Machos eran los de antes… hasta en el tango
Derecha, paso al costado, izquierda paso atrás, derecha paso atrás y cruzo. Paso atrás con derecha, paso al costado con izquierda y cierro. Con ustedes el paso básico del tango.
Parece sencillo pero comprobé que no lo es. Hacía tiempo que deseaba aprender pero por vergüenza, fiaca y un par de excusas más siempre posponía mis ganas. Sábado a la noche, con una turista francesa a cargo heredada de una amiga, decidí ir a una milonga a probar suerte con el 2 por 4.
Tuvimos una clase donde nos explicaron movimientos básicos y algunas variantes y nos largaron a la pista. Como suele suceder la cantidad de mujeres duplicaba a la de los varones por lo cual se hacían dos turnos para poder demostrar lo aprendido con la pareja que a una le tocaba en suerte. Mi primera vez en la pista fue con un señor galo de unos cuarenta y tantos. Balbuceando tímidamente mi francés le dije que no podía pedir más que venir a Buenos Aires a bailar tango y poder hacerlo con una argentina. “C´est pas posible! Elle é argentine!” comentó a sus compañeros de viaje que lo alentaban desde una mesa cercana. Nuevamente a cambiar de pareja y ahora las que se quedan solas se van con el profesor.
Esta es la parte que más me gustó de la clase. El (que por la pinta parece un instructor de salsa más que un tanguero de ley) se puso frente a nosotras y nos indicó que solo sigamos aquello que él hacía, que seamos su espejo. Paso al costado, paso al costado. El avanzaba, nosotras retrocedíamos. Instintivamente más de una comenzó con el paso lateral antes de que él lo haga. “¿Qué les dije? Síganme a mí, no empiecen si yo no les doy el pie. En el tango el hombre es el que da el primer paso, el que guía, el que mira por detrás de la mujer para cuidar que las parejas no se choquen, el que decide que figura se va a hacer. Relájense. En el tango la culpa la tiene siempre el hombre”. En mi mente sonó el Aleluya. ¿Es su responsabilidad guiar a la pareja? ¿Ellos inician el baile? ¿No voy a tener que dar el puntapié inicial? ¿No voy a cargar con toda la responsabilidad yo? ¡Adoro este baile! ¡Como puede ser que no vine antes!
Arremeto de nuevo contra la pista. Esta vez mi compañero es un congénere. Su tonito denota que viene del norte. Efectivamente es de Ecuador. Guía firme pero no varía los pasos para no equivocarse y su atuendo lejos de ser el del tanguero de traje, zapato de suela y gomina al pelo, se compone de bermuda y ojotas. Si, ojotas.
Parece que estos tiempos modernos cambiaron los códigos.
Finalizada la clase se abre la milonga. Los experimentados y los que vienen con pareja hacen lo suyo mientras nosotras nos quedamos a orillas de la pista esperando un indicio, un gesto, un empujoncito, un cabeceo, una mano que se extienda invitándonos a bailar. Pero nada. Había varios, en grupitos, especulando, mirando, pero nada. Parecía que los que esperaban el empujón eran ellos. Tras un tiempo considerable de espera decidimos seguir viaje, no renunciando al tango pero anhelando que, ya sea otra noche o en otro lugar la suerte sea más benévola.
Estos Gardelitos del siglo XXI ya no son lo mismo. Esperan ser guiados más que guiar. Esperan ser vistos más que mirar. Esperan que una de el primer paso en lugar de arremeter.
En fin, machos, lo que se dice machos…. Eran los de antes.
Chan Chan.
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Yo: ignoranta (Firenze – Italia)
El itinerario estaba planeado, aún cuando yo no tenía ni la menor idea de cuál sería. Él que me había visto por última vez cuando yo tenía solo 10 años, estaba encantadísimo de tenerme en su casa y quería mostrarme su país. Mirando el mapa empezó a señalarme todos los lugares que tenia pensados: nuestro pueblito en Calabria, Venezia, Milano, Pisa, Firenze… yo estaba fascinada y a la vez no caía en la cuenta de lo que implicaba conocer esos lugares de los que solo había escuchado hablar, o de los que había leído tanto, o que eran cosa de las películas.
Me extrañó que Roma no fuera parte del recorrido pero él me explicó que el tiempo no nos alcanzaría y que sería mejor dejar algo pendiente “cosí ti resta una scusa per tornare in Italia”.
Contándole a mi mamá que es lo que sería de mí en los próximos días le expresé mi disconformidad con solo una cosa… ¿para qué me estaría llevando a Firenze? ¿Quién conocía esa ciudad? La había escuchado nombrar pero no tenía idea de cuál sería el atractivo que escondería. A caballo regalado no se le miran los dientes, así que calladita la boca me despedí del resto de la familia y partimos hacia nuestra primera parada: Pisa.
