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“El nacimiento del poeta (1 a IV)” de Miguel Oscar Menassa

I

Abro y cierro mis mandíbulas
dejo escapar, agrestes humos,
cálida energía vital, nazco.

II

Partícula agónica de la matanza,
Otro del Otro que fui, escribo.

III

No tengo que dejar,
que mi pensamiento sea desviado.
Porque mi pensamiento es,
el pensamiento desviado.

IV

A los pobres nos pasa,
todo en nuestro cuerpo.
Morirnos jóvenes o,
nos endurecemos.

Nos vamos haciendo de granito,
vamos uniendo unos contra otros,
nuestros sentimientos y,
sin embargo, sabemos:
Un hombre a cierta edad
no necesita estar unido a nadie
para pretender cambiar el mundo.

No necesita estar unido a nadie,
para decir:
Yo soy la humanidad.


Recital poético musical en el Auditorio Municipal de Camarma de Esteruelas

“Exilio” de Miguel Oscar Menassa

EXILIO

Fui lo que quise ser,
loco de mí, ciego,
hambriento por mis cosas.

Era un hombre pequeño,
altivo sí, pero pequeño:
envuelto en mis pies,
mi piel,
era el sortilegio del camino.

Dragón marino,
línea de perfección divina,
donde el fuego y el agua,
piensan vertiginosamente,
un encuentro imposible.

Catapultado
junto al billón de hambrientos,
echados de la tierra,
niño prodigio,
embalsamado entre palabras,
como pesadas paredes de cemento,
amurallando mi pequeño corazón
contra la vida
y no pude morir.

Vivía agradecido:
fui capaz,
estreché las manos del viento,
cada mujer era mi amor,
todo el mundo, mi mundo.

Poesía. “Otra” de Miguel Oscar Menassa

OTRA

Ámame con la violencia de las amantes griegas
que suelen perfumadas esperar a sus hombres
en pequeñas alcobas de tierra en las colinas
porque tengo en el alma profunda una tristeza.

Ámame con la esperanza de los sacerdotes fenicios
que solían navegar junto a sus fieles
en alocados mares de variados colores
porque tengo en la mirada serena una tristeza.

Ámame con la furia de los famosos tigres de bengala
que suelen silenciosos esperar a sus presas
en sospechosas guaridas en medio de la selva
porque tengo en la boca sedienta una tristeza.

OTRA

Ámame con la violencia de las amantes griegas
que suelen perfumadas esperar a sus hombres
en pequeñas alcobas de tierra en las colinas
porque tengo en el alma profunda una tristeza.

Ámame con la esperanza de los sacerdotes fenicios
que solían navegar junto a sus fieles
en alocados mares de variados colores
porque tengo en la mirada serena una tristeza.

Ámame con la furia de los famosos tigres de bengala
que suelen silenciosos esperar a sus presas
en sospechosas guaridas en medio de la selva
porque tengo en la boca sedienta una tristeza.

CARTAS A MI MUJER DOS

Nunca nos poníamos de acuerdo en el precio de las cosas.

Para mí las cosas siempre eran baratas. Estar al lado tuyo para mí, hacía poco todo precio.

Fuimos de tal manera libres que ahora eres una mujer que esta cerca de mí aunque estemos lejos. Eres un verdadero invento.

Una mujer que está ahí aunque no esté. Una mujer que me permite estar allí cuando, en realidad, estoy aquí.

Un verdadero invento y no sé quién inventó el amor entre nosotros pero no nos importa y no creemos demasiado.

Lo hacemos, el amor lo hacemos y cuando no lo hacemos, hacemos otras verdades, fabricamos otros sueños que los de la especie, esos días que nos levantamos enamorados de los puentes, de las vías férreas, de las autopistas, de todo aquello que separa a los amantes para que luego se vuelvan a encontrar en otros caminos, otras ciudades, otros amantes.

Yo y vos, querida, hemos participado en esa historia universal del amor. En siglos venideros cuando se hable del amor, se hablará de nuestro amor, eso quiero decirte cuando te digo que te amo.

Ahora, hoy día, para decirlo de alguna manera, he cumplido 68 años que, en parte, son míos y, en parte, son del mundo.

Hay veces que todo me lo debo a mí, hay veces que todo se lo debo al mundo, tanto unas como otras veces sólo existen, para mí, por tu presencia. Sin vos volando por el salón de la casa como si fuera un aeropuerto internacional, yo no hubiera podido concebir que el destino de la poesía era volar y, tampoco, sin ese vuelo permanente anunciando el porvenir, nunca hubiera podido concebir la idea de Las 2001 Noches.

Del libro “Cartas a mi mujer” de Miguel Oscar Menassa

MONÓLOGO ENTRE LA VACA Y EL MORIBUNDO DE MIGUEL OSCAR MENASSA

Ayer me llamaron de Suecia para darme el premio Nobel y les contesté que se lo metieran en el culo.

