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La visita: Ejemplo de Servicio y Amor

La Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel

Cuando el ángel anunció a María el misterio de la Encarnación, le dijo también que su pariente Isabel había concebido un hijo en su vejez, y ya estaba de seis meses aquella a quien llamaban estéril. Poco después, María se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá, Ain Karim, seis kilómetros al oeste de Jerusalén y a tres o cuatro días de viaje desde Nazaret. Llegada a su destino, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

El saludo profético y la bienaventuranza de Isabel despertaron en María un eco, cuya expresión exterior es el himno que pronunció a continuación, el Magníficat, canto de alabanza a Dios por el favor que le había concedido a ella y, por medio de ella, a todo Israel. María, en efecto, dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…»

El evangelista San Lucas no nos ha dejado más detalles de la visita de la Virgen a su prima Isabel, simplemente añade que María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa de Nazaret.

Muchos son los temas de meditación que ofrece este misterio. Conocido el embarazo de Isabel, María marchó presurosa a felicitarla, a celebrar y compartir con ella la alegría de una maternidad largo tiempo deseada y suplicada: ¡qué lección a cuantos descuidamos u olvidamos acompañar a los demás en sus alegrías! El encuentro de estas dos santas mujeres, madres gestantes por intervención especial del Altísimo, sus cantos de alabanza y acción de gracias, y las escenas que legítimamente podemos imaginar a partir de los datos evangélicos, constituyen un misterio armonioso de particular ternura y embeleso humano y religioso: parece como la fiesta de la solidaridad y ayuda fraterna, del compartir alegrías y bienaventuranzas, del cultivar la amistad e intimidad entre quienes tienen misiones especiales en el plan de salvación. Sería delicioso conocer sus largas horas de diálogo, sus confidencias mutuas, sus plegarias y oraciones, sus conversaciones sobre los caminos por los que Yahvé las llevaba y sobre el futuro que podían vislumbrar para ellas y para sus hijos. Parece una constante en la historia de los santos que las almas de Dios se hayan encontrado y entre ellas haya abundado la fraternidad y amistad, el diálogo, las confidencias, todo género de ayuda recíproca. María e Isabel son un modelo.

La visita de la Virgen a su prima Santa Isabel, que no es simplemente una visita… La Virgen hace un viaje largo, para llevarle una alegría a su prima; le estaba llevando al Mismo Jesús. Y también para ayudarla, pues era mayor y seguro le caería muy bien algo de ayuda para preparar pañales y el cuarto del bebé, y para hacer las tareas del hogar, pues entre la edad y el cansancio natural del embarazo, esto le costaría más de lo normal.

Hace poco leí el libro de Kimberly Hahn, “El Amor que da Vida”, y me encantó particularmente este pedacito, que ilustra mejor el ejemplo que nos da la Virgen para ayudar a otras madres.

“Nuestra Madre nos da ejemplo de servicio. Cuando María supo que Jesús se iba a encarnar en ella, se enteró también de que su prima Santa Isabel estaba esperando un hijo. Inmediatamente fue a acompañarla: no lo dudó un momento. Quería compartir la alegría de Isabel y quería compartir su propia alegría con un alma gemela.

En vez de centrarse en sus propias necesidades por el embarazo, María quiso servirla (igual que después Jesús dijo que había venido a servir, no a ser servido; cf.Mt.20,28). Puede que tuviera náuseas o estuviera muy cansada de los tres días de viaje en burro a Aim Karim, el pueblo de Isabel. Pero sabía que Isabel, embarazada de seis meses, la necesitaría.

Isabel exultó de gozo por ver a María. Hasta el hijo de Isabel, Juan Bautista, saltó en el vientre con alegría santa por su encuentro con la madre del Mesías. María le demostró a Isabel su amor durante los últimos meses de su embarazo llevándole a Jesús y haciendo muchos actos de servicio. “

Santa Isabel, Madre de Juan el Bautista – Prima de la Virgen María

San Juan Bautista, Nacimiento


San Juan Bautista nació seis meses antes de Jesucristo.

