EL ARTISTA Y EL PÚBLICO (RICHARD WAGNER)

Richard Wagner ha sido un notable pensador, no sólo ha escrito los textos de sus dramas musicales, sino que además, considerado como un excéntrico ensayista, nos ha legado una gran cantidad de escritos autobiográficos. Un material rico en reflexiones que nos permite reunir música y filosofía. No olvidemos que Wagner ha sido fundamentalmente un gran creador independiente, gracias a estar dotado de una permanente insatisfacción que lo llevaba a buscar más y más hasta alcanzar la esencia de su arte, es que hoy podemos disfrutar de uno de sus ensayos estético-culturales. Un artista completo, con una gran producción teórica y puesta en marcha de sus propios proyectos.

En el siguiente texto Wagner intenta poner en palabras los sentimientos que emergen en su ser cuando se halla en el estado de plena creación:

“Cuando estoy solo y las fibras musicales se estremecen en mí, sonidos confusos se forman en acordes y de ellos brota finalmente la melodía que me manifiesta como idea mi entero ser; cuando entonces el corazón da, además, su impetuoso compás con sonoros latidos, se vierte el entusiasmo en lágrimas divinas a través de los ojos mortales, que ya no ven, y entonces me digo a menudo: “Qué gran loco eres al no permanecer siempre en ti para vivir estas delicias únicas en vez de agobiarte, ante esa horrorosa masa que se llama público para ganarte, por medio de una conformidad del todo insignificante, el absurdo permiso para ejercer tu talento de compositor”. ¿Qué puede darte este público con su más brillante acogida, que también tiene sólo la centésima parte del valor de aquella confortación sagrada procedente tan sólo de ti? ¿Por qué los mortales bendecidos con el fuego del astro divino abandonan su santuario y corren sin aliento por las calles embarradas de la capital y buscan con vehemencia hombres aburridos, obtusos, para sacrificarles con ímpetu una dicha indecible? ¡Y qué esfuerzos, excitaciones y desengaños vivieron para poder llevar a efecto una gran parte de su vida para llevar a la multitud a oír lo que ella no puede entender! ¿Sucedió esto por necesidad, tendría que detenerse un bonito día la historia de la música? ¿Debían en cambio arrancar las más bellas hojas de la historia de su propio corazón y romper así los eslabones de la cadena que ata mágicamente las unas a las otras a las almas afines a través de los siglos, mientras que aquí únicamente puede hablarse de escuelas y maneras?”

El compositor se pregunta fundamentalmente si es necesario exteriorizar lo creado para el público. ¿Cuántos compositores, escritores, pintores han creado sólo para sí mismos?. Wagner duda sobre lo que puede recibir a cambio del público, de su notable esfuerzo. Pareciera estar siempre deseando un cambio, por otra parte nunca ha estado de acuerdo con las estructuras impartidas por los maestros, en su infancia solía abandonar sus clases, no estaba a gusto con los métodos tradicionales.

Ahora se cuestiona por el “genio”, en realidad, habla de sí mismo.

“Con esto ha de haber una circunstancia especial, incomprensible; quien se siente sujeto a su poder, ha de tenerla por perniciosa. Ciertamente, lo más inmediato sería aceptar que el afán del genio fuera justamente comunicarse sólo dondequiera sin consideración: ¡fuerte suena en ti, fuerte debe sonar también ante otros! Sí, se dice, el deber del genio es vivir para agradar a la humanidad; ¡quién se lo ha endosado a él, sábelo Dios! Sólo se halla que este deber no le viene a él jamás a la conciencia, y muchísimo menos cuando el genio está justamente dedicado a su función de creador. Pero no debía tratarse entonces de ello; sino que, cuando ha creado, entonces debe sentir la obligación de pagar con sus servicios el enorme privilegio que tiene ante todos los mortales, de manera que da su quehacer a éstos lo mejor que puede. Pero en relación con el deber, el genio es la naturaleza más carente de escrúpulos: no lleva a nada a cabo por razón de él, y yo creo que su trato con el mundo no se rige ciertamente por él en absoluto, sino que siempre permanece conforme a su naturaleza; en lo más bobo en que incurre sigue siendo genial, y creo que en su impulso de llegar al público subyace antes un móvil de dudoso significado moral, que sólo para él no alcanza de nuevo conciencia clara, pero que es lo bastante serio como para exponer incluso el mayor artista a un trato desdeñoso. En todo caso, este apremio por llegar al público es difícil de comprender, cada experiencia le hace sentir que se sitúa en una esfera mala, y que él puede entonces irle bien en alguna medida sólo cuando se proporciona a sí mismo una mala apariencia. El genio, ¿no huirían todos ante él, si se mostrara en su divina desnudez, como es? Quizás éste es realmente su instinto; pues si no alimentara el convencimiento de su purísima castidad, ¿cómo podría entusiasmarle en el acto creativo un algo impúdico deseo de autocomplacerse? Pero el primer contacto con el mundo obliga al genio a velarse. Aquí la regla dice: el público quiere entretenerse, y busca tú ahora llevarle lo tuyo bajo la capa del entretenimiento. Pudiera decirse así que el genio debe ganar la necesaria abnegación para ello desde el sentimiento de un deber; pues el deber, como la coacción, contiene el precepto de la abnegación, del autosacrificio. Pero ¿qué deber se exige del hombre? ¿Debe sacrificar su honor, el de la mujer, su honestidad? Al contrario debe dársele al deber, por amor a él, en caso necesario todo el bienestar personal. Pero más que el honor para el hombre, más que la honestidad para la mujer, el genio es justamente él mismo; y si se le vulnera en lo más mínimo en su propia naturaleza, la cual encierra en sí el honor y la vergüenza en medida extrema, entonces él no es nada, nada ya en absoluto.

