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La pobreza, una realidad que parece escapar a los ojos de la presidente

Debe hacerse algo frente a esta difícil situación, no debidamente reflejada, como otros índices, en las estadísticas oficiales.
La pobreza es la situación que dificulta satisfacer necesidades elementales de las personas: la alimentación, el derecho a la vivienda digna, la salud. Si mil millones de personas viven en el mundo con sólo un dólar, se comprenderá que el déficit alcanza proporciones abrumadoras y somete a casi la sexta parte de la humanidad a la inanición.

Ese es el llamado nivel de indigencia, cuya presencia horroriza a cualquier conciencia normal y debe movilizar a los espíritus solidarios a fin de lograr, con inteligencia y decencia, la superación de los cuadros aberrantes de desigualdad social a que da lugar. Nada se logra con frases retóricas y vacías de contenidos. Es indispensable plantear las preguntas correctas sobre las razones por la cuales la pobreza y la indigencia, en vez de retroceder o encontrar diques de contención efectiva, tienden a expandirse, sobre todo en regiones como el Africa profunda y América latina.

“Me hierve la sangre -dijo hace poco la presidenta de la Nación- cuando veo tanto egoísmo, tanta avaricia y tanta pobreza al mismo tiempo.” Con absoluta seguridad puede afirmarse que se trata de un sentimiento compartido y que la sangre bulle aun con más alta temperatura por las venas de las gentes que se preguntan cómo es posible que el Congreso de la Nación o la Justicia se mantengan impasibles ante la burda falsificación de las estadísticas oficiales. De un tiempo a esta parte, ni siquiera se permite saber con exactitud cuál es el grado real de magnitud de esos males que azotan a la sociedad argentina. Se confunde al país con una alfombra, y a los pesares colectivos, con la basura que se barre bajo aquélla.

La sensibilidad general y el cálculo, más preciso, de especialistas del sector privado advierten que tanto los índices de pobreza como de indigencia han vuelto desde hace más de un año a crecer en la Argentina. Esto impele a indagar por las causas que acrecientan la desventura de franjas importantísimas de la población.

No se crea suficiente empleo. Aun antes de que los efectos de la crisis financiera y económica internacional se hicieran sentir aquí, era por todos conocidos la política de ahuyentamiento de las inversiones directas extranjeras ocasionada por un gobierno provocador y de decisiones imprevisibles, salvo para los amigos que se han enriquecido por la proximidad con el poder.

Ausencia de financiación. La política de confrontación con potencias y países amigos y con los organismos internacionales de crédito ha dejado al país aislado de las corrientes crediticias mundiales y supeditado el financiamiento nacional a las relaciones con el controvertido régimen venezolano. Los préstamos de Chávez han demostrado ser más caros de lo imaginable.

La educación está en crisis. Maestros sin vocación y permanentemente predispuestos a la protesta callejera dejan todos los años sin un porcentaje importante de días escolares a niños de todo el país. Ya amenazan con nuevos paros antes de que comiencen las clases. Sin estímulos pedagógicos a la creatividad y sin suficiente ilustración general y especializada es imposible alcanzar funciones laborales que resultan cada vez más exigentes en el mundo moderno.

Hay temor entre los gobernantes a decir ciertas verdades. Sin una cultura del trabajo debidamente afianzada, no hay sociedad que progrese. Los planes de asistencia financiera y económica, fundados para resolver cuestiones de emergencia, no pueden eternizarse, y menos desalentar la vocación del hombre y de la mujer por producir y ser de alguna utilidad a sí mismos y al conjunto social.

La corrupción lo pudre todo. Tiñe de hipocresía la denuncia permanente y no poco cierta de los peculados de la década anterior. La corrupción introduce el desaliento para avanzar sobre las bases más lentas, pero seguras y recomendables del trabajo y la ocupación honesta de todos los días. La corrupción es, por antonomasia, un elemento contradictorio con la urgencia de afirmar en el país el concepto de ciudadanía fiscal, por el que todos deberían pagar sus impuestos a fin de que se atiendan los servicios sin los cuales cae el orden social y sería imposible el desenvolvimiento del Estado.

La producción agrícola está más gravada que el juego y, sin dudas, que el narcotráfico, a no ser por los costos velados, pero imaginables de su connivencia con la política y el poder fáctico, sobre todo en el Gran Buenos Aires. La Iglesia ha debido reclamar en voz alta que se detengan los intentos por agrandar aún más el inmenso garito en que se está convirtiendo el país. El juego produce una lesión en las actividades útiles, daña a la unión y a la prosperidad de las familias e introduce ejemplos nefastos en la sociedad.

