Erotismo a los 45 años. Lee Miguel Oscar Menassa

LA MUJER Y YO

12

Destierro de mi vida el llanto,

lastimero, por lo que no tendré.

Observo con inteligencia varonil

lo que ya nunca habrá y no lloro,

no maldigo haber nacido hombre

ni que hayan existido antes de nacer

las veredas, el canto, el sexo abierto,

la locura, las calles alumbradas,

el terraplén, los pájaros cayendo.

Que hubo antes de mí, hermosas mujeres

que amaron a otros hombres, tuvieron otra piel.

Acepto sin rencor provenir del polvo

en todos los sentidos, tierra y amor,

sexo y delirio, todo polvo del polvo.

Quevedo aquí, Vallejo a mi costado,

Machado doliéndose del camino hecho

y tú y yo y el mundo, amada, que nos traga,

si no dejamos de llorar no veremos el sol.

Así, le dije, que lo decido hoy mismo,

aquí contigo en nuestra propia casa:

Los muertos no existen, ya están muertos

no sé porqué, dolidos, seguir llorándolos.

Y la vida, exactamente, plena, no existe,

¿para qué seguir ambicionando eso?

Sin sufrir por lo que ya no se ambiciona,

sin llorar ni a los idos ni a los muertos,

comenzaremos a escribir un nuevo verso

y ese verso, clave del tiempo atravesada

por la pequeña alegría personal

de sentirnos felices sin nada que llorar,

morirá para siempre la pobreza,

el mal querer, la angustia por el sexo

pero nunca habrá ni paz, ni libertad

y seremos bellos, altos, bien alimentados

y nos pasaremos siempre haciendo la guerra

contra los feos, bajitos, mal alimentados…

A ver, mi amor,

me dijo ella al borde del enfado,

un verso llano, posible, cerca de la tierra

sobre el que se pueda caminar sin sobresaltos.

Un verso que nos diga la verdad de la vida,

que nos hable con claridad del dolor,

de la pequeña esclavitud de las mujeres,

un verso, querido, que haga la guerra

y que lave los platos con nostras.

A ver, querido, un verso, que me libere de ti

quiero verte decir, sereno, en algún verso

que tu amor podrá sostener mi libertad.

Abre la celda donde me custodias,

libérate en un verso, vuela fuera de ti.

Mirad, mujeres, mi hombre se arrodilla

al paso, inquietante, de la bella.

Escribe, amor, en un poema, que tu amor

ilimitado y eterno, terco e infinito,

es capaz de alegrarse con mi partida

y esperar que yo crezca para amarme.

A ver, querido, escribe en un poema…

Compulsado por ella intenté decirle la verdad:

Fumo y escribo desde los doce años,

cuando me dejan solo me masturbo

y estoy contento siempre sin saber porqué

y a ti te amo porque sí, sin apenas motivos.

Por eso, ahora, quiero extenderme

en un verso sencillo, en plena tierra,

en el centro mismo del asfalto

para poder amarte sin murallas

y entregarme fatal a tu ceguera

y dejar escrito en algún verso,

amo su libertad, amada señora

y más que eso,

la pienso todo el día en libertad

y nunca pude comprender porqué

te quedabas, sumisa, a mi lado

esperando que yo consiguiera

alguna libertad y te la regalara.

Después, llegué a pensar que no me amabas

que estabas a mi lado porque mi belleza

mi manera de entregar mi cuerpo al amor

te defendían de Dios y un poco de tu madre.

Y, luego, algunos sucesos sin mayor importancia,

siempre necesitabas un dinero que nunca tenías.

Eras terca y celosa de la manera más sencilla,

“no quiero, no quiero, no quiero y no me importa”

y te abrías de piernas y cerrabas tu corazón

y yo, no te comprendía pero te amaba,

te amaba con fervor, sensible a tus palabras

siempre te hice creer que te deseaba.

Que era yo el que quería esto o aquello,

trabajé duramente hasta conseguir

construir en el mundo tus ambiciones

pero te hacía creer que mías eran tus ideas.

Ella me interrumpió convulsionada para decir:

es verdad que hay cosas que Dios no me permite

y de preferir

preferiría que mi madre viva para siempre

y, también, es verdad, que ciertas tardes

se hicieron algo más claras con tu dinero

pero yo, mi querido, quiero dejar claro

que no soy ni terca ni envidiosa y

me gustaría recordarte sin malas intenciones

que la primera escena de celos me la hiciste tu.

Y desear, mi amor, ¿quién entiende el desear?

Tú me deseas, me deseas, así quieres que crea

pero sólo me besas cuando siento ese ardor,

cuando mis labios se incendian de locura.

Tú me deseas, tú me deseas, así lo dices

y yo ni puedo, siquiera, tolerar la ternura,

pero cuando yo transcurro indiferente,

a tus caricias, a tus besos ardientes,

sin pronunciar gemidos ni palabras,

enloqueces, de sentirte impotente

y cuando consigo pensar en otra mujer,

el deseo, mi deseo por ella corroe tus entrañas

y como un niño gozas y juegas como un niño,

y como un niño sólo vives por mi deseo.

No quise responderle, mas le dije:

Mi madre vive en ultratumba,

en un paraje, por mí, desconocido

y niño soy y seré siempre, mas no alcanza

y en cuanto al goce te diré: estás en lo cierto,

un hombre sólo goza si ella lo desea

y cuando ella se equivoca y desea con fuerza

que él vuelva del mundo derrotado y triste

el hombre vuelve a casa triste y derrotado

y ella, entonces, alcanza el cenit de la magia

resucita al moribundo y le concede un sueño:

Sueña que eres feliz, querido, que nunca te engañé,

que siempre fuiste sincero de tu parte, verdadero.


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