El capítulo primero del evangelio de San Lucas nos cuenta de la siguiente manera el nacimiento de Juan: Zacarías era un sacerdote judío que estaba casado con Santa Isabel, y no tenían hijos porque ella era estéril. Siendo ya viejos, un día cuando estaba él en el Templo, se le apareció un ángel de pie a la derecha del altar.

Al verlo se asustó, mas el ángel le dijo: “No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios”.

Pero Zacarías respondió al ángel: “¿Cómo podré asegurarme que eso es verdad, pues mi mujer ya es vieja y yo también?”.

El ángel le dijo: “Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva. Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla”.

Seis meses después, el mismo ángel se apareció a la Santísima Virgen comunicándole que iba a ser Madre del Hijo de Dios, y también le dio la noticia del embarazo de su prima Isabel.

Llena de gozo corrió a ponerse a disposición de su prima para ayudarle en aquellos momentos. Y habiendo entrado en su casa la saludó. En aquel momento, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre, porque acababa de recibir la gracia del Espíritu Santo al contacto del Hijo de Dios que estaba en el vientre de la Virgen.

También Santa Isabel se sintió llena del Espíritu Santo y, con espíritu profético, exclamó: “Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde me viene a mí tanta dicha de que la Madre de mi Señor venga a verme? Pues en ese instante que la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura que hay en mi vientre se puso a dar saltos de júbilo. ¡Oh, bienaventurada eres Tú que has creído! Porque sin falta se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor”. Y permaneció la Virgen en casa de su prima aproximadamente tres meses; hasta que nació San Juan.

LA MISIÓN DE JUAN EL BAUTISTA.

Dar testimonio de la luz.

La misión de Juan es dar testimonio de la luz que ha de abrirse paso en las tinieblas (Cf. Jo.1, 6-8). Para ello, invita a la conversión y a la oración mediante el rito llamado bautismo de Juan. Una invitación a abrir las puertas del corazón y acoger la luz de Cristo.

VIRGEN DE LUJÁN ESCUCHA NUESTROS RUEGOS Y ENSEÑANOS A ESCUCHAR A DIOS

Bajo el lema “MADRE, ENSEÑANOS A ESCUCHAR” partirá la XXXIV PEREGRINACIÓN JUVENIL A PIE A LUJÁN”

Evangelio según San Lucas (Lucas 1, 26-38)

26Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
28
Y entrando, le dijo:
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
29Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. 30
El ángel le dijo:
No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;
31vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 32El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; 33
reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.
34
María respondió al ángel:
¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?
35
El ángel le respondió:
El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.
36Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, 37
porque ninguna cosa es imposible para Dios.
38
Dijo María:
He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
Y el ángel dejándola se fue.


REFLEXIÓN:

(Tomada de un folleto informativo recibido en mano el 30 de septiembre en la Iglesía San Ramón Nonato de Bs. As)

Recordamos los gestos de la Virgen María relatados en este evangelio, Ella hace silencio y escucha las palabras que le van a cambiar la vida, tanto a ella y a su familia como a toda la humanidad.
Ella afina los oídos para recibir el mensaje de Dios.

Hoy Dios se acerca a nosotros, inmersos en el ruido de la rutina y de los compromisos diarios, queriéndonos dar un mensaje.

Tomemos ese modelo de escucha de María para nuestras vidas, y que en el silencio de nuestro corazón, suene, como en aquella visita la voz de Dios.

“Madre, enséñanos a escuchar”

NOTA:
SALEN EL SABADO 4 DE OCTUBRE DE 2008 A LAS 12 HS DE AVENIDA GENERAL PAZ Y RIVADAVIA: Llevar un alimento para CARITAS
CONSULTAS: www.peregrinacionlujan.org.ar

SAN JOAQUIN Y SANTA ANA – PADRES DE MARÍA

SAN JOAQUIN Y SANTA ANA

El 26 de julio se celebran los Santos Joaquín y Ana. El culto de Santa Ana adquirió tal popularidad, que el emperador Justiniano en el año 550 le dedicó una Basílica en Constantinopla. Por las cruzadas, la devoción se extendió del Oriente al Occidente.

por Eduardo A. González

Los cuatro evangelios oficiales o canónicos, reconocidos por la Iglesia Católica, la Ortodoxa y las Iglesias y comunidades cristianas evangélicas, no mencionan a los abuelos de Jesús.