Menciónese una sola política de Estado que privilegie e induzca a la población a interesarse en los sanos principios del ahorro, base de toda construcción económica sólida. Téngase presente que él actúa como salvavidas oportuno para las circunstancias de crisis, de tanto en tanto inevitables en la evolución de la humanidad, como lo demuestra la historia y lo actualiza el fenómeno que cruza hoy con violencia por todo el planeta.

Una parte importante de quienes gobiernan son hijos de la gran inmigración europea que sembró en la Argentina no pocos de los sabios principios que dejamos expuestos. Fueron llevados a la práctica con sacrificio, devoción y esperanza en los resultados que de ese modo deberían fructificar.

Nunca es tarde para enmendar errores y poner en práctica las buenas políticas abandonadas. Urge hacerlo, para disminuir la pobreza y la indigencia, y abrir otro futuro a esa generación de jóvenes frustrados, de la que salen algunos de los protagonistas de hechos policiales que conmueven a diario a una sociedad aquejada, además, por sensaciones de inseguridad y desasosiego.

La crisis que condena al hambre a millones de personas

La misma crisis que ha secado el sistema financiero internacional amenaza con sumir en la más severa de las miserias a cientos de millones de personas en todo el mundo. Podrían quedarse sin el alimento y la atención médica con las que sobreviven. Al tiempo que se desvanecen las herramientas básicas con las que tratan de engancharse al desarrollo económico.

“Los efectos de esta recesión se extenderán a todo el planeta”, alerta la ONG Save The Children. “Con la escasez y el encarecimiento de alimentos en África y Asia, nuestros cooperantes ya están luchando para salvar a decenas de miles de niños de morir por desnutrición. La situación podría derivar en una auténtica catástrofe si, como es previsible, gobiernos y particulares recortan ahora sus ayudas”.

La crisis amenaza con reducir los 76.000 millones de euros que el mundo ha destinado este año a la ayuda al desarrollo. Una cantidad de dinero importante, pero que no llega ni a una décima parte de lo que los Gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea han movilizado en para salvar a sus instituciones financieras.

El temor a los recortes es común entre las agencias de la ONU: Organización Mundial de la Salud (OMS), Programa Mundial de Alimentos (PMA) y Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)-, advierten la Comisión Europea, las ONG y los expertos.

La crisis aumentará los gastos y reducirá los ingresos de los países desarrollados y es previsible que reduzcan sus aportes en planes de ayuda.

Estas contribuciones a los llamamientos de organismos internacionales son fundamentales para mantener el flujo de ayudas a los 923 millones de personas desnutridas en el mundo, para reducir la cifra de 58 millones de mujeres que este año habrán dado a luz sin asistencia médica o escolarizar a los 56 millones de niños de África y Asia que ni siquiera han recibido educación primaria, según datos de la FAO y de la ONU.

Un informe de la OMS alerta de que las diferencias en la esperanza de vida son abismales entre los países más ricos del mundo y los más castigados por el sida, el hambre y la pobreza, en África. Margaret Chan, directora general de la OMS, sostiene que estos gigantescos desequilibrios en materia de salud hacen del mundo un “lugar inseguro e inestable”. La FAO señaló que el alza de precios de los alimentos en los dos últimos años ha aumentado el número de personas desnutridas en el mundo en 73 millones.

Un responsable del Programa Mundial de Alimentos (PMA), que en 2007 asistió a 86 millones de personas en 80 países, destaca que “con el plan de rescate del sistema financiero aprobado por Estados Unidos, el PMA podría trabajar durante más de 100 años. Si los gobiernos tienen recursos para rescatar a sus bancos, seguro que también deben tenerlos para dar de comer a los hambrientos”.

Lo peor de la situación es que no sabemos lo que puede ocurrir ya que la crisis se está mostrando cada día más profunda y extensa. Si los gobiernos gastan tanto dinero en los rescates financieros y la economía y sus ingresos van a menos, necesitarán recortar los gastos por algún lado. La tentación de cualquier Gobierno es hacerlo por la ayuda internacional.

El derecho internacional no contempla ningún mecanismo por el que los Gobiernos estén obligados a mantener sus contribuciones. En este momento, el mundo necesita más que nunca un liderazgo y compromiso fuertes. Esta crisis la han causado los excesos de los más ricos y sería desolador e imperdonable que acaben muriendo de hambre y enfermedades fácilmente curables millones de personas que ni siquiera han tenido la oportunidad de disfrutar de la bonanza económica de los últimos años.

Las sociedades y Gobiernos desarrollados, tras años de vivir en la abundancia, no pueden dejar a cientos de millones de personas sin ayudas esenciales cuando las cosas se están torciendo. Ahora, más que nunca, es necesario mantenerse fiel a los principios de solidaridad, declara.


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