A mares

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Sintió como el pecho se le ponía de piedra. La garganta contraída, los puños apretados. Un bramido afloró de sus entrañas y pobló el cielo de palomas espantadas. Orlando Florentino Morales lloraba. A mares. A moco tendido. Desbaratado en un banco de la coqueta plaza San Martín, en pleno corazón de la Docta. Y si le hubieran preguntado “¿Por qué llorás?” – algo que nadie hizo- no hubiera sabido qué contestar.

Su mañana había empezado como todas en esta época del año: fresca y con unos mates de parado en la cocinita de mamá. Aunque ahora era su cocina. Tres años y todavía no se acostumbraba. Mamá se había ido tan serena, tan entera, con sus casi 90 años, que  parecía mentira. Orlando la homenajeó con un sepelio digno de una reina. Con un sepelio digno en realidad. Un servicio con café y masitas que todavía estaba pagando en 48 comodísimas cuotas.

Lloraba como un chico, con el cuerpo abandonado y acompañando con temblores los accesos de tos y llanto que lo dominaban. Se acercó un comedido y le hizo la pregunta boba de rigor, esa que él jamás escuchó: “¿Se siente bien?”

Después de los mates cargó bolso y abrigo y partió a tomar el N7. El colectivo no pasó. “Asamblea en punta de línea” le dijo un vecino. A paso vigoroso rumbeó para el centro. Le vendría bien la caminata. “Si no tiene plata para un gimnasio, Morales, camine que es gratis” le había dicho el médico justo después de prohibirle el pucho y esa segunda copita de vino que tanto disfrutaba en la cena. “Gratis” pensó Orlando la primera vez que lo asaltaron. “¡Pero la reputísimamadrequeloparió!” pensó las tres veces subsiguientes. Así todo, se sentía afortunado. Apenas si lo habían golpeado la última vez y, además, le habían devuelto los documentos.

Entre sollozo y sollozo, exhausto, caía en un letargo en el que solo emitía un aullido sostenido, proveniente de lo más profundo de su alma atenazada. Los transeúntes paraban la marcha al verlo. Lo observaban de lejos. Alguno sugirió llamar al 107. “¡Qué venga una ambulancia! ¡Qué llamen a los del Neuro!”  Otro propuso avisar a la policía. Y para sorpresa de todos, casi inmediatamente llegó un agente de esos que ayudan a los turistas, bastón en mano, ocupadísimo en mandar  avisos por handy.

Consultó el reloj y constató que otra vez perdería el presentismo. Pero no se inmutó. Con Suviría de supervisor igual lo hubiera perdido. Bien decía mamá que con Suviría, si no era la cata era la jaula. Pero más allá del cabrón de su superior, apreciaba el trabajo. Algunas veces. Especialmente cuando le tocaba acompañar a algún viejito hasta la caja o cuando exigía que se le cediera el turno a una embarazada. En esos momentos se sentía importante.

Una señora se quejó del ruido infernal que emergía de Orlando. El ateneo de poesía que se celebraba en el Cabildo se había trastocado por completo. Los concurrentes pedían que se les reintegrara el dinero de la entrada y ya habían llamado al Defensor del Consumidor. El funcionario, más  intrigado que diligente, venía  en camino. Unos piqueteros autoconvocados que recolectaban firmas un poco más allá decidieron arrimarse con su petitorio lo más posible a la zona de influencia de Orlando. Con este gentío ganarían más adeptos y nadie perdería tiempo cuestionando incisos.

Cuando Orlando llegó a las oficinas con una demora de 15 minutos Suviría lo estaba esperando. “Ya no lo necesitamos, Morales” le largó. “Como no venía le hablamos a Gómez que vive cerca y le asignamos su turno. Vuelva a la tarde… ¡Ah!… y le aviso: le va a tener que cubrir las guardias al muchacho para devolverle el favor ¿me entiende?… No me ponga esa cara, Morales. ¡Agradezca que no le pegamos una patada en el culo! ¿Quién le va a dar trabajo a un viejo como usted? ¿Eh?”  Orlando no respondió. Deambuló por la peatonal un rato, ajeno al bullicio, y se dirigió a la plaza.

