a un chico.
Y lo peor era que las garrafas de diez kilos o litros, no sé qué corresponde especificar cuando es gas, no duraban nada.
Era un buen negocio para el bolichero que las vendía, pero para nosotros, era inmanejable.
Imagino que en una ciudad ese sistema era una solución. Pero en un pueblito como Río Chico, no.
Así que nuestra mejor opción fue, es y será la querida salamandra a leña.
Después del primer año y de patalear bastante, la conseguimos.
Hubo sí, que inventarse una logística para contar siempre con la leña suficiente.
No importaba mucho sus dimensiones, el largo digo, ya que la estufa es estirada como una lagartija, mejor dicho como una salamandra. Ja!!.
Los chicos de la escuela son gente de campo.
De manera que, siempre hay un par de brazos para picarla.
Poniéndola arriba del tronco grande y uno, dos, tres hachazos certeros. Listo.
Para mí no es muy recomendable hachar leña, por todos los anillos que me gusta llevar.
Pero para los alumnos más grandes, que son unos hombrecitos curtidos, con quince años encima, es un juego de niños.
Las maestras no tenemos necesidad de agarrar el hacha, ya que ellos lo hacen primero.
Nos insisten que ese “es trabajo de hombres” y que nosotras, sus señoritas, no debemos ocuparnos de eso.
Tantos años viendo a los alumnos que debían cruzar el río a caballo, y en qué condiciones llegaban a la escuela. Casi siempre, tarde.
Comían al lado de estufa a leña, mientras se secaban y recuperaban el calor de sus cuerpecitos.
Algunos que tenían quince o dieciséis años seguían viniendo y viniendo a la escuela.
Aunque las letras les entraran de a una, por su persistencia, terminaban con su Certificado de Séptimo Grado.
Para ellos y sus familias era muy importante, ya que significaba una especie de habilitación en la vida, para encontrar un trabajo.
Qué comienzo!.
Cuando empecé a dar clase, caí en la cuenta que la mayoría de los pupitres estaban flojos.
Como eran de ese material aglomerado, ese cuyo nombre ignoro, tenían un ensamble complicado que no podía arreglar un simple carpintero. Imagino que el que los fabricaba era quien después hacía esa tarea. Doble negocio.
Pero Río Chico y la Patagonia estaban demasiado lejos de las fábricas y de las soluciones de este tipo.
Fue en la época de los tinteros de porcelana blanca puestos en el banco, en los que se mojaba la pluma para hacer la letra redondilla.
Qué desastre cuando esa tinta color azul intenso, tocaba un guardapolvo.
La mancha era un sello vibrante que quedaba para siempre.
Estuvimos pidiendo y pidiendo pupitres nuevos, cada vez que teníamos oportunidad.
Los de aglomerado nunca fueron restaurados.
Recién diez años después, llegaron bancos y sillas como la gente.
Pero lo que ahora me preocupa es que este tipo me ha dicho ya dos veces, que no puede hacerme el cheque para comprar la leña que necesitamos con urgencia.
Con suma urgencia precisamos esa leña.
Ya no nos queda nada y no quiero que los alumnos vivan lo que vivieron otros, veinte años atrás.
Acá presente, el funcionario de Patrimonio de Educación dice que si la leña se agotó no es problema de él.
-¿Entonces..?
-Lo que ya le dije, señora Amanda. Tenemos algunos problemas de presupuesto. Lo que nos lleva a disponer todos los fondos, según nuevas prioridades que…
-Que no contemplan el frío que pueden pasar los alumnos.
-No, no es eso. Ya le dije. La situación nos lleva a delimitar los recursos y a acotarlos. No podemos señora. Debemos disponer el dinero en función de cierta documentación.
-Y nosotros necesitamos calefaccionar la escuela.
-Van a tener que arreglárselas de otra manera. Yo…no puedo hacer nada.
-Yo sí sé lo que vamos a hacer. ¡Dorita!
-¿Sí, señora?
-¿Qué hay de madera en la escuela?
-Leña no nos queda nada, señora Amanda.
-No me refiero a leña, hablo de madera. ¿Qué parte de la escuela es de madera, que nos pueda servir para hacer fuego?
-Están las ventanas, el portón, la puerta…casi todo. Pero señora…
-¡Tome un papel y anote todo lo que pueda servirnos para meter en la salamandra!
-Ehhh, señora Amanda. Como representante de Patrimonio de Educación le digo que usted no puede hacer fuego con puertas y ventanas de una escuela.
-Sí, puedo. De poder, puedo. No debo, que es otra cosa.
-Me refiero a eso. Yo como responsable de la temática le digo…es como quemar el edificio…
-No. Sólo utilizo el único combustible que me queda, el que tengo a mano. Sino las maestras y los alumnos, se van a enfermar por el frío, y mi responsabilidad primordial es ocuparme de ellos.
-Pero…
-¡Dorita! ¿Hizo ya la lista?
-¡Espere! Espere, señora. ¿Cuánto me dijo que era el monto total? Ahora le hago el cheque…
Yo tengo baño, señorita…
Edgardo iba a primer grado y tenía algunas dudas de cómo actuar en la escuela.
Se perfilaba como un buen alumno, pero era notorio que ciertas cosas no las tenía muy claras.
Una mañana, sin que su maestra se diera cuenta, se fue para su casa.
Primero la docente se asustó por lo inesperado de la situación.
De inmediato, buscó a la directora para avisarle lo sucedido.
Cuando uno de sus compañeros aclaró que “el Egardo” había ido a su casa y que “venía enseguida”, las docentes se mostraron aliviadas, pero muy sorprendidas, ya que nunca había ocurrido algo así en el establecimiento.
A los pocos minutos, cuando la directora ya se disponía a ir a buscarlo, el chico apareció en la puerta del aula y sin decir palabra, con total tranquilidad, caminó en dirección de su pupitre y se sentó.
No mostraba inquietud alguna.
Amanda, la directora de la escuela se le acercó. Una vez que estuvo enfrente de él le preguntó:
-¿De dónde venís Edgardito?
-De mi casa, señorita- respondió, sin ninguna preocupación aparente.
-No podés salir de la escuela, así porque se te ocurre- dijo Amanda.
Ante el gesto de pasividad de Edgardo la maestra quiso sacarse una duda que la iba ganado.
-¿Y? ¿Qué fuiste a hacer a tu casa?- le preguntó.
-Fui al baño, señorita. Me dolía mucho la panza.
Esa respuesta resultaba muy extravagante.
Amanda trató de ser didáctica, ya que lo que correspondía aclararle al chico era una verdad de perogrullo.
-Edgardo, escuchame bien. En la escuela tenés un baño, podés usarlo cuando lo precises. Hay varios baños ahora, justamente para que los usen todos los chicos que los necesiten- le dijo.
-Lo que pasa, señorita es que… yo ya tengo baño en mi casa- le aclaró Edgardo.
TERCERA PARTE
LATIDOS DE UN PAÍS
“La revista Siete Días los busca…”
El curso de capacitación docente se extendía por varios días en el Colegio Pío XII de Viedma, tratando diversos temas, con la impronta de la autoridad eclesiástica de Monseñor Miguel Esteban Hesayne.
En el encuentro participaba un gran número de educadores y las buenas intenciones generales se cruzaban con la experiencia personal, intentando tratar de resolver problemas que aparecían todo el tiempo.
Cómo ir de la teoría a la práctica era el desafío de siempre.
Las cuatro maestras venidas de un lugar distante de la provincia estaban también involucradas en la gran conversación.
Una mujer que cumplía un rol dentro del trabajo de documentación del evento se les acercó.
-Señora Amanda. ¿Usted es de Río Chico, no?
-Sí. Soy una de las cuatro maestras de allí. ¿Qué pasa?
-La revista Siete Días quiere hablar con ustedes.
-¿Cómo?
-Es para una nota que quieren publicar sobre su escuela. No sé muy bien de qué se trata. Hay un periodista que los busca, que las busca, quiero decir.
El sueño de todos los artistas de radio y televisión, en la década de mil novecientos setenta, era que la revista Siete Días les hiciera una nota.
Para una maestra que está pendiente de sus alumnos en el lejano sur, ésa era una alternativa imposible.
La novedad con que se encontró Amanda le resultó asombrosa, en medio de una reunión de docentes en un colegio religioso, lejos de la Capital del país y del mundo del espectáculo.
-Usted dice…la revista Siete Días. ¿Ésa que es ilustrada y se vende tanto como la Gente?
-Sí. Eso es lo que me dijeron. El periodista tiene una credencial.
-¿Qué dijo el periodista?
-Que quiere entrevistar a maestras de la escuela, ésa que está bien lejos, la de Río Chico. Tenía todos los datos.
Intrigada, Amanda, guardó los papeles que tenía sobre la mesa de trabajo, en el portafolio y decidió salir a buscar al periodista enseguida.
Podría darse que éste, al no tener una pronta respuesta, decidiera cancelar la nota.
“Una entrevista para la Siete Días, nunca me lo hubiera imaginado”, pensó.
Preguntó tres veces, por el camino por “el periodista de Siete Días”, hasta que, por fin, se encontró con el joven, cara a cara.
Éste vestía de manera sobria e informal y a la altura de su corazón portaba una credencial que lo identificaba, con el logo de la revista de actualidad.
