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FATALIDADES PARISIENSES PARA ALEMANES POR R. WAGNER

Id y preguntad a las tiendas del Palais Royal, resplandecientes de plata, oro, seda e iluminación a gas; preguntad al jardín de las Tullerías con sus paseos elegantes, bien conservados; preguntad a los Campos Elíseos con sus magníficos carruajes y cocheros empolvados; preguntad a los bulevares con su abundante mezcla de actividad y lujo; preguntad a los palcos de los teatros con sus embriagadoras toilettes y místicos tocados; preguntad a los bailes de la ópera con las irresistibles modistillas con jubones de terciopelo y las preciosas femmes entretenues con dominós exclusivamente de raso negro; preguntad, en fin, cuando es verano, a las quintas privadas, parques, jardines, ermitages, y a las mil magníficas alegrías campestres, a las que el parisiense se abandona con divina inocencia; preguntad a todas estas cosas: ¿no estáis ahí para el aburrimiento? ¡Cómo protestarán y se burlarán, riendo, de una tal pregunta! Y sin embargo hay una raza humana que, por encima de todas estas cosas, puede caer en el ennui más mortal; esta raza son los alemanes que viven aquí.

Esto es así de cierto: en conjunto, lo más aburrido de todo es ser alemán en París. Ser alemán es magnífico cuando se está en casa, donde se tiene vida afectiva, cerveza bávara y a Jean Paul, donde se puede disfrutar de la filosofía hegeliana o los valses de Strauss, donde uno puede leer, en el diario de moda, historias de crímenes de París y, a precio ridículamente económico, el Gordo de Nápoles, donde finalmente se puede oír o cantar una buena vieja o nueva canción sobre el “Padre Rin”. Pero nada de todo esto se encuentra en París, y aquí vive un sinnúmero de alemanes; ¡cuán grande ha de ser su aburrimiento!

Pero asimismo creo casi que el alemán es el único con quien, a la inversa, también pueden aburrirse los parisienses.

El asunto principal: se tiene a los alemanes en general por honrados, se confía en ellos, se les tiene por tontos, y para los parisienses, a su juicio, un tonto es un horror. Mas a quien no le es posible llegar a ser parte en aquellos picantes embustes, en aquellas ingeniosas bajezas de su prodigiosa naturaleza intrigante, a él han de tenerle por tonto, y -¡por Dios!- no pueden hacerlo de otra manera, pues quien aquí no sabe llega a la meta, o quien incurre en la debilidad de morirse de hambre, no puede tener entendimiento alguno, según los conceptos de París.

Con esto puede formarse un juicio sobre qué peligrosa virtud es, en París, la honradez, y qué triste ha de estar allí aquel que, queriendo no queriendo, tiene atribuida esta virtud. Por el peso de esta única virtud, el alemán se encuentra excluido de todo lo que hace a París brillante y envidiable: fortuna, riqueza, gloria y diversión no están aquí para él; él puede conocer sólo las sucias calles, los andrajosos pordioseros. A lo sumo, sólo el tendero es capaz de profesar respeto a esta virtud; la tiene en cuenta y da algo a crédito, pero sólo un poco, no demasiado, porque sabe que el desdichado poseedor de esta virtud jamás vendrá a la situación de poder pagar una cuenta mayor.

Este es el punto peor: el parisiense no cree capaz de la virtud de la honradez a ningún rico; todos los honrados son tenidos por él decididamente por pobres; pero la pobreza es el vicio mayor de París, y como a cada alemán se le considera exclusivamente como pobre, así pasa él hasta cierto punto por tonto y malo a la vez, es decir, por vicioso.

Es ésta una maldición terrible, que cae sobre nuestros compatriotas. Uno puede ser lo bastante rico según su propia convicción, pero será tratado, sin demostraciones estentóreas, pero también sin compasión, como pobre. Hasta el día de hoy me ha sido aún imposible convencer de mi bienestar a los parisienses, aunque devengo un ingreso anual de unos doscientos florines, una renta que en todo caso sería suficiente para reunir en torno a mí, en una capital alemana, a un fuerte número de gorrones. Pero aquí una situación económica tan floreciente no vale aún nada, e incluso he de experimentar que poco a poco se cree que antes bien ha de tenérseme por un inglés.