Se abrió una amplia brecha entre los espectadores y surgió, como si de la mismísima peste en persona se tratara, la Pelada de la Catedral. Así se la conocía a esta mujer sin rostro ni edad que protagonizaba una de las leyendas urbanas más triste de la capital serrana. Secundada por sus perros, y arrastrando varias bolsas cargadas de estropicios, se sentó junto a Orlando y le tomó la mano. Con un llanto mudo, y una mirada desprovista de luces,  se sumó a la causa, justa sin duda, del desolado caballero. Una joven que observaba la escena levantó uno de sus delicados nudillos y al parecer enjuagó la incipiente lágrima que no llegó a brotar de su ojo izquierdo, y fue una suerte que así fuera. Un surco de rimel hubiera profanado de modo grosero ese rostro tan bello. El muchacho parado a su lado,  que desde hacía rato le valoraba  el sobrecogido escote, la rodeó con su brazo y le ofreció un hombro fuerte en el que reposar su pena.

Orlando se paró frente a la Catedral pero no puedo apreciar su fachada restaurada. Tampoco se percató de lo bien que lucía el Cabildo recién pintado, ni se impactó con el colorido de los plantines dispuestos a los pies del General. Se sentó en un banco a esperar. ¿A esperar qué? No lo sabía.

Paramédicos y policías, que ya a esta altura eran varios, trataron de acercarse a Orlando. Sin embargo, todos sus intentos fueron vanos. Los perros de la Pelada montaban una férrea guardia alrededor de los dolientes. Alguien llamó a la Brigada Ambiental para que diera cuenta de la jauría de callejeros pero avisaron que no vendrían. Estaban tratando de bajar a un puma que se había subido al árbol de una vecina en Villa Eucarística.

Orlando, sentado en el banco, con la vista fija en el piso, se tomó la cabeza y trató de imaginar qué desearía esperar. Tampoco lo sabía. Sintió como el pecho se le ponía de piedra. La garganta contraída, los puños apretados. Un bramido afloró de sus entrañas y pobló el cielo de palomas espantadas.

Orlando Florentino Morales lloraba. A mares. A moco tendido. Los congregados murmuraban, mejor dicho, vociferaban, a prudente distancia, eso sí, muy excitados. Una nena de unos 3 o 4 años,  que acompañaba a su madre en un tedioso recorrido de compras, caminó en dirección a Orlando y, decidida, traspuso la barrera canina que lo cercaba. La multitud inspiró horrorizada y contuvo el aliento. En contra de lo que todos suponían, los perros no la despedazaron. Inmóviles, sabedores de sus artes, la dejaron hacer. La nena se paró junto a Orlando. Posó una manito sobre su brazo y comenzó a moverla rítmicamente al son de “sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana…sana, sana, colita de rana, si no sana hoy, sanará mañana…”

Arrullado por este mantra lleno de zetas y sin ninguna erre, Orlando fue recuperando la calma hasta que, casi sin darse cuenta, dejó de llorar. La pelada también se calló. Nadie supo bien en qué momento la mujer tomó sus bártulos y se perdió con sus perros entre las pérgolas de la peatonal. Orlando se levantó del banco, alisó su ropa y su cabello, tomó sus cosas y, cuando se disponía a partir, reparó en la multitud que lo rodeaba. Nadie lo miró a los ojos, nadie le dispensó una palabra, ni un gesto. Lenta y sutilmente, paramédicos, policías, funcionarios, comedidos, mirones, todos, se fueron desvaneciendo. Sólo quedó la niña, que ajena a todo, arrodillada, estudiaba el ir y venir de hercúleas hormigas que se perdían entre los adoquines. Desde el piso, la pequeña levantó la mirada, y le dedicó a Orlando una sonrisa plena, sin reparos.

Relato publicado originalmente en: El Club de la Marmota

Las burbujas del silencio – 8va Convocatoria Literaria

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Redondas bailarinas espejadas

Flotan en los ensueños del alma.

Se desprenden, insolentes, y divagan

Acarreando mil deseos en su danza.

La inconsciencia las acuna, las arrulla,

Con susurros de palabras sin recuerdos.

Merodean en las sombras de los miedos

Y se mesen desafiantes entre anhelos.

Ilusiones postergadas se adivinan

En el brillo de sus formas ideales.

