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“El nacimiento del poeta (1 a IV)” de Miguel Oscar Menassa

I

Abro y cierro mis mandíbulas
dejo escapar, agrestes humos,
cálida energía vital, nazco.

II

Partícula agónica de la matanza,
Otro del Otro que fui, escribo.

III

No tengo que dejar,
que mi pensamiento sea desviado.
Porque mi pensamiento es,
el pensamiento desviado.

IV

A los pobres nos pasa,
todo en nuestro cuerpo.
Morirnos jóvenes o,
nos endurecemos.

Nos vamos haciendo de granito,
vamos uniendo unos contra otros,
nuestros sentimientos y,
sin embargo, sabemos:
Un hombre a cierta edad
no necesita estar unido a nadie
para pretender cambiar el mundo.

No necesita estar unido a nadie,
para decir:
Yo soy la humanidad.


Recital poético musical en el Auditorio Municipal de Camarma de Esteruelas

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Erotismo a los 70 años. Recital poético musical de Miguel Oscar Menassa e Indios Grises, en el Colegio Mayor Nuestra Señora de África

LA MUJER Y YO

47

A medida que me acerco a los setenta años

comprendo con lujuria que estoy un poco solo.

Los jóvenes que crecen todo el tiempo

y los adultos que tienen problemas de dinero

y las bellas mujeres que vivirán al lado mío,

hasta que la muerte, en verdad, nos separe,

están muy ocupadas con sus cosas

con su propia vejez que se les viene encima

sin prisa pero sin ningún recato.

Así que te lo digo, a los setenta años,

conseguiré quedarme solo,

sin lazos de amor y de dolor,

solo, atado al mundo que me toca vivir

por palabras, por versos, algo de música

algún color desesperado con luz propia.

Pensando así, la verdad, amor mío

¿a quién no le gustaría envejecer?

A mí, me dijo ella, a mí

no me gustaría envejecer ni sola

ni mal acompañada y ya más de mil veces,

te dije, amado mío, que envejecen las plantas,

los muebles, el pavimento, las armas de guerra

pero la mujer, el sexo y la alegría no envejecen.

La sentí tan segura que llegué a pensar

que ella, de alguna manera, me decía:

Podrán envejecer hasta tus versos

pero nuestro amor, querido, no envejecerá,

aquí estoy yo, para sostenerlo,

y era tan hermosa cuando lo decía

que yo la vi diosa y desnuda,

desnuda y valiente toda para mí

y ahí fue cuando no tuve

miedo de envejecer o de morir.

Ella me habló del mar y yo lo entendí todo:

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