O sea, el caso es enteramente característico y sorprendente.

Como todo el mundo sabe, los parisienses son sumamente corteses; les es imposible decirle a la gente algo desagradable, salvo cuando se trata de dinero. Puesto que, en su opinión, un alemán y un hombre tonto, malo -esto es, honrado, pobre- han llegado a ser una y la misma cosa, así creen no poder tratarnos con mayor finura, cuando aparentan no tenernos por alemanes, sino por ingleses; no obstante, éste es un odio político, como todo el mundo sabe, y emana de la nación como masa. Pero cada francés aislado ama a cada inglés aislado hasta la muerte, le colma de atenciones y de testimonios de respeto, pues todo inglés es a sus ojos rico, incluso por muy pobre que éste quiera presentarse también a menudo. Así, ¿qué mayor lisonja puede decir un francés, sino: Pardon, monsieur, vous etes anglais?

Puesto que, ciertamente, innumerables alemanes han sufrido ya bajo estas malas costumbres francesas, así no puedo resistirme a confesar que las mismas también me han causado a mí hondo disgusto.

Mi mala estrella quiso que yo pisara por primera vez el suelo de Francia en Boulogne-sur-Mer; yo venía de Inglaterra, y en verdad de Londres, la ciudad de las costosas experiencias, y tomé aire cuando llegué al país de los francos, es decir, de las piezas a veinte perras chicas, y hube dejado detrás de mí el aborrecible país de las libras y los chelines; pues yo me había hecho el cálculo de que en Francia al menos tenía que vivir aún económicamente, lo que yo fundaba en la conclusión lógica de la relación de la perra chica con el penique, del que sólo doce de ellos dan el respetable chelín, mientras que el franco menos distinguido contiene veinte perras chicas. Con esto yo había deducido que sobre todo, con la ventaja del cálculo en céntimos, de los que, como es sabido, cien da un franco, podría ahorrar en todo caso una buena parte de mis ingresos anuales, circunstancia sobre la que fundé -y en verdad durante la travesía en el vapor- toda suerte de agradables esperanzas, propósitos y en particular planes. Finalmente, incluso había calculado que, después de algún tiempo, podría llegar a adquirir uno de aquellos palacios en el sur de Francia, cerca de los Pirineos, de los que el príncipe Puckler nos ha contado cosas tan agradables y baratas; por ejemplo, que para una vida decorosísima en un tal palacio no tendrían que necesitarse más de dos mil francos al año; yo creía que el príncipe Puckler había considerado incluso aún algo por lo alto esta suma, vista desde la perspectiva principesca, y estaba de acuerdo conmigo mismo en que, con ayuda de mi cálculo en céntimos, reduciría esta suma anual en todo caso en una cuarta parte, lo que entonces había de coincidir plenamente con mis ingresos. ¡Oh, crueles usos de los franceses, cómo habéis aniquilado estos magníficos planes!

Continúa…

BIBLIOGRAFIA

UN MÚSICO ALEMÁN EN PARÍS Y OTROS ESCRITOS. RICHARD WAGNER

EDICION Y TRADUCCIÓN DE ÁNGEL-FERNANDO MAYO. MUCHNIK EDITORES.

ESPAÑA. AÑO 2001.

