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Alba y Honduras

Nunca deja de impresionar Hugo Chávez cuando con desparpajo sigue hablando de Honduras sin reconocer que el problema que llevó al país a la situación compleja en el que está sumergido, se debió a su injerencia directa en los asuntos internos del país centroamericano.

No hay mayor responsable en los desvaríos que tuvo Manuel Zelaya que el propio Chávez, a quien los hondureños rechazaron cuando Zelaya decidió integrarse al Alba hipotecando un futuro ideológico, y cuando posteriormente quiso imponer su voluntad a pesar de las restricciones constitucionales.

Está bien y en su derecho que Chávez y su Alba condenen lo que quieran condenar, despotriquen contra el imperialismo yanqui y hayan tenido todo tipo de opiniones a favor y en contra de EEUU por su papel durante la crisis; pero está mal que no reconozcan la infinita cantidad de errores que hicieron cometer a Zelaya para que la situación siga empantanada.

Con su posición ideológica belicista tampoco le están haciendo un favor a la democracia, ni a la reconciliación que desde este lunes está buscando mediante el diálogo Porfirio Lobo, ya que simplemente pretenden salirse con la suya, lograr que Zelaya obtenga un salvoconducto antes del 27 de enero y así empezar un interminable peregrinaje rasgándose las vestiduras.

El permitir la salida de Zelaya solo a través de una petición de asilo, es una forma inteligente del gobierno actual para lograr cierto silencio en el fututo. La única forma, quizá, de comprometer a la comunidad internacional a que desatienda oídos a Zelaya y que se le permita gobernar con tranquilidad a Lobo. Pero claro, del otro lado está el imprevisible Hugo Chávez, y con él nada es seguro ni tranquilo.

Fiesta hondureña

La participación como votante en una contienda electoral es la máxima expresión del ser democrático, y hay poco que se pueda comparar con ello en una democracia. El pueblo hondureño está de parabienes, preparándose para la fiesta de mañana a pesar de que algunos ciegos no reconozcan o quieran reconocer un proceso que estaba inscripto mucho antes de los hechos del 28 de junio.

Gane Porfirio Lobo o no, así haya mayor cantidad de votos en blanco o no, abstencionismo o no, lo importante que este domingo es el día más importante de la historia moderna hondureña, bisagra entre un período conflictivo y otro que deberá llenarse de diálogo para llegar a enero con un nuevo presidente reconocido por todo el mundo, aunque siga la diatriba de los países del Alba, ruido al que habrá que acostumbrarse y que no tiene más decibeles que una política ideológica gritona y chillona.

Desde antes del 28 de junio cuando se violaron los preceptos constitucionales que culminaron con la ruptura de la presidencia de Zelaya y hasta que se alejó del cargo Micheletti, todos los países y los organismos multi gubernamentales tuvieron la opción de acompañar o no el nuevo proceso de gobierno. Más allá de los que decidieron en su momento, las elecciones de este 29 de noviembre son el punto de unión y unificación de criterios para darle a los hondureños la razonabilidad de la duda y permitir que afronten la institucionalidad mediante su Congreso y la Corte Suprema.

Que Zelaya sea restituido o no, ya no es tan importante como que mañana, tras ser elegido el nuevo presidente democrático, todos los ciudadanos gocen de la fiesta electoral y el mundo de la bienvenida a una Honduras democrática y transparente.

La suerte de Zelaya va por otro camino y eso debe preocupar solo al Congreso y a la Corte Suprema que bajo acuerdo político se han convertido en las dos instituciones que deberán velar por la restitución o no. Lo que todo hondureño hace votos, así como la comunidad internacional, que la restitución se ajuste a debido proceso y no esté contaminada por los revanchismos políticos.

Patricia Rodas y la constituyente

Patricia Rodas volvió a las andanzas del depuesto Manuel Zelaya, insistiendo ante el canal chavista de Venezolana de Televisión, que apenas Zelaya sea restituido deberá convocarse a una constituyente, a la que calificó de “obligación”.

Uno ya no sabe si se trata de una estupidez política, de una verdadera intención o de un sarcasmo digno de estos tiempos, teniendo en cuenta que por ese camino fue justamente destituido Zelaya al tratar de convocar la “cuarta urna”, un golpe a las demás instituciones del Estado y a la Constitución que prohibían su ejecución.