Estaba anotando algo en una agenda.
Alrededor de él pudo ver a varias personas expectantes. Imaginó que pertenecían a su entorno de trabajo.
Después de saludarlo, se presentó:
-Yo soy Amanda, una de las maestras de Río Chico. ¿Usted nos buscaba?
-Ah. Sí, sí- dijo el joven, descubriendo una amplia sonrisa.
Cerró la agenda concentrándose en el diálogo con la maestra.
Hablaron varios minutos buscando abstraerse del ruido de un pequeño grupo de docentes, que hablaba animadamente, cerca de ellos.
Acordaron una hora y lugar de la entrevista para el día siguiente.
Exultante, Amanda volvió a su mesa.
Con “Pintu”, Ana y Mirta habló de la novedad.
Especularon todas sobre las razones que convertían a su escuela en la elegida por la revista.
Mientras se esforzaba por seguir el hilo de la conversación, Amanda pensaba que la nota debería titularse “Ésta es nuestra escuela” y que ellas, de a una, explicarían al país todo lo que hacían para sus chicos.
Y si en la foto la enfocaban sólo a ella, fantaseaba con un gesto ampuloso mientras remarcaría: “Esta es mi escuela”.
Sin discutirlo demasiado, acordaron que Pintu y Amanda hablarían con el periodista o los periodistas, ya que no estaba muy claro si había algún otro.
Las dos se caracterizaban por hablar mucho, todo el tiempo y por lo tanto, eran las indicadas para “atender a la prensa”.
Intercambiaron un buen rato ideas sobre lo que deberían decir y el tono apropiado.
Hasta hubo una sugerencia de escribir en detalle una especie de lista.
Aunque después descartaron la idea, ya que no sabían a qué harían referencia las preguntas.
Pasado el momento de máximo entusiasmo, dedicaron unos minutos a reorganizar su jornada de actividades. Se habían evadido de todo por la novedad.
Durante buena parte del día siguiente las dos maestras estuvieron preparándose para el acontecimiento.
Amanda fue a una peluquería cercana.
Había llevado unos pesos como reserva, por si surgía un imprevisto, y echó mano a ellos.
-Tenemos que estar bien presentadas. ¡Es la revista Siete Días!- le dijo a “Pintu”, convencida.
-Imaginate, hay que salir en la foto de la mejor manera posible- recalcó.
Debían peinarse como Dios manda, elegir con sumo cuidado la ropa y prever cualquier detalle para dar la mejor imagen.
En Viedma, tan lejos de Río Chico, la escuela eran ellas.
El mejor vestido con que Amanda contaba era uno al que identificaba como “floreado chico” con chabot en el cuello.
Pintu tenía otro muy similar.
Cuando salieron a la calle para enfrentar al periodismo parecían hermanas, y de hecho lo eran.
Con los corazones latiendo fuertemente se mantuvieron firmes; sin parpadear ante los primeros “flashes” de dos fotógrafos.
Después se sentaron a dar respuestas precisas a las preguntas condescendientes del periodista.
-¿Dónde está la escuela?
-Nuestra escuelita está al pie del cerro Mesa en un hermoso valle.
Río Chico está enclavada en un hermoso valle.
-¿A cuántos kilómetros de la capital de la provincia está?
-¿Qué cantidad de alumnos asisten a ella?
Las sucesivas consultas eran elementales.
Lo bueno para Amanda y “Pintu” era que podían extenderse refiriéndose a muchos aspectos de su tarea docente.
No lo habían programado, pero se dio una especie de acuerdo tácito de hablar en positivo siempre.
Como la escuela iba a salir nombrada y explicada en la Siete Días, nada menos, en la visión de las dos maestras, correspondía exhibir lo mejor de ella.
Pudieron expresar, alternándose, que en su escuela “hubo, durante los últimos años, un mosaico de docentes” de distintos puntos del país.
Maestros de La Rioja, Santiago del Estero, del alto valle rionegrino y de Buenos Aires.
Que la enseñanza y el aprendizaje eran asumidos con naturalidad por alumnos y maestras.
Dijeron que como método, inculcaban lo importante que era amar a la bandera y entonar con entusiasmo la canción patria.
Que su rol docente abarcaba un todo.
Señalaron un par de veces que, a pesar de las limitaciones económicas, sus alumnos podían comer en forma saludable, descubrir la felicidad jugando al fútbol y participando de reuniones grupales en la capilla.
La extensa entrevista duró más de dos horas.
Por la emoción o por sus convicciones, Amanda y “Pintu”, ante cada pregunta cargada de conmiseración, respondían enfáticamente.
-Estamos felices de trabajar en esa escuela.
-Es alejada sí, pero elegí ir y no me arrepiento para nada.
-Nuestro esfuerzo es por todos.
-Que todos los chicos y chicas puedan terminar séptimo grado con una base, para ser en el futuro, personas con iniciativa.
-¿La comunidad? La comunidad es muy positiva. En cada cosa que emprendemos, para los chicos, nos acompaña. Hay un club de mamás.
-Tratamos de superar las limitaciones económicas que padecemos, por supuesto. Todo el tiempo.
-Claro que hay pobreza, pero eso no nos asusta, ya que en todos lados hay pobreza ¿no?
-La cuestión de la comida la resolvemos aprovechando lo que recibimos. Sumamos las verduras de la quinta, porque tenemos una quintita en un sector del patio.
-La carne es de primera y está a nuestra disposición el aporte de un almacén de Ramos Generales. Es un vecino que cuando algo nos falta…
-Tratamos de no pedir fiado, eso sí.
-Estiramos los recursos, cuando no contamos con lo esperado para el mes.
No nos queda otro remedio. Usted lo entiende ¿no?
-Nunca hicimos una huelga, no.
-Yo no los llamaría problemas de disciplina. Alguno que hace una picardía como cualquier hijo de vecino. Se imaginará, los chicos están encantados con la escuela.
-Así que no quieren privarse de lo que le brindamos. Muchos viven muy humildemente, lejos y en medio del campo. Llegan a caballo…
-La escolarización. Si, están todos los chicos de la zona incluidos.
-No nos sentimos para nada discriminados. Los chicos tampoco, eso quiero decir.
-Podría decir que sí, que son buenos alumnos.
-¿Un deseo? Mi deseo es que los chicos del pueblo nunca ensucien los vagones del trencito, ni las paredes de las casas con escrituras o pintadas, como lo he visto en las ciudades grandes.
Una vez terminado el largo coloquio, la despedida de los dos fotógrafos y el periodista fue breve. Un suave apretón de manos.
Por ese apuro, a Amanda le quedó una sensación extraña.
El joven trataba de indagar en la precariedad y las carencias, históricas en las escuelas rurales del país.
Parecía poco preocupado por lo educativo y formativo, que podía darse en un rincón lejano de una Argentina que no conocía.
Cuando las cuatro maestras volvían de su largo periplo de diez días en Viedma, se encontraron en Ingeniero Jacobacci con una vidriera, que exhibía el nuevo número de la revista Siete Días.
La compraron y la hojearon una y otra vez, ansiosas, con la expectativa de ver “cómo había quedado” todo lo que habían manifestado al periodista porteño.
Pero nada de la larga charla se había publicado.
Frustradas leyeron toda la revista, ya que siempre era interesante saber lo que pasaba en el país y con las celebridades. Los artistas famosos, que vivían en grandes ciudades y viajaban por el mundo.
Descubrieron una nota pequeña sobre una escuela, que parecía ser la más pobre del mundo.
Estaba en una población lejana, abandonada a la buena de Dios, en Salta.
Imaginaron que era la elección final como alternativa a la de Río Chico.
Se trataba del testimonio de su maestra o directora, que describía todos los males que sufrían a diario.
En ese momento Amanda se terminó de convencer que el periodista quería eso.
Redactar una nota que pretendía mostrar sensibilidad por los humildes.
La revista estaba sustentada en la vida de estrellas de cine, radio y televisión.
Famosos empresarios y deportistas, que mostraban su bienestar, eran otros de sus ingredientes.
Ahora incorporaba, en un pequeño espacio marginal, a los pobres entre pobres, como una nota de color.
De vuelta a Río Chico y durante varias semanas, cada vez que llegaba la revista Siete Días, todas las maestras la hojeaban, impacientes.
El sueño dorado se iba desvaneciendo de a poco…
Esa muerte que parecía tan lejana
Volvía de la Mesopotamia, después de disfrutar muchas horas de un cálido otoño.
Había ido a pasear a Corrientes, a Sauce, el pueblo en donde había nacido y transcurrido parte de mi niñez.
Patagonia, Río Chico y la escuela “Salim Rahal” estaban en el fondo de mi mente y sólo aparecían en pequeños destellos que se desvanecían muy rápido, mientras calculaba mentalmente el tiempo que faltaba para llegar a mi dulce hogar paterno.
El día de campo había sido de una intensa actividad.
Me hacía una composición de lugar del probable final de una jornada tan agradable.
Correría en el tramo de la calle a la puerta de casa y de un salto ocuparía mi sillón preferido.
Me tomaría un baño regenerador, sin apuro.
Después, los integrantes del grupo familiar, nos asignaríamos tareas concurrentes con el fin de comernos la perdiz que llevábamos en el bolso.