EL CREPUSCULO DE LOS DIOSES DE RICHARD WAGNER

Prólogo

Las tres Nornas trenzan el hilo de oro del destino, que sucesivamente pasa de una a otra. La primera Norna les recuerda que un día llegó Wotan y al beber el agua del manantial, del que brotaba la sabiduría, perdió un ojo producto de haber tenido que pagar una deuda, él arrancó una de las rama del árbol para hacerse un venablo de combate y desde ese momento el fresno pereció y el manantial se secó. Wotan había grabado en su venablo las runas de los tratados que eran su fuerza; vió, sombrío presagio, su arma hecha trizas por un joven héroe; entonces reunió a los guerreros del Walhalla y les hizo derribar el fresno del mundo. Los héroes formaron una descomunal hoguera alrededor de la morada de los eternos, y Wotan está silenciosamente sentado en medio de la augusta asamblea de los dioses. Si la madera, ardiendo, incendia el magnífico burgo, habrá llegado el fin de los señores del mundo. Wotan ha esclavizado al astuto Loge y lo mantiene en claras llamas alrededor de la roca de Brunhilda; luego hundió los trozos de su deshecha arma en el corazón del que está en llamas. ¿Qué ocurrió entonces?. El hilo que trenzan las Nornas se enmaraña; el filo de la peña lo roe; es el anatema de Alberico, el raptor del oro del Rin, que produce sus funestos frutos; por último el hilo se rompe por en medio, y con él se desvanece la clarividencia de las tres hermanas, que se levantan espantadas; anudan los cabos con precipitación y, enredándose entre sí, bajan a las profundidades de la tierra a reunirse con Erda, su madre eterna.

Sigfrido llega junto a Brunhilda con el corcel Grane. Ambos se intercambian juramentos de fidelidad. Brunhilda le entrega toda su ciencia y a cambio le pide su constancia, su ternura. Sigfrido le entrega el anillo sustraído a Fafner, ella le da a cambio a su corcel. Se separan con un gran abrazo.

ACTO PRIMERO

Escena I

En el palacio de los Gibichs, a orillas del Rin, Gunther, Gutruna y Hagen, hermanos e hijos de Grimhilda, conversan sobre la sabiduría de Hagen y sus útiles consejos.

Hagen planea en secreto recuperar el anillo, uniendo a sus hermanos, con Brunhilda y Sigfrido respectivamente. Utilizará el brebaje para hechizar a Sigfrido y enamorarlo así de Gutruna.

Escena II

Gunther recibe a Sigfrido y le promete fidelidad. Hagen interroga al huésped sobre los tesoros de los nibelungos. Sigfrido le cuenta sobre el yelmo que lleva puesto y un anillo que ha dejado en poder de su amada. Gutruna le acerca la bebida de bienvenida, la toma e inmediatamente, el héroe, se enamora de ella. Gunther le pide a Brunhilda en recompensa. Sigfrido promete tomar el aspecto de su huésped con la ayuda del Tarnhelm, para rescatarla de las llamas.

Escena III

Brunhilda recibe a su hermana Valtrauta, quien le cuenta las desgracias sufridas por todos a causa de Wotan. La salvación será devolver a las hijas del Rin el anillo maldito. Pero Brunhilda no desea sacrificar el objeto amado que le ha sido dado por Sigfrido. Valtrauta se retira decepcionada.

El guerrero se acerca a Brunhilda pero con las facciones de Gunther, le quita el anillo y se la lleva para entregarla al hijo de Gibich.

ACTO SEGUNDO

Escena I

Alberico le cuenta a su hijo Hagen que Wotan está debilitado y que Sigfrido es quien ahora posee el anillo que tiene el poder de maldecir, salvo al héroe porque, éste, no le da valor alguno. Alberico teme que sea devuelto a las hijas del Rin.

Escena II

Hagen promete a su padre recuperar el anillo. Sigfrido llega con Brunhilda para entregarla a Gunther.

Escena III

Se disponen a preparar sacrificios para los dioses en honor a Brunhilda y a su nueva unión.

Escena IV

Brunhilda observa a Sigfrido, pero él la ignora, luego descubre que el héroe lleva puesto el anillo sagrado. Hagen interviene y los confunde con sus palabras. Brunhilda les recuerda el compromiso con Sigfrido, todos lo acusan de traición. El héroe jura sobre la espada no haber tocado a la virgen.