Todo en Honduras puede ser discutido y será discusión perenne en el futuro. Sin embargo, lo que habría que tener claro, y según el propio Zelaya lo suscribió con el último acuerdo, es que se debe renunciar por el momento, al menos en el período presidencial que culminará en enero, a cualquier intento de reforma alguna, habiendo sido el problema que generó la crisis política actual.

Una vez más, la desafiante Rodas se hace eco de los intereses de Zelaya y de los que se esconden detrás de él – llámense sus amigos nucleados en el ALBA – que firman una cosa con la mano, lo borran con el codo o se retractan con la boca.

Aunque las elecciones puedan estar cuestionadas por muchos en la comunidad internacional, solamente por tratar de ser principistas respecto a la necesidad de que Zelaya debe ser restituido con anterioridad a los comicios, lo cierto es que – con él o sin él – se podrá dar una vuelta de página y todos ganar en tranquilidad.

Corte o Congreso: camino allanado

Voluntad política es lo que se reclamaba y parece que los enviados estadounidenses lograron lo que ni la OEA ni Oscar Arias pudieron antes: diálogo y acuerdo en ciernes.

Por iniciativa de Roberto Micheletti, pareciera que se cedió para que la restitución de Manuel Zelaya pase por el Congreso y no por la Corte Suprema; aunque claro, el Congreso tendrá que escuchar si la Corte mantiene o descarta varios de los 18 cargos que sostiene en contra del depuesto presidente, entre ellos el de traición a la patria.

Las inminentes elecciones y su reconocimiento internacional, pero especialmente la paz entre los hondureños, hacían presagiar que alguien debía tirar la toalla o sacar un as de la manga. Cualquier de estas dos visiones pueden atribuirse de la misma forma a cualquiera, a Micheletti o a Zelaya, así como muchos siempre pensaron que la verdad es que se trató de un golpe de estado y otros muchos de la verdad fue que se trató de una reposición constitucional.

Zelaya si es restituido tendrá que ser parte, quizás, de un gobierno de transición al que le queda poco tiempo para gobernar, sólo simbólicamente y sin posibilidad alguna de buscar cambios de ninguna naturaleza que podrían hacer pensar a algunos trasnochados (Chávez quizás) sobre una posible reelección.

Micheletti necesita retirarse del poder como gran demócrata y fiel servidor de gran parte de un pueblo que piensa que fue firme como nadie ante tanta presión y a su democracia. Y Zelaya necesita ser restituido para irse y que entre los suyos lo consideren el héroe que siempre luchó por sus ideales y por su democracia.

Ambos necesitan una situación ganar – ganar y mal harían los otros dos poderes del Estado en no permitir esta salida “elegante” para ambos y especialmente para todos los hondureños.

Ahora bien. Habrá euforia y decepción para ambos grupos. Y los líderes tendrán que saber convencer a sus seguidores – y a quienes no siguen ninguna de estas dos posturas – que este arreglo es el más conveniente, que no es una manipulación política más de sus conciencias y voluntades; y darles garantías institucionales que cualquier pacto y posterior desenlace será respetado sin excusas.

La exageración de Lula

Ignacio Lula da Silva tiene todo el derecho a reclamar ante el gobierno de Roberto Micheletti que debería devolver la presidencia al Manuel Zelaya y puede disponer de sus opiniones para alinearse con gran parte de la comunidad internacional sobre la crisis en Honduras; e indistintamente tratar de agradar a Barack Obama como a Hugo Chávez.

Hasta ahí muy bien. Es el presidente con mayor aceptación popular en las últimas décadas en Brasil gracias a la suertuda estrategia petrolera, consagraciándose además con su pueblo atrayendo un Mundial de Fútbol y las Olimpíadas para el 2014 y el 2016 respectivamente.

Pero ahora esa prédica estentórea contra Micheletti, justo en el momento que se deben limar asperezas para el diálogo, parece ser más la continuación de una política exterior brasileña que nunca gozó de mucha popularidad ni inteligencia a nivel universal. Lula está interfiriendo en asuntos internos de otro país, no simplemente por unas declaraciones histéricas, sino más bien por haber tenido la intención de apoyar desde el comienzo para que Zelaya entre clandestinamente al país y permitirle hacer de su embajada una morada permanente y utilizarla como tribuna política, lo que contrasta contra cualquier tratado internacional sobre no intervención y diplomacia.

