LA CASA DE LA ALEGRIA (SEGUNDA PARTE)

La casa estaba siempre abierta, bastaba con hacer palmas y salía alguien a atenderte, hacerte pasar y convidarte con algo para comer o beber.

La pared de esa casa tenía dos ventanas que daban a la aletargada carpintería de papá. Era propicio el banco de trabajo vacío para subirse a él y llegar hasta algunas de las ventanas. Desde el otro lado del muro, estaban siempre algunos de ellos, las siestas eran la hora de compartir charlas interminables, intercambio de revistas, figuritas, etc. etc., mientras los grandes dormitaban bajo el calor de las chapas del techo.

Cuando hablo de que todo se transformó me refiero a cómo, sin darnos cuenta, habían conformado una familia inmensa, entre parientes, hijas y nietos, y una gran cantidad de amigos que se acercaban cada tanto, siempre con motivo de algún festejo: Cumpleaños, día de algún santo de devoción familiar, navidades, años nuevos y el siempre esperado, y rey de las fiestas el Carnaval.

Es curioso, en la distancia que produce el paso del tiempo -virtual distancia- es como que lo que parecía cotidiano, normal, y hasta banal -dirían algunos- hoy se puede observar que ha transmutado. Desde este punto en la función no lineal de mi vida, puedo decir que nada era banal, muy por el contrario. Mientras en casa, y teniendo a favor la suerte de que no ocurrieran cosas desagradables, por lo menos que yo recuerde, las fiestas eran casi un velorio. Mi padre lagrimeaba la pérdida de sus ancianos padres -aunque hoy por hoy creo enteneder sus penas mucho más allá de lo que parecían ser- y yo, desesperado por vivir las fiestas, esperaba que llegaran las doce para salir corriendo hasta la casa vecina, a escuchar la música que alejaba la tristeza y enaltecía el alma. Así, contrariando a mis padres escapaba para sentir el júbilo, la esencia de la vida, el valor de la sonrisa.

Aprendí a apreciar las letras simples y picarescas de las cumbias, el romance de las zambas, el dolor de los tangos, el amor de los románticos, la sutileza del vals, pero por sobre todo, el amor de los vecinos.

Maris me enseñaba a bailar, y yo, pata dura. Con Liliana todo era conversar, sacarle el jugo a cada cuestión de vida, tan importantes para nosotros, como aquella vez, siendo niños aún y con la cercanía de las fiestas charlábamos sentados en un durmiente que hacía las veces de banco, frente a un terreno baldío, -hoy una placita- la “rana” –Lili- me preguntó si a mi me pasaba lo mismo cuando los 31 de diciembre, justo a las doce, las locomotoras comenzaban a sonar en un concierto que nos hacia llorar a todos en el pueblo… -Che, Ruly ¿A vos te pasa lo mismo? -Si, me dan ganas de llorar respondí con un cristalito liquido en uno de mis ojos.

Maris era más seria y Lili era… una rana, vivía saltando, subiéndose a los árboles, jugando a la pelota…

Y Daniel “hachicaló” era más reservado, gustaba tanto del fútbol y sufría de calor todo el año, desde chiquito siempre repetía ¡hachi caló!. Todos en la banda le decían así. El era más amigo de mi hermano, tal vez por las maneras de ser de ambos, y la cercanía de las edades. Lili era un poco mayor que yo, pero nos unían muchas cosas: Yo era tímido y hasta un tanto estúpido -tal vez sólo era una cuestión de edad- y ella, todo lo contrario. Por su parte Maris era la mayor, casi de la edad de mi hermana, la Marta.

Yo era el menor de todos, el adicto a la Casa de la Alegría.


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