La prepararíamos con los ingredientes que mamá decidiera, asegurando de esa manera el mejor sabor posible.
¡Y a seguir celebrando el encuentro hasta bien tarde!
Todo el tiempo que nuestros agotados cuerpos nos lo permitieran.
Seguro se nos iba a ocurrir algo.
Pasamos “al continente” a través del túnel Hernandarias, que une Entre Ríos con Santa Fe.
Como una de las misiones obvias de ese viaje relámpago era la caza menor, esta vez volvíamos con una pieza cobrada.
Sólo una, pero íbamos a extraer lo mejor de ella.
Ingresamos en el último tramo del paseo.
-Esa no puede pasar-dijo el guarda fauna con tono severo, señalando con su índice a la perdiz que parecía dormir en el asiento trasero, sobre una lona.
-Arrocito con perdiz es lo que queremos hacer. Es para la cena de hoy- le rogué, juntando las manos como si estuviera en una procesión.
En silencio el uniformado observó todo lo que llevábamos, sin indagar demasiado. Nos miró uno a uno y asintió, después de unos largos minutos.
Quizás, el funcionario tenía el sí fácil, o lo contagiamos de nuestra alegría, que a esa hora ya se mezclaba con el cansancio.
Lo importante fue que nos permitió cruzar el límite territorial con “la presa”.
Cuando llegamos a casa le hicimos todos los honores posibles al ave salvaje, como correspondía.
La degustamos en un rico arroz, con aromas y sabores deliciosos, acompañándola con bebidas diversas.
Revitalizados, decidimos por unanimidad extender la fiesta hasta que el agotamiento nos obligara a ir a la cama.
Hubo un acuerdo generalizado en jugar póker. Por unos pesos como correspondía. Si no, no era póker.
En el año mil novecientos setenta era una “actividad social” que convocaba a muchos amigos.
Así que les hicimos saber a varios de ellos de la novedad.
Claro, con la discreción necesaria para “no levantar la perdiz”.
Debíamos abrir la puerta tomando las precauciones del caso, ya que estaba terminantemente prohibido el juego por plata.
Era muy poco probable que llegara la policía, pero, por las dudas…
Mi casa paterna tenía tres entradas. Una por la cochera, otra por el living y la tercera por el pasillo.
La amplia cocina estaba atrás de todo.
Esa noche la mesa grande se presentaba llena de fichas de póker cuando sonó el timbre. Imaginé, imaginamos, que era uno de los invitados.
Corrí, mejor dicho, corrimos hasta la puerta. Jugué con mi hermano a ver quién llegaba primero, como cuando éramos más chicos.
La llave se atascó, quizás por ir los dos atropellados sobre ella.
Impacientes, nos dirigimos a la puerta del pasillo. Pero a paso redoblado, con una actitud más civilizada, para que no ocurriera lo mismo.
Abrí la puerta de golpe y me encontré con el cuadro menos esperado.
En la punta del pasillo había un hombre con un pulóver rojo portando un arma larga. Parecía como surgido de la nada.
Estaba dentro de la casa. Por sus gestos, supuse que era un policía vestido de civil. No se conducía como un asaltante común.
-Sigan caminando, no se den vuelta- nos dijo con voz firme, haciendo una señal imperativa con la mano derecha.
Avanzamos en silencio y muy atemorizados por el pasillo recostado al borde de la cochera, hasta que salimos por la cocina a la calle.
Me encontré, de pronto, con varios autos policiales abiertos en abanico, en el frente de la casa de mi familia.
Imaginen mi cara de asombro por esa imagen de pesadilla, mientras caminaba, a paso cada vez más lento por la tensión interna.
Había un carro de asalto del ejército y tropas a su alrededor.
Reconocí al intendente de Santa Fe, parado entre los patrulleros y siguiendo todos los detalles del operativo.
Cuando llegué a la calle me pusieron contra la pared, apuntándome con los fusiles. Estaba muda del miedo. No podía articular palabra para intentar preguntar qué era lo que pasaba.
El que parecía dar las órdenes me levantó la cabellera para verme bien el rostro. Estudió mis facciones. Observó con atención los claritos rubios, que me había hecho hacía poco en el pelo.
Hasta ese momento pensaba, con total ingenuidad, que la presencia policial se debía a que estábamos jugando a las cartas.
Una trasgresión menor de lo legal que algún alcahuete de la vecindad les había hecho saber a las autoridades.
Con el ejército y fuerzas especiales allí, era todo tan desmesurado, que pensé que algo andaba muy mal.
Nuestro inocente juego de póker, por unas monedas, no podía ser la razón de ese gran despliegue.
Habían cortado el tránsito en las avenidas Ricardo Aldao y General Paz.
El barrio parecía todo cercado por policías y tropas.
En los techos descubrí a francotiradores con ropas camufladas y apostados por todos lados.
Se trataba de un gran equívoco, no podía ser de otra manera.
Después de una hora u hora y media, la tensión inicial comenzó a bajar y pude finalmente hablar.
Traté de mostrarme tranquila, pero temblaba.
-¿Por qué todo esto? ¿Qué pasa?-pregunté.
El que llevaba la voz cantante me dirigió, al fin, la palabra.
-Señora, por favor, es por el caso Aramburu- dijo, con un gesto que tomé como de resignación, por lo que había pasado.
Me miró fijo mientras se acariciaba la barbilla, pensativo. Mi cara debe haber evidenciado un total asombro por su comentario.
-Pero, qué tengo yo que ver con lo de Aramburu. Nada…- me limité a decir.
Que la organización Montoneros había matado a Aramburu era un rumor que se agrandaba con el correr de las horas y esa noche era la gran noticia nacional.
Arrastraba un fuerte sesgo de veracidad todo lo que se hacía público.
Lo de su secuestro era sabido, ya que los diarios El Litoral, Crónica y Clarín habían cubierto las novedades del hecho con grandes titulares, todos los días previos.
Las radios comentaban y analizaban el significado político del hecho, en forma permanente y recurrente.
Pero nosotros estábamos en otra cosa.
Sólo le prestábamos una atención circunstancial.
Sonaba como un acontecimiento de mucho dramatismo, pero lejano.
Nuestra preocupación era estrujar al máximo la alegría del encuentro familiar, después de varios meses de estar distanciados, por nuestras actividades.
-¿Cómo pudieron equivocarse así?- preguntó mi madre, sumida en llanto, sin dirigirse a nadie en particular.
Buscaba una explicación. Ninguno de los hombres presentes dijo nada.
-Pero esto…no sé, ¡cómo puede ocurrir!- señaló mi padre.
-Hoy yo pensaba comer un asado, un asadito con mi familia en casa- dijo de pronto un policía uniformado. Trataba de atenuar el maltrato que habíamos sufrido justificándolo de alguna manera.
-Pero ocurrió lo que ocurrió…- reflexionó en voz alta.
-El deber me llamó y aquí estoy- continuó, ante el silencio de todos los que lo rodeaban.
-Es una situación difícil…muy difícil- concluyó antes de alejarse.
Dos hombres vestidos con ropa de fajina me sirvieron café, en un jarro grande. Buscaban tranquilizarme para que respondiera sus preguntas. Por la tensión hasta ese momento, no había comprendido lo que hablaban.
Colocaron una pequeña mesa, con algunos papeles, mientras seguían interrogándome; aunque sin apremiarme ya.
El momento más difícil había pasado.
Nada de lo que me indicaban tenía sentido.
Después de un par de horas más, el alma me volvió al cuerpo.
Se acercaron otras personas al grupo. Parecían haber perdido el interés en mí, ya que dejaron de dirigirme la palabra.
Estaban pensativos y sólo se hacían consultas cada tanto, sin preocuparse si los escuchaba o no.
En un momento salí por completo del radio de sus preocupaciones.
Mientras redactaban un acta disparatada, que tenía como claro objetivo disimular el despropósito del inmenso despliegue de fuerzas, la tranquilidad me fue ganando.
La titularon: “Exitoso operativo antiterrorista”
“Armas de distinto calibre fueron halladas…”, pude leer.
“Las armas…”, mejor dicho el arma era sólo una vistosa escopeta de cazar perdices, que ese día había volteado a una, solamente.
Para darle relevancia formal al procedimiento, hicieron una serie de verificaciones, anotando sin lógica alguna, metros y centímetros de la vereda de enfrente de mi casa.
Supuse que eran peritajes simulados y especulaciones capciosas.
Me sirvieron más café.
Hubo un marcado silencio durante un buen rato y más consultas internas por los equipos militares de comunicaciones.
Con el correr de las horas deduje por algunas palabras y gestos, lo que había pasado.
Alguien se había confundido o alguien había logrado confundirlos.
Me habían “marcado” como si yo fuera Norma Arrostito, la mujer implicada en el secuestro y muerte de Pedro Eugenio Aramburu.
La inquietante sombra de otra mujer
Cuando empezó a aclarar me di cuenta que estaban por irse.
En contados minutos retiraron hombres y vehículos y partieron sin saludar y sin disculpa alguna por el despropósito.
Eso era lo menos importante en aquel momento.
Yo había recuperado mi alma.
Por suerte, era sólo Amanda, una comprometida maestra de una escuela rural en un paraje distante, que cada tanto le apuntaba a una perdiz y habitualmente erraba.