Lula califica de ilegal al gobierno de Micheletti, pero las acciones adoptadas por Brasil de interferir mediante el discurso y la utilización de su territorio en forma política para agredir a otro país, también son ilícitas y una exageración de la diplomacia brasileña. El viejo adagio de que el fin no justifica los medios, pareciera ser la norma en esta situación.

Incluir al ciudadano de a pie

Roberto Micheletti restauró los derechos civiles, se reunió con diputados estadounidenses que defendieron la transición constitucional y las futuras elecciones, y recibirá el miércoles a la delegación de cancilleres de la OEA, ¡y todo en un día! … como si los planteas se hubieran alineado de golpe, y algo positivo podría pasar esta semana.

Más allá de cualquier arreglo, Acuerdo de San José o no de por medio, lo importante será ver que las partes tengan en cuenta a los ciudadanos de a pie, quienes, en muchos casos, han sido tironeados a favor de una u otra posición y son quienes en una negociación política podrían sentirse desahuciados o tener la sensación de terminar con las manos vacías.

Será importante esperar que en el proceso de arbitraje o negociación el protagonista principal, ese que es cortejado y mimado en cada elección, no sea dejado de lado. De lo contrario, los ciudadanos se sentirán decepcionados y traicionados.

La paz y unidad de los hondureños no se logrará tan solo si los políticos se despojan de las pasiones y ceden. Necesitarán más que eso. Necesitarán que los ciudadanos de a pie se sientan incluidos, que sus sentimientos y preocupaciones sean tenidos en cuenta. En ello radica el verdadero arte de la política, en la inclusión y la búsqueda del consenso.

Acuerdo San José: solución viable

Esta semana comenzará el diálogo en Honduras, como si los planetas por fin parecieran estar alineados.

Aunque las apariencias parecieran decir otra cosa, creo que el Acuerdo San José beneficiaría definitivamente a Honduras, tal lo expliqué en la columna de la semana pasada que tiene todavía vigencia hoy:

Brasil es conocido por practicar el “jogo bonito” en el fútbol, pero esta semana se lució con una polémica jugada política al dar refugio en su embajada de Tegucigalpa al depuesto presidente hondureño, Manuel Zelaya, forzando una negociación sobre su regreso a la Presidencia que parecía estancada.

Muchos – y con razón – sospechan que la jugada del presidente Ignacio Lula da Silva podría haber sido sugerida por el mentor de Zelaya, el presidente Hugo Chávez; después de todo, ambos se plegaron al unísono reclamo internacional que exige el regreso de Zelaya al poder y exaltaron su juego en el momento más visible, justo durante la asamblea general de las Naciones Unidas.

Sin embargo, tras el desembarco de Zelaya, el juego bonito de Brasil pudiera estar beneficiando más a Barack Obama, a los intereses de Estados Unidos y a los de Roberto Micheletti, que al propio Chávez. Es que sin una negociación, Micheletti hubiera seguido arrastrando el peso de la condena internacional, el quite de ayuda financiera y humanitaria y el peligro de que el resultado de las elecciones del 29 de noviembre no fueran reconocidas, prolongando una crisis ingobernable.

Con Zelaya en el país, protegido en territorio brasileño, y con la posibilidad de generar ingobernabilidad a través de sus seguidores, Micheletti no tiene otra opción más que negociar. Más allá de que defienda con tozudez su tesis de que no fue golpe de Estado sino transición constitucional, lo cierto es que sobre sus espaldas carga la responsabilidad de haber aislado a Honduras y de transformarla en un país más pobre de lo que era.

Ante este oscuro panorama, Micheletti empezó a ceder. Habla de dialogar con Zelaya, reconoce de nuevo las virtudes del Acuerdo de San José que propuso el presidente costarricense Oscar Arias y encontró en Jimmy Carter a otro interlocutor válido para dejar de lado a la OEA y a José Miguel Insulza, de los que desconfía.

La opción frente a él y su flamante gobierno no parece ideal, pero es honrosa y puede aplacar una crisis que todos en la intimidad reconocen fue provocada por las bravuconadas de un Zelaya que, envalentonado con los petrodólares de Chávez, quiso destruir la férrea cláusula constitucional de que en Honduras está prohibido perpetuarse en el poder. Bien o mal, Honduras está en el mapa, y el expansionismo chavista fue denunciado.

