Narciso eligió dormir en el ómnibus, las horas comenzaban a ser siglos. Las alturas le producían vértigo, las soledades interminables que podía ver eran tortuosas. El león miraba sorprendido el paisaje, Narciso no quería mirar más. Cerró los ojos. Soñaba que soñaba, que todo esto era un sueño, nada más. Soñaba que estaba solo, que su mente estaba en paz, que nadie podía adentrarse en su cerebro, que él era el que es.
Abrió los ojos y volvió a la onírica realidad. El acompañante dormía plácidamente y la tierra yerma continuaba siendo el paisaje. Los pasajeros estaban ausentes, narcotizados.
A lo lejos pudo observar un coloso en el horizonte, luego otro más. De pronto la nave rodante comenzó a descender, se divisaba una población. A medida que avanzaba el vehículo, más de alejaba el caserío. A veces desaparecía, y volvía a reaparecer, entre montañas y rocas. La situación se repetía sin fin. Bajó los párpados. No quiso ver más.
Soñó que un cóndor lo elevaba hasta las cumbres nevadas de los Andes. El animal lo sostenía con sus garras de los hombros desnudos. Narciso sentía el dolor mientras las gotas de sangre se pulverizaban en el aire. El cóndor le repetía, enojado: ¿ves? ¿puedes ver? No eres nadie. No puedes ver más allá de tu nariz. No puedes volar ni un centímetro sobre el suelo. Tu pesado cuerpo se arrastra sobre la tierra pretendiendo ser un puma, pero yo soy el que puede verte como eres: una serpiente. El ave abrió sus garras y Narciso comenzó a descender, pesadamente en la atmosfera, hacia un cañón entre las montañas.
Despertó dando un salto en la butaca. El león le preguntó si estaba bien. Narciso respondió: sí, estoy bien.
Desesperado se levantó y se dirigió al baño del bus. Cerró la puerta y se miró en el espejo. Sentía elcuello y los hombros doloridos. Buscó en vano su imagen en el cristal sucio. Narciso no existía.
Se despertó como siempre. Los ojos enrojecidos, la boca seca y la vejiga llena. Saludó al inodoro salpicando todo, como siempre. Hacía tiempo que narciso vivía en la desesperación. Se enfrentó al espejo… el tiempo había hecho estragos. Nadie podría enamorarse de la imagen que se enmarcaba en el cristal. Ni él mismo. Se le escapó una lágrima entre las lagañas. Tocó el cristal y se sumergió en el espejo.
En un instante el mundo cambió. Estaba en un ómnibus, viajaba entre muchos como él. Sintió miedo. Algo estaba bien. Sintió pánico. Todo estaba bien. Se preguntó ¿Qué hago acá?
Miró el asiento de al lado y había un manso león descansando. Se sintió un poco más seguro. Observó por la ventanilla y sólo vio el desierto. Cerró los ojos y no pensó más.
Se sentía un poco más seguro, no sabía qué pasaba ni que pasaría. Esto era diferente. Nada era previsible.
Abrió sus ojos y se encontró sobre un mapa de arena, haciendo una cola interminable de personas que solicitaban autorización a hombres de caras enojadas, para cruzar una línea de puntos.
De nuevo estaba en el bus. Su acompañante miraba las estrellas. La noche había oscurecido la ventanilla y los puntos de luz se acercaban hasta sus pestañas.
Otra vez estaba con los pies en tierra. El león hablaba con dos personajes del colectivo. Sonreían y parecían amables. Una agradable mujer y un muchacho. Ella tenía en la frente escrito: “lo que debería ser”, él: “el que soy”. Resultaroncordiales y Narciso aceptó y decidió, si cabe la palabra., que ellos lo acompañaran en el sueño.
El tiempo jugaba solo, como siempre. A veces eran segundos los días, otras veces el día pasaba en un segundo. Los escenarios se tornaban eternos, o cambiaban indefinidamente, eternamente. Todo estaba bien, aunque por momentos Narciso sentía pánico. Del otro lado del espejo las cosas eran diferentes, estaban mal.
Como una recurrencia, nuevamente pisaba un mapa de arena, intentando cruzar otra línea de puntos. Lejos se veía el mar. La bruma hacía que todo fuera difuso. El ómnibus se trasformó en un auto que transitaba por una ciudad vestida de fiesta, ataviada de kilométricas telas rojas y blancas. La gente y los automóviles ensordecían la paz. Carteles gigantes con personas que cubrían sus rostros con mascarillas lloraban y se retorcían de miedo entre letras también gigantes.