Por una falla del copiloto (o sea yo) salimos de la autopista en el kilometro equivocado y fuimos a parar a Génova. La ciudad: un caos, como era de esperarse para uno de los puertos más transitados de Europa, así que solo paramos a tomar un café (de parados justamente como se acostumbra por esas latitudes) y seguimos camino.
Llegamos a Pisa. Si, la torre está inclinada, y mucho. Recorrimos la plaza, la catedral, el baptisterio, me saqué la foto idiota tratando de sostener la torre y apurados para poder visitar Firenze (todavía no entiendo para qué vamos a Firenze) dejamos el ascenso para los adinerados y a los que les sobra el tiempo y partimos hacia el sur nuevamente.
Llegamos a Firenze, buscamos un estacionamiento y empezamos a caminar dado que habíamos dejado el auto lejos del centro. ¿Centro de qué? Pensaba para mis adentros.
Cuando mi anfitrión divisó el Arno, tras un largo suspiro exclamó: “Ohlalá la Florence”. Ahí me acordé, y en mí estudiado italiano le pregunté, si conocía una ciudad llamada Florencia, ya que había oído hablar muy bien de ella. El me miró atónito y me preguntó si lo estaba cargando. No entendía cual sería el punto de su pregunta, y le dije que no, que no era broma, que si él conocía “Florenchia”. Y me respondió “¿y donde te pensás que estamos? Firenze, Florence, Florencia… son la misma ciudad”. Primero desee que el río trajera un tsunami para que me tragara, pero inmediatamente los dos nos echamos a reír a carcajadas, llamando la atención de los sofisticados turistas que visitaban esta joya toscana. Recorrimos sus calles, la Piazza de la Signoria, vi al David, el Duomo, vimos el atardecer en el Ponte Vecchio… Y me fui con los ojos llenos de belleza y por fortuna con un poco mas de conocimiento. Yo: ignoranta, ¿vio doña?

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En busca del contacto perdido
Dia 10
Besos: cero
Abrazos: cero
Apretón de manos: cero
Mimos: cero
Caricias: cero
Sexo: cero
Palmada en el hombro: cero
Ahora entiendo que siente un leproso. Tengo una simple pero al parecer super-recontra-re viral conjuntivitis, y para evitarles la molestia a los demás, también debo evitarles el contacto. Tanto lo evitamos que ya está alterando mi psiquis.
Por lo tanto advierto que si ven en Crónica en un par de días a una loca acosadora que abraza gente por la calle, besa a su marido, hace upa a sus hijos o corretea a sus perros… no se asuste señora. Soy yo. En busca del cariño perdido.
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Choque inminente
- No tengo ganas! No me dan ganas de vestirme de gato y bailar reggaetón agachadita.
Del otro lado de la línea se escucha una carcajada. A mí también me hace reír, y más que bien me viene. Por lo menos para ir recuperando la hidratación de mis ojos. Hace más de una semana que no puedo ir a trabajar por una conjuntivitis que me agarré por tener bajas las defensas. Irónico ¿no? El tener que parar obligatoriamente me hizo levantar el freno de mano cuando venía a 160 kilómetros por hora y el golpe fue terrible. Choque inminente. Choqué conmigo, con los demás, con mis miedos, mis deseos, con miles de preguntas que me olvido de contestar mientras me ocupo de ocuparme en cosas que ocupen mi tiempo.
La que me llama es una de mis amigas. Recientemente nos ganamos ese título. Antes pensaba que era de esas personas con las que ni muerta podría compartir nada y ahora es una de las más fieles, compañera y protectora de mis amistades.
Esta confesión digna de un debate de Bailando por un sueño, salió a flote al confesarle que me cansé de las poses, de tener que ocultar esta tristeza que hoy siento por “todo” y a la vez por “nada” en particular, de salir de “cacería” para volver con una bolsa llena de especímenes histéricos para estar acompañada y sentirme más sola que en soledad porque no puedo compartir nada con el otro, de tener que pensar una estrategia para contestar un mensaje de texto, de leer entre líneas. ¿Tan difícil será decir sí o no, blanco o negro? Me cansaron los “mmnaaa”, los “grises”. No quiero más vacio. Volví a confirmarme que es lo que quiero, al menos en ese aspecto.
Así que reclusión obligada de por medio. Me gasté las lágrimas que me quedaron. Me vi más de una docena de películas (por suerte la mayoría muy buenas). Intercalo entre dos libros empezados, uno de crónicas de viaje que me hace por unos momentos hacer mi actividad favorita: viajar. Me di tiempo para pensar, sentir y soñar. Y cuando uno revuelve algo siempre encuentra, y no siempre es lo mas cómodo, pero bueno ese es el riego, ahora habrá que ver que trae el río.