Así, la propuesta de Arias se convierte en una salida airosa y conforme a los intereses que provocaron el golpe de Estado. Si bien restituye a Zelaya como presidente, lo condiciona con un gobierno de coalición o de unidad nacional que debe continuar la convocatoria a elecciones presidenciales con la prohibición de la reelección.

De esta forma, Micheletti, el Congreso nacional y la Corte Suprema de Justicia que provocaron el golpe contra Zelaya, se podrán sentir conformes de que la Constitución será inviolable, de que repelieron al invasivo chavismo y de seguir estudiando la posibilidad de quitarle a Zelaya la inmunidad para procesarlo por otros delitos. Y todo esto, garantizado con vigilancia internacional.

Chávez, quien pareciera estar pegando un “jonrón” con la puesta de Zelaya en escena, contradictoriamente se quedaría con las bases vacías una vez que éste ocupe en forma transitoria la presidencia, porque a partir de enero, y sin Zelaya, su revolución socialista ya no tendría donde anidar en Honduras.

Obama, por otro lado, sin tanto aspaviento – haciendo caso omiso del propio Zelaya y de Chávez que alguna vez lo encomiaron a “hacer lo posible para restituir el orden”, aunque indistintamente lo insultaron por instigar el golpe – lograría hacer prevalecer el principio democrático y mancomunado que defendió ante la asamblea de la ONU distanciándose de políticas que lo precedieron y alejar el chavismo de tierras hondureñas que siempre tuvieron su guía en el Norte. Más aún, sentaría un precedente en la región para que otros gobiernos sopesaran las consecuencias de sumarse a Chávez o prefieran su liderazgo o el de Lula, como optó el presidente salvadoreño Mauricio Funes.

Influido o no por Chávez, casual o intencionalmente, lo cierto es que la jugada de Brasil se transformó en un “jogo bonito” para Obama, mientras que Lula se encarama como un árbitro de lujo.

Acuerdo Arias: el más sensato

Cuanto más escucho y leo sobre propuestas e ideas para que la crisis hondureña se solucione, confío que la más sensata termina siendo el Acuerdo de San José ideado en julio por el presidente costarricense, Oscar Arias, la cual, en aquella época, parecía demasiado inclinada a favorecer al depuesto presidente Manuel Zelaya.

Semanas interminables después, y con un Zelaya dentro del país y una comunidad internacional que no baja la guardia en su exigencia de que sea restituido, el Acuerdo Arias parece ser el camino a una salida razonable, si se la compara con las propuestas que desde los diarios, algunos políticos y empresarios se están haciendo, ya sea para que Roberto Micheletti siga, para que Zelaya regrese y todo lo que hay entremedio.

Lo más importante es que se puedan efectuar las elecciones de noviembre, que la comunidad internacional las registre como tal, que se gane en transparencia y que se siga prohibiendo cualquier método o actitud de que se modifique la Constitución. Eso en realidad es lo que quiere Micheletti y gran parte del pueblo hondureño, y lo que ofrece la propuesta de Arias, claro está, con un regreso “temporal” de Zelaya al sillón presidencial.

Claro está, que esta solución que parecía distante semanas atrás, volvió a cobrar fuerza tras el convivio de Zelaya en la embajada brasileña de Tegucigalpa, y ese es un hecho político en sí mismo que, correcto o no, ha precipitado un arreglo.

El problema de las crisis es que siempre genera polarización por lo que cualquier arreglo siempre traerá sinsabores a un sector de la población, muy especialmente a aquellos que están muy arraigados con la posición de uno u otro líder de los bandos en pugna. Es decir, quienes son partidarios de Micheletti se sentirán traicionados si el gobierno concede el regreso de Zelaya al poder. Lo mismo sucedería si los partidarios de Zelaya, después de tantas manifestaciones a su favor, tendrían que conformarse si hubiera un arreglo que no contemplara su regreso a la Presidencia, aunque sea por unas horas para poder celebrar y cantar victoria.

Estos tiro y afloje entre los políticos, son parte de un juego de fuerza que permiten que todos se vayan acomodando a la idea de que pudieran no ser favorecidos. Y esto es lo bueno que puede acarrear una negociación lenta y segura, ya que si no se atiende con responsabilidad la potencial reacción de los desahuciados, esta puede generar conflictos sociales muy difíciles de controlar.