De nuevo el desierto, de nuevo el ómnibus. Todo volvía a ser tranquilidad. Se quedaba extasiado con las alturas. A veces sentía vértigo al mirar hacia abajo; el vehículo volaba a miles de metros…
Y un día, como quien no quiere la cosa, me encontré tirado en el pasto, al costado de la ruta, bajo un añoso eucalipto, mirando el cielo. La profundidad del azul salpicado de puntos luminosos se metió en mis ojos hasta obligarme a cerrar el portal de las imágenes .
No obstante, las imágenes interiores, las de la mente, del pensamiento, comenzaron a surgir mezcladas con interrogantes que, a juzgar por el tiempo ya vivido, más que preguntas, eran respuestas.
¿Qué quedaba del pasado?, o más bien ¿Dónde estaba todo lo que había vivido? ¿Dónde habían quedado tanta acción, tanto drama, tanta felicidad? Y mucho más todavía, ¿dónde estaban los personajes de mi pasado, con quienes había compartido, interactuado de mil formas, desde el odio al amor, desde el temor al desconcierto, desde la ignorancia al conocimiento?
Y las imágenes continuaron proyectándose indefinidamente sobre el tablero rojizo de mis párpados: ruinas, muros de piedras derruídos, construcciones de tierra vencidas por el tiempo, un río de aguas barrosas que inundaba las calles de una vieja ciudad, arremetiendo contra todo vestigio de contrucción, demoliendo estructuras que constantemente se elevaban para ser destruídas nuevamente en un eterno ritmo caótico.
Más allá de la escena, mucho más allá, casi en el infinito, un cielo brillaba surcado por extraños rayos de luz. Pero acá, en la inundación de lodo, los personajes eran huecos, vacíos. Algunos se aferraban inútilmente a los muros para alcanzar el celeste firmamento siempre inalcanzable.
………………………………………….
Desperté del juego imaginario con el canto de un quetupí que lanzaba silbidos agudos llamando a su compañera; pronto comenzaría a anochecer.
Mientras caminaba hacia la casa tuve la certeza de que no había nada, ni pasado, ni presente ni fututo, o de últimas, que todo era pasado, incluso lo que estaba pensando, ya estaba en ruinas.
Caminaba cuidando no tropezar con las piedras de la calzada cuando vioalgo tirado en el suelo. Se acercó y le llamó la atención el pequeño cartón de colores. No había demasiada luz y lo recogió Parecía un extraño naipe, limpió el polvo que tenia y lo guardó en la vieja cartera. En casa podría verlo mejor.
Encendió la luz del cuarto, se sacó los zapatos, se sentó sobre la cama y con ansiedad abrió su bolso para ver aquella rara carta. Más grande que las comunes, de colores luminosos y con dibujos y letras. Le agradaba, Se sentía como cuando era una niña. Estaba plastificada, bordeada con una guarda dorada. Se veía una mujer desnuda arrodillada sobre la arena, junto a un arroyo, que sostenía en sus manos sendas vasijas con líquidos de colores diferentes que arrojaba al curso de agua mezclándose todas; detrás de ella, una palmera. Una gran estrella dominaba el cielo y siete más pequeñas la circundaban. En un recuadro, en el margen inferior, al centro, podía leerse: LA ESPERANZA, a su izquierda el numero 17 y a la derecha un símbolo desconocido. De pronto, por su mente pasaron imágenes de pirámides, templos, esfinges, un larguísimo río, el desierto, los egipcios, el primer año del colegio, la muerte de su padre, el abandono de los estudios, su hermano menor…. no quiso recordar más.
La miró por un buen rato, la acarició y le puso en la mesa de luz. La habitación parecía iluminarse con los colores del curioso tarjetón. Probablemente Concepción comenzaba a ver. Concepción y la esperanza…
No sentía hambre. Se recostó; mañana tendría que terminar de planchar las ropas de la señora Del Río antes del mediodía. Todos los lunes las retiraba después de almorzar. Era una buena mujer, siempre le pagaba por adelantado. Dirigió su mirada al pedazo de cartón, sintió felicidad. Después de tanto tempo olvidó su soledad. Sus labios dibujaran una pacífica sonrisa y apagó la luz.
