A mares

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Sintió como el pecho se le ponía de piedra. La garganta contraída, los puños apretados. Un bramido afloró de sus entrañas y pobló el cielo de palomas espantadas. Orlando Florentino Morales lloraba. A mares. A moco tendido. Desbaratado en un banco de la coqueta plaza San Martín, en pleno corazón de la Docta. Y si le hubieran preguntado “¿Por qué llorás?” – algo que nadie hizo- no hubiera sabido qué contestar.

Su mañana había empezado como todas en esta época del año: fresca y con unos mates de parado en la cocinita de mamá. Aunque ahora era su cocina. Tres años y todavía no se acostumbraba. Mamá se había ido tan serena, tan entera, con sus casi 90 años, que  parecía mentira. Orlando la homenajeó con un sepelio digno de una reina. Con un sepelio digno en realidad. Un servicio con café y masitas que todavía estaba pagando en 48 comodísimas cuotas.

Lloraba como un chico, con el cuerpo abandonado y acompañando con temblores los accesos de tos y llanto que lo dominaban. Se acercó un comedido y le hizo la pregunta boba de rigor, esa que él jamás escuchó: “¿Se siente bien?”

Después de los mates cargó bolso y abrigo y partió a tomar el N7. El colectivo no pasó. “Asamblea en punta de línea” le dijo un vecino. A paso vigoroso rumbeó para el centro. Le vendría bien la caminata. “Si no tiene plata para un gimnasio, Morales, camine que es gratis” le había dicho el médico justo después de prohibirle el pucho y esa segunda copita de vino que tanto disfrutaba en la cena. “Gratis” pensó Orlando la primera vez que lo asaltaron. “¡Pero la reputísimamadrequeloparió!” pensó las tres veces subsiguientes. Así todo, se sentía afortunado. Apenas si lo habían golpeado la última vez y, además, le habían devuelto los documentos.

Entre sollozo y sollozo, exhausto, caía en un letargo en el que solo emitía un aullido sostenido, proveniente de lo más profundo de su alma atenazada. Los transeúntes paraban la marcha al verlo. Lo observaban de lejos. Alguno sugirió llamar al 107. “¡Qué venga una ambulancia! ¡Qué llamen a los del Neuro!”  Otro propuso avisar a la policía. Y para sorpresa de todos, casi inmediatamente llegó un agente de esos que ayudan a los turistas, bastón en mano, ocupadísimo en mandar  avisos por handy.

Consultó el reloj y constató que otra vez perdería el presentismo. Pero no se inmutó. Con Suviría de supervisor igual lo hubiera perdido. Bien decía mamá que con Suviría, si no era la cata era la jaula. Pero más allá del cabrón de su superior, apreciaba el trabajo. Algunas veces. Especialmente cuando le tocaba acompañar a algún viejito hasta la caja o cuando exigía que se le cediera el turno a una embarazada. En esos momentos se sentía importante.

Una señora se quejó del ruido infernal que emergía de Orlando. El ateneo de poesía que se celebraba en el Cabildo se había trastocado por completo. Los concurrentes pedían que se les reintegrara el dinero de la entrada y ya habían llamado al Defensor del Consumidor. El funcionario, más  intrigado que diligente, venía  en camino. Unos piqueteros autoconvocados que recolectaban firmas un poco más allá decidieron arrimarse con su petitorio lo más posible a la zona de influencia de Orlando. Con este gentío ganarían más adeptos y nadie perdería tiempo cuestionando incisos.

Cuando Orlando llegó a las oficinas con una demora de 15 minutos Suviría lo estaba esperando. “Ya no lo necesitamos, Morales” le largó. “Como no venía le hablamos a Gómez que vive cerca y le asignamos su turno. Vuelva a la tarde… ¡Ah!… y le aviso: le va a tener que cubrir las guardias al muchacho para devolverle el favor ¿me entiende?… No me ponga esa cara, Morales. ¡Agradezca que no le pegamos una patada en el culo! ¿Quién le va a dar trabajo a un viejo como usted? ¿Eh?”  Orlando no respondió. Deambuló por la peatonal un rato, ajeno al bullicio, y se dirigió a la plaza.