Infantilismo de Micheletti

Más allá de los hechos políticos de estos días, el decreto del gobierno hondureño de prohibir las garantías constitucionales muestra cierto infantilismo político de parte del presidente Roberto Micheletti.

Si bien la medida es una reacción al llamado a la insurrección de parte del irresponsable presidente depuesto Manuel Zelaya y del gobierno de Brasil que le permite usar suelo brasileño con ese fin, Micheletti ha exagerado quitando las libertades públicas a todos los ciudadanos y, mucho más, permitiendo que las autoridades puedan cerrar los medios de comunicación que consideren perturbadores para la tranquilidad nacional.

Mejor sería que restablezca todas las garantías constitucionales y que movilice a la Justicia y a las fuerzas de seguridad para que actúen en contra de las turbas si es que se convierten en un factor de inseguridad pública. Pero quitarle a todos los ciudadanos el derecho a movilizarse, a reunirse, a asociarse, a estar informados por los medios de su elección, es francamente un castigo para todos los hondureños y, en todo caso, un signo inmaduro, infantil y de debilidad política.

El gobierno ya ha cerrado dos medios de comunicación que se han mostrado y comportado como activistas, más que desarrollando una actividad periodística en sí, pero ello es igualmente indicativo de que se está violando la libertad de expresión. Si se justifica el criterio de cerrar Canal 36 y Radio Globo, en algún momento, el mismo atropello podría ser utilizado contra otros medios que pudieran tener otra tendencia o criterio editorial, porque solo bastaría que una autoridad competente dijera que la información – por más verdadera que fuera – pudiera estar acarreando intranquilidad para la nación.

A pesar de que uno comparta o no el criterio editorial de Canal 36 y Radio Globo, estos medios tienen todo el derecho de buscar la verdad de la forma que lo desean, claro está, que si cometen algún delito, tienen responsabilidades ulteriores de acuerdo a lo que establecen las leyes por lo que deben ser demandados ante la Justicia. Lo que no debe hacerse, es crear leyes – como pudiera interpretarse lo que significa la aplicación de un decreto o un estado de sitio o de excepción – para generar censura previa, es decir prohibir que puedan informar.

Lo mejor que le pudiera pasar al régimen de Micheletti es que recapacite, que vuelva hacia atrás, desactive este decreto que conculca las libertades y trate de buscar una salida pacífica a este entuerto. Como dije en otros posts, creo que lo más sensato hasta ahora y que resulta en una salida elegante para ambas partes – al menos la más elegante – es aceptar el Acuerdo de San José propuesto por el presidente costarricense Oscar Arias. De esa forma, Zelaya al poder pero con un gobierno de unidad nacional y camino hacia unas elecciones en la que no podrá tener ningún tipo de opción una “cuarta urna” y una salida del poder en enero, termina siendo, al fin y al cabo, el anhelo que tuvieron Micheletti, el Congreso y la Corte Suprema, cuando decidieron voltear a Zelaya el 28 de junio para que no busque perpetuarse en el poder y violar la Constitución.

Indicios de humo blanco en Honduras

Quiérase o no, la llegada de Manuel Zelaya a Honduras, por más refugiado que esté en la embajada brasileña de Tegucigalpa, ha precipitado unos cambios que parecen con viento favorable.

Roberto Micheletti, ante la presión internacional y el escarnio en las Naciones Unidas, parece estar más dispuesto que nunca a negociar. Tras una llamada de Jimmy Carter y aceptando de nuevo revisar la propuesta del presidente costarricense Oscar Arias, pareciera que se encontrará una salida airosa y razonable.

Probablemente Zelaya regresará al poder, condicionado por un acuerdo que prevé un gobierno de coalición y unas elecciones sin reelección, lo que en definitiva fue la cláusula violada que derivó en el golpe de estado. Así que todo volvería al inicio, es decir a una presidencia de Zelaya con fin anunciado y con una inmunidad que podría ser levantada para procesarlo por delitos que van más allá de las decisiones políticas.

Obviamente, un acuerdo de estas características parece a primera instancia más favorable a los intereses de Zelaya. Sin embargo, si uno analiza con perspectiva podrá avizorar todo lo contrario. Zelaya se irá y con él las ansias del chavismo de expandirse por todo el país. La crisis se irá desinflando y de a poco la comunidad internacional volverá a confiar en un país, restituyendo la ayuda financiera y humanitaria, además de las inversiones, que tanto se necesitan.


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