Es imposible que el deber sea lo que impulsa al genio a la terrible abnegación con la que se entrega al público. Aquí ha de haber un secreto demoníaco. El, el bienaventurado, el felicísimo, el inmensamente rico, va a mendigar. Mendiga vuestro favor, a vosotros los aburridos, a vosotros los anhelosos de diversiones, a vosotros vanos presumidos, ignorantes sabelotodos, críticos perversos de corazón, envidiosos, venales, y ¡Dios sabe!, de todo lo que tú quieras estar compuesto, ¡tú, público del arte, instituto de la opinión pública! ¡Y qué humillaciones soporta! El santo martirizado sonríe transfigurado, pues lo que ningún martirio puede alcanzar es justamente el alma bienaventurada. Sonríe el combatiente, arrastrándose asombrado por el chaparrón nocturno, pues lo que permanece incólume es su honor, su valor; sonríe la mujer, que por su amor sufre escarnio y burla, pues la salvación eterna, el honor, el amor están ahora transfigurados y resplandecen con el mayor brillo. Pero ¿y el genio que se expone a la burla porque ha de pretender el querer gustar? Qué dichoso y complacido ha de considerarse el mundo porque los tormentos del genio pueden serle tan mínimamente conocidos.

¡No! Nadie busca estas penas por sentimiento del deber y, a quien quiera imaginarse esto, el deber le nacería de una fuente muy diferente. El pan de cada día, el mantenimiento de una familia, éstos son móviles importantes para ello. Sólo que éstos no producen efecto en el genio. Estos determinan al asalariado, al artesano; ellos también pueden determinar al hombre de genio al trabajo artesanal, pero no pueden espolearle a crear ni tampoco a elevar al mercado lo así producido. Sin embargo, de esto se trata, esto es, de cómo explicar el apremio que, con afán demoníaco, impele a conducir al mercado público precisamente este bien nobilísimo y el más exclusivamente propio.

Ciertamente se efectúa aquí una mezcla de naturaleza misteriosa, la cual tenía que mostrarnos el ánimo del artista altamente dotado flotando en sentido propio entre el cielo y el infierno, si pudiéramos explicárnosla por entero. Sin duda, aquí está el impulso divino a la comunicación desde la propia beatitud interior a los corazones humanos de todo lo dominante únicamente fortalecedor en las necesidades más terribles. Este impulso alimenta en todo tiempo de una fe del genio en sí, a la que ninguna otra iguala en vigor, y esta fe llena de nuevo al artista con el orgullo que justamente le hace caer en el tráfico con las fatigas de la miseria de la tierra. Se siente libre y también quiere serlo en la vida: no quiere tener nada en común con su necesidad; quiere dejarse llevar ligero y libre de toda preocupación. Esto puede darle resultado si su genio es reconocido universalmente, y así es útil traerle a este reconocimiento. Si de esta manera ha de aparecer él ambicioso, él no es así; pues no importa en nada el honor, sino seguramente al gozo, a la libertad. Pero ahora encuentra sólo a ambiciosos o a quienes también se contentan con el gozo sin honor. ¿Cómo diferenciarse de éstos? Cae en una mezcolanza en la cual tiene que pasar necesariamente por alguien enteramente distinto de lo que es en realidad. ¡Qué descomunal astucia, qué precaución para el paso más pequeño necesitara aquí, para acertar en cada momento y precaverse del error! Pero él es la torpeza misma y, frente a las bajezas de la vida puede emplear la prerrogativa del genio sólo para enredarse en continua contradicción consigo mismo, y así, un juego de la maldad, dilapida sin objeto su enorme talento, que arroja a la infamia misma. Y en verdad él sólo quiere ser libre para hacer imperar su genio puramente feliz. Esto le parece una exigencia tan natural que no comprende cómo habría de ser negada su satisfacción: ¿se trata sólo de manifestarle claramente el genio al mundo? Esto, así lo piensa siempre, tendría que darle buen resultado, si no mañana, sí ciertamente pasado mañana. ¡Como si la muerte no fuera aquí nada! ¿Y Bach, Mozart, Beethoven, Weber? ¡Quizá pudiera conseguirse una vez! ¡Es una miseria!

¡Y parecer en esto tan ridículo!