Según los relatos de la Infancia, tanto en los escritos de Mateo como en los de Lucas, Jesús de Nazaret nace de María virgen, por obra del Espíritu Santo.

En la ciudad dónde fue creciendo, Jesús es conocido como “el hijo del carpintero” (Mt 13,55), pero de José sólo sabemos que su padre se llamaba Jacob (Mt 1,16), aunque también pudo haberse llamado Elí (Lc 3,23).

Algunos evangelios apócrifos, es decir, no reconocidos como revelados, trataron de completar aspectos de la infancia de Jesús, y por eso la tradición trató de fijarse más en los padres de María de Nazaret, a quienes se los nombra como Joaquín y Ana, dejando de lado a los antepasados de José.

UNA PAREJA SIN HIJOS

El apócrifo conocido como “Evangelio de Pseudo Mateo” o también como “Evangelio de Santiago”, escrito probablemente sobre el final del siglo V, inspiró el “Libro sobre la Natividad de María”, que algunos datan del siglo IX.

Allí se relata que Joaquín vivía en Nazaret de Galilea y se casó con Ana, que había nacido en Belén.

Ambos trataban de cumplir las enseñanzas de la Ley judía y sus ganancias las dividían en tres partes. Una para el Templo y sus sacerdotes, otra para los peregrinos y los pobres, y la tercera para el mantenimiento familiar.

Pero, a pesar de llevar veinte años de matrimonio, no tenían hijos. Al igual que lo había hecho hacía mil años atrás otra Ana, futura madre de Samuel, prometen consagrar al primogénito al Señor.

Pero ocurre una situación dramática. Un día que Joaquín, junto con sus familiares, se presenta ante el altar del Templo para presentar la ofrenda de sus cosechas, el Sumo Sacerdote lo rechaza porque, debido a su esterilidad, no podía fomentar el crecimiento del pueblo de Israel.

Abrumado por la vergüenza, escapa a un lugar desierto y comparte durante un tiempo la vida con los pastores del lugar.

UNA FECUNDIDAD INESPERADA

Pero un personaje luminoso interrumpe su autoexilio con una noticia inesperada: “Joaquín, no tengas miedo ni te asustes por mi visión. Has de saber que soy un ángel del Señor. El me ha enviado a ti para anunciarte que tus plegarias han sido escuchadas y que tus limosnas han subido hasta su presencia. Ha tenido a bien poner sus ojos en tu confusión, después de que llegó a sus oídos el desprecio de esterilidad que injustamente se te dirigía. Dios es verdaderamente vengador del delito, pero no de la naturaleza. Y por eso, cuando tiene a bien cerrar la matriz, lo hace para poder abrirla de nuevo de una manera más admirable y para que quede bien claro que la prole no es fruto de la pasión, sino de la libertad divina”.

Luego de recordarle los ejemplos bíblicos de Sara, que a los 80 años engendró a Isaac, o el de Raquel que finalmente engendró a José, concluye con una profecía: “La hija que tendrás llevará por nombre María y estará consagrada al Señor desde su niñez, conforme a la promesa que realizaron. Siendo virgen engendrará de una manera incomparable al Hijo del Altísimo. El nombre de ese hijo será Jesús, porque será el Salvador de todos los pueblos”.

El Angel también se dirige a Ana con un mensaje similar, de tal manera que, cuando ambos esposos se encuentran, ya están en conocimiento de su destino.

UNIDOS EN LA ALEGRIA DEL CIELO

Y EN LA LITURGIA DE LA TIERRA

El culto de Santa Ana adquirió tal popularidad, que el emperador Justiniano el 25 de julio del año 550 le dedicó una basílica en la ciudad de Constantinopla, en la actual Turquía. Por el movimiento producido por las Cruzadas, la devoción se extendió del Oriente al Occidente. En 1382 el papa Urbano VI autorizó la celebración en Inglaterra, fijándose finalmente el día 26 de julio en toda la Iglesia en 1584, luego del Concilio de Trento.