Reservorios de secretos y de sueños

Portadoras de misterios abismales.   

Vacilantes se deslizan por el aire

Intuyendo las mareas de lo incierto

Van y vienen, en un juego sin descanso,

Las burbujas protectoras del silencio.

Un blog-cumpleaños sin velitas pero con cuento!

 Querida gente:

Este blog cumplió un año el mes pasado y no me di cuenta!!! Pero como no quiero dejar pasar este primer aniversario sin tanta pena ni gloria, comparto con ustedes uno de los cuentitos que más disfruté escribir el año pasado.

Las Historia de la China – El Mandinga

“¡Qué suerte pa’ la desgracia!” secreteaba la paisanada cuando lo veían pasar. Mozo bueno y trabajador, el Venancio. Calladito, sin vicios, y sin dónde caerse muerto también.

Don Fulvio lo trajo del monte, casi recién nacido. Guachito, medio muerto. Y lo criaron entre la viejita y la peonada en la cocina de la casa grande, igual que a mí. 

Uña y carne nos hicimos con el Venancio. “¿Qué hace el crío con la chinita desvergonzada esa?” se quejaba Don Fulvio cada vez que nos veía pasar corriendo como chivatos para el lado del río. Pero chistaba y nos dejaba hacer. Y así crecimos, juntos con el Venancio. Como hermanos.

Cuando cumplió los 13, Don Fulvio se lo llevó del brazo hasta el corral grande y le dijo: “Usté se está haciendo hombre, ‘mijo. Ya es hora que monte caballo propio. Aquel, mire, aquel potro negro que ve allá, ese es el suyo” le dijo y  señaló al bicho que metía más miedo de toda la tropa. “Mandinga” sentenció el viejo, “así se llama, y es hijo del Moro mío, así que me lo trata con respeto”.

¡Qué manera de correr con el Mandinga! El Venancio lo guiaba como si fueran sus patas y a mí me llevaba en anca, con las polleras al viento. No nos quedó rincón del monte sin espiar. El mejor verano fue, si no hubiera sido por la caída. La primera de tantas. Nos habíamos envalentonado con los saltos. El Mandinga volaba. Encaramos el río como un tiro, para saltarlo por la olla. Cuando íbamos en el aire, el Mandinga se espantó y cayó desbocado en la otra orilla. Yo del envión terminé en el agua pero el Venancio quedó tirado, como muerto, sobre la arena. Cuando lo pude despertar, me contó que lo había visto al rengo Benítez amortajado y a la viuda del Florencio llorándolo sobre el cajón. No nos hizo falta preguntar qué había pasado cuando, al volver a las casas, nos encontramos con toda la paisanda enlutada y al cura del pueblo tratando de serenar a los hijos del Florencio. Así, el Venancio y yo supimos, antes que nadie, que la Martina se nos iría de parto, que el viejo Ernesto se moriría de pena y que Don Fulvio, con su catarro, no pasaría el invierno. Más de una vez intentamos torcer los destinos de los desgraciados, pero nunca conseguimos nada, lo que estaba escrito, escrito estaba, y así pasaba.

Y en esos trances nos fuimos haciendo mozos, y llegaron los bailes y las quermeses, y el Venancio, buenazo como era, cada vez que podía le sacaba el sí a la viejita y me llevaba con él al baile. Ahí fue cuando la conoció a la Belinda. Un angelito la Belinda. Era la única que podía sacarle esa tristeza que lo apagaba después de cada caída. “No montés más ese bicho del diablo” le decíamos, pero no había caso, el Mandinga lo tenía hechizado.

La tarde de la desgracia yo estaba en la cocina, con la viejita, friendo buñuelos… ¡Lo que le gustaban al Venancio los buñuelos! Ya le había hecho saber a la Belinda que el Venancio la esperaba esa noche en el río. A escondidas andaban esos dos. El hermano de la Belinda no lo podía ni ver al Venancio. El muy mal parido se la había jugado al naipe y encima la había perdido. La tenía prometida al capataz de La Arbolada para fin de año. Se casaban, dicen. El Venancio tenía plata ahorrada y quería llevársela lejos, se lo iba a decir esa noche. Le había comprado un brazalete de plata y todo para honrar la promesa.