Sé, me duele y me jode que hay cosas que no puedo solucionar. No tengo la cura para todos los males. No soy ni medico, ni abogado, ni Onassis. No puedo vivir la vida de otros a los que quiero solo para virar el timón cuando presiento que van por el rumbo equivocado. Cada uno es capitán de su propio barco. Y yo soy la del mío. No me voy a conformar. Soy terca. No voy a dejar que me lleve la corriente, en todo caso la ayudare remando o nadaré contra ella. Por algo dicen “el salmón” y no “tu gatita”.
Hostil belleza (San Pedro de Atacama – Chile)
Desierto, un pueblo de 2.500 habitantes y punto.San Pedro de Atacama no nos dio la mejor de las bienvenidas, y eso que atravesamos los Andes para conocerlo.
Después de un trayecto de 515 km, recorridos en 10 horas, finalmente llegamos a la nada.
Tras haber sido revisados en la frontera, el bus nos acercó a lo que sería el pueblo y partió. Bajo mis pies: tierra, polvo, arena. A mi alrededor: el viento y algunos aventureros.
Dicen que preguntando se llega a Roma, así que no podía ser muy díficil llegar al pueblo. Hacia allí fuimos y después de varias recomendaciones dimos con un residencial que como al resto de los hospedajes del lugar no tenía calefacción, ni agua corriente, ni luz por las noches. Pero que parecía agradable y el precio nos convenía.
Nos esperarían múltiples escollos. Electricidad unas pocas horas al día (irónicamente habilitada mientras había luz solar), escasez de agua (era de esperarse en el medio del desierto), amplitud térmica nunca antes experimentada (de día 25 C° y de noche –20 °C), poco dinero y ningún cajero en 100 km a la redonda.
Más allá del panorama hóstil, San Pedro nos regalaba unos días cálidos, y unas noches en las cuales llovían estrellas porque no cabían más en el cielo. Lagunas, volcanes, salares, geisers, arroyos.
Dadas las condiciones al viajero con sed de nuevas experiencias todo suena atractivo y aunque el pueblo es minúsculo está atestado de agencias de viajes con diversas propuestas.
El primer día nos decidimos por los geisers. Nos levantamos a las 3.30 de la madrugada, nos pusimos todo el abrigo que teníamos, y a oscuras nos fuimos a la puerta del hospedaje a esperar la camioneta que nos vendría a buscar. Al subir nos encontramos con varios rostros que denotaban extrañar la cama. Eran espejos italianos, ingleses, españoles, norteamericanos. El termómetro interno no fallaba, efectivamente hacía frío, la temperatura rozaba los 25 grados bajo cero. El amanecer se hacía esperar. El camino era de ripio, sinuoso, y mi estómago lo sentía. Tras casi dos horas, llegamos al campo geotérmico de los Geisers del Tatio. Tuvimos que bajar de la combi para pagar la entrada al Parque Nacional y el frío parecía pegarnos una cachetada. Nos advirtieron que solo teníamos que caminar por los senderos marcados dado que estas fuentes de agua hirviente no avisaban cuando iban a soltar su furia. Comenzamos a recorrer el lugar cuando aún el sol no era nuestra compañía y el vapor hacía aún más misterioso el paisaje. Desplegamos el desayuno sobre unas piedras. Lo más solicitado era el té de coca dado que la altura (4.320 metros) en combinación con las bajas temperaturas nos tenía a varios a mal traer.
Algunos valientes se atrevieron a bañarse en una piscina natural de agua termal que ronda los 30 °C, cuando los que mirabamos desde afuera estabamos a –15 °C. Un grupito de madrileños se daban coraje cantando sevillanas y mis amigas españolas trataban de esconderse debajo de las piedras por la verguenza ajena que sentían.
El lugar es de cuento. Los extremos se sienten en todo. En el silencio que es absoluto, en la fuerza del agua, en la rigidez de la tierra, en el clima con sus cambios radicales, en lo inhabitable de esas latitudes.
Es en estos casos donde uno se da cuenta de la inmensidad del mundo, de lo pequeña que es su vida en comparación a la vida que nos rodea y de cuan afortunado es por poder ver, sentir y vivir estas experiencias.