Me llamaron del diario «El País» para hacerme un reportaje sobre la envidia de los periodistas por los poetas y les dije que se lo hicieran a su madre.

Antes que me llamaran los de la televisión envié una carta donde los mandaba a la mierda.

Después me llamó una novia de cuando teníamos veinte años y me preguntó cómo me sentía.

Yo le contesté, preguntando a mi vez, ¿cómo me siento o cómo me va? Ella cortó inmediatamente y yo me quedé pensando en la vaca.

Salí a la calle y compré 120 rosales rojos para mi pequeño balcón y nos sentamos con la vaca, uno al lado del otro a conversar tranquilamente.

-¿Qué tal vaca? , le dije para comenzar con algo y la vaca me contestó de manera sencilla.

-Muhuhuhu.

Me emocionó su sencillez y pensé para mis adentros: La vaca, pobre, muge de tristeza.

Ella entornó sus ojos, cruzó sus piernas para atrás y señaló con la dirección de sus tetas al aire, la fotografía del Presidente del Gobierno.

De golpe sus piernas se doblaron de una manera extravagante y una rosa roja se le clavó en su corazón. La vaca dijo:

-Muhuhuu…

A mí me volvió a emocionar la sencillez de la vaca y pensé para mis adentros: Esta vez, la vaca, muge de dolor.

Ella entre mugidos engañosos, porque a partir de ahora ya nadie podía distinguir si la vaca mugía de tristeza o de dolor, intentaba con sus torpes manos arrancarse la rosa que se le había clavado en el corazón y, a la vez, quiero decir al mismo tiempo trataba de comerse la foto del Presidente del Gobierno.

Me abalancé sobre la vaca y al intentar quitarle la rosa, una vez más, le arranqué el corazón y, así, los dos más tranquilos nos comimos a medias la foto del Presidente.

Cuando terminamos de comer yo dije:

-Muhuhuhu; Muhuhu…

Y la vaca dijo para sus adentros:

-Pobre hombre muge de tristeza y de dolor. Está cansado de esperar el premio Nobel, cansado que nadie quiera entrevistarlo, cansado de que lo llame siempre la novia de cuando tenían veinte años para decirle que aún lo ama, pero que vivir con él es imposible. Pobre hombre. Poeta de multitudes morirá en soledad.


POESIA. “EL VERDADERO VIAJE” de MIGUEL OSCAR MENASSA (2/2)

EL VERDADERO VIAJE

…/…

Después hay que seguir remando.

Ya nos preguntarán
y nosotros diremos:
hemos estado con el amor
y hemos estado, también,
con la muerte.
Al principio no nos creerán
dirán que para el hombre
es imposible.
Nos pedirán pruebas,
nosotros les mostraremos
como si fuera el cielo
algunos poemas
y conseguiremos con ese gesto
que llegue hasta nosotros
el tiempo de la burla.

Grandes embarcaciones que nada buscan
porque creen tener
pasarán una y otra vez a nuestro lado
tratando de hundir con sus juegos
nuestra pequeña balsa enamorada.

Nos llamarán
desde sus lujosas embarcaciones,
con los nombres .
con los que se nombran los desperdicios.
Poetas. Locos. Asesinos.
Y en la algarabía estúpida de sus juegos
todo será posible.
Nos tirarán algunas piedras
y se dirán
nada los ofende y enfurecidos.
nos gritarán:
Pelead ¡cobardes! defendeos.

Y después de mil veces y otras mil
con los ojos desorbitados
por el cansancio
y también por la sorpresa de ver
nuestra pequeña balsa enamorada
siguiendo su camino
y nosotros, tranquilamente,
sobre ella remando.

Después de haber atravesado
ilesos el camino de la burla
vendrá os aseguro
el tiempo del oro.

Aburridos de sus propias risas
querrán jugar a nuestro juego.
¿Cuánto cuesta esa madera
a punto de pudrirse
que usáis de embarcación?
y ¿cuánto vuestra vida?
¿Cuánto esas viejas cartas
de navegación
y cuánto esos poemas?

Cuestan, señor,
lo que le cuesta a un hombre,
dejar de pertenecerse
y entregarse al poema.

¿Cuánto dinero cuesta eso?

Todo y ninguno
tal vez su propia vida.

¿Cuánto dinero cuesta
mi vida entonces?

Todo y ninguno.
Su vida son palabras
como todas las vidas
y eso, tengo entendido,
vale nada.

Y ¿cuánto dinero cuesta pensar así?

Todo y ninguno.
Más bien hay que sumergirse
remar y no esperar nada.

Eso cuesta.
Sumergirse y no esperar nada
en las tinieblas,
hacia otra oscuridad mayor
el poema.

Una vez enamorados
el amor y la muerte
y rechazados el oro
y la burla por impuros
vendrá y de ninguna parte
porque ella
vivió siempre en nosotros
la locura.