También la veneración de San Joaquín ha sido muy antigua en el Oriente; en cambio, en Occidente se populariza hacia el siglo XIV y se consolida dos siglos más tarde. La fiesta se celebraba el 20 de marzo, pero en 1738 se la trasladó al domingo siguiente al 15 de Agosto, y a principios del siglo XX el Papa San Pío X la fijó al día siguiente de la Asunción de la Virgen, es decir, el 16 de agosto.

Finalmente, con la reforma del calendario litúrgico propuesta por el Concilio Vaticano II, en 1969 se resolvió unir la conmemoración de quienes tradicionalmente son considerados “los abuelos de Dios”, en la medida que su hija María es “madre de Dios”, en una única fiesta, el 26 de julio.

Así, quienes vivieron juntos constituyendo una familia en el pueblo de Israel y están ya unidos en la alegría definitiva del cielo, están también unidos en la celebración de la liturgia de la tierra.

SANTOS Y SANTAS – SIGLO XXI

La manifestación del Angel a Joaquín tiene una especial riqueza simbólica, porque enseña que los más marginados y despreciados suelen recibir una especial atención de Dios.

La esterilidad, que era mal vista en aquellos tiempos, se transforma en fecundidad divina. Este relato lleva a recordar como en la Biblia muchas personas pobres y sencillas reciben una misión de gran importancia. Por ejemplo, en el evangelio de Lucas, son los pastores de Belén, cuidadores de ganado mal vistos en la sociedad de su tiempo, los primeros en anunciar el nacimiento del Salvador del mundo.

ORACIÓN


Gloriosísimos padres de María Santísima, felicísimos abuelos de Jesús, modelos perfectísimos de casados, y dulces abogados míos, yo me alegro con vosotros de aquel gozo y consuelo que tuvisteis cuando, después de una larga esterilidad y de fervorosas oraciones, os avisó el Ángel que tendrías tan santa Hija. ¡Oh, quién supiera imitar vuestras heroicas virtudes! ¡Quién fuera, como vosotros, frecuente en la oración, compasivo con los pobres, amante de la soledad, sufrido en los trabajos y callado en los improperios! A lo menos por las gracias con que os previno el cielo para tan eminente dignidad, alcanzadme que, haciendo siempre la voluntad divina, y venciendo mis pasiones logre la dicha de gozar de vuestra amable compañía en la gloria. Os lo pido por el amor de vuestra benditísima Hija, y por los méritos de vuestro santísimo Nieto Jesús. Amén.

Una Lección sobre la Esperanza

Lectura Del santo Evangelio según Marcos 5,21-43

Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva.» Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía.

Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré.» Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?’» Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.»

Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» Jesús, que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe.» Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él. Pero él, después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: «Talitá kum», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate.» La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

Reflexión

• En el evangelio de hoy vamos a meditar sobre dos milagros de Jesús a favor de dos mujeres. El primero, a favor de una mujer considerada impura por causa de una hemorragia que le duraba desde hacía doce años. El otro milagro, a favor de una niña de doce años, que acababa de morir. Según la mentalidad de la época, cualquier persona que tocara la sangre o el cadáver era considerada impura. Por esto, aquellas dos mujeres eran personas marginadas, excluidas de la participación en comunidad.

• La actitud de la mujer. Oyó hablar de Jesús. Nació una nueva esperanza. Se dijo a sí misma: “Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré.” El catecismo de la época mandaba decir: “Si se toca su ropa, se quedará impuro”. ¡La mujer piensa exactamente lo contrario! Señal que las mujeres no concordaban con todo lo que las autoridades religiosas enseñaban. La mujer se puso en medio de la multitud y, de forma desapercibida, tocó Jesús, pues todo el mundo lo apretaba y lo tocaba. En ese mismo instante ella sintió en el cuerpo que había sido curada.

• La reacción de Jesús y de los discípulos. Jesús se había dado cuenta que una fuerza había salido de él y preguntó: “¿Quién me ha tocado?” Los discípulos reaccionaron: “Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?” Aquí aparece el desencuentro entre Jesús y sus discípulos. Jesús tenía una sensibilidad que no era percibida por los discípulos. Estos reaccionan como todo el mundo y no entienden la reacción diferente de Jesús. Pero Jesús no presta atención y sigue indagando.