“A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco”
Los caminos de la vida
Viajé más de lo que me hubiese imaginado y menos de lo que hubiese querido. Reí, me cansé, lloré, corrí, escalé, saqué miles de fotos, compartí, probé comidas típicas, me enojé, hice el rídiculo, fui turista, fui guía, conocí gente con pasaportes de todos los colores, escuché centenares de historias, visité lugares inhóspitos, me maravillé ante la naturaleza, admiré al hombre y a sus obras, caminé, disfruté , aprendí en el camino, pero por sobre todas las cosas CRECÍ. Descubrir un lugar nuevo implica al llegar la ansiedad y la incertidumbre de lo que voy a encontrar; y al partir la nostalgia de saber que no voy a volver a ese lugar, principalmente por dos motivos: hay demasiado por descubrir como para volver a pisar antiguas huellas, y aunque se vuelva a ese lugar, se sabe que ni uno, ni el lugar volverán a ser los mismos. Cada viaje implica tres estadíos. Soñarlo, vivirlo y contarlo. Mientras sueño el próximo, voy a volver a vivir los anteriores a través de las palabras y las imágenes. Dicen que todo viaje, por más largo que sea, empieza con un paso y este es el primero.
VIAJÁ“
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¿Qué ves cuando me ves?
No tendría que importarme. Tendría que bastar con lo que yo veo cuando me veo.
Pero vuelvo a caer en la tentación, en la curiosidad, vuelvo una y otra vez a preguntarme qué ven los demás cuando me ven.
O mejor dicho me pregunto… ¿me ven?. ¿Me dejo ver?. ¿Se ve más allá de la interacción que una persona puede tener con otra?. ¿Se ve la esencia?. ¿Se ven las intenciones?.
¿Ves que soy pasional o crees que mis reacciones son un indicio de intolerancia? ¿Ves que soy fuerte y decidida o me percibís como una amenaza? ¿Ves mi autoexigencia como un síntoma de superación o una ambición sin sustento?
¿Se ven mis valores, mis ganas, mis pasiones, mis sueños?
¿Qué veo cuando te veo?
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Sueño de una noche de verano
Soñé con él. Seguro que él no lo sabe porque ni yo sé quien es.
Estabamos en una fiesta, el iba y venía. ¿Sería el anfitrión?. Tampoco lo sé.
Es alto, muy alto en comparación a mi. Ojos marrones o negros. Pelo castaño claro, corto. Y una espalda que invita a abrazar. Tiene puestos unos jeans y una remera ¿blanca o negra?.
Me subo a una silla tratando de acomodar uno de los colgantes que adornan ese gran patio lleno de gente y sin notarlo aparece para tomarme de la cintura y darme un largo y tierno beso, uno de esos que aún estando dormida se sienten como si fueran verdad. El resto de la velada lo sigo con la mirada, el va y viene. Tiene que ser el anfitrión. Al rato viene a sentarse a mi lado. Me toma de la mano mientras charla con mis amigos. Lo miro embelesada, no entiendo muy bien que está pasando.
De a poco se van yendo todos. Me da otro beso. Me tengo que poner en puntitas de pie, él es alto y yo me percato que como casi nunca en mi vida no tengo puestos mis tacos rascacielos y estoy en zapatillas.
Siento que esa es la despedida. Que eso fue todo.
Como si fuera en la vida real, no sé que decir, no sé como manejarme. De ese balbuseo y bla bla mutuo sale de su boca pedirme mi celular. Le digo el numero y toma nota en el suyo. Me percato que no tengo el mio conmigo. Siento una extraña sensación, no puedo pedirle su numero porque no tengo donde anotarlo. Él dice que no importa, que me va a llamar. Lo saludo y me voy para la calle. Sintiendo que no va a ser así, percibiendo que ese patio, esa calle son conocidas para mí pero… ¿de donde?.
Me despierto ¿o no?, me quedo un rato más en ese estado entre el sueño y la realidad para ver si descubro más pistas, para ver si encuentro en el sueño algo de la realidad. Deseando que la realidad tenga algo de ese sueño.
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Como un explorador
Después de tanto tiempo al fin te has ido
y, en vez de lamentarme, he decidido
tomármelo con calma.
De par en par he abierto los balcones,
he sacudido el polvo a todos los rincones
de mi alma.
Me he dicho que la vida no es un valle
de lágrimas… y he salido a la calle
como un explorador.
He vuelto a tropezar con el pasado
y he decidido, en el bar de mis pecados,
otra copa de ron.
Y en otros ojos me olvidé de tu mirada
y en otros labios despisté a la madrugada
y en otro pelo
me curé del desconsuelo
que empapaba mi almohada.
Y en otros puertos he atracado mi velero
y en otros cuartos he colgado mi sombrero,
y una mañana
comprendí que aveces gana
el que pierde a una mujer.
Con el cartel de libre en la solapa
he vuelto a ser un guapo entre las guapas
chulapas de Madrid,
sólo me pongo triste cuando alguno,
en el momento más inoportuno,
me pregunta por ti.
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