El peor de todos los estrechos.
Surge imprevista,
por ser ley de su destino
la sorpresa
y no viene por ninguna pelea
porque trae el deseo
de trabar amistad con el poeta.

Y cuando llega
nos dice entre susurros
que su mundo
y el mundo de la poesía
son el mismo mundo.

Frente a la duda hay que seguir remando.

Informe se deja moldear
por nuestras palabras
y al tiempo ella también
tiene su grandeza.

Yo soy del amor, nos dice,
ese desenfreno
y la pasión
eterna de la muerte.

Tengo por costumbre
despreciar el oro
y sin embargo
las ansias por matar
que generan sus leyes
están intoxicadas de locura.

Ahí, ella y la poesía se parecen.

A instantes de juntarse
en nuestra mirada,
como si fuesen una sola cosa
la poesía, vieja loba de mar,
rema un trecho con nosotros
para mostrarnos
que la locura desde que llegó
permanece en el mismo rincón
de la pequeña balsa,
sin remar
recordando todo el tiempo
su pasado.

Contentos
de haber comprendido
la diferencia
encerramos a la locura
en un poema
y seguimos remando
hasta que un día
convencidos de su torpeza
para la navegación
se la entregamos
al amor ya la muerte
para que la locura
aprenda a volar.

Recita el autor, 1988

POESÍA. “ÚLTIMO SOL SOBRE LAS CUMBRES” (2/3) de GERMÁN PARDO GARCÍA. Recita MIGUEL OSCAR MENASSA

…/…

Si lo que me pertenece con la posesión del instinto,
se disgrega y mis actos abandona,
suelo orientarme en la soledad por el olfato,
como los seres primitivos
en busca de su procreación o de sus presas.
En los selváticos almizcles presiento
como el antílope el peligro.
Conozco la madurez del heno a la distancia
y el bálsamo carnal de los dátiles.
Aspiro en la noche el clima cósmico
y me invade algo de la eternidad.

Así llegué a tu ser cual un gran siervo solitario
a los contornos de su hembra:
atraído por las emanaciones de la especie
que fluyen sin cesar unidas
al concentrado olor de las cortezas y las pieles
protectoras de frutas y de faunas.
Quise evolucionar para que mi espíritu fuera
solamente atmósfera tuya; deshabitarme
de otras figuras aéreas que he amado: astros continuos
o migratorios, corazones cometarios
que palpitan con sístoles y diástoles inmensas;
repentinos enlaces de la luz en las sines del mundo;
apariciones de la nieve rotatoria en el espacio
como el algodón sobre la tierra.
Todo ese mundo mío de estructuras distantes
donde mi espíritu cumple revoluciones matemáticas
en torno del Sol.

Quise acrecentar la estatura de mi carne
hasta dejarla sin apariencia de hombre, en actitud de roca
erguida contra lo que amenace destrucción.
Una de esas montañas oscuras
que únicamente aclaran al crepúsculo,
y retenerte allí por un momento, ¡oh, sed de mis tinieblas!,
consumando nuestra unión en las alturas más solas,
en ese instante de contrición y aniquilamientos dinásticos
en que desaparece el último sol sobre las cumbres.

Quise entregarte mis vacíos
por donde a veces cruzan islas como veloces barcas
que a bordo llevan tripulación de nubes,
rojas espumas de calientes mostos
y ecuatorial repercutir de cánticos.
Yo soy el capitán de esas naves corsarias,
atormentadamente fugitivas.
¡Qué puede mi entusiasmo y qué mi espíritu
contra este mar de horror en que navego!
En las orillas crecen grupos de cocoteros y de plátanos
que dan al aire su explosión de vida.
Pero yo soy el capitán sombrío
que estandartes de cólera acaudilla.
Perdí mi amor más alto al desterrarte
lejos de mí a nocturnos archipiélagos,
y allá voy entre gritos de soberbia,
como barco sin brújula a estrellarme
contra los arrecifes de la muerte.

Tú pudieras alzarme a tu espejismo
donde abundan esteros y coronas.
Restituirme al centro de mis imaginaciones puras
y disminuir este clamor que me hace trepidar
como al zócalo de una metrópoli martirizada,
donde murieron vírgenes y atletas campeones.

A pesar de ti otro hermético mundo me llama.
A él subo a contemplar como un conquistador olvidado,
banderas derrotadas y llanuras ya sin ejércitos,
desde un monte casi humano que recibe
y transforma en insignia de su angustia,
la soledad del último sol sobre las cumbres.

A pesar de ti otro hermético mundo me nombra.
Yo lo escucho movilizarse en torno
de mi silencio andino,
con mi sagacidad de bestia acostumbrada
a oír la evolución de hundidas formas
y el ruido de las larvas apoderándose de los muertos.

Cámara y Montaje: Clémence Loonis