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Pintura: “Camuflaje”. Poesía: “Hoy también se festeja el día internacional del trabajo”. Miguel Oscar Menassa

1 de Mayo de 1981, Madrid

Hoy también
se festeja
el día internacional del trabajo

Días para recordar
todo lo que no se pudo.
Esos días
que los muertos vienen en tropel
a preguntar
¿por qué se los recuerda?

Lágrimas para llorar
lo que nunca se tuvo.

Caballos locos
yeguas enloquecidas
deslucidos reflejos
de la hoguera
donde ardieron las brujas
quieta paloma herida
sosiego entrecortado
por la verdad
paz
con las alas rotas.

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“DÉCIMO DIOS O DIOS DE LA VOLUNTAD” DE MIGUEL OSCAR MENASSA

1661 (www.momgallery.com)


DÉCIMO DIOS O DIOS DE LA VOLUNTAD

Dios de los pobres espíritus del poder
venid para comer el pan de nuestra mesa
y para siempre abandonar mi ser.
Algas marinas
y serenas luces de ultramar
guían mi destino.

De “Invocaciones”

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POESÍA. “ÚLTIMO SOL SOBRE LAS CUMBRES” (2/3) de GERMÁN PARDO GARCÍA. Recita MIGUEL OSCAR MENASSA

…/…

Si lo que me pertenece con la posesión del instinto,
se disgrega y mis actos abandona,
suelo orientarme en la soledad por el olfato,
como los seres primitivos
en busca de su procreación o de sus presas.
En los selváticos almizcles presiento
como el antílope el peligro.
Conozco la madurez del heno a la distancia
y el bálsamo carnal de los dátiles.
Aspiro en la noche el clima cósmico
y me invade algo de la eternidad.

Así llegué a tu ser cual un gran siervo solitario
a los contornos de su hembra:
atraído por las emanaciones de la especie
que fluyen sin cesar unidas
al concentrado olor de las cortezas y las pieles
protectoras de frutas y de faunas.
Quise evolucionar para que mi espíritu fuera
solamente atmósfera tuya; deshabitarme
de otras figuras aéreas que he amado: astros continuos
o migratorios, corazones cometarios
que palpitan con sístoles y diástoles inmensas;
repentinos enlaces de la luz en las sines del mundo;
apariciones de la nieve rotatoria en el espacio
como el algodón sobre la tierra.
Todo ese mundo mío de estructuras distantes
donde mi espíritu cumple revoluciones matemáticas
en torno del Sol.

Quise acrecentar la estatura de mi carne
hasta dejarla sin apariencia de hombre, en actitud de roca
erguida contra lo que amenace destrucción.
Una de esas montañas oscuras
que únicamente aclaran al crepúsculo,
y retenerte allí por un momento, ¡oh, sed de mis tinieblas!,
consumando nuestra unión en las alturas más solas,
en ese instante de contrición y aniquilamientos dinásticos
en que desaparece el último sol sobre las cumbres.

Quise entregarte mis vacíos
por donde a veces cruzan islas como veloces barcas
que a bordo llevan tripulación de nubes,
rojas espumas de calientes mostos
y ecuatorial repercutir de cánticos.
Yo soy el capitán de esas naves corsarias,
atormentadamente fugitivas.
¡Qué puede mi entusiasmo y qué mi espíritu
contra este mar de horror en que navego!
En las orillas crecen grupos de cocoteros y de plátanos
que dan al aire su explosión de vida.
Pero yo soy el capitán sombrío
que estandartes de cólera acaudilla.
Perdí mi amor más alto al desterrarte
lejos de mí a nocturnos archipiélagos,
y allá voy entre gritos de soberbia,
como barco sin brújula a estrellarme
contra los arrecifes de la muerte.

Tú pudieras alzarme a tu espejismo
donde abundan esteros y coronas.
Restituirme al centro de mis imaginaciones puras
y disminuir este clamor que me hace trepidar
como al zócalo de una metrópoli martirizada,
donde murieron vírgenes y atletas campeones.

A pesar de ti otro hermético mundo me llama.
A él subo a contemplar como un conquistador olvidado,
banderas derrotadas y llanuras ya sin ejércitos,
desde un monte casi humano que recibe
y transforma en insignia de su angustia,
la soledad del último sol sobre las cumbres.