Escena V

Sigfrido se aleja junto a Gutruna. Brunhilda desea venganza y Hagen se le acerca para conspirar contra el héroe. La walkiria le revela que puede atacarlo de frente, entre los hombros con un golpe mortal. Hagen lo induce a Gunther, quien se apiada de Sigfrido y no desea darle muerte. Planean, entonces, una cacería como pretexto para darle muerte, un jabalí le habrá herido en un lugar aislado. Mientras tanto las parejas se preparan para la boda.

ACTO TERCERO

Escena I

Las tres hijas del Rin, Voglinda, Velgunda y Floshilda añoran el oro perdido. Sigfrido se acerca a las Ondinas, quienes lo interrogan sobre su cacería, luego le prometen al animal a cambio del anillo. El se niega pero las ninfas le cuentan todo lo referente a la maldición que lleva en su dedo y que sólo puede revertirse si lo devuelve al río. Sigfrido no conoce el miedo por esta razón es que no les hace caso.

Escena II

Gunther, Hagen y Sigfrido se encuentran y conversan sobre la cacería y las ondinas. Hagen desea que el héroe recuerde más detalles y le prepara otro filtro para recuperar la memoria. Sigfrido se distrae ante dos cuervos y Hagen quiere aprovechar la situación para atacarlo. Gunther trata de impedir el asesinato pero no lo logra.

Escena III

Gutruna tiene sombríos presentimientos. Hagen le relata que su esposo ha sido atacado por un jabalí furioso.

Gunther le revela a su hermana que ha sido Hagen el verdadero asesino. Hagen pide el anillo del muerto pero Gunther se lo niega y es, a su vez, asesinado por su hermano. Hagen intenta una vez más arrebatar el anillo del cadáver, pero la mano de Sigfrido se levanta amenazadora ante las aterrorizadas miradas de los presentes.

Gutruna le explica a Brunhilda el malévolo plan de Hagen desde el principio hasta el final. Brunhilda ahora comprende todo lo que ha sucedido y hace señas a los vasallos para que lleven a la pira el cuerpo de Sigfrido, a quien primero quita el anillo y luego lo lega a las hijas del Rin, pero deseando que lo retiren en medio de las cenizas, después que el fuego lo haya purificado de la maldición que tan gravemente pesó en todos los que lo poseyeron!.

El crepúsculo eterno empieza para ellos, y el fuego que a ella misma ha de consumirla pronto, se propagará hasta el inaccesible retiro del Señor del mundo.

La raza de los dioses se ha extinguido, el universo está sin dueño, pero queda un bien, el más precioso de todos, que debe aprender a querer más que al oro, más que a la gloria y a la grandeza: el amor, único que puede salir victorioso de todas las pruebas y procurar la felicidad perfecta.

Hagen, quien aún codicia el anillo, es alcanzado y arrojado por las ondinas al fondo del abismo.

Finalmente el anillo es recuperado por las hijas del Rin.

Bibliografía

Viaje Artístico a Bayreuth. A. Lavignac. Editorial Albatros. Buenos Aires. 1946

SIGFRIDO DE RICHARD WAGNER

ACTO PRIMERO

Escena I. Mimo se halla en una caverna, es su guarida, aquí guarda sus alimentos. Mimo forja una nueva espada para Sigfrido, quien parece nunca estar contento con las creaciones del gnomo. Es necesario soldar los trozos de Nothung, el arma de Segismundo, de esta manera Sigfrido podría apoderarse del anillo que aún posee Fafner (ahora transformado en un temible dragón).

Sigfrido se burla del gnomo permanentemente y no cree que él sea su padre, es más, lo increpa para que le diga la verdad, quiere saber su verdadero origen. Finalmente Mimo le cuenta que una pobre mujer lo dio a luz en la selva y luego murió, pero antes le puso el nombre al niño y le dió al gnomo los trozos de la espada perteneciente al padre del recién engendrado.