Por poco y me tiro el aceite encima cuando el Venancio entró como una tromba a la cocina. “Decile a la Belinda que la quiero pero que lo de esta noche no va a poder ser” me dijo atropellado. “Una desgracia Chinita, la ví tirada en el patio, muerta, con el brazalete en la mano” me gritó, sacudiéndome de un brazo. “Y te vi a vos Chinita, en el fondo, con un brazo apuntando a la Belinda, pero mirando para atrás, como atontada. Y a tus espaldas, una montonera. Estaban todos, hasta la viejita, que lloraba arrodillada en el piso” terminó despacito. “Decile a la Belinda que esta noche no voy” me dijo clarito con tanta mala suerte que lo escuchó el mal parido del hermano que lo venía siguiendo y acababa de asomarse por la puerta.

El Venancio se abrió paso a los empujones y pudo salir al patio. Alcanzó a desenvainar la faca. Pero el hermano de la Belinda, que siempre andaba calzado, no lo dejó ni acomodarse y ahí nomás le pegó un tiró al pecho. El Venancio cayó suavecito, como sabiendo, y enseguida lo rodeó la peonada. “Está muerto” dijeron. La viejita cayó de rodillas, se llevó las manos a la cara y se largó a llorar bajito.

No sé cómo llegó tan rápido la Belinda. Se tiró encima del Venancio, le trajinó las ropas y encontró el brazalete. Miró la joya como embobada y de un salto se levantó y empezó a correr para el lado del río. Pero el hermano no la dejó ir muy lejos, ahí nomás levantó el arma y le disparó por la espalda. La Belinda cayó como si la hubieran boleado. Y yo no pude hacer nada, estaba como atontada. Con un brazo tratando de alcanzar a la Belinda y con los ojos puestos en el Venancio. Mi única familia.

En medio del griterío, mientras la peonada le arrebataba el arma al matador y lo molían a palos, yo me agencié el fierro que quedó tirado y me fui a las zancadas al corral grande. Ahí estaba el Mandinga, con las orejas tiesas, atento, como esperando. Le puse el caño en la sien y disparé. Pero la bala no salió. El bicho me miró, manso, y sacudió la cabeza. Me rodeó al trotecito, atravesó la tranquera que yo había dejado abierta, y se perdió en el monte, como si nunca hubiera existido.

Nueva Era

La compuerta de recepción se cerró. Zeus76 tomó el pack de la bandeja e inspeccionó el contenido. El snack era exactamente el que había ordenado pero el delivery se había demorado 8 segundos. Se sentó en su ergonómica y fijó la vista en la pantalla. Sin dudarlo reclamó el delay y recibió un bonus de 800 energios. Se sintió complacido. En las últimas jornadas había ganado más energios de los que cualquier ávatar podría gastar en toda una sesión. Se le vinieron a la mente los cinco ávatars que había creado en Fifty Second Life. Con disgusto recordó que sólo tres de ellos habían alcanzado el éxito que esperaba. Aaryn había comenzado con un pequeño negocio de mascotas virtuales y ahora estaba por abrir la décima sucursal de “Freaky Pets”. Cyrano diseñaba accesorios exclusivos para avatars altamente customizados y era muy respetado en el virtualbusiness. Y finalmente Levitan, un DJ multimediático que había logrado conquistar a un buen segmento de internautas principiantes que lo idolatraban. Cecil y Nilus todavía no habían logrado gran cosa. Les dedicaba menos tiempo que a los demás y estaba pensando seriamente en eliminarlos. Cecil era un blogescritor prácticamente desconocido y Nilus había abierto un bookstore de clásicos que resultó un fracaso. Casi nadie se interesó por los mamotretos incomprensibles de los antiguos Borges, Dostoievski o Hemingway. Así todo, Zeus76 estaba satisfecho. Su celda era confortable y con el capital que tenía ahorrado podría comprar la energía necesaria para disfrutar de una larga y entretenida sesión. No todos eran tan afortunados. Abundaban en la red historias de webcitizens que habían tenido que desloguearse por falta de energía. Y de eso al dematerializador había sólo un paso. Zeus76 no daba crédito a los relatos que circulaban vía spam de individuos que subsistían fuera de la red. La vida fuera del sistema era absolutamente imposible. Cualquiera sabía eso. Desde que se agotaron los recursos naturales y se extinguieron casi la totalidad de las especies nadie que él conociera se había aventurado a salir de su celda.