A pesar de ti otro hermético mundo me nombra.
Yo lo escucho movilizarse en torno
de mi silencio andino,
con mi sagacidad de bestia acostumbrada
a oír la evolución de hundidas formas
y el ruido de las larvas apoderándose de los muertos.

Cámara y Montaje: Clémence Loonis

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POESÍA. “ÚLTIMO SOL SOBRE LAS CUMBRES” (1/3) de GERMÁN PARDO GARCÍA. Recita MIGUEL OSCAR MENASSA

Te comparo con el último sol sobre las cumbres.
Si desaparecieras no sería para mí suficiente
que en la tolerancia de la sombra
principiaran a manifestarse llamas que sólo desear puedo.

Tú existes al alcance de este confuso cuerpo mío,
seguro ya de su desasosiego y de su carne
por las estrellas multiplicada.
Circulas próxima a los sitios donde ciego te escucho
brillar, porque es tu luz de ruidos alucinantes
lo que oigo desde mi ofuscación interna
parecida a los cautiverios de la noche.

Cuando en la precipitada trayectoria de mis cauces
descubro complementos míos como tú, constituida
de cosas vinculadas tercamente al espacio y la tierra,
aíslo para recordarlo
figuras sostenedoras de pesos y cantidades;
palabras conectadas con el peso del mundo;
iras que luchen entre sí como vertientes
generadoras de la más legítima naturaleza.
Por eso a ti, incrustada en las escarpaduras de mi cuerpo solo,
mujer casi luz sólida, te identifico llamándote,
por la sensación física de remota hoguera que me causas
y por el deslumbramiento en que me envuelves,
último sol sobre las cumbres.

Yo, americano, tengo que interpretarte tumultuosamente.
Blanco soy pero mi espíritu se tiñe
de sepia silencioso
y de trágicas deidades estoy lleno.
Nací como los ríos
sin más noción que la de su fuerza amazónica.
Crecí con la libertad de los caballos en sus travesías.
Aprendí a mirar siempre a la distancia como los buitres.
La noche me presiona con su oscura lámina de cantera
marcada por jeroglíficos enormes.
He padecido hasta dar mi sangre al sacrificio.
En mi agitación hay algo sobrehumano
y algo deforme en mi reposo.
Por eso a ti cobriza como la tez de vencidos pueblos;
con tu expresión de ídolo contemplándome en sorda calma
y exhalando de ti lento rescoldo
acelerado por combustiones amarillas,
te llamo como a uno de los fenómenos de la tierra,
último sol sobre las cumbres.

Al verte por primera vez, en el antecolor de tu cara
noté un dolor antiguo afianzándose a los poros,
como la oxidación del sulfato
a las moléculas del cobre.
Tu cara de lejano horizonte indígena
con dos verdes y elípticas lagunas.
Lo inexorale de los rostros americanos
latente en las cerámicas de olvido;
la sacratísima unción del misterio
que no se toca nunca ni se dice;
la resistencia al lanto que no fluyó jamás y está en los bosques.
convertidos en hierática escultura.
Por la noche los ojos estatuarios
vierten irremisibles lábrimas de arena.
Y la lectura de los astros en páginas de jade,
al pie de los adoratorios y las tumbas;
y la quietud como una flor hipnótica
que todavía crece en las manos andantes
del hombre de América.

Todo estaba escrito en tu cara de sacramentales ángulos,
que un día yo llamé “valle de la amargura”,
por su dolor central apenas manifestado
detrás de un tierno abrigo de salvias aborígenes.
Allí también la clave púrpura de los himnos de guerra;
los nupciales pregones
y la aflicción de las músicas monótonas.
El culto a la independencia de las águilas,
al cuerpo del mar
y la gratitud a las gramíneas.
La adoración del tigre;
la invocación al viento;
las danzas a la lluvia;
los triunfos al verano
y la idolatría al sol sexual actuante
sobre el moreno panteísmo de las gentes
constructoras de símbolos de oro.
Esa pasión solar en ti despierta
el día en que mirando hacia la tarde me dijiste:
¡Yo soy como los fuegos trágicos que amas!
¡Como el último sol sobre las cumbres!


Cámara y montaje Clémence Loonis

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