Soñó con la mujer del naipe. Las rodillas hundidas en la arena sostenían un torso cobrizo perfecto que exhibía pechos de adolescente. Una cascada de lustroso carbón rodaba desde su cabeza hasta los hombros, sonreía constantemente, irradiaba dulzura por doquier. A veces creía ver en ella el rostro de su madre, como en el retrato de casamiento que desde su niñez admirara en el amplio comedor. Incesantemente dejaba caer de la vasija de su mano izquierda un líquido cristalino del color de la granada. Del ánfora de la derecha brotaba esmeralda. Se mezclaban con el agua del arroyo que, de tan dorada, parecía miel, haciendo crecer su cauce hasta convertirse en un amplio río.
Cantaba una melodía cálida y antigua. Concepción comenzaba a sentir que era esa mujer, podía escucharse cantando desnuda en la playa, eran sus manos ahora las que regaban el río, era esa extraña mujer satisfecha de paz. Desde la otra orilla un hombre la observaba quieto y sombrío, semejaba un dios egipcio. En ciertos momentos tenia al rostro de Salvador y en otros, el de su padre.
El agua se tornó transparente, reflejando el cielo azul. Sobre ellas flotaba un féretro de oro. Pudo verse recostada en él cubierta con una larga túnica blanca. Miles de flores brotaban en la superficie y se encendían de brillos. Reposaba queda en el sarcófago mientras se integraba con la luz del sol… El sueño se repitió indefinidamente.
Habría pasado poco más del mediodía cuando llegó la señora Del Río a retirar su ropa. Se apeó del Peugeot y golpeó las palmas esperando el acostumbrado ¡pase! de Concepción. Ante la falta de respuesta se acercó a la puerta y empujó suavemente una de las hojas entreabierta. La nombró en voz alta, no había nadie, aunque la ropa estaba sobre la mesita. En un papel había escrito: “Doña Josefa, llévese tranquila la ropa. Ya no voy a seguir trabajando porque me voy del pueblo. Muchas gracias por todo. Concepción Sánchez”.
La señora echó una mirada al cuarto que estaba prácticamente vacío. En el suelo, donde estuviera la cama, vio el naipe, lo recogió, lo puso sobre el prolijo montón de prendas y salió. Acomodó todo en el asiento trasero y arrancó camino hacia su casa. A esta hora el calor comenzaba a hacerse importable. Habría recorrido tres cuadras cuando el viento levantó la carta y la despidió por la ventanilla para posarse suavemente, entre almohadones de cálido aire, sobre la vereda.
El pueblo estaba dividido por las vías del ferrocarril. El centro, de un lado y “la banda” del otro, donde ella vivía . Era la zona más pobre, la urbanización se mezclaba lentamente con el monte achaparrado. El invierno se reducía a unos pocos días helados y el casi eterno verano arrojaba llamas invisibles hasta convertir a los habitantes en moles sudorosas sin voluntad ni alegrías. Mas encontraban una buena razón para vivir, liberando las pasiones y entregándose a los placeres más simples, de la infidelidad al chismorreo, de la pereza al alcohol. El sol calcinaba las calles, veredas y casas. Las siestas eran imposibles. Algún perro caminaba lento y jadeante por la calle hasta guarecerse debajo de un árbol y quedarse inmóvil esperando que el astro se sumerja entre las lomas. Durante el día todo era blanquecino; sin colores, la luz incandescente anulaba cualquier tono que pretendiera destacarse en el calizo paisaje; el ocaso rojizo era anticipo del lujurioso despertar de los habitantes deseosos de las ilícitas sombras nocturnas. Invariablemente, desde las cinco y media de la tarde y hasta las siete, el viento se hacia presente sobre el lugar con ráfagas suaves y abrasadoras que con los últimos reflejos violáceos del crepúsculo se percibían sensuales y hasta voluptuosas. Para Concepción todo esto no existía… Concepción y su ceguedad…
Era domingo, no trabajaba. Asearía la casa y prepararía el almuerzo, luego tomaría una siesta escuchando el programa de radio en el qua sonaban canciones del ayer; apreciaba esos sones que la trasladaban a su niñez. A la tarde se bañaría y se pondría su mejor vestido para asistir, como todos los domingos, al Templo. Emprendería casi vencida el recorrido habitual. Allí se sentía útil. Entregaba parte de su dinero para ayudar a mantenerlo. Se transformaba, hablaba con las hermanas de culto, cantaba las alabanzas a ese Dios que no terminaba de comprender por qué, siendo tan bueno, le había puesto tantas pruebas… Prefería no dudar. Se entregaba sin reparos en los rituales; su voz surgía con fuerza y pasión, los ojos le brillaban y la tez se tornaba enrojecida. Cuando el órgano anticipaba su canción preferida “Eres mi salvación Señor” elevaba sus brazos y una emoción superior se adueñaba de sí hasta que cristales líquidos emergían de sus ojos, caían sobre el rostro, abrillantando las mejillas enrojecidas; debía hacer un esfuerzo tremendo para que su voz no se cortara. Concepción y su fe…
Cuando el sol desaparecía el oficio religioso llegaba a su fin, saludaba a los presentes y emprendía el regreso a casa. Parecía un espectro deslizándose en la penumbra… nuevamente la soledad. Su figura se recortaba entre las luces de la calle, más erguida, desafiante. Plena de fortaleza para enfrentar los días que le esperaban hasta el próximo encuentro con su Dios. Ya se encargarían ellos, en silencio, de vencerla.
