Archivo para la categoría ‘Ficción’
28 Enero 2010 | Por renata-pacata | Claves: cuento, Ficción, pocos pesos, relato, renata pacata | # Enlace permanente
Parte VII
Habían pasado tres días desde que encontraran el cadáver de Julia cuando María fue citada por el juez a declarar.
En la sala de espera del tribunal, veía impaciente el ir y venir de los colaboradores, los minutos se le hacían interminables aguardando que el juez la recibiera.
Cuando al fin se abrió la puerta y el secretario le pidió que pasara sintió que las piernas no le respondían.
Blanca como un papel y grandes ojeras, después de una noche en que no había pegado un ojo, estaba dispuesta a decir cuanto sabía.
Días antes se había confesado en la iglesia de su barrio, creyéndose de alguna manera culpable o cómplice.
Fueron varias horas las que estuvo declarando pero al final del día se sintió aliviada y esa noche durmió y descansó como hacía días que no lo lograba.
Parte VIII
Cuando el juez le presentó las planillas de comunicaciones telefónicas entrantes y salientes María dijo a quién correspondía cada una de ellas.
Hubo cinco llamados desde locutorios, desde distintas localidades. Al primero de ellos había respondido.
Fue un jueves hace dos semanas, su esposo aún no había llegado del trabajo. Una voz grave le preguntó por él, a lo que María respondió que no se encontraba y si deseaba dejarle algo dicho.
El hombre le anunció que tenía con él a doña Julia. Le previno que no avisara a la policía ni a los medios, y que el rescate sería de diez mil pesos, pagaderos en las próximas 48 horas, como ya le iba a indicar.
María le respondió que de ninguna manera iba a decir nada a nadie, que podía tener plena seguridad que no haría denuncia alguna. Pero agregó que tampoco había un peso, que ellos no tenían nada que ofrecerle.
-No va a haber ni un peso, subrayó. Y eso fue todo, colgó el auricular enérgicamente.
En los días sucesivos hubo otros llamados, cuando María reconoció la voz dura de aquel hombre, sin mediar palabra, se limitó a colgar con decisión.
Pasaron pocos días sin novedad, hasta que una mañana, hacía tres días, se había enterado por el noticiero del vibrante final.
Aclaró que su esposo desconocía que hubieran llamados porque esa vez, la primera desde que estaban juntos, había decidido ocultarle los hechos.
25 Enero 2010 | Por renata-pacata | Claves: cuento, Ficción, historia, pocos pesos, relato, renata pacata | # Enlace permanente
Parte V
El fuerte de Julia siempre fue el dinero. Cuando no miraba la tele o hacía sopas o crucigramas de alguna revista semanal, las cuentas y los pesos ocupaban su mente.
Por cierto, los números siempre habían sido manejados a su antojo. Esto o aquello se compraba a su parecer. Su esposo, Braulio, no cortaba ni pinchaba, unos pocos pesos en el bolsillo y la rendición de cuentas al final del día era todo su derecho.
Los ahorros, bajo el colchón, o en los últimos tiempos en el banco, era el bien más preciado de Julia.
Con la plata ella creía poder comprar no solo bienes materiales y tranquilidad para su vejez, sino alguna compañía. Nunca un sentimiento, sí saber que de vez en cuando el teléfono llamaba y le anunciaba alguna visita, oh casualidad, cuando estaba por cobrar una abultada pensión.
No podía concebir que su hijo renunciara a todo, aun cuando amenazaba con no dejarle un peso partido al medio.
Parte VI
María no sabía bien porqué se habían suscitado los problemas desde que muriera Braulio. Pero como una bola de nieve estos problemas fueron creciendo hasta que se hizo imposible contener la situación.
Difícil remontar la relación cuando se había ensuciado sobremanera la imagen de ambos ante la familia y sin motivo alguno.
María sentía que el odio se había apoderado de ella, no creía merecer los calificativos que su suegra le propinara. Lejos estaba de ella perdonarla.
Julia en tanto pasó de la amenaza a los hechos y presurosa se dispuso a desheredar a su hijo. Retiró gran parte del dinero de la entidad bancaria y el resto lo puso a su solo nombre.
Es más no quería dejarles ni siquiera la casa en que vivía y se disponía a traspasar los derechos de sus bienes a algún familiar lejano.
María comenzó a llamarla para sí Pocos Pesos, porque los llamados que efectuara a su hijo, después de meses de largo silencio, indefectiblemente tenían que ver con lo material.
Nunca recordaba preguntar por su vida o la de sus nietos. María veía en Juan tristeza y dolor, mucho dolor.
22 Enero 2010 | Por renata-pacata | Claves: cuento, Ficción, historia, mujer, pocos pesos, renata pacata | # Enlace permanente
Para el pequeño círculo íntimo, Julia era una mujer difícil, se diría que fría y calculadora.
Con un corazón casi de piedra, había tenido al esposo bajo su yugo durante unos cuarenta y cinco años. Había intentado lo mismo con su hijo, sin haberlo conseguido.
Después que muriera el esposo, un hombre buenazo, que había logrado mantener la relación familiar en pie, todo se había desmoronado.
En pocos meses Julia quedó sola, su única compañía la tele y los personajes que desfilaban por ella.
De vez en cuando algún sobrino o sobrina la visitaba, pero poco a poco dejaron de frecuentarla, cansados de escuchar siempre lo mismo. El chisme era su fuerte; los que la conocían comenzaron a preguntarse si a sus espaldas les clavaría también un puñal. Por ello cada día, cada semana que pasaba, sus allegados se iban alejando más y más.