 

Zeus76 se frotó los ojos y se retiró un instante de la pantalla. Mientras comía su snack, se concentró en la vista que ofrecía la única ventana de LCD que había en su cubículo. El atardecer, su momento favorito de la jornada. Un sol dorado caía lentamente sobre un mar violáceo. Plateadas palmeras se mecían sobre una playa sedosa, color coral, cubierta de almejas perladas. Estiró uno de sus dedos temblorosos sobre el comando dactilar de la PC y el paisaje de la ventana cambió. Era un atardecer también, pero esta vez en las montañas. Un sol lila se escondía tras monumentales elevaciones azules salpicadas de pinos rojizos. Zeus76 recordó las clases de geografía originaria que había tomado hace un tiempo en Mooddle. Se preguntó si los paisajes de la tierra habrían sido realmente como los que su ventana representaba. En el curso tuvo acceso a varias fotografías antiguas pero eso no lo conformaba. Difícilmente, a lo largo de tanto tiempo, no hubieran sido alteradas.

 

Sonó la segunda alarma del dematerializador y Zeus76 se mostró sorprendido. Observó la luz amarilla que irradiaba del cofre y se estremeció. “Qué rápido pasó el tiempo”, pensó. Recordaba perfectamente cuando sonó la primera. La luminaria fue verde aquella vez y marcó el momento de despachar su fluido seminal a la matriz. La idea de que quizás usaran su muestra para alguna inseminación flotó en su cabeza un instante. Pero no tenía caso pensar en eso, nunca lo sabría. Del mismo modo que su madre nunca había sabido a quién pertenecía la muestra que recibió exactamente a su misma edad. Pensó que ser masculino tenía sus ventajas. No tendría que pasar por lo que pasó su madre. El embarazo, el alumbramiento, el puerperio, más allá de toda la información y asistencia que la red pudiera brindar, debían ser momentos de mucha incertidumbre. Sabía de algunas féminas, que en su desesperación, terminaban sometiéndose al dematerializador antes de tiempo. No era raro que esos casos fueran analizados escrupulosamente por las autoridades de la matriz ya que evidenciaban severos errores en la selección de las reproductoras. Afortunadamente no tenía recuerdos de su madre. Reflexionó que era muy conveniente que a las madres les sonara la tercera alarma antes de que los hijos tuvieran suficiente conciencia como para recordarlas.

 

La alarma se detuvo y Zeus76 arrojó a un lado lo que quedaba de su snack de queso y peperoni. Sabía a anchoas. “Hace tiempo que los recreadores de sabores han perdido el rumbo”, se dijo. Volvió a colocarse frente a la pantalla. Había contratado un tour a la Polinesia y debía partir en los próximos 10 segundos. Se instaló en su ergonómica y colocó los dispositivos sensoriales tal como indicaba el instructivo. Otra vez se sintió a gusto. Había decidido dedicar lo que le quedaba de sesión a viajar. Los energios en su e-bank se lo permitían. Además, si bien su cuerpo presentaba los signos de deterioro normales para su número de jornadas, confiaba en que no debería hacer uso del dematerializador hasta que no se disparara la tercera alarma.

 

Apenas comenzaban a sonar los primeros acordes de la presentación cuando la PC y las luminarias se apagaron. Inaudito. Primera vez que ocurría semejante cosa. La oscuridad y el pánico se instalaron en el cubículo. Podía escuchar su corazón, bombeando desenfrenado. Un sudor frío le cubrió el cuerpo. Se sintió mareado. Tuvo la necesidad de vaciar su estómago. Permaneció aferrado a su ergonómica un instante hasta que no lo soportó más y se abalanzó hacia la compuerta de emergencia. Bastó una suave presión para que cediera. Los cierres herméticos estaban desactivados. Emergió con cautela y se vió forzado a cubrirse la cara. Un torrente de luz parduzca, proveniente de un sol polvoriento, impactó sobre su piel y le causó gran escozor. Al cabo de unos segundos su vista se fue adaptando al resplandor y logró distinguir algo entre sus manos. Eran sus pies. Pequeños y delicados, se asentaban sobre una superficie grisácea e irregular que supuso sería tierra. Levantó la mirada y comprobó que, hasta donde alcanzaba a ver, el paisaje se reducía a eso. Tierra reseca con quiebres irregulares y grandes piedras de aristas filosas. Giró y miró su cubículo. Un enorme huevo metálico, dispuesto junto a una docena de huevos más. Se figuró un nido gigante e inmediatamente temió que alguna criatura descomunal irrumpiera a reclamarlo. Sacudió la cabeza. Desvariaba.