Después de esa jornada devastadora, el cielo pareció aclararse por completo, cuando el último de los policías desapareció de mi vista.
Desde la medianoche hasta las seis de la mañana del nuevo día, el corazón me latió más fuerte que nunca.
Venía del calor y esa noche tibia era agradable para continuarla, pero nunca imaginé que iba a ser de esa manera.
Podía haberse tratado de un mal sueño, pero no.
Los rostros demudados de toda mi familia, rodeándome con gestos de incredulidad, agotamiento y tensión, me confirmaban que todo eso realmente había ocurrido.
El tremendo impacto de la muerte de Aramburu, como una onda expansiva, había llegado hasta mi casa, por algún oculto designio del destino.
Después de comprobar que se habían ido todos, cerramos las puertas con llave y verificamos que todas las ventanas estuvieran bien trabadas por dentro.
El alivio me llevó muy pronto a un sueño reparador, en donde imágenes de fuerzas militares ocupando la calle de enfrente de mi casa, se entrecruzaban con sucesivos comunicados de Montoneros, que ampliaban datos y más datos de una muerte.
En una densa bruma veía desfilar personas que me señalaban como culpable de un hecho terrible, que yo no comprendía.
Hasta que el cansancio borró todo y dormí profundamente durante varias horas.
Despejada y agradecida de la vida, durante el desayuno del día siguiente la bronca me fue ganando de a poco.
Frente a frente, con papá, busqué en él respuestas, que no podía darme desde ya.
Manifesté mi enojo a toda voz, ante su mirada comprensiva.
El comunicado oficial que hablaba de un “exitoso operativo…” se había hecho público en medios de comunicación nacionales, precisando el lugar donde el procedimiento había tenido lugar. En la calle en donde vivía mi familia.
Un frío me recorrió la columna vertebral y pensé que quizás no había pasado todo.
Me había despertado convencida que nadie de los que había estado en el operativo, ni las fuerzas de seguridad, ni yo, y menos mi familia, tenía culpa alguna.
Militares y policías se remitían a órdenes superiores. Una despiadada lucha violenta por el poder, de la que yo no tomaba parte, me había rozado.
Apenas, por suerte.
-¿Qué podemos hacer para reparar esta injusticia?- le pregunté a mi padre.
Después de pensarlo una y otra vez, me miró fijo a los ojos como si intentara llegar al fondo de mi mente y mi corazón.
-Nada. Sólo mantener la boca cerrada- me respondió.
Después comencé a hurgar en lo profundo de mi memoria, buscando un sentido a todo lo que había ocurrido esa larga noche.
Recordé como nuestro vecino Oscar, que era taquígrafo del área judicial, al no poder pasar con el auto, caminó con su señora hasta su domicilio, quedando en medio de mi interrogatorio, como testigo involuntario.
-Esta chica es maestra en el sur- le explicó a uno de los dos policías de civil, hablándole con total naturalidad.
Buscaba dialogar serenamente y desde el sentido común.
La gratificante frase “Esta chica es maestra en el sur” del hombre amable, cuya vivienda estaba en esos momento toda ocupada por soldados en actitud beligerante, me quedó grabada para siempre, como una suave caricia.
Pasaron los meses y no hubo réplicas del terremoto de la madrugada de ese dos de junio de mil novecientos setenta.
El frío del nuevo invierno limpió el ambiente y tranquilizó los ánimos.
Lo ocurrido a principios de junio fue quedando en el pasado.
Mis sentidos comenzaron a prestar más atención a los emergentes, en lo cotidiano, de mi país y del mundo violento en el que vivía.
La lucha por llegar al poder sesgaba vidas. Los diarios mostraban eso cada día.
La televisión y las radios también se hacían eco de ese desangrarse de mi Argentina.
Lo pensé una y otra vez.
Mi permanente frustración de no poder hacer nada para remediarlo se podía, quizás, compensar en algo con lo que hacía en Río Chico, en un rincón lejano de Patagonia, por personas que vivían en paz. Que habían elegido vivir en paz.
Allí, en la escuelita, había ayudado a “hombrecitos” y “mujercitas” a prepararse para enfrentar la vida, durante diez años memorables.
Pronto estaría de vuelta, a Dios gracias.
La historia negra del país me persiguió un poco más todavía.
Regresaba al sur en ese invierno. Pronto comenzaría el nuevo año escolar.
Era un largo trayecto hasta llegar al pie del cerro Mesa.
Había hecho una parada en un pueblo de La Pampa para despachar por correo la carta familiar acordada, que tranquilizaría a mamá al indicarle que todo era normal. “Que todo estaba bien”.
Al entrar en la estafeta me encontré con un gran afiche. Norma Arrostito y Mario Firmenich me miraban indiferentes desde el papel.
Eran buscados por el caso Aramburu. Fue un impacto duro por lo inesperado.
Creo que ofrecían una recompensa a quien aportara información o algo así.
Por la sorpresa despaché, lo más rápido que pude, mi sobre con buenas noticias y ni me detuve a leer lo que estaba escrito al pie del gran afiche.
Pasó el tiempo y fui atando cabos de lo vivido, hasta que comprendí el porqué del tremendo equívoco.
Había sido provocado. Ya no tenía dudas.
Deduje todo a partir de cierta información exigida, cuando me interrogaron una y otra vez, en esa dramática noche.
Sabían de sumas de dinero retiradas del Banco Nación, de Viedma.
Remarcaban “grandes sumas”, cuando se trataba de montos que, el director de la escuela Salim Rahal o yo, en ciertas ocasiones, retirábamos para el pago de los sueldos de las ocho personas que trabajaban en el establecimiento, más los gastos operativos, mes a mes, de todo un año escolar.
Mi documento de identidad se diferenciaba sólo en un número del de Norma Arrostito.
Y había otras coincidencias.
Nuestra edad era similar y una peluca con claritos, durante el secuestro de Aramburu, con mis claritos reales, nos hacían muy parecidas en una primera mirada.
Fuentes informativas de la zona hicieron saber que, al otro día del procedimiento en mi casa, la habían visto en Corrientes.
Eslabones sueltos abonaron aún más mi convencimiento.
Por ejemplo: Un auto con patente de Córdoba quedó abandonado, a la vuelta de casa con la llave puesta y una puerta abierta, a la mañana del otro día del operativo.
Ninguno de los vecinos se animó a avisar a las autoridades por miedo a lo que podía pasarles.
Hasta que la policía se llevó el vehículo.
Esa mujer fue una especie de sombra que perturbó mi alma durante mucho tiempo, aunque nunca la vi.
Supe por los diarios y revistas de la época de sus firmes convicciones políticas, con una fuerte presencia en actos públicos durante muchos años.
Después de la muerte de Perón, Montoneros pasó a la clandestinidad y el gobierno de María Estela Martínez de Perón, primero y el proceso militar, después, la persiguieron como a todos los cabecillas de la organización Montoneros.
Yo estaba en Buenos Aires en momentos en que un comunicado oficial, repetido una y otra vez, anunciaba que le habían dado muerte.
Eso fue a comienzos de diciembre de mil novecientos setenta y seis.
En otro mensaje posterior el ejército afirmaba que había tratado de huir, cubriéndose con disparos de armas de fuego.
Agregaron que al revisar sus ropas se habían descubierto cápsulas con cianuro y documentación, lo que la incriminaba.
Pero en realidad se trataba de otra mujer.
Después supe que había sido capturada por uno de los temibles grupos de tareas de la Marina.
Finalmente la asesinaron en la Escuela de Mecánica de la Armada, en enero de mil novecientos setenta y ocho, después de exhibirla como un trofeo de guerra para amedrentar a otros miembros de Montoneros.
Festejo grande en un pueblo pequeño
A mediados de ese noviembre el mal tiempo se había instalado.
Mucho viento del sur, temperaturas bajas y ese cielo, que se presentaba nublado en todas direcciones.
Con el comienzo de la nueva semana, a pesar del día de lluvia intensa, había una expectativa de buen tiempo generalizada.
Más que nada una especie de ruego, compartido por todas las maestras.
-Tiene que salir el sol. En noviembre tienen que mejorar los días.
-El próximo domingo tiene que estar soleado.
-¡Claro! Este invierno tiene que terminar alguna vez.
El día miércoles 19 de noviembre llegó temprano Greenville Morris.
Su imagen y voz eran familiares en el pueblo.
“El gringo” era un permanente promotor de la actividad económica del pequeño productor de la comarca.
Por LRA 30, la radio de frontera instalada en Bariloche, brindaba información a los pobladores en forma clara y precisa, todas las semanas.
Sus exposiciones eran coloquiales y muy claras, para los habitantes de los parajes de los alrededores.
Se lo reconocía siempre por su infatigable tarea como técnico del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.
Ingresó esa mañana a la escuela con una colmena prometida, no mucho tiempo atrás, a Amanda, su directora.
Un considerable número de abejas comprimidas en poco espacio fueron la atracción de muchos chicos y chicas que querían saber detalles.
Observaban a cierta distancia con curiosidad, ya que tenían sólo una idea aproximada de lo que se trataba.
Las maestras debieron hurgar en los libros para actualizarse en todo lo referido a la apicultura. Una colmena era algo concreto de qué ocuparse.
Significaba dejar la teoría e interpretar el modo particular de vida de las abejas, su capacidad de trabajo y cumplir con un deseo: degustar el pan recién horneado con su miel.