• La cura por la fe. La mujer percibió que había sido descubierta. Fue un momento difícil y peligroso. Pues, según la creencia de la época, una persona impura que, como aquella mujer, se metía en medio de una multitud, contaminaba a todo el mundo a través del toque. Y hacía que todos se volvieran impuros ante Dios (Lev 15,19-30). Por esto, como castigo, podría ser apedreada. Pero la mujer tuvo el valor de asumir lo que hacía. “Atemorizada y temblorosa” cayó a los pies de Jesús y contó toda su verdad. Jesús dice la palabra final: “Hija, tu fe te ha salvado e te ha salvado; ¡vete en paz y queda curada de tu enfermedad!”. “Hija”, con esta palabra Jesús acoge a la mujer en la nueva familia, en la comunidad, que se formaba a su alrededor.

La Maternidad viene de Dios – Autor: Juan Pablo II

Hoy recibimos una invitación de Dios a meditar la Palabra.

La Santa Biblia viene a traernos relatos maravillosos de mujeres que confiaron en el Señor.-

En el texto encontraran la ubicación de cada relato… no se queden con los pequeños fragmentos que transcribo estos parrafos; lean y mediten cada uno en su totalidad. Verán como la Fé gana más lugares en su corazón.

No tengan miedo, confien sus penas en Dios; tengan en cuenta que un corazón humilde nunca es rechado por el Señor.-

Autor: SS. Juan Pablo II | Fuente: Catholic.net
La maternidad viene de Dios


Durante la audiencia general del miércoles 6 de marzo de 1996.

1. La maternidad es un don de Dios. «He adquirido un varón con el favor del Señor» (Gén 4,1), exclama Eva después de haber dado a luz a Caín, su primogénito. Con estas palabras, el libro del Génesis presenta la primera maternidad de la historia de la humanidad como gracia y alegría que brotan de la bondad del Creador.
2. Del mismo modo, se ilustra el nacimiento de Isaac, en el origen del pueblo elegido.
A Abraham, privado de descendencia y ya en edad avanzada, Dios promete una posteridad numerosa como las estrellas del cielo (ver Gén 15,5). El patriarca acoge la promesa con la fe que revela al hombre el designio de Dios: «Y creyó él en el Señor, el cual se lo reputó por justicia» (Gén 15,6).
Las palabras que el Señor pronunció con ocasión del pacto establecido con Abraham confirman esa promesa: «Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos» (Gén 17,4).
Acontecimientos extraordinarios y misteriosos destacan cómo la maternidad de Sara es, sobre todo, fruto de la misericordia de Dios, que da la vida más allá de toda previsión humana: «Yo la bendeciré, y de ella también te daré un hijo. La bendeciré, y se convertirá en naciones; reyes de pueblos procederán de ella» (Gén 17,16).
La maternidad se presenta como un don decisivo del Señor: el patriarca y su mujer recibirán un nombre nuevo para significar la inesperada y maravillosa transformación que Dios realizará en su vida.


3. La visita de tres personajes misteriosos, en los que los Padres de la Iglesia vieron una prefiguración de la Trinidad, anuncia de modo más concreto a Abraham el cumplimiento de la promesa: «Apareciósele el Señor en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y he aquí que había tres individuos parados a su vera» (Gén 18,1-2). Abraham objeta: «¿A un hombre de cien años va a nacerle un hijo?, ¿y Sara, a sus noventa años, va a dar a luz?» (Gén 17,17; ver 18,11-13). El huésped divino responde: «¿Es que hay algo imposible para el Señor? En el plazo fijado volveré, al término de un embarazo, y Sara tendrá un hijo» (Gén 18,14; ver Lc 1,37).
El relato subraya el efecto de la visita divina, que hace fecunda una unión conyugal, hasta ese momento estéril. Creyendo en la promesa, Abraham llega a ser padre contra toda esperanza, y padre en la fe porque de su fe desciende la del pueblo elegido.