 

Sintió un ruido. Provenía del huevo vecino. La compuerta se abrió y lentamente fue emergiendo un ser horrendo. No podía verle la cara. Tal como él había hecho, se la cubría desesperadamente con ambas manos. Debía ser de su estatura. Sus piernas eran huesudas y poco desarrolladas. Su torso esquelético no alcanzaba a erguirse por completo y, en lo que sería el vientre, no había más que un hueco. Sus brazos lucían tan débiles como el resto de su cuerpo. La piel apergaminada despedía un brillo blanquecino verdoso. Sus manos, de dedos fuertes, y su cabeza, completamente calva, parecían estar mucho más desarrolladas que el resto del cuerpo. El individuo se descubrió la cara y con ojos doloridos lo miró. Su semblante revelaba terror. Zeus76 sintió fascinación ante esos ojos gigantescos que lo observaban. Recordó a los miles de ávatars que había conocido en línea. Figuras tetra-dimensionales, esbeltas, bien formadas, de rasgos armónicos. De pronto sintió la necesidad de mirarse. Prestó atención a su cuerpo como jamás lo había hecho y comprobó que su aspecto era muy similar al de su vecino. A esta altura todos los huevos se habían abierto y sus espectrales residentes permanecían inmóviles, observándose unos a otros, y a sí mismos, con gran morbosidad.

 

Zeuz76 despertó de este trance, que no podría calcular cuánto duró, e ingresó a tientas a su cubículo. Salió rápidamente, cargando lo poco que podía serle de utilidad en el exterior. El resto lo imitó. Cuando estuvieron todos dispuestos, con sus escasos bultos, miraron hacia el horizonte en todas direcciones. Los más jóvenes distinguieron un reflejo hacia la izquierda, justo debajo del sol. Otro nido quizás. Y hacia allá partieron, en silencio. Cubiertos con mantas, arrastrando sus frágiles pies, y manteniendo un penoso equilibrio, la fila de fantasmas comenzó a andar. Así fue como se inició lo que más tarde se conocería como El Gran Peregrinaje, el comienzo de una nueva era.

¡Se vienen las vacaciones!

En unos días partimos al sur a disfrutar de nuestras ansiadas vacaciones. Mi familia parte, yo regreso. Y si bien no vuelvo a casa, porque mi casa ya no está, vuelvo a la casita del lago, que está muy cerca y que es casi lo mismo. A “Villa Pehuenia”, como se llama ahora. Aunque para mí seguirá siendo siempre el lago, el lugar adonde transcurren muchos de los recuerdos de mi vida anterior. Esa vida en la que todos nos conocíamos. En la que una cola de más de dos personas era una barbaridad. En la que si no estacionábamos en la puerta de nuestro destino nos escandalizábamos de lo concurrido que estaba el centro. Esa vida en la que 32 grados era un calor extremo y el viento apenas una brisa. Cada vez que hago llegar a mi familia hasta allá trato de transmitirles todo lo que el sur significa para mí. Todo lo que hay de mí allá. Me lleno de tierra y el viento me zumba en los oídos. El sol me quema sin que lo note. Las sendas me llevan a los lugares de siempre. Las mismas piedras, las mismas araucarias. Lo importante no cambia. Por eso vuelvo.

Un aporte a la comunidad: Cómo restituir los ‘avatars’ desaparecidos en un 1,2,3… 4,5,6,7

Después de una ‘meditada’ navegación por la comunidad, y digo meditada porque entre pantalla y pantalla tuve muchos blancos para la reflexión, noté que muchos de ustedes, queridos amigos, hablan desde el vacío del avatar que alguna vez fueron… porque ¡los avatars desparecieron! Sólo algunos bloggers, lejos de ser la mayoría, han podido, o se han tomado el tiempo de reponerlos.