“El gringo” Morris se comprometió a una charla más extensa en fecha próxima, ese mismo verano.
Quería explicar lo que su experiencia personal le decía para hacer progresar la pequeña empresa, que collevaba un gran enjambre de abejas, todas juntas.
La colmena constituía un capital social de la escuela “Salim Rahal”.
Serviría para estudiar, pensar, imaginar y alimentarse sanamente.
Alberta se entusiasmó mucho con la idea.
Ese mismo verano se convertiría en la interlocutora de las abejas.
Comenzó a dialogar con ellas, a cosechar la miel y a guardarla en frascos.
Los alumnos se acostumbraron a saborear el riquísimo néctar “de la escuela”, en los tres años consecutivos.
El domingo 23 de noviembre llegó al pueblo la formación titular del Club Atlético Desamparados de Pilcaniyeu para concretar un partido desafío acordado con los Desamparados de Río Chico.
Los locales vencieron por uno a cero con un gol anotado por el delantero Raúl Ramírez.
La figura de esa tarde de gloria, inolvidable para la hinchada riochiquense, fue precisamente el Raúl, un muchacho que trabajaba en la construcción de las nuevas casas del Instituto de Planificación y Promoción de la Vivienda.
El jueves siguiente se hizo presente la señora de Méndez, Supervisora de la Delegación Nº 2, Zona Andina, del Consejo de Educación.
Llegó al pueblo acompañando al arquitecto Gustavo Casas, del área educativa de la Nación.
Visitaron ambos las dependencias de la escuela, asesorándose al detalle de la capacidad de las aulas y prestando especial atención a observaciones de las maestras, referidas a un viejo déficit sanitario: los baños.
El interés mostrado por los funcionarios generó cierta dosis de optimismo en el cuerpo docente y algunas integrantes del Club de Madres.
-Dios quiera que por fin lo hagan- dijo Alberta, esperanzada.
Después de almorzar en el comedor de la escuela los dos responsables de educación partieron hacía Ñorquinco.
Ese fin de noviembre dejaba el interrogante abierto sobre el futuro de las mejoras comprometidas, sin una respuesta afirmativa tajante.
Había que esperar y no impacientarse.
Como cada año el Club de Madres concentró gran parte de sus tareas en el mes de diciembre.
Con la colaboración de vecinos, que gastaron unos buenos pesos en el festival del fin de la primera semana de ese mes, se compraron telas y otros elementos, para mejorar el aspecto general del comedor de la escuela.
La maestra Ana Silezín de Rahal dedicó muchas horas al corte y a la confección de las cortinas. Se completó el trabajo con la colocación de maderas y soportes, merced a un aporte de Pablo Robert.
Esa colaboración y la buena voluntad de ambos, permitió hacer más digno el estar de los chicos, que al ver el progreso del trabajo mostraron su alegría.
Aplaudieron algunos con espíritu festivo la contribución solidaria de los adultos.
Con las tiernas sonrisas en los niños los dos se consideraron muy bien pagos.
Así lo hicieron saber a la directora de la escuela.
Unos días después la inauguración del salón comunitario “Libertad” en la vecina localidad de Ñorquinco convocó a pobladores de toda la comarca.
Don Herrera, el Intendente de la comuna vecina, cursó una nota invitando a la comunidad educativa de Río Chico.
Viajaron las maestras y una delegación de alumnos, con la bandera de ceremonias.
Después, de la misa celebrada bien temprano, las autoridades presentes, el Ministro de Gobierno de Río Negro e intendentes de localidades cercanas, que respondieron a la invitación, se trasladaron al flamante salón comunitario.
Fueron acompañados por los acompasados acordes de la Banda de Policía de Río Negro.
Los vecinos de Ñorquinco mostraron con orgullo su logro a los visitantes.
El reverendo padre Maximiliano bendijo las instalaciones del centro social.
Acto seguido el Ministro de Gobierno provincial y el Intendente Herrera cortaron las cintas inaugurales.
-Hermoso. Quedó hermoso- insistían las damas de Ñorquinco a los visitantes.
La sobriedad de las líneas, con un techo bello y la funcionalidad en sus dependencias internas, provocaron la admiración y asentimiento de propios y extraños.
Los alumnos recitaron emotivas poesías aprendidas en clase y entonaron, como cierre de su actuación, una milonga popular.
Hubo repetidos aplausos para ellos.
A continuación los invitados bebieron el esperado y deseado vino de honor, ofrecido por el Intendente Herrera.
Se entregaron pequeños presentes y regalos recordatorios referidos a “la inauguración” del salón comunitario.
Al final se exhibió una película, que tenía alguna relación temática con el acontecimiento.
Como se estila en el lejano sur, para hacer memorable el festejo comunitario, se sirvió un sabroso asado con ensalada, bien regado con vino tinto y jugo para los chicos, que se arracimaron en la gran mesa de tablones, montados sobre caballetes de madera.
A los postres, todos los comensales –los grandes y los chicos- se despacharon la inmensa, exquisita torta.
-Extraordinaria en sabor- enfatizó una señora, eufórica, después de degustada.
Quedó flotando una duda; si ella había sido la repostera, autora de la obra que había desaparecido en escasos minutos.
Con un número de patinaje artístico, de un grupo de adolescentes de la localidad anfitriona, se puso un broche de oro al acontecimiento grande en un pequeño pueblo.
El catorce de diciembre llegó a Río Chico el señor Cittá, director general de Comisiones de Fomento de Río Negro.
Su misión era entregar formularios de solicitudes, para ser beneficiarios de una futura adjudicación de viviendas sociales, del Instituto de Planificación y Promoción de la Vivienda provincial, que estaban en construcción en el pueblo.
Después de un almuerzo compartido en la escuela, siguió viaje hacía el norte.
Qué diluvio, justo el día de un viaje obligatorio
Llegué ayer de mis vacaciones y estoy y sigo impaciente por saber las novedades en el pueblo.
Siempre me pasa lo mismo.
Tantos años y no se me quita la costumbre de querer enterarme de todo lo que pasa y todo lo que puede pasar.
Tengo que acostumbrarme de nuevo al frío del invierno patagónico.
Ese que se te hace tolerable cuando el viento es del oeste o del oeste-noroeste como dicen en la radio.
Pero si viene del sur, mama mía, hay que zapatear todo el tiempo y cerrar puertas y ventanas.
Recién me informó Alberta de la novedad.
Ella, que presta atención a cada uno de los detalles. Yo estaba distraída. Viajaba al pasado y no vi el papel de la notificación oficial.
Trataba de recordar después de tantos años cuántos alumnos habían egresado de la escuela.
A ver, no puedo hacer bien la cuenta…Se me cruzan todos los números.
Después de todo, no es importante la cantidad, aunque son muchos.
¡Cuántos chicos hemos formado para la vida!
La lluvia me acompañó cuando venía y hoy temprano se largó de nuevo, con todo. Las veo a “Pintu”, Ana y Alberta ahora hipnotizadas mirando por la ventana esa cortina de agua, que cubre todo hasta el horizonte.
¿En qué estarán pensando?
A nuestro alrededor, en toda la zona, hay trazados caminos y huellas que ahora no se ven y nos conectan con el mundo.
Por esos caminos se fueron muchos, que ahora son hombres y mujeres de bien.
Me acuerdo, una vez, cuando era recién llegada.
Por eso que maestrita nueva habla bien, hice un pequeño discurso alusivo a este, nuestro lugar en el mundo.
Les dije a los chicos algo así como “Detrás de ese vasto paisaje hay cerros y acequias. Los senderos de los antiguos habitantes de la tierra, en algún momento, por el uso y el ir y venir con animales, se convirtieron en rastrilladas”.
Lo había memorizado de un folleto histórico que encontré por casualidad, que se refería a cómo y por dónde iban los arreos de ganado, formando huellas.
Que después fueron huellones, con los carros de los inmigrantes y primeros comerciantes, y ahora son caminos.
Ah. ¡Me parece que era un afiche de una propaganda de autos!
Este radiograma dice que “es obligatorio ir al curso de perfeccionamiento docente”.
¡Qué cosa, Señor!.
Con todo lo que tenemos que hacer en la escuela para poder arrancar bien ordenados el nuevo ciclo.
Cuando recién llegué acá, en mil novecientos sesenta, era duro vivir en esta zona.
Así que no me imagino al humano en los comienzos, cuando llegaron los primeros aventureros a instalarse.
Era estar un tiempo y seguir a algún lado buscando un destino mejor.
Me los imagino en días como hoy a caballo, buscando refugio en cuevas o bajo los árboles. Heroico todo.
En esta zona podían encontrar cómo cobijarse del mal tiempo.
Acá no es como en la estepa, en donde llueve poco, casi nada.
Ahí sí que no se encuentra ningún reparo. Sólo, un gran poncho de estrellas muy frío.
Cuando se larga la lluvia, como ahora, en la Precordillera rionegrina, aparecen lagunas por todos lados y los cauces de los arroyos se salen de madre.
Detrás de esta gran pared de agua cayendo hay cañadones, valles y mallines.
Y otras poblaciones como Río Chico, alejadas de todo y otras escuelitas como la nuestra.
Bah, ¡qué estoy diciendo! ¡Como la nuestra, no hay ninguna!
