A confesión de partes…
El dicho dice “A confesión de partes, relevo de pruebas” y se puede aplicar perfectamente al gobierno venezolano. Anoche, el canciller Maduro expulsó a funcionarios de Human Rights Watch, después de que ofrecieron un informe crítico sobre las violaciones a los derechos humanos en el país.
La actitud del gobierno de Chávez es una evidencia de la cada vez más profunda intolerancia contra toda a aquella persona o institución, nacional o extranjera, que se atreva a criticar al gobierno. Su manía por desacreditar es persistente y tiene siempre la misma excusa conspirativa. En este caso, como era de esperar, argumentó HRW es parte de la estrategia imperialista norteamericana.
La intolerancia a la libertad de expresión, a la crítica, es una confesión de parte, que indica cuán autocrático se ha convertido el régimen. José Miguel Vivanco y Daniel Wilkinson fueron escoltados anoche al aeropuerto de Maiquetía porque según el gobierno agredieron a “las instituciones de la democracia venezolana” y “es política del Estado venezolano hacer respetar la soberanía nacional y garantizarle a las instituciones y al pueblo su defensa frente a ataques internacionales que responden a intereses vinculados y financiados por el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica”.
En realidad, lo de HRW no debería haber sorprendido al gobierno, porque muchas de las críticas y las violaciones que remarcó ya las han incluido otras organizaciones en sus informes y los medios nacionales las remarcan continuamente. La SIP, por ejemplo, viene señalando desde hace años las violaciones al ejercicio periodístico y fue por prevención a esas críticas, que el Congreso la declaró como organización “non grata” en la reunión de marzo pasado en Caracas, debido a que “(vienen) a desacreditar la revolución bolivariana, ofender al pueblo venezolano y atentar contra el prestigio y la credibilidad del Presidente de la República”.
Lo que le molestó a Chávez esta vez es que el informe se da muy cerca de noviembre, época electoral en Venezuela, para la cual ha proscripto a un gran número de políticos de la oposición que tenían chances de arrebatarle algo de poder. Chávez no tiene vergüenza ni le importa tomar este tipo de medidas, está totalmente jugado a su revolución, por eso ha creado una Constitución a gusto y placer, ha defenestrado a la oposición, mantiene un Congreso unilateral, una justicia dependiente y una espada sobre la cabeza de los medios y periodistas independientes.
Chávez cree además que nadie tiene derecho como él, a ir a otros países a despotricar contra sus opositores. Lo hace en el Unasur, en la ONU, en la OEA o en Bolivia, Nicaragua, Ecuador y en Cuba muy frecuentemente, y lo acaba de hacer hace poco en Honduras, donde criticó a las oligarquías, a los medios enrostrándoles ser lacayos del imperio.
Este episodio me recuerda a las dictaduras militares del Sur, particularmente la de Rafael Videla, en 1978 cuando la copa mundial de fútbol. Ante la crítica de organismos internacionales sobre las violaciones a los derechos humanos, había una contra propaganda del régimen cuyo lema era: “Los argentinos somos Derechos y Humanos”. Años después nos avergonzamos.
Posiblemente HRW sopesó las consecuencias e impacto de dar el informe en Venezuela o en su sede en Washington. Puede discutirse si fue un error o no; pero lo que no deja discusión es que se hace necesario seguir denunciando los atropellos a los derechos humanos en todo lugar. El estudio, “Una década de Chávez: Intolerancia política y oportunidades perdidas para el progreso de los derechos humanos en Venezuela”, prueba que Chávez está acabando con las garantías y derechos democráticos de los venezolanos.
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