Como a mí me llevó unos 40 minutos de vueltas, tan virtuales como circulares, e incontables pasos adelante y atrás, descubrir cómo editar mi perfil (sin mencionar todo lo que pude reflexionar en ese interin), procedo a contarles paso a paso esto que resultó ser la mar de fácil…  

1- Inicien sesión (Este paso puede llevar un rato… Pero como todo hay que capitalizarlo en esta vida, tienen tiempo de servirse un té o sebarse unos mates… y de hornear unas galletitas hasta que hayan logrado ingresar.)

2- Cuando ya estén adentro (¡Alabado sea el Señor!) observen que en la parte superior de la página hay cuatro pestañas, a saber:

  • Hola…
  • Mi Cuenta
  • Mis Blogs
  • Autores del Blog

3- Párense con el mouse sobre Mi Cuenta (¡sin hacer click!). Cuando estén allí detenidos se van a desplegar tres opciones:

  • Perfil
  • Amigos
  • Cerrar sesión

4- (¡Qué a nadie en su sano juicio se le ocurra hacer click en Cerrar sesión porque estamos fritos! Tendrán que empezar todo de nuevo…)Párense sobre Perfil (¡sin hacer click!) y se desplegarán otras dos opciones hacia la derecha:

  • Público
  • Editar Perfil

5- Hagan click en Editar Perfil y esperen. Mientras, pueden ir a sacar a pasear al perro, o a hacer las compras para la cena, o seguir meditando hasta que se abra la susodicha página.

6- Vayan hasta el fondo de esa página y se van a encontrar con una opción que les permite “examinar” sus archivos para subir la imagen de avatar que deseen.

7- Una vez que la hayan seleccionado, la confirman y ya está!

Espero que esta información les resulte útil y que les devuelva algo de la confianza perdida ante el tsunami tecnológico con el que inauguramos este 2010.

De esperas


Te esperé, cada navidad, por muchos años. Estabas de viaje, decía mamá, helada, cortante. Una noche buena, con esa sabiduría de la que sólo gozan los niños, dejé de preguntar cuándo vendrías. Pero seguí esperando, en silencio pétreo junto a la ventana, durante toda mi infancia. La cara despejada, el pelo recogido en dos trenzas simétricas, tensas, casi tan tensas como mamá. Algún vestido de salir, zapatos invariablemente apretados y la mirada puesta en la puerta de la verja. Ya se abriría, ya se abriría… y entrarías vos, cargado de regalos, y de excusas, de esas que nadie escucha. Y me levantarías en al aire con una sonrisa tan franca que esfumaría tu ausencia. Pero nunca pasó. O digamos que lo que pasó no se acerca ni remotamente a lo que cada diciembre mi alma había ensayado. Llegaste. Una tarde de frío cualquiera. Cuando ya no te esperaba. Cuando ya casi había olvidado como sería esa sonrisa que jamás me dedicaste. Y en un “Hola, soy Ernesto, tu padre” te hiciste de una hija, cuatro nietos y dos biznietos por venir. Y aunque mamá ya no estaba y yo casi había olvidado lo que dolía esperarte, te recibí. Y tuviste suerte, mucha suerte, de que no nos pareciéramos en nada. Porque yo, a diferencia tuya, cada vez que me necesitan, no me hago esperar. Simplemente, estoy. Herencia de mamá supongo.

Júbilo (3er concurso de relatos cortos)