Qué importante es lograr que los chicos se concentren en los estudios.
Cómo les cuesta, sobre todo a los más grandes.
Siempre hay algunos “cabeza dura” que no entienden los números o las letras, pero hay que insistirles e insistirles, crearles confianza. Si no, su futuro puede ser muy inhóspito.
¿Se puede decir futuro inhóspito? Suena medio raro. Voy a averiguarlo en otro momento, si es correcto decirlo.
Son muchos los chicos nuestros que siguieron su secundaria en General Roca, Córdoba y Buenos Aires. Ah, y también en San Carlos de Bariloche.
Hay que hacerle, eso sí, un monumento a muchos sacerdotes y monjas.
Esos convencidos miembros de la Iglesia se ocuparon de todo corazón de asistirlos y guiarlos.
Ahora nos toca decidir si nos presentaremos a las jornadas de Perfeccionamiento Docente, precisamente, en San Carlos de Bariloche, que son obligatorias, según el papel que nos llegó.
Les tengo que hacer a mis maestras la pregunta de rigor:
-¿Qué dicen ustedes, que están tan calladitas? ¿Se decidieron?
-Nosotras si vos vas, vamos.
-Si, eso…
-Entonces, si están de acuerdo, salgamos ya. Si vamos a ir, vamos.
Odisea patagónica con final surrealista
Un gran temporal azotaba la comarca esa mañana.
La lluvia, por momentos, se transformaba en una nevisca helada y persistente.
Cuando salimos del pueblo, llovía con más fuerza que antes.
Por lo menos, eso me pareció.
Partimos después de surtirnos de vicios, como dicen los criollos de la zona.
Todavía no me acostumbro a pensarlo de esa manera.
Para mí es solo comprar comida, comida para el viaje.
Que, entre paréntesis, podía ser muy lento por el estado del camino. Tomamos algunas previsiones, que era lo que correspondía.
Enfilamos por la ruta 40, bordeando la Estancia Fitalancao hasta Chacay Huarruca.
“¡Como llueve, María santísima!”, pensé como una convencida creyente.
Pero no me animé a exteriorizar mi relativa preocupación, delante de mis compañeras de viaje.
Veía que, por tanta agua corriendo, el camino se había deteriorado.
Era ahora un aluvión que arrastraba la tierra, dejando piedras desnudas y ripio suelto.
A pesar de todo, me sentía segura en mi Renault 12, que nunca me había dejado a pie.
Alberta, Ana y “Pintu” se habían quedado calladas.
Sólo se oía el agua chocando sobre el techo del auto y el monocorde ruido del motor.
Después de pasar por la estancia de Teófilo Mohana, a la distancia, me di cuenta que el arroyo Chenqueniyen estaba desbordado.
Claro, porque ya había vivido algo similar antes.
Unos años atrás, en un viaje que hice a Pilca, pasó lo mismo. Pero era en mayo, que siempre es el mes más llovedor del año.
Con mucho cuidado, crucé una lagunita que se había formado en un recodo del camino. Al tomar la curva, los vidrios se salpicaron con cierto estruendo.
En algún momento, la fuerza del agua se hizo notar golpeando contra las cubiertas.
“Bueno -me comprometí con mi alma- habrá que seguir con más cuidado todavía”.
El arroyo Las Bayas estaba crecido como nunca y todo el cielo era gris plomizo.
No se veía ni la silueta del cerro La Buitrera.
En ese lugar, tomé conciencia de la dimensión del temporal.
Me surgieron algunas dudas existenciales.
Quizás no había sido la mejor idea viajar, e intentar llegar a Bariloche contra viento, nieve, lluvia y marea.
Podríamos haber contestado el radiograma poniendo, por ejemplo “Imposible viaje por cuestiones climáticas”, o algo parecido.
Pensándolo bien, no teníamos por qué salir de apuro por la exigencia de “obligatorio” redactada por algún anónimo burócrata aburrido de una aburrida oficina.
Epa. Tampoco se distingue el cerro Pichileufu, en esa especie de bruma que la humedad va formando.
En muchas partes, el torrente arrastra barro y la ruta se está deformando.
No tengo ya tiempo de mirar para los costados. Mejor, así no me asusto.
¡La gran siete! ¡Qué lluvia!
Puedo salirme del camino, si no me concentro en el manejo.
A esta altura, mis pensamientos se están poniendo grises.
Ningún vehículo, ni yendo ni viniendo, en todo el trayecto. Estamos solas, solitas.
Y claro, cómo no vamos a estar solas.
Locos sueltos no hay muchos por esta zona.
Estoy yo y las tres que me acompañan a “perfeccionarnos en forma obligatoria”.
Cuatro locas de remate que esperan que en algún momento deje de llover para detenernos y comer. ¡Qué va a parar este temporal!
El paisaje de la meseta ha desaparecido por completo y el desafío de este momento es avanzar como se pueda, bajo la cortina de “hidrógeno dos oxígeno”. Esa es la fórmula del agua, niñooos. Y se escribe así, hache-dos-o…
Ojala no pinchemos una goma por acá. Si llegamos a bajarnos, vamos a quedar empapadas hasta los huesos y chapoteando en un barro con nieve. Un líquido marrón gelatinoso que no quiero pisar.
Me entró un frío en la columna de sólo pensarlo.
Lo mejor en estos casos, es concentrarse en la acción del momento y poner la mente en otra dimensión, como los hindúes.
Que mi cuerpo astral viaje, así no me invade un pensamiento negativo.
Mejor, una historia diferente…
Recuerdo cómo me preocupada una persona de la que sabía poco y nada. Era un gran misterio.
Pasaron tantos años. Eso fue antes de mil novecientos setenta.
La Pelegrina vivía en una cueva cruzando las vías.
Yo trataba de imaginar todo lo que se debatía en la mente de esa mujer alta, seguramente, muy elegante cuando joven, que se asustaba con la sola presencia de un hombre.
No hablaba con nadie y vivía de la caridad.
Su situación, sin presente ni mañana, me daba mucha tristeza.
Muchos años atrás había caído en desgracia y actuaba siempre asustada.
Huía de los hombres siempre, aunque ellos no le prestaran la más mínima atención.
El rumor más extendido del origen de su demencia era que, cuando joven, un grupo de bandoleros la había secuestrado, violado y maltratado.
Una mañana apareció tímidamente en la puerta del comedor de la escuela, buscando algo con qué alimentarse.
¿De qué lugar del mundo habrá llegado a Río Chico, la Pelegrina?
Menos mal que ninguna de las tres rezonga por estar aquí yendo a Bariloche, en medio de esta versión patagónica del diluvio universal.
Espero, que en lo que queda del viaje, sigamos con el ánimo como hasta ahora.
¿Alberta, estará rezando?
Ella sigue siendo tan creyente como cuando vestía los hábitos en España, así que es muy probable que lo esté haciendo.
Si, debe estar haciéndolo. Mejor, me siento más segura con alguien de corazón tan grande.
Si está ella presente, estamos un poquito más cerca de Dios y eso es bueno. No estamos desamparadas.
¡Uh! Esta es la curva en donde se dio la “piña” Raúl Recalde hace dos años. Con tanta agua, ni me había dado cuenta.
Por aquí está la Estancia de los Ingleses, entonces.
Claro, ahí está el alambrado y enfrente el casco y esta tremenda laguna.
Ahora se me está complicando en serio, con tanto barro.
Hacía rato que no veía tanta agua junta. Parece un mar… o por lo menos un lago. Voy a aminorar la marcha, acá en la primera curva.
No. Mejor paro. Y hago la interconsulta pertinente.
-Chicas. ¿Qué hacemos? ¿Cruzamos o no? Parece que el charco es profundo.
-No vamos a poder, Amanda.
-¿Y si nos volvemos?
-Estamos más cerca de Bariloche que de Río chico, yo sigo chicas.
-Vos seguí. El auto va a ir más liviano. Andá a explorar y fijate como está el camino más adelante.
-…Y avisamos, hacenos señas, desde allá.
-De por allá. Desde el puente, por ejemplo.
Para ser sincera no logré grandes aportes de mis compañeras.
Bueno, no sé si soy muy valiente o muy inconsciente, pero este camino lo conozco y aunque haya bastante agua, el auto avanza.
Avanzá Renault 12, por favor.
¡Epa! Acá el agua, casi llegó hasta el vidrio.
Ahora estoy en medio de la laguna que podíamos llamar “de los Ingleses” y cerca de la curva cerrada ésta, acá está el puente.
Tengo que frenar y hacerle señas a las chicas, para que vengan…
-¿¡Y!? ¿¡Vienen!?
-¡Nooo!. ¡No podemos!
-¡Hay mucha agua!
-¡Vení vos a buscarnos, Amanda!
La verdad es que estamos todas para el Borda. Tengo que recorrer. A ver, son como quinientos metros. Lo que me queda es ir marcha atrás a buscarlas.
¡Ma, sí! El mundo es de las valientes.
-¡Voy para allá!
¿Qué tal? No sé si el gran Recalde se habría animado a ir marcha atrás quinientos metros como lo hace Amanda, “la nueva revelación del Turismo de Carretera del país”.
-Paren de reírse ya. Tenemos que seguir.
-¡Se me quedó un zapato en el barro, cuando me subí al auto!