Escena II. El dios Wotan visita a Mimo pero no dice su nombre, se hace llamar el Viajero. El dios le ofrece al gnomo despejar alguna de sus dudas como pago de su hospitalidad. Mimo le pregunta entonces quiénes viven en las entrañas de la tierra y Wotan responde: los Nibelungos, a quienes su jefe Alberico los había esclavizado gracias al poder del anillo mágico. La segunda pregunta refiere a los habitantes de la superficie del globo y el dios le responde que son la raza de los gigantes, cuyos príncipes Fasolt y Fafner, han conquistado las riquezas del Rin y el anillo maldito. Luego agrega que Fafner mató a su hermano y ahora transformado en dragón custodia el tesoro. La tercer pregunta es sobre los habitantes de las cimas nebulosas y Wotan responde que los elfos luminosos que moran en el Walhalla, y su jefe, Wotan, ha conquistado el universo merced a su lanza, la que lleva grabados los pactos divinos. Mimo ahora reconoce al dios Wotan.

Ahora es el turno de Wotan de interrogar a Mimo, amenazante le pregunta cuál es la raza perseguida por el dios, a pesar del cariño que les tiene. Los Walsungs, responde el gnomo, luego le pregunta sobre la espada poderosa y Mimo responde correctamente: Nothung, por último le pregunta sobre el hábil herrero que sabrá soldar la espada, y Mimo tiembla de miedo. Wotan se marcha satisfecho pero antes le dice que sólo el que no sienta miedo podrá forjar la espada.

Escena III. Mimo está aterrorizado, en este estado lo encuentra Sigfrido al volver del bosque. El gnomo comprende que sólo Sigfrido podría triunfar en soldar la espada pero también sabe que será su propio asesino, según las palabras del dios. Entonces decide atemorizarlo con diferentes historias pero no lo consigue, todo lo contrario, el joven vuelve a exigirle la espada.

Sigfrido decide forjar la espada él mismo. Mimo lo deja y con la esperanza de que el joven quede agotado frente a la lucha contra el dragón, planea darle un brebaje encantado para hacerlo caer en un profundo sueño y tenerlo a su merced.

El joven, sin dejar de cantar, ha acabado el martilleo de su arma maravillosa; la templa, la levanta sobre el yunque, y esta vez lo parte en dos con un golpe pleno de fuerza y desenvoltura. Mimo se desespera ante el logro de Sigfrido.

ACTO SEGUNDO

Escena I. Alberico merodea la guarida de Fafner con la esperanza de poder arrancarle un día su tesoro. Wotan aparece ante Alberico y le explica que sólo debe temer a Mimo y no a Sigfrido, ya que sólo Mimo desea el anillo cuyo poder conoce. Wotan ofrece a Fafner salvarle la vida pero el gigante sólo desea su anillo. Antes de marcharse Wotan le sugiere a Alberico reconciliarse con Mimo.

Escena II. Sigfrido no teme a las advertencias de Mimo sobre el monstruo, todo lo contrario, está decidido a hundir su espada en el corazón del dragón.

Fafner toma la forma de un reptil repelente intenta amedrentar a Sigfrido pero el adolescente lo ataca certeramente en el corazón. Luego penetra en la caverna y se apodera del Tarnhelm y del anillo.

Escena III. Mimo sale de su escondrijo y se encuentra con Alberico, discuten y deciden traicionar a Sigfrido. Mimo le ofrece un brebaje envenenado pero Sigfrido anticipándose al engaño lo atraviesa con su espada y deja su cuerpo en la caverna. Cuando se dispone Sigfrido a descansar escucha el sonido de los pájaros que lo guían con mensajes, le revelan que sobre una roca solitaria duerme, rodeada de llamas, Brunhilda. Él se hará cargo de salvarla. El pájaro le mostrará el camino para llegar hasta la walkiria.

