FATALIDADES PARISIENSES PARA ALEMANES POR R. WAGNER

Id y preguntad a las tiendas del Palais Royal, resplandecientes de plata, oro, seda e iluminación a gas; preguntad al jardín de las Tullerías con sus paseos elegantes, bien conservados; preguntad a los Campos Elíseos con sus magníficos carruajes y cocheros empolvados; preguntad a los bulevares con su abundante mezcla de actividad y lujo; preguntad a los palcos de los teatros con sus embriagadoras toilettes y místicos tocados; preguntad a los bailes de la ópera con las irresistibles modistillas con jubones de terciopelo y las preciosas femmes entretenues con dominós exclusivamente de raso negro; preguntad, en fin, cuando es verano, a las quintas privadas, parques, jardines, ermitages, y a las mil magníficas alegrías campestres, a las que el parisiense se abandona con divina inocencia; preguntad a todas estas cosas: ¿no estáis ahí para el aburrimiento? ¡Cómo protestarán y se burlarán, riendo, de una tal pregunta! Y sin embargo hay una raza humana que, por encima de todas estas cosas, puede caer en el ennui más mortal; esta raza son los alemanes que viven aquí.

Esto es así de cierto: en conjunto, lo más aburrido de todo es ser alemán en París. Ser alemán es magnífico cuando se está en casa, donde se tiene vida afectiva, cerveza bávara y a Jean Paul, donde se puede disfrutar de la filosofía hegeliana o los valses de Strauss, donde uno puede leer, en el diario de moda, historias de crímenes de París y, a precio ridículamente económico, el Gordo de Nápoles, donde finalmente se puede oír o cantar una buena vieja o nueva canción sobre el “Padre Rin”. Pero nada de todo esto se encuentra en París, y aquí vive un sinnúmero de alemanes; ¡cuán grande ha de ser su aburrimiento!

Pero asimismo creo casi que el alemán es el único con quien, a la inversa, también pueden aburrirse los parisienses.

El asunto principal: se tiene a los alemanes en general por honrados, se confía en ellos, se les tiene por tontos, y para los parisienses, a su juicio, un tonto es un horror. Mas a quien no le es posible llegar a ser parte en aquellos picantes embustes, en aquellas ingeniosas bajezas de su prodigiosa naturaleza intrigante, a él han de tenerle por tonto, y -¡por Dios!- no pueden hacerlo de otra manera, pues quien aquí no sabe llega a la meta, o quien incurre en la debilidad de morirse de hambre, no puede tener entendimiento alguno, según los conceptos de París.

Con esto puede formarse un juicio sobre qué peligrosa virtud es, en París, la honradez, y qué triste ha de estar allí aquel que, queriendo no queriendo, tiene atribuida esta virtud. Por el peso de esta única virtud, el alemán se encuentra excluido de todo lo que hace a París brillante y envidiable: fortuna, riqueza, gloria y diversión no están aquí para él; él puede conocer sólo las sucias calles, los andrajosos pordioseros. A lo sumo, sólo el tendero es capaz de profesar respeto a esta virtud; la tiene en cuenta y da algo a crédito, pero sólo un poco, no demasiado, porque sabe que el desdichado poseedor de esta virtud jamás vendrá a la situación de poder pagar una cuenta mayor.

Este es el punto peor: el parisiense no cree capaz de la virtud de la honradez a ningún rico; todos los honrados son tenidos por él decididamente por pobres; pero la pobreza es el vicio mayor de París, y como a cada alemán se le considera exclusivamente como pobre, así pasa él hasta cierto punto por tonto y malo a la vez, es decir, por vicioso.

Es ésta una maldición terrible, que cae sobre nuestros compatriotas. Uno puede ser lo bastante rico según su propia convicción, pero será tratado, sin demostraciones estentóreas, pero también sin compasión, como pobre. Hasta el día de hoy me ha sido aún imposible convencer de mi bienestar a los parisienses, aunque devengo un ingreso anual de unos doscientos florines, una renta que en todo caso sería suficiente para reunir en torno a mí, en una capital alemana, a un fuerte número de gorrones. Pero aquí una situación económica tan floreciente no vale aún nada, e incluso he de experimentar que poco a poco se cree que antes bien ha de tenérseme por un inglés.

O sea, el caso es enteramente característico y sorprendente.

Como todo el mundo sabe, los parisienses son sumamente corteses; les es imposible decirle a la gente algo desagradable, salvo cuando se trata de dinero. Puesto que, en su opinión, un alemán y un hombre tonto, malo -esto es, honrado, pobre- han llegado a ser una y la misma cosa, así creen no poder tratarnos con mayor finura, cuando aparentan no tenernos por alemanes, sino por ingleses; no obstante, éste es un odio político, como todo el mundo sabe, y emana de la nación como masa. Pero cada francés aislado ama a cada inglés aislado hasta la muerte, le colma de atenciones y de testimonios de respeto, pues todo inglés es a sus ojos rico, incluso por muy pobre que éste quiera presentarse también a menudo. Así, ¿qué mayor lisonja puede decir un francés, sino: Pardon, monsieur, vous etes anglais?

Puesto que, ciertamente, innumerables alemanes han sufrido ya bajo estas malas costumbres francesas, así no puedo resistirme a confesar que las mismas también me han causado a mí hondo disgusto.

Mi mala estrella quiso que yo pisara por primera vez el suelo de Francia en Boulogne-sur-Mer; yo venía de Inglaterra, y en verdad de Londres, la ciudad de las costosas experiencias, y tomé aire cuando llegué al país de los francos, es decir, de las piezas a veinte perras chicas, y hube dejado detrás de mí el aborrecible país de las libras y los chelines; pues yo me había hecho el cálculo de que en Francia al menos tenía que vivir aún económicamente, lo que yo fundaba en la conclusión lógica de la relación de la perra chica con el penique, del que sólo doce de ellos dan el respetable chelín, mientras que el franco menos distinguido contiene veinte perras chicas. Con esto yo había deducido que sobre todo, con la ventaja del cálculo en céntimos, de los que, como es sabido, cien da un franco, podría ahorrar en todo caso una buena parte de mis ingresos anuales, circunstancia sobre la que fundé -y en verdad durante la travesía en el vapor- toda suerte de agradables esperanzas, propósitos y en particular planes. Finalmente, incluso había calculado que, después de algún tiempo, podría llegar a adquirir uno de aquellos palacios en el sur de Francia, cerca de los Pirineos, de los que el príncipe Puckler nos ha contado cosas tan agradables y baratas; por ejemplo, que para una vida decorosísima en un tal palacio no tendrían que necesitarse más de dos mil francos al año; yo creía que el príncipe Puckler había considerado incluso aún algo por lo alto esta suma, vista desde la perspectiva principesca, y estaba de acuerdo conmigo mismo en que, con ayuda de mi cálculo en céntimos, reduciría esta suma anual en todo caso en una cuarta parte, lo que entonces había de coincidir plenamente con mis ingresos. ¡Oh, crueles usos de los franceses, cómo habéis aniquilado estos magníficos planes!

Continúa…

BIBLIOGRAFIA

UN MÚSICO ALEMÁN EN PARÍS Y OTROS ESCRITOS. RICHARD WAGNER

EDICION Y TRADUCCIÓN DE ÁNGEL-FERNANDO MAYO. MUCHNIK EDITORES.

ESPAÑA. AÑO 2001.