-No se te ocurra bajar a buscarlo. Es imposible encontrarlo en ese barrial.
Menos mal que no insistieron con la idea de volverse.
Bueno, ahora hay que hacer como los exploradores, que le ponían nombre a sus descubrimientos. Los bautizaban referenciándolos con algo.
A este “accidente natural” que pasamos lo vamos a llamar…¡Ya está! “Laguna de los Ingleses”.
Sin protocolo alguno, porque no podemos frenarnos. Más bien tengo que acelerar ahora, para dejar atrás este tremendo charco.
Mí Renault 12 es un toro. Anda hasta sobre el agua.
Acá nos lleva a cuatro chicas “navegando” rumbo a Pilcaniyeu.
Si todo sale bien, estaremos a media tarde en Bariloche.
Tengo que tener cuidado con esta curva de noventa grados. Varios camiones han volcado aquí. Sus choferes se confiaron y yo no voy a hacerlo.
Sigo, todo bien.
Bueno, no tan bien por el barro que no deja avanzar el coche. Patino y patino y no avanzo…
-Chicas, hay que bajarse a empujar.
Bueno, podemos arrearlo entre las cuatro, ya que el auto está en lo llano y no hay una subida.
Eso es suerte, dentro de todo el lío que es este viaje.
¿A qué tenemos que ir a Bariloche? ¡A perfeccionarnos! Como manejar en el barro a la perfección ¡Ja-Ja-Ja!
Las chicas se han puesto pesimistas. Las entiendo. En medio de una cortina de agua es difícil pensar en positivo. Ahora cae nieve húmeda, para peor.
Con el ripio éste y el barro anegando todo, vamos a paso de hombre y nos faltan no sé cuántos kilómetros para arribar a Bariloche.
A mis compañeras de viaje les volvió el alma al cuerpo. Se han puesto a charlar de bueyes perdidos.
Por un rato me preocupé bastante.
Y este auto que responde siempre. Gracias, diosito, te debo no sé cuántos rezos.
Suerte que ya no se ve tanto barro y la nieve parece que no sigue…
-¿Qué es eso, allá?
-Parece un camión volcado.
-Si, es un camión volcado.
Qué mala suerte que pase eso y con esta agua que no da respiro.
Esperemos que no sea por un choque. Si nos encontramos con heridos, no sé que podríamos hacer.
Menos mal. Es sólo un vuelco en un badén y allí está el chofer. Parece estar bien, pero está pasado por agua, el pobre hombre.
-¿Está bien, señor?
-Si, si. Nada más me llevó el agua, me arrastró hasta que me volcó. Eso.
-¿Desde cuándo está aquí?
-No sé bien. No miré bien el reloj. Creo que…un par de días y algunas horas.
-¿Pidió ayuda?
-No, no tengo cómo hacerlo. Encima no apareció nadie. El auto de ustedes es el primero que veo desde anteayer.
-¿Comió algo hoy?-
-La verdá es que no. No imaginé que me podía pasar esto. Todo se me agotó anoche.
-¿Le podemos ofrecer unos mates?
-Y, dele…
Bien. Le dejamos todas nuestras provisiones al hombre, hasta la yerba.
Pero nos pasó los datos del estado del camino. Espero que sean certeros.
Fue una especie de trueque.
Nos queda avisar para que lo auxilien pronto.
El tiempo parece que quiere mejorar.
Con suerte y viento a favor, vamos a llegar a tiempo al encuentro de capacitación “obligatorio”.
Ahora en Pilcaniyeu cargo nafta en lo de la “turca” Jalil y acelero hasta el gran lago Nahuel Huapi, que nos espera con sus brazos abiertos.
¡Epa! Ahora volvió el temporal con todo. Pero el camino por acá está más firme. Aunque tengo que tener cuidado con esos huellones que dejó algún vehículo grande cargado.
¿Serán del camión que volcó y que pasamos?
Se nos ha hecho bastante tarde y estamos llegando a Bariloche.
Allí están las primeras vías del cruce, el lago Nahuel Huapi con el cielo tan gris que no se ven los cerros, la estación y en menos de cinco minutos vamos a estar en el Encuentro de Perfeccionamiento Docente “obligatorio” en el Hotel Pilmayquén.
¡Aleluya!
Pasadas de agua, vamos a ser toda una atracción.
Después del trajín de este día, me han dado ganas de pegarme una ducha caliente y dormir, dormir…
Antes beber y comer algo caliente, claro.
Veamos qué nos dicen en la recepción.
Le pregunto enseguida, antes que nos empiecen a mirar como a bichos raros.
-¿Sabe si empezó el curso de perfeccionamiento docente?
-No ha llegado nadie de la zona al encuentro todavía, señora.
-¿Nadie?
-Es que el temporal ha sido muy fuerte. En la Linea Sur y en la Precordillera. Están todas las rutas cortadas.
-Nosotras venimos de Río Chico.
-Noo. Eso no puede ser. No es verdad. Ustedes no llegaron a Bariloche señoras, eso es imposible.
Su dulce voz abrazó el silencio
El 29 de octubre de 1979, en horas de la tarde, llegó a la escuela de Río Chico, Aimé Painé, la célebre cantante mapuche nativa de Ingeniero Huergo.
Se había anticipado su presencia y apareció a la hora prevista.
Conversó, antes de entrar a las aulas, un buen rato con Don Santos Muñoz y Doña Ángela Rial de Muñoz, dos pobladores de su mismo origen étnico.
Durante muchos tramos hablaron los tres en el idioma primordial de su raza.
En “lengua”, como dicen los criollos de la zona.
Los dos ancianos revivieron su pasado familiar y se manifestaron sorprendidos por el interés de Aimé en detalles precisos de sus vidas.
Como cierre y homenaje a la visitante, le incorporaron música al encuentro, interpretando composiciones rituales, con el misterioso son de la pifilka y el retumbo lento y sentido de un kultrun.
A la hora de la actuación de Aimé todos los niños y muchos vecinos admirados, siguieron con sumo interés los movimientos de su figura atrapante, y su sentido canto.
Ataviada a la usanza mapuche, expresaba todo el tiempo, con sus gestos, la idiosincrasia, sentires, costumbres y tradiciones de su estirpe.
Su dulce voz resonó en el silencio, remarcado por la atención extrema de todos los presentes.
Cantaba en mapudungun.
Con fluidez, rememoraba su espíritu originario. Cerraba los ojos y su mente parecía viajar al pasado, mientras vocalizaba.
Acompañándose con una guitarra, cosechó prolongados aplausos después de cada tema.
Los alumnos de la escuela la observaron todo el tiempo con extrema atención.
En los parlamentos, entre canción y canción, resaltó que su idea era juntarse con sus hermanos y poder contar toda su vivencia, para que la conozcan y descubrir, así, el significado profundo de ese pasado personal.
Su deseo era inculcar el respeto de los tiempos de vida de los pueblos indígenas, destacando el rol enriquecedor de los mayores, de sus abuelos.
-Los ancianos siempre serán los portadores del saber- dijo.
Señaló, en algún momento, que la riqueza de los pueblos originarios era subestimada.
-Su cultura parece casi extinguida en estos tiempos- expresó como un lamento.
-Por eso intento hacerla llegar a todos, especialmente a los más chicos- remarcó, mientras hacía un gesto suave y extendido con la mano derecha, como si se dirigiera a los alumnos de la escuela y a su entorno.
-Hoy no vengo a enseñar nada, sino a enriquecerlos un poco con lo que la vida me ha brindado.
-Tiene que ser entendido esto, a partir de la realidad que vivimos todos los días y la historia de cada uno de ustedes y de nosotros- expresó a modo de conclusión, mientras se colocaba junto a las maestras para graficar la idea.
Aimé Paimé murió el 10 de septiembre de 1987 en Asunción del Paraguay.
Durante toda su trayectoria de vida se dedicó a denunciar la injusta situación de los habitantes originarios de la tierra.
Reclamó e intentó persuadir de los valores humanos esenciales, que debían incluir, también, a su raza.
La sociedad era indiferente a la firmeza de su voz y hostil a los anhelos de justicia de su pueblo postergado.
Su emotiva presentación en la escuela “Salim Rahal” fue una de las tantas, en su largo peregrinar por el país, y en muchos casos fuera de él, asociándose a iniciativas que revalorizaban la cultura de los indígenas de Latinoamérica.
Una conmoción sin medida
El año escolar culminaría en menos de dos semanas.
“Hoy ya es trece de mayo”, se dijo Alberta.
Se había levantado muy temprano, como era su costumbre. Confirmó la fecha apoyando su índice en el almanaque grande, colgado al lado del espejo.
Hizo algunos cálculos de tiempo. A todo lo que tenía pendiente, debía sumarle las idas y venidas previas de la fiesta del veinticinco de mayo y del cierre del año lectivo.
Terminar de armar trajes para las representaciones, tomar las medidas de las vestimentas de los chicos, acordar quién debía dibujar los pizarrones.
También, cómo adornar el escenario y ocuparse de un pulcro traslado de la bandera de ceremonias.
Ella era la maestra de séptimo y le gustaba cargarse de tareas.
Dedicó toda la mañana a anotar lo que le parecía o consideraba que era de su responsabilidad.