ACTO TERCERO

Escena I. Wotan llega a la entrada de la cripta donde yace Erda, el alma antigua de la tierra. La evoca y por el poder de su encanto la obliga a despertar. Quiere interrogarla, pues ella es la sabiduría del mundo. Pero todo su saber la abandona cuando está despierta, no puede contestar a Wotan y le aconseja que vea a las Nornas, que en el hilo de los destinos hilan y tejen toda la ciencia de su madre eterna. Pero lo que busca el dios, no es conocer el porvenir: quisiera modificarlo. La profetisa le aconseja consultar a Brunhilda, la vidente, pero Wotan le cuenta que la ha castigado. Ahora Erda duda si ayudar a Wotan, ya que reprueba su conducta. Ahora Wotan está seguro de que Brunhilda será la que salvará al mundo, ella será quien devuelva al Rin el oro maldito, causa de tantas desdichas, también será ella quien, abrasando el Walhalla en un incendio grandioso, determinará el fin de los dioses. Wotan deshace entonces el hechizo que sujetaba a la profetisa; ésta desaparece en el abismo, que vuelve a sumirse en la oscuridad. Wotan espera la llegada de Sigfrido.

Escena II. Sigfrido dialoga con Wotan, le cuenta sus hazañas. El dios desea por una vez más no permitir el triunfo de Sigfrido y le cierra el paso con su lanza. El dios es vencido por el joven.

El fuego se apacigua y ve la roca donde duerme Brunhilda.

Escena III. Besa tiernamente a la Brunhilda y la despierta. Sigfrido cree que es su madre pero la joven le dice que es ella, la walkiria a quien siempre amó. La hija de los dioses se ha convertido en sencilla mujer. El amor terrenal sube a su corazón y se apodera de ella. Sigfrido la conquista y ella abandonará la causa de los dioses.

¡Qué todos perezcan, raza envejecida y sin fuerza; que el Walhalla se derrumbe, que el Burgo se deshaga en polvo, que los eternos se acaben!…

¡Nornas, romped el hilo de los destinos divinos; que empiece el crepúsculo de los dioses!
La virgen sólo vive ahora para el amor de Sigfrido.

LA WALKIRIA DE RICHARD WAGNER

Escena I. La acción se desarrolla en una cabaña rústica construida alrededor de un enorme fresno. En el tronco del árbol se percibe la guarda de una espada cuya hoja está enteramente clavada. Entra un guerrero sin armas, agobiado se duerme en el suelo. Siglinda, la mujer que habita la morada lo despierta y le da de beber, el guerrero desea marchar pero ella le insiste que espere el regreso de su esposo Hunding.

Escena II. Hunding vuelve de caza e interroga al joven sobre su visita. Existe un gran parecido físico entre ambos, Siglinda y el guerrero.

Le cuenta a Hunding que su padre llamado Walse (el lobo) solía cazar con él, mientras su hermana melliza y su madre los esperaban en la casa. Un día, al regresar, hallan a la madre asesinada, la casa incendiada pero ningúna huella de su hermana. Los asesinos eran los Neidings, hijos del odio y de la envidia. Padre e hijo deciden marchar hacia la montaña, el padre fallece al poco tiempo y el joven queda solo. Un día lucha con unos hombres por querer librar a una joven que se encontraba en desgracia, querían obligarla a casarse con alguien a quien no amaba. El joven no logra vencer a sus enemigos y es más perseguido aún. Hunding ante este relato lo reconoce como enemigo, decide darle hospitalidad sólo por una noche y provocarlo al día siguiente para una lucha definitiva.

Siglinda le prepara una bebida a su esposo con un brebaje para quitarle las fuerzas, luego asiste nuevamente al joven y le muestra el tronco del fresno donde se halla oculta una espada.

Escena III. El joven recuerda que su padre le había prometido un arma. Siglinda le relata lo ocurrido hace muchos años atrás cuando ella es vendida a Hunding por unos bandidos. También recuerda a un anciano que clava la espada en el tronco y dice que el vencedor será quien logre sacarla de allí, aludiendo a su fortaleza. Ella cree que ante sus ojos se halla ese hombre, es el hijo del anciano Walse y su nombre es Segismundo, quien corre hacia el fresno y arranca la espada, ambos se abrazan .