Si él, este que vemos ante nosotros, se ve a sí mismo, al fin tiene que reírse también de sí mismo. Y esta risa es quizá lo más peligroso de todo para él, pues únicamente le hace siempre y de nuevo capaz de empezar otra vez la loca danza. Pero aquello de lo que se ríe es de nuevo algo del todo distinto: esto es burla, aquello es orgullo. Pues él se ve justamente a sí mismo, y su volver a reconocerse en este infame quid pro quo, en el que ha caído, le dispone a esta descomunal jovialidad, de la cual ya nadie es capaz. Así le salva la ligereza y le trae siempre de nuevo espantosos sufrimientos. Confía en el poder de jugar incluso con la corrupción: sabe que mentiría tanto como quiera pero que jamás se empañará su fidelidad, pues en cada roer del dolor siente que ella es su alma; y como raro consuelo observa que nadie cree sus mentiras, que él no es capaz de engañar a nadie. ¿Quién debe tenerle por un bromista? Pero ¿por qué da entonces la apariencia de esto? El mundo no le deja otra salida, para proporcionarle la libertad; ésta, arreglada para el entendimiento del mundo, no parece otra cosa que sencillamente… dinero. El reconocimiento de su genio debe ganárselo, y sobre esto está fundado el entero loco juego. El sueña ahora: “¡Dios, si yo fuera éste o aquél! ¡Por ejemplo, Meyerbeer!”. Así una vez soñó Berlioz recientemente lo que haría si fuera uno de aquellos desdichados a quienes pagan quinientos francos por una romanza cantada que no vale cinco monedas de cinco céntimos: aquí quería él llevar la mejor orquesta del mundo a las ruinas de Troya, y hacerse tocar allí por ella la Sinfonía Heroica. ¡Se ve adónde puede volar la fantasía del pordiosero genial! Pero algo así parece posible. Una vez ocurrió algo realmente nada común. Precisamente Berlioz supo que el prodigiosamente avaro Paganini le homenajeaba con un regalo importante, (Diez mil francos, que permitieron a Berlioz componer la sinfonía dramática Romeo y Julieta). (N. del T.) Un caso semejante vale ahora para el comienzo. A cada uno le encuentra una vez una señal tal, es la soldada publicitaria del infierno, pues habéis atraído la envidia sobre vosotros, el mundo no os dispensa ya jamás compasión, pues “os fue dado más de lo que merecíais”.

¡Dichoso el genio al que jamás le sonrió la fortuna! Esta es en sí misma tan excepcional: ¿qué debe ser para él aún la fortuna?

También se dice de él esto; si sonríe… y ríe, se fortalece de nuevo; amanece y emerge de él; desde él suena nuevamente más claro y delicioso que nunca. Una obra, que ni él mismo sospechó jamás, crece y se desarrolla en callada soledad. ¡Esto es! ¡Esto es lo recto! Esto ha de entusiasmar a todo el mundo: ¡oírlo una vez, y después…! ¡Ahí veis correr a los furiosos! Es el viejo camino, que ahora se le aparece nuevo y magnífico: el excremento le salpica; aquí da contra un lacayo que, en su pompa, le tiene por un general y le dirige empleado del banco, en cuya bolsa de dinero sobre los hombros se golpea la nariz, haciéndose sangre. ¡Todo esto son buenas señales! ¡Corre tropieza, y al fin está de nuevo allí en el santuario de su verguenza! Y todo viene y se va de nuevo, “pues -canta Goethe- toda culpa se venga en la tierra”.

Y sin embargo le protege un genio bueno, probablemente el suyo propio, pues la satisfacción de sus deseos nunca llega. Si la consiguiera una vez, ¿sería él bien acogido en aquel santuario prodigioso, lo que de otro modo, además, pudiera haberle ayudado como un enorme malentendido, efectuándose suavemente día a día? Se había creído que serías un hombre sensato y que te acomodarías, puesto que asimismo desearías apremiantemente un éxito: aquí éste está garantizado con tan sólo hacer esto o aquello adecuadamente; allí está la cantante, allí la bailarina, aquí el gran virtuoso: ¡arréglate con éstos! Allí están y se agrupan en las puertas prodigiosamente festoneadas, a través de las cuales debéis llegar hasta el único grande, el público.

Mira, todo el que las atraviesa y ahora es dichoso, ha hecho su pequeño sacrificio. ¿Cómo, por todos los demonios, habría podido sostenerse la Gran Opera si se hubiera conformado en sentido estricto con insignificancias?

¿Puedes mentir?

¡No!

Ahora eres maldito, despreciado, como en Inglaterra los “ateos”. ¡Ningún hombre decente hablará más contigo!

Así, espera siempre que tu genio bueno te evite esto.

Ríe, sé ligero, pero soporta, y atorméntate; así irá todo bien.

¡Sueña! ¡Esto es lo mejor de todo!.

Richard Wagner. Un músico alemán en París y otros escritos.(1840-1841)
Personalia de Muchnik Editores – Barcelona – 2001.

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