Cuando su abuelo murió, Pedro permaneció sentado junto a su tumba durante un mes. A los treinta días volvió a su casa y retomó su rutina como si nada.
Cada mañana los Robles lo pasaban a buscar y hacían todo el trayecto hasta la fábrica en silencio. Porque Pedro trabajaba en la fábrica, igual que lo habían hecho su padre, su abuelo y todos los que él conociera. De su padre no tenía recuerdos, murió cuando él era niño. Y de su madre, menos. Lo abandonó al nacer. Y lo bien que había hecho, le machacaba el abuelo cada vez que podía.
Pedro nunca recibió una caricia, ni un juguete, ni una golosina. Nunca salió a la vereda ni frecuentó a otros chicos. Trabajaba desde los 14 años en la misma fábrica que se llevó a su padre y a su abuelo y que tarde o temprano se lo llevaría a él.
Sin embargo, una mañana la vio. Hacía tiempo que soñaba con ella pero no siempre podía espiarla. Ahí estaba, frente a la puerta, radiante. Les dijo a los Robles que se adelantaran y, cuando apenas pudo distinguirlos, irrumpió en el jardín y la levantó en andas. La llevó hasta la calle y la observó un momento. Montó tambaleante y se dio impulso. La bicicleta se deslizó como flotando. Los Robles lo vieron pasar como una exhalación, lanzando alaridos de júbilo. Dicen que se perdió en la bruma, riendo. Nunca más se supo de él…

El sueño de Carlitos

Yo no te quería llamar Carlitos, ¿sabés?… Lo que pasa es que es una caja vieja… Y el único que la puede abrir sos vos. Me habían dicho que te habías retirado… pero…¡no hay otro como vos, Carlitos!… ¿Me estás escuchando, viejo?

Carlitos no responde. Entretenido, se mira al espejo y ensaya poses.

Cuando te dije que tenías que buscarte algún disfraz… ¿cómo te explico?… ¡me refería a algo que te tapara la cara!

Carlitos no lo mira. Toma carrera y ejecuta saltitos desacompasados.

¿No había un disfraz de super héroe?… qué se yo… un Batman, un Zorro… ¡Barnie! ¿no te gusta Barnie? Mirá que ese es bien puchero ¿eh?

Carlitos no lo escucha. Gira y gira y casi puede sentir la música.

Yo sé que vos siempre soñaste con el Colón…Todos esos afiches que tenías de tipos en cuero levantando la pata hasta la oreja… pero…¿¿te parece Carlitos?? ¡Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa!

—Era el único traje de ballet que les quedaba y no me voy a morir sin haber usado ninguno— contesta tratando de recuperar el aliento.

¡Pero mirá lo que decís Carlitos! ¿Cómo se te ocurre? Además, ¿qué pasa si te bajan —¡Dios no quiera!— y vos con esa facha? ¡Pensá en tus nietos, Carlitos!

—Justamente, porque pienso en ellos es que voy a ir vestido como se me cante… ¡Ah!, y te aviso: al revólver lo voy a llevar en la mano porque este tutú no trae bolsillos.

Los petisos

Los petisos y tres intercambios con su madre que los pintan de cuerpo entero.

Con Mayúsculo, de 6 años:

—Santi, ponete las zapatillas.
—¡Uh! má…
—Ponete las zapatillas Santiago, ¿cuántas veces te lo tengo que decir?
—¡Uh! má, qué rompe que sos. ¿Por qué no me dejás hacer mi vida?
—Te voy a dejar hacer tu vida el día que tengas 21 años, trabajes y vivas fuera de esta casa, ¡todo eso junto!. Mientras tanto, se hace lo que papá o yo digamos ¿estamos?
—Ay, má… Vos sos vos y yo soy yo ¿no entendés?

Con Mediúsculo, de 4 años y medio:

— Ma, hay que comer mucho para tener musculazos grandes para enamorar a las chicas hermosas.
—Gonza… ¿y si la chica no fuera muy hermosa pero fuera buena, inteligente, divertida, comprensiva, compañera? ¿estaría bien así?
—Mmhhhh… Tiene que ser hermosa.
—¿Y cómo es una chica hermosa?
—Tiene que tener ojos pintados y boca pintada, ser rubia y tener vestido rosa, de princesa.
—¿¿Todo eso??
—Sí, y además tiene que tener unas tetotas ASSSÍÍÍÍÍÍ.

Con Minúsculo, de 2 años y medio:

—Ale, ¡salí del placard que estás destruyendo todo!
—¡No!
—¡Salí Alejo! ¡Estás tirando y pisando las cajas!
—¡No!
—Salí Alejo antes de que te saque… ¡Mirá lo que haces! ¡Sos una máquina de romper cosas!
—No, mami, sho no zoy una máquina de domped cozaz.
—¿Ah, no? ¿Y qué sos entonces?
—Una máquina de hazed cagadaz.