Para los vecinos, con quienes no tenía mas trato que un buen día o buenas tardes, se trataba de una pobre vieja, olvidada por su familia y abandonada por los inescrupulosos hijo y nuera. Una pobre víctima dejada a la buena de Dios, en el ocaso de su vida y con los achaques propios de su edad.
En el patio de su casa ya no se escuchaban voces de niños, risas ni gritos; reinaba el más absoluto silencio.
En sus cuartos empolvados por el tiempo ya no había rastro de vida, como si fuera el presagio de los acontecimientos que se desencadenarían.
20 Enero 2010 | Por renata-pacata | Claves: cuento, Ficción, historia, pocos pesos, renata pacata | # Enlace permanente
Parte II
Ese día María se levantó temprano, como de costumbre, y preparó a los chicos para ir al colegio.
Cuando los pasó a buscar el micro y se despidió de ellos con un fuerte beso y haciéndole adiós al chofer, como todas las mañanas, sintió un estremecimiento que no conocía.
Puso el agua a calentar para hacer unos mates y encendió el televisor.
Cuando escuchó las noticias del día y el titular que se destacaba cayó en la silla perpleja.
Si bien hace tiempo que deseaba el final, nunca hubiera imaginado uno tan trágico.
Su esposo Juan estaba camino a la oficina y cuando llegara, debería comunicarle la nueva pero ¿cómo?
Se sentía un poco culpable, tal vez por haber deseado tantas veces que su suegra desapareciera de sus vidas para siempre, o tal vez porque presentía que los que la habían matado eran ellos…
Los que unos días antes habían llamado a su casa y ella, restándole importancia, había cortado. Y ese día por primera vez, en más de diez años de matrimonio, había callado. Ni una palabra a su esposo, esa vez dejaría que los hechos fluyeran.
Tal vez eran ellos, esos delincuentes, a los que en el fondo les estaba agradecida, por terrible que pareciera.
Parte III
Y fue Juan quien la llamó por teléfono a su casa, María no tuvo que comunicarle nada.
Cuando él llegó al trabajo un par de policías lo estaban esperando para indagarlo. A esa altura la familia estaba sospechada, como así todo aquel que estuviera vinculado de uno u otro modo a la vieja.
No tenían aún ningún elemento que pudiera indicar quienes eran el o los autores de ese brutal crimen.
Juan llegó a su casa angustiado por la pérdida de su madre y con el dolor de saberse sospechado.
Un abrazo a su esposa e hijos, a quienes amaba y por y para quienes vivía, lo reconfortó. Sabía que no todo estaba perdido, sus más grandes amores estaban allí, para apoyarlo, protejerlo en los momentos más difíciles, en los días que se avecinaban.
Tenía que ser fuerte para ellos, no era fácil después de estar prestando declaración por mas de seis horas, repitiendo una y otra vez la misma historia, y teniendo que ventilar secretos de familia, justificando porqué no mantenía relación con su madre, mas que alguna que otra vez por teléfono.
Era un trago amargo, difícil de digerir, estaba conmovido y muy confundido. Por un lado a doña Julia la quería, claro era su hijo, pero por otro lado había sido una relación por demás conflictiva, donde ese cariño no parecía haber sido correspondido.
Continuará…
Antes Introducción y Parte I
18 Enero 2010 | Por renata-pacata | Claves: cuento, Ficción, historia, introduccion, mujer, pocos pesos, primera parte, renata pacata, sentimiento | # Enlace permanente
Hace unos años estaba muy enojada con la señora Pocos Pesos, a quien doy a conocer como Julia.
Partiendo del enojo me dispuse a escribir un cuento tomándola como protagonista, inspirada un poco en un sentimiento tan oculto como pecaminoso.
Comencé a escribir esta breve historia en la compu, la que un día hizo kaput y junto al disco rígido la creí perdida también.
Hace poco uno de mis hijos encuentra un viejo cuaderno escondido en el fondo de un placard y he aquí que aparecen mis apuntes, esos que yo nunca creí que había guardado.
Esta pequeña historia de ficción, con rasgos naturales, está escrita en partes y así la he de transcribir para compartir con ustedes.
Parte I
El día que los titulares del noticiero y la primera plana del diario local, anunciaba que había sido encontrada una anciana de poco más de setenta años en una zanja, maniatada y con un tiro en la cabeza, el barrio amaneció conmocionado.
Los vecinos de esa tranquila localidad de Buenos Aires no podían entender que había sucedido con aquella bondadosa ancianita, doña Julia.
Si bien la mujer no era tan vieja, aparentaba varios años más, tal vez por el descuido de su persona, ese olor a rancio y humedad, estela que dejaba a su paso, o por la ropa que olía a naftalina, guardada durante más de cuarenta años.
Poco se conocía de su vida. La ermitaña, como la llamaban, estaba sola desde hacía más de un año desde que falleciera su esposo, un tipo macanudo, conocido en el barrio por su simpatía y hospitalidad.
A la mujer sólo se la veía de vez en cuando, con alguna que otra vecina o con el acompañante ocasional que la ayudara a cruzar la calle, ya que le tenía temor a las caídas y a los autos, que a esa altura marchaban a alta velocidad.
Alguna vez supieron que la mujer tenía un hijo y nietos, que no venían a visitarla desde que falleciera el abuelo; tal vez alguno supo de quejas y maldiciones al respecto, pero nadie sabia de manera cierta el porqué de ese abandono.
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