4. La Biblia ofrece otros relatos de mujeres a las que el Señor libró de la esterilidad y alegró con el don de la maternidad. Se trata de situaciones a menudo angustiosas, que la intervención de Dios transforma en experiencias de alegría, acogiendo la oración conmovedora de quienes humanamente no tienen esperanza. Raquel, por ejemplo, «vio que no daba hijos a Jacob y, celosa de su hermana, dijo a Jacob: “Dame hijos, o si no me muero”. Jacob se enfadó con Raquel y dijo: “¿Estoy yo acaso en el lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre?”» (Gén 30,1-2).
Pero el texto bíblico añade inmediatamente que «entonces se acordó Dios de Raquel. Dios la oyó y la hizo fecunda, y ella concibió y dio a luz un hijo» (Gén 30,22-23). Ese hijo, José, desempeñará un papel muy importante para Israel en el momento de la emigración a Egipto.
En éste, como en otros relatos, subrayando la condición de esterilidad inicial de la mujer, la Biblia quiere poner de relieve el carácter maravilloso de la intervención divina en esos casos particulares, pero, al mismo tiempo, da a entender la dimensión de gratuidad inherente a toda maternidad.

5. Encontramos un procedimiento semejante en el relato del nacimiento de Sansón. La mujer de Manóaj, que no había podido engendrar hijos, recibe el anuncio del ángel del Señor: «Bien sabes que eres estéril y que no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo» (Jue 13,3-4). La concepción, inesperada y prodigiosa, anuncia las hazañas que el Señor realizará por medio de Sansón.
En el caso de Ana, la madre de Samuel, se subraya el papel particular de la oración. Ana vive la humillación de la esterilidad, pero está animada por una gran confianza en Dios, a quien se dirige con insistencia para que la ayude a superar esa prueba. Un día, en el templo, expresa un voto: «¡Oh Señor de los ejércitos! (…), si no te olvidas de tu sierva y le das un hijo varón, yo lo entregaré al Señor por todos los días de su vida…» (1Sam 1,11).
Su oración es acogida: «El Señor se acordó de ella», que «concibió (…) y dio a luz un niño a quien llamó Samuel» (1Sam 1,19-20). Cumpliendo su voto, Ana entregó su hijo al Señor: «Este niño pedía yo y el Señor me ha concedido la petición que le hice. Ahora yo se lo cedo al Señor por todos los días de su vida» (1Sam 1,27-28). Dado por Dios a Ana, y luego por Ana a Dios, el niño Samuel se convierte en un vínculo vivo de comunión entre Ana y Dios.
El nacimiento de Samuel es, pues, experiencia de alegría y ocasión de acción de gracias. El primer libro de Samuel refiere un himno, llamado el Magnificat de Ana, que parece anticipar el de María: «Mi corazón exulta en el Señor, mi poder se exalta por Dios…» (1Sam 2,1).
La gracia de la maternidad, que Dios concede a Ana por su oración incesante, suscita en ella nueva generosidad. La consagración de Samuel es la respuesta agradecida de una madre que, viendo en su hijo el fruto de la misericordia divina, devuelve el don, confiando ese hijo tan deseado al Señor.

6. En el relato de las maternidades extraordinarias que hemos recordado, es fácil descubrir el puesto importante que la Biblia asigna a las madres en la misión de los hijos. En el caso de Samuel, Ana desempeña un papel trascendental con su decisión de entregarlo al Señor. Una función igualmente decisiva desempeña otra madre, Rebeca, que procura la herencia a Jacob (ver Gén 27). En esa intervención materna, que describe la Biblia, se puede leer el signo de una elección como instrumento del designio soberano de Dios. Es él quien elige al hijo más joven, Jacob, como destinatario de la bendición y de la herencia paterna y, por tanto, como pastor y guía de su pueblo. Es él quien, con decisión gratuita y sabia, establece y gobierna el destino de todo hombre (ver Sab 10,10-12).
El mensaje de la Biblia sobre la maternidad muestra aspectos importantes y siempre actuales. En efecto, destaca su dimensión de gratuidad, que se manifiesta, sobre todo, en el caso de las estériles; la particular alianza de Dios con la mujer; y el vínculo especial entre el destino de la madre y el del hijo.
Al mismo tiempo, la intervención de Dios que, en momentos importantes de la historia de su pueblo, hace fecundas a algunas mujeres estériles, prepara la fe en la intervención de Dios que, en la plenitud de los tiempos, hará fecunda a una Virgen para la Encarnación de su Hijo