Se abrió una amplia brecha entre los espectadores y surgió, como si de la mismísima peste en persona se tratara, la Pelada de la Catedral. Así se la conocía a esta mujer sin rostro ni edad que protagonizaba una de las leyendas urbanas más triste de la capital serrana. Secundada por sus perros, y arrastrando varias bolsas cargadas de estropicios, se sentó junto a Orlando y le tomó la mano. Con un llanto mudo, y una mirada desprovista de luces,  se sumó a la causa, justa sin duda, del desolado caballero. Una joven que observaba la escena levantó uno de sus delicados nudillos y al parecer enjuagó la incipiente lágrima que no llegó a brotar de su ojo izquierdo, y fue una suerte que así fuera. Un surco de rimel hubiera profanado de modo grosero ese rostro tan bello. El muchacho parado a su lado,  que desde hacía rato le valoraba  el sobrecogido escote, la rodeó con su brazo y le ofreció un hombro fuerte en el que reposar su pena.

Orlando se paró frente a la Catedral pero no puedo apreciar su fachada restaurada. Tampoco se percató de lo bien que lucía el Cabildo recién pintado, ni se impactó con el colorido de los plantines dispuestos a los pies del General. Se sentó en un banco a esperar. ¿A esperar qué? No lo sabía.

Paramédicos y policías, que ya a esta altura eran varios, trataron de acercarse a Orlando. Sin embargo, todos sus intentos fueron vanos. Los perros de la Pelada montaban una férrea guardia alrededor de los dolientes. Alguien llamó a la Brigada Ambiental para que diera cuenta de la jauría de callejeros pero avisaron que no vendrían. Estaban tratando de bajar a un puma que se había subido al árbol de una vecina en Villa Eucarística.

Orlando, sentado en el banco, con la vista fija en el piso, se tomó la cabeza y trató de imaginar qué desearía esperar. Tampoco lo sabía. Sintió como el pecho se le ponía de piedra. La garganta contraída, los puños apretados. Un bramido afloró de sus entrañas y pobló el cielo de palomas espantadas.

Orlando Florentino Morales lloraba. A mares. A moco tendido. Los congregados murmuraban, mejor dicho, vociferaban, a prudente distancia, eso sí, muy excitados. Una nena de unos 3 o 4 años,  que acompañaba a su madre en un tedioso recorrido de compras, caminó en dirección a Orlando y, decidida, traspuso la barrera canina que lo cercaba. La multitud inspiró horrorizada y contuvo el aliento. En contra de lo que todos suponían, los perros no la despedazaron. Inmóviles, sabedores de sus artes, la dejaron hacer. La nena se paró junto a Orlando. Posó una manito sobre su brazo y comenzó a moverla rítmicamente al son de “sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana…sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana…”

Arrullado por este mantra lleno de zetas y sin ninguna erre, Orlando fue recuperando la calma hasta que, casi sin darse cuenta, dejó de llorar. La pelada también se calló. Nadie supo bien en qué momento la mujer tomó sus bártulos y se perdió con sus perros entre las pérgolas de la peatonal. Orlando se levantó del banco, alisó su ropa y su cabello, tomó sus cosas y, cuando se disponía a partir, reparó en la multitud que lo rodeaba. Nadie lo miró a los ojos, nadie le dispensó una palabra, ni un gesto. Lenta y sutilmente, paramédicos, policías, funcionarios, comedidos, mirones, todos, se fueron desvaneciendo. Sólo quedó la niña, que ajena a todo, arrodillada, estudiaba el ir y venir de hercúleas hormigas que se perdían entre los adoquines. Desde el piso, la pequeña levantó la mirada, y le dedicó a Orlando una sonrisa plena, sin reparos.

Relato publicado originalmente en: El Club de la Marmota

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, , lokdos dijo

Me conmovió terriblemente.
Un acierto este escrito.
un beso
Loka.

, , mil455 dijo

Gracias, Loka. Un gusto tenerte por acá.

¡Saludos!
Ceci