Sucedió en mayo de… 1993, estoy seguro porque en esos días cumplí los treinta y tres años. Me levanté muy tarde, desayuné con un pedazo de torta que había quedado del día anterior y sabía mucho mejor ahora. Hacía frío, el otoño se desbarrancaba sobre Jujuy crudamente, escarchando techos, pastos y el solitario rosal recientemente podado, único habitante del mísero jardín, que hacía galas con sus amenazadoras espinas. Hasta el cerebro parecía congelarse; una gélida quietud anulaba los pensamientos hasta provocar la desesperación por querer construir una simple imagen mental. Reconozco que el frío siempre me ha acobardado. Agradecía estar de vacaciones y no tener que enfrentarme con el despertador, los ómnibus y la atrapante computadora. Esto bastaba para sentir algo que se asemejaba a la felicidad.
Luego del almuerzo decidí salir con mi bicicleta preparé una pequeña mochila con el termo lleno de agua caliente, el mate, yerba, azúcar y un paquete de galletas, vianda suficiente para una tarde de campo. El lugar no era muy original; iría como siempre, a Yala. Desde hace un tiempo y cuando podemos, vamos todos –mi mujer, mi hijo y yo-, pero esta vez quería ir solo. Quizás el haber cumplido un año más me obligaba a replantearme muchas cosas, al fin y al cabo estaba en la cúspide de mi vida y lo que había realizado hasta entonces no superaba en nada lo meramente ordinario.
El sol comenzaba a entibiar la cuidad. Tomé la bicicleta y me puse en marcha. Crucé lo más rápidamente posible la urbe hasta llegar a la ruta que la rodea y que me llevaría a destino. La brisa fresca y la calidez del sol se conjugaban en un vital tónico que yo tomaba con ansiedad. El paisaje cambiaba lentamente. Los olores también; pasto, tierra húmeda, pinos, eucaliptos y el monte… tiene un perfume especial, indefinido, silvestre, puro. Llegué al pueblo de Yala y continué mi ruta por el camino a las Lagunas. Cuando estuve en Puente Negro me detuve a descansar, el mágico panorama obliga al viajante a hacer un alto. Los gigantes álamos, convencidos de asustar a tantos extraños que por allí pasan, se yerguen vigilantes y agitan con el viento las hojas, produciendo un espectral sonido. El agua cristalina ofrece una vista singular, serpentea como una cinta plateada que se despliega indefinidamente desde las montañas, formando pequeños saltos y rápidos bordados de espuma. Aspiré una potente bocanada de aire puro, absorbiendo con él todo el concierto de sonidos naturales y continué el rumbo.
A esta altura es muy difícil cruzarse con vehículos, aunque en verano la gente suele retirarse hacia estos lugares en busca de paz y frescor, inundando de mecánica, polvo y basura el añoso camino. Las casas se separan más unas de otras, como si estorbaran a la lujuriosa naturaleza. El viaje comenzó a hacerse pesado, las cuestas son empinadas y llegan hasta la base de las montañas, obligándome a caminar junto a mi bicicleta, resignándome a comprender que para ascender es necesario hacer una esfuerzo mayor.
El camino, que corre paralelo al río, está separado de éste por un desnivel pronunciado cubierto de vegetación y me permite disfrutar constantemente de su zigzagueante figura. Es una galería sinuosa de piso bermejo y paredes verdes. Los árboles son majestuosos, cargados de musgos y helechos, flores del aire, pajarillas y cientos de aves dispuestas a enseñarnos todo sobre la libertad. En esta zona suelo percibir la sensación de estar acompañado, lo que resulta paradójico considerando que la soledad es inconmensurable. El silencio es una fabulosa armonía de sones que no conocen muros que los contengan, que se dispersan hacia el infinito convertidos en un murmullo inspirador.