Con prolija letra cursiva redactó:
“Arreglar las tres cortinas descosidas”
“Detallar los gastos de la fiesta de fin de curso”.
“Consultar con qué plata se cuenta en el Club de Madres”.
Le preocupaban dos de sus alumnos que habían faltado los dos últimos días. Sufrían ambos un fuerte resfrío.
-Quizás una gripe- le habían dicho.
Su temor recurrente era que algún chico estuviera haciendo tareas de campo por exigencia de sus padres o abuelos, relegando a la escuela a un segundo plano, en su vida. Con un poco más de dedicación, podrían terminar séptimo grado con toda normalidad.
En los cuatro recreos continuó con su serie de anotaciones referidas a actividades que tenían que ver con arreglos en su casa y en la escuela, discriminándolos con sumo cuidado.
Recordó que debía escribir los datos personales de los chicos que terminaban el ciclo escolar, en los pergaminos que le serían entregados.
Acomodó una mesa y una silla en un rincón del comedor, desierto en aquel momento, desplegó los pergaminos, constatando que alcanzaban para todos los alumnos “que se irían”.
Cuando sonó la campana de salida, estaba comenzando a escribir el segundo, así que no salió al patio para observar a sus alumnos de séptimo grado, en el momento en que salían del establecimiento.
Amanda estaría muy atenta en esos momentos en ellos, como cada vez que ella debía terminar alguna faena.
Se sentía algo culpable por no salir, pero se convenció con que el trabajo que estaba haciendo la urgía, ya que lo venía postergando desde el mes anterior.
Mientras escribía con tinta china, en su mente aparecieron imágenes de la conmemoración de Navidad del último año, en la escuela.
Se vivía un gran clima festivo, cuatro días antes de Nochebuena.
Primero, todo era caótico, con muchos chicos riendo y corriendo en distintas direcciones, ignorando sus permanentes advertencias.
Ella les insistía:
-Chicos, tened cuidado al correr, ya que podéis lastimaros.
-¡Tened cuidado, os dije!
Después, se vio a sí misma sonriente y agradecida por la llegada temprana de Ernesto Michelena y Roberto Moussit para dar inicio al gran asado comunitario.
El compromiso asumido, días atrás, por los dos, se cumplía a rajatabla.
Al poco rato, nueve chivitos recién carneados se alineaban en asadores listos para ser expuestos a las brasas.
Muy pronto, el gran fogón, estaría con la temperatura justa para comenzar a dorar la carne.
El cielo, que a la mañana parecía asociarse al festejo, de pronto se cubrió de densos nubarrones.
El frío intenso posterior hizo que se cambiaran algunos planes. Y la lluvia intempestiva preocupó a todos.
Recordó que hubo, en ese momento, cierta desesperación. Quizás el asado no podría concluirse por el mal tiempo.
Pero el ver la determinación de los asadores, que seguían con sus tareas a pesar del temporal creciente, tuvo un efecto tranquilizador en las maestras.
El vendaval había obligado a trasladar al salón grande todas las mesas que estaban en el patio, a primera mañana.
A la una, hora señalada originalmente como la ideal, el asado estuvo listo.
En las mesas en línea se colocaron la ensalada, el pan, y el jugo, en seis jarras de distinto color.
Observó, en su recuerdo, a las otras maestras pidiendo colaboración, con gestos serios a los chicos:
-Esperen a que se sirva la carne- decía Ana.
-Por favor, por favor- les decía “Pintu”, mirando seriamente en dirección al grupo que siempre intentaba algo inesperado, complicándolas.
El ruido del entusiasmo general mezclado con el hambre, evidenciado vivamente por los revoltosos, duró muy poco.
Después del reparto de la carne se produjo un silencio marcado.
Todos estaban comiendo.
Alberta percibió que muchos ojitos brillantes e inquietos miraban agradecidos en su dirección.
“¿El hambre debería ser saciada hasta el hartazgo?”, se preguntó en aquella circunstancia.
“¿Esto no será pecado de gula?”, dudó entonces.
“Deberíamos tener más cuidado, y no permitirles comer con tanto desenfreno”, intentó convencerse.
Pasados cinco meses de aquel festejo, tenía las mismas dudas.
Mientras las madres, las maestras y el asador almorzaban, los chicos salieron al patio, uno tras otro, tratando de mantener la compostura.
El sol había aparecido, de pronto, con su esplendor a pleno, acariciando con su tibieza.
Una luz brillante cubría la escuela, como si cobijara a los alumnos que jugaban a la ronda, divirtiéndose con todo lo que aparecía ante sus ojos y siguiendo rítmicamente un baile.
Ahora, en las imágenes del recuerdo de Alberta, se sucedían chicos y chicas yendo y viniendo otra vez en el salón, comiendo una porción de rico pan dulce, que había sido elaborado por ella, en la escuela en días previos.
A los adultos se les ofrecía una bebida fresca y ensalada de fruta preparada en grandes fuentes de plástico.
Llegó un momento en que todos parecían haberse saciado y se veían las sobras de la gran comilona, en las mesas comunitarias.
Era una gran fiesta. Ahora las maestras bailaban con cierto desenfado; lo hacían también otras mujeres que habían colaborado, y los chicos y las chicas.
¿Qué había pasado?
Una de las docentes había puesto en funcionamiento el tocadiscos prestado para la ocasión, por una familia del pueblo.
Una gran pila de discos treinta y tres simples, se amontonaba en la mesita auxiliar.
Rancheras y chamamés sonaban continuamente y desde las señoras mayores, hasta los chiquitos, que todavía concurrían a la escuela, bailaban con gran entusiasmo.
Era una manifestación única, de una alegría que parecía inabarcable.
La música, de pronto, pareció extinguirse, en medio de una bruma en donde se confundían los recuerdos.
Alberta, concentrada en escribir uno a uno los pergaminos, escuchó algo distinto que había llamado su atención.
Un ruido lejano de una radio a gran volumen.
Podía tratarse de la de Amanda, pero le resultaba raro a Alberta.
“Ella era muy medida en eso”, pensó. “No la pondría tan fuerte”, se dijo.
Para su sorpresa, se encontró, segundos después, cara a cara con la directora de la escuela, que estaba inclinada ante ella, hablándole en voz baja:
-Tengo que darle una triste noticia- le dijo.
Alberta esperó en silencio expectante lo que Amanda le informó de inmediato:
-Atentaron contra el Papa. Fue hace unos minutos…
“Yo…he matado al Papa”
La radio, en algún lugar, seguía prendida.
Y las palabras de Amanda, medidas y sin inflexiones, la habían llenado de estupor.
Durante largos minutos, Alberta imaginó que lo que había escuchado, era parte de la ensoñación de ese grato transporte mental, a lo ocurrido pocos meses atrás.
Una mala jugada de la memoria, a su profunda convicción cristiana.
La fiesta navideña había perdurado para ella y era vívida todavía.
Pero los ruidos de chicos y adultos, bailando y cantando, ya no estaban.
La directora de la escuela estaba ahí, frente a ella, transmitiéndole en tono muy dolido, lo que había ocurrido muy poco tiempo atrás.
Alberta miró su reloj.
No había pasado tanto tiempo, sólo quince minutos desde el momento en que los chicos habían dejado el establecimiento, y que ella se había concentrado en redactar uno por uno, los pergaminos de fin de curso.
-Fueron cuatro balazos- le amplió Amanda- El Santo Padre está grave.
Alberta, sentada todavía, prestó máxima atención a la última frase. La noticia era conmovedora.
Se puso de pie, instintivamente, acercándose a la radio grande de la directora de la escuela.
El aparato les permitía estar al tanto de lo que ocurría en el mundo, todo el tiempo, a las mujeres de la escuela.
Era, en este caso, la fuente que informaba al instante del dramático hecho, todavía muy reciente.
Amanda, en silencio, bajó el volumen de su “Tonomac Platino”, que estaba apoyada arriba del aparador de la cocina, y buscó, con mucho cuidado, un punto del dial.
Acercó su oído derecho a la radio para comprobar fehacientemente la calidad de sonido.
Un locutor, con voz muy fuerte imprimió un sesgo dramático en su voz al decir enfático:
“Atentado al papa”.
Y a continuación, hizo una descripción de lo ocurrido: “A las 17 horas 17 minutos, cuando Juan Pablo II se trasladaba en el popular papamóvil por la plaza de San Pedro, sufrió un atentado”.
“En esos momentos daba la segunda vuelta en su vehículo personal, extendiendo sus brazos hacia los niños y saludando a la multitud reunida en la Plaza San Pedro”.
“De repente, se escucharon varios disparos. Inmediatamente se pudo comprobar que habían partido desde la multitud que rodeaba a Juan Pablo II”.
“Las balas hirieron al sumo Pontífice en el abdomen, el brazo y en su mano izquierda”.
Cuando el locutor terminó su relato, una música sobria invadió todo el ambiente.
A Alberta le pareció apropiada al momento vivido; que la pauta musical fuera respetuosa de la circunstancia que afectaba al Papa.
Ana y “Pintu” se habían acercado en silencio.
Las dos acomodaron sillas para que las cuatro maestras se sentaran alrededor de la mesa.
Los sones musicales suaves continuaron durante varios minutos.
Amanda, sin dirigirse a nadie en particular, habló:
-Las radios lo informaron apenas ocurrió- dijo.