ACTO SEGUNDO

Escena I. En una región montañosa conversan el dios Wotan y su hija predilecta, la virgen guerrera Brunhilda, es una walkiria a quien su padre le ha confiado la misión de salvar a Segismundo. Fricka, la esposa de Wotan no está de acuerdo con esta decisión porque está enterada del amor que los une a Segismundo y Siglinda, este amor la ofende. Además, ambos son hijos verdaderos de Wotan que haciéndose pasar por un mortal en la tierra los ha tenido con otra mujer, siendo infiel a Fricka.

Wotan cambia de idea y comunica a Brunhilda otros pasos a seguir.

Escena II.

Wotan recuerda todos sus errores, a Loge, la esclavitud de los demás dioses, el robo del anillo a Alberico (ahora en poder de Fafner).

El dios Wotan había sido seducido por Erda, quien lo hace padre de nueve vírgenes guerreras. Las walkirias han recibido de él la misión de traer al Walhalla a todos los héroes muertos en los campos de batalla, poblando de ese modo el reino de Wotan con defensores intrépidos para el día en que el ejército de Alberico avanzara amenazante. El dios había elegido a Segismundo para conseguir nuevamente el anillo, para ello había sido entrenado, pero ahora Fricka le impide llevar a cabo su plan.

Erda ya le había anunciado a Wotan su perdición, el dios maldice a los dioses.

Brunhilda no puede ayudar a su padre y se dirige hacia la gruta donde se halla su corcel Grane.

Escena III. Siglinda teme el acecho de Hunding, quien ya está muy cerca de ellos con sus hombres. Se desvanece ante tanto dolor.

Escena IV. Brunhilda se le aparece a Segismundo y le anuncia que va a morir. Segismundo no desea alejarse de su amada, prefiere matarla antes de que la toque otro. La walkiria le advierte que Siglinda está embarazada y le impide al jóven matarla. Ahora le promete apoyo para ambos pero de esta manera desobedece las órdenes de su padre.

Escena V. Hunding y Segismundo se traban en lucha. Brunhilda hace lo imposible por salvar al joven, pero Wotan interviene y ayuda a Hunding para asesinar a su propio hijo. Brunhilda se lleva a Siglinda y escapan. Wotan queda mortificado ante el cadáver de Segismundo. El dios está enfurecido por la desobediencia de Brunhilda.

ACTO TERCERO

Escena I. En una meseta rocosa se hallan las cuatro walkirias, Guerhilda, Ortlinda, Valtrauta, Schwertleita, armadas de pies a cabeza. Llegan sus otras hermanas más tarde Brunhilda con Siglinda. La guerrera le cuenta a sus hermanas sobre el furor de Wotan, pero las walkirias se rehusan a ayudarla. Siglinda desea la muerte, no tolera vivir sin su amado. Brunhilda le dice que no puede morir porque ella espera un hijo de Segismundo. Decide entonces refugiarse en la selva muy cerca de Fafner.

Brunhilda le asegura que su hijo será un héroe sublime y se llamará Sigfrido. Le acerca a Siglinda unos trozos de la poderosa espada antes de dejarla marchar.

Escena II. Brunhilda ya no puede huir de Wotan. El dios la destierra del Walhalla, la abandona, indefensa, dormida a la orilla del camino, y el primero que pase y la despierte podrá hacerla esclava suya, hilará el hilo, sometida a un mortal, y todos se buralarán de ella.

Las demás walkirias están desesperadas ante tal destino, escapan asustadas.

Escena III. Brunhilda le implora el perdón a su padre pero éste se lo niega. Como la walkiria se ha dejado dominar por el amor, ahora será esclava del mismo.

Brunhilda le pide entonces a su padre un último deseo, que se levante a su alrededor, mientras duerme, un gran fuego devorador, para que el hombre que deba poseerla en el futuro sea un ser valiente y un hombre temeroso. Wotan accede y la walkiria queda vencida por el sueño.

Bibliografía

Viaje Artístico a Bayreuth. A. Lavignac. Editorial Albatros. Buenos Aires. 1946.

EL ORO DEL RIN (PROLOGO) DE RICHARD WAGNER

Escena I. La acción del primer cuadro se desarrolla en las profundidades del Rin. Las tres Ondinas, hijas del Rin, juguetean entre las aguas. Ellas guardan el precioso tesoro, el Oro puro, que les fue confiado por el río.

Alberico, el más astuto de los nibelungos desea seducir a las ninfas y ellas sin querer le revelan el secreto, la magia del Oro del Rin, un anillo con poder ilimitado pero con la condición para el que lo posea, de renunciar al amor. Alberico dominado por la codicia se apodera del anillo y es ahora el quien tiene el poder supremo.

El río queda a oscuras, la joya que ha sido robada, lo deja en las más espesas tinieblas.

Escena II. El dios Wotan y su esposa Fricka contemplan el palacio recientemente construido bajo las órdenes del dios, los gigantes Fasolt y Fafner. Por instigación del astuto dios Loge, dicha construcción tiene un precio, Freya, la diosa de la juventud, del amor y de la belleza, es hermana de Fricka y de los dioses Froh y Donner. Fricka reprocha a Wotan el compromiso contraído. Ahora deben calmar a los gigantes que quieren su recompensa. Entonces Loge menciona el tesoro robado por Alberico para estimular la codicia de los gigantes y que olviden así a Freya. Pero ella es igualmente llevada por los gigantes hasta ser cambiada por el anillo. Wotan, acompañado por Loge, se hunde en las entrañas de la tierra en busca del Nibelheim, debe recuperar el anillo para poder salvar a su cuñada.

Escena III. Wotan y Loge llegan al reino de los elfos negros, donde Alberico actúa ahora como un rey, le pide a Mimo, hábil herrero que le confeccione un yelmo encantado el “Tarnhelm”, que le hará invisible. Alberico esclaviza a los nibelungos, los atormenta y Wotan al ser testigo de lo ocurrido desea asesinarlo, pero Loge, más diplomático evita lo peor y trata de conquistar al “nuevo rey”, felicitándolo por su nuevo poder pero a su vez poniéndolo en duda, entonces, Alberico, cae en la trampa tendida por Loge y para demostrarles lo que puede hacer se transforma a sí mismo en un dragón, luego en un sapo, es aquí donde aprovechan Wotan y Loge para atraparlo.

Escena IV. Wotan y Loge obligan a Alberico a entregarles el tesoro acopiado por los esclavos, el yelmo y también el anillo. Cuando Wotan toma el anillo, Alberico lo maldice diciendo: “Que en lo sucesivo su encanto engendre la muerte de quien lo lleve puesto”. Pero Wotan hace caso omiso a las maldiciones y se coloca el anillo.

Los gigantes vienen en busca de lo prometido para poder liberar a Freya, se apoderan del oro, las joyas, el yelmo mágico pero aún les queda el anillo que Wotan se niega a dar. En respuesta a la negativa de Wotan deciden llevarse a Freya nuevamente y en ese mismo instante se quedan a oscuras y aparece el alma antigua de la tierra, Erda, la madre de las Tres Nornas, que hilan el hilo del destino. Ya prevé el crepúsculo de los dioses, y conjura a Wotan que ceda el anillo maravilloso, pero maldito. Finalmente entrega el anillo sobre los tesoros de los gigantes, quienes ahora se lo disputan y Fafner le da muerte a su hermano Fasolt, escapando más tarde con los tesoros.

Wotan recoge una espada olvidada por Fafner e invita a los dioses a entrar con él en el Walhalla cuyo precio ha sido un salario maldito; más prevé la lucha que habrá de sostener con las potencias de las tinieblas y ya sueña con crear, para oponérsele, una raza de valerosos héroes.

Loge piensa apartarse de los demás dioses y edificar su fortuna sobre la ruina de aquéllos.

En lo hondo del valle se oyen los lamentos de las hijas del Rin que lloran su perdido tesoro.

Bibliografía:

Viaje Artístico a Bayreuth. A. Lavignac. Editorial Albatros-Buenos Aires. 1946.