En la lejanía, las montañas se tornan azules. La ciudad es como si no existiera…¿o quizás no existe?. Sucumbo ante este interrogante una y otra vez. Me pregunto si en la aglomeración de personas y cemento está la verdad o está acá.
No es difícil, en un lugar como éste, notar cómo los sentidos se agudizan, que cada sensación se amplifica hasta ocupar toda la atención, provocando emociones incomparables. El perfume del aire se huele, se siente, se ve. De pronto soy todo aire, planta, tierra, pájaro, calor…
Bajé del camino a través de una senda tallada en las rocas por las Iluvias del estío, hasta dar con la reducida playa del río. El sonido del agua ensordece y apacigua. Las inmensas rocas ponen freno al agitado chorro cristalino y helado, rompiéndose en millones de gotas que destellan diminutos rayos robados al sol. El acto se repite indefinidamente, exacto y majestuoso, como si de un milenario ritual se tratara. Me recosté sobre la hierba húmeda, desde ahí, curiosamente, la canción del río merma lo suficiente para convertirse en un arrullo que induce al sueño Bañaba mi cara la luz solar; su tibieza acariciaba todo mi cuerpo. Me relajé totalmente, mis piernas agotadas agradecían el descanso. No demoré mucho en dormirme profundamente.
Y de pronto, allí, un punto de inflexión, un desvío. O mejor: un momento, eso, tan sólo un momento, un largo momento en el que, como en un espejo, apareció mi propia imagen invertida, pero igual. En otro tiempo, pero idéntica.
Inexplicable, intrigante, llena de curiosidad.
La imagen y yo.
……………………………………
Cuando cumplía mis trece, la imagen nacía. Precisamente cuando se definían mis rasgos, cuando mi faz comenzaba a hablar de lo que sería. Cuando mis glándulas se esparcían en el cuerpo convirtiéndome en un volcán. Cuando el deseo era más que un deseo. En el momento en que mi padre comenzaba a morir.
El momento aquel en que las pláticas con lo absoluto, comenzaban a cesar. Cuando yo comenzaba a hablar conmigo mismo. Larga ruptura, Padre.
La imagen daba sus primeros llantos, y yo, en soledad, aprendía a llorar la soledad.
La soledad y yo.
…………………………………..
Hoy la imagen me habla, por fin. Y recuerda mis recuerdos. Como si el tiempo mío hubiera estado detenido. Como si la imagen hubiera querido esperar este intenso momento de encuentro. Extraño tiempo, el de los encuentros con la imagen. Tiempos sin tiempo. Me habla del niño dormido en mí. Y lo despierto. Niño yo, aún. Me sorprendo, al sorprenderlo lleno de emoción, aislado sobre la roca, jugando con la ramita del paraíso.
Y lo sorprendo escuchando una melodía que llega como puñal hasta lo más hondo de mi soledad encarnada.
El niño y yo.
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Me habla de amor, de paz, de rencor, de emoción. Me habla de ser como soy. La imagen se convierte en una sonrisa perfecta, la pared sigue sonando en cada ladrillo que cae vertiginoso hacia el suelo, partiéndose en pedazos, echando por tierra los bloques de mi alma. Y la imagen sonríe, amplia y limpia.
……………………………………..
Es tiempo de encuentro. Es tiempo de paz. Es un largo momento, para abrazar a la imagen que, poco a poco, despaciosamente, va desentrañando el laberinto eterno de mi tiempo. Tiempo que va quedando atrás, con cada ladrillo que cae, con cada palabra que muere. Con cada pensamiento que desaparece.
……………………………………
Hoy, que mis rasgos surcan profundamente mi faz, hoy que comienzo a descender el camino, precisamente hoy, vuelvo a encontrar al niño. Y miro la imagen y veo al niño, igual, pero al revés. Idéntico, en otro tiempo. En otro lugar.
Bienvenidos. Pretendo recrear momentos de la vida, algunos reales, otros no tanto, a través de mis pinturas y de lo que escribo. Soy del '58, de aquellos que quedamos truncos de libertad a los 18, que recuperamos el sentido de vivir la realidad allá por el '83 y que llegamos a la virtualidad acá por el '08. Soy de los que soñamos con un mundo mejor, aún sabieno que siempre será lo mismo. Pinto y dibujo desde siempre (creo), lo que me ha brindado mucha satisfacción, algunos reconocimientos y también muchas impotencias. Es el juego